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CONTRA
EL SUEÑO PROFUNDO
Peter
Handke
AUSTRIA Y LOS
ESCRITORES
(a través del
ejemplo de Franz Nabl)
A la memoria de
Alfred Holzinger
1
En Austria el trato con los escritores es
muy superficial, es decir, como escritor sólo te conviertes en personaje
público si también tienes interés como personaje privado, o te haces el
interesante. Y entonces no eres interesante para el público como escritor, como
alguien que formula para otros los disimulados, reprimidos deseos y preocupaciones
de la época o simplemente de sus días sin ton ni son, sino como una cara más
entre las muchas caras conocidas de prensa y televisión. Para el público eres
indistinguible de un cantante de cámara, una esquiadora, un moderador y la
chimpancé Judy de Daktari; se te acosa como a una figura del mundo del
espectáculo, no importa qué tipo de trabajo hayas lanzado a este entorno de
titiriteros en el que te sientes extraño, y al que, no obstante, crees
necesitar también un poquito, porque pretendes hacer un asunto público de lo
que escribes. Ese asunto público, sin embargo, solamente eres tú, y ni siquiera
tú mismo, sino si llevas las uñas sucias o la camisa abierta… El patriotismo
histérico de un pequeño país convierte a todos los individuos diferentes entre
sí en ARTÍCULOS DE EXPORTACIÓN, en EMBAJADORES DEL PAÍS, sin importar un pepino
el contenido. Las correspondientes secciones de los periódicos se llaman
«Austriacos en el extranjero» y allí se van cantando las hazañas y fechorías de
la exportación cultural, como en el periodicucho patriotero se cantan los
éxitos de los héroes locales del curling en el pueblo vecino. Los escritores,
como grupo determinado de ciudadanos mediante cuyo trabajo la propia vida se
podría leer, interpretar o entender de otra manera, no existen en la conciencia
austriaca. Y esto incluye a los venerados escritores de antaño que han quedado
reducidos a personajes citados, a reliquias.
Sus nombres son utilizados contra los
escritores actuales ignorados, o para congelar a uno de los actuales a quien
comparan rápidamente con él, y convertirlo en reliquia. La palabrería austriaca
sobre la tradición es el balbuceo de gente sin historia. La historia: el
corolario natural de una conciencia de antaño sobre la mía actual; la
curiosidad de leer a Ferdinand Kürnberger o a Marie von Ebner-Eschenbach, como
si uno entrara en una vieja calle de suburbio donde no ha cambiado nada en
mucho tiempo y donde uno ve, no obstante, las estelas de los aviones en el
cielo, o se oye, en pleno día, de los televisores en las casas el «canal de
misa»… La tradición, en cambio: un embotado empleado de museo que desempolva un
objeto de museo. (¿Aman los empleados de museo los cuadros que vigilan? ¿Quién
de ellos se llevó jamás uno a casa?). El responsable de este tradicionalismo
ahistórico es seguramente el nacionalsocialismo, que volvía a los temas de la
historia, en los que podías reconocerte a ti mismo con sensatez, en monumentos
mudos y abstractos de la tradición. Y también tiene la culpa el capillismo de
los escritores austriacos, donde un determinado círculo reivindica a un poeta,
para que acto seguido otro círculo haga caso omiso de ese mismo poeta.
En ningún otro país los escritores se
presentan entre ellos como enemigos tanto como en Austria. Y si acaso alguna
vez unos cuantos de ellos traban amistad, entonces enseguida forman un grupo y
aparecen como gang, con un esquema de percepción normalizado, en vez de
mantener la independencia de su capacidad perceptiva.
Esto tal vez sea adecuado para un partido
político, pero no para escritores, para los que no debe haber ningún
conocimiento preconcebido, nada dado por supuesto, nada puesto en boca de
alguien y pensado previamente hasta el final. De modo que la literatura
austriaca no comparece como un grupo de escritores libres que represente ante
la sociedad, mediante la escritura, con amabilidad y sensatez, tal vez también
con algo de envidia —¿por qué no?—, una forma de vida posible, sino más bien como
una caterva animal de humillados y ofendidos. El público, casi con razón, sólo
se percata de la caterva. Franz Nabl, por ejemplo, un importante escritor
austriaco (Ödhof, Las mujeres de la casa Ortlieb), tuvo que llegar casi a los
noventa años para salir como escritor del grupo que, con historias de la
literatura murmurantes y vociferantes, le apartaba de nosotros, los autores más
jóvenes, y acercársenos, llegando a ser luego uno de nosotros. Yo mismo
consideraba a Nabl, por lo que se decía de él y lo que había leído, como
alguien que no tenía nada que decir a alguien como yo, y que, sobre todo, no
quería decirme nada.
A pesar de que mi lectura de él de hacía
años reverberaba todavía misteriosamente en mí, sin poner yo nada de mi parte,
y seguía haciéndose notar cada vez más. Pensaba a menudo en él y me entristecía
que aquellos que le veneraban —sus «acólitos»— le protegieran tanto que casi
ahogaban su obra. En la narración Carta breve para un largo adiós le cito
descaradamente de memoria, al describir mi propia experiencia infantil de un
medio ambiente que de repente podría estallar, y el entorno, el tiempo, el sol,
etc., de súbito se convertirían en un monstruo, cosa que, según recordaba,
había sido también la sensación fundamental de Nabl… Al final, hace un par de
meses, lo vi en persona en su casa en Graz, con la hermosa escalera de madera,
de color claro tras años de cepillado. Bebimos mucho aguardiente de serbal,
hasta que caí redondo sobre la hierba del jardín. En su balcón leí las
conferencias sobre literatura moderna que él había dado en 1933 en Graz, y me
asombraba la amabilidad y el altruismo con los que hacía justicia a autores que
le debían ser ajenos. Contemplaba a Franz Nabl, y me animé ante esta persona
mayor, a pesar de haber tenido miedo antes de no saber decir nada.
Hablé mucho y me sentí extrañamente
orgulloso de él, pensando que había pasado su vida entera siendo escritor y que
ahora me escuchaba a mí, lleno de bondad y dignidad, brindando conmigo. Nos
había ofrecido a mis amigos y a mí las butacas más cómodas y él mismo estaba
sentado en un taburete sin respaldo. Primero quería rechazarlo, pero luego me
parecía bien, no sé si alguien lo entiende.
Deberíamos atenernos al escritor individual
y a sus trabajos.
(1972)
[ Fragmento de: Peter Handke. “Contra el
sueño profundo” ]