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CITAS EXÓTICAS, CITAS ABUSIVAS Y CITAS ACUMULABLES
Gabriel Zaid
CITAS EXÓTICAS
Los libros y artículos publicados en Nueva
York (o en París) citan sobre todo libros y artículos publicados en Nueva York
(o en París). Hay algo natural en que las metrópolis sean provincianas: el
desarrollo de una conversación creadora, la animación que le da vida, tiene
como centro una discusión local. Por el contrario, un signo claro de
subdesarrollo son las publicaciones que no citan autores locales, para no verse
provincianas. Muestran la altivez de Groucho Marx: “No me interesa pertenecer a
un club que acepte gente como yo”. Para el subdesarrollo, las discusiones
importantes son las que se siguen de lejos, como un espectáculo. Estar en la
periferia consiste precisamente en no estar en sí mismos, en creer que la
verdadera vida está en un centro remoto.
En 1832, Mariano José de Larra se quejaba
de la “Manía de citas y de epígrafes”, por su abundancia y extranjerismo:
“Desearíamos que, más celosos de nuestro orgullo nacional, no fuésemos por agua
a los ríos extranjeros, teniéndolos caudalosos en nuestra casa”. Julio Ramón
Ribeyro renueva esta doble queja en Prosas apátridas: “Un autor latinoamericano
cita 45 autores en un artículo de ocho páginas. He aquí algunos de ellos:
Homero, Platón, Sócrates, Aristóteles, Herácli-to, Pascal, Voltaire, William
Blake, John Donne, Shakespeare, Bach, Chestov, Tolstoi, Kierkegaard, Kafka,
Marx, Engels, Freud, Jung, Husserl, Einstein, Nietzsche, Hegel, Cervantes,
Malraux, Camus, etcétera”. Wilfrido Howard Corral (“El desmenuzamiento de la
autoridad de la cita y lo citado) toma como epígrafe la afirmación de Ribeyro,
la atenúa diciendo que esta obsesión se da en todas las literaturas y observa
algo importante: “Es solo recientemente que los latinoamericanos citan a los
latinoamericanos”.
Hay que decir también que el canon citable
varía de tiempo en tiempo y de lugar en lugar. La lista de Ribeyro está datada:
es como de 1950, antes de Sartre y el marxismo académico. Y, a la observación
de Corral habría que añadir que el fenómeno reciente se da a partir del boom
narrativo: a partir de que algunos latinoamericanos fueron publicados en
Barcelona, París, Nueva York. Y que tuvo antecedentes. En el primer boom, el de
la poesía modernista, los latinoamericanos se citaban.
En cambio, los académicos latinoamericanos
(que no han tenido un boom) citan devotamente a los más oscuros profesores
europeos y norteamericanos, ignorando a sus colegas nacionales o
latinoamericanos, ya no se diga a los simples escritores. Referirse a los
trabajos de las instituciones extranjeras donde obtuvieron su doctorado es una
forma de recordar dónde estuvieron y de vestirse con su autoridad.
Citan, traducen e invitan a sus profesores,
aplican sus métodos, sueñan en ser autorizados como sus representantes, a cargo
de una sucursal. Su máxima ambición es publicar donde ellos publican. Todo lo
cual es respetable, pero distinto de entablar una conversación local. El
milagro creador de la Academia platónica se hizo en griego, subiendo de nivel
la discusión de las circunstancias atenienses: fue local.
Hay que reconocer, sin embargo, qué difícil
y hasta imposible puede ser levantar el nivel de la conversación en una
comunidad embrutecida por los agobios de la supervivencia o la obsesión de la
abundancia. Hasta en las sociedades poderosas (no hay que olvidar que Esparta
tenía tanto poder como Atenas), puede haber condiciones poco favorables para la
libertad creadora. ¿Hubiera sido mejor que Rubén Darío se quedara en Metapa,
Joseph Conrad en Berdichev, Ezra Pound en Hailey, T.S. Eliot en San Luis? Pound
llegó a decir que era imposible hacer poesía importante en los Estados Unidos:
había que irse del país. Eliot llegó al extremo de hacerse súbdito británico. Conrad
fue más lejos aún: abandonó su lengua materna.
Una primera versión de The Waste Land de
Eliot tenía como epígrafe unas líneas de Conrad, con el juicio final de Kurtz
sobre su vida “civilizadora” en el Congo Belga (“¡The horror! ¡The horror!”,
Heart of Darkness, 1902). Sobre este epígrafe, Pound le escribe a Eliot
(24-XII-1921): “No sé si Conrad tenga peso suficiente para citarlo” (The Waste
Land. A Facsimile and Transcript of the Original Drafts Including the Annotations
of Ezra Pound). En la versión final, hay un epígrafe de peso completo: “Vi a la
Sibila en Cumas, con mis propios ojos, que estaba colgando de una botella, y
cuando los niños le preguntaban: Sibila, ¿qué quieres? Ella respondía: Quiero
morir”. El diálogo está citado en griego, lo demás en latín. No solo eso:
aunque The Waste Land se publicó con notas eruditas (cosa insólita en un
poema), su epígrafe no da crédito al autor, ni referencia al texto. Eliot
supone elegantemente que pertenece a un club donde todos saben latín y griego,
y reconocen de inmediato el pasaje 48 del libro XV del Satiricón de Petronio,
que describe la cena fastuosa y ridícula ofrecida por un millonario nuevo. Así,
sibilinamente, Eliot compara el Londres civilizador” del imperio británico con
la Roma de Nerón, y hace una sátira de sí mismo y de Pound como metecos. No se
puede pedir más para una cita exótica, ofrecida fastuosamente por un británico
nuevo.
Las citas exóticas de los periféricos
(provincianos o metecos) deben distinguirse de las citas exóticas
metropolitanas. Cuando Michel Foucault cita a Jorge Luis Borges, o Jürgen
Habermas cita a Octavio Paz, no hacen ostentación de familiaridad con los
clásicos. Se ostentan como admirables Marcopolos
que han ido al fin del mundo y vuelven cargados de tesoros. Citar a los
clásicos es nada, frente a las citas de libros o documentos que no conocen ni
los especialistas: de autores exóticos, de culturas remotas, de lenguas
abstrusas. Miguel de Unamuno cuenta, en alguna parte, que tuvo fascinación por
los grandes tomos ilustrados de México a través de los siglos, traídos por su
padre de Tepic (donde fue panadero), y que hasta soñó con aprender náhuatl:
“Eso sí que sería darse pisto. Cualquiera sabe griego. Pero ¿náhuatl?” (cito de
memoria).
Alfonso Reyes publicó unas Burlas
literarias 1919-1922, donde recoge unas parodias filológicas escritas con
Enrique Díez-Canedo, para burlarse del esnobismo de las citas exóticas. Por
ejemplo: el supuesto descubrimiento de un “Debate entre el vino y la cerveza”
medieval, cuyo verso 119 trae una nota para explicar la palabra “piebolista”
con referencia a Gilbert Murray, Greek Sport in the Vth Century and After; Foot
Ball, etc. (Oxford, 1923).
Jorge Luis Borges sigue el juego, y llega a
publicar, no solo citas exóticas falsas, sino intercaladas dentro de citas
verdaderas que parecen falsas, por ejemplo en “El idioma analítico de John
Wilkins, 1952), autor que sí existió y que sí publicó en 1668 An Essay Towards
a Real Character and a Philosophical Language (está en el catálogo de la Library
of Congress), cuyas “600 páginas en cuarto mayor” proponen un lenguaje mundial,
basado en una clasificación de todo lo que existe en el universo. A lo largo de
una serie de precisiones, con las que va mostrando que “no hay clasificación
del universo que no sea arbitraria y conjetural”, Borges cita de pronto (sin
comillas, página, ni ficha catalográfica) una clasificación tan exótica que
solo puede ser suya: según “cierta enciclopedia china que se titula Emporio
celestial de conocimientos benévolos”, “los animales se dividen en (a)
pertenecientes al Emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados, (d) lechones,
(e) sirenas, (f ) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta
clasificación, (i) que se agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados
con un pincel finísimo de pelo de camello, (l) etcétera, (m) que acaban de
romper el jarrón, (n) que de lejos parecen moscas”.
En 1966, en París, citar en un trabajo de
epistemología este re-buscado juego literario de un oscuro escritor de las
antípodas era verdaderamente exótico, y más aún escribir en el incipit de Les mots et les choses, Une archéologie des
sciences humaines: “Este libro nació de un texto de Borges. De la risa que
sacude, al leerlo” (Michel Foucault, Las palabras y las cosas).
Afortunadamente, para muchos lectores que así descubrieron a Borges, el libro
de Foucault se volvió un bestseller académico mundial.
Citar a Borges dejó de ser exótico. Se
volvió parte de la conversación local en las metrópolis. Lo cual permite ahora
que hasta los tímidos latinoamericanos se sientan autorizados a citarlo como un
clásico, en cualquier artículo de menos de ocho páginas y más de 45 autores
citados, como este.
CITAS ABUSIVAS
Todo texto citado, por definición, está
fuera de contexto. Está en el curso de un segundo discurso que no es el
original. Transcrito o de memoria, literal o alterado, intencionalmente o no,
adquiere un significado ligera o totalmente distinto, aunque la cita sea exacta.
En este sentido, es obra de un segundo autor, como las traducciones o los
arreglos musicales.
Un ejemplo de tantos. En inglés, la frase quis custodiet ipsos custodes? (¿quién
vigila a los vigilantes?) se dice en el mundo político para señalar el peligro
de que las autoridades tengan un control no sujeto a control. Pero está tomada
de un poema misógino de Juvenal ( Sátira VI): “Ni encerrando a la mujer bajo
llave, vigilada por celadores, será fiel. ¿Quién vigila a los vigilantes?
Empezará con ellos”.
Este uso político de una frase apolítica es
un ejemplo de las transformaciones que sufren los significados de un texto
citado, aludido, imitado, parodiado o plagiado en otro. Transformaciones que
son recreaciones (geniales o pedestres, legítimas o abusivas) de un segundo
autor, aunque nadie sepa quién fue. La recreación puede ser anónima y hasta
accidental, pero el hecho de que no sepamos cómo, cuándo, ni quién introdujo
esta lectura de una frase de Juvenal no quita que el proceso sea creador. El
nuevo significado está y no está en el poema original, de igual manera que las
palabras españolas quién custodia a los mismos custodios están y no están en
las palabras latinas quis custodiet ipsos
custodes.
1. La queja más frecuente contra las
citas abusivas es la distorsión. Atribuyen al autor original lo que
de hecho es creado por el segundo autor. Los ejemplos son infinitos. Paul F.
Boller, Jr. dedica un libro entero a recoger y catalogar citas abusivas en la
prensa norteamericana de mediados del siglo XX en Quotemanship: The use and
abuse of quotations for polemical and other purposes. Pero el segundo autor
puede abusar de muchas otras maneras.
2. Citar para disimular el vacío
intelectual es una forma petulan-te de callar, criticada desde la Antigüedad. Sócrates
se lo reprocha a Protágoras: “No me salgas con citas de Simónides, porque
estaríamos como los hombres incapaces de conversar, que dejan la palabra a la
música que contratan para amenizar sus reuniones. ¿Qué piensas tú? ¿No tienes
nada que decir?”.
Séneca se lo escribe al discípulo que le
pide máximas de filósofos, para memorizarlas: “No te hacen falta. Ya es hora de
que tú mismo digas cosas memorables” ( Cartas a Lucilio).
Lichtenberg dejó entre sus papeles un
apunte sarcástico sobre el mismo tema: “No cesaba de buscar citas: todo lo que
leía pasaba de un libro a otro sin detenerse en su cabeza” ( Aforismos).
3. También se ha criticado a los que
citan a los clásicos para ador-narse (como quizá lo malició el piadoso lector
de las citas anteriores). Cervantes, en el prólogo del Quijote, se excusa de
publicarlo “sin acotaciones en las márgenes y sin anotaciones en el fin del
libro, como veo que están otros libros”, “llenos de sentencias de Aristóteles,
de Platón y de toda la caterva de filósofos”, para que los leyentes tengan a
sus autores por hombres leídos, eruditos y elocuentes”; pues “soy poltrón y
perezoso de andarme buscando autores que digan lo que sé decir sin ellos”.
4. Distorsionar, disimular y presumir
también conducen al abuso opuesto: no citar, aprovechando ideas, temas,
tratamientos, recursos, visiones y hasta palabras exactas sin reconocerlo.
Aristófanes, en Las nubes, acusa a Eupolis de haber plagiado una comedia suya:
“Agregó solamente una vieja bien borracha”,
que “ya Frinico la había inventado”.
Marcial ( Epigramas ) se burla de un poeta
que lo plagia, sin cambio alguno, excepto la dicción: “Lo que recitas son,
Fidentino, mis versos; pero dichos tan mal que ya parecen tuyos”.
5. Aprovechar sin reconocer puede ser
una elegancia obligada por las buenas maneras académicas. En el punto anterior,
por ejemplo, de no haber puesto el número 551, parecería que estaba citando a
la manera clásica, de memoria; y, poniéndolo, parece que tengo a la vista una
edición griega, o bilingüe, o cuando menos numerada. En realidad, la acusación
de plagio y la referencia exacta las encontré en el Oxford Classical
Dictionary, artículos “Plagiarism” y “Eupolis”. Y la edición que cité es la
económica versión de Las once comedias de
Aristófanes, muy recomendable, a pesar de que Ángel María Garibay ha sido
acusado de no saber tanto griego y aprovechar una versión francesa. De la cual
no pudo haber tomado el sabroso lenguaje de teatro populachero, ni los
mexicanismos ( pelado, tompeate) que tan bien le van a Aristófanes. Pero todo
esto (la información tomada de los diccionarios, las ediciones populares, los
trabajos del mundo no académico) no debe ser citado, aunque se aproveche. No es
elegante.
6. En 1673, Jacob Thomasius hizo un
catálogo de abusos de los eruditos elegantes: firmar una compilación de textos
ajenos con un título engañoso, que suene a texto del compilador; robarse la
idea de un autor y no citarlo; o citarlo, pero no en el punto decisivo, sino en
otro completamente secundario, para escamotear el robo principal; o adobando lo
robado en una presentación “superior”, que sirve para citarlo, pero
negativamente: criticando sus limitaciones, que lo dejan muy por abajo; o, con
mayor audacia, acusándolo de plagio, para adelantarse a su posible acusación y
desacreditarla de antemano ( Dissertatio philosophica de plagio literario,
citada por Anthony Grafton, The footnote: A curious history).
7. El mismo Grafton, que es profesor
de historia en Princeton, describe, en el primer capítulo, cómo citan los
historiadores, para acreditarse y desacreditar. Por ejemplo, con citas
venenosas, que pueden reducirse a un simple “Cf.” ( confer, compare lo que dice
Fulano). En vez de presentar y debatir una opinión contraria, lo cual es concederle
importancia, se puede simplemente decir: Ésta es la verdad, aunque otros no
sean capaces de verla. Cf. Fulano.
Si hace falta más, procede una “scholarly
version of assassination”, pero muy académica: algo breve y sanguinario, como
“discutable” (los franceses), “oddly overestimated” (los ingleses), “ganz
abwegig” (totalmente desencaminado, los alemanes).
8. Según Grafton, la cita como prueba
científica es un concepto moderno, que impuso el Dictionnaire historique et
critique (1696) de Pierre Bayle, un filósofo cartesiano, que documenta y
discute cada una de sus afirmaciones en largas y polémicas notas al pie. Hubo
antecedentes: la cita exacta de la ley era una práctica establecida en el
derecho romano del siglo V; la edición de textos bíblicos anotados al margen
fue inventada por los teólogos del siglo XII; las notas de un autor a su propio
texto aparecen en la Edad Media tardía y el Renacimiento. Y, desde luego, en
los tiempos de Bayle ya existía el uso de la palabra “pruebas”, que encabezaba
una simple lista bibliográfica al final, pero sin dar la página y el texto que
fundamentan cada afirmación. Integrando todos estos antecedentes, Bayle
estableció en su diccionario un modelo de rigor que fascinó a Voltaire, Hume,
Diderot, Winckelmann, Gibbon.
9. Es paradójico que Bayle haya sido
cartesiano, porque Descartes, por el contrario, ocultó sus fuentes. En el
Discurso del método no hay un solo autor citado, aunque Descartes se asume como
parte de una comunidad lectora, de la cual espera opiniones. Sostuvo una activa
correspondencia filosófica (seis de los once volúmenes de sus obras, en la
edición de Adam y Tannery). Es quizá el primer autor en la historia que concede
una entrevista para responder un cuestionario (el 16 de abril de 1648:
Descartes, Entretien avec Burman).
Todo lo cual hace más notable su no citar a
nadie, que es una crítica a la tradición erudita. Su posición es la socrática:
No me vengas con citas de Aristóteles, sin pensar por ti mismo, observar, hacer
experimentos, medir. Tampoco me leas sin criticarme. “Suplico a los que deseen
hacer alguna objeción a mi doctrina que se tomen la molestia de enviarla por
escrito a mi editor” (trad. de Manuel Machado, también muy recomendable, en la
misma Colección Sepan Cuántos).
10. La cita como prueba científica,
aunque esté acompañada de comentarios irreverentes, como en Bayle y sus
seguidores, tiene una nobleza (la tradición crítica, la cultura como
conversación) que ya no se encuentra en la cita como prueba de trámite cumplido
para merecer el pase (a la graduación, la publicación, el ascenso). Hay algo
válido y pedagógico en asegurarse de que los recursos bibliográficos de cada
disciplina se manejen con destreza por todos los participantes. Pero las citas
como credenciales ya no son la cita como prueba científica.
11. Del abuso de las citas convertidas
en credenciales se llega a un abuso mayor: las credenciales falsas. “Hacer como
que se ha leído lo que no se ha leído sucede con frecuencia. Hay personas de
treinta años que citan en sus obras más libros de los que pudieron haber leído
en varios siglos” (Nicolas de Malebranche, De la recherche de la vérité, 1674,
citado por Antoine Compagnon, La seconde main ou le travail de la citation).
12. El abuso final (o más reciente)
está en la superación posmoderna de estas preocupaciones: es un error hablar de
distorsiones, plagios ni refritos, porque todo autor es un segundo autor, todo
texto es parte de un intertexto, no hay nada original, todo lo publicado es un
tejido de citas, alusiones, parodias, homenajes, sin origen ni centro. La
muerte del Creador implica finalmente la muerte del creador, como dijo, más o
menos, Foucault. Lo cual no impide que Foucault y Derrida firmen como autores
de sus libros, defiendan sus derechos autorales, cobren regalías y sean vistos
por sus seguidores como genios originalísimos.
En la práctica, la doctrina se invierte
provechosamente: si el creador no existe, todo está permitido. El segundo autor
es tan autor como el primero, tan original como el primero, con tantos derechos
como el primero.
La manga ancha posmoderna ha servido para
legitimar muchas transformaciones pedestres o abusivas que hoy pasan por
creación.
Borges se burló anticipadamente de lo que
vendría, al inventar un personaje (Pierre Menard) que se volvía autor del
Quijote por el simple hecho de transcribirlo. Sin embargo, prosperan los
artistas que se lo toman en serio, y presentan como obra suya el manoseo de tal
o cual cosa.
Paralelamente, hacer estudios semiológicos
sobre cómo los textos se refieren unos a otros y se modifican mutuamente ha
dado origen a toda una industria académica, documentada por Udo J. Hebel en
Intertextuality, allusion and quotation: An international bibliography of
critical studies (Greenwood, 1989), que no he visto, ni hace falta, para
citarlo posmodernamente.
CITAS ACUMULABLES
Citar es asumir una tradición, tomar en
cuenta los trabajos previos, estudiar lo explorado para enfrentarse a lo
inexplorado y así llegar, con suerte, a lo nunca visto. “Somos como enanos
trepados en gigantes”, decía Bernardo de Chartres (muerto hacia 1130); “por eso
vemos más que ellos” (Robert K. Merton, On the shoulders of giants). Pero hay
formas de trepar que no son útiles para ver mejor, sino para verse mejor. Las
universidades (cuyo embrión fueron los centros escolásticos de las catedrales,
como el de Chartres) transformaron el saber en credenciales para el ascenso. En
esa transformación, las citas se volvieron puntos de crédito a favor del que
cita a los gigantes de la Antigüedad, y finalmente puntos de crédito a favor
del autor vivo citado.
El deseo de ser citado parece moderno,
posterior a Gutenberg, quizá del siglo XVIII. Gulliver habla de un profesor que
“me hizo grandes reconocimientos por comunicarle esas observaciones y prometió
mencionarme honrosamente en su tratado” (Swift, Gulliver’s travels, 1726).
Richard Saunders (heterónimo de Benjamín Franklin) firma en 1757 un prólogo
celebratorio de su Poor Richard’s Almanack (que cumple veinticinco años
publicándose, y es todo un éxito), para quejarse de que no lo citan. “Lector
gentil: He oído que nada complace más a un autor que descubrir sus obras
respetuosamente citadas por otros respetables autores. Una satisfacción que
rara vez he tenido, aunque soy, si puedo decirlo sin vanidad, un autor eminente
[...]. De no ser porque mis escritos me producen beneficios tangibles, tanta
falta de aplauso me hubiera desanimado” ( Writings, The Library of America).
Franklin se consuela, porque algunas
máximas que escribió para su lucrativo almanaque (como “El tiempo es dinero”)
se volvieron dichos populares. Pero echa de menos el aplauso de sus colegas,
como es común entre los autores, aunque tengan éxito. En 1977, cuando Romain Gary
llevaba muchos años de tener éxito, se queja amargamente con Bernard-Henri Lévy
de que nadie lo cita: “Me leen, me admiran, se roban mis hallazgos, pero no me
citan”; y “lo único importante es ser o no ser citado” ( Les aventures de la
liberté). La amargura, que lo condujo al suicidio, puede volverse cínica, como
en dos lamentables episodios que registra el diario de Adolfo Bioy Casares (Descanso
de caminantes). Carta de un conocido escritor: “Me dice Óscar que en Claudia
aparecerá un reportaje tuyo. Lo buscaré para comprobar cómo retribuyes a los
recuerdos elogiosos que en los míos te dedico”. Apunte luctuoso sobre una
escritora, que acaba de morir: “graciosa, cariñosa. Dijo que si escribía una
nota sobre una de sus novelas, se acostaría conmigo. La escribí y nos
acostamos, riendo de la situación”. Irónicamente, Don Marquis se burló de su
propio deseo: “Publicar un libro de poemas es como dejar caer un pétalo de rosa
en el Gran Cañón y esperar el eco” (Tony Augarde, The Oxford Dictionary of
modern quotations).
El apremio ontológico de ser citado, para
alcanzar la plenitud de ser, es anterior y más profundo que los apremios
económicos. Pero acabó integrándose a la búsqueda de ingresos, cuando el
mercado curricular, que apareció en el siglo XX, estableció una base de cotizaciones
que no existía en los tiempos de Franklin: “El currículo es dinero”. Los
universitarios, que en la Edad Media computaban los méritos piadosos en días de
indulgencia, en el siglo XX organizaron sistemas exactos para medir los méritos
curriculares. Estos cálculos son tan irreales como los piadosos, pero así como
el mercado de las indulgencias produjo beneficios perfectamente reales, ahora
hay beneficios claramente tangibles en el mercado curricular.
En 1955, Eugene Garfield propuso la
creación de un Science Citation Index, como un recurso heurístico que eludía
las dificultades para estructurar índices temáticos. (Señaladas por Norman
Knight, el fundador de la Society of Indexers, en un libro elegantemente titula-do
Indexing, The art of,). En vez de clasificar y agrupar los artículos
científicos referentes a un mismo tema (que es difícil), cada artículo sería
referido a los artículos citados por el autor (cosa fácil). Los racimos de
referencias (que hoy llamaríamos vínculos hipertextuales en una base
electrónica de datos, aunque el proyecto original era una publicación impresa)
serían el equivalente práctico de un índice temático. Este énfasis (que explica
el subtítulo: “Citation indexes for science: A new dimension in documentation
through association of ideas”, Science, 15-VII-1955) no ignoraba otras
consecuencias.
Como el lector de un artículo tendría, no
solo las referencias a los artículos antecesores, sino a los descendientes,
podría saber cómo fue recibido; cosa importante para matizar o descalificar sus
aportaciones. Lo cual, de paso, funcionaría como un servicio mundial de
recortes para los autores, a los cuales “les gusta ver qué se dice de sus
trabajos”. Además, permitiría medir la importancia de un artículo, de un autor,
de una revista, de una institución, por la acumulación de citas. Esto último
produjo una revolución. Integró a la ciencia los refina-dos métodos
estadísticos del béisbol para medir y comparar proezas.
El Institute for Scientific Information
[www.isinet.com], creado por Garfield en 1964, vende esta información y ha
tenido una influencia semejante al comité organizador de las competencias
olímpicas. Es un centro mundial de referencia y contabilidad que, por el hecho
de existir, induce cambios en la forma de competir. Ahora, los avances
milagrosos y los refritos mediocres se miden por lo que tienen en común: el
número de citas que generan. Lo cual ha desencadenado una multitud de trucos
para inflarlas, porque los ingresos personales y los presupuestos institucionales
dependen de eso.
Aunque no ha surgido un Lutero que encabece
con éxito una ruptura institucional contra el mercado de indulgencias presupuestales
(lo más parecido a eso fue Ivan Illich, pero no hizo mella en las
instituciones), abundan las críticas. Por ejemplo, se critican los créditos de
coautoría que se extienden a media humanidad (veinte coautores de un artículo,
cada uno de los cuales, naturalmente, lo añade a su currículo, con beneficio
también para la institución, cuya producción per cápita mejora). Se discute el
significado de encabezar la lista (¿es un reconocimiento concreto de aportación
dominante en este trabajo o es un derecho institucional, como jefe del
departamento?). Circulan historias feas de quienes han comprado la mención derramando
sus gracias sociales o corporales. Se inventan reglas mecánicas para filtrar a
los que siempre aparecen como coautores, nunca como autores solos o encabezando
listas. Se habla de los enjuagues del “me citas y te cito”, de los golpes bajos
de no citar trabajos con toda intención, de la exclusión sistemática de muchas
revistas, sobre todo de países menos desarrollados. Se reconoce que los campos
más trillados (donde hay miles de investigadores, no docenas), por este solo
hecho, tienen más investigadores citándose unos a otros. Se hacen estudios de
los autores que aumentan su puntaje citándose a sí mismos. Según Blaise Cronin
( The citation process: The role and significance of citations in scientific
communication), Jon Wiener tuvo el humor de calcularle al propio Garfield su
self-citation rate (un altísimo 79%), en “The footnote fetish”.
Además, han proliferado los estudios de sociología
de la ciencia para entender qué se cita, cómo y por qué razones (legítimas o
dudosas), con resultados poco claros, como puede verse en la monografía de
Cronin. En México, Ruy Pérez Tamayo ha señalado los espejismos de tomar el
“número de artículos publicados y de citas acumuladas como medidas únicas o
principales de la calidad de los investigadores científicos” (“Sobre la evaluación
de los investigadores científicos / III”, La Jornada, 22-VII-1992).
Los Citation Index (ahora ISI vende también
un Social Sciences Citation Index y un Arts and Humanities Citation Index)
reflejan y refuerzan un fenómeno paralelo a la concentración de los best
sellers y el star system del cine, la televisión y los deportes. También
reflejan y refuerzan el problema de medir la calidad. Cuando no había un
con-curso permanente de cifras macroeconómicas (porque no existían las mediciones),
la competencia entre los países “adelantados o atrasados” se basaba en
apreciaciones cualitativas, que daban mucha importancia a la calidad de la vida
cotidiana y el desarrollo de las letras, las artes y las ciencias. Las
mediciones del PIB, de los ratings televisivos, del Citation Index, de los
ejemplares vendidos, han distraído la atención en direcciones poco favorables a
la calidad.
No hace falta decir que las mediciones no
afectan a quien sabe leerlas, sin distraerse ni dejarse engañar. Si un lector
consigue en Amazon un libro cuyo lugar en ventas es dos millones (hay dos
millones de títulos que venden más), no lo despreciará: estará agradecido de
que un texto con tan poca demanda esté disponible, aunque el negocio se
concentre en los más vendidos. De igual manera, aunque nadie mencione a un
escritor que le parece admirable, manifestará sin temor su admiración, al
conversar con otros lectores, al escribir (si escribe) y al editar (si edita).
Sin embargo, abundan las personas poco independientes que se dejan arrastrar por
los juicios mecánicos de las estadísticas, los consensos ignorantes o
interesados, la línea correcta, el convencionalismo del éxito. Y esto no se
puede ignorar, porque pesa en el mundo cultural y distorsiona los juicios sobre
la calidad.
Como no es fácil medir lo que produce la
conversación de un gran maestro, se devalúa la producción oral en favor de la
escrita. Lo cual parece más exacto y objetivo, pero no resuelve el problema. No
sirve para distinguir la producción mediocre de la milagrosa. Conduce,
simplemente, a multiplicar las publicaciones de los que nada tienen que decir
(verbalmente o por escrito) y que ahora, publicando, parecen muy productivos.
Cuando se vuelve obvio que la producción escrita resulta engañosa, se añade
otra medición: la producción que llega a ser citada, lo cual también es
engañoso, porque sobran los trucos para generar citas. Entonces se inventan
filtros computacionales para separar las citas de sí mismo o de colegas de la
propia institución, lo cual no impide otros enjuagues, ni sirve finalmente para
escuchar a los pocos que realmente tienen algo que decir.
En la clerecía curricular, el respeto
social, el ascenso burocrático, los ingresos y hasta la seguridad en sí mismo
dependen de las menciones favorables y el rating de cada acto, persona,
institución. Vivir es un perpetuo Juicio Final. No ser mencionado es peor que
no haber nacido: sufrir la excomunión que anticipa la condenación eterna. Muchas
menciones ridículas se explican por el deseo de sacar del limbo a quienes devotamente
ayudaron en tal o cual cosa, barrieron el laboratorio, mecanografiaron el
escrito. Y así como en las películas hay disputas feroces por los créditos, y
listas interminables de colaboradores, la mención concedida por simpatía o
compasión puede volverse exigida, regateada, comerciada.
Producir ha sido siempre un milagro, como
lo atestiguan los curiosos que rodean al soplador, mientras el vidrio
incandescente va tomando forma. Producir artesanías, música, curaciones,
conocimientos, pintura, poemas. Cada milagro tiene su propio mundo. Se puede
comparar la revelación que produce un giro literario, por el simple hecho de
unir dos palabras por primera vez, con el milagro que produce un giro repentino
de la mano artesanal inspirada. Pero hay comparaciones peligrosas. Las
metafóricas enriquecen las cosas comparadas: la mano del soplador también
escribe, la mano del escritor también produce físicamente. En cambio, las
comparaciones numéricas las empobrecen: las reducen a una tercera, inferior a
las comparadas. ¿Cómo reducir los milagros a unidades medibles, acumulables?
Medir la producción es deseable en muchas
circunstancias, siempre y cuando la medición no interfiera con la producción de
milagros o, peor aún: la sustituya. Pero medir tiene su propia fascinación. Hay
algo mágico en los números, como lo sabían los pitagóricos. Son realidades de
una perfección misteriosa, que no se sabe bien lo que representan, pero
emocionan. Su fascinación puede conducir a que muchas realidades se
distorsionen, por el afán de llegar a más.
En el afán de acumular (dinero, méritos,
indulgencias, fama, poder, avances, conocimientos, reconocimientos o
simplemente puntos buenos) hay algo fascinante, que rebasa con mucho las
siniestras pasiones atribuidas por Marx a los capitalistas y por Freud a los
caracteres anales. Hay un deseo de salvación, de plenitud definitiva, al
parecer inalcanzable, que se puede observar también en los aspirantes a la
santidad, la belleza, la verdad, siempre insatisfechos. La austeridad espantosa
que se imponía a sí misma Simone Weil, el radicalismo literario de Samuel
Beckett, la investigación sin límites del Fausto de Goethe, inspiran más
respeto que las otras insatisfacciones, pero tienen la misma raíz: el afán de
más.
Para comparar con justicia la producción
intelectual, el común denominador tendría que ser el milagro. Pero ¿cómo
comparar unos milagros con otros? La revelación que hay en los cuadros de
Edward Hopper y Gunther Gerszo ¿es comparable? ¿Qué tienen en común que sea
medible? Por no saber qué hacer con esta dificultad, se pasa a medir milagros
en metros cuadrados, número de exposiciones, precios en el mercado,
condecoraciones, premios, nombramientos, citas acumuladas. Ni más ni menos que
como en la Edad Media, cuando se acumulaban méritos piadosos en el camino de la
perfección.
Fuente: Revista de
Economía Institucional, vol. 14, n.º 27, segundo semestre/2012, pp. 273-285
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