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MARIO
BENEDETTI ENTREVISTA A ROQUE DALTON
La entrevista que el poeta uruguayo realizó
al poeta salvadoreño fue publicada en 'Marcha' el 28 de febrero y 7 de marzo de
1969. Benedetti siempre admiró el trabajo de Roque
El jurado de poesía
del Premio Casa de las Américas (integrado por Efraín Huerta, de México: José
Agustín Goytisolo, de España; Antonio Cisneros, de Perú: René Depestre, de
Haití: y Roberto Fernández Retamar, de Cuba) tuvo que elegir entre 221
participantes. La decisión fue sin embargo unánime, y premió, no sólo a uno de
los poetas más vitales y removedores de América Latina, sino también a uno de
los que mejor han sabido conjugar el compromiso político con el rigor artístico.
Roque Dalton (autor
de La taberna y otros poemas) nació en San Salvador, El Salvador, el 14 de mayo
de 1935. Estudió antropología y derecho. Es miembro del PC salvadoreño desde
los 22 años; fue dirigente estudiantil y periodista, participando activamente
en la política de su país. En varias oportunidades ha estado preso por su
actividad revolucionaria, y en 1961 fue expulsado de El Salvador por el
gobierno militar. Posteriormente ingresó varias veces en forma clandestina. En
1964 fue nuevamente apresado, pero esta vez consiguió fugarse. En los últimos
años ha residido en Checoeslovaquia y Cuba. Su obra poética y ensayística ha
sido traducida a doce idiomas. Ha publicado tres libros de poemas: La ventana
en el rostro, 1961; El turno del ofendido, 1963; Los testimonios, 1964.
Mario
Benedetti: ¿Cómo caracterizarías la trayectoria de tu poesía?
Roque
Dalton: Al igual que un gran número de poetas latinoamericanos de mi edad,
partí del mundo nerudiano, o sea de un tipo de poesía que se dedicaba a cantar,
a hacer la loa, a construir el himno, con respecto a las cosas, el hombre, las
sociedades. Era la poesía-canto. Si en alguna medida logré salvarme de esa
actitud, fue debido a la insistencia en lo nacional. El problema nacional en El
Salvador es tan complejo que me obligó a plantearme los términos de su
expresión poética con cierto grado de complejidad, a partir por ejemplo de su
mitología. Y luego, cierta visión del problema político, para la cual no era
suficiente la expresión admirativa o condenatoria, sino que precisaba un
análisis más profundo. Esto me obligó a ir cargando mi poesía de anécdotas, de
personajes cada vez más individualizados. De ahí provienen ciertos aspectos
narrativos de mi poesía, aunque, llegado a determinada altura, tampoco
resultaron suficientes y debieron ser sustituidos por una suerte de
racionalización de los acontecimientos. Viene entonces mi poesía más
ideológica, más cargada de ideas.
En
esta etapa precisa ¿usas también la poesía de personajes?
Sí, la sigo usando. Por ejemplo, el libro
premiado está cargado de personajes. A veces se da el caso de que los personajes
opinen en contra de lo que yo pienso. Eso lo hago para establecer una
contradicción dialéctica, en el seno de la expresión poética. El lector es
quien puede resolverla. ¿Y la zona subjetiva? También existe, por supuesto.
Incluso para enfrentar la historia hay expresiones de ese tipo: simplemente
opiniones que surgen de una apreciación subjetiva de la realidad.
¿Cómo
calificarías ‘La taberna’ y otros poemas con respecto a tu obra anterior?
¿Continuidad o ruptura?
Yo diría que ambas cosas. Desde el punto de
vista del desarrollo de la expresión, es continuidad. Ahí están presentes la
poesía de personajes, la índole narrativa, la utilización de la anécdota, etc.
Pero es también ruptura en la medida en que plantea, y acentúa de una manera
nueva, la expresión política, llevando así el conflicto a lo ideológico, y
rompiendo con una serie de estructuras caducas del movimiento revolucionario en
el que de algún modo estoy inmerso.
Tengo
entendido que el primer título fue "Poemas problemas".
Exactamente. Ese título tenía para mí dos
significados: por una parte, yo estaba entonces influido por el movimiento de
poesía concreta y quería jugar un poco con la tipografía (ahora la poesía
concreta ha dejado de interesarme como juego tipográfico): fíjate que la
palabra problemas sólo tiene tres letras más que la palabra poemas. Aparte de
eso, reflejaba, desde el punto de vista del contenido, la esencia de lo que yo
quería expresar en este libro, es decir: poemas que, al sumergirse en la lucha
ideológica, se convertían ellos mismos en problemas.
¿Y
por qué le cambiaste el título?
La situación planteada en el libro es
verdaderamente problemática: acentuarla más aún desde el título, hubiera sido
repetitivo, tautológico.
Creo
que el gran poema del libro es el titulado "Taberna". También fue el
que más impresionó a los jurados, a pesar de su inusual extensión. ¿Cuál fue su
génesis?
"Taberna" es virtualmente una
crónica de los esquemas mentales de un sector importante de la juventud checa,
en los años 1966 y 1967. El método de trabajo fue el siguiente: hay en Praga
una taberna muy famosa, una cervecería que data del siglo XIII, llamada Ufleku,
donde se reúne la juventud checa a beber cerveza y a conversar; también
concurren muchos extranjeros residentes en Praga. En varias oportunidades,
escuché allí trozos de conversaciones; eran de tal interés (sobre todo si se
considera el marco en que se daban: un país socialista, a veinte años de
revolución) que me impulsaron a tomar apuntes. De pronto me di cuenta de que
eso era un material sociológico y que yo estaba efectuando una suerte de
furtiva encuesta acerca de toda una ideología. Confieso que empecé sin
propósitos demasiado definidos, simplemente ordenando lo que recogía; luego
pensé que el posible mérito era la propia existencia de ese material, y que el
trato más adecuado debía ser una rigurosa objetividad. Me decidí entonces a
construir un poema, debido a que las expresiones recogidas tenían suficiente
calidad literaria; un poema en el que fuera posible introducir aquellas expresiones,
dejando que por sí mismas construyeran sus posibilidades de conflicto. Las
yuxtapuse y les di algún tipo de montaje, pero sin intención de jerarquizarlas
entre sí. Algo así como un poema-objeto; sin embargo, la carga política era
tal, que dejó de ser un poema-objeto para convertirse en algo eminentemente
político.
Desde
un punto de vista formal ¿qué diferencia hay entre el procedimiento que
utilizaste y el corrientemente usado por etnólogos o antropólogos? Pienso en
Oscar Lewis, o, para mencionar un ejemplo cubano, en Miguel Barnet.
En el caso de Barnet, había un propósito
original. No hay que olvidar que Miguel tiene formación científica y trabajó
con la intención de reconstruir un período de la historia cubana. En cambio, mi
punto de partida fue mucho más ingenuo. Yo partí del asombro político que, como
comunista extranjero en Praga, experimenté al enfrentarme con un panorama
ideológico que no esperaba encontrar en un país que llevaba veinte años de
socialismo. Además, la experiencia del socialismo que yo tenía era la cubana,
donde el sentido de lo heroico, el fervor de la revolución, el orgullo de ser
comunista y revolucionario, eran desde luego el pan de cada día para la juventud;
en cambio, la problemática planteada por los jóvenes praguenses, era una
mescolanza de misticismo, religiosidad, anticomunismo, esnobismo, nihilismo; o
sea una cantidad de formas ideológicas que el imperialismo exporta para el
consumo de los pueblos que él mismo se encarga de oprimir.
Ya sé
que hay inevitables distorsiones de la memoria, y no me refiero a ellas cuando
te hago la pregunta: ¿nunca pusiste en boca de los jóvenes alguna expresión
inventada?
Prácticamente no inventé nada. Claro que en
la labor ele montaje hubo algunos giros complementarios. Y eso daba la
continuidad de un pensamiento a otro. A veces, ante la perspectiva de que un
pensamiento pudiera ser mejor entendido con el agregado de una metáfora, hice
anotaciones en ese sentido. Por ejemplo, hay un momento en que hablan de África
en una forma un poco despectiva. Entonces construyo una metáfora de ese
contenido de menosprecio, y pongo en boca de uno de los muchachos estas
palabras: "África, ese mercado negro". Nadie las dijo nunca en la
taberna, pero son un afinamiento de lo que querían decir.
La
sección checa del libro ¿fue escrita antes o después de los acontecimientos de
agosto de 1968?
Fue escrita en los años 1966 y 1967, o sea
cuando viví en Praga.
Me
parece importante destacarlo, porque los sucesos de 1968 pueden cargar tus
poemas de un sentido muy particular.
Desde luego. Mis poemas representan la
visión de un latinoamericano, en esos aros, o sea cuando se estaban gestando
muchos de los conflictos de hoy. La parte checa es la sección final del libro.
La parte intermedia es una visión de mi país, a partir de una mirada
extranjera. Otra vez una poesía de personajes. Pongo a hablar a los integrantes
de una familia inglesa, muy decadente y aristocrática, que llega a El Salvador
con el objeto de rehacer su fortuna, perdida en Inglaterra, y que se enfrenta a
las condiciones de un país subdesarrollado, con la actitud de la aristocracia
inglesa venida a menos. Tuve noticias de esa familia por expresiones que le oí
a mi padre (quien, como sabes, era norteamericano), refiriéndose a la total
incomprensión con que esos ingleses miraban el país. Esbocé esos personajes
melancólicos, y construí una serie de poemas que son una manera de reírnos los
latinoamericanos de la visión que de nosotros tienen los europeos. Por último,
y ya que seguimos un orden inverso, la parte introductoria del libro está
compuesta por una colección de poemas sin mayor unidad, acerca de temas varios.
Y la
línea amorosa, que ha sido bastante importante en tu poesía, ¿prosigue en este
libro?
Sí. Prosigue en todos los niveles; tanto en
los poemas sueltos, donde hay problemas amorosos personales, como en los
referentes a la familia inglesa, donde se tiene en cuenta el conflicto amoroso
decadente. Por último, están presentes algunos aspectos del amor en el seno de
una sociedad socialista, cuando el amor y la sociedad se enfrentan desde el
punto de vista de una conciencia deformada. Es el caso de la decantación del
amor sobre la base de una vida común, cimentada en falsos valores. Hay un poema
que se titula "Historia de un amor" y que está integrado por una
serie de documentos sobre el destino trágico de una pareja, formada por un
extranjero y una muchacha checa que se casan en Praga y empiezan a vivir falsamente
el socialismo; finalmente, el matrimonio se destruye de la manera más burguesa
posible.
Por
los fragmentos que conozco de tu libro, y por lo que ahora me cuentas, veo que
podría ser considerado como poesía comprometida. Ahora bien, ¿qué sentido le
das al compromiso?
Me parece que para nosotros
latinoamericanos ha llegado el momento de estructurar lo mejor posible el
problema del compromiso. En mi caso particular, considero que todo lo que
escribo está comprometido con una manera de ver la literatura y la vida a
partir de nuestra más importante labor como hombres: la lucha por la liberación
de nuestros pueblos. Sin embargo, no debemos dejar que este concepto se
convierta en algo abstracto. Yo creo que está ligado con una vía concreta de la
revolución, y que esa vía es la lucha armada. A este nivel, entiendo que
nuestro compromiso es irreductible, y que todos los otros niveles del
compromiso teórico y metodológico de la literatura con el marxismo, con el
humanismo, con el futuro, con la dignidad del hombre, etc., deben discutirse y
ampliarse, a fin de aclararlos para quienes van a realizar prácticamente ese
compromiso en su obra y en su vida; pero en nosotros, escritores
latinoamericanos que pretendemos ser revolucionarios, el problema del compromiso
de nuestra literatura debe concretarse hacia una determinada forma de lucha.
Dentro
de esa acepción ¿qué lugar dejas a aquellos autores que escriben cuentos
fantásticos, o cuentos realistas no referidos a una concreta realidad
política, y que en su actitud personal tienen en cambio una militancia?
No creo que este problema se resuelva a
nivel de géneros. Un combatiente revolucionario puede hacer magnífica
literatura inmediatista, e incluso panfletaria si le viene en gana o si las
necesidades de la lucha cotidiana así se lo exigen; pero también sirve a la
revolución si es un excelente escritor de ciencia-ficción, ya que la
literatura, entre otras funciones, cumple la de ampliar los horizontes del
hombre. En la medida en que el pueblo puede captar los significados, últimos o
inmediatos, de una gran literatura de ficción, estará más cerca de nuestra
lucha, y más todavía si es capaz de analizar la enajenación que el enemigo le
impone. Por eso no vemos razones para plantear la obligación de que el escritor
militante se reduzca genérica o temáticamente a una línea muy estrecha. Partamos
mejor del otro extremo, o sea de su actitud ante la lucha revolucionaria. Una
vez que este problema está resuelto, el asunto de los géneros y del rumbo
literario servirán para enriquecer la línea revolucionaria que ha escogido en
su vida. Por otra parte, y tal como lo cita la última declaración del comité de
colaboración de la revista Casa de las Américas, en la lucha de clases se
cumple también el papel de arrebatarle a la burguesía el privilegio de la
belleza, como lo sostiene Regis Debray. En el terreno literario, las relaciones
entre la militancia y la literatura como resultado de la creación de un
revolucionario, sólo pueden ser positivas. Hay otro terreno en el que sí podría
haber conflicto, y es a nivel ideológico. En la medida en que, a través de la
literatura, se plantearan ideológicamente posiciones que estuvieran en
contradicción con la militancia revolucionaria, se originaría un conflicto, del
cual no tiene culpa la literatura corno tal; se trataría más bien de un
problema ideológico del escritor. Ahí es donde cabe situar el problema de las
famosas "desgarraduras" entre el poeta y el militante político,
cuando ambos son la misma persona.
"Desgarradura" es un término que
se ha acuitado para ocultar que se trata de un problema ideológico; si se le
quiere seguir llamando así, habrá que decir que se trata de una desgarradura
ideológica, y que por tanto debe solucionarse a nivel ideológico.
En tu
caso personal, ¿ha habida conflicto entre tu militancia política y tu calidad
de escritor?
En alguna ocasión me han preguntado eso, y
muy a la ligera he dicho que no. Lo que he querido decir es que para mí ha sido
posible estructurar mi obra poética en el seno de una vida de militancia política,
o sea que me acostumbré a escribir en la clandestinidad, en condiciones difíciles.
Pero evidentemente existe otro nivel, He tenido conflicto cuando he tenido
problemas ideológicos. Cada vez que he experimentado una desgarradura, ha sido
porque se me planteaba una contradicción entre una posición política y una
posición ideológica expresada en mi literatura. En la medida en que pude
superar mis debilidades en este terreno, di pasos hacia adelante; en la medida
en que no los pude superar, tengo aún conflictos. Hay una serie de aspectos de
la revolución, muchos de ellos planteados a escala mundial, frente a los cuales
yo posiblemente no tengo conceptos muy claros, y por lo tanto siento que me
afectan; pero, como te decía antes, son cuestiones absolutamente resolubles en
el plano ideológico.
Como
sabes, hace tiempo que me vienen preocupando los problemas derivados de las
relaciones entre el intelectual y el socialismo, entre el escritor y la
revolución. Muchas veces juzgamos esa relación en base a prejuicios
pequeñoburgueses y a un concepto liberal de ciertas palabras claves; también en
otras épocas fueron propuestos como soluciones ciertos métodos relacionados con
el stalinismo. Personalmente creo que la verdadera solución no está en ninguno
de esos planteos. Quizá debamos crear una nueva relación entre el escritor y la
revolución. O acaso inventarla. Me gustaría conocer tu opinión sobre esto.
Bueno, tú partes de realidades concretas
que nos ahorran definiciones. Por un lado, prejuicios pequeñoburgueses que se
interponen entre el escritor y las instituciones del socialismo, entre el
artista y la revolución en el poder; y por otra parte las metodologías,
destinadas a resolver este tipo de relaciones, que otorgara el stalinismo en el
pasado. Creo también que usaste una palabra justa para hacer la proposición:
hablaste de inventar nuevos métodos y nuevos contenidos en la relación del
escritor con el socialismo institucionalizado.
Desde luego, se trata de una labor muy
amplia, que debe ser de invención común, en la cual participen los creadores,
los hombres de cultura, el Estado, las instituciones del socialismo, pero todos
en relación con el pueblo, que en definitiva es el destinatario último y el
productor primario de toda la materia cultural, en cuya elaboración no somos
sino intermediarios. En las grandes perspectivas de esta invención no deben por
lo tanto interponerse proposiciones según las cuales los creadores seamos
simples dictadores de viejas opiniones, ni tampoco que se introduzcan por algún
resquicio los métodos stalinistas que sentaron jurisprudencia para resolver
determinados problemas en este terreno. La cuestión es verdaderamente profunda
y tiene que ver con los fines últimos de la revolución. En la actualidad hay
que darle particular importancia a este problema; todos estamos obligados a
participar en su solución, así como a iniciar la discusión con un nuevo estilo,
dispuestos a llamar a los problemas por su nombre y a no perder jamás la
objetividad. Debemos hacerlo con un criterio revolucionario, marxista, científico,
apegado a la experiencia histórica y a las perspectivas concretas del futuro,
tal como se trabaja cuando se planifica una zafra, la apertura de una nueva
rama industrial o las relaciones internacionales de un Estado. Entiendo que
podemos ver estas posibilidades con optimismo. En nuestros países, sobre todo
en el lugar donde el socialismo se ha encarnado realmente en nuestro hemisferio
(me refiero a Cuba), se abren reales posibilidades de una instauración de
nuevas relaciones y de inventarlas con audacia (precisamente la audacia ha sido
una característica de esta revolución), con la mirada puesta en América Latina,
ya que Cuba es el inicio de la revolución latinoamericana.
Mencionaste
la dimensión histórica, y también la audacia de la experiencia cubana. Me
parece que si a esa audacia agregamos una modestia verdadera por parte del
creador, tal vez encontremos los elementos para resistir a dos de las más
riesgosas tentaciones que padece hoy el intelectual: ser fiscal de la historia,
o ser víctima de ella.
Tocas un problema importante. Los
intelectuales tendríamos que concurrir a la elaboración del nuevo tipo de
relaciones entre el artista y la revolución, con absoluta conciencia de ese
tipo de peligros. La última experiencia histórica nos demuestra que,
precisamente por nuestras debilidades ideológicas, por nuestros prejuicios
pequeñoburgueses, por el tipo de sociedad en la que hemos estado inmersos y que
tanto nos ha deformado, tratamos de preservar nuestra individualidad hasta territorios
que contradicen las raíces mismas de nuestros ideales humanistas. ¿Qué les ha
pasado a los grandes poetas que han tratado de convertirse en fiscales
intocables de la vida pública, o a los escritores que, en nombre de una
supuesta libertad intocable, tratan de convertirse en víctimas de la historia?
A pesar de lo conmovedores que puedan parecernos sus avatares, debemos
reconocer que uno a uno han ido cayendo y han terminado por incorporarse,
muchas veces a pesar suyo, a la gran industria del espectáculo editorial, del
gran show editorial que, detrás de su apariencia luminosa, tiene intereses
concretos que pueden responder al enemigo. Cuando una personalidad que maneja
los problemas de la conciencia, de la historia, de la cultura, y que muchas
veces ha sido portavoz de grandes inquietudes de nuestras masas, cuando un
poeta a quien el pueblo le ha dado su calor, cae en la industria del
espectáculo a que aludo, se convierte de inmediato en un elemento más de la
enajenación de nuestras masas populares y por lo tanto pasa a cumplir una labor
histórica francamente negativa, reaccionaria.
Ninguno de nosotros está libre de caer en
ese riesgo, y por eso la vigilancia sobre nosotros mismos y sobre nuestros
compañeros debe mantenerse, en un sentido revolucionario, a pesar de que los
evidentes errores cometidos en el pasado por parte de instituciones de estados
socialistas, nos pongan muchas veces en guardia contra ciertas palabras.
Estamos entre revolucionarios y dejaríamos de serlo en el momento en que entregásemos
las armas de la crítica; pero no simplemente corno escritores, sino también
como ciudadanos de un país, como revolucionarios de fila. Además, como escritores,
tenemos derecho a la crítica, y a plantear los problemas en el nivel que sea, y
con la profundidad que nos imponga nuestra conciencia. Sin embargo, debemos
estar vigilantes con respecto a la otra situación: seamos responsables ante
nosotros mismos de esos peligros que tú has señalado, en la medida en que
estemos dispuestos a no ofendernos por llamarnos servidores de nuestros
pueblos. Si hay escritores a quienes les parece denigrante servir al pueblo,
francamente no vale la pena que hablemos de ellos.
Así
como decíamos que conviene estudiar la relación entre el escritor y el
socialismo, dentro de un estado socialista, creo que también deberíamos
estudiar los problemas derivados de la presencia de un escritor revolucionario
dentro de una sociedad de impronta capitalista, o sea dentro de un mercado de
consumo.
Cuando apuntábamos que un escritor inserto
en un país socialista puede caer en la tentación de la industria mundial del
espectáculo editorial, o sea la industria que persigue la enajenación de las
masas populares, estábamos señalando un peligro real pero también excepcional.
En cambio el escritor que trabaja en el mundo capitalista, vive inmerso en una
situación presidida por un gran aparato que por lo general está al servicio de
la ideología del enemigo, y por lo tanto corre el riesgo de convertirse en su
víctima inmediata. Aun el escritor que se rebela, aun el escritor que es digno de
su papel y lucha contra la enajenación, puede ser una víctima de ese aparataje
y ser aludido desde diferentes niveles.
Algo
así como una "operación seducción".
O una "operación soborno", que
incluye maniobras destinadas a dotarlo de, una buena conciencia a pesar de las
concesiones que poco a poco se le puedan arrancar. Todo está destinado a un fin
último: asimilarlo al gran aparato de enajenación, montado en contra de
nuestras masas populares.
El
mero hecho de neutralizarlo, ¿no es acaso un buen dividendo para el enemigo?
Desde luego, en este aspecto el enemigo
ejerce una acción cotidiana, costosísima, que se manifiesta en todos los
órdenes de la vida cultural: ediciones lujosas, excelente promoción del libro,
gloria efímera, la posibilidad de convertirse en una suerte de prostituta
intelectual, muy bien pagada, o un payaso simpático, al servicio de los
intereses más inconfesables, aunque a veces, en los mejores y más inocentes de
los casos, no se tenga conciencia de ello. Lo que me produce preocupación es
que tales maniobras de seducción alcancen a muchos de nuestros compañeros y que
éstos no adviertan que al caer en la falta de seriedad, en la payasada, o en,
las concesiones directas al enemigo, están contribuyendo a crear en los pueblos
la imagen de que al intelectual promedio sólo le interesa la frivolidad, la
publicidad, la tontería.
Por
eso mencionaba la modestia. Dentro de la operación-seducción, uno de los
elementos que mejor maneja el enemigo es un fino tratamiento de la vanidad.
Frente a la modestia verdadera, una modestia que es también orgullo, el
imperialismo se siente desarmado. Ahora, volviendo a tu poesía, ¿cómo crees que
este libro que acaba de ser premiado, y tu poesía en general, se insertan en la
literatura salvadoreña?
Los orígenes culturales de mi producción, y
el hecho de tratar, por medio de la literatura, de volver a mi país, con una
visión tal vez enriquecida por la experiencia del exilio, son en realidad
contribuciones de mi país a lo que yo hago. Hay además ciertos esquemas
mentales, ciertas estructuras de lenguaje, que desde luego son absolutamente
salvadoreñas. Pero en lo que se refiere a mi obra poética, no creo que sea
continuación, o que haya recibido influencia decisiva, de quienes han escrito
poesía en El Salvador. Por el contrario, en un porcentaje bastante alto he
partido de un rechazo con respecto a la poesía que anteriormente se había
escrito en mi país, poesía muchas veces inofensiva, que rara vez ha ido al
fondo. Y esto no es sólo una apreciación personal, sino que es también lo que
dice la crítica salvadoreña respecto de lo que allí se conoce de mi poesía.
Precisamente se ha señalado su carácter de ruptura.
¿De
cuál de los nuevos poetas salvadoreños te sientes más cerca?
Fundamentalmente, de Manlio Argueta
[NdelaR: hoy columnista del diario de la oligarquía salvadoreña]. Es un poeta
de mi edad, que por cierto se ha convertido últimamente en un novelista muy
valioso. La poesía de Argueta está dentro de una línea muy renovadora: es
desenfadada, de gran amplitud temática. Hay también un muchacho nuevo, muy
joven: Alfonso Quijada. No ha publicado ningún libro, pero conozco poemas
sueltos que revelan un auténtico talento. También un poeta católico, David
Escobar Galindo, muy joven también pero con grandes posibilidades de
desarrollo. Y desde luego, Roberto Armijo, de mi promoción: no sólo como poeta,
también como ensayista nos ha ayudado mucho a todos en el planteo de problemas
sobre nuestra cultura nacional.
Está
asimismo tu inserción en la poesía latinoamericana actual. Alguna vez escribí
que había dos familias de poetas latinoamericanos, la familia. Neruda y la
familia Vallejo. ¿A cuál de ellas sientes que perteneces?
Mira, yo quisiera ser uno de los nietos de
Vallejo. Con la familia Neruda no tengo nada que ver. Hemos roto nuestras
relaciones hace tiempo. De todos aquellos que surgimos impulsados por el clima
de Vallejo (aunque a esta altura no sé si quedará algún rastro en nuestra expresión
formal), descarnado y humano, me siento cerca de poetas latinoamericanos como
Juan Gelman, Enrique Lihn, Fernández Retamar, Ernesto Cardenal.
Y
aparte de los latinoamericanos, ¿cuáles son tus poetas mayores?
Tal vez un grupo de poetas franceses, muy disímiles
entre sí. De cada uno he tomado algo. Pienso en Henri Michaux, Jacques Prevert,
y (a pesar de que nadie me crea) Saint John Perse. Los leí casi simultáneamente
y ejercieron una notable influencia sobre mí. También algunos poetas de lengua
inglesa, como Eliot o Pound. Sin embargo, creo que mi poesía, sobre todo a
partir de ‘El turno del ofendido’, se nutrió de otros géneros en mayor grado
que de la poesía. Por ejemplo: la novela, el cuento, y hasta el cine.
Conscientemente traté de propiciarme climas generadores de una actividad
poética.
¿Y
cuáles serían esos novelistas?
En el caso de ‘El turno del ofendido’, hay
conexión (testimoniada a veces por epígrafes) con la novelística de Faulkner, e
incluso con la de Hemingway, a pesar de que por su sequedad no parece el más
indicado para darle a uno aliento poético. Quizá ello se haya debido a que ya
por ese entonces me estaba orientando hacia una poesía de ideas, y lo que
encontraba en los novelistas eran precisamente ideas. Creo que ésa fue la mecánica
de la influencia. Y luego la novela latinoamericana, con la que me he sentido
especialmente a gusto en los últimos tiempos. Aquellos escritores que hicieron
novela en tanto poetas, como es el caso de mi ex-amigo Miguel Ángel Asturias,
nunca ejercieron influencia sobre mí. Yo leía las novelas de Asturias como
grandes poemas surrealistas.
Distinta es la relación con los novelistas
actuales. Para mí ha sido muy estimulante la novelística de Julio Cortázar, con
la cual siempre me entendí muy bien. Sobre todo porque Cortázar tiene una
literatura de infancia, que de algún modo se unía con mis vivencias. A pesar de
haber nacido en El Salvador, yo crecí en la órbita del fútbol, de El Gráfico,
Borocotó, Rico Tipo, César Bruto, etc.; así que pude comprender muy bien esa
zona del mundo Cortázar.
¿Qué
importancia han tenido, para tu vida y para tu obra, tus prolongadas
residencias en Cuba?
La experiencia cubana ha sido para mí
decisiva en muchos aspectos. Creo que ha sido la experiencia más importante de
mi vida. Al principio, porque fue la primera ocasión que tuve de vivir la
construcción del socialismo. En las temporadas inolvidables de 1962 y 1963,
tuve el privilegio de compartir con el pueblo cubano el dramatismo y la grandeza
de aquel momento, y aprendí alborozado que nuestros pueblos pequeños pueden ser
capaces de un destino mundial extraordinario. Como poeta, fue en Cuba donde
adquirí conciencia de lo que significa escribir en serio, de ser (para emplear
una palabra ya vieja) un escritor profesional, alguien que escoge la literatura
como oficio. No sé si ello aconteció porque era simplemente un nivel de
desarrollo o porque aquí se dieron las condiciones de libertad (material y
espiritual) imprescindibles para poder expresar toda una gama de problemas que
nunca hubiera podido encarar en mi país.
Cuba sigue siendo una experiencia definitiva
y definitoria para mí, ya que luego me fue posible vivir en otros sectores del
socialismo, y por consiguiente comparar, sacar mis conclusiones, y en ese
sentido Cuba ha servido para que yo organizara mejor mis propósitos acerca de
la revolución en América Latina y concretamente en mi país. Ha sido la vivencia
cubana la que me ha dado los elementos fundamentales para tomar una
perspectiva, un distanciamiento (para decirlo a la manera brechtiana) por
cierto muy útil para apreciar el problema concreto de la revolución en mi país.
El
premio Casa ha tenido este año un colorido especial que lo diferencia de años
anteriores. Por otra parte, fue mucho mayor la concurrencia de obras
precedentes de América Latina ¿Crees que tales detalles tienen algo que ver con
una nueva actitud del escritor latinoamericano, o con nuevos aspectos de la
realidad continental?
En primer lugar, este nuevo colorido, este
nuevo nivel de calidad revolucionaria del premio Casa, está espléndidamente
sintetizado en el premio de ensayo que le fuera otorgado a Héctor Bejar, preso
en las cárceles peruanas. Quiero decirte también que yo asocié muy curiosamente
el premio a dos nombres: el de Regis Debray (fue en la Casa de las Américas
donde nos encontramos varias veces) y el de mi querido e inolvidable hermano,
Otto René Castillo, guerrillero guatemalteco, asesinado por el gobierno de su
país después de haber sido capturado herido en la montaña. Los poemas de
Castillo me llegaron precisamente el día siguiente a la otorgación de los
premios. Por eso uno al nombre de Béjar, al de Regis Debray y al recuerdo de
Otto René Castillo, el significado del premio Casa.
Cuando me dices que en este año han
participado más obras latinoamericanas que en años anteriores, interpreto ese
hecho como una señalable radicalización de los escritores revolucionarios de
América Latina, que subrayan su adhesión a Cuba debido a que ven en ella la
encarnación de sus esperanzas y del futuro de sus pueblos. También es un modo
indirecto de apoyar una línea política de la revolución latinoamericana: la
lucha armada. Por eso me parece importante el significado del ensayo de Béjar.
Según los extractos de su libro, aparecidos después del premio, Béjar (no se
trata de una cita textual sirio de su sentido esencial) desde la cárcel trata
de expresar que nos encontramos en un momento crucial del proceso
revolucionario, y al enviar su ensayo a la Casa de las Américas, intenta
subrayar la posibilidad, la urgencia, la importancia definitiva y la verdadera
necesidad histórica, de impulsar y desarrollar la línea de lucha guerrillera en
América Latina.
¿Y
qué estás preparando ahora?
Trabajo en un largo poema, "Los
hongos", que de alguna manera enfoca la pugna que existió en mi juventud
entre la conciencia revolucionaria y la conciencia cristiana, resuelta (con una
manera hasta un poco joyceana) en el centro de un colegio jesuita. Trata de ser
una larga carta a mi profesor de filosofía en ese colegio. En otro terreno, he
terminado un ensayo sobre las tesis enunciadas por Regis Debray en ¿Revolución
en la revolución? Ese ensayo pretende en gran parte ser una defensa y una
actualización de tales tesis frente a las posiciones de ciertas organizaciones
de izquierda latinoamericanas, como por ejemplo los PC argentino y venezolano.
Luego hago un balance objetivo de lo que ha significado el libro de Debray para
la teoría revolucionaria en América Latina, y también algunas apreciaciones críticas
sobre ciertos aspectos del texto de Debray.
No sé
si conoces el reciente libro de Jorge Abelardo Ramos, que concluye con un largo
ataque a la teoría del foco y otros planteos de Debray.
Sí, lo conozco. Me parece un libro
interesante, brillante y muy ágil. Es claro que estoy en completo desacuerdo en
cuanto a sus conclusiones sobre la lucha revolucionaria y sobre la metodología
de la actividad revolucionaria, no sólo porque parece evidente que el autor
desconoce las realidades actuales de esa lucha a nivel continental, sino
también porque hace demasiadas concesiones a su propia brillantez y a su propia
ironía, olvidándose del análisis concreto de las posibilidades y de la relación
entre las teorías propuestas y las realidades de nuestros países. Muchas veces
se limita a dejar constancia de sus chistes. Con esa actitud no me parece que
lleguemos a ninguna parte. Atacar por ejemplo el foco guerrillero, reduciéndolo
a un grupo de atletas que aprenden a sobrevivir en la selva a la manera de
Tarzán, me parece una reducción al absurdo de las posibilidades de una polémica
seria sobre materia tan compleja. En mi libro sobre Debray tomo una posición contraria
a las conclusiones de Ramos.
Es curioso anotar cómo, en los hechos, hay
una coincidencia casi absoluta entre las posiciones de Jorge Abelardo Ramos y
las que, frente al libro de Debray, ha expresado el PC argentino. También sobre
éstas me permito discrepar. Por otra parte, la enajenación de Ramos al problema
del antistalinismo, le impide alcanzar conclusiones valederas con respecto a la
polémica sobre la lucha armada. Uno de los exabruptos más típicos de los
planteamientos de Ramos, es su conclusión de que el foco guerrillero vendría a
ser la revitalización del stalinismo en América Latina.
Una
última pregunta. Es frecuente que en entrevistas como ésta, se concluya por
preguntarle al entrevistado qué consejos daría a los escritores jóvenes. Pero
yo quiero salir de esa rutina, y más bien me gustaría saber qué consejos les
darías a los escritores viejos.
No soy amigo de dar consejos. Pero ya que
me lo preguntas, me permitiría aconsejar a los escritores viejos sólo dos
cosas. A los que puedan, que rejuvenezcan lo antes posible; a los que sean
honestos, que sigan siéndolo, ya que de ese modo nos seguirán enseñando. Pienso
en un escritor a quien conocí cuando era relativamente honesto, aunque ya
bastante viejo: Miguel Ángel Asturias. Ya que a esta altura no podría conseguir
ni la juventud ni la absoluta honestidad, quisiera aconsejarle que renuncie a la
embajada de Guatemala en París. Quizá así podría conservar por lo menos un
poquito del decoro que Sartre otorgó al premio más municipal de la tierra.
Contrapunto
Fuente:
Texto completo en: https://www.lahaine.org/mundo.php/mario-benedetti-entrevista-a-roque
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