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lunes, 12 de junio de 2023

 

[ 404 ]

 

INTELECTUALES APOLÍTICOS

 

Otto René Castillo

 

 

 

 

Vámonos patria a caminar, yo te acompaño
(1965)

 

 

Un día,
los intelectuales
apolíticos
de mi país
serán interrogados
por el hombre
sencillo
de nuestro pueblo.
Se les preguntará
sobre lo que hicieron
cuando
la patria se apagaba
lentamente,
como una hoguera dulce,
pequeña y sola.
No serán interrogados
sobre sus trajes,
ni sobre sus largas
siestas
después de la merienda,
tampoco sobre sus estériles
combates con la nada,
ni sobre su ontológica
manera
de llegar a las monedas.
No se les interrogará
sobre la mitología griega,
ni sobre el asco
que sintieron de sí,
cuando alguien, en su fondo,
se disponía a morir cobardemente.
Nada se les preguntará
sobre sus justificaciones
absurdas,
crecidas a la sombra
de una mentira rotunda.
Ese día vendrán
los hombres sencillos.
Los que nunca cupieron
en los libros y versos
de los intelectuales apolíticos,
pero que llegaban todos los días
a dejarles la leche y el pan,
los huevos y las tortillas,
los que les cosían la ropa,
los que le manejaban los carros,
les cuidaban sus perros y jardines,
y trabajaban para ellos,
y preguntarán,
«¿Qué hicisteis cuando los pobres
sufrían, y se quemaba en ellos,
gravemente, la ternura y la vida?»
Intelectuales apolíticos
de mi dulce país,
no podréis responder nada.
Os devorará un buitre de silencio
las entrañas.
Os roerá el alma
vuestra propia miseria.
Y callaréis,
avergonzados de vosotros.

 

 

*

 

 

 

OTTO RENÉ CASTILLO : 

SU EJEMPLO Y NUESTRA RESPONSABILIDAD

 

 

Roque Dalton

(fragmentos)

 

Nació en Quezaltenango, Guatemala, en 1936. El derrocamiento de la dictadura de Ubico y el inicio de la etapa democrática cayeron como una ola sobre la niñez del futuro poeta, y llenaron de estímulos político-sociales su vida circundante, sus años de la primera educación, su adolescencia. En 1954 ya era presidente de la Asociación de Estudiantes de Post-primaria y uno de los activistas juveniles más destacados del Partido Guatemalteco del Trabajo.A los 18 años de edad se establece en El Salvador. Ingresa a la Universidad después de un tiempo de dedicarse a diversos oficios para ganarse la vida: sereno de un parque de automóviles, pintor de brocha gorda, vendedor de libros. Simultáneamente escribe con gran intensidad poemas que pese a ser obras de primera juventud, llaman la atención en los círculos culturales de El Salvador y le abren las puertas de la gran prensa salvadoreña, sobre todo después de la obtención del Premio Centroamericano de Poesía de la Universidad, en 1955.Su poesía se nutrió del dolor de su pueblo y de su indoblegable esperanza y fue un ardiente llamado y un homenaje a los sectores más explotados de Guatemala: las masas indígenas. Sus poemas a Atanasio Tzul son un ejemplo concreto de tal actitud.

 

Su actividad política y literaria en El Salvador fue sumamente importante. Desde el seno del Círculo Literario Universitario fue un trabajador inagotable en favor de la unificación de criterios de los artistas y escritores jóvenes de aquella época, y, asimismo, un divulgador de los poetas que más influyeron en el punto de partida de lo que luego se llamará la «generación comprometida» (Nazim Hikmet, Miguel Hernández, César Vallejo, Pablo Neruda, etc.)

 

Su labor poética trascendió las fronteras salvadoreñas y resonaba en Europa (la FMJD le otorgó, desde Budapest, el Premio Internacional de Poesía en 1957). Volvió a Guatemala donde obtuvo el “Premio Autonomía de la Universidad” en 1956,

 

Extrovertido, vital, de personalidad fuerte y simpática, no fue, sin embargo, una figura exenta de los errores y las debilidades de los jóvenes centroamericanos de su época. Su afán de vivir intensa y apasionadamente la vida, le cobró su precio frente a la severidad de sus camaradas mayores en edad y experiencia y le significó conflictos, desgarramientos, problemas. Por el contrario, los jóvenes le aceptaron siempre en su rica totalidad humana, necesariamente contradictoria con el medio. Quizás el motivo más importante de citar en este aspecto de su personalidad sea el de salvarlo del riesgo, que puede propiciarle su muerte admirable, de pasar a la historia como un santón, como uno de esos personajes planos a que nos tiene acostumbrados el apologismo póstumo.

 

En 1957, Otto René Castillo regresa a Guatemala, poniendo fin a su fructífero exilio salvadoreño. Sigue estudios de Derecho y Ciencias Sociales en la Universidad de San Carlos donde recibe el premio «Filadelfo Salazar» al mejor estudiante y obtiene por su aprovechamiento una beca para hacer estudios en la RDA. En 1959 inicia sus estudios de Letras en Leipzig. En 1962 abandona la primera carrera para ingresar en la Brigada Joris Ivens, grupo de cineastas que serían los cuadros de un vasto plan para la filmación de materiales sobre la lucha de liberación de los pueblos latinoamericanos, dirigidos por el famoso cineasta holandés. Al terminar sus cursos, regresó al país en 1964. De nuevo se inicia la turbulenta mezcla de militancia política y de actividad cultural. En esta etapa dirige el Teatro de la Municipalidad de Guatemala. Cuando fue capturado en 1965, el régimen militar lo envía de nuevo al exilio. Las organizaciones revolucionarias guatemaltecas le imponen entonces una responsabilidad: pasa a ser representante de Guatemala en el Comité Organizador del Festival Mundial de la Juventud que se iba a celebrar en la capital de Argelia.

 

Con este cargo el poeta nuevamente recorre Alemania, Austria, Hungría, Chipre, Argelia y Cuba. Sus jefes hablan emocionadamente de su aporte material y humano, su entrega al trabajo, su espíritu jovial ante el sacrificio. Herido en combate fue capturado por las fuerzas del gobierno. Junto a Nora Paiz fue conducido a la base militar de Zacapa y después de haber sido torturado y mutilado, fue quemado vivo. Sus propios verdugos han testimoniado su entereza y su coraje ante el tormento y la muerte.

 

La obra poética de sus últimos años de vida fue recogida en el volumen Vámonos Patria a caminar, cuyos originales había corregido el autor en la cárcel en 1965, reeditado póstumamente en 1968, en México, con prólogo de César Montes.

 

En el año de 1964 había publicado en Guatemala Tecún Umán. Posteriormente un familiar del poeta en Alemania, hizo llegar a quien escribe estas líneas una extensa colección de su obra inédita, en la que aún trabajaba hasta poco antes de su muerte. En la confección de la Antología de su obra que publicó Casa de las Américas en La Habana bajo el título de Poemas, se han utilizado principalmente materiales incluidos en Vámonos Patria a caminar y en las colecciones inéditas.

 

Murió antes de llevar su poesía a la más alta depuración estilística pues lo mataron a los 31 años de edad. Sin embargo, su obra, de la cual el libro publicado en Cuba es solamente una parte representativa, quedará como un espléndido testimonio de pasión, confeccionado en el lenguaje necesario para conmover a los hombres de este tiempo en que él, tanto como los precursores y los adelantados de siempre, pasó como una ráfaga de fuerza y de autenticidad.

 

Otto René Castillo inicia su actividad pública en la época final de la etapa democrática guatemalteca (1944-1954), y en el seno del Partido Guatemalteco del Trabajo, en un período complejo y contradictorio.

 

En la época de profunda desmoralización que siguió a la derrota de Guatemala, ciertas connotaciones del viejo espíritu militante en las cuales se había insistido tanto que habían llegado a tomar un tinte ridículo, sirvieron a muchos jóvenes guatemaltecos para aferrarse con las mandíbulas apretadas y los puños en los bolsillos, a la esperanza íntima en el triunfo final. La prueba que dio Otto René Castillo entonces fue de verdad importante: estuvo entre los que superaron la derrota.

 

De ese alto nivel de problemas cae a la soleada caverna que era la vida en la capital salvadoreña. Osorio repartía cheques, tierras, premios de la Lotería entre sus amigos, sobornaba a las fuerzas vivas y mantenía un clima represivo limitado. Los estudiantes universitarios se solidarizaban con los revolucionarios guatemaltecos y denunciaban el enriquecimiento ilícito de los grandes jerarcas. Fue a este medio al que llegó Otto René Castillo con su joven experiencia guatemalteca. El gobierno del Coronel Lemus que sustituyó el desprestigiado régimen Osorista en 1956 y que sabía que había pasado la época de las vacas gordas se inaugura con medidas tendientes a atraerse el favor popular: el reingreso de los exiliados, la permisión de organización a la clase obrera, la derogatoria de las leyes fascistas, las grandes promesas.

 

En tales condiciones se abrieron perspectivas amplias para el trabajo cultural a nivel público. Se fundaron diversas organizaciones de escritores y artistas jóvenes, entre ellas el «Circulo Literario Universitario» que hizo las veces de un organismo universitario de difusión cultural, pero que tuvo la función primordial de nuclear, de organizar, a los creadores jóvenes universitarios. Los poetas salvadoreños, y Otto René Castillo muy descollantemente entre ellos, invadieron las páginas de los diarios locales y las revistas, dieron conferencias y recitales polemizaron sobre diversos temas, plantearon mesas redondas, protestaron y, marginalmente, hicieron una vida entre militante y bohemia.

 

Sin embargo, bajo aquella febril actividad, existían preocupaciones de fondo. El tema de discusión principal bien pronto fue el de la responsabilidad social del escritor y del artista en las condiciones de los países atrasados y explotados de la América Central. Miguel Angel Asturias, el poeta guatemalteco, aportó una frase «El poeta es una conducta moral». Sobre esta frase se improvisó un pequeño pero sólido edificio de principios ético-estéticos: el poeta es una conducta moral, debe escribir como piensa y vivir como escribe.

 

Otto René Castillo fue uno de los principales animadores de aquel espíritu. Fuera de aquella frase de Asturias, los jóvenes que rodeaban a Otto René Castillo preferían aceptar que muy poco debían a las generaciones anteriores y que en el terreno político-cultural, la juventud centroamericana era una juventud sin guías, sin maestros ejemplares.

 

En aquel ambiente sobrecargado de inocencia, de buenas intenciones, de desconciertos, de verbosidad, de subdesarrollo, Otto René Castillo participaba como un nuevo tipo de salvadoreño y un nuevo tipo de guatemalteco, un nuevo tipo de compatriota y un nuevo tipo de extranjero.

 

Su regreso a Guatemala es la oportunidad del recuento, del nacimiento del espíritu autocrítico, cara a cara con su raíz original.

 

La «promoción cultural» a la que perteneciera en Guatemala, tuvo una serie de características que la singularizan entre todas las otras en el transcurso del siglo. En lo político, esta generación careció de las ataduras de grupo propias de las generaciones anteriores. Otra característica de esa promoción guatemalteca estuvo deparada por las condiciones materiales en que sus miembros tuvieron que desarrollar la labor creadora inicial. Su obra literaria se comenzó a escribir en la adversidad, en el exilio o en el país.

 

En lo estrictamente literario y cultural, su vuelta a la patria significó el reencuentro con los viejos amigos, con los escritores que de alguna manera había admirado. Se inscribe en la Facultad de Derecho y formó parte de Lanzas y letras.

 

Lanzas y letras, muy pronto sobrepasó los limites que sus fundadores se habían planteado. Revista concebida originalmente como órgano cultural estudiantil, sus páginas fueron de inmediato invadidas por todas las voces del presente nacional y mundial. La labor de esta publicación fue importantísima en esa etapa y trascendió hasta los países vecinos de América Central. Otto René Castillo no llegó a ver sino algunos de los primeros números de la revista, pues se le otorgó a través de la Asociación de Estudiantes Universitarios de Guatemala, la beca para estudiar en Alemania.

 

Desde un momento determinado de su vida literaria y política es un ejemplo ascendente de ruptura con los diversos niveles de la tradición. Primeramente había introducido en la poesía y en la visión político-cultural un nuevo enfoque del tema vernáculamente enfrentado: el del indígena explotado. En una zona tan profundamente marcada su planteamiento en este terreno involucraba un re-examen total de nuestras nacionalidades a partir de las raíces culturales ancestrales y llegó a ser uno de los principales impulsores. Las circunstancias ya descritas de la Guatemala de 1958-59 lo alientan para un nuevo tipo de ruptura: por ella da el viaje a Europa. Va a Alemania y con cierto candor acrítico que lo hace asimilarse un tanto líricamente a la complejidad de la vida en la RDA. Aunque también es un poco el heredero de la tradición inaugurada por el Popol Vuh que llega a las vecindades de Goethe y de Bach. Sería unos años más tarde que se daría otra instancia de ruptura para el joven poeta. Después de haber terminado sus estudios de idioma alemán, había ingresado a la Facultad de Letras en Leipzig donde se distinguió como un joven brillante, el mejor alumno extranjero.

 

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Fuente:

 

https://elsudamericano.wordpress.com/2017/09/14/intelectuales-apoliticos/

 

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martes, 23 de mayo de 2023

 

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MARIO BENEDETTI  ENTREVISTA A  ROQUE DALTON

 

 

 

La entrevista que el poeta uruguayo realizó al poeta salvadoreño fue publicada en 'Marcha' el 28 de febrero y 7 de marzo de 1969. Benedetti siempre admiró el trabajo de Roque

 

 

El jurado de poesía del Premio Casa de las Américas (integrado por Efraín Huerta, de México: José Agustín Goytisolo, de España; Antonio Cisneros, de Perú: René Depestre, de Haití: y Roberto Fernández Retamar, de Cuba) tuvo que elegir entre 221 participantes. La decisión fue sin embargo unánime, y premió, no sólo a uno de los poetas más vitales y removedores de América Latina, sino también a uno de los que mejor han sabido conjugar el compromiso político con el rigor artístico.

 

 

Roque Dalton (autor de La taberna y otros poemas) nació en San Salvador, El Salvador, el 14 de mayo de 1935. Estudió antropología y derecho. Es miembro del PC salvadoreño desde los 22 años; fue dirigente estudiantil y periodista, participando activamente en la política de su país. En varias oportunidades ha estado preso por su actividad revolucionaria, y en 1961 fue expulsado de El Salvador por el gobierno militar. Posteriormente ingresó varias veces en forma clandestina. En 1964 fue nuevamente apresado, pero esta vez consiguió fugarse. En los últimos años ha residido en Checoeslovaquia y Cuba. Su obra poética y ensayística ha sido traducida a doce idiomas. Ha publicado tres libros de poemas: La ventana en el rostro, 1961; El turno del ofendido, 1963; Los testimonios, 1964.

 

 

Mario Benedetti: ¿Cómo caracterizarías la trayectoria de tu poesía?

 

Roque Dalton: Al igual que un gran número de poetas latinoamericanos de mi edad, partí del mundo nerudiano, o sea de un tipo de poesía que se dedicaba a cantar, a hacer la loa, a construir el himno, con respecto a las cosas, el hombre, las sociedades. Era la poesía-canto. Si en alguna medida logré salvarme de esa actitud, fue debido a la insistencia en lo nacional. El problema nacional en El Salvador es tan complejo que me obligó a plantearme los términos de su expresión poética con cierto grado de complejidad, a partir por ejemplo de su mitología. Y luego, cierta visión del problema político, para la cual no era suficiente la expresión admirativa o condenatoria, sino que precisaba un análisis más profundo. Esto me obligó a ir cargando mi poesía de anécdotas, de personajes cada vez más individualizados. De ahí provienen ciertos aspectos narrativos de mi poesía, aunque, llegado a determinada altura, tampoco resultaron suficientes y debieron ser sustituidos por una suerte de racionalización de los acontecimientos. Viene entonces mi poesía más ideológica, más cargada de ideas.

 

En esta etapa precisa ¿usas también la poesí­a de personajes?

 

Sí, la sigo usando. Por ejemplo, el libro premiado está cargado de personajes. A veces se da el caso de que los personajes opinen en contra de lo que yo pienso. Eso lo hago para establecer una contradicción dialéctica, en el seno de la expresión poética. El lector es quien puede resolverla. ¿Y la zona subjetiva? También existe, por supuesto. Incluso para enfrentar la historia hay expresiones de ese tipo: simplemente opiniones que surgen de una apreciación subjetiva de la realidad.

 

¿Cómo calificarías ‘La taberna’ y otros poemas con respecto a tu obra anterior? ¿Continuidad o ruptura?

 

Yo diría que ambas cosas. Desde el punto de vista del desarrollo de la expresión, es continuidad. Ahí están presentes la poesía de personajes, la índole narrativa, la utilización de la anécdota, etc. Pero es también ruptura en la medida en que plantea, y acentúa de una manera nueva, la expresión política, llevando así el conflicto a lo ideológico, y rompiendo con una serie de estructuras caducas del movimiento revolucionario en el que de algún modo estoy inmerso.

 

Tengo entendido que el primer título fue "Poemas problemas".

 

Exactamente. Ese título tenía para mí dos significados: por una parte, yo estaba entonces influido por el movimiento de poesía concreta y quería jugar un poco con la tipografía (ahora la poesía concreta ha dejado de interesarme como juego tipográfico): fíjate que la palabra problemas sólo tiene tres letras más que la palabra poemas. Aparte de eso, reflejaba, desde el punto de vista del contenido, la esencia de lo que yo quería expresar en este libro, es decir: poemas que, al sumergirse en la lucha ideológica, se convertían ellos mismos en problemas.

 

¿Y por qué le cambiaste el título?

 

La situación planteada en el libro es verdaderamente problemática: acentuarla más aún desde el título, hubiera sido repetitivo, tautológico.

 

Creo que el gran poema del libro es el titulado "Taberna". También fue el que más impresionó a los jurados, a pesar de su inusual extensión. ¿Cuál fue su génesis?

 

"Taberna" es virtualmente una crónica de los esquemas mentales de un sector importante de la juventud checa, en los años 1966 y 1967. El método de trabajo fue el siguiente: hay en Praga una taberna muy famosa, una cervecería que data del siglo XIII, llamada Ufleku, donde se reúne la juventud checa a beber cerveza y a conversar; también concurren muchos extranjeros residentes en Praga. En varias oportunidades, escuché allí trozos de conversaciones; eran de tal interés (sobre todo si se considera el marco en que se daban: un país socialista, a veinte años de revolución) que me impulsaron a tomar apuntes. De pronto me di cuenta de que eso era un material sociológico y que yo estaba efectuando una suerte de furtiva encuesta acerca de toda una ideología. Confieso que empecé sin propósitos demasiado definidos, simplemente ordenando lo que recogía; luego pensé que el posible mérito era la propia existencia de ese material, y que el trato más adecuado debía ser una rigurosa objetividad. Me decidí entonces a construir un poema, debido a que las expresiones recogidas tenían suficiente calidad literaria; un poema en el que fuera posible introducir aquellas expresiones, dejando que por sí mismas construyeran sus posibilidades de conflicto. Las yuxtapuse y les di algún tipo de montaje, pero sin intención de jerarquizarlas entre sí. Algo así como un poema-objeto; sin embargo, la carga política era tal, que dejó de ser un poema-objeto para convertirse en algo eminentemente político.

 

Desde un punto de vista formal ¿qué diferencia hay entre el procedimiento que utilizaste y el corrientemente usado por etnólogos o antropólogos? Pienso en Oscar Lewis, o, para mencionar un ejemplo cubano, en Miguel Barnet.

 

En el caso de Barnet, había un propósito original. No hay que olvidar que Miguel tiene formación científica y trabajó con la intención de reconstruir un período de la historia cubana. En cambio, mi punto de partida fue mucho más ingenuo. Yo partí del asombro político que, como comunista extranjero en Praga, experimenté al enfrentarme con un panorama ideológico que no esperaba encontrar en un país que llevaba veinte años de socialismo. Además, la experiencia del socialismo que yo tenía era la cubana, donde el sentido de lo heroico, el fervor de la revolución, el orgullo de ser comunista y revolucionario, eran desde luego el pan de cada día para la juventud; en cambio, la problemática planteada por los jóvenes praguenses, era una mescolanza de misticismo, religiosidad, anticomunismo, esnobismo, nihilismo; o sea una cantidad de formas ideológicas que el imperialismo exporta para el consumo de los pueblos que él mismo se encarga de oprimir.

 

Ya sé que hay inevitables distorsiones de la memoria, y no me refiero a ellas cuando te hago la pregunta: ¿nunca pusiste en boca de los jóvenes alguna expresión inventada?

 

Prácticamente no inventé nada. Claro que en la labor ele montaje hubo algunos giros complementarios. Y eso daba la continuidad de un pensamiento a otro. A veces, ante la perspectiva de que un pensamiento pudiera ser mejor entendido con el agregado de una metáfora, hice anotaciones en ese sentido. Por ejemplo, hay un momento en que hablan de África en una forma un poco despectiva. Entonces construyo una metáfora de ese contenido de menosprecio, y pongo en boca de uno de los muchachos estas palabras: "África, ese mercado negro". Nadie las dijo nunca en la taberna, pero son un afinamiento de lo que querían decir.

 

La sección checa del libro ¿fue escrita antes o después de los acontecimientos de agosto de 1968?

 

Fue escrita en los años 1966 y 1967, o sea cuando viví en Praga.

 

Me parece importante destacarlo, porque los sucesos de 1968 pueden cargar tus poemas de un sentido muy particular.

 

Desde luego. Mis poemas representan la visión de un latinoamericano, en esos aros, o sea cuando se estaban gestando muchos de los conflictos de hoy. La parte checa es la sección final del libro. La parte intermedia es una visión de mi país, a partir de una mirada extranjera. Otra vez una poesía de personajes. Pongo a hablar a los integrantes de una familia inglesa, muy decadente y aristocrática, que llega a El Salvador con el objeto de rehacer su fortuna, perdida en Inglaterra, y que se enfrenta a las condiciones de un país subdesarrollado, con la actitud de la aristocracia inglesa venida a menos. Tuve noticias de esa familia por expresiones que le oí a mi padre (quien, como sabes, era norteamericano), refiriéndose a la total incomprensión con que esos ingleses miraban el país. Esbocé esos personajes melancólicos, y construí una serie de poemas que son una manera de reírnos los latinoamericanos de la visión que de nosotros tienen los europeos. Por último, y ya que seguimos un orden inverso, la parte introductoria del libro está compuesta por una colección de poemas sin mayor unidad, acerca de temas varios.

 

Y la línea amorosa, que ha sido bastante importante en tu poesí­a, ¿prosigue en este libro?

 

Sí. Prosigue en todos los niveles; tanto en los poemas sueltos, donde hay problemas amorosos personales, como en los referentes a la familia inglesa, donde se tiene en cuenta el conflicto amoroso decadente. Por último, están presentes algunos aspectos del amor en el seno de una sociedad socialista, cuando el amor y la sociedad se enfrentan desde el punto de vista de una conciencia deformada. Es el caso de la decantación del amor sobre la base de una vida común, cimentada en falsos valores. Hay un poema que se titula "Historia de un amor" y que está integrado por una serie de documentos sobre el destino trágico de una pareja, formada por un extranjero y una muchacha checa que se casan en Praga y empiezan a vivir falsamente el socialismo; finalmente, el matrimonio se destruye de la manera más burguesa posible.

 

Por los fragmentos que conozco de tu libro, y por lo que ahora me cuentas, veo que podría ser considerado como poesía comprometida. Ahora bien, ¿qué sentido le das al compromiso?

 

Me parece que para nosotros latinoamericanos ha llegado el momento de estructurar lo mejor posible el problema del compromiso. En mi caso particular, considero que todo lo que escribo está comprometido con una manera de ver la literatura y la vida a partir de nuestra más importante labor como hombres: la lucha por la liberación de nuestros pueblos. Sin embargo, no debemos dejar que este concepto se convierta en algo abstracto. Yo creo que está ligado con una vía concreta de la revolución, y que esa vía es la lucha armada. A este nivel, entiendo que nuestro compromiso es irreductible, y que todos los otros niveles del compromiso teórico y metodológico de la literatura con el marxismo, con el humanismo, con el futuro, con la dignidad del hombre, etc., deben discutirse y ampliarse, a fin de aclararlos para quienes van a realizar prácticamente ese compromiso en su obra y en su vida; pero en nosotros, escritores latinoamericanos que pretendemos ser revolucionarios, el problema del compromiso de nuestra literatura debe concretarse hacia una determinada forma de lucha.

 

Dentro de esa acepción ¿qué lugar dejas a aquellos autores que escriben cuentos fantásticos, o cuentos realistas no referidos a una concreta realidad polí­tica, y que en su actitud personal tienen en cambio una militancia?

 

No creo que este problema se resuelva a nivel de géneros. Un combatiente revolucionario puede hacer magnífica literatura inmediatista, e incluso panfletaria si le viene en gana o si las necesidades de la lucha cotidiana así se lo exigen; pero también sirve a la revolución si es un excelente escritor de ciencia-ficción, ya que la literatura, entre otras funciones, cumple la de ampliar los horizontes del hombre. En la medida en que el pueblo puede captar los significados, últimos o inmediatos, de una gran literatura de ficción, estará más cerca de nuestra lucha, y más todavía si es capaz de analizar la enajenación que el enemigo le impone. Por eso no vemos razones para plantear la obligación de que el escritor militante se reduzca genérica o temáticamente a una línea muy estrecha. Partamos mejor del otro extremo, o sea de su actitud ante la lucha revolucionaria. Una vez que este problema está resuelto, el asunto de los géneros y del rumbo literario servirán para enriquecer la línea revolucionaria que ha escogido en su vida. Por otra parte, y tal como lo cita la última declaración del comité de colaboración de la revista Casa de las Américas, en la lucha de clases se cumple también el papel de arrebatarle a la burguesía el privilegio de la belleza, como lo sostiene Regis Debray. En el terreno literario, las relaciones entre la militancia y la literatura como resultado de la creación de un revolucionario, sólo pueden ser positivas. Hay otro terreno en el que sí podría haber conflicto, y es a nivel ideológico. En la medida en que, a través de la literatura, se plantearan ideológicamente posiciones que estuvieran en contradicción con la militancia revolucionaria, se originaría un conflicto, del cual no tiene culpa la literatura corno tal; se trataría más bien de un problema ideológico del escritor. Ahí es donde cabe situar el problema de las famosas "desgarraduras" entre el poeta y el militante político, cuando ambos son la misma persona.

 

"Desgarradura" es un término que se ha acuitado para ocultar que se trata de un problema ideológico; si se le quiere seguir llamando así, habrá que decir que se trata de una desgarradura ideológica, y que por tanto debe solucionarse a nivel ideológico.

 

En tu caso personal, ¿ha habida conflicto entre tu militancia política y tu calidad de escritor?

 

En alguna ocasión me han preguntado eso, y muy a la ligera he dicho que no. Lo que he querido decir es que para mí ha sido posible estructurar mi obra poética en el seno de una vida de militancia política, o sea que me acostumbré a escribir en la clandestinidad, en condiciones difíciles. Pero evidentemente existe otro nivel, He tenido conflicto cuando he tenido problemas ideológicos. Cada vez que he experimentado una desgarradura, ha sido porque se me planteaba una contradicción entre una posición política y una posición ideológica expresada en mi literatura. En la medida en que pude superar mis debilidades en este terreno, di pasos hacia adelante; en la medida en que no los pude superar, tengo aún conflictos. Hay una serie de aspectos de la revolución, muchos de ellos planteados a escala mundial, frente a los cuales yo posiblemente no tengo conceptos muy claros, y por lo tanto siento que me afectan; pero, como te decía antes, son cuestiones absolutamente resolubles en el plano ideológico.

 

Como sabes, hace tiempo que me vienen preocupando los problemas derivados de las relaciones entre el intelectual y el socialismo, entre el escritor y la revolución. Muchas veces juzgamos esa relación en base a prejuicios pequeñoburgueses y a un concepto liberal de ciertas palabras claves; también en otras épocas fueron propuestos como soluciones ciertos métodos relacionados con el stalinismo. Personalmente creo que la verdadera solución no está en ninguno de esos planteos. Quizá debamos crear una nueva relación entre el escritor y la revolución. O acaso inventarla. Me gustaría conocer tu opinión sobre esto.

 

Bueno, tú partes de realidades concretas que nos ahorran definiciones. Por un lado, prejuicios pequeñoburgueses que se interponen entre el escritor y las instituciones del socialismo, entre el artista y la revolución en el poder; y por otra parte las metodologías, destinadas a resolver este tipo de relaciones, que otorgara el stalinismo en el pasado. Creo también que usaste una palabra justa para hacer la proposición: hablaste de inventar nuevos métodos y nuevos contenidos en la relación del escritor con el socialismo institucionalizado.

 

Desde luego, se trata de una labor muy amplia, que debe ser de invención común, en la cual participen los creadores, los hombres de cultura, el Estado, las instituciones del socialismo, pero todos en relación con el pueblo, que en definitiva es el destinatario último y el productor primario de toda la materia cultural, en cuya elaboración no somos sino intermediarios. En las grandes perspectivas de esta invención no deben por lo tanto interponerse proposiciones según las cuales los creadores seamos simples dictadores de viejas opiniones, ni tampoco que se introduzcan por algún resquicio los métodos stalinistas que sentaron jurisprudencia para resolver determinados problemas en este terreno. La cuestión es verdaderamente profunda y tiene que ver con los fines últimos de la revolución. En la actualidad hay que darle particular importancia a este problema; todos estamos obligados a participar en su solución, así como a iniciar la discusión con un nuevo estilo, dispuestos a llamar a los problemas por su nombre y a no perder jamás la objetividad. Debemos hacerlo con un criterio revolucionario, marxista, científico, apegado a la experiencia histórica y a las perspectivas concretas del futuro, tal como se trabaja cuando se planifica una zafra, la apertura de una nueva rama industrial o las relaciones internacionales de un Estado. Entiendo que podemos ver estas posibilidades con optimismo. En nuestros países, sobre todo en el lugar donde el socialismo se ha encarnado realmente en nuestro hemisferio (me refiero a Cuba), se abren reales posibilidades de una instauración de nuevas relaciones y de inventarlas con audacia (precisamente la audacia ha sido una característica de esta revolución), con la mirada puesta en América Latina, ya que Cuba es el inicio de la revolución latinoamericana.

 

Mencionaste la dimensión histórica, y también la audacia de la experiencia cubana. Me parece que si a esa audacia agregamos una modestia verdadera por parte del creador, tal vez encontremos los elementos para resistir a dos de las más riesgosas tentaciones que padece hoy el intelectual: ser fiscal de la historia, o ser víctima de ella.

 

Tocas un problema importante. Los intelectuales tendríamos que concurrir a la elaboración del nuevo tipo de relaciones entre el artista y la revolución, con absoluta conciencia de ese tipo de peligros. La última experiencia histórica nos demuestra que, precisamente por nuestras debilidades ideológicas, por nuestros prejuicios pequeñoburgueses, por el tipo de sociedad en la que hemos estado inmersos y que tanto nos ha deformado, tratamos de preservar nuestra individualidad hasta territorios que contradicen las raíces mismas de nuestros ideales humanistas. ¿Qué les ha pasado a los grandes poetas que han tratado de convertirse en fiscales intocables de la vida pública, o a los escritores que, en nombre de una supuesta libertad intocable, tratan de convertirse en víctimas de la historia? A pesar de lo conmovedores que puedan parecernos sus avatares, debemos reconocer que uno a uno han ido cayendo y han terminado por incorporarse, muchas veces a pesar suyo, a la gran industria del espectáculo editorial, del gran show editorial que, detrás de su apariencia luminosa, tiene intereses concretos que pueden responder al enemigo. Cuando una personalidad que maneja los problemas de la conciencia, de la historia, de la cultura, y que muchas veces ha sido portavoz de grandes inquietudes de nuestras masas, cuando un poeta a quien el pueblo le ha dado su calor, cae en la industria del espectáculo a que aludo, se convierte de inmediato en un elemento más de la enajenación de nuestras masas populares y por lo tanto pasa a cumplir una labor histórica francamente negativa, reaccionaria.

 

Ninguno de nosotros está libre de caer en ese riesgo, y por eso la vigilancia sobre nosotros mismos y sobre nuestros compañeros debe mantenerse, en un sentido revolucionario, a pesar de que los evidentes errores cometidos en el pasado por parte de instituciones de estados socialistas, nos pongan muchas veces en guardia contra ciertas palabras. Estamos entre revolucionarios y dejaríamos de serlo en el momento en que entregásemos las armas de la crítica; pero no simplemente corno escritores, sino también como ciudadanos de un país, como revolucionarios de fila. Además, como escritores, tenemos derecho a la crítica, y a plantear los problemas en el nivel que sea, y con la profundidad que nos imponga nuestra conciencia. Sin embargo, debemos estar vigilantes con respecto a la otra situación: seamos responsables ante nosotros mismos de esos peligros que tú has señalado, en la medida en que estemos dispuestos a no ofendernos por llamarnos servidores de nuestros pueblos. Si hay escritores a quienes les parece denigrante servir al pueblo, francamente no vale la pena que hablemos de ellos.

 

Así como decíamos que conviene estudiar la relación entre el escritor y el socialismo, dentro de un estado socialista, creo que también deberíamos estudiar los problemas derivados de la presencia de un escritor revolucionario dentro de una sociedad de impronta capitalista, o sea dentro de un mercado de consumo.

 

Cuando apuntábamos que un escritor inserto en un país socialista puede caer en la tentación de la industria mundial del espectáculo editorial, o sea la industria que persigue la enajenación de las masas populares, estábamos señalando un peligro real pero también excepcional. En cambio el escritor que trabaja en el mundo capitalista, vive inmerso en una situación presidida por un gran aparato que por lo general está al servicio de la ideología del enemigo, y por lo tanto corre el riesgo de convertirse en su víctima inmediata. Aun el escritor que se rebela, aun el escritor que es digno de su papel y lucha contra la enajenación, puede ser una víctima de ese aparataje y ser aludido desde diferentes niveles.

 

Algo así como una "operación seducción".

 

O una "operación soborno", que incluye maniobras destinadas a dotarlo de, una buena conciencia a pesar de las concesiones que poco a poco se le puedan arrancar. Todo está destinado a un fin último: asimilarlo al gran aparato de enajenación, montado en contra de nuestras masas populares.

 

El mero hecho de neutralizarlo, ¿no es acaso un buen dividendo para el enemigo?

 

Desde luego, en este aspecto el enemigo ejerce una acción cotidiana, costosísima, que se manifiesta en todos los órdenes de la vida cultural: ediciones lujosas, excelente promoción del libro, gloria efímera, la posibilidad de convertirse en una suerte de prostituta intelectual, muy bien pagada, o un payaso simpático, al servicio de los intereses más inconfesables, aunque a veces, en los mejores y más inocentes de los casos, no se tenga conciencia de ello. Lo que me produce preocupación es que tales maniobras de seducción alcancen a muchos de nuestros compañeros y que éstos no adviertan que al caer en la falta de seriedad, en la payasada, o en, las concesiones directas al enemigo, están contribuyendo a crear en los pueblos la imagen de que al intelectual promedio sólo le interesa la frivolidad, la publicidad, la tontería.

 

Por eso mencionaba la modestia. Dentro de la operación-seducción, uno de los elementos que mejor maneja el enemigo es un fino tratamiento de la vanidad. Frente a la modestia verdadera, una modestia que es también orgullo, el imperialismo se siente desarmado. Ahora, volviendo a tu poesía, ¿cómo crees que este libro que acaba de ser premiado, y tu poesía en general, se insertan en la literatura salvadoreña?

 

Los orígenes culturales de mi producción, y el hecho de tratar, por medio de la literatura, de volver a mi país, con una visión tal vez enriquecida por la experiencia del exilio, son en realidad contribuciones de mi país a lo que yo hago. Hay además ciertos esquemas mentales, ciertas estructuras de lenguaje, que desde luego son absolutamente salvadoreñas. Pero en lo que se refiere a mi obra poética, no creo que sea continuación, o que haya recibido influencia decisiva, de quienes han escrito poesía en El Salvador. Por el contrario, en un porcentaje bastante alto he partido de un rechazo con respecto a la poesía que anteriormente se había escrito en mi país, poesía muchas veces inofensiva, que rara vez ha ido al fondo. Y esto no es sólo una apreciación personal, sino que es también lo que dice la crítica salvadoreña respecto de lo que allí se conoce de mi poesía. Precisamente se ha señalado su carácter de ruptura.

 

¿De cuál de los nuevos poetas salvadoreños te sientes más cerca?

 

Fundamentalmente, de Manlio Argueta [NdelaR: hoy columnista del diario de la oligarquía salvadoreña]. Es un poeta de mi edad, que por cierto se ha convertido últimamente en un novelista muy valioso. La poesía de Argueta está dentro de una línea muy renovadora: es desenfadada, de gran amplitud temática. Hay también un muchacho nuevo, muy joven: Alfonso Quijada. No ha publicado ningún libro, pero conozco poemas sueltos que revelan un auténtico talento. También un poeta católico, David Escobar Galindo, muy joven también pero con grandes posibilidades de desarrollo. Y desde luego, Roberto Armijo, de mi promoción: no sólo como poeta, también como ensayista nos ha ayudado mucho a todos en el planteo de problemas sobre nuestra cultura nacional.

 

Está asimismo tu inserción en la poesía latinoamericana actual. Alguna vez escribí que había dos familias de poetas latinoamericanos, la familia. Neruda y la familia Vallejo. ¿A cuál de ellas sientes que perteneces?

 

Mira, yo quisiera ser uno de los nietos de Vallejo. Con la familia Neruda no tengo nada que ver. Hemos roto nuestras relaciones hace tiempo. De todos aquellos que surgimos impulsados por el clima de Vallejo (aunque a esta altura no sé si quedará algún rastro en nuestra expresión formal), descarnado y humano, me siento cerca de poetas latinoamericanos como Juan Gelman, Enrique Lihn, Fernández Retamar, Ernesto Cardenal.

 

Y aparte de los latinoamericanos, ¿cuáles son tus poetas mayores?

 

Tal vez un grupo de poetas franceses, muy disímiles entre sí. De cada uno he tomado algo. Pienso en Henri Michaux, Jacques Prevert, y (a pesar de que nadie me crea) Saint John Perse. Los leí casi simultáneamente y ejercieron una notable influencia sobre mí. También algunos poetas de lengua inglesa, como Eliot o Pound. Sin embargo, creo que mi poesía, sobre todo a partir de ‘El turno del ofendido’, se nutrió de otros géneros en mayor grado que de la poesía. Por ejemplo: la novela, el cuento, y hasta el cine. Conscientemente traté de propiciarme climas generadores de una actividad poética.

 

¿Y cuáles serían esos novelistas?

 

En el caso de ‘El turno del ofendido’, hay conexión (testimoniada a veces por epígrafes) con la novelística de Faulkner, e incluso con la de Hemingway, a pesar de que por su sequedad no parece el más indicado para darle a uno aliento poético. Quizá ello se haya debido a que ya por ese entonces me estaba orientando hacia una poesía de ideas, y lo que encontraba en los novelistas eran precisamente ideas. Creo que ésa fue la mecánica de la influencia. Y luego la novela latinoamericana, con la que me he sentido especialmente a gusto en los últimos tiempos. Aquellos escritores que hicieron novela en tanto poetas, como es el caso de mi ex-amigo Miguel Ángel Asturias, nunca ejercieron influencia sobre mí. Yo leía las novelas de Asturias como grandes poemas surrealistas.

 

Distinta es la relación con los novelistas actuales. Para mí ha sido muy estimulante la novelística de Julio Cortázar, con la cual siempre me entendí muy bien. Sobre todo porque Cortázar tiene una literatura de infancia, que de algún modo se unía con mis vivencias. A pesar de haber nacido en El Salvador, yo crecí en la órbita del fútbol, de El Gráfico, Borocotó, Rico Tipo, César Bruto, etc.; así que pude comprender muy bien esa zona del mundo Cortázar.

 

¿Qué importancia han tenido, para tu vida y para tu obra, tus prolongadas residencias en Cuba?

 

La experiencia cubana ha sido para mí decisiva en muchos aspectos. Creo que ha sido la experiencia más importante de mi vida. Al principio, porque fue la primera ocasión que tuve de vivir la construcción del socialismo. En las temporadas inolvidables de 1962 y 1963, tuve el privilegio de compartir con el pueblo cubano el dramatismo y la grandeza de aquel momento, y aprendí alborozado que nuestros pueblos pequeños pueden ser capaces de un destino mundial extraordinario. Como poeta, fue en Cuba donde adquirí conciencia de lo que significa escribir en serio, de ser (para emplear una palabra ya vieja) un escritor profesional, alguien que escoge la literatura como oficio. No sé si ello aconteció porque era simplemente un nivel de desarrollo o porque aquí se dieron las condiciones de libertad (material y espiritual) imprescindibles para poder expresar toda una gama de problemas que nunca hubiera podido encarar en mi país.

 

Cuba sigue siendo una experiencia definitiva y definitoria para mí, ya que luego me fue posible vivir en otros sectores del socialismo, y por consiguiente comparar, sacar mis conclusiones, y en ese sentido Cuba ha servido para que yo organizara mejor mis propósitos acerca de la revolución en América Latina y concretamente en mi país. Ha sido la vivencia cubana la que me ha dado los elementos fundamentales para tomar una perspectiva, un distanciamiento (para decirlo a la manera brechtiana) por cierto muy útil para apreciar el problema concreto de la revolución en mi país.

 

El premio Casa ha tenido este año un colorido especial que lo diferencia de años anteriores. Por otra parte, fue mucho mayor la concurrencia de obras precedentes de América Latina ¿Crees que tales detalles tienen algo que ver con una nueva actitud del escritor latinoamericano, o con nuevos aspectos de la realidad continental?

 

En primer lugar, este nuevo colorido, este nuevo nivel de calidad revolucionaria del premio Casa, está espléndidamente sintetizado en el premio de ensayo que le fuera otorgado a Héctor Bejar, preso en las cárceles peruanas. Quiero decirte también que yo asocié muy curiosamente el premio a dos nombres: el de Regis Debray (fue en la Casa de las Américas donde nos encontramos varias veces) y el de mi querido e inolvidable hermano, Otto René Castillo, guerrillero guatemalteco, asesinado por el gobierno de su país después de haber sido capturado herido en la montaña. Los poemas de Castillo me llegaron precisamente el día siguiente a la otorgación de los premios. Por eso uno al nombre de Béjar, al de Regis Debray y al recuerdo de Otto René Castillo, el significado del premio Casa.

 

Cuando me dices que en este año han participado más obras latinoamericanas que en años anteriores, interpreto ese hecho como una señalable radicalización de los escritores revolucionarios de América Latina, que subrayan su adhesión a Cuba debido a que ven en ella la encarnación de sus esperanzas y del futuro de sus pueblos. También es un modo indirecto de apoyar una línea política de la revolución latinoamericana: la lucha armada. Por eso me parece importante el significado del ensayo de Béjar. Según los extractos de su libro, aparecidos después del premio, Béjar (no se trata de una cita textual sirio de su sentido esencial) desde la cárcel trata de expresar que nos encontramos en un momento crucial del proceso revolucionario, y al enviar su ensayo a la Casa de las Américas, intenta subrayar la posibilidad, la urgencia, la importancia definitiva y la verdadera necesidad histórica, de impulsar y desarrollar la línea de lucha guerrillera en América Latina.

 

¿Y qué estás preparando ahora?

 

Trabajo en un largo poema, "Los hongos", que de alguna manera enfoca la pugna que existió en mi juventud entre la conciencia revolucionaria y la conciencia cristiana, resuelta (con una manera hasta un poco joyceana) en el centro de un colegio jesuita. Trata de ser una larga carta a mi profesor de filosofía en ese colegio. En otro terreno, he terminado un ensayo sobre las tesis enunciadas por Regis Debray en ¿Revolución en la revolución? Ese ensayo pretende en gran parte ser una defensa y una actualización de tales tesis frente a las posiciones de ciertas organizaciones de izquierda latinoamericanas, como por ejemplo los PC argentino y venezolano. Luego hago un balance objetivo de lo que ha significado el libro de Debray para la teoría revolucionaria en América Latina, y también algunas apreciaciones críticas sobre ciertos aspectos del texto de Debray.

 

No sé si conoces el reciente libro de Jorge Abelardo Ramos, que concluye con un largo ataque a la teoría del foco y otros planteos de Debray.

 

Sí, lo conozco. Me parece un libro interesante, brillante y muy ágil. Es claro que estoy en completo desacuerdo en cuanto a sus conclusiones sobre la lucha revolucionaria y sobre la metodología de la actividad revolucionaria, no sólo porque parece evidente que el autor desconoce las realidades actuales de esa lucha a nivel continental, sino también porque hace demasiadas concesiones a su propia brillantez y a su propia ironía, olvidándose del análisis concreto de las posibilidades y de la relación entre las teorías propuestas y las realidades de nuestros países. Muchas veces se limita a dejar constancia de sus chistes. Con esa actitud no me parece que lleguemos a ninguna parte. Atacar por ejemplo el foco guerrillero, reduciéndolo a un grupo de atletas que aprenden a sobrevivir en la selva a la manera de Tarzán, me parece una reducción al absurdo de las posibilidades de una polémica seria sobre materia tan compleja. En mi libro sobre Debray tomo una posición contraria a las conclusiones de Ramos.

 

Es curioso anotar cómo, en los hechos, hay una coincidencia casi absoluta entre las posiciones de Jorge Abelardo Ramos y las que, frente al libro de Debray, ha expresado el PC argentino. También sobre éstas me permito discrepar. Por otra parte, la enajenación de Ramos al problema del antistalinismo, le impide alcanzar conclusiones valederas con respecto a la polémica sobre la lucha armada. Uno de los exabruptos más típicos de los planteamientos de Ramos, es su conclusión de que el foco guerrillero vendría a ser la revitalización del stalinismo en América Latina.

 

Una última pregunta. Es frecuente que en entrevistas como ésta, se concluya por preguntarle al entrevistado qué consejos daría a los escritores jóvenes. Pero yo quiero salir de esa rutina, y más bien me gustaría saber qué consejos les darías a los escritores viejos.

 

No soy amigo de dar consejos. Pero ya que me lo preguntas, me permitiría aconsejar a los escritores viejos sólo dos cosas. A los que puedan, que rejuvenezcan lo antes posible; a los que sean honestos, que sigan siéndolo, ya que de ese modo nos seguirán enseñando. Pienso en un escritor a quien conocí cuando era relativamente honesto, aunque ya bastante viejo: Miguel Ángel Asturias. Ya que a esta altura no podría conseguir ni la juventud ni la absoluta honestidad, quisiera aconsejarle que renuncie a la embajada de Guatemala en París. Quizá así podría conservar por lo menos un poquito del decoro que Sartre otorgó al premio más municipal de la tierra.

 

Contrapunto

 

 

 

 

Fuente:

 

Texto completo en: https://www.lahaine.org/mundo.php/mario-benedetti-entrevista-a-roque

 

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viernes, 29 de julio de 2022

 

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UN PASO ADELANTE: EL INTELECTUAL Y LA SOCIEDAD 

 

Roque Dalton

 

( La Habana, Cuba. Mayo de 1969)

 

 

El problema no es nuevo. Por el contrario, se ha planteado, en voz alta y de hecho, en el seno de las revoluciones históricas que conocemos y también en el simple marco de la teorización literaria y de la teorización política, marxista, burguesa-revolucionaría y burguesa-contrarrevolucionaria. Los surrealistas, con un encanto de niños terribles que todavía nos emociona, plantearon las alternativas del problema precisamente desde sus extremos imposibles: Aragón despertó del sueño en las filas del PC francés; Desnos, en el campo de concentración de Terezin. Breton murió fiel a un sueño: el de un estera romántico, en el fondo, por más que las convulsiones humanas del siglo hayan dotado a su expresión de tanta belleza contemporánea. Mucho antes, los escritores rusos habían vivido la primera revolución proletaria: un dramático encuentro, en realidad, en torno al cual se acuñó por vez primera el término de la desgarradura. El alma del artista: un himen del tamaño de una bandera, apto para ser lucido en los recitales, desde la tribuna, pero siempre en el terrible peligro de caer al suelo, entre los pies de la multitud de zapatones desgarrantes. Maiakovsky, Bloc, Yesenin, Babel. Gorki, desde luego, cuya relación con Lenin está llena, por cierto, de enseñanzas que preferimos sospechosamente olvidar. Pero, ¿por qué no, también, sin dudas, Lunacharski? Pero... ¿y el stalinismo? Y los nombres y los hechos posteriores: Gramsci, Julius Fucik, el Foro de Yenan, la lucha cultural vietnamita, el polémico encuentro entre el existencialismo y el marxismo –es decir, Sartre, Schaff, Lukács, Gorz, Fischer, etc.–; la desestalinización y el “deshielo”, la coexistencia pacífica, el “tercermundismo”, los affaires Pasternak, Siniavski-Daniel, etc. Y los hechos más recientes aún: la Revolución cubana; la obra, la vida y la muerte del comandante Ernesto Guevara, la Revolución Cultural china, la ofensiva del imperialismo en la cultura a nivel mundial, el planteamiento de las necesidades específicamente culturales de la Revolución latinoamericana, los pronunciamientos del compañero Fidel Castro sobre los problemas culturales, etc. Lo menos que podemos hacer, pues, al aceptar hablar sobre estos temas, es confesarnos conscientes de nuestras limitaciones: a cada paso correremos el riesgo de estar haciendo llover sobre mojado, de inventar el agua azucarada o de no ser capaces de vencer las contradicciones que impone la necesidad de examinar problemas a la vez particulares y generales, ocurrencias concretas y en algunos casos de apariencia intrascendente, pero relacionadas y operantes en un marco histórico amplísimo. Nuestras limitaciones no deben inhibirnos: “Toda piedad aquí es cruel si no incendia algo” –digo por ahí en un poema. Es decir: hablamos desde y para Cuba, desde y para la América Latina. Y no hablamos por cierto para un continente abstracto, lujo de alguna de esas cartografías culturales tan adentradas en el espíritu europeo; lo hacemos para una América Latina preñada de revolución hasta los huesos. Todo, pues, aquí, tiene otro sentido. Incluidas nuestras limitaciones.

 

Las relaciones entre el intelectual y la revolución, hablando por ahora en un sentido restringido del intelectual (es decir, refiriéndonos al escritor y al artista), resultan un tema mucho mas fácil de enfocar partiendo de la realidad cubana. Esta comodidad reside en el hecho de que, aun suponiendo que este convencimiento pueda despertar sonrisas en algunos amigos extremadamente escépticos, creemos que en Cuba se ha desbrozado ya muchísimo terreno, se han sentado las bases materiales y situacionales para que una discusión sobre el particular sea verdaderamente fructífera. Es más, creo que en Cuba, sobre todo a partir de determinados discursos últimos de Fidel, se nos ha dotado ya frente a nuestra problemática de una perspectiva científica indeclinable, cuya matización, enriquecimiento, profundización, etc., será cada día más un deber urgente de todos los revolucionarios cubanos y latinoamericanos. E, inclusive, una necesidad humana y social acicateante, una necesidad vital, para los menos revolucionarios, para los no-revolucionarios, para los contrarrevolucionarios...

 

En el siglo de las totalizaciones en que la guerra de Troya no se puede hacer con bombas atómicas porque desaparecen los tirios, los troyanos y los que ven la película, el oficio de comprender las evidencias debería ocupar un sesenta por ciento de las cavilaciones de quienes no nos quieren bien.

 

Cuando la Revolución cubana puso la industria editorial en manos del pueblo, y liquidó el pago de derechos de autor, hizo desaparecer las bases reales que hacían del producto intelectual una mercancía, sentó las bases de algo que algunos escritores cubanos no comprenden del todo todavía: el tipo especial de dignificación de la tarea creadora de bienes espirituales que la Revolución cubana propone. De acuerdo con el proyecto de hombre nuevo, integral, que la Revolución cubana se ha venido formando, tal dignificación, una vez establecido el destino popular y eliminado el carácter servicial-remunerable en dinero de la creación (típico fenómeno capitalista) y una ves trazada la perspectiva por parte de la dirección revolucionaria, queda por completo en manos y bajo la responsabilidad personal-social del creador. La Revolución cubana, consecuentemente, no envía a sus escritores a las “dachas de creatividad”, a las “colonias de superdotados”, al “retiro y a la meditación solitaria”, todos ellos experimentos fallidos de otras sociedades socialistas. Por el contrarío, y creemos nosotros que sobre la base de una experiencia muy bien asimilada en Cuba que tuvo como propósito fundamental el evitamiento-desde-el–primer-momento de la aparición del burocratismo, la Revolución aquí propuso y propone a sus escritores el “baño social”, el sumergimiento en el trabajo y en la vida. Las acusaciones de Milevan Djilas caen en Cuba en el vacío. Así la Revolución no sólo ha jugado limpio con los escritores y los artistas, sino que les ha abierto las puertas de la historia. Pero no de una historia cualquiera, sino de la nuestra: la que debe partir del subdesarrollo que nos impusieron. La falla ha surgido únicamente cuando el escritor o el artista le ha pedido a la revolución que lo vea a él de manera excepcional, es decir, que la revolución lo vea a él como él se ve a sí mismo, lo cual es una ingenuidad imperdonable, una falta de sentido histórico, cuando no simple mezquindad y mala fe. Lo que pasa también es que las proposiciones de la revolución están embarazadas de futuro y muchos de nosotros seguimos ostentando patéticamente demasiadas fidelídades al pasado, nuestro peor enemigo en el fondo. No creo que sea hacer una concesión jeremiaca, un golpe de pecho discursivo y sutil, declarar que es necesario, al plantear las relaciones entre la Revolución y los intelectuales en Cuba, examinar, aunque sea para absolvernos más tarde o más temprano, la siguiente pregunta, que puede parecer un contrasentido o una inquisición tardía: ¿estuvieron los escritores cubanos, los artistas cubanos, como grupo social y como individuos preparados a nivel histórico para enfrentar fructíferamente ese encuentro que ya tiene diez años de edad? Y esta otra, que la complementa: la intelectualidad latinoamericana ¿ha cumplido con sus deberes ante la América Latina en la tarea de manejar, pensar, elaborar, la experiencia cubana, el conocimiento de Cuba, las proposiciones de Cuba, las lecciones de Cuba y su Revolución? Las dos respuestas parecen identificarse. ¿Entonces…? Hasta ahora, el oficio de escritor y de artista ha sido, fundamentalmente, un oficio burgués o proburgués (hablamos aquí en términos de “clases fundamentales” y no nos hacemos cargo por ahora de la necesaria distinción con respecto a la pequeña burguesía, capa a la cual pertenece corrientemente el creador artístico y que tiene características sociales específicas en estos momentos y en este continente). El escritor objetivamente revolucionario y realmente operativo, funcional, en favor de los intereses mediatos e inmediatos de las clases revolucionarias ha sido la excepción (pienso en Mariátegui o en Brecht). Culturalmente, superestructuralmente, vivimos aún, a nivel mundial, la era del capitalismo, aunque histórica, económica y socialmente lo exacto sea decir que nos remontamos en la etapa de tránsito del capitalismo al socialismo. Se sabe que la desaparición de la base material no supone la inmediata desaparición de la superestructura por ella originada. Independientemente de nuestras intenciones, escribimos para quien sabe leer. Diría más: si escribimos poemas, escribimos para quien sabe leer poesía, y si escribimos ensayos filosóficos escribimos para (autodidactas o universitarios) filo-filósofos. Y lo hacemos en un mundo en el que la mayoría no puede leer, no digamos periódicos, sino los letreros que indican que está prohibido continuar el camino porque ahí comienza otra propiedad privada. Este es una hecho real. Agravado porque nosotros mismos, los escritores y artistas (salvo las excepciones de los genios naturales hijos de un peón brasileño o de un mendigo ecuatoriano, que por otra parte solemos mostrar como auténticos fenómenos de circo o, en el mejor de los casos, como pintoresquismos folklóricos), somos productos de la sociedad burguesa. Hablo de los escritores latinoamericanos, desde luego, y, en el caso de los escritores cubanos, de quienes tienen por lo menos mi edad. Buenas personas como solemos ser, hemos gastado abundante saliva y papel en declarar que escribimos para el pueblo. Esa aclaración en nuestros países ya habla por nuestra ubicación clasista. Realmente, en los hechos, ¿hemos escrito para los indios de Guatemala, Perú o Bolivia? ¿Para los obreros y los desocupados de México, Buenos Aires? Es más: ¿habríamos podido, podemos hacerlo? Hay que ponernos la verdad frente a la cara, como un espejo. Hasta la fecha, la inmensa mayoría, la casi totalidad de nosotros hemos sido burgueses y hemos escrito para la burguesía. Cuando hemos llegado a sectores amplios del pueblo ha sido generalmente por medio del populismo, o sea, que hemos llegado al pueblo, históricamente, mal. Independientemente de nuestros deseos y de nuestras intenciones. ¡Cómo no va a ser así, si algunos de nosotros lo hemos hecho incluso desde las filas del Partido Comunista! En el país de los ciegos, compañeros, el tuerto, fisiológicamente, es una especie de burgués, y creo que también debemos aceptar que el carácter objetivo de esta situación, el carácter histórico de esta situación es para nosotros un atenuante moral muy hondo. No nacimos tuertos: el capitalismo que dejó ciego, en la enajenación, a todo el pueblo explotado, a nosotros nos extrajo solamente un ojo y se dedicó a alegrarnos el otro, con alevosía y ventaja. ¿Todo esto niega –se me preguntará– las posibilidades de existencia de una literatura revolucionaria dentro de la sociedad clasista o en toda la primera etapa de la construcción revolucionaría? No. Ni mucho menos. Pero es evidente que tal situación limita, al nivel de la dura realidad, las posibilidades de la literatura de ser un instrumento óptimamente eficaz de la revolución y las posterga, en lo fundamental, para un futuro más o menos cercano, más o menos lejano. Además, no es cierto que los escritores de intención y propósitos revolucionarios escriban de hecho únicamente para la burguesía: escriben también para los sectores más avanzados –siempre minoritarios– de las clases explotadas, para |a vanguardia política de la revolución, en una palabra. Lo que en sí ofrece un campo de trabajo de extraordinaria importancia. La situación cobra un nuevo carácter, se abre a todas las posibilidades generadoras de una práctica nueva, después del triunfo de la Revolución, después de la toma del poder por el pueblo, después de emprendido y avanzado el camino del socialismo. Esto es lo que está pasando en Cuba.

 

Cuando Julio Cortázar dijo en el año 1963 que ciertas obras no accesibles a todo el mundo no sólo son ajenas a la Revolución sino que por el contrario “prueban que existe un vasto sector de lectores potenciales que, en un cierto sentido, están mucho más separados que el escritor de las metas finales de la Revolución, de esas metas de cultura, de libertad, de pleno goce de la condición humana que los cubanos se han fijado para admiración de todos los que los aman y los comprenden”, estuvimos de acuerdo con la verdad del concepto. Sin embargo, creímos que tal comprobación no dotaba ni a la literatura ni a los escritores de derecho alguno contra la realidad concreta en desarrollo, sino que, por lo contrario, aludía al marco en que los creadores cubanos deberían ejercitar su responsabilidad y registrar los avances de su conciencia revolucionaria. Aceptar el origen clasista no revolucionario del escritor, del artista cubano promedio, el carácter eminentemente burgués de sus actuales instrumentos expresivos, nos evita muchos eufemismos, muchas tergiversaciones, muchos rodeos, muchas falacias, y nos exime a todos de tomar aunque sea por un momento caras de jueces o de dómines. Se trata de ubicar un determinado conjunto de materia social para efectuar un análisis marxista. Creo que por el camino de manipular al toro por los cuernos nos evitaremos muchas instancias municipales; por ejemplo; la claridad o el hermetismo de la literatura moderna, por que no se entiende a Lezama Lima en Caibarién, el poeta para escribir poesía actual debe ingresar como obrero en la fábrica de cemento más cercana; la solución es escribir décimas; la solución es el recital-mitin en el Parque Central con la orquesta de Pello el Afrocán (en el fondo) introduciendo, casi maquiavélicamente en el oído de las masas inmersas en el verano, los Conciertos de Brandemburgo sutilmente arreglados para el ritmo de Cha-cha-chá y el Mozambique, etc. Instancias que no son negativas por “municipales” solamente, sino por parcializantes y confusionistas. El método de analizar marxistamente nuestra realidad, por otra parte, es el único que sirve para nuestros problemas, y hará de la revolución cultural de los primeros años de la URSS, de la reciente Revolución Cultural china (en los aspectos estrictamente culturales que nos interesan aquí). fenómenos dignos del nivel comparativo, pero nunca puntos de partida, modelos para la imitación, etcétera.

 

Resumiendo: para comenzar a dilucidar la problemática de las relaciones entre la revolución y los creadores de cultura (en el sentido restringido que hemos dejado apuntado), es prudente enfrentarnos con la categoría de lo burgués que nos condiciona y nos motiva en medida importante, con la realidad social concreta en que se dará la operatividad de nuestra obra, con el grado de tendencia, simpatía, integración o militancia revolucionaria que hay en nuestro trabajo creador y en nosotros mismos como ciudadanos y trabajadores, Y si la operación le parece a alguien una molestia excesiva, innecesaria, nosotros diremos que es indispensable, precisamente por el tipo de tareas que le corresponde a la intelectualidad revolucionaria en el transcurso del proceso de construcción socialista en Cuba, y, a partir de Cuba, de América Latina.

 

Ello nos lleva a la necesidad de concretar en alguna forma esas tareas. Retomo el concepto que hace unos momentos emitía Roberto [Fernández Retamar], o sea; la teorización es la conciencia elaborada teóricamente. Creo que esto es básico para la formulación de mi criterio sobre la tarea fundamental que al intelectual cubano le deparan los tiempos inmediatos y que al intelectual latinoamericano le deparan (aunque en otros niveles y con otras características) las necesidades reales de la Revolución latinoamericana. Creo, y si estas palabras van a aparecer impresas alguna vez yo pediría que se subrayaran suficientemente, que la inserción lógica del intelectual de la revolución está dentro de esa labor que hay que cubrir para hacer aprehensible el paso de la actividad del constructor del socialismo a la conciencia lúcida sobre sí mismo. Se trata (perdón por la redundancia) de una “labor elaborativa”, básica para que el proceso actividad-conciencia tenga una continuidad siempre ascendente en la confrontación con la realidad en transformación. Las necesidades de fundamentar realmente esa labor específica son las que imponen al intelectual la obligación (y no lo digo en el sentido moral) de sumirse en la más intensa práctica social que le sea posible, incluida la guerra de guerrillas, la cátedra universitaria, el trabajo agrícola, etc. Porque la obra de creación (el poema, el ensayo, la novela) no es anterior a la sociedad ni la trasciende antidialéctícamente: es una resultante de la labor de un creador socialmente condicionado. Es esa práctica social en el seno de la revolución (cuyo nivel superior debe ser la militancia partidaria, aunque no se excluyan otros niveles y grados suficientemente eficaces) la única actividad que puede transformar totalmente al intelectual “principalmente burgués”, del que partimos, en el cuadro intelectual que la revolución necesita para su construcción socialista y que vendría a ser el principal instrumento de transición entre la cultura de élite y de grupos que heredamos del capitalismo y la cultura integralmente popular, totalizada. Desde luego, habrá que trabajar mucho y no dejarse llevar simplemente por entusiasmos sustitutivos del esfuerzo cuidadoso, de la paciencia de cierta tenacidad especial. Sé que hablamos de una materia compleja en que los problemas individuales, los puntos de vista, los nuevos errores, harán difícil la tarea. El desarrollo de la Revolución cubana y las necesidades de la lucha revolucionaria latinoamericana nos obligan sin embargo a ser cristalinos en el problema ideológico. La discusión seria y la profundización en torno a todos estos aspectos deben sustituir de una vez por todas a esa “coexistencia pacífica” en lo ideológico en que prácticamente hemos vivido, a esa promiscuidad ideológica que hemos aceptado. Por otra parte, no es sólo la confianza en la Revolución, en nuestras organizaciones revolucionarlas, en nuestros pueblos, la que nos hace ser optimistas.

 

Es que por fin estamos seguros, yo por lo menos lo estoy –perdónenme la prepotencia–, de que por fin está ahí, clara, nuestra posibilidad de ubicación social revolucionaría, las posibilidades de dejar de ser “revolucionarios de segunda categoría” como hemos sido siempre, y no siempre por culpa exclusiva de nosotros mismos. Y si nos dedicamos a hacerle mohines a esa realidad y a esa perspectiva, lo que mereceríamos sería una clase de patada en el lugar en que ustedes están pensando que debería oírse hasta en El Vaticano.

 

En la sociedad prerrevolucionaria, que es el caso de los países de la América Latina, la situación no es radicalmente distinta desde el punto de vista de la formulación esquemática del tema, pero desde luego merece un examen especial de acuerdo con la etapa que transcurre. Ahí evidentemente el papel de las capas intelectuales en la tarea de llevar la teoría y la conciencia revolucionarias al seno de las clases explotadas se refiere a las tareas inclusive más elementales de la actividad revolucionaria. Hay lugares de la América Latina –muchos lugares, la mayoría de los lugares– en que ya el mero hecho de enseñar el idioma nacional a un cuadro indígena puede ser una labor de extraordinaria importancia: ni digamos la dilucidación de concepciones teóricas en discusión que puedan entrabar –como se ha visto abundantemente en nuestros países– la actividad revolucionaria de toda una organización, de todo un movimiento revolucionario nacional. En la medida en que la Revolución latinoamericana está partiendo de un vacío de elaboración teórica profundo, en la medida en que nos encontramos en un momento de surgimiento de una nueva vanguardia revolucionaria en los países del continente (y hablo de una vanguardia político-militar que instrumentará las necesidades de dirección de la vía de la Revolución latinoamericana, la lucha armada, y no de una vanguardia literaria, como entendieran los camaradas de Rinascità que habíamos dicho en el texto de la reciente Declaración del comité de colaboración de la revista Casa de las Américas, la labor de los intelectuales tiene un campo amplísimo en la labor revolucionaria general, sobre todo porque en la América Latina no existen los focos de prestigio político-moral-doctrinario que en Cuba han estado personificados en Fidel Castro, Ernesto Guevara, la dirección revolucionaria en general; sino más bien existe una crisis de dirección que da a la elaboración de principios, líneas y normas para la lucha revolucionaria el carácter de una tarea delicadísima, conflictiva, que deberá ser sustanciada con una lucidez alimentada del conocimiento más profundo de la realidad, en uso de un instrumental elaborativo científicamente motivado. Si bien en Cuba y en la América Latina la adhesión a la Revolución admite de hecho innumerables grados y niveles de intensidad, la situación moral del intelectual latinoamericano que ha llegado a la comprensión de las necesidades reales de la Revolución sólo podrá ser resuelta en la práctica revolucionaria, en la militancia revolucionaria. Está obligado a responder con los hechos a su pensamiento de vanguardia so pena de negarse a sí mismo, en un continente donde la superioridad moral es una de las pocas tarjetas de presentación que exige el pueblo para escuchar a quienes le solicitan sus adhesiones. En la praxis revolucionaria, el intelectual, como categoría histórica incompleta ante el progreso y el ahondamiento de la complejidad social, se realiza como hombre nuevo, como hombre integral: unidad de teoría y de práctica revolucionarias. Creo que es justo plantear esta instancia básica del problema –aunque corramos el riesgo de parecer extremistas– pues sí aceptamos esta perspectiva fundamental, luego podremos solucionar adecuadamente el problema de las prioridades en los casos concretos: ¿debo darle más importancia al trabajo de terminar mi importantísima novela o debo aceptar esta tarea peligrosa que me plantea el Partido, la guerrilla, el Frente, y en ejecución de la cual puedo perder, no mi precioso tiempo de dos meses sino todo el tiempo que se supone me quedaba?, ¿debo hacer sonetos o dedicarme a estudiar las rebeliones campesinas?, ¿mi próxima novela será un prontuario de mis prácticas sexuales –reales o imaginarias– o una trabajada sátira que demuestre gozosamente los mecanismos de la penetración imperialista en mi país? Es decir, no queremos decir que un escritor es bueno para la revolución únicamente si sube a la montaña o mata al Director General de Policía, pero creemos que un buen escritor en una guerrilla está más cerca de todo lo que significa la lucha por el futuro, el advenimiento de la esperanza, etc., es decir, del rudo y positivo contenido que todos los rizos retóricos han ocultado por tanto tiempo, que quien se autolimita proponiéndose ser, a lo más, el crítico de su sociedad que come tres veces al día. Por eso es que en el Congreso Cultural de La Habana situamos al Che Guevara como nuestro ideal, ¿no? Entiendo que quien consciente y responsablemente afirme que el Che Guevara es su ideal no puede luego venir con mentirijillas sin terminar siendo un sinvergüenza. Es decir, cuando hablamos aquí de los intelectuales latinoamericanos, nos interesa situar un alto nivel de perspectiva: el de sus responsabilidades ante la gigantesca tarea de la Revolución latinoamericana. Una vez aceptada la perspectiva principal (que nos compromete directa o indirectamente con la única forma de lucha viable para tomar el poder político en la América Latina, o sea la lucha armada), podremos analizar los casos concretos, repito. Y considerar inclusive cómo vamos a ayudar a aquellos compañeros y amigos (nosotros mismos, muchas veces) que pretenden, o pretendemos, seguir el curso de nuestra dantesca historia contemporánea con los criterios propios de nuestras viejas tías solteronas, que insisten en reparar los viejos paraguas, que pecan cotidianamente al tomar una segunda copita de oporto, y que creían que Fidel Castro no podía ser comunista, no podía de ninguna manera ser marxista-leninista, porque “es el vivo rostro de Nuestro Señor”.

 

Es obvio, o supongo que es obvio, que no quiero decir que los intelectuales cubanos y latinoamericanos no hayan cumplido en absoluto con sus deberes revolucionarios. En Cuba, los escritores y artistas estuvieron representados en Playa Girón, forman parte de las milicias nacionales revolucionarias, de los Comités de Defensa, del Ejército. Por regla general cumplen con su obligación frente al esfuerzo agrícola acelerado. Publican las revistas de pensamiento revolucionario más interesantes del mundo socialista. Pero no parece que hayan tenido en estos frentes múltiples la iniciativa que los nuevos tiempos reclaman, más bien se han quedado atrás, clamando de hecho por niveles excesivos de dirigismo. En la América Latina, el escritor es generalmente el outsider (sobre todo en el sentido político), mientras no es asimilado por la digestión del sistema. Independientemente determinadas vedettes que, incorporadas a la industria de la enajenación, cobran con su alto status social los dividendos del régimen, el escritor y artista latinoamericano promedio lucha en distintos niveles contra el régimen que lo discrimina, lo humilla y lo persigue: y más que el poeta y el escritor es el subversivo, el perseguido, el preso, el torturado. Y comienza a ser el asesinado. Y el que combate con las armas en la mano, en consecuencia. Los nombres de Javier Heraud, Edgardo Tello, Otto Rene Castillo encabezan la lista. En mi país, El Salvador, apenas se puede encontrar un escritor interesante de menos de cuarenta años que no haya estado preso unas cuantas veces, que no haya sido exiliado otras tantas, que no haya tenido duras experiencias de clandestinidad. Por el contrario, se trata aquí de enfrentarnos a los problemas que surjan en este terreno con criterios elaborados en concreto, precisamente tomando en cuenta esa experiencia positiva. De lo que se trata es de no forjarnos coartadas con nuestras cárceles, con nuestros sudores o nuestras cicatrices (–y éste era el miedo que Régis Debray tenía a mi respecto cuando me miraba beber tanta cerveza en Praga–) sino de dar, todos, un paso hacia adelante. Un nuevo paso hacia adelante.

 

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Fuente: https://elsudamericano.wordpress.com/2022/04/27/un-paso-adelante-el-intelectual-y-la-sociedad-por-roque-dalton/

 

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