Mostrando entradas con la etiqueta Josep Fontana. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Josep Fontana. Mostrar todas las entradas

miércoles, 16 de noviembre de 2022

 

[ 280 ]

 

POR EL BIEN DEL IMPERIO

Josep Fontana

 

BILL CLINTON  / y 02

 

 

(…)

LA POLÍTICA INTERNACIONAL

 

Clinton había comenzado su mandato con una escasa atención a la política internacional, para la que estaba poco preparado y en la que inicialmente dependía casi por completo de sus asesores. Aunque reaccionase inicialmente enviando más tropas a Somalia, tratando de solucionar un problema heredado de Bush, el fracaso de la operación y las críticas recibidas del Congreso, que tras la experiencia de Vietnam pretendía evitar que los presidentes enviasen tropas norteamericanas a combatir en el exterior sin autorización de las cámaras, le llevaron a retirarse de la operación, lo que ayuda a entender su negativa posterior a implicarse en los problemas de Ruanda, que hubiera exigido volver a enviar un gran número de soldados a una campaña en África, agravada en este caso por las dificultades logísticas de combatir en un territorio del interior, sin acceso marítimo.

 

Sus primeras actuaciones en el terreno de la política internacional fueron erráticas, desde el ataque con misiles a Bagdad en junio de 1993, al que me referiré más adelante, a la operación que permitió restaurar al presidente Aristide en Haití, que le costó un enfrentamiento con un Congreso que le negaba el derecho a invadir la isla. Fue cuando se aproximaba su reelección cuando se implicó en las cuestiones de Bosnia y de Kosovo, donde esperaba poder realizar la guerra con aviones de bombardeo, sabedor de que una política enérgica de este tipo iba a reforzar ante el público su imagen de estadista.

 

Eran además estos los momentos en que, acabada la guerra fría con la disolución de la Unión Soviética, había que redefinir el papel de los Estados Unidos en el mundo y diseñar una política internacional adecuada a las nuevas condiciones que planteaba el auge de la globalización. Fue a fines de su primer mandato cuando, obligado a compensar sus fracasos en temas como el de la asistencia médica, y a enfrentarse a una situación interior de inquietud, se enunciaron los fundamentos de lo que iba a convertirse en el inicio de la doctrina de la guerra contra el terror, «hija bastarda de la guerra fría», como base de una redefinición del liderazgo mundial de los Estados Unidos.

 

La alarma acerca del terrorismo nació de una sucesión de amenazas internas de proporciones espectaculares: el 19 de abril de 1993 tenía lugar el asalto del FBI al centro de la secta de los «davidianos» en Waco (Texas), en que murieron 76 de los seguidores de David Koresh, incluyendo 17 niños; dos años más tarde, el 19 de abril de 1995, Timothy McVeigh vengaba a los muertos de Waco haciendo estallar un camión cargado de explosivos ante un edificio oficial en Oklahoma, con lo que causó 168 muertos, en su mayor parte empleados del gobierno; en octubre del mismo año se producía la «marcha del millón de hombres» organizada por Louis Farrakhan, líder de la Nación del Islam.

 

Trasladando a la escena internacional esta inquietud, la lógica de esta nueva política se basaba en la idea de que aunque el fascismo y el comunismo estuviesen muertos, «las fuerzas de destrucción siguen vivas». En el discurso sobre el estado de la nación de 1996 señalaba las nuevas amenazas a que habían de enfrentarse los Estados Unidos —tales como «el terrorismo, la difusión de armas de destrucción en masa, el crimen organizado, el tráfico de drogas…»— y sostenía que era necesario enfrentarse a ellas, rechazando la tentación del aislacionismo. «No podemos hacerlo todo», añadía, «pero donde nuestros intereses y nuestros valores estén en juego, y donde podamos aportar una diferencia, América debe dirigir», puesto que los Estados Unidos seguían siendo «la nación indispensable», en especial en cuanto se refería a la lucha global contra el terrorismo.

 

Conviene señalar la importancia de esta nueva doctrina, que renovaba la exigencia de un world leadership estadounidense que se había formulado por primera vez en el NSC 68 de 1950, sin referencia alguna ya a la lucha contra el comunismo, reemplazado por la amenaza terrorista y, en un sentido más general, por la necesidad de preservar «nuestros intereses y nuestros valores». A lo que el secretario de Defensa, William Cohen, añadiría en 1998 que necesitaban mantener el despliegue de bases en Europa y Asia «con el fin de influir en las opiniones de la gente de forma que nos sean favorables», a la vez que para disuadir a los posibles adversarios de cualquier tentación de oponerse a sus designios.

 

El lenguaje de este anuncio de una nueva guerra fría anticipa claramente el de la «guerra contra el terror» de G.W. Bush, pero la estrategia de Clinton era muy distinta. Las bases esparcidas por todo el mundo debían servir para facilitar acciones armadas puntuales, apoyadas en la superioridad del potencial aéreo y marítimo norteamericano, sin caer en el error de enviar grandes contingentes a destinos lejanos, como G.H.W. Bush había hecho en la primera guerra del Golfo, o como haría más adelante su hijo en las de Irak y Afganistán.

 

La encargada de dar voz a esta política fue Madeleine Albright, hija de un diplomático checo de origen judío que se exilió en 1948. Albright, que fue representante en la ONU durante el primer mandato de Clinton, pasó a desempeñar la secretaría de Estado en el segundo, reemplazando a un Warren Christopher que no había brillado demasiado en su gestión. La nueva secretaria, la primera mujer que desempeñaba este cargo, enunció lo que se ha conocido como la «doctrina Clinton» o «doctrina del multilateralismo afirmativo», que defendía el uso de la fuerza militar norteamericana donde conviniera, en virtud de la idea de que «la restauración de la democracia y la deposición de dictadores es responsabilidad de los Estados Unidos como último superpoder que queda». Si bien ello debía hacerse siempre por una vía indirecta, asociándose a la OTAN o a las Naciones Unidas, renunciando a las intervenciones directas unilaterales y minimizando la aportación de tropas norteamericanas en escenarios lejanos.

 

Esta política había enfrentado a Albright, cuando era representante en la ONU, con el secretario general de la institución, el egipcio Boutros-Ghali y, dentro del propio gobierno norteamericano, con el general Colin Powell. Albright, que por sus orígenes centroeuropeos creía ver en lo que estaba ocurriendo en Yugoslavia una repetición de la actuación de Hitler en Checoslovaquia —ella «pensaba en términos de Munich», decía, y no, como la mayor parte de su generación, «en términos de Vietnam»— era partidaria de una intervención en Bosnia, mientras que Boutros-Ghali reprochaba a los norteamericanos que, habiéndose marchado de Somalia y rehusado intervenir en Ruanda, quisieran ahora que la ONU autorizase una «guerra de ricos» en territorio europeo. La consecuencia fue que los Estados Unidos se empeñasen en vetar la reelección de Boutros-Ghali, a quien la mayoría de los miembros de la ONU apoyaban en principio, y forzasen el nombramiento de un africano más flexible, Kofi Annan.

 

Annan era un nativo de Ghana educado en los Estados Unidos, que había contribuido a dificultar que la ONU tomase medidas para impedir el genocidio de Ruanda, de acuerdo con lo que en aquellos momentos interesaba a los norteamericanos, y que se mostró posteriormente, ya como secretario, como un fiel defensor de los intereses estadounidenses, desde la autorización dada para legitimar los bombardeos de la OTAN en Yugoslavia hasta su colaboración en la ocupación de Irak. Unos servicios que por una parte le valieron el premio Nobel de la Paz y que, por otra, le fueron compensados echando tierra sobre un escándalo de corrupción que afectaba a su hijo y le salpicaba a él mismo.

 

El enfrentamiento de Madeleine Albright con Powell, que dirigió el Joint Chiefs of Staff hasta fines de septiembre de 1993, se debió a que este sostenía que los Estados Unidos solo habían de implicarse militarmente en aquellos casos concretos en que sus intereses estuvieran directamente afectados, y que habían de hacerlo entonces con toda su fuerza, con plenas garantías de éxito y con objetivos políticos claramente definidos: «Los soldados norteamericanos —diría en sus memorias— no son juguetes que se puedan mover donde convenga en una especie de juego mundial de mesa».

 

A lo que Albright objetaba que no tenía sentido disponer de una soberbia maquinaria militar, si no se podía usarla; que la de Powell era una doctrina de los tiempos de la guerra fría, una consecuencia tardía del «síndrome de Vietnam», y que la globalización, en la que a los Estados Unidos le correspondía un papel único y determinante, el de «la nación indispensable», exigía un protagonismo total y continuo.

 

Fue en el verano de 1995, cuando el agravamiento de la cuestión de Bosnia, con las noticias sobre la catástrofe de Srebrenica horrorizando al mundo, le dio a Clinton ocasión de intervenir, en los mismos momentos en que se llegaba a los acuerdos de Dayton y en que una fuerza de la OTAN reemplazaba a la pequeña que las Naciones Unidas habían enviado en 1992. Clinton hubo de aceptar que se enviase temporalmente a 20 000 militares norteamericanos, para lo cual tuvo que enfrentarse al Congreso y vencer la resistencia de los altos mandos militares, aunque consiguió imponer que en el futuro estas acciones internacionales realizadas en el marco de la OTAN (la de Bosnia fue la primera guerra que emprendía la OTAN en los cincuenta años de su historia) se desarrollasen de acuerdo con una fórmula en que los norteamericanos ponían los aviones y las bombas, y los otros, en este caso croatas y bosnios, los hombres.

 

Una política semejante de utilizar los medios aéreos y minimizar la presencia de tropas la empleó contra Saddam Hussein. Pese a que la soberanía de Irak resultaba seriamente condicionada por el mantenimiento de las zonas de exclusión de vuelo y por las repetidas operaciones de bombardeo sobre sus instalaciones militares, Saddam Hussein seguía actuando de manera desafiante, hasta llegar a organizar un atentado fallido contra la vida de G.H.W. Bush cuando este visitó Kuwait en abril de 1993. Tras dos bombardeos en enero y agosto de 1993, el segundo planteado como una represalia del intento contra Bush, los Estados Unidos hubieron de reaccionar más duramente cuando en 1994 Saddam volvió a enviar fuerzas a la frontera de Kuwait.

 

Ello sucedía mientras algunos agentes de la CIA, en colaboración con Ahmad Chalabi, presidente del Consejo Nacional Iraquí, una de las organizaciones del exilio, preparaban una revuelta contra Saddam, con el apoyo de los kurdos en el norte y de los chiíes en el sur. La operación no llegó a iniciarse, debido a la oposición del gobierno de Washington, que no la creía viable. Los planes se reemprendieron en el verano de 1996, pero Saddam los descubrió y liquidó el problema con una serie de ejecuciones. Durante la campaña de reelección de Clinton, en septiembre de 1996, Saddam volvió a violar las reglas con un ataque a los kurdos, lo que motivó otro bombardeo con misiles sobre las provincias del sur, mientras los kurdos seguían muriendo en el norte.

 

 

Llegó, sin embargo, el momento en que Clinton decidió ajustarle las cuentas a Saddam con una gran campaña de bombardeo, Desert Fox («zorro del desierto»), que tomó como pretexto las dificultades que Saddam oponía a los inspectores de las Naciones Unidas. La operación comenzó a prepararse cuando se aproximaban las elecciones a las cámaras de noviembre de 1998 —las midterm elections que se celebran dos años después de las presidenciales— y culminó el 16 de diciembre del mismo año con el lanzamiento de un gran número de misiles —más que los que se habían empleado en toda la guerra de 1991—, seguido por cuatro días de bombardeos en masa por las aviaciones británica y norteamericana sobre un gran número de objetivos militares, lo que implicó asestar un duro golpe a la infraestructura militar iraquí.

 

No puede olvidarse, sin embargo, que algunas de las incursiones de Clinton en la escena internacional estuvieron ligadas a una necesidad coyuntural de distraer a la opinión pública norteamericana del acoso a que le sometían los republicanos. Así pareció ocurrir con la Operación Infinite reach («Alcance infinito»), que condujo a que el 20 de agosto de 1998, en el mismo momento en que estallaba el escándalo Lewinsky, se atacase con misiles a supuestas bases terroristas en Afganistán y a una fábrica de productos farmacéuticos en Sudán, como represalia por los atentados de al-Qaeda contra las embajadas de los Estados Unidos en Kenia y Tanzania (lo que algunos llamaron «la guerra de Monica»).

 

 

Robert Fisk escribió: «Cuando el presidente Clinton se enfrentaba a lo peor del escándalo de Monica Lewinsky, bombardeó Afganistán y Sudán. Ahora, enfrentado al impeachment, bombardea Irak. ¿Hasta dónde puede llegar una coincidencia?». Coincidencia que se repitió meses más tarde: «Al día siguiente de aquel en que terminó el proceso del Senado, 13 de febrero de 1999 —dice Sidney Blumenthal, que fue su consejero presidencial— el presidente Clinton hizo su intervención semanal en la radio sobre el tema de Kosovo».

En febrero de 1999, en efecto, una vez liberado de la amenaza del asunto Lewinsky, decidió dedicarse al tema de Kosovo, para lo que envió a Madeleine Albright a forzar el acuerdo de Rambouillet, a la vez que preparaba, aliado al británico Tony Blair, las condiciones de una nueva campaña de bombardeos, que respondía a una pretendida política de «internacionalismo del centro-izquierda».

 

Comenzaba con estas campañas yugoslavas la experimentación de un nuevo estilo de guerra basado en la eficacia de los bombardeos en masa y en el uso de armas de avanzada tecnología; una guerra que costaba pocas vidas de soldados norteamericanos, pero que tenía unos elevados costes económicos (la campaña de Kosovo habría costado a los Estados Unidos 2300 millones de dólares).

 

 

 

[ Fragmento de: Josep Fontana. “Por el bien del imperio” ]

 

*

martes, 15 de noviembre de 2022

 

[ 279 ]

 

POR EL BIEN DEL IMPERIO

Josep Fontana

 

 

 

BILL CLINTON  / 01

 

William Jefferson Blythe III —que más adelante adoptaría el nombre de su padrastro, Roger Clinton, un vendedor de automóviles aficionado a la bebida y de conducta inestable— comenzó estudiando en la Escuela del servicio exterior de la Universidad de Georgetown y en 1968 obtuvo una beca Rhodes, que le permitió ir a Oxford, donde jugó al rugby, participó en actos contra la guerra de Vietnam y fumó cannabis (aunque más tarde pretendiera que no se tragaba el humo). Acabó sus estudios de derecho en Yale (procurando esquivar que le enrolasen para combatir en Vietnam), se casó con Hillary Rodham en 1975 y comenzó una carrera política que le llevó a ser gobernador del estado de Arkansas, un cargo que desempeñó de 1978 a 1992.

 

Ganó las elecciones a la presidencia de 1992 como consecuencia del malestar por una crisis económica que G.H.W. Bush había sido incapaz de remediar. «Es la economía, estúpido» era uno de los lemas fundamentales de su campaña y uno de sus carteles decía: «Saddam Hussein sigue teniendo su empleo. ¿Y tú?». Era la primera elección que se convocaba tras la caída del muro de Berlín y la desaparición de la Unión Soviética, y de lo que se trataba era de no seguir dando prioridad a la política exterior, como había hecho Bush, para ocuparse ante todo de los problemas internos de la sociedad norteamericana, que era algo en que tenía una experiencia más directa un hombre como Clinton, que había sido gobernador de un pequeño estado.

 

Aunque fue a las elecciones con un discurso populista y con promesas equívocas acerca de la necesidad de «cambiar» los sistemas de asistencia social, en lo político se presentaba en una línea moderada, como uno de los «nuevos demócratas» que se habían movido hacia el centro y se mostraban partidarios del liberalismo económico, en la línea del pensamiento que inspiró las reuniones internacionales de dirigentes del llamado «Movimiento tercera vía», que Clinton patrocinó en los últimos años de su mandato, con la asistencia de políticos como Jospin, Blair, Romano Prodi, Fernando H. Cardoso, el chileno Ricardo Lagos o Gerhard Schroeder, representantes de una socialdemocracia que había virado hacía mucho tiempo hacia la moderación.

 

Llevaba como vicepresidente a un ecologista, Al Gore, y nombró un equipo en que dominaban los asesores económicos conservadores, bien relacionados con el mundo financiero, que sostenían que las tareas fundamentales a realizar eran la de reducir el enorme déficit que se había ido acumulando desde la época de Reagan y la de promover la prosperidad a través del comercio internacional. Había que pagar las facturas de doce años de desorden, dijo, y quería hacerlo invirtiendo los términos de la política fiscal republicana, esto es aumentando los impuestos a los más ricos y a las empresas, con el fin de disminuir el endeudamiento del gobierno; lo que no figuraba explícitamente en el programa electoral era que la otra faceta de esta política era la contención del gasto social.

 

Uno de los puntos que le creó complicaciones fue su promesa de derogar la prohibición de que los homosexuales sirvieran en las fuerzas armadas. Tras una larga batalla, todo se redujo a ordenar que no se preguntara a quienes optaban al servicio por su orientación sexual, lo que iba a conocerse desde entonces como Don’t ask, don’t tell («no preguntes, no digas nada») o DADT. Esto envenenó su relación con los altos mandos militares, que lo despreciaban por no haber realizado el servicio militar y haber eludido la guerra de Vietnam; una mala referencia para quien había derrotado a un héroe de guerra como G.H.W. Bush.

 

Una vez comenzada su gestión, sus primeros esfuerzos fueron para presentar un proyecto de presupuesto en que el objetivo de eliminar el déficit venía acompañado de algunos aumentos de impuestos, lo cual fue mal recibido por los congresistas, sin que ni siquiera pudiera contar para aprobarlo con el apoyo de unos demócratas que no respetaban su liderazgo, debido, en opinión de Greenspan, a que ofrecía objetivos abstractos a largo plazo y no «proyectos de carreteras, programas de armamento u otras atractivas golosinas que estos pudieran ofrecer a sus votantes». Se hizo una resistencia feroz a su complejo proyecto de impuestos sobre diversas formas de energía (el llamado BTU Tax) y el nuevo presidente se vio obligado a aceptar, en contrapartida, un aumento sobre los de la gasolina.

 

La deriva a la derecha que los demócratas habían iniciado desde la presidencia de Carter resultaba patente en su política económica, claramente favorable a los intereses de Wall Street, como lo demuestra, no solo el hecho de que mantuviera al frente de la Reserva federal a Alan Greenspan, nombrado inicialmente por Reagan, sino que escogiera como sus asesores económicos a personas próximas al mundo de los negocios (Robert Rubin, a quien nombró secretario del Tesoro, procedía de la dirección de Goldman Sachs), quienes hicieron posible una etapa de aumento de los beneficios de las grandes empresas y un ascenso de las cotizaciones de la bolsa como no se había experimentado desde hacía veinte años. Sus dos presidencias fueron una etapa de prosperidad —la economía creció al 3,7 por ciento en los ocho años de su mandato—, alentada en la bolsa por movimientos especulativos como el que suscitaron las inversiones en las empresas relacionadas con internet (dot.com). Fue esta prosperidad la que, al aumentar los ingresos fiscales, le permitió transformar el déficit del presupuesto en un superávit que pudo reivindicar como prueba de su éxito.

 

Pero los gestores de su política económica no solo se hicieron responsables de una actitud pasiva ante el crecimiento especulativo, sino que lo agravaron con medidas como la Gramm-Leach-Bliley Act o «Ley de modernización de los servicios financieros», aprobada en 1999, que derogaba la ley Glass-Steagall de 1933, que prohibía que un banco actuase a la vez como banco comercial y de inversión (fue esta supresión la que permitió que los bancos usasen los fondos de sus depósitos para arriesgarlos en operaciones de derivados), y con la disposición promulgada en los últimos días de su gestión, que eximía de control las operaciones de futuros y derivados. Se habían establecido así las condiciones que iban a hacer posible la vertiginosa expansión del casino de Wall Street.

 

Su interés por favorecer la prosperidad económica a través de la expansión del comercio internacional le llevó a impulsar el acuerdo de libre comercio que integraba a Canadá y México con los Estados Unidos (NAFTA), que había negociado su antecesor, contando en buena medida con los votos de los republicanos, que completó con los que pudo comprar (un congresista dijo que le habían ofrecido tantos puentes para su distrito que lo único que necesitaba era un río) y oponiéndose tanto a los demócratas de izquierda como a los sindicatos, que le habían apoyado en su elección y que iban a experimentar ahora las consecuencias de la pérdida de puestos de trabajo que iba a causar la deslocalización de la producción industrial en las maquiladoras situadas al sur de la frontera mexicana. El acuerdo entró en vigor el primero de enero de 1994, lo cual ayuda a explicar que la crisis de la economía mexicana que se inició en este mismo año, el «tequilazo», obligase a los Estados Unidos a asumir la dirección de una gigantesca operación de rescate para evitar el total desplome del crédito de México.

 

El complejo proyecto de reforma de la sanidad pública, que era obra de su esposa Hillary y que formaba parte de sus promesas electorales, hubo de sufrir el ataque de los intereses que podían resultar afectados —«el complejo médico-industrial», según lo llama Krugman—, que gastaron cerca de 100 millones de dólares para influir en el Congreso en contra del proyecto, sin contar las cantidades que las compañías de seguros médicos emplearon en campañas de televisión en su contra. Las primeras propuestas se presentaron en noviembre de 1993, cuando Clinton había perdido ya el empuje inicial, de modo que no pudo sacarlas adelante en un Congreso en que todavía contaba con una mayoría demócrata. Este fracaso, ha escrito Paul Krugman, condenó su presidencia «a un rango de segundo orden».

 

Fue precisamente la oposición a sus proyectos de reforma de la sanidad lo que dio mayor fuerza al contraataque republicano, dirigido por Newt Gingrich, un político agresivo que tuvo ahora su época de gloria con su Contrato con América, el libro en que formulaba un programa conservador para transformar el país. En las elecciones de mitad de mandato de noviembre de 1994, en unos momentos en que todavía no eran perceptibles los efectos positivos de las nuevas medidas económicas, los republicanos, con eslóganes como God, gays and guns (en referencia a la ley DADT y a sus intentos de imponer medidas de control de las armas, lo que tuvo un peso considerable en el desvío de votos), consiguieron mayoría en la cámara de representantes, por primera vez en cuarenta años, y en el Senado, lo cual significó un duro golpe para Clinton, que hubo de actuar a partir de este momento con la rémora de unas cámaras que le eran hostiles.

 

Gingrich, cuya pretensión era destrozar a los demócratas, como venganza por cuarenta años de sufrir su prepotencia, utilizó la fuerza que tenía en el Congreso para erigirse en poco menos que en un poder alternativo al de la Casa Blanca, y organizó una ofensiva para obligar a disminuir los impuestos de los más ricos, a costa de grandes recortes en las partidas de sanidad pública, convencido de que iba a acabar imponiéndose al presidente, lo que le permitiría desarrollar el programa de su Contrato. Clinton, mientras tanto, desviaba la atención pública hacia las campañas de Bosnia y se disponía a resistirse a los republicanos, vetando los recortes de gasto social que querían imponer. El resultado fue que del 14 al 19 de noviembre de 1995 y del 16 de diciembre de 1995 al 6 de enero de 1996 el gobierno, bloqueado por el Congreso, hubo de cesar toda actividad por primera vez en la historia norteamericana, y 800 000 empleados federales dejaron de trabajar. El público achacó ahora la culpa de esta situación a la intransigencia de los republicanos y Gingrich, empeñado en llevar adelante su guerra, empezó a encontrar resistencias en su propio partido.

 

Para salir de tan difícil situación, Clinton, asesorado ahora por Dick Morris, inició una política que aceptaba una parte del programa republicano, pero rechazaba sus aspectos más antisociales: «La era del gran gobierno se ha acabado —diría en su discurso sobre el estado de la Unión de enero de 1996— pero no podemos volver al tiempo en que nuestros ciudadanos habían de componérselas por sí mismos». A lo que añadiría en su discurso inaugural de 1997: «Necesitamos un nuevo gobierno para un nuevo siglo, lo suficientemente humilde para no tratar de resolver por nosotros todos nuestros problemas, pero lo suficientemente fuerte para proporcionarnos las herramientas para que los resolvamos por nosotros mismos; un gobierno que es más pequeño, que vive de acuerdo con sus medios y que hace más con menos».

 

Estos planteamientos le llevarían a lo que se definía, en sus grandes líneas, como una política de «triangulación», en que el presidente se colocaba en medio de ambos partidos e iniciaba una serie de medidas que implicaban una deriva hacia la derecha, arrebatando con ello la iniciativa a los republicanos, como en el planteamiento de una reforma restrictiva de las ayudas sociales, que indignó a buena parte de sus partidarios y llevó a la dimisión de su amigo Peter Edelman, que le acusó de «haber suscrito un seguro de elección», o en la presentación de un presupuesto equilibrado, que implicaba la reducción del gasto gubernamental, mientras buscaba atraerse a un sector de las clases medias con una «Ley de derechos de la clase media». Morris gestionaba en la sombra esta política con un complejo sistema de sondeos que le revelaba al momento el grado de aceptación popular de cada propuesta que hacía Clinton, lo que le permitía orientar día a día su actuación.

 

El presidente pudo entonces comenzar la reconstrucción del Partido Demócrata en torno a su política centrista y preparar el terreno que le iba a llevar a ganar por segunda vez las elecciones a la presidencia en 1996, con una continua formulación de iniciativas y una hábil campaña de propaganda, basada en la idea de «construir un puente hacia el siglo XXI», que le permitieron sobreponerse a los intentos de desprestigio que los medios de la derecha organizaron contra el matrimonio Clinton por el asunto Whitewater, una inversión inmobiliaria fallida de la época en que era gobernador de Arkansas.

 

Su fácil victoria ante el candidato republicano, Robert Dole, un hombre de setenta y tres años, en unos comicios con muy baja participación de votantes, era una consecuencia del buen estado coyuntural de la economía (su crecimiento fue del 8,2 por ciento en 1997, y en 1998 se consiguió el superávit en el presupuesto), pero no vino acompañada por un triunfo demócrata suficiente como para arrebatar el control del Congreso a los republicanos, lo que le llevó a una segunda presidencia en que se vio imposibilitado de plantear medidas ambiciosas en el terreno de la política interior.

 

Su segundo mandato dio pie a que los republicanos y el potente aparato de medios de difusión de la derecha, empeñados en la causa de la contrarrevolución conservadora, comenzaran tratando de crear escándalos acerca de la financiación de las campañas, destinados sobre todo a atacar al vicepresidente Gore, que se perfilaba como el más probable candidato demócrata tras la segunda presidencia de Clinton.

 

A lo que siguió, desde 1998, un acoso al propio presidente como consecuencia del asunto de Monica Lewinsky, una becaria de poco más de veinte años que se prestó a diez sesiones de sexo oral con el presidente, en el transcurso de dieciséis meses; solo las dos últimas sesiones fueron «completas», y de ellas procedía el DNA en la ropa de Lewinsky que hizo posible fundamentar la acusación por algo que no dejaba de ser un episodio menor en comparación con la activa vida sexual de Kennedy, la infidelidad matrimonial de Eisenhower o las aventuras del propio Gingrich, el dirigente republicano que dirigía la persecución contra Clinton, y que vio su carrera truncada cuando se descubrió la relación que mantenía con una joven ayudante del Congreso.

 

Las ilusiones republicanas de capitalizar la campaña de desprestigio con la que se acosó al presidente resultaron fallidas: aunque mantuvieron la mayoría, perdieron cinco escaños en las elecciones de mitad de mandato de 1998. Al igual que fracasó el intento de conseguir su destitución por las cámaras (impeachment), que concluyó con la retirada de los cargos el 12 de febrero de 1999. Clinton se estaba beneficiando ante la opinión pública del efecto que producía su éxito en la gestión de la economía. Si en el discurso sobre el estado de la Unión de 1998 pudo decir «Estos son buenos tiempos para América (…). El estado de nuestra Unión es vigoroso», en el de 1999 hizo un balance global de sus logros, señalando que el país había «creado la más duradera expansión económica en tiempo de paz de toda nuestra historia», con cerca de 18 millones de nuevos puestos de trabajo, los salarios creciendo a un ritmo más de dos veces superior al de la inflación y, por primera vez en treinta años, con un presupuesto equilibrado que se saldaba con superávit.

 

Sin embargo, la necesidad de «emplear todo su capital político» para hacer frente a un entorno hostil le llevó a malgastar los tres últimos años de su presidencia. Esta sería también la razón de que, ante su incapacidad para desarrollar un programa de política interior más ambicioso, se implicase cada vez más en las cuestiones de política internacional...

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: Josep Fontana. “Por el bien del imperio” ]

 

*



viernes, 16 de septiembre de 2022

 

 

[ 232 ]

 

POR EL BIEN DEL IMPERIO

 

Josep Fontana

 

 

 

EL FINAL DE LA PRESIDENCIA DE BUSH

 

La presidencia del primer Bush no acabó bien. Tras la euforia del triunfo militar del Golfo que, en opinión del presidente, había «restaurado la credibilidad» norteamericana perdida en Vietnam, las cosas se complicaron. En 1992, el año que en sus memorias aparece calificado como «el peor de los tiempos», se produjo en los Estados Unidos una oleada de enfrentamientos raciales, que se desencadenó cuando un jurado blanco de Los Ángeles exculpó a cuatro policías blancos que habían dado una paliza brutal a un motorista negro, en una escena que grabó un videoaficionado y que proyectaron todas las televisiones. El resultado fue una revuelta con 55 muertos, más de 4000 heridos, más de 12 000 detenidos y 5270 edificios destruidos o dañados.

 

La economía norteamericana sufrió las consecuencias de una recesión, agravada por la costosa liquidación del problema de las Savings and Loans y por las dificultades por las que pasaban muchos bancos que habían invertido especulativamente en deuda latinoamericana y habían comprometido sus recursos en créditos inmobiliarios poco seguros, en una línea que anunciaba lo que iba a ser el desastre de 2007. Todo lo que se le ocurrió decir a Bush en sus memorias sobre esto fue que «el país estaba en una recesión pese a nuestros muchos intentos para arrancar la economía». Por otra parte, la guerra del Golfo implicó restricciones en el aprovisionamiento de petróleo y la necesidad, contra todas las promesas electorales del presidente, de crear nuevos impuestos, lo que acabó definitivamente con su escaso crédito público.

 

Con vistas a las elecciones de 1992 trató de redondear el triunfo militar sobre Saddam con un acuerdo para resolver el conflicto entre los israelíes, a quienes Bush concedió un crédito de 10 000 millones de dólares para financiar la acogida de inmigrantes de la Unión Soviética, y los palestinos, que se negociaría en una conferencia general, con participación de delegaciones de Israel, Siria, Egipto, Líbano y una conjunta de jordanos y palestinos, en la primera ocasión en que los palestinos participaban en una negociación de esta naturaleza, que se inició en Madrid el 31 de octubre de 1991 y estableció las bases para futuras reuniones multilaterales en los años siguientes. Pero el intento de montar un espectáculo preelectoral organizando un bombardeo de Bagdad se frustró cuando el New York Times lo reveló y los inspectores de la ONU, que habían de legitimar el ataque provocando al gobierno de Saddam para que este rechazase sus propuestas, se negaron a dejarse manipular por Washington.

 

Que su mandato acabase en tiempos de crisis económica favoreció el triunfo de su sucesor, el demócrata Bill Clinton, que consiguió superar la malintencionada campaña electoral de Bush, en que sus ayudantes se dedicaron a buscar en vano evidencias de que Clinton había tenido tratos con agentes soviéticos en Moscú durante la guerra de Vietnam. La derrota lo dejó dolido y sorprendido; nunca entendió que los norteamericanos lo hubieran rechazado por un hombre como Clinton («estaba convencido de que podía vencerle», dice en sus memorias).

 

Todavía tuvo tiempo, sin embargo, de rematar su gestión, una vez derrotado en las urnas, con un nuevo error y con una última vergüenza. En diciembre de 1992, un mes después de su derrota en las elecciones presidenciales, George Bush quiso hacer un gesto de prestigio tomando la iniciativa de una intervención en Somalia, bajo la bandera de la ONU y de acuerdo con su secretario general, Boutros-Ghali. El pretexto era la dificultad de hacer llegar al país ayuda humanitaria, puesto que el general Aidid, el más importante señor de la guerra local, se oponía a la actuación de la UNOSOM, la entidad de la ONU encargada de distribuirla. Bush decidió montar una operación con el nombre de Restore hope («Restablecer la esperanza»), que se suponía que iba a ser rápida (le aseguró a Clinton que se habría acabado antes de su toma de posesión en enero).

 

En la noche del 9 de diciembre de 1992 los norteamericanos desembarcaron en la playa de Mogadiscio en presencia de fotógrafos y cámaras de televisión, tras haber negociado previamente la conformidad de los jefes locales, y se apoderaron fácilmente del aeropuerto. Boutros-Ghali había dicho que se desarmaría a los grupos rivales y se restablecería la paz; pero los norteamericanos tenían prisa y se negaron a ello, buscando en cambio un acuerdo con los dos principales jefes de milicias, Aidid y Ali Mahdi Muhammad. Todo parecía funcionar de acuerdo con las previsiones, aunque la ayuda real prestada a una población que moría de hambre fue más bien escasa.

 

Pero cuando una segunda operación, bautizada como UNOSOM II, trató de realizar los planes más ambiciosos de Boutros-Ghali, pasando de la ayuda humanitaria al restablecimiento de la paz, con una nueva fuerza multinacional como apoyo, Aidid replicó, el 5 de junio de 1993, atacando a los cascos azules pakistaníes y matando a 25 de ellos. La operación se transformó entonces en una lucha directa contra Aidid, por cuya cabeza los norteamericanos, dirigidos por el almirante Howe, un integrista cristiano que actuaba como un cruzado, ofrecían 25 000 dólares, lo cual se anunciaba en carteles, al estilo del oeste americano (mientras los soldados italianos que participaban en la operación parecían, dirá Boutros-Ghali, estar informando y ayudando a Aidid).

 

El 3 de octubre de 1993 una operación de rangers norteamericanos, con el apoyo de 16 helicópteros, trató de capturar a asociados de Aidid en una emboscada en Mogadiscio. Fracasaron en el empeño y perdieron dos helicópteros y 18 hombres, y aunque los somalíes tuvieron muchos muertos, su victoria sobre una de las fuerzas técnicamente más avanzadas del mundo les dejó una sensación de victoria.

 

 

[ Fragmento de: Josep Fontana. “Por el bien del imperio” ]

 

*


lunes, 22 de agosto de 2022

 

 

[ 212 ]

 

 

POR EL BIEN DEL IMPERIO

Josep Fontana

 

 

“ LA INVASIÓN DE PANAMÁ

 

En América Central parecía volver la paz. Se seguía ayudando a la «contra» en Nicaragua cuando en febrero de 1990 se produjo la derrota de los sandinistas en unas elecciones en que el dinero aportado por la CIA aseguró la victoria de la candidata conservadora Violeta Chamorro y, ante la sorpresa de los norteamericanos, los sandinistas aceptaron el resultado y cedieron el poder.

 

Más complicada era la situación de Panamá, que seguía bajo la dictadura de Manuel Noriega, de quien Bush deseaba desembarazarse. Se rumoreaba, nos dice el propio presidente, que Noriega tenía un documento «que databa de mis tiempos de la CIA, que me relacionaba con sus tráficos de drogas». Bush lo desmiente, pero se sabe que el panameño alardeaba: «Tengo a Bush agarrado por los huevos».


Noriega había sido el más útil informador de Reagan acerca de la situación de Cuba, aunque se sospechase que negociaba también con los cubanos, y un colaborador activo en su actuación contra Nicaragua. Sin embargo, el escándalo Irán-contra no solo obligó a renunciar a sus servicios, sino que mostró la conveniencia de deshacerse de un colaborador incómodo, acusado públicamente de participar en el tráfico de drogas.

 

Durante la campaña electoral sus contrincantes acusaron a Bush de haber colaborado con Noriega. Este negó haber tenido contacto alguno con él, pero la publicación de una fotografía en que aparecían juntos envenenó el asunto, que acabó de complicarse cuando Reagan cometió el desliz de ofrecerle al dictador panameño la retirada de los cargos por tráfico de drogas a cambio de que abandonase el poder, lo que obligó a Bush a distanciarse públicamente de Reagan en esta cuestión.

 

Al llegar a la presidencia, Bush trató de desalojar del poder a Noriega interviniendo con la CIA a favor de su contrincante en las elecciones panameñas de 1989. La operación acabó en un desastre: al saberse que el candidato opositor podía ganar, Noriega ordenó destruir las urnas e hizo que grupos paramilitares a su servicio atacasen brutalmente a la oposición.

 

Tras este fracaso, y ante un Noriega desafiante, Bush permaneció momentáneamente inactivo. No quería cometer un error al comienzo de su gestión, «como el de Kennedy en Bahía de Cochinos». Pero este asunto, unido a su indecisión ante los acontecimientos de la Europa del este y de China, estaba dando una mala imagen de su capacidad de gestión. Lo cual se agravó todavía cuando, a comienzos de octubre de 1989, el comandante Giroldi dio un golpe militar en Panamá, capturó a Noriega y pidió ayuda a los Estados Unidos, que fueron incapaces de reaccionar a tiempo —temieron que Giroldi fuese un provocador que quería embarcarles en una acción que redundaría en su descrédito—, lo que le permitió a Noriega imponerse y dejar a Bush, a quien acusaba de haber inspirado el golpe, en ridículo (el New York Times calificó la gestión de este acontecimiento como «un modelo de incompetencia»).

 

Ante esta situación, y en unos momentos en que el fin de la guerra fría exigía que los Estados Unidos demostrasen que seguían estando a la altura de su papel de liderazgo del mundo, no quedaba otra solución que preparar una invasión en gran escala, precedida por una serie de provocaciones por parte de las fuerzas estadounidenses de la zona del canal, con el fin de suscitar un motivo legítimo para la invasión.

 

Tras recibir las seguridades de Colin Powell de que no se repetiría un fracaso como el de Carter en Irán, se organizó una expedición de 26 000 soldados y marines, la mayor operación de este tipo desde Vietnam —que recibió inicialmente el nombre de «Cuchara azul», cambiado más adelante por el de «Causa justa», en atención a que sonaría mejor en los libros de historia— y el 20 de diciembre de 1989 se llevó a cabo una vergonzosa invasión, que causó numerosas muertes de civiles —400 según fuentes oficiales norteamericanas y por lo menos 4000 según la emisora CBS; la Cruz Roja habló de una masacre— y grandes destrozos provocados por los saqueos de las tropas invasoras. Acabaron llevándose a Noriega, lo juzgaron en Miami y le condenaron a 40 años de cárcel por tráfico de drogas y lavado de dinero, lo que permitió cerrar la boca de un testigo incómodo.

 

La asamblea general de las Naciones Unidas condenó la intervención en Panamá como una «violación flagrante» de las leyes internacionales, el nuevo presidente panameño colocado por los Estados Unidos, Guillermo Endara, necesitó de nuevo apoyo militar para evitar que lo derribasen y el tráfico de drogas siguió en aumento. Pese a lo cual los biógrafos de G.H.W. Bush aseguran que los norteamericanos consideraron que Panamá fue el mayor de sus éxitos…”

 

 

[ Fragmento de: Josep Fontana. “Por el bien del imperio” ]

 

 

*


martes, 5 de julio de 2022

 

 

[ 176 ]

 

POR EL BIEN DEL IMPERIO

 

Josep Fontana

 

 

 

LAS OPERACIONES ENCUBIERTAS

 

Como consecuencia de la línea política enunciada por la Kirkpatrick los norteamericanos retiraron el apoyo financiero a la ONU, abandonaron la UNESCO y se negaron a condenar la política de apartheid de Áfica del Sur o a criticar a regímenes brutales como los de El Salvador, Guatemala, Haití o Pakistán, mientras daban un apoyo incondicional a personajes tan impresentables como el filipino Marcos o el haitiano Baby Doc Duvalier. Por este camino se llegó a extremos de indignidad como el de proporcionar a Jomeini, en momentos en que se buscaba su amistad, no solo la lista de los dirigentes del Partido Comunista Tudeh, obtenidos gracias a la defección de un agente soviético, sino la de los contactos internos de los grupos de iraníes exiliados, lo que condujo a la detención o ejecución de más de un millar de personas.

 

Reagan sostenía que los problemas del tercer mundo no dependían de su situación económica o social, sino de la influencia maléfica de los comunistas, de modo que, en lugar de ayudarles a hacer frente a sus necesidades objetivas, se dedicó a sostener, abiertamente o bajo mano, fuerzas anticomunistas, en busca de éxitos fáciles que aliviasen a los Estados Unidos del síndrome de Vietnam, lo que explica que la CIA se dedicase entonces a ayudar militar y económicamente a todo tipo de dictadores y aventureros.

 

La puesta en práctica de la «doctrina Reagan», que sostenía que los Estados Unidos debían usar la fuerza para minar los regímenes marxistas del tercer mundo, con el fin de someter a un esfuerzo todavía mayor los recursos de la URSS, tuvo como principal protagonista al jefe de la CIA, William J. Casey, un acaudalado abogado de Wall Street, apasionado por las acciones encubiertas, que tenía la plena confianza del presidente y de su entorno, y que recibió cientos de millones de dólares del presupuesto atribuido al Pentágono, con los que pudo contratar a cerca de dos mil nuevos funcionarios y organizar costosas aventuras.

 

Los principales objetivos de sus intervenciones fueron la isla de Grenada, Afganistán y Nicaragua. Pero esta misma línea de actuación se extendió también a Etiopía, a Angola (con nuevo apoyo a Savimbi y a UNITA, a costa de frenar un proyecto de paz que estaba ya muy avanzado), Mozambique, Camboya (donde se aumentó la asistencia a los jemeres rojos y a sus aliados) o Chad (donde financió la toma del poder por un criminal como Hissène Habré, juzgado en la actualidad por un tribunal especial en Senegal), y dio lugar a que se planeasen operaciones aberrantes, como la de invadir Surinam con 175 comandos coreanos, que Haig consiguió frenar.

 

En 1984 estaban en ejecución más de cincuenta operaciones encubiertas, la mitad de ellas en América Latina. Nunca, ni en la etapa más activa de la CIA en tiempos de Eisenhower, se había visto tal proliferación de actividades ocultas. En Europa se revitalizó la propaganda dirigida a los países del área soviética, acabando de una vez con el clima de distensión, y se financió a Wałesa y al sindicato polaco ‘Solidaridad’, en una campaña que contaba con el apoyo de la iglesia católica.

 

La invasión de Grenada, denominada Operation Urgent Fury, se produjo dos días después de que los norteamericanos se retirasen del Líbano, en unos momentos en que la popularidad de Reagan estaba en uno de sus puntos más bajos, como consecuencia de la mala situación de la economía, y en que el presidente necesitaba una «victoria sobre el comunismo» para rehacerse y conseguir que se olvidase la tragedia de Beirut. Esto explica que se diese a esta pequeña operación de castigo un tratamiento propagandístico desmesurado, como si se tratase de una gran victoria militar («Nuestros días de debilidad han acabado», diría Reagan en público, celebrando esta victoria militar, mientras en su diario escribía: «El éxito parece brillar para nosotros y doy gracias por ello al Señor»).

 

En Grenada, una isla con una población de menos de 100 000 habitantes, firmas británicas y norteamericanas estaban construyendo, usando trabajadores cubanos, una carretera turística y un aeropuerto civil, financiados ambos por el Banco Mundial. Pero Reagan sostenía, sin ningún fundamento, que «era una base soviético-cubana preparada como un gran bastión militar para exportar el terror y minar la democracia». A lo que añadiría: «Llegamos justo a tiempo». El ataque se legitimó además con el argumento de que se temía que el gobierno de la isla pudiese apoderarse de un grupo de 800 estudiantes norteamericanos de medicina que se encontraban en ella y que tratase de repetir algo semejante a lo que habían hecho los iraníes con los rehenes de la embajada en Teherán.

 

La operación, en que las fuerzas norteamericanas necesitaron una semana para conquistar la pequeña isla, fue un desastre. Hubo paracaidistas lanzados al mar (cuatro de los cuales se ahogaron), bajas a causa de un calor para el que los atacantes iban mal equipados, ataques de fuego amigo como consecuencia de que los helicópteros llevaban mapas turísticos de gasolinera, y tan mala información que algunos soldados norteamericanos preguntaban a los nativos cuál era la carretera para Trinidad. Entre otros errores, que revelaban la falta de coordinación de las diversas ramas de las fuerzas armadas, hay que apuntar el bombardeo de un manicomio en el que murieron 21 internados.

 

Reagan fracasó tanto en Nicaragua, donde no se consiguió derribar a los sandinistas con las operaciones encubiertas, como en el Líbano, que se vio obligado a abandonar, mientras en Afganistán no hizo otra cosa que crear las condiciones de un conflicto que sigue sin resolverse. Su única victoria indiscutible fue la de la pequeña isla de Grenada, lo cual parece un magro balance para una doctrina tan ambiciosa, un gasto tan considerable y por tantas muertes inútiles.”

 

 

 

[ Fragmento de: Josep Fontana. “Por el bien del imperio” ]

 

*


miércoles, 22 de junio de 2022

 

 

[ 167 ]

 

POR EL BIEN DEL IMPERIO

Josep Fontana

 

 

LA CUESTIÓN DE BERLÍN

 

La desastrosa situación a que hubo de hacer frente en los primeros meses de su gestión condicionó a Kennedy en su encuentro con Jrushchov en Viena, a comienzos de junio de 1961. Kennedy necesitó el auxilio de los estimulantes e inyecciones habituales para hacer frente a Jrushchov, quien cometió el error de tratar a su joven colega «como una prima donna que se enfrenta a una debutante», amenazándole con firmar una paz por separado con la República Democrática Alemana, lo que pondría fin a los derechos de acceso de las potencias al Berlín Occidental, sin darse cuenta de que, a diferencia de Eisenhower, a quien había planteado anteriormente esta misma amenaza, Kennedy aspiraba sinceramente a la distensión, por lo menos en este terreno. El presidente norteamericano, que creía que Jrushchov se había mostrado intransigente con él porque su fracaso en la invasión de Cuba le hizo creer que era débil —y en efecto, Jrushchov había dicho a los suyos, para justificar la dureza de la posición que pensaba adoptar, que lo sucedido en Bahía de Cochinos demostraba que el poder no estaba en los Estados Unidos en las firmes manos de un líder—, regresó de Viena descorazonado y con ansias de devolver el golpe.

 

 

Eran momentos de tensión entre Jrushchov y Ulbricht, que esperaba un apoyo político más firme de los soviéticos y justificaba la diferencia entre ambas zonas alemanas por el hecho de que los rusos habían estado sacando recursos del este en concepto de reparaciones, mientras los occidentales vertían millones de dólares de ayuda al oeste. Ante la perspectiva de que la situación en Berlín se prolongase durante mucho tiempo, y vista la necesidad de cortar el flujo de ciudadanos que pasaban al oeste y, a la vez, de dificultar las numerosas actividades de espionaje y subversión que se organizaban desde la zona occidental, Jrushchov aceptó en agosto de 1961 la sugerencia de Ulbricht de levantar una barrera de separación entre ambas zonas de Berlín, lo que de algún modo aliviaría la tensión. Kennedy diría en privado: «un muro es muchísimo mejor que una guerra», pero no dejó de aprovechar «el muro de la vergüenza» como objeto de propaganda.

 

Los soviéticos manejaban estas cuestiones con prudencia, pero no se podía esperar lo mismo de Ulbricht y de los alemanes orientales, como lo demostró el incidente que se produjo en el check-point Charlie, en una ocasión en que los soldados de la Alemania oriental pidieron la documentación a un diplomático de la misión norteamericana en Berlín, Allan Lightner, que el 22 de octubre de 1961 se disponía a cruzar con su esposa la frontera de la zona oriental para dirigirse a la ópera. Como representante de una de las cuatro potencias ocupantes, Lightner se negó a aceptar la autoridad de los funcionarios de la Alemania del este para pedirle la documentación y exigió hablar con un funcionario soviético. Se produjeron forcejeos y escenas de tensión, y el 27 de octubre llegó a haber hasta 33 tanques soviéticos frente a los tanques norteamericanos del otro lado (de hecho el general Clay había pedido a Washington autorización para hacer una incursión en Berlín Este), en una situación que se resolvió cuando, a la mañana siguiente —como consecuencia, al parecer, de un contacto de Jrushchov con Kennedy a través de su hermano Robert y del coronel Bolshakov—, los tanques soviéticos empezaron a retirarse y los norteamericanos hicieron lo mismo veinte minutos más tarde.

 

El incidente pudo haber tenido consecuencias muy graves, puesto que tanto soviéticos como norteamericanos pusieron en estado de alerta sus fuerzas en el mundo entero: mientras en el check-point Charlie tenían lugar estos incidentes, cuatro submarinos norteamericanos aguardaban en el mar del Norte con sus misiles Polaris preparados para atacar objetivos de la Unión Soviética. Pero la forma en que se resolvió el conflicto tuvo la virtud de convencer a Jrushchov de que los norteamericanos no iban a entrar en una guerra por Berlín, lo que explica que decidiera, tras el XXII congreso del PCUS, en octubre de 1961, anular el ultimátum que le había planteado a Kennedy en Ginebra.

 

Eran momentos en que algunos pensaban en Norteamérica que se necesitaba una política de negociaciones para resolver el problema alemán, ya que entendían que los soviéticos estuviesen preocupados por el hecho de que se hubiesen colocado armas nucleares en la Alemania occidental y que se hablase de conceder su control a la OTAN o incluso a los propios alemanes, en momentos en que estos tenían a su frente alguien tan poco de fiar, desde el punto de vista soviético, como Adenauer.

 

 

Eisenhower y Foster Dulles no habían sido capaces de entender que lo que los rusos querían era seguridad y, si Kennedy se la hubiese ofrecido, la guerra fría habría podido terminar, por lo menos en su escenario europeo. Pero aunque Kennedy mantuvo el control del armamento atómico en manos norteamericanas y evitó que los alemanes occidentales pudiesen acceder a él, con el fin de desvanecer los miedos de los soviéticos, no podía hacer más concesiones por razones de prestigio. Como dijo uno de sus asesores: «A medida que la crisis se hace más tensa, la capacidad de la administración para sumarse a cualquier política que implique “concesiones” a los soviéticos disminuye, por miedo a que la oposición la ataque como “apaciguamiento”».

 

 

 

[ Fragmento de: Josep Fontana. “Por el bien del imperio” ]

 

*


lunes, 13 de junio de 2022

 

[ 158 ]

 

POR EL BIEN DEL IMPERIO

 

Josep Fontana

 

 

 

EL CERCO A CUBA

 

Uno de los primeros problemas a que tuvo que enfrentarse la nueva administración fue la operación para liquidar el régimen de Castro que había preparado en tiempos de Eisenhower Richard Bissell, encargado del Directorio de Operaciones de la CIA, como respuesta al giro a la izquierda de la revolución cubana. Era del mismo estilo que la que se realizó para derrocar a Árbenz en Guatemala en 1954, pero usando esta vez exiliados anticastristas. Se iniciaría con un desembarco apoyado por un ataque aéreo previo, efectuado por aviones norteamericanos camuflados para hacer creer que se trataba de desertores cubanos. La CIA garantizaba los resultados de este proyecto, que Eisenhower había acogido con entusiasmo.

 

Kennedy encontró el plan ultimado, con los cubanos que habían de invadir la isla entrenándose en una plantación de café de Guatemala, y Allen Dulles y la CIA insistieron en que había de ponerse en práctica de inmediato, lo que el nuevo presidente aceptó, con la condición de que el asunto debía aparecer como enteramente cubano, y dejando claro que no toleraría que los Estados Unidos apareciesen implicados directamente en él, lo que hubiera hecho inviables sus proyectos de acercamiento político a América Latina. La decisión final la tomó cuando un coronel de marines enviado a inspeccionar la brigada cubana en Guatemala informó que creía a aquellos hombres capacitados para realizar «no solo misiones de combate inicial, sino también el objetivo final y definitivo: el derrocamiento de Castro».

 

«Fue por nuestra parte —diría más adelante Kennedy— la estupidez de unos principiantes, y por la suya, la estupidez de vivir envueltos en sus ilusiones», puesto que el proyecto se basaba en la convicción de que el odio del pueblo cubano al castrismo haría que un simple desembarco bastase para producir un levantamiento en masa (la CIA calculaba que se podía llegar a movilizar a un 25 por ciento de la población); si las cosas no iban bien, los desembarcados podían refugiarse en las montañas para iniciar una guerra de guerrillas, como Castro había hecho en 1956. De una u otra forma el objetivo inmediato no era tanto el derrocamiento de Castro por las tropas invasoras, que solo sería posible de producirse un levantamiento general contra el gobierno, sino el de «apoderarse de una pequeña área y defenderla», con el fin de que desembarcase en ella «un gobierno provisional que pueda ser reconocido por los Estados Unidos», lo cual justificaría una intervención militar norteamericana.

 

La verdad es que había serias discrepancias acerca de las posibilidades de la operación entre el Departamento de Estado, que se mostraba escéptico, y los militares y la CIA, que lo apoyaban con entusiasmo. La historia oficial de la CIA revela, sin embargo, que en noviembre de 1960, cinco meses antes de la operación, se había llegado a la conclusión de que el proyecto era irrealizable «a la luz de los controles establecidos por Castro». El propio historiador de la CIA se preguntaba cómo era posible que, habiendo llegado en noviembre de 1960 a estas conclusiones, que no se comunicaron al presidente electo, se decidiese en abril de 1961 emprender el desembarco con una fuerza tan reducida.

 

A lo cual hay que añadir el error en escoger el lugar del desembarco, Bahía de Cochinos (Playa Girón), que estaba en una zona que tenía difícil salida, con tan solo tres carreteras que facilitarían el rápido acceso de tropas cubanas y dejarían a los invasores aislados, separados por una zona pantanosa de las montañas donde se había previsto que estableciesen una base de guerrillas («el peor sitio posible en Cuba», diría Miró Cardona, el presidente del Consejo revolucionario en el exilio, quejándose de que la CIA, que al parecer había basado sus planes en mapas antiguos, no les hubiese consultado).

 

El 15 de abril, ocho bombarderos norteamericanos B-26 con insignias falsificadas trataron de destruir por sorpresa los cazas cubanos en el suelo, sin conseguir los resultados que esperaban, puesto que quedaron los suficientes aparatos como para hacer frente a la invasión (a Adlai Stevenson, embajador norteamericano en la ONU, le engañaron para que asegurase que se trataba de aviones cubanos que habían desertado y se habían refugiado en Florida).

 

En la mañana del 17 de abril de 1961 una brigada de 1400 hombres (estudiantes, hombres de negocios, médicos, abogados, campesinos con tan solo unos 135 soldados) desembarcó en Playa Girón en condiciones que llevaron a que la operación fuera un desastre. Combatiendo sin los suministros adecuados, iban a verse obligados a enfrentarse a 20 000 soldados cubanos, con el agravante de que la aviación cubana hizo embarrancar una de las embarcaciones y hundió otra que llevaba su reserva de municiones y la mayor parte de los suministros de alimentos y gasolina, lo que dio lugar a que otros transportes de equipamiento y comunicaciones huyeran para protegerse. Seis de los ocho B-26 que apoyaban la invasión fueron destruidos o inutilizados en el primer día, lo que obligó a poner en juego otros, tripulados ahora por pilotos norteamericanos. Los invasores resistieron mientras esperaban en vano que les apoyara una gran intervención aérea norteamericana, como se les había hecho creer, pero tuvieron que rendirse al tercer día, sin poder reembarcarse, puesto que la aviación cubana hundió las lanchas que habían de recogerlos. Todas las peticiones hechas a Kennedy para que permitiese un ataque aéreo o enviase dos destructores para sostener a los desembarcados fueron rechazadas por este. El resultado final fueron 114 muertos y unos 1200 prisioneros entre los presuntos libertadores de la isla.

 

El general Lemnitzer, jefe del Joint Chiefs of Staff, parece haber aceptado el plan de desembarco de la CIA, pese a considerarlo desastroso, con la esperanza de que su fracaso obligaría a Kennedy a intervenir. La propia CIA parece haber estado convencida de que el previsible fracaso del desembarco obligaría a un inexperto y asustado Kennedy a aceptar un ataque directo, antes que la vergüenza del fracaso: los hombres enviados a Bahía de Cochinos no habrían sido más que «carne de cañón» destinada a forzar una intervención militar directa. Que la negativa de Kennedy frustrase los planes de ataque directo aumentó el desprecio inicial que los militares, acostumbrados al mando de Eisenhower, sentían por ese gobierno de civiles.

 

Entre el vuelo orbital que Iuri Gagarin efectuó el día 12 y el fracaso cubano cinco días después, abril de 1961 fue un mal mes para Kennedy, que asumió públicamente su responsabilidad y limpió la CIA, comenzando por destituir a Allen Dulles, que le había garantizado el pleno éxito de la operación cubana (algunos de los agentes expulsados ahora intervendrían años más tarde en Watergate).

 

Aunque Kennedy desconfiaba de la capacidad de los altos mandos militares que exhibían las cintas de colores de sus condecoraciones —«Estos hijos de puta con toda su ensalada de frutas se sentaban ahí moviendo la cabeza y diciendo que iba a funcionar»— coincidía con ellos en su voluntad de derribar el régimen cubano a toda costa, solo que se proponía hacerlo salvando las apariencias, buscando algún motivo que legitimase la invasión de la isla.

 

Los Joint Chiefs of Staff habían preparado planes como el de la llamada Operación Northwoods, que incluía una campaña de actos terroristas en los Estados Unidos, incluyendo el asesinato de civiles inocentes, para hacer creer que se trataba de una acción de agentes cubanos.

 

Pero Kennedy no quería dejar estas cuestiones en manos de los militares, sino que lo que se iba a llamar Operación Mongoose, establecida en noviembre de 1961, dependería de su hermano Robert y sería dirigida por el general Edward Lansdale, con el concurso de unos cinco mil hombres, entre cubanos y norteamericanos, una flota de lanchas rápidas y un presupuesto inicial de unos 50 millones de dólares.

 

Eran los tiempos en que las novelas de espías de Ian Fleming gozaban de la mayor popularidad, lo cual influyó en los planes de los equipos de Mongoose, que proyectaban campañas de sabotaje, operaciones de guerra sucia e intentos de asesinar a Fidel Castro, en colaboración con los hombres de la mafia, que estaban interesados en recuperar sus propiedades en Cuba y en congraciarse con las autoridades norteamericanas, además de en embolsarse los 150 000 dólares que la CIA ofrecía en pago por la eliminación del dirigente cubano.

 

Cuatro meses después de Bahía de Cochinos, el 17 de agosto de 1961, Ernesto «Che» Guevara contactó en Uruguay con Richard Goodwin, un joven asesor de asuntos latinoamericanos de la Casa Blanca, y le ofreció el inicio de negociaciones para llegar a un modus vivendi: se comprometían a pagar indemnizaciones por las propiedades norteamericanas expropiadas, a no hacer ninguna alianza política con «el Este» y a discutir acerca de las actividades de la revolución cubana en otros países. Pero los Kennedy no estaban en aquellos momentos por negociaciones y no tomaron en cuenta la oferta, lo que resulta más fácil de entender si tomamos en cuenta que estaban entonces en plena organización de una serie de operaciones encubiertas contra Cuba, que, de acuerdo con sus proyectos, habían de culminar con una revuelta que derrocaría el régimen castrista.


En mayo de 1962 se firmaron acuerdos secretos entre Castro y el gobierno soviético, y los cubanos acabaron aceptando la propuesta de Jrushchov de instalar en la isla misiles rusos que habían de defenderles de la esperada invasión norteamericana; unos misiles que podían atacar ciudades norteamericanas y devastarlas con una explosión semejante a la que destruyó Hiroshima. Un año más tarde, en 1963, Guevara viajó a Argelia, donde obtuvo el compromiso de Ben Bella de dar pleno apoyo a las luchas revolucionarias en América Latina. El cambio de campo del régimen cubano era en buena medida una consecuencia del rechazo norteamericano.

 

 

[ Fragmento de: Josep Fontana. “Por el bien del imperio” ]

 

*