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jueves, 18 de mayo de 2023

 

[ 384 ]

 

MONSIEUR TESTE

Paul Valéry

 

[ 06 ]

 

 

CARTA DE MADAME ÉMILIE TESTE

 

 

(…) No puedo decir que sea amada. Sepa que esta palabra de amor tan incierto en su sentido vulgar y que titubea entre multitud de imágenes diferentes, ya no vale nada en absoluto si se trata de los vínculos del corazón de mi esposo con mi persona.

 

Es un tesoro sellado como su cabeza, y no sé si tiene corazón.

 

¿Sé si alguna vez me distingue, si me ama o si me estudia? ¿O si él se estudia por medio de mí? Comprenderá que no insista sobre esto. En resumen, me siento atrapada en sus manos, entre sus pensamientos, como un objeto que unas veces le resulta familiar y otras lo más extraño del mundo, según el género de su variable mirada que al objeto se fije.

 

Si osara comunicarle mi reiterada impresión, tal como yo me la transmito a mí misma, y que a menudo le he confiado al señor abad Mosson, le diría en sentido figurado que me siento vivir y moverme en la celda donde me encierra el espíritu superior, — por su sola existencia. Su espíritu contiene el mío como el espíritu del hombre modela al del niño o al del perro. Entiéndame. A veces paseo por nuestra casa; voy, vengo; la idea de cantar me atrapa y se eleva; vuelo, bailando de improvisada alegría y de inacabada juventud, de una a otra habitación. Pero por muy alegre que esté jamás dejo de sentir el imperio de ese poder ausente que se encuentra ahí, en algún sillón y sueña, y fuma, y examina su mano, con cuyas articulaciones juega pausadamente.

 

Nunca siento el alma sin límites, sino rodeada, cercada.

 

¡Dios mío! ¡Qué difícil es de explicar! No quiero decir cautiva. Soy libre, pero estoy clasificada.

 

Eso que es más nuestro, lo más preciado y oscuro de nosotros mismos, usted lo conoce. Me parece que perdería el ser si me conociera completamente. Bien, soy transparente para alguien, soy vista y prevista, tal cual, sin misterio, sin sombras, sin apelación posible a mi propio desconocimiento —¡a la propia ignorancia de mí misma!

 

Soy una mosca que se agita y subsiste en el universo de una mirada inquebrantable, vista unas veces, otras no vista, pero nunca fuera de óptica. Sé a cada momento que existo en una atención siempre más vasta y más general que toda una vigilancia, siempre más veloz que mis súbitas y más prontas ideas. Mis más grandes convulsiones del alma son para él pequeños acontecimientos insignificantes. Y, sin embargo, poseo mi infinito..., el cual siento.

 

No puedo dejar de reconocer que está contenido en el suyo, y no puedo consentir que lo esté. ¡Es algo inexpresable, señor, que pueda pensar y actuar absolutamente como yo quiera sin poder jamás, jamás, pensar nada ni querer que sea imprevisto, que sea importante, que sea desconocido para M. Teste! Le aseguro que una sensación tan constante y tan extraña proporciona ideas bien profundas... Puedo decir que mi vida me presenta en todo momento un modelo sensible de la existencia personal de existir en la esfera de un ser del mismo modo que todas las almas existen en el Ser.

 

Pero, ¡ay!, esta misma sensación de una presencia a la que uno no puede sustraerse y de una adivinación tan íntima, no existe sin inducirme a veces a viles pensamientos. Estoy siendo probada. Me digo que ese hombre es tal vez un réprobo, que me expongo enormemente a su vecindad y que vivo bajo las hojas de un árbol maligno... Pero distingo casi en seguida que esas reflexiones artificiosas esconden en sí mismas el peligro contra el que me aconsejan ponerme en guardia. Adivino en sus pliegues una muy hábil sugestión de despertar a otra vida más deliciosa, a otros hombres...

 

Y me horrorizo. Vuelvo sobre mi destino; siento que así debe ser; me digo que deseo mi destino, que lo elijo de nuevo a cada instante; escucho interiormente la voz tan clara y profunda de M. Teste que me llama... ¡pero si usted supiera con qué nombres!

 

No hay mujer en el mundo nombrada como yo. Usted sabe qué ridículos nombres intercambian los amantes: qué denominaciones perrunas y de cotorras son frutos naturales de las intimidades carnales. Las palabras del corazón son infantiles. Las voces de la carne son elementales. M. Teste, por su parte, piensa que el amor consiste en poder ser bestias juntamente —licencia absoluta de estupidez y bestialidad. Por eso me llama a su manera. Casi siempre me designa de acuerdo con lo que él quiere de mí. Por sí solo, el nombre que me otorga me hace percibir con una palabra sola aquello que yo espero entender, o lo que es necesario que yo haga. Cuando esto no es nada de particular que él desee, me dice: Ser, o Cosa. Y a veces me llama Oasis, lo cual me complace.

 

Sin embargo, jamás me dice que yo sea una bestia —y esto me conmueve profundamente.

 

El señor abad, que siente una grande y caritativa curiosidad por mi marido, y una especie de lastimosa simpatía por su espíritu tan lejano, me dijo francamente que M. Teste le inspiraba sentimientos muy difíciles de coordinarse entre ellos. Me dijo el otro día: ¡Los rostros de su señor marido son innumerables!

 

Lo encuentra un «monstruo de aislamiento y de conocimiento singular», y lo define, contra su gusto, como un orgullo de esos que nos escudan de los vivos, y no solamente de los vivos actuales, sino de los que viven eternamente —un orgullo que sería completamente abominable y casi satánico si ese orgullo no estuviera, dentro de esa alma demasiado ejercitada, tan ásperamente vuelto contra sí, y no se supiera tan exactamente que el mal, tal vez, se encuentra en él como irritado en su principio.

 

« Se abstraía horriblemente del bien», me dijo el abad, « pero se abstraía felizmente del mal... Hay en él no sé qué espantosa pureza, qué desapego, qué fuerza y qué luz incontestables. Jamás he observado semejante ausencia de turbación y de dudas en una inteligencia tan profundamente trabajada. ¡Es terriblemente tranquilo! No se le puede atribuir ningún malestar de alma, ningunas sombras interiores —y, por otro lado, nada que provenga de los instintos de temor o de codicia. Pero tampoco nada que se oriente hacia la Caridad.»

 

« Su corazón es una isla desierta... Toda la extensión, toda la energía de su espíritu lo rodean y lo defienden; sus profundidades lo aíslan y lo preservan de la verdad. Se enorgullece de encontrarse muy bien solo... Paciencia, querida señora. Quizá, algún día, encuentre alguna huella sobre la arena... ¡Qué feliz y santo terror, qué saludable espanto cuando reconozca, en ese vestigio puro de la gracia, que su isla se encuentra misteriosamente habitada...! »

 

Dije entonces al señor abad que mi marido me hacía pensar muy a menudo en una mística sin Dios...

 

—« ¡Qué brillantez! », dijo el abad, —« ¡qué claridad extraen algunas veces las mujeres de las simplicidades de sus impresiones y de las incertidumbres de su lenguaje...! »

 

Pero en seguida, y para sí, replicó:

 

—« ¡Mística sin Dios!... ¡Luminoso sinsentido!... ¡Y con qué prontitud expresado!. . Falsa claridad. . ¡Una mística sin Dios, señora, sólo es concebible para quien no posea una dirección o un sentido, y para quien, en fin, no vaya a ninguna parte!... ¡ ¿Por qué no un Hipogrifo, un Centauro?! »

 

—¿Por qué no una Esfinge, señor abad?

 

Por otra parte, es cristianamente reconocida en M. TESTE la libertad que me otorga para practicar mi fe y entregarme a mis devociones. Tengo absoluta licencia para amar y servir a Dios, y puedo felizmente repartirme entre mi Señor y mi querido esposo.

 

M. Teste solicita algunas veces que le hable de mis oraciones, que le explique lo más exactamente que pueda cómo penetro, me aplico y me apoyo en ellas; quiere saber si me concentro en ellas tan sinceramente como lo muestro. Pero apenas he comenzado a buscar las palabras en mi memoria, él se anticipa, se interroga a sí mismo y, poniéndose prodigiosamente en mi lugar, me dice tales cosas acerca de mis rezos, hace tales precisiones sobre ellos, que los ilumina, de alguna manera los reúne en su secreta elevación —¡y que sea él quien me transmita la disposición y el deseo de ellos...!

 

Hay en su lenguaje no sé qué poder de hacer y ver y comprender lo que poseemos de más oculto... Y, sin embargo, son los suyos propósitos humanos, sólo humanos; ¡no son sino formas muy íntimas de la fe reconstituida por artificio y articulada maravillosamente a través de un espíritu de profundidad y audacia incomparables! Se diría que ha explorado fríamente el alma fervorosa...

 

Pero él queda despavorido ante esta recomposición de mi corazón ardiente y de su fe, de su esencia que es esperanza. No hay ni un grano de esperanza en todos los fundamentos de M. Teste, y ello se debe a que encuentro un cierto malestar en ese ejercicio de su poder.

 

Poco más puedo decirle hoy. No le pido que me excuse por haber escrito tan extensamente, ya que usted así me lo había solicitado y me confiesa una avidez insaciable por conocer todos los hechos y gestos de su amigo. Sin embargo, es preciso acabar.

 

Es hora del paseo diario. Me pondré el sombrero. Caminaremos  pausadamente por las callejuelas pedregosas y tortuosas de esta vieja ciudad que usted ya conoce. Vamos, en fin, a donde a usted le gustaría ir si estuviera aquí, a ese antiguo jardín donde toda la gente con reflexiones, desvelos y monólogos acude por la tarde, como el agua desciende al río, y se reencuentran necesariamente.

 

Son sabios, amantes, ancianos, desengañados y sacerdotes, todos los ausentes posibles, y de todo género. Se diría que buscan sus mutuos olvidos. Debe gustarles verse sin conocerse, y sus amarguras separadas están acostumbradas a encontrarse. Uno arrastra su enfermedad, otro es presa de su angustia; son sombras que huyen; pero no hay ningún otro lugar para huir de allí que éste, donde la misma idea de la soledad atrae irresistiblemente a cada uno de todos esos seres absortos. Llegaremos en seguida a ese lugar digno de los muertos. Es una ruina botánica. Estaremos allí poco antes del crepúsculo. Véanos, caminando despacio, entregados al sol, a los cipreses, al canto de los pájaros. El viento es frío al sol; el cielo, demasiado bello, a veces me oprime el corazón. Toca a misa la catedral escondida. Aquí y allá, hay estanques circulares y alzados que me llegan a la cintura. Están llenos hasta el brocal de un agua negra e impenetrable sobre la que flotan las enormes hojas de la Nymphea Nelumbo, y las gotas que se aventuran sobre estas hojas ruedan y brillan como mercurio. M. Teste se distrae con esas gruesas gotas vivas, o bien se desplaza lentamente entre las amelgas de etiquetas verdes donde los especímenes del reino vegetal están más o menos cultivados. Goza de este orden bastante ridículo y se complace en deletrear nombres barrocos: Antirrhinum Siculum ¡ ¡Solanum Warscewiezii! !

 

O este Sisymbriifolium; ¡qué jerga!... ¡ ¡Y los Vulgare, y los Asper, y los Palustris, y los Sinuata, y los Flexnosum, y los Proealtum! !

 

— Es un jardín de epítetos, dijo el otro día; jardín diccionario y cementerio...

 

Y tras una pausa, se dijo: « Morir doctamente. . Transiit clas ificando»

 

 

Reciba, señor y amigo, nuestro agradecimiento y nuestros mejores recuerdos.

 

 

ÉMILE TESTE

 


 

 

 

[ Fragmento de: Paul Valéry, “Monsieur Teste” ]

 

*


miércoles, 17 de mayo de 2023

 

[ 383 ]

 

MONSIEUR TESTE

Paul Valéry

 

[ 05 ]

 

 

CARTA DE MADAME ÉMILIE TESTE

 

 

Señor y amigo,

 

Le agradezco su envío y la carta que ha escrito a Monsieur Teste. Estoy convencida de que la piña y las mermeladas no le han desagradado; estoy segura de que los cigarrillos le han gustado. En cuanto a la carta mentiría si dijera algo acerca de ella. Se la he leído a mi marido y no la ha entendido. Sin embargo, le confieso que he extraído de ella cierto deleite. Las cosas abstractas o demasiado elevadas para mí no me impiden comprender; le encuentro un encanto casi musical. Hay una parte hermosa del alma que puede gozar sin comprender y ésta es grande dentro de mí.

 

He leído, pues, su carta a M. Teste. Ha escuchado mi lectura sin mostrar lo que de ella pensaba ni lo que pensó de su contenido. Usted sabe que no lee casi nada con sus propios ojos, de los que hace un raro uso y como interior. Me equivoco; quiero decir un uso particular. Pero esto no es todo. No sé cómo expresarme; digamos un uso a la vez interior y particular..., y ¡ ¡universal! ! Sus ojos son muy hermosos; me gustan por ser más grandes que todo lo que de visible existe. Nunca se sabe si se le escapan por cualquier cosa o bien si, al contrario, el mundo entero no representa para ellos más que un simple detalle de todo lo que ven, una mosca voladora que puede obsesionar pero que no existe. Querido señor, desde que estoy casada con su amigo jamás he podido cerciorarme de sus miradas. El objeto en el que se fijan es quizá el propio objeto que su espíritu quiere reducir a la nada.

 

Nuestra vida sigue siendo la que usted ya conoce: la mía nula y útil; la suya llena de hábitos y ausencia. No es que no se despierte ni reaparezca, cuando quiere, terriblemente vivo. Me gusta así. Es fuerte y de repente temible. La máquina de sus actos monótonos estalla; su rostro se ilumina, dice cosas que no entiendo más que a medias, pero que ya no se borran de mi memoria. Pero no quiero ocultarle nada, o casi nada: A veces es muy duro. Yo no creo que nadie pueda serlo como él. Te destroza el ánimo con una palabra, y me veo como la vasija abandonada que el alfarero arroja a los desechos. Es duro como un ángel, señor. No tiene conciencia de su fuerza: tiene palabras inesperadas que son demasiado ciertas, que anonadan a las personas, las descubre en plena estupidez, frente a ellas mismas, completamente atrapadas por ser lo que son y por vivir tan naturalmente de frivolidades. Vivimos a gusto, cada uno en su estupidez, como peces en el agua, y jamás nos damos cuenta sino accidentalmente de todas las estupideces que contiene la existencia de una persona razonable. Jamás pensamos que lo que pensamos oculta lo que somos. Espero, señor, que valgamos más que todos nuestros pensamientos y que nuestro más grande mérito ante Dios sea haber intentado detenernos ante algo más sólido que la charlatanería incluso admirable de nuestro espíritu consigo mismo.

 

De otra parte, M. Teste no tiene necesidad de hablar para rendir a una humildad y a una simplicidad casi animal a las personas que lo rodean. Su existencia parece anular a los demás, e incluso sus manías hacen reflexionar.

 

Pero no crea que es siempre difícil ni pesado. ¡Si usted supiera, señor, qué distinto puede ser! En efecto, es duro a veces; pero en otros momentos se adorna con una exquisita y sorprendente dulzura que parece descender de los cielos. Su sonrisa es un regalo misterioso e irresistible, y su rara ternura es una rosa de invierno.

 

No obstante, es imposible prever su docilidad y sus violencias. Es inútil esperar el rigor o la indulgencia; frustra, por su profunda distracción y por el orden impenetrable de sus pensamientos, todos los cálculos ordinarios que hacen los humanos acerca del carácter de sus semejantes. Mis halagos, mis favores, mis desvelos, mis pequeños errores, nunca sé lo que obtendrán de M. Teste.

 

 

Pero le confieso que nada me ata más a él que la incertidumbre de su humor. Después de todo, soy muy feliz por no comprenderlo demasiado, por no adivinar cada día, cada noche, cada momento inmediato de mi paso por la tierra. Mi alma tiene más necesidad de ser sorprendida que de cualquier otra cosa. La espera, el riesgo, algo de duda, la exaltan y la vivifican más que lo haría la posesión de la verdad. Creo que esto no está bien, pero soy así, a pesar de los reproches que me hago. Me he confesado más de una vez de haber pensado que prefería creer en Dios antes que verlo en plena gloria y he sido censurada. Mi confesor me ha dicho que era una majadería más que un pecado.

 

Perdóneme por escribirle acerca de mi pobre existencia cuando usted sólo desea saber algunas noticias de quien tan vivamente le interesa. Pero yo soy algo más que el testigo de su vida; soy una pieza de ella y una especie de órgano, aunque no esencial. Como marido y mujer que somos, nuestras acciones están acomodadas al matrimonio, y nuestras necesidades temporales bastante bien ajustadas, a pesar de la inmensa e indefinible diferencia de nuestros caracteres. Estoy, pues, obligada a hablarle incidentalmente de la que le habla de él. ¿Tal vez usted tiene un mal concepto de cuál es mi condición junto a M. Teste y cómo me las arreglo para pasar mis días en la intimidad de un hombre tan original, de encontrarme tan próxima y tan alejada de ella?

 

Las mujeres de mi edad, mis amigas verdaderas o aparentes, están asombradísimas de verme, de que parezca tan bien hecha para una existencia como la suya y siendo bastante agradable —nada indigna de un destino comprensible y simple— aceptar una posición que ellas de ningún modo pueden figurarse en la vida de semejante hombre, cuya reputación de extravagante les choca y les escandaliza. No saben que el más pequeño afecto de mi querido esposo es mil veces más preciado que todas las caricias de los suyos.

 

 

¿Qué es su amor, que se imita y se repite, que desde hace tiempo ha perdido todo lo que hace que las más ligeras caricias estén cargadas de sentido, de riesgo y de fuerza, que la sustancia de una voz sea el único alimento de nuestra alma y que, en fin, todas las cosas sean más bellas, más significativas —más luminosas o más siniestras, más importantes o más vanas— según el solo presentimiento de lo que sucede en una persona cambiante que se nos vuelve misteriosamente esencial?

 

Mire, señor, es necesario no entender de placeres para desear separarlos de la ansiedad. Por ingenua que sea, sé lo que las voluptuosiades pierden al estar sujetas y acomodadas a los hábitos domésticos. Un abandono, una posesión que se corresponden, crecen infinitamente, creo, si se ignora su proximidad. Esta suprema certeza debe surgir de una suprema incertidumbre y revelarse como la catástrofe de un cierto drama cuyo desarrollo y comportamiento desde la calma hasta la extrema amenaza del desenlace tendríamos dificultad en recordar.

 

Felizmente —o no— jamás estoy segura de los sentimientos de M. Teste hacia mí; y esto me importa menos de lo que usted creería. Extrañamente casada como estoy, lo estoy con conocimiento de causa. Sabía que las grandes almas no crean una familia más que por accidente, o bien lo hacen para construirse una alcoba tibia donde lo que de mujer puede caber en su sistema de vida sea siempre embargable y esté siempre recluido. ¡No es detestable ver aparecer el suave brillo de un hombro purísimo entre dos pensamientos...! Los caballeros son así, incluso profundos.

 

No digo esto por M. Teste. ¡Es tan extraño! ¡En verdad, no puede decirse nada de él que no sea inmediatamente inexacto! Yo creo que tiene demasiada cohesión en sus ideas. Te extravía de repente en una trama que él sólo sabe tejer, romper, continuar.

 

Prolonga en sí mismo hilos tan frágiles que no resisten su delgadez más que por el auxilio y la armonía de toda su pujanza vital. Los estira sobre no sé qué laberintos personales, y se aventura, sin duda, bastante lejos del tiempo ordinario, en algún abismo de dificultades. ¿Me pregunto lo que llega a ser en ese abismo? Está claro que en esos apuros ya no se es uno mismo. ¡Nuestra humanidad no puede seguirnos hacia luces tan alejadas. Su alma sin duda se fabrica una planta singular cuya raíz, y no la fronda, crecería, contra natura, hacia la claridad!

 

¿No es esto asomarse fuera del mundo? ¿Encontrará la vida o la muerte en el límite de sus atentas voluntades? ¿Será esto Dios, o alguna espantosa sensación de no encontrar en lo más hondo del pensamiento, más que el pálido resplandor de su propia y miserable materia?

 

¡Es necesario haberlo visto en esos excesos de ausencia! En esos momentos su fisonomía se altera —¡se borra! Un poco más de esa absorción y estoy segura de que se volvería invisible.

 

¡Pero cuando vuelve de la profundidad! ¡Parece descubrirme como a una tierra nueva! Le parezco desconocida, nueva, necesaria.

 

Me apresa ciegamente en sus brazos como si yo fuera una roca de vida y de presencia real donde ese gran genio incomunicable se estrellaría, conmovería, se aferraría de golpe, ¡después de tantos inhumanos y monstruosos silencios! Retumba sobre mí como si fuera la tierra misma. Se despierta en mí, se reencuentra en mí,

 

¡qué felicidad!

 

Su cabeza pesa en mi cara y soy presa de toda la fuerza de sus nervios. Tiene en las manos un vigor y una presencia enormes.

 

Me siento presa de un escultor, de un médico, de un asesino, sometida a sus acciones precisas y brutales, y me veo con terror caída entre las garras de un águila intelectual. ¿Le diría a usted todo lo que pienso? Imagino que no sabe exactamente lo que hace, lo que modela.

 

Todo su ser, que estaba concentrado en un determinado lugar de los límites de la consciencia, acaba de perder su objetivo ideal, ese objetivo que existe y que no existe, pues sólo depende de un poco más o un poco menos de esfuerzo. Esto era una pequeña parte de toda la energía de un gran cuerpo para sostener ante el espíritu el instante de diamante que es al mismo tiempo la idea, la Cosa, el umbral y el fin. Pues bien, cuando este esposo extraordinario me captura y en cierto modo me adiestra, y me imprime sus fuerzas, tengo la impresión de que soy sustituida por ese objetivo de su voluntad que acaba de perder. Soy como el juguete de un musculoso conocimiento. Se lo cuento como soy capaz de hacerlo. La verdad que él esperaba ha tomado mi fuerza y mi resistencia viva; y por medio de una trasposición completamente inefable, sus voluntades interiores pasan, se descargan en sus manos duras y determinadas. Son momentos muy difíciles. ¿Qué hacer entonces? Me refugio en mi corazón, en el cual lo amo a mi antojo.

 

En cuanto a sus sentimientos hacia mí, en cuanto a la opinión que él puede tener de mí misma, son cosas que ignoro, del mismo modo que ignoro de él todo lo que no se ve o se oye.

 

Le he dicho anteriormente mis suposiciones, pero no sé verdaderamente en qué pensamientos o combinaciones pasa tantas horas.

 

Yo permanezco en la superficie de la vida; me abandono al curso de los días. Me digo que soy la sirvienta del instante incomprensible en que mi matrimonio se decidió en sí mismo. ¿Instante quizá adorable, sobrenatural quizá?...

 

(continuará)

 

 

 

 

[ Fragmento de: “Monsieur Teste”. Paul Valéry ]

 

*

viernes, 27 de enero de 2023

 

[ 328 ]

 

MONSIEUR TESTE

Paul Valéry

 

[ 04 ]

 

 

(…) A menudo no distingo ya mi pensamiento frente al sueño. No sé si he dormido. Hace años, en mi sopor, pensaba en todo lo que me había proporcionado placer, figuras, cosas, minutos. Los hacía llegar para que el pensamiento fuera lo más dulce posible, fácil como el lecho... Soy viejo. Puedo mostrarle que me siento viejo...

 

 

¡Recuerde! Cuando se es niño se descubre, se descubre lentamente el espacio del cuerpo, se expresa la particularidad del cuerpo por medio de una serie de esfuerzos, ¿no cree? ¡Se tuerce y se encuentra o se reencuentra y se sorprende! ¡Se toca el talón, se coge el pie derecho con la mano izquierda, se sujeta el pie frío en la palma de la mano caliente...! Ahora me sé de memoria. También el corazón.

 

¡Bah!, toda la tierra está limitada, todos los territorios están cubiertos por todas las banderas. Queda mi cama. Me gusta esta corriente de sueño y de ropa blanca que se estira y se arruga, o se estruja — que cae como arena sobre mí cuando hago el muerto, que se coagula a mi alrededor durante el sueño... Es una mecánica bastante compleja. En el sentido de la trama o de la cadena, una deformación muy pequeña... ¡Ah!

 

Sufrió.

 

«¿Pero qué le sucede?», le dije; «Puedo...»

«No me sucede nada importante. Dispongo de una décima de segundo que se muestra. . Espere. . Hay instantes en que mi cuerpo se ilumina... Es muy curioso. De repente me veo en él... distingo las profundidades de las capas de mi carne, y noto zonas de dolor, anillos, polos, crestas de dolor. ¿Ve esas figuras vivas? ¿Esa geometría de mi sufrimiento? Existen esos relámpagos que se parecen completamente a ideas. Hacen comprender —desde aquí hasta al á...— y, sin embargo, me dejan incierto. Incierto no es la palabra... Cuando eso va a llegar, encuentro en mí algo de confuso o de difuso. Se forman en mi ser lugares... brumosos, hay extensiones que hacen su aparición. Entonces, tomo de mi memoria una incógnita, un problema cualquiera... Me hundo en él. Cuento granos de arena... y, en cuanto los veo... —Mi dolor creciente me fuerza a observarlo. ¡Pienso en ello!. Sólo espero mi grito... y desde que lo he oído —el objeto, el terrible objeto, volviéndose más pequeño, y aún más pequeño— se oculta a mi vista interior...

 

«¿Qué puede un hombre? Combato todo —excepto el sufrimiento de mi cuerpo— más allá de una cierta grandeza. Es ahí, no obstante, donde debería comenzar, ya que sufrir es prestar a algo una suprema atención, y yo soy un poco un hombre de atención... Sepa que había previsto la futura enfermedad. Había meditado con precisión sobre lo que todo el mundo está seguro.

 

Creo que esta visión sobre una porción evidente del porvenir debería formar parte de la educación. Sí, había previsto lo que ahora comienza. Era, entonces, una idea como las otras. De este modo, he podido seguirla.»

 

Se calmó. Se plegó sobre el costado, cerró los párpados y, pasado un minuto, hablaba de nuevo. Comenzaba a perderse. Su voz no era más que un murmullo en la almohada. Su mano enrojecida dormía ya.

 

Aún decía: «Pienso, y pensar no molesta. Estoy solo. ¡Qué confortable es la soledad! Nada dulce me pesa... La misma ilusión aquí que en el camarote del buque, la misma en el café Lambert...

 

Los brazos de una Berta sí adquieren importancia, estoy atrapado —como por el dolor... El que me habla —si no lo demuestra— es un enemigo. Prefiero el estallido que produce el hecho más insignificante. Soy estando, y viéndome; viéndome verme, y así sucesivamente... El sueño continúa cualquier idea...»

 

Roncaba despacio. Un poco más despacio, cogí la vela, salí con sigilo…

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: Paul Valéry /  “Monsieur Teste” ]

 

*

 


viernes, 11 de noviembre de 2022


[ 277 ]

 

MONSIEUR TESTE

Paul Valéry

 [ 03 ]

 

 

(…) Yo miraba ese cráneo que armonizaba con los ángulos del capitel, esa mano derecha que se refrescaba en las doraduras, y, en la sombra púrpura, los grandes pies. Desde el fondo de la sala sus ojos giraron hacia mí; su boca dijo: «la disciplina no es mala... Es un comienzo...»

 

No supe responder. Dijo con su voz baja y apresurada: «¡Que gocen y obedezcan!»

 

Miró fijamente a un joven que se encontraba enfrente de nosotros, después a una señora, luego a un grupo en las galerías superiores —desbordando la barandilla cinco o seis rostros ardientes— y, por fin, a toda la gente, a todo el teatro, abarrotado como los cielos, ardiente, fascinado por la escena que nosotros no veíamos.

 

La estupidez de los demás nos revelaba que sucedía algo sublime.

 

Veíamos desaparecer la luz que componían todas las figuras en la sala. Y cuando era muy tenue, cuando la luz ya no brillaba, no quedó más que la vasta fosforescencia de esas mil figuras. Comprobé que este crepúsculo volvía pasivos a todos esos seres. Su atención y la oscuridad crecientes establecían un equilibrio continuo. Yo mismo estaba atento forzosamente a toda esa atención.

 

M. Teste dijo: «Lo supremo simplifica. Apuesto a que todos piensan, progresivamente, hacia lo mismo. Serán iguales ante la crisis o límite común. Por lo demás, la ley no es tan simple... puesto que la ley me ignora —y— yo estoy aquí.»

 

Añadió: «La claridad los mantiene.» Dije riendo: «¿Usted también?»

 

Respondió: «Usted también.»

 

—«¡Qué buen dramaturgo sería usted!», le dije, «¡parece observar alguna experiencia creada en los confines de todas las ciencias! Quisiera ver un teatro inspirado en sus meditaciones...»

 

Dijo: «Nadie medita.»

 

Los aplausos y la luz completamente encendida nos atraparon. Circulamos, descendimos. Los transeúntes parecían libres. M. Teste protestaba ligeramente del frescor de la medianoche. Hizo alusión a antiguos dolores.

 

Caminábamos y se le escapaban frases casi incoherentes. A pesar de mis esfuerzos sólo a duras penas seguía su conversación, limitándome a retenerla. La incoherencia de un discurso depende de quién lo escucha. El talento me parece estar hecho de tal manera que no puede ser incoherente por sí mismo. También me he cuidado de no clasificar a Teste entre los locos. Por otra parte, percibía vagamente la conexión de sus ideas, no apreciaba en ellas ninguna contradicción; después de todo, las hubiera reducido a una solución demasiado simple.

 

Íbamos por las calles sosegadas por la noche, girábamos en las esquinas, en el vacío, encontrando instintivamente el camino —más ancho, más estrecho, más ancho. Su paso militar se sometió al mío.

 

—«Sin embargo», respondí, «¡cómo sustraerse a una música tan poderosa! ¿Y por qué? Encuentro en ella un particular entusiasmo, ¿debo desdeñarla? Veo en ella la ilusión de un inmenso trabajo que, de súbito, se tornaría posible... Me proporciona sensaciones abstractas, formas deliciosas de todo lo que amo —cambio, movimiento, mezcla, flujo, transformación... ¿Negaría usted que existen cosas anestésicas? Árboles que emborrachan, hombres que dan fuerza, muchachas que paralizan, cielos que tajan la palabra?»

 

M. Teste contestó bastante alto:

 

—«¡Un momento, señor!, ¡qué me importa el talento de sus árboles –y el de los otros!– Estoy en MI casa, hablo mi idioma, odio las cosas extraordinarias. Esa es una necesidad de espíritus débiles. Créame al pie de la letra: el genio es fácil, la divinidad es fácil... Quiero decir simplemente que sé cómo se concibe todo eso. Es fácil.»

 

[ La edición de 1946 suprime, entre «el genio es fácil» y «la divinidad es fácil», el sintagma «la fortuna es fácil», que sí aparecía en la edición de 1929]

 

 

«En otro tiempo —por lo menos hace veinte años—, todo lo que estaba por encima de lo ordinario realizado por otro hombre me resultaba un fracaso personal. En el pasado, no veía más que ideas que me habían robado. ¡Qué tontería! ¡Decir que nuestra propia imagen no nos es indiferente! En los combates imaginarios, la tratamos demasiado bien o demasiado mal...»

 

Tosió. Se preguntó: «¿De qué es capaz un hombre?... ¡De qué es capaz un hombre!...» Me dijo: «¡Conoce usted a un hombre sabiendo que no sabe lo que dice!»

 

Estábamos en el portal. Me pidió subir a fumar un cigarro a su casa. En lo alto de la casa, entramos en un pequeño apartamento «amueblado». No vi ni un libro. Nada indicaba el habitual trabajo ante una mesa, bajo una lámpara, en medio de papeles y plumas. En la habitación verdosa, que olía a menta, no había alrededor de la vela más que un sombrío mobiliario abstracto —la cama, el reloj de pared, el armario con espejo, dos sillones— como entes de razón. Sobre la chimenea, algunos periódicos, una docena de tarjetas de visita llenas de cifras, y un frasco de botica. Jamás he tenido tan fuertemente la impresión del cualquiera. Era la vivienda cualquiera, análoga al punto de cualquiera de los teoremas —y quizá tan útil. Mi huésped existía en el interior más general.

 

Pensaba en las horas que pasó en ese sillón. Tuve miedo de la infinita tristeza posible en ese lugar banal y puro. He vivido en parecidas habitaciones, jamás he podido creerlas definitivas sin horror.

 

M. Teste habló de dinero No sé reproducir su especial elocuencia: me parecía menos precisa que habitualmente. La fatiga, el silencio que se fortalecía con la hora, los cigarros amargos, el abandono nocturno parecían alcanzarlo. Escucho su voz tenue y ralentizada que hacía bailar a la llama de la única vela encendida entre nosotros a medida que enumeraba cifras enormes, con lasitud.

 

Ochocientos diez millones setenta y cinco mil quinientos cincuenta. Escuchaba esa misma música inaudita sin seguir el cálculo. Me comunicaba el temblor de la Bolsa, y las largas series de nombres de números me arrebataban como un poema. Aproximaba los acontecimientos, los fenómenos industriales, el gusto público y las pasiones, las cifras incluso, las unas a las otras. Decía:

 

«El oro es como el espíritu de la sociedad.»

 

De repente, calló. Sufrió.

 

Yo examinaba de nuevo la habitación fría, la inutilidad del mobiliario, para no mirarlo. Cogió su botellita y punto. Me levanté para salir.  No se vaya todavía», dijo. «No se canse. Voy a acostarme. En un instante estaré dormido. Usted cogerá la vela para bajar.»

 

Se desnudó tranquilamente. Su cuerpo seco se bañó en las sábanas e hizo el muerto. En seguida se dio la vuelta y se hundió más todavía en la cama demasiado corta. Me dijo sonriendo: «Hago el muerto. ¡Floto!... Siento un imperceptible balanceo debajo, ¿un movimiento inmenso? Duermo una hora o dos todo lo más, yo que adoro la navegación de la noche…

 

(continuará)

 

 

[ Fragmento de: Paul Valéry, “Monsieur Teste” ]

 

*

viernes, 23 de septiembre de 2022

 

 

[ 237 ]

 

MONSIEUR TESTE

Paul Valéry

 [ 02 ]

 

 

 

M. Teste carecía de opinión. Creo que se apasionaba a su gusto y para conseguir un objetivo definido. ¿Qué había hecho de su personalidad? ¿Cómo se veía? Jamás reía, nunca un gesto de infelicidad en su rostro. Odiaba la melancolía.

 

Hablaba y te identificabas con su idea, confundido con las cosas: te sentías marginado, mezclado con las casas, con las amplitudes del espacio, con el colorido revuelto de la calle, con los rincones... Y las palabras más hábilmente conmovedoras —las mismas que nos acercan al autor más que a ningún otro hombre; las que hacen creer que cae el muro eterno que separa a las inteligencias—, podían salir de él... Sorprendentemente sabía que hubieran conmovido a cualquier otro. Hablaba, y sin poder precisar los motivos ni el alcance de la proscripción, se constataba que un gran número de palabras era desterrado de su discurso. Estas palabras, de las que se servía, eran a veces tan curiosamente sostenidas por su voz o aclaradas por la frase que su peso se alteraba, su valor se renovaba. A veces perdían todo su significado y parecían únicamente rellenar un lugar vacío cuyo término destinatario era incluso dudoso o imprevisto por la lengua. Yo lo he escuchado designar un objeto material a través de un grupo de palabras abstractas y nombres propios.

 

Nada había que responder a lo que decía. Destruía el consentimiento cortés. Se prolongaban las conversaciones por medio de saltos, y no se extrañaba. Si este hombre hubiera cambiado el objetivo de sus cerradas meditaciones, si hubiera vuelto contra el mundo la ordenada fortaleza de su talento, nada le hubiera resistido. Lamento hablar de él como se habla de aquéllos a los que se les izan pedestales. Sobradamente sé que entre el «genio» y él hay un determinado grado de debilidad. Él ¡tan verdadero!, ¡tan nuevo!, ¡tan limpio de cualquier engaño y de cualquier prodigio, tan duro! Mi propio entusiasmo me lo corrompe...

 

¿Cómo no entusiasmarme con quien nada vago decía? ¿Con quien con calma declaraba: «Yo sólo valoro en las cosas la facilidad o la dificultad de conocerlas, de realizarlas. Pongo extremo cuidado en medir ambos grados de facilidad o dificultad, y en no esclavizarme... Y qué importa lo que ya conozco profundamente?».

 

¿Cómo no abandonarme a un ser cuyo espíritu parecía transformar para sí solo todo lo que es, y que operaba todo lo que le era propuesto? Interpretaba ese espíritu manejando y mezclando, modificando, poniendo en comunicación, pudiendo separar y desviar, aclarar, desvirtuar esto, enfatizar aquel o, ahogar, exaltar25, nombrar lo que no tiene nombre, olvidar lo que quería, adormecer o colorear esto y aquello...

 

Estoy simplificando groseramente propiedades impenetrables.

 

No me atrevo a decir todo lo que mi protagonista me dicta. La lógica me detiene. Pero, en mi interior, siempre que propongo el problema de Teste aparecen extrañas formaciones.

 

Hay días que lo encuentro muy claramente. Está representado en mi recuerdo, a mi lado. Respiro el humo de nuestros cigarros, lo escucho. Desconfío. A veces, la lectura de un periódico me hace topar con su pensamiento, cuando en ese momento un acontecimiento lo justifica. E intento incluso algunas de esas experiencias ilusorias que me deleitaban durante la época de nuestras veladas.

 

Es decir, que me lo figuro haciendo lo que yo no le he visto hacer.

 

¿En qué se convierte M. Teste sufriendo? Enamorado, ¿cómo reflexiona? ¿Estará triste? ¿De qué tendría miedo? ¿Qué es lo que le haría temblar?... Buscaba. Mantenía íntegra la imagen del hombre riguroso, procuraba hacerla responder a mis preguntas... se alteraba.

 

Ama, sufre, se aburre. Todo el mundo se imita. Pero en el suspiro, en el lamento elemental deseo que mezcle las reglas y las figuras de todo su espíritu.

 

Esta noche hace precisamente dos años y tres meses que estuve con él en el teatro, en un palco prestado. Hoy he pensado en ello.

 

Vuelvo a verlo de pie con la columna dorada de la Ópera, juntos.

 

Él sólo miraba la sala. Aspiraba una gran bocanada ardiente, próximo a la concha del apuntador. Estaba congestionado.

 

Una inmensa estatua de cobre nos separaba de un grupo que murmuraba con mucho más que asombro. Tras el humo brillaba un fragmento desnudo de mujer suave como un guijarro. Muchos abanicos independientes vivían en el mundo sombrío y claro haciendo espumear incluso a las luces del techo. Mi mirada deletreaba mil pequeñas figuras, caía sobre una cabeza triste, corría sobre brazos, sobre la gente y al fin ardía.

 

Cada uno estaba en su sitio, liberado del más insignificante movimiento. Yo analizaba el sistema de clasificación, la simplicidad casi teórica del auditorio, el orden social. Tenía la deliciosa sensación de que todo lo que respiraba dentro de ese cubo iba a seguir sus propias leyes, encenderse de risa a grandes círculos, agitarse en planchas, debilitarse en masas de cosas íntimas — únicas—, de trastornos secretos, ¡elevarse a lo inconfesable! Erraba entre esos pisos de hombres, de fila en fila, por órbitas, con la fantasía de juntarse idealmente entre ellos, padeciendo todos la misma enfermedad o la misma teoría, o el mismo vicio... Una música nos conmovía a todos, crecía, luego disminuía.

 

Desapareció. M. Teste murmuraba: «¡No se es bello, no se es extraordinario sino para los otros! ¡ Ellos son devorados por los otros!»

 

La última palabra salió del silencio que ejecutaba la orquesta.

 

Teste respiró. Su rostro inflamado donde soplaban el calor y el color, sus anchas espaldas, su ser negro dorado por las luces, la forma de todo su conjunto vestido, sostenido por la gruesa columna me reprimieron. No perdía un átomo de todo lo que se volvía sensible, a cada instante, en esa dimensión roja y oro…

 

(continuará)

 

 

[ Fragmento de: “Monsieur Teste” / Paul Valéry  ]

 

*


viernes, 2 de septiembre de 2022

 

[ 221 ]

 

Monsieur Teste

Paul Valéry

 

 

 

VELADA CON MONSIEUR TESTE

 

Vita Cartessii est simplicissima...

 

La ignorancia no es mi fuerte. He conocido a muchas personas, he visitado algunos países, he tomado parte en empresas diversas sin apetecerme, he comido casi todos los días, he tenido relación con mujeres. Recuerdo ahora varios centenares de rostros, dos o tres grandes espectáculos, y quizá la esencia de veinte libros.

 

No he retenido ni lo mejor ni lo peor de estas cosas: ha quedado lo que ha podido.

 

Esta aritmética me ahorra la sorpresa de envejecer. Podría también hacer un recuento de los momentos triunfales de mi espíritu, e imaginarlos juntos y soldados, componiendo una vida feliz... Pero creo haberme juzgado siempre bien. Raramente me he perdido de vista; me he detestado, me he adorado —después, hemos envejecido juntos.

 

Con frecuencia suponía que todo había acabado para mí, y me consumía con todas mis fuerzas ansioso de agotar, de aclarar alguna situación dolorosa. ¡Esto me ha permitido conocer que con demasiada frecuencia consideramos nuestro propio pensamiento según la expresión del de los otros! Desde entonces, los miles de palabras que han zumbado en mis oídos raramente me han conmovido por el significado que querían otorgarles, y todas las que yo he dirigido a los demás las he sentido distinguirse siempre de mi pensamiento, pues llegaban a ser invariables.

 

Si hubiera decidido como la mayor parte de los hombres no sólo me hubiera creído su superior, sino que lo habría parecido.

 

Me he preferido. Lo que ellos llaman un ser superior es un ser que se ha equivocado. Para admirarlo es necesario verlo —y para ser visto es preciso que se muestre. Y me demuestra que la estúpida manía de su nombre lo posee. Así, pues, cada gran hombre lleva encima la tara de un error. Cada talento que vemos poderoso comienza en el error que lo induce a conocer. A cambio de la gratificación pública, ese talento proporciona el tiempo suficiente para volverse perceptible, la energía malgastada en transmitirse y en disponer la satisfacción ajena. Llega incluso a comparar los juegos informes de la fama con el gozo de sentirse único —gran voluptuosidad particular.

 

Pensé entonces que las mentes más preparadas, los inventores más sagaces, los más exactos conocedores del pensamiento debían ser desconocidos, avaros, hombres que mueren sin confesar. Su existencia me era revelada por la de los individuos brillantes, un poco menos sólidos.

 

La inducción era tan fácil que veía en ella a cada instante cómo se iba formando. Bastaba imaginar a los grandes hombres ordinarios, limpios de su primer error, o apoyarse en ese error incluso para concebir un grado de conciencia más elevado, un sentimiento de la libertad de espíritu menos grosero. Una operación tan simple me evitaba dilataciones indiscretas, como si hubiera buceado en el mar. Perdidas en la brillantez de descubrimientos publicados, pero junto a invenciones ignoradas que el comercio, el miedo, el aburrimiento, la miseria realizan cada día, creía descubrir obras maestras interiores. Me divertía en extinguir la historia conocida bajo los anales del anonimato.

 

Eran invisibles en sus vidas límpidas, solitarios que sabían antes que los demás el mundo. Me parecían doblar, triplicar, multiplicar en la oscuridad a cada persona célebre —ellos, ofreciendo con desdén su suerte y sus resultados particulares. Hubieran rehusado, a mi pesar, considerarse otra cosa que cosas…

 

Estas ideas me invadían durante el mes de octubre del 93, en los momentos de ocio en que el pensamiento juega solamente a existir.

 

Comenzaba a no preocuparme más de ello cuando conocí a M. Teste (pienso ahora en las huellas que un hombre deja en el reducido espacio donde se mueve a diario). Antes de trabar amistad con M. Teste, me sentía atraído por su particular aspecto. Estudié sus ojos, su forma de vestir, las más insignificantes palabras sordas que dirigía al camarero del café donde lo veía. Me preguntaba si él se sentía observado. Apartaba rápidamente mi mirada de la suya para comprobar que la suya me seguía. Cogía los periódicos que él acababa de leer, reproducía mentalmente sus sobrios e incontrolados gestos; notaba que nadie le prestaba atención.

 

Nada de esto tenía yo que aprender cuando establecimos relación.

 

Sólo lo veía de noche. Una vez en una especie de b...; a menudo en el teatro. Me han dicho que vivía de mediocres operaciones semanales de bolsa. Comía en un pequeño restaurante de la calle Vivienne. Comía como si se purgase, con el mismo afán. A veces, se arreglaba con una comida pausada en otro lugar y punto.

 

M. Teste tenía tal vez cuarenta años. Su hablar era extraordinariamente rápido, y su voz sorda. Todo se diluía en él, los ojos, las manos. Sin embargo, tenía hombros militares, y el paso de una regularidad que sorprendía. Cuando hablaba jamás movía un brazo ni un dedo: había matado a su marioneta. No sonreía, no decía ni buenos días ni buenas noches; parecía no comprender el «¿Cómo está usted?».

 

Su memoria me hizo reflexionar. Los rasgos por los que yo podía juzgarla me hicieron imaginar una gimnástica intelectual sin par. Esto no era en él una facultad sobresaliente —era una facultad educada o transformada.

 

He aquí sus propias palabras:

 

«Hace veinte años que no tengo libros. He quemado también mis  escritos. Ignoro lo vivo... Retengo lo que quiero. Pero lo difícil no es esto ¡Lo difícil es retener aquello que querría mañana! He buscado un tamiz maquinal...»

 

A fuerza de pensar en ello, he acabado por creer que M. Teste había llegado a descubrir leyes del espíritu que los demás ignoramos.

 

Seguramente debió de consagrar años enteros a esa búsqueda: con toda seguridad habría empleado muchos años más en madurar sus ideas y verter en ellas sus instintos. Encontrar no es nada. Lo difícil es incorporar lo que se encuentra.

 

El delicado arte de la duración, el tiempo, su distribución y su régimen —su empleo en cosas cuidadosamente escogidas para educar sus límites y su mecanismo. ¡Cuánto debió pensar en su propia manejabilidad!

 

Entreveía sentimientos que me hacían vibrar, una terrible obstinación en experiencias embriagadoras. Era el ser absorto en su variación, el que se convierte en su sistema, el que se entrega completamente a la espantosa disciplina del espíritu libre y deja que sus placeres maten a sus placeres, el más débil al más fuerte, el más dulce, el transitorio, el del instante y el de la hora empezada al fundamental, a la esperanza del fundamental.

 

Y notaba que él era dueño de su pensamiento: escribo aquí esta estupidez. La expresión de un sentimiento es siempre estúpida…

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: Paul Valéry, “Monsieur Teste” ]

 

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