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domingo, 25 de febrero de 2024


 

[ 538 ]

 

LOS DEMASIADOS LIBROS

 

Gabriel Zaid

 

 

 

«Gabriel Zaid es capaz de observar el mundo de las letras desde la perspectiva otorgada por otras disciplinas. Su gran acierto es la virtud del poeta: decir lo que oscuramente habíamos intuido sin alcanzar a formularlo en palabras. Señala que el verdadero problema del libro es que el estrato privilegiado que ha hecho estudios universitarios no lee: nunca le ha dado el golpe a la lectura, nunca ha llegado a saber realmente lo que es leer. Esto, que sepamos, nadie lo había dicho».

 

( José Emilio Pacheco )

 

 

 

La gente que quisiera ser culta va con temor a las librerías, se marea ante la inmensidad de todo lo que no ha leído, compra algo que le han dicho que es bueno, hace el intento de leerlo, sin éxito, y cuando llega a una docena de libros sin leer se siente tan mal que no se atreve a comprar otros.

 

En cambio, la gente verdaderamente culta es capaz de tener en su casa miles de libros que no ha leído, sin perder el aplomo ni dejar de seguir comprando más.

 

«Toda biblioteca personal es un proyecto de lectura»[José Gaos]. La observación es tan exacta que, para ser también irónica, requiere la complicidad del lector bajo una especie de imperativo moral que todos más o menos acatamos: un libro no leído es un proyecto no cumplido. Tener a la vista libros no leídos es como girar cheques sin fondos: un fraude a las visitas.

 

Ernest Dichter, habla de esta mala conciencia en los clubes de libros. Hay gente que se inscribe como si entrara a un festival. Pero, a medida que los libros llegan y se acumula el tiempo necesario para leerlos, cada nueva remesa y el montón se vuelven un reproche muy poco festivo: una acusación de incumplimiento. Hasta que rompe con el club, decepcionada y resentida de que le siga enviando libros, a pesar de pagarlos.

 

Por eso prosperan los libros que no son para leer. Libros que se pueden tener a la vista impunemente, sin sentimientos de culpa: diccionarios, enciclopedias, atlas, guías, libros de arte y de cocina, obras completas. Libros que la gente discreta prefiere para hacer regalos porque son caros, lo cual demuestra aprecio, y porque no amenazan con la cuenta pendiente de responder a la pregunta: «¿Ya lo leíste? ¿Qué te pareció?» —lo cual demuestra lo mismo—. El anti-eslogan más anti-comercial del mundo pudiera ser: «Regale un libro. Es como regalar una obligación».

 

Los autores de libros no son tan discretos. Dejando aparte los casos extremos (los que llaman para ver en qué página va uno, cuándo terminará y, sobre todo, cuándo publicará una reseña digna del acontecimiento), se sienten obligados a repartir obligaciones cada vez que publican. Ya se sabe que la elegancia torera en estos casos consiste en responder de inmediato con una tarjeta que diga: «Acabo de recibir su libro. ¡Qué estupenda sorpresa! Lo felicito y me felicito de antemano por la alegría que me dará leerlo» [ “Alfonso Reyes las usaba impresas, con espacios en blanco para la fecha, nombre y título.” ]. Si no, la deuda se triplica y crece a interés compuesto, conforme pasa el tiempo, hasta que llega un momento en que el deber pendiente de leer el libro, de escribir una carta, que ya no puede ser tan breve, y de formular un elogio que no sea falso ni mezquino, se vuelve una pesadilla. No se sabe qué es peor, si esto o la tarjeta a vuelta de correo.

 

Pero hay más: ¿Qué hacer físicamente con el libro? El autor puede presentarse un día y encontrarlo sin abrir. Otra buena rutina es desflorar las primeras páginas en el momento de recibirlo, y dejar un separador que muestre la intención. O hacerlo desaparecer, explicando, si es necesario, que un amigo se entusiasmó tanto que se lo llevó prestado, antes de que pudiésemos leerlo.

 

En este caso, es prudente arrancar la dedicatoria. Los libros dedicados tienen la extraña vocación de acabar en las librerías de viejo, y hay esas historias horribles de libros de Darío o de Rilke dedicados melosamente a Valéry y encontrados después con los buquinistas del Sena, sin abrir. O aquella historia del libro de Valle-Arizpe que encontró, intonso, en una librería de viejo, y que compró y envió de nuevo a su amigo: «Con el renovado afecto de Artemio de Valle-Arizpe».

 

Una pésima solución consiste en conservarlos diciendo: En realidad, no tengo tiempo de leerlos, lo hago para dejarles una biblioteca a mis hijos. Excusa cada vez más débil, hoy que las ciencias adelantan que es una barbaridad. Casi todos los libros se vuelven obsoletos desde el momento en que se publican, si no antes. Y la mercadotecnia está logrando imponer la planned obsolescence hasta de los autores clásicos (con nuevas y mejores ediciones críticas) para acabar con la ruinosa trasmisión de gustos de una generación a la siguiente, que tanta fuerza restaba al mercado.

 

La formación de bibliotecas obsoletas para los hijos se justifica como la preservación de ruinas: por razones puramente arqueológicas. Y hay excusas mejores para acumular libros sin leerlos. Si se forma una biblioteca sobre Tlaxcala o, mejor aún, de ediciones del Quijote, nadie tiene derecho a exigir que el bibliófilo haya leído mil veces el Quijote, una por edición. Aunque no falten visitas inocentes que se escandalicen de ver tantas veces el mismo título. ¿No es como retratarse y exhibirse bajo mil ángulos con el único pez gordo que se ha pescado en la vida?

 

Bajo el Imperativo Categórico de Leer y Ser Culto, una biblioteca es una sala de trofeos. La montaña mágica es como una pata de elefante que da prestigio, sirve de taburete y permite conversar de peligrosas excursiones al África. ¿Y qué decir del león que le guiñó un ojo al cazador antes de rodar a sus pies? Así, quien tiene las memorias de Churchill dedicadas y sin abrir dice: ¡Pobre Winston! Por respeto, las guardo como las recibí. ¡Qué formidable león británico! Le supliqué al taxidermista que conservara cuidadosamente el guiño…

 

Los cazadores tienen fama de exagerados. Por eso el lector que aspira a ser culto tiene como principio ético no exhibir jamás piezas cazadas indebidamente. Menos aún piezas que, en realidad, leyó un amigo, o el guía, en el safari cultural. De ahí también que un libro sólo pueda ser visto como un cadáver disecado, no un animal de presa vivo. ¿Tigres en el tanque de la gasolina? Pase. Pero ¿rugiendo por toda la casa, echados en el cuarto de baño o en la cama, estirándose y bostezando en las ventanas, encaramados en los anaqueles? ¡Jamás! Por respeto a las visitas.

 

El culto de ser culto viene de los libros sagrados. Karl Popper supone que la cultura democrática nace con la aparición del mercado del libro en Atenas, en el siglo V antes de Cristo. El libro comercial acaba con el libro sagrado. Pero ¿acaba? El mercado es ambivalente. Tener en casa y a la mano lo que antes sólo se veía en el templo es atractivo para la demanda, porque los libros tienen todavía el prestigio del templo. La desacralización democrática prospera como simonía: permite vender lo que no tiene precio. No acaba con los libros sagrados: los multiplica.

 

Sócrates criticó el fetichismo del libro. Dos siglos después, dijo el Eclesiastés: «Componer muchos libros es nunca acabar, y estudiar demasiado daña la salud. Basta de palabras. Todo está escrito». En el siglo I, escribe Séneca: «La multitud de libros disipa el espíritu». En China, en el siglo IX, el poeta Po Chu Yi se burla de Lao-Tsé: «De sabios es callar, los que hablan nada saben»[ Dicen que dijo Lao-Tsé, en un librito de ochocientas páginas ]. En Argelia, en el siglo XIV, Ibn Jaldún: «Los demasiados libros sobre un tema hacen más difícil estudiarlo». En Alemania, en el siglo XVI, Lutero: «La multitud de libros es una calamidad». Don Quijote, al enterarse de que se había escrito el Quijote: «Hay algunos que así componen y arrojan libros de sí como si fueran buñuelos». Montaigne: «Se busca más interpretar interpretaciones que interpretar las cosas. Hay más libros sobre libros que sobre cualquier otro tema. No hacemos más que glosarnos los unos a los otros». Samuel Johnson: «Es extraño que se escriba tanto y se lea tan poco». «Para convencerse de la vanidad de las esperanzas humanas no hay lugar más deprimente que una biblioteca pública: verla tapizada de imponentes volúmenes, cuidadosamente meditados y documentados, que no pasaron del catálogo».

 

Alguna vez propuse un guante de castidad para los autores que no se puedan contener. Pero también es útil un baño de agua fría: sumergirse en una gran biblioteca, para desanimarse, como Johnson, ante la multitud de autores desconocidos.

 

El progreso ha logrado que todas las personas, no sólo los profetas elegidos, puedan darse el lujo de hablar en el desierto. Y nada puede detener la multiplicación de libros. Por un momento parecía que iba a ser la televisión. Marshall McLuhan escribió (¡escribió!) libros proféticos sobre el fin de los tiempos librescos. Pero la explosión del libro lo dejó hablando en el desierto.

 

El despegue comercial de la televisión en los Estados Unidos fue de 1947 a 1960. Pasó de siete a 517 estaciones trasmisoras y de 16 mil a 45 millones de aparatos receptores; prácticamente de cero al 88% de los hogares. Todo estaba, pues, listo para acabar con el libro. Sin embargo, el número de títulos anuales publicados en el mismo período (1947 a 1960) subió al doble: de 7 mil a 15 mil. Como si fuera poco, de 1960 a 1968 volvió a doblar, y en un período menor, mientras que el porcentaje de hogares con receptores, naturalmente, ya no podía subir más que a la saturación: 98%.

 

Según la Wikipedia, los cinco países que más libros publican son el Reino Unido (206,000 en 2005), los Estados Unidos (172,000 en 2005), China (136,000 más 42,000 de Taiwán en 2007), Alemania (96,000 en 2007) y España (86,000 en 2008). Estos números suman 738,000.

 

A mediados del siglo XV apareció la imprenta de caracteres móviles. No sustituyó de inmediato a los copistas, ni la impresión con placas de madera, pero multiplicó los títulos disponibles. Lucien Febvre y Henri-Jean Martin estiman que los incunables (los libros impresos entre 1450 y 1500) fueron unos 10 mil o 15 mil títulos en unas 30 mil o 35 mil ediciones (dos o tres ediciones por título) de unos 500 ejemplares por edición. O sea que se publicaron unos 250 títulos por año en promedio, lo cual pudo empezar en unos 100. Robert Escarpit estima que se publicaron unos 250 mil en 1952. Esto implica mil veces más que los incunables y un ritmo anual de crecimiento (1.6% anual) cinco veces mayor que la población (0.3%) a lo largo de cinco siglos.

 

Se decía que la televisión también iba a acabar con la explosión demográfica. Pero ambas explosiones continuaron (sobre todo la del libro), como puede verse en las cifras para el año 2000. En medio siglo (de 1950 a 2000), la población mundial creció al 1.8% anual y la publicación mundial de libros al 2.8% anual.

 

 

 

1450

1950

2000

 

GUTENMERG

TELEVISIÓN

 

 

TÍTULOS ANUALES

100

250.000

1.000.000

POBLACIÓN

(MILLONES)

500

2.500

6.000

TÍTULOS POR MILLÓN

0,2

100

167

 

 

A partir de estas cifras gruesas, pueden hacerse interpolaciones también gruesas. Se publicaron unos 500 títulos en 1550, unos 2,300 en 1650, unos 11,000 en 1750 y unos 50,000 en 1850. La bibliografía acumulada desde 1450 hasta 1550 fue de unos 35,000 títulos, hasta 1650 de 150,000, hasta 1750 de 700,000, hasta 1850 de 3.3 millones, hasta 1950 de 16 millones, hasta el año 2000 de 52 millones. En el primer siglo de la imprenta (1450-1550) se publicaron unos 35 mil títulos; en el último medio siglo (1950-2000) unos 36 millones: mil veces más.

 

La humanidad publica un libro cada medio minuto. Suponiendo un precio medio de 30 dólares y un grueso medio de 2 centímetros, harían falta 30 millones de dólares y 20 kilómetros de anaqueles para la ampliación anual de la biblioteca de Mallarmé, si hoy quisiera escribir:

 

¡Helás! La carne es triste y he leído todos los libros.

 

 

Los libros se publican a tal velocidad que nos vuelven cada día más incultos. Si alguien lee un libro diario (cinco por semana), deja de leer 4,000 publicados el mismo día. Sus libros no leídos aumentan 4,000 veces más que sus libros leídos. Su incultura, 4,000 veces más que su cultura.

 

«Hay mucho que saber, y es poco el vivir» —dijo Gracián. El aforismo tiene ese dejo melancólico, más allá de su verdad cuantitativa, porque remueve los sentimientos de culpa que nos da nuestra finitud frente a las tareas infinitas que exige el imperativo de haber leído todo. Sí, hay algo profundamente melancólico en ir a una biblioteca o librería llena de libros que no leeremos jamás. Algo que trae a la memoria aquellos versos de Borges:

 

 

Hay un espejo que me ha visto por última vez.

Hay una puerta que he cerrado hasta el fin del mundo.

Entre los libros de mi biblioteca (estoy viéndolos)

hay algunos que ya nunca abriré.

 

 

¿Y para qué leer? ¿Y para qué escribir? Después de leer cien, mil, diez mil libros en la vida, ¿qué se ha leído? Nada. Decir: Yo sólo sé que no he leído nada, después de leer miles de libros, no es un acto de fingida modestia: es rigurosamente exacto, hasta la primera decimal de cero por ciento. Pero ¿no es quizás eso, exactamente, socráticamente, lo que los muchos libros deberían enseñarnos? Ser ignorantes a sabiendas, con plena aceptación. Dejar de ser simplemente ignorantes, para llegar a ser ignorantes inteligentes.

 

Quizá la experiencia de la finitud es el único acceso que tenemos a la totalidad que nos llama, y nos pierde, con desmedidas ambiciones totalitarias. Quizá toda experiencia de infinitud es ilusoria, si no es, precisamente, experiencia de finitud. Quizá, por eso, la medida de la lectura no debe ser el número de libros leídos, sino el estado en que nos dejan.

 

¿Qué importa si uno es culto, está al día o ha leído todos los libros? Lo que importa es cómo se anda, cómo se ve, cómo se actúa, después de leer. Si la calle y las nubes y la existencia de los otros tienen algo que decirnos. Si leer nos hace, físicamente, más reales.

 

 

 

 

[ Fragmento de: Gabriel Zaid. “Los demasiados libros” ]

 

*


viernes, 23 de febrero de 2024

 

[ 537 ]

 

CITAS EXÓTICAS, CITAS ABUSIVAS Y CITAS ACUMULABLES

 

 

Gabriel Zaid

 

 

 

 

CITAS EXÓTICAS

 

Los libros y artículos publicados en Nueva York (o en París) citan sobre todo libros y artículos publicados en Nueva York (o en París). Hay algo natural en que las metrópolis sean provincianas: el desarrollo de una conversación creadora, la animación que le da vida, tiene como centro una discusión local. Por el contrario, un signo claro de subdesarrollo son las publicaciones que no citan autores locales, para no verse provincianas. Muestran la altivez de Groucho Marx: “No me interesa pertenecer a un club que acepte gente como yo”. Para el subdesarrollo, las discusiones importantes son las que se siguen de lejos, como un espectáculo. Estar en la periferia consiste precisamente en no estar en sí mismos, en creer que la verdadera vida está en un centro remoto.

 

En 1832, Mariano José de Larra se quejaba de la “Manía de citas y de epígrafes”, por su abundancia y extranjerismo: “Desearíamos que, más celosos de nuestro orgullo nacional, no fuésemos por agua a los ríos extranjeros, teniéndolos caudalosos en nuestra casa”. Julio Ramón Ribeyro renueva esta doble queja en Prosas apátridas: “Un autor latinoamericano cita 45 autores en un artículo de ocho páginas. He aquí algunos de ellos: Homero, Platón, Sócrates, Aristóteles, Herácli-to, Pascal, Voltaire, William Blake, John Donne, Shakespeare, Bach, Chestov, Tolstoi, Kierkegaard, Kafka, Marx, Engels, Freud, Jung, Husserl, Einstein, Nietzsche, Hegel, Cervantes, Malraux, Camus, etcétera”. Wilfrido Howard Corral (“El desmenuzamiento de la autoridad de la cita y lo citado) toma como epígrafe la afirmación de Ribeyro, la atenúa diciendo que esta obsesión se da en todas las literaturas y observa algo importante: “Es solo recientemente que los latinoamericanos citan a los latinoamericanos”.

 

Hay que decir también que el canon citable varía de tiempo en tiempo y de lugar en lugar. La lista de Ribeyro está datada: es como de 1950, antes de Sartre y el marxismo académico. Y, a la observación de Corral habría que añadir que el fenómeno reciente se da a partir del boom narrativo: a partir de que algunos latinoamericanos fueron publicados en Barcelona, París, Nueva York. Y que tuvo antecedentes. En el primer boom, el de la poesía modernista, los latinoamericanos se citaban.

 

En cambio, los académicos latinoamericanos (que no han tenido un boom) citan devotamente a los más oscuros profesores europeos y norteamericanos, ignorando a sus colegas nacionales o latinoamericanos, ya no se diga a los simples escritores. Referirse a los trabajos de las instituciones extranjeras donde obtuvieron su doctorado es una forma de recordar dónde estuvieron y de vestirse con su autoridad.

 

Citan, traducen e invitan a sus profesores, aplican sus métodos, sueñan en ser autorizados como sus representantes, a cargo de una sucursal. Su máxima ambición es publicar donde ellos publican. Todo lo cual es respetable, pero distinto de entablar una conversación local. El milagro creador de la Academia platónica se hizo en griego, subiendo de nivel la discusión de las circunstancias atenienses: fue local.

 

Hay que reconocer, sin embargo, qué difícil y hasta imposible puede ser levantar el nivel de la conversación en una comunidad embrutecida por los agobios de la supervivencia o la obsesión de la abundancia. Hasta en las sociedades poderosas (no hay que olvidar que Esparta tenía tanto poder como Atenas), puede haber condiciones poco favorables para la libertad creadora. ¿Hubiera sido mejor que Rubén Darío se quedara en Metapa, Joseph Conrad en Berdichev, Ezra Pound en Hailey, T.S. Eliot en San Luis? Pound llegó a decir que era imposible hacer poesía importante en los Estados Unidos: había que irse del país. Eliot llegó al extremo de hacerse súbdito británico. Conrad fue más lejos aún: abandonó su lengua materna.

 

Una primera versión de The Waste Land de Eliot tenía como epígrafe unas líneas de Conrad, con el juicio final de Kurtz sobre su vida “civilizadora” en el Congo Belga (“¡The horror! ¡The horror!”, Heart of Darkness, 1902). Sobre este epígrafe, Pound le escribe a Eliot (24-XII-1921): “No sé si Conrad tenga peso suficiente para citarlo” (The Waste Land. A Facsimile and Transcript of the Original Drafts Including the Annotations of Ezra Pound). En la versión final, hay un epígrafe de peso completo: “Vi a la Sibila en Cumas, con mis propios ojos, que estaba colgando de una botella, y cuando los niños le preguntaban: Sibila, ¿qué quieres? Ella respondía: Quiero morir”. El diálogo está citado en griego, lo demás en latín. No solo eso: aunque The Waste Land se publicó con notas eruditas (cosa insólita en un poema), su epígrafe no da crédito al autor, ni referencia al texto. Eliot supone elegantemente que pertenece a un club donde todos saben latín y griego, y reconocen de inmediato el pasaje 48 del libro XV del Satiricón de Petronio, que describe la cena fastuosa y ridícula ofrecida por un millonario nuevo. Así, sibilinamente, Eliot compara el Londres civilizador” del imperio británico con la Roma de Nerón, y hace una sátira de sí mismo y de Pound como metecos. No se puede pedir más para una cita exótica, ofrecida fastuosamente por un británico nuevo.

 

Las citas exóticas de los periféricos (provincianos o metecos) deben distinguirse de las citas exóticas metropolitanas. Cuando Michel Foucault cita a Jorge Luis Borges, o Jürgen Habermas cita a Octavio Paz, no hacen ostentación de familiaridad con los clásicos. Se ostentan como admirables Marcopolos que han ido al fin del mundo y vuelven cargados de tesoros. Citar a los clásicos es nada, frente a las citas de libros o documentos que no conocen ni los especialistas: de autores exóticos, de culturas remotas, de lenguas abstrusas. Miguel de Unamuno cuenta, en alguna parte, que tuvo fascinación por los grandes tomos ilustrados de México a través de los siglos, traídos por su padre de Tepic (donde fue panadero), y que hasta soñó con aprender náhuatl: “Eso sí que sería darse pisto. Cualquiera sabe griego. Pero ¿náhuatl?” (cito de memoria).

 

Alfonso Reyes publicó unas Burlas literarias 1919-1922, donde recoge unas parodias filológicas escritas con Enrique Díez-Canedo, para burlarse del esnobismo de las citas exóticas. Por ejemplo: el supuesto descubrimiento de un “Debate entre el vino y la cerveza” medieval, cuyo verso 119 trae una nota para explicar la palabra “piebolista” con referencia a Gilbert Murray, Greek Sport in the Vth Century and After; Foot Ball, etc. (Oxford, 1923).

 

Jorge Luis Borges sigue el juego, y llega a publicar, no solo citas exóticas falsas, sino intercaladas dentro de citas verdaderas que parecen falsas, por ejemplo en “El idioma analítico de John Wilkins, 1952), autor que sí existió y que sí publicó en 1668 An Essay Towards a Real Character and a Philosophical Language (está en el catálogo de la Library of Congress), cuyas “600 páginas en cuarto mayor” proponen un lenguaje mundial, basado en una clasificación de todo lo que existe en el universo. A lo largo de una serie de precisiones, con las que va mostrando que “no hay clasificación del universo que no sea arbitraria y conjetural”, Borges cita de pronto (sin comillas, página, ni ficha catalográfica) una clasificación tan exótica que solo puede ser suya: según “cierta enciclopedia china que se titula Emporio celestial de conocimientos benévolos”, “los animales se dividen en (a) pertenecientes al Emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f ) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que se agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, (l) etcétera, (m) que acaban de romper el jarrón, (n) que de lejos parecen moscas”.

 

En 1966, en París, citar en un trabajo de epistemología este re-buscado juego literario de un oscuro escritor de las antípodas era verdaderamente exótico, y más aún escribir en el incipit de Les mots et les choses, Une archéologie des sciences humaines: “Este libro nació de un texto de Borges. De la risa que sacude, al leerlo” (Michel Foucault, Las palabras y las cosas). Afortunadamente, para muchos lectores que así descubrieron a Borges, el libro de Foucault se volvió un bestseller académico mundial.

 

Citar a Borges dejó de ser exótico. Se volvió parte de la conversación local en las metrópolis. Lo cual permite ahora que hasta los tímidos latinoamericanos se sientan autorizados a citarlo como un clásico, en cualquier artículo de menos de ocho páginas y más de 45 autores citados, como este.

 

 

 

CITAS ABUSIVAS

 

Todo texto citado, por definición, está fuera de contexto. Está en el curso de un segundo discurso que no es el original. Transcrito o de memoria, literal o alterado, intencionalmente o no, adquiere un significado ligera o totalmente distinto, aunque la cita sea exacta. En este sentido, es obra de un segundo autor, como las traducciones o los arreglos musicales.

 

Un ejemplo de tantos. En inglés, la frase quis custodiet ipsos custodes? (¿quién vigila a los vigilantes?) se dice en el mundo político para señalar el peligro de que las autoridades tengan un control no sujeto a control. Pero está tomada de un poema misógino de Juvenal ( Sátira VI): “Ni encerrando a la mujer bajo llave, vigilada por celadores, será fiel. ¿Quién vigila a los vigilantes? Empezará con ellos”.

 

Este uso político de una frase apolítica es un ejemplo de las transformaciones que sufren los significados de un texto citado, aludido, imitado, parodiado o plagiado en otro. Transformaciones que son recreaciones (geniales o pedestres, legítimas o abusivas) de un segundo autor, aunque nadie sepa quién fue. La recreación puede ser anónima y hasta accidental, pero el hecho de que no sepamos cómo, cuándo, ni quién introdujo esta lectura de una frase de Juvenal no quita que el proceso sea creador. El nuevo significado está y no está en el poema original, de igual manera que las palabras españolas quién custodia a los mismos custodios están y no están en las palabras latinas quis custodiet ipsos custodes.

 

 

1. La queja más frecuente contra las citas abusivas es la distorsión. Atribuyen al autor original lo que de hecho es creado por el segundo autor. Los ejemplos son infinitos. Paul F. Boller, Jr. dedica un libro entero a recoger y catalogar citas abusivas en la prensa norteamericana de mediados del siglo XX en Quotemanship: The use and abuse of quotations for polemical and other purposes. Pero el segundo autor puede abusar de muchas otras maneras.

 

2. Citar para disimular el vacío intelectual es una forma petulan-te de callar, criticada desde la Antigüedad. Sócrates se lo reprocha a Protágoras: “No me salgas con citas de Simónides, porque estaríamos como los hombres incapaces de conversar, que dejan la palabra a la música que contratan para amenizar sus reuniones. ¿Qué piensas tú? ¿No tienes nada que decir?”.

 

Séneca se lo escribe al discípulo que le pide máximas de filósofos, para memorizarlas: “No te hacen falta. Ya es hora de que tú mismo digas cosas memorables” ( Cartas a Lucilio).

 

Lichtenberg dejó entre sus papeles un apunte sarcástico sobre el mismo tema: “No cesaba de buscar citas: todo lo que leía pasaba de un libro a otro sin detenerse en su cabeza” ( Aforismos).

 

3. También se ha criticado a los que citan a los clásicos para ador-narse (como quizá lo malició el piadoso lector de las citas anteriores). Cervantes, en el prólogo del Quijote, se excusa de publicarlo “sin acotaciones en las márgenes y sin anotaciones en el fin del libro, como veo que están otros libros”, “llenos de sentencias de Aristóteles, de Platón y de toda la caterva de filósofos”, para que los leyentes tengan a sus autores por hombres leídos, eruditos y elocuentes”; pues “soy poltrón y perezoso de andarme buscando autores que digan lo que sé decir sin ellos”.

 

4. Distorsionar, disimular y presumir también conducen al abuso opuesto: no citar, aprovechando ideas, temas, tratamientos, recursos, visiones y hasta palabras exactas sin reconocerlo. Aristófanes, en Las nubes, acusa a Eupolis de haber plagiado una comedia suya:

 

“Agregó solamente una vieja bien borracha”, que “ya Frinico la había inventado”.

 

Marcial ( Epigramas ) se burla de un poeta que lo plagia, sin cambio alguno, excepto la dicción: “Lo que recitas son, Fidentino, mis versos; pero dichos tan mal que ya parecen tuyos”.

 

5. Aprovechar sin reconocer puede ser una elegancia obligada por las buenas maneras académicas. En el punto anterior, por ejemplo, de no haber puesto el número 551, parecería que estaba citando a la manera clásica, de memoria; y, poniéndolo, parece que tengo a la vista una edición griega, o bilingüe, o cuando menos numerada. En realidad, la acusación de plagio y la referencia exacta las encontré en el Oxford Classical Dictionary, artículos “Plagiarism” y “Eupolis”. Y la edición que cité es la económica versión de Las once comedias de Aristófanes, muy recomendable, a pesar de que Ángel María Garibay ha sido acusado de no saber tanto griego y aprovechar una versión francesa. De la cual no pudo haber tomado el sabroso lenguaje de teatro populachero, ni los mexicanismos ( pelado, tompeate) que tan bien le van a Aristófanes. Pero todo esto (la información tomada de los diccionarios, las ediciones populares, los trabajos del mundo no académico) no debe ser citado, aunque se aproveche. No es elegante.

 

6. En 1673, Jacob Thomasius hizo un catálogo de abusos de los eruditos elegantes: firmar una compilación de textos ajenos con un título engañoso, que suene a texto del compilador; robarse la idea de un autor y no citarlo; o citarlo, pero no en el punto decisivo, sino en otro completamente secundario, para escamotear el robo principal; o adobando lo robado en una presentación “superior”, que sirve para citarlo, pero negativamente: criticando sus limitaciones, que lo dejan muy por abajo; o, con mayor audacia, acusándolo de plagio, para adelantarse a su posible acusación y desacreditarla de antemano ( Dissertatio philosophica de plagio literario, citada por Anthony Grafton, The footnote: A curious history).

 

7. El mismo Grafton, que es profesor de historia en Princeton, describe, en el primer capítulo, cómo citan los historiadores, para acreditarse y desacreditar. Por ejemplo, con citas venenosas, que pueden reducirse a un simple “Cf.” ( confer, compare lo que dice Fulano). En vez de presentar y debatir una opinión contraria, lo cual es concederle importancia, se puede simplemente decir: Ésta es la verdad, aunque otros no sean capaces de verla. Cf. Fulano.

 

Si hace falta más, procede una “scholarly version of assassination”, pero muy académica: algo breve y sanguinario, como “discutable” (los franceses), “oddly overestimated” (los ingleses), “ganz abwegig” (totalmente desencaminado, los alemanes).

 

8. Según Grafton, la cita como prueba científica es un concepto moderno, que impuso el Dictionnaire historique et critique (1696) de Pierre Bayle, un filósofo cartesiano, que documenta y discute cada una de sus afirmaciones en largas y polémicas notas al pie. Hubo antecedentes: la cita exacta de la ley era una práctica establecida en el derecho romano del siglo V; la edición de textos bíblicos anotados al margen fue inventada por los teólogos del siglo XII; las notas de un autor a su propio texto aparecen en la Edad Media tardía y el Renacimiento. Y, desde luego, en los tiempos de Bayle ya existía el uso de la palabra “pruebas”, que encabezaba una simple lista bibliográfica al final, pero sin dar la página y el texto que fundamentan cada afirmación. Integrando todos estos antecedentes, Bayle estableció en su diccionario un modelo de rigor que fascinó a Voltaire, Hume, Diderot, Winckelmann, Gibbon.

 

9. Es paradójico que Bayle haya sido cartesiano, porque Descartes, por el contrario, ocultó sus fuentes. En el Discurso del método no hay un solo autor citado, aunque Descartes se asume como parte de una comunidad lectora, de la cual espera opiniones. Sostuvo una activa correspondencia filosófica (seis de los once volúmenes de sus obras, en la edición de Adam y Tannery). Es quizá el primer autor en la historia que concede una entrevista para responder un cuestionario (el 16 de abril de 1648: Descartes, Entretien avec Burman).

 

Todo lo cual hace más notable su no citar a nadie, que es una crítica a la tradición erudita. Su posición es la socrática: No me vengas con citas de Aristóteles, sin pensar por ti mismo, observar, hacer experimentos, medir. Tampoco me leas sin criticarme. “Suplico a los que deseen hacer alguna objeción a mi doctrina que se tomen la molestia de enviarla por escrito a mi editor” (trad. de Manuel Machado, también muy recomendable, en la misma Colección Sepan Cuántos).

 

10. La cita como prueba científica, aunque esté acompañada de comentarios irreverentes, como en Bayle y sus seguidores, tiene una nobleza (la tradición crítica, la cultura como conversación) que ya no se encuentra en la cita como prueba de trámite cumplido para merecer el pase (a la graduación, la publicación, el ascenso). Hay algo válido y pedagógico en asegurarse de que los recursos bibliográficos de cada disciplina se manejen con destreza por todos los participantes. Pero las citas como credenciales ya no son la cita como prueba científica.

 

11. Del abuso de las citas convertidas en credenciales se llega a un abuso mayor: las credenciales falsas. “Hacer como que se ha leído lo que no se ha leído sucede con frecuencia. Hay personas de treinta años que citan en sus obras más libros de los que pudieron haber leído en varios siglos” (Nicolas de Malebranche, De la recherche de la vérité, 1674, citado por Antoine Compagnon, La seconde main ou le travail de la citation).

 

12. El abuso final (o más reciente) está en la superación posmoderna de estas preocupaciones: es un error hablar de distorsiones, plagios ni refritos, porque todo autor es un segundo autor, todo texto es parte de un intertexto, no hay nada original, todo lo publicado es un tejido de citas, alusiones, parodias, homenajes, sin origen ni centro. La muerte del Creador implica finalmente la muerte del creador, como dijo, más o menos, Foucault. Lo cual no impide que Foucault y Derrida firmen como autores de sus libros, defiendan sus derechos autorales, cobren regalías y sean vistos por sus seguidores como genios originalísimos.

 

En la práctica, la doctrina se invierte provechosamente: si el creador no existe, todo está permitido. El segundo autor es tan autor como el primero, tan original como el primero, con tantos derechos como el primero.

 

La manga ancha posmoderna ha servido para legitimar muchas transformaciones pedestres o abusivas que hoy pasan por creación.

 

Borges se burló anticipadamente de lo que vendría, al inventar un personaje (Pierre Menard) que se volvía autor del Quijote por el simple hecho de transcribirlo. Sin embargo, prosperan los artistas que se lo toman en serio, y presentan como obra suya el manoseo de tal o cual cosa.

 

Paralelamente, hacer estudios semiológicos sobre cómo los textos se refieren unos a otros y se modifican mutuamente ha dado origen a toda una industria académica, documentada por Udo J. Hebel en Intertextuality, allusion and quotation: An international bibliography of critical studies (Greenwood, 1989), que no he visto, ni hace falta, para citarlo posmodernamente.

 

 

 

CITAS ACUMULABLES

 

Citar es asumir una tradición, tomar en cuenta los trabajos previos, estudiar lo explorado para enfrentarse a lo inexplorado y así llegar, con suerte, a lo nunca visto. “Somos como enanos trepados en gigantes”, decía Bernardo de Chartres (muerto hacia 1130); “por eso vemos más que ellos” (Robert K. Merton, On the shoulders of giants). Pero hay formas de trepar que no son útiles para ver mejor, sino para verse mejor. Las universidades (cuyo embrión fueron los centros escolásticos de las catedrales, como el de Chartres) transformaron el saber en credenciales para el ascenso. En esa transformación, las citas se volvieron puntos de crédito a favor del que cita a los gigantes de la Antigüedad, y finalmente puntos de crédito a favor del autor vivo citado.

 

El deseo de ser citado parece moderno, posterior a Gutenberg, quizá del siglo XVIII. Gulliver habla de un profesor que “me hizo grandes reconocimientos por comunicarle esas observaciones y prometió mencionarme honrosamente en su tratado” (Swift, Gulliver’s travels, 1726). Richard Saunders (heterónimo de Benjamín Franklin) firma en 1757 un prólogo celebratorio de su Poor Richard’s Almanack (que cumple veinticinco años publicándose, y es todo un éxito), para quejarse de que no lo citan. “Lector gentil: He oído que nada complace más a un autor que descubrir sus obras respetuosamente citadas por otros respetables autores. Una satisfacción que rara vez he tenido, aunque soy, si puedo decirlo sin vanidad, un autor eminente [...]. De no ser porque mis escritos me producen beneficios tangibles, tanta falta de aplauso me hubiera desanimado” ( Writings, The Library of America).

 

Franklin se consuela, porque algunas máximas que escribió para su lucrativo almanaque (como “El tiempo es dinero”) se volvieron dichos populares. Pero echa de menos el aplauso de sus colegas, como es común entre los autores, aunque tengan éxito. En 1977, cuando Romain Gary llevaba muchos años de tener éxito, se queja amargamente con Bernard-Henri Lévy de que nadie lo cita: “Me leen, me admiran, se roban mis hallazgos, pero no me citan”; y “lo único importante es ser o no ser citado” ( Les aventures de la liberté). La amargura, que lo condujo al suicidio, puede volverse cínica, como en dos lamentables episodios que registra el diario de Adolfo Bioy Casares (Descanso de caminantes). Carta de un conocido escritor: “Me dice Óscar que en Claudia aparecerá un reportaje tuyo. Lo buscaré para comprobar cómo retribuyes a los recuerdos elogiosos que en los míos te dedico”. Apunte luctuoso sobre una escritora, que acaba de morir: “graciosa, cariñosa. Dijo que si escribía una nota sobre una de sus novelas, se acostaría conmigo. La escribí y nos acostamos, riendo de la situación”. Irónicamente, Don Marquis se burló de su propio deseo: “Publicar un libro de poemas es como dejar caer un pétalo de rosa en el Gran Cañón y esperar el eco” (Tony Augarde, The Oxford Dictionary of modern quotations).

 

El apremio ontológico de ser citado, para alcanzar la plenitud de ser, es anterior y más profundo que los apremios económicos. Pero acabó integrándose a la búsqueda de ingresos, cuando el mercado curricular, que apareció en el siglo XX, estableció una base de cotizaciones que no existía en los tiempos de Franklin: “El currículo es dinero”. Los universitarios, que en la Edad Media computaban los méritos piadosos en días de indulgencia, en el siglo XX organizaron sistemas exactos para medir los méritos curriculares. Estos cálculos son tan irreales como los piadosos, pero así como el mercado de las indulgencias produjo beneficios perfectamente reales, ahora hay beneficios claramente tangibles en el mercado curricular.

 

En 1955, Eugene Garfield propuso la creación de un Science Citation Index, como un recurso heurístico que eludía las dificultades para estructurar índices temáticos. (Señaladas por Norman Knight, el fundador de la Society of Indexers, en un libro elegantemente titula-do Indexing, The art of,). En vez de clasificar y agrupar los artículos científicos referentes a un mismo tema (que es difícil), cada artículo sería referido a los artículos citados por el autor (cosa fácil). Los racimos de referencias (que hoy llamaríamos vínculos hipertextuales en una base electrónica de datos, aunque el proyecto original era una publicación impresa) serían el equivalente práctico de un índice temático. Este énfasis (que explica el subtítulo: “Citation indexes for science: A new dimension in documentation through association of ideas”, Science, 15-VII-1955) no ignoraba otras consecuencias.

 

Como el lector de un artículo tendría, no solo las referencias a los artículos antecesores, sino a los descendientes, podría saber cómo fue recibido; cosa importante para matizar o descalificar sus aportaciones. Lo cual, de paso, funcionaría como un servicio mundial de recortes para los autores, a los cuales “les gusta ver qué se dice de sus trabajos”. Además, permitiría medir la importancia de un artículo, de un autor, de una revista, de una institución, por la acumulación de citas. Esto último produjo una revolución. Integró a la ciencia los refina-dos métodos estadísticos del béisbol para medir y comparar proezas.

 

El Institute for Scientific Information [www.isinet.com], creado por Garfield en 1964, vende esta información y ha tenido una influencia semejante al comité organizador de las competencias olímpicas. Es un centro mundial de referencia y contabilidad que, por el hecho de existir, induce cambios en la forma de competir. Ahora, los avances milagrosos y los refritos mediocres se miden por lo que tienen en común: el número de citas que generan. Lo cual ha desencadenado una multitud de trucos para inflarlas, porque los ingresos personales y los presupuestos institucionales dependen de eso.

 

Aunque no ha surgido un Lutero que encabece con éxito una ruptura institucional contra el mercado de indulgencias presupuestales (lo más parecido a eso fue Ivan Illich, pero no hizo mella en las instituciones), abundan las críticas. Por ejemplo, se critican los créditos de coautoría que se extienden a media humanidad (veinte coautores de un artículo, cada uno de los cuales, naturalmente, lo añade a su currículo, con beneficio también para la institución, cuya producción per cápita mejora). Se discute el significado de encabezar la lista (¿es un reconocimiento concreto de aportación dominante en este trabajo o es un derecho institucional, como jefe del departamento?). Circulan historias feas de quienes han comprado la mención derramando sus gracias sociales o corporales. Se inventan reglas mecánicas para filtrar a los que siempre aparecen como coautores, nunca como autores solos o encabezando listas. Se habla de los enjuagues del “me citas y te cito”, de los golpes bajos de no citar trabajos con toda intención, de la exclusión sistemática de muchas revistas, sobre todo de países menos desarrollados. Se reconoce que los campos más trillados (donde hay miles de investigadores, no docenas), por este solo hecho, tienen más investigadores citándose unos a otros. Se hacen estudios de los autores que aumentan su puntaje citándose a sí mismos. Según Blaise Cronin ( The citation process: The role and significance of citations in scientific communication), Jon Wiener tuvo el humor de calcularle al propio Garfield su self-citation rate (un altísimo 79%), en “The footnote fetish”.

 

Además, han proliferado los estudios de sociología de la ciencia para entender qué se cita, cómo y por qué razones (legítimas o dudosas), con resultados poco claros, como puede verse en la monografía de Cronin. En México, Ruy Pérez Tamayo ha señalado los espejismos de tomar el “número de artículos publicados y de citas acumuladas como medidas únicas o principales de la calidad de los investigadores científicos” (“Sobre la evaluación de los investigadores científicos / III”, La Jornada, 22-VII-1992).

 

Los Citation Index (ahora ISI vende también un Social Sciences Citation Index y un Arts and Humanities Citation Index) reflejan y refuerzan un fenómeno paralelo a la concentración de los best sellers y el star system del cine, la televisión y los deportes. También reflejan y refuerzan el problema de medir la calidad. Cuando no había un con-curso permanente de cifras macroeconómicas (porque no existían las mediciones), la competencia entre los países “adelantados o atrasados” se basaba en apreciaciones cualitativas, que daban mucha importancia a la calidad de la vida cotidiana y el desarrollo de las letras, las artes y las ciencias. Las mediciones del PIB, de los ratings televisivos, del Citation Index, de los ejemplares vendidos, han distraído la atención en direcciones poco favorables a la calidad.

 

No hace falta decir que las mediciones no afectan a quien sabe leerlas, sin distraerse ni dejarse engañar. Si un lector consigue en Amazon un libro cuyo lugar en ventas es dos millones (hay dos millones de títulos que venden más), no lo despreciará: estará agradecido de que un texto con tan poca demanda esté disponible, aunque el negocio se concentre en los más vendidos. De igual manera, aunque nadie mencione a un escritor que le parece admirable, manifestará sin temor su admiración, al conversar con otros lectores, al escribir (si escribe) y al editar (si edita). Sin embargo, abundan las personas poco independientes que se dejan arrastrar por los juicios mecánicos de las estadísticas, los consensos ignorantes o interesados, la línea correcta, el convencionalismo del éxito. Y esto no se puede ignorar, porque pesa en el mundo cultural y distorsiona los juicios sobre la calidad.

 

Como no es fácil medir lo que produce la conversación de un gran maestro, se devalúa la producción oral en favor de la escrita. Lo cual parece más exacto y objetivo, pero no resuelve el problema. No sirve para distinguir la producción mediocre de la milagrosa. Conduce, simplemente, a multiplicar las publicaciones de los que nada tienen que decir (verbalmente o por escrito) y que ahora, publicando, parecen muy productivos. Cuando se vuelve obvio que la producción escrita resulta engañosa, se añade otra medición: la producción que llega a ser citada, lo cual también es engañoso, porque sobran los trucos para generar citas. Entonces se inventan filtros computacionales para separar las citas de sí mismo o de colegas de la propia institución, lo cual no impide otros enjuagues, ni sirve finalmente para escuchar a los pocos que realmente tienen algo que decir.

 

En la clerecía curricular, el respeto social, el ascenso burocrático, los ingresos y hasta la seguridad en sí mismo dependen de las menciones favorables y el rating de cada acto, persona, institución. Vivir es un perpetuo Juicio Final. No ser mencionado es peor que no haber nacido: sufrir la excomunión que anticipa la condenación eterna. Muchas menciones ridículas se explican por el deseo de sacar del limbo a quienes devotamente ayudaron en tal o cual cosa, barrieron el laboratorio, mecanografiaron el escrito. Y así como en las películas hay disputas feroces por los créditos, y listas interminables de colaboradores, la mención concedida por simpatía o compasión puede volverse exigida, regateada, comerciada.

 

Producir ha sido siempre un milagro, como lo atestiguan los curiosos que rodean al soplador, mientras el vidrio incandescente va tomando forma. Producir artesanías, música, curaciones, conocimientos, pintura, poemas. Cada milagro tiene su propio mundo. Se puede comparar la revelación que produce un giro literario, por el simple hecho de unir dos palabras por primera vez, con el milagro que produce un giro repentino de la mano artesanal inspirada. Pero hay comparaciones peligrosas. Las metafóricas enriquecen las cosas comparadas: la mano del soplador también escribe, la mano del escritor también produce físicamente. En cambio, las comparaciones numéricas las empobrecen: las reducen a una tercera, inferior a las comparadas. ¿Cómo reducir los milagros a unidades medibles, acumulables?

 

Medir la producción es deseable en muchas circunstancias, siempre y cuando la medición no interfiera con la producción de milagros o, peor aún: la sustituya. Pero medir tiene su propia fascinación. Hay algo mágico en los números, como lo sabían los pitagóricos. Son realidades de una perfección misteriosa, que no se sabe bien lo que representan, pero emocionan. Su fascinación puede conducir a que muchas realidades se distorsionen, por el afán de llegar a más.

 

En el afán de acumular (dinero, méritos, indulgencias, fama, poder, avances, conocimientos, reconocimientos o simplemente puntos buenos) hay algo fascinante, que rebasa con mucho las siniestras pasiones atribuidas por Marx a los capitalistas y por Freud a los caracteres anales. Hay un deseo de salvación, de plenitud definitiva, al parecer inalcanzable, que se puede observar también en los aspirantes a la santidad, la belleza, la verdad, siempre insatisfechos. La austeridad espantosa que se imponía a sí misma Simone Weil, el radicalismo literario de Samuel Beckett, la investigación sin límites del Fausto de Goethe, inspiran más respeto que las otras insatisfacciones, pero tienen la misma raíz: el afán de más.

 

Para comparar con justicia la producción intelectual, el común denominador tendría que ser el milagro. Pero ¿cómo comparar unos milagros con otros? La revelación que hay en los cuadros de Edward Hopper y Gunther Gerszo ¿es comparable? ¿Qué tienen en común que sea medible? Por no saber qué hacer con esta dificultad, se pasa a medir milagros en metros cuadrados, número de exposiciones, precios en el mercado, condecoraciones, premios, nombramientos, citas acumuladas. Ni más ni menos que como en la Edad Media, cuando se acumulaban méritos piadosos en el camino de la perfección.

 

 

 

 

 

Fuente: Revista de Economía Institucional, vol. 14, n.º 27, segundo semestre/2012, pp. 273-285

 

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