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lunes, 19 de junio de 2023

 

[ 411 ]

 

EL ORDEN DEL DÍA

Éric Vuillard

 

 

(…)

 

Las máscaras

 

“Podríamos acercarnos a cada uno de los veinticuatro caballeros, uno tras otro, mientras entran en el palacio, podríamos rozar su ancho cuello duro, el nudo corredizo de su corbata, perdernos un instante en el mordisqueo de sus bigotes, soñar entre las listas atigradas de sus chaquetas, abismarnos en sus ojos tristes, y allí, en el fondo de la flor de árnica amarilla y picante, encontraríamos la misma puertecita: tiraríamos del cordón de la campanilla y nos remontaríamos de nuevo en el tiempo, lo que nos permitiría presenciar una misma sucesión de maniobras, de ventajosos matrimonios, de operaciones sospechosas: el monótono relato de sus hazañas.

 

Ese 20 de febrero, Wilhelm von Opel, el hijo de Adam, se ha cepillado definitivamente la grasa sucia incrustada en sus uñas, ha guardado su velocípedo, olvidado su máquina de coser, y ostenta en su apellido una partícula nobiliaria donde se resume toda la saga de su familia. Con la autoridad que le confieren sus sesenta y dos años, carraspea mientras consulta su reloj. Frunce los labios y echa un vistazo a su alrededor. Hjalmar Schacht ha trabajado duro: no tardarán en nombrarlo director del Reichsbank y ministro de Economía. En torno a la mesa se hallan reunidos Gustav Krupp, Albert Vögler, Günther Quandt, Friedrich Flick, Ernst Tengelmann, Fritz Springorum, August Rosterg, Ernst Brandi, Karl Büren, Günther Heubel, Georg von Schnitzler, Hugo Stinnes Jr., Eduard Schulte, Ludwig von Winterfeld, Wolf-Dietrich von Witzleben, Wolfgang Reuter, August Diehn, Erich Fickler, Hans von Loewenstein zu Loewenstein, Ludwig Grauert, Kurt Schmitt, August von Finck y el doctor Stein. Nos hallamos en el nirvana de la industria y las finanzas. Ahora se les ve muy silenciosos, muy tranquilos, un tanto ofuscados tras esos casi veinte minutos de espera; el humo de los grandes habanos les escuece en los ojos.

 

Con una suerte de recogimiento, algunas sombras se detienen ante un espejo y se retocan el nudo de la corbata; se sienten a sus anchas en el saloncito. En algún lugar, en uno de sus cuatro libros sobre arquitectura, Palladio definió bastante vagamente el salón como una pieza de recepción, un escenario donde se desarrollan los vodeviles de nuestra existencia; y en la famosa villa Godi Malinverni, tras cruzar la sala del Olimpo, donde los dioses desnudos retozan entre aparentes ruinas, y la sala de Venus, donde un niño y un paje escapan por una falsa puerta pintada, se accede al salón central, donde encontramos en un marco de madera, encima de la entrada, el final de una oración: «Mas líbranos del mal». Pero en el palacio del presidente del Parlamento, donde se celebraba nuestra pequeña recepción, en vano se habría buscado tal inscripción; no estaba en el orden del día.

 

Transcurrieron lentamente varios minutos bajo el alto techo. Se intercambiaron sonrisas. Se abrieron carteras de cuero. Schacht se quitaba de vez en cuando las finas gafas y se frotaba la nariz, la lengua asomando entre los labios. Los invitados seguían plácidamente sentados, apuntando hacia la puerta sus ojillos de cangrejo.

 

Susurraban entre dos estornudos. Algunos desplegaban un pañuelo, las narices trompeteaban en medio del silencio; luego se recomponían, aguardando pacientemente que comenzara la reunión. Eran duchos en reuniones, todos acumulaban consejos de administración o de supervisión, todos pertenecían a alguna asociación patronal. Por no hablar de las siniestras reuniones familiares de aquel patriarcado austero y tedioso.

 

Gustav Krupp, sentado en primera fila, se pasa el guante por el rostro rubicundo, gargajea religiosamente en el moquero, está acatarrado. Con la edad, sus finos labios comienzan a dibujar una fea medialuna invertida. Parece triste e inquieto; da vueltas maquinalmente entre sus dedos a un bonito anillo, perdido en la bruma de sus anhelos y cálculos —y puede que estas palabras posean para él un solo significado, como si hubieran ido imantándose lentamente la una hacia la otra.

 

De súbito, las puertas rechinan, el parqué cruje; alguien conversa en la antesala. Los veinticuatro lagartos se alzan sobre las patas traseras y se mantienen bien erguidos. Hjalmar Schacht traga saliva, Gustav se ajusta el monóculo. Tras los batientes de la puerta se oyen voces ahogadas y después un silbido. Por fin, el presidente del Reichstag entra sonriendo en la estancia: es Hermann Göring. Y eso, muy lejos de despertar sorpresa entre nosotros, en el fondo no es más que un acontecimiento bastante trivial, pura rutina. En el mundo de los negocios, las luchas partidistas son poca cosa. Políticos e industriales están habituados a codearse.

 

Göring rodea la mesa, dedicando unas palabras a cada uno y estrechando manos bonachonamente. Pero el presidente del Reichstag no ha venido solamente a recibirlos; tras mascullar unas palabras de bienvenida, evoca de inmediato las cercanas elecciones, las del 5 de marzo. Las veinticuatro esfinges le escuchan con atención. La campaña electoral que se avecina es determinante, declara el presidente del Parlamento, urge acabar con la inestabilidad del régimen; la actividad económica requiere calma y firmeza. Los veinticuatro caballeros asienten religiosamente. Las velas eléctricas de la araña parpadean, el gran sol pintado en el techo brilla más que hace unos instantes. Y si el partido nazi alcanza la mayoría, añade Göring, estas elecciones serán las últimas durante los próximos diez años; e incluso —añade con una sonrisa— durante los próximos cien años.

 

Un gesto de aprobación recorrió la hilera de hombres. En ese preciso instante se oyó un rumor de puertas, y el nuevo canciller entró por fin en el salón. Quienes no lo conocían sentían curiosidad por verlo. Hitler estaba sonriente, relajado, en absoluto como lo imaginaban, afable, sí, e incluso amable, mucho más amable de lo que auguraban. Tuvo para cada uno unas palabras de agradecimiento y un tónico apretón de manos. Una vez hechas las presentaciones, todos volvieron a ocupar sus confortables butacas. Krupp se hallaba en primera fila, atusándose con un dedo nervioso el diminuto bigote; justo detrás de él, dos dirigentes de IG Farben, pero también Von Finck, Quandt y otros, cruzaron doctamente las piernas. Se oyó una tos cavernosa, el capuchón de una estilográfica emitió un minúsculo chasquido. Silencio.

 

Escucharon. El meollo del asunto se resumía en lo siguiente: había que acabar con un régimen débil, alejar la amenaza comunista, suprimir los sindicatos y permitir a cada patrono ser un Führer en su empresa. El discurso duró media hora. Cuando Hitler concluyó, Gustav se levantó y, en nombre de todos los invitados presentes, agradeció que se clarificase por fin la situación política. El canciller dio un rápido rodeo antes de marcharse. Lo felicitaron, se mostraron corteses. Los viejos industriales parecían aliviados. Una vez que se hubo retirado, tomó la palabra Göring, que reformuló enérgicamente algunas ideas antes de rememorar de nuevo las elecciones del 5 de marzo. Era una ocasión única para salir del estancamiento en que se hallaban. Pero para hacer campaña se necesitaba dinero; el partido nazi no tenía un chavo, y se echaba encima la campaña electoral. En ese instante, Hjalmar Schacht se levantó, sonrió a los presentes y dejó caer:

 

«Ahora, caballeros, ¡a pasar por caja!».

 

Tal invitación, un tanto descarada, no les pillaba de nuevas a esos hombres; estaban acostumbrados a las comisiones y a los pagos bajo cuerda. La corrupción es una carga ineludible del presupuesto de las grandes empresas; recibe distintos nombres: lobbying, gratificación, financiación de partidos. Así pues, la mayoría de los invitados desembolsó de inmediato unos centenares de miles de marcos, Gustav Krupp donó un millón, Georg von Schnitzler cuatrocientos mil, con lo que se recogió una suma considerable. Esa reunión del 20 de febrero de 1933, que cabría calificar de momento único en la historia patronal, de compromiso inaudito con los nazis, para los Krupp, los Opel o los Siemens no es más que un episodio bastante habitual en el mundo de los negocios, una trivial recaudación de fondos. Todos ellos sobrevivirán al régimen y financiarán en el futuro a numerosos partidos a tenor de sus beneficios.

 

Pero para comprender mejor lo que representa la reunión del 20 de febrero, para captar hasta qué punto es eterna su esencia, en lo sucesivo deberemos llamar a esos hombres por su nombre. No son ya Günther Quandt, Wilhelm von Opel, Gustav Krupp, August von Finck quienes están allí ese atardecer del 20 de febrero de 1933, en el palacio del presidente del Reichstag; deben pronunciarse otros nombres. Porque Günther Quandt es un criptónimo, oculta algo distinto del grueso sujeto que se retoca el bigote sentado con toda formalidad en su sillón, en torno a la mesa de honor. Tras él, justo detrás, se yergue una silueta harto más imponente, sombra tutelar, fría e impenetrable cual estatua de piedra. Sí, dominando con toda su potencia, feroz, anónima, la cara de Quandt, confiriéndole esa rigidez de máscara, una máscara que encajaría más con el rostro que su propia piel, se adivina, sobrevolando por encima de él, Accumulatoren-Fabrik AG, la futura Varta, una compañía a la que sí conocemos, pues las personas jurídicas poseen sus avatares, al igual que las divinidades antiguas cobraban distintas formas y, con el paso del tiempo, se sumaban al resto de los dioses.

 

Tal es, pues, el nombre auténtico de los Quandt, su nombre de demiurgo, porque él, Günther, no es más que un montoncito de carne y huesos, como ustedes y como yo, y porque, después de él, sus hijos y los hijos de sus hijos se sentarán en el trono. Pero el trono, por su parte, permanece cuando el montoncito de carne y de huesos se corrompe bajo tierra. Y así, los veinticuatro no se llaman ni Schnitzler, ni Witzleben, ni Schmitt, ni Finck, ni Rosterg, ni Heubel, como nos mueve a creer el registro civil. Se llaman BASF, Bayer, Agfa, Opel, IG Farben, Siemens, Allianz, Telefunken. Con esos nombres sí los conocemos. Es más, los conocemos muy bien. Están ahí, entre nosotros. Son nuestros coches, nuestras lavadoras, nuestros artículos de limpieza, nuestras radios despertadores, el seguro de nuestra casa, la pila de nuestro reloj. Están ahí, en todas partes, bajo la forma de cosas. Nuestra vida cotidiana es la suya. Cuidan de nosotros, nos visten, nos iluminan, nos transportan por las carreteras del mundo, nos arrullan. Y los veinticuatro sujetos presentes en el palacio del presidente del Reichstag, ese 20 de febrero, no son sino sus mandatarios, el clero de la gran industria; son los sacerdotes de Ptah. Y se mantienen allí impasibles, como veinticuatro calculadoras en las puertas del Infierno...”

 

 

 

[ Fragmento de: Éric Vuillard. “El orden del día” ]

 

*

jueves, 15 de junio de 2023

 

[ 407 ]

 

14 DE JULIO

Éric Vuillard

 

(...)

 

 

 

Ciudadela

 

“He aquí el templo de Horus. Ocho torres. Unidas por un muro. Tres metros de espesor. El mutismo. La sordera. Pocas aberturas. Ciega. La ciudadela. Altísima. Construida en doce años. De puerta se convirtió en fortificación, flanqueando la ciudad. Falsa puerta, pues. Fortaleza, almacén, arsenal, caja de caudales, prisión.

 

Posee sus mazmorras, como todos los castillos de su tiempo, vientre muerto. Figura inexpresiva del antiguo Egipto. Dios de arena y de piedra. Masa enorme. Gran tasca. Tarasca. Bàou. No sabemos qué sentido darte, si fuiste la gran cosa oscura, Orión, Cocito, dios del silencio, alma muerta, petrificada. O si fuiste algo totalmente distinto, que ya ignoramos, Anat, disimulada la pureza de tus proporciones, unidas la ira y la miseria para derribarte.

 

Lo que sorprende, de entrada, es una desproporción. Entre el barrio de Saint-Antoine, las casitas, las chabolas, incluso los edificios, y la Bastilla. Domina el barrio. Lo cobija. Uno se pregunta qué hace ahí.

 

Nos anonada.

 

Durante toda la noche se habían formado grupos bajo las torres. Dentro de la ciudadela, los guardias estaban intranquilos. Habían sonado disparos de fusil en el vacío. Una multitud muda y recalcitrante erraba alrededor de las murallas. Sabían que en su interior estaba la pólvora, que el gobernador De Launay la había mandado transportar de noche del Arsenal a la fortaleza, y que había tomado otras precauciones, como aquellas carretillas de adoquines que se había visto cargar en lo alto de las torres. Los insurgentes del barrio de Saint-Antoine aumentaban por momentos. Unos niños jugaban en el arroyo, ladraban unos perros; había también grandes gaviotas. ¡Ah!, nunca podremos saber, nunca sabremos qué llamarada recorrió los corazones, qué júbilo; tal vez podamos arder con el mismo fuego, pero no ese mismo día, no en ese mismo momento; podremos preguntar minuciosamente a las memorias, echar mano de todos los testimonios, leer todos los relatos, los periódicos, escudriñar los atestados, no encontraremos nada. La auténtica piedra Rosetta, la que permitiría que nos sintiéramos en casa en cualquier época, no la hemos encontrado. La verdad atraviesa nuestras palabras, como la señal de nuestros secretos.

 

Desde la mañana, había aumentado el agolpamiento en torno a la Bastilla. Hubo perros que ladraban, una mula de la que tiraban hacia París, unos jóvenes borrachos. Sí, había ancianos muy pobres, comerciantes muy gordos y jovencitas muy guapas. Nicolas d’Arras llevaba desde las seis en el patio del Arsenal. Estaba con los dos Moreau, François, teniente, que tiene veintitrés años, y Philippe, capitán, que es el mayor y sólo tiene un año más. Hay también guardias franceses, hombrecillos de color azul-blanco-rojo. Se vislumbra un enjambre de tricornios y gorros de piel. Primero desperdigada, una multitud no es casi nada, corre aire por todas partes, la gente no tiene miedo, la excitación es aún muy pequeña. Luego las mallas van estrechándose imperceptiblemente, se diría que el agua sube, y de pronto los codos se tocan, el rumor es enorme. ¡Ah!, cómo crece, ¡y esos jóvenes despeinados, que se tronchan! ¡Y esa madre anciana que se suena con el delantal!

 

Cuán excitante debió de ser estar allí al alba, burlarse y reírse, jugar con el miedo. Nada hay tan hermoso y embriagador como el alba. Un viento frío alza los cabellos, hincha las camisas. Llegan gentes de todos los rincones de París, inquietas pero felices. Una multitud ya numerosa avanza hacia los barracones que flanquean la Bastilla. Vislumbran los fusiles que les apuntan desde lo alto de las torres. Ellos tan sólo tienen palos, adoquines, algunos fusiles, poquísima pólvora. Fraternizan con los guardias franceses y con los que se yerguen al pie de la fortaleza. Es un ambiente curioso, electrizante. Se sienten próximos sin conocerse. Intercambian unas palabras, se ríen; cuando de repente, desde la Bastilla, suenan disparos. Caen dos hombres, muertos. A un muchacho de quince años le atraviesan un brazo. La multitud se desperdiga por el camino sinuoso, a lo largo de las tiendas; se pegan a los muros del patio, se dispersa lanzando gritos.

 

Un tipo gesticula para reunir a la gente, aposta a lo largo de los cuarteles a algunos hombres, y éstos abren fuego de inmediato contra las torres; pero las balas rozan la piedra. Ese tipo es Fournier. Apenas dejó atrás la infancia, se hizo criado; luego se embarcó a la aventura, a los quince años, hacia Santo Domingo, de donde trajo un gran sobrenombre: el Americano. Carece de instrucción; estudió poco; apenas sabe escribir. Pero sabe liderar a la tropa. La vida se agrandó por sí sola a su alrededor, escuchó con oído indiscreto tras las puertas de los despachos, vivió en los bistrós.

 

Por un instante el barrio parece muerto. Los dos cadáveres permanecen tendidos en medio del patio, como paja después de la tormenta. Luego la multitud regresa lentamente, bordeando los muros. Un niño de doce años ha resultado herido. Está ahí solo, incapaz de incorporarse. Fournier le grita que no se mueva, que van a acudir en su ayuda. Al hombre le embarga una mezcla de ira y de compasión, que conforma el fondo ardiente de su carácter. De súbito, los guardias franceses salen de su retiro y disparan en dirección a la Bastilla. A Fournier se le acelera el corazón y se lanza a través del patio.

 

Asiéndolo por el hombro, arrastra al chico para ponerlo a salvo de las balas. Y de inmediato deciden trasladarlo al Ayuntamiento, la herida tiene mal aspecto, hay que partir al punto, no se le puede dejar morir. Lo alzan aprisa y corriendo sobre un trozo de tabla. Lo acarrean dando tumbos hasta la calle. Pero la rue Saint-Antoine se hace de pronto larguísima, la tabla raspa los dedos, el chico gime. Fournier también ha recibido un balazo; cojea. Amotina a toda la gente con la que se cruzan. Realiza tremendas proezas de lenguaje, vocifera que se necesitan armas y pólvora —habla como un corredor de comercio— para los postes, los muros, las empalizadas. Cuando le contestan que eso hay que ir a pedirlo al Ayuntamiento, explica, con la litera apoyada en la pierna, que ya han estado allí, que no les darán nada, que el alcalde de París es un mamarracho. Tras ellos, prosigue el fuego; pero una vez rebasado Saint-Paul, da la impresión de que todo se ha detenido, la fusilería hace un ruido intermitente y lejano. La gente se acerca con timidez. Preguntan qué le ha sucedido al chico. Fournier lo cuenta todo y de nuevo se encorajina. Una ráfaga de viento le barre la cara. Con él, la Revolución empieza en la calle. La multitud se aparta. Los hombres están baldados, unos desconocidos los ayudan. Hacen un alto junto a la fuente; depositan la camilla, titubeando. Fournier moja un pañuelo en el agua para enjugar la frente del herido.

 

Entre los porteadores, hay un tipo gigantesco; sostiene él solo un lado de la litera. Fournier lo mira. Es un negro. Fournier y el negro se miran. El muchacho delira y gime. Lo colocan junto a la fuente; Fournier y el negro se inclinan sobre él. Yo veo a los dos hombres y al muchacho, pero quizá estoy soñando. Son una alucinación, el hombre irascible, Fournier, el hombre pendenciero, el petimetre arruinado, convertido a la ira, y el negro, Delorme, los dos, frente a frente, al alba. Y si bien Fournier es un antiguo colono, si montó su fábrica de tafia a porrazos y lo perdió todo, el negro tampoco es un tipo cualquiera. Se llama Guillaume Delorme. Hace algún tiempo, durante una reunión de colonos en casa del abogado Joly, su presencia no pasó inadvertida; al pie de la libreta de quejas, para sulfurar a los demás, firmó «de Lorme»; un negro con partícula. Más adelante, mucho más adelante, cuando el torrente se lo hubo llevado todo, lo volvemos a encontrar el 2 de pradial, apuntando un cañón hacia la Asamblea Nacional; en las calles del barrio de Saint-Antoine, levanta la última barricada de la Revolución.

 

El sol sonrosa las fachadas del barrio del Marais. Los espejos retroceden. Un trapero recoge los sollozos. Fournier se restriega con la manga sin despegar la mirada del otro. Y me los imagino, a Fournier el Americano, cuya amargura corre parejas con el rencor político, y a Guillaume Delorme, el negro sans-culotte, uno blanco, el otro negro, cual dos cuerdas que se trenzan, examinándose, curiosos, repasándose, husmeándose tal vez, en algún lugar entre la iglesia de Saint-Paul y la Croix-Blanche. Me los imagino inclinados sobre un muchacho herido. Han cruzado el océano, uno, hijo de esclavo, entre barriles de azúcar, camino de Europa, el otro, pobretón, que parte a buscar fortuna en las Antillas. Sus vidas se han cruzado, impelidas por irremisibles contradicciones. Pero la vida rectifica en ocasiones la impronta de nuestras luchas; Fournier lo ha perdido todo y ha vuelto hacia atrás, echando pestes. Y ahora, helos aquí en torno a una litera, sosteniendo, el uno, un pañuelo húmedo, el otro, la mano fría del chico. Sobre ellos pasa el Atlántico en forma de nubes.

 

El herido tiene sed. El negro le da de beber. El niño sonríe y le acaricia el pelo crespo. El negro se ríe. Los ojos del chiquillo se cierran. Le tiemblan los labios. Delorme le rasga la camisa, la herida está muy roja; se la cura como puede. Sus manos negras están teñidas de sangre. Fournier habla suavemente y sostiene la cabeza del niño que llora. No va a morir, mal empezaría el día. Acude gente por doquier, se apretujan, conmovidos, a la luz del amanecer, preguntan qué sucede; los han despertado los disparos de fusil. «¡Matan a los niños!», responde Fournier.

 

En torno a las diez y media, los sublevados que vienen de los Inválidos irrumpen de todas las calles circundantes. Las plazas se llenan, las zonas aledañas a la prisión están atestadas. Se propala un rumor. Un chiquillo corre entre los grupos y grita que un batallón del rey se acerca por el norte. La gente habla en los umbrales de las puertas. Se llaman unos a otros. ¡Qué desastre! Un comerciante propone ir al Ayuntamiento; hay que avisar a la Asamblea, reclamar la ayuda de Lafayette. Pero de inmediato hay protestas, alguien grita que Lafayette es un mamarracho, que el preboste es un mamarracho, llegan a las manos. Entre discusiones de pequeños comerciantes y cháchara de pescaderas, un tipo gordo, barba negra y camisa entreabierta, consigue amotinar a varios hombres; y se van hacia la puerta Saint-Denis con el fin de detener a los soldados. Pero los que entran en París no son los ejércitos del rey, son hordas de desertores.

 

Dicen que aquel día se juntaron cerca de doscientas mil personas en torno al monstruo, lo que representa la mitad de la ciudad, sin contar a los recién nacidos, los ancianos y los enfermos; es decir, que está todo el mundo. Debe de ser un gentío fabuloso, una especie de totalidad. Lo nunca visto. La totalidad se nos escapa siempre. Pero allí, aquella mañana, aquel 14 de julio, hay hombres, mujeres, obreros, pequeños comerciantes, artesanos, incluso burgueses, estudiantes, pobres; y no faltarán numerosos rufianes de París, atraídos por el desorden y por la increíble ocasión, pero quizá también, como todo el mundo, por algo más difícil de expresar, más imposible de perderse, más gozoso.

 

En la fortaleza crece la inquietud. El gobernador sube a las torres. Oye bramar a la multitud allá abajo, la ve culebrear como una aguada hirviente. Se diría que París acaba de ser tocado por una inmensa varita mágica; es un continuo fluir, entre las paredes amarillentas, a través de los jardines y a lo largo de los fosos. Gente por doquier. Hay que imaginárselo. Hay que imaginarse por un instante al gobernador y a los soldados de la ciudadela echando una ojeada por las almenas. Hay que figurarse una multitud que es una ciudad, una ciudad que es el pueblo francés. Hay que imaginar su estupor. Hay que imaginar el cielo oscuro, tormentoso, el pesado viento del oeste, los cabellos que se pegan a los rostros, el polvo que enrojece los ojos, pero, sobre todo, la multitud, en el borde de los fosos, en las ventanas de las casas, subidos a los árboles, a los tejados, aquí y allá.

 

Durante su larga historia, la Bastilla había sido tomada en tres ocasiones. La primera, durante la jornada de las barricadas, el 13 de mayo de 1588. La segunda, a la entrada de Enrique IV en París; resistió unos días y al final cayó. La tercera, durante la Fronda. Pero el 14 de julio, la Bastilla no está sitiada por el duque de Guisa y un puñado de bribones, no está hostigada por los ejércitos del rey de Francia, ni por los del príncipe de Condé. No. La situación es totalmente nueva, sin precedente en los anales. El 14 de julio de 1789, la que sitia la Bastilla es París…”

 

 

 

[ Fragmento de: Éric Vuillard. “14 de julio” ]

 

*

sábado, 10 de junio de 2023

 

[ 402 ]

 

LA GUERRA DE LOS POBRES

 

Éric Vuillard

 

 

 

El sermón a los príncipes

 

 

“ (…) Sí, Müntzer airado, furibundo, da un paso más. Escribe al elector Federico, de quien el conde es vasallo; pero se acabó el tono empalagoso, se acabaron las reverencias. Tras evocar que a los príncipes no deben temerlos quienes hacen el bien, Müntzer alza el tono, lo alza ahora un punto más, lo alza ascendiendo a lo alto de la horca de su padre, donde la cuerda está anudada al palo, a lo alto del infortunio y de la injusticia, y desde allí, tras invitar a Su Alteza a deplorar el medio de que se valen los príncipes para hacerse temer por los pueblos en vez de hacerse amar, evoca la espada, amenaza:

 

De no ser así, se les arrebatará la espada y se entregará ésta al pueblo airado.

 

Ya está, puede que eso se oiga por primera vez: se les arrebatará la espada y se entregará ésta al pueblo airado . ¡Cómo suena, qué bien sienta!

 

Al poco tiempo, se le convoca ante el duque Juan, el príncipe heredero, el alguacil, el burgomaestre y el concejo, con el fin de que se hagan una idea más concreta de la doctrina de semejante hombre. Pero en vez de la justificación que esperaban, he aquí que Müntzer se pone a comentar un sueño, y no uno cualquiera, sino el de Nabucodonosor, aquel en que Daniel anuncia al rey el final de su reinado. Cae la cabeza de oro. Se resquebrajan los pies de arcilla. Todos los reinos que suceden al de Babilonia serán destruidos salvo uno. Ése es indestructible, y es el reino de Dios.

 

A los príncipes no les hace gracia que se evoque ante ellos la destrucción de los reinos. La idea les apesadumbra. El sueño de Nabucodonosor es una profecía que no augura nada bueno.

 

Y Müntzer no se limita a hacer una exégesis clásica, la temperatura sigue subiendo. 

 

Cita a Juan:

 

«Todo árbol que no da buen fruto será cortado y arrojado al fuego».

 

Cita a Lucas:

 

«Traed a mis enemigos y decapitadlos delante de mí».

 

Cita los Salmos:

 

«Dios quebrará los jarrones viejos con vara de hierro».

 

¡Qué violento es de pronto, cómo le sube la furia por la garganta! Y en esa tremenda diatriba desliza algún insulto chusco, con aterradora seriedad. Pero, sobre todo, en vez del buen pueblo de Dios al que se invocaba desde siempre, ese buen pueblo mudo, digno de lástima y apocado, al que se le concedía su espurreo de agua bendita, Müntzer introduce otro, más invasor, más tumultuoso, un pueblo de verdad, los pobres laicos y campesinos . Lejos estamos del afable pueblo cristiano, esa generalidad de catecismo, aquí hablamos del hombre corriente.

 

Y ese pueblo apesta, y gruñe, pero también piensa. Imaginen, pues, la ingrata impresión que debe de producir, entre las palabras facinerosos, espada, ruinas, degolladlos, este fragmento de frase: los pobres laicos y campesinos . A los príncipes no les ha gustado. Y he aquí que, al final de su sermón, las expresiones ira de Dios, ira de Cristo, ira de la sabiduría divina se repiten de continuo. Ante esa parroquia de grandes, Müntzer evoca a Absalón perdido, atravesado por los venablos; los nobles ponen mala cara, pero la cosa va a peor:

 

niega que la situación pueda resolverse de modo amistoso.

 

Sin duda ha torcido la boca en ese momento, de modo amistoso, no, no funcionará, se requiere la prueba de fuego, les dice, contra quienes se escandalizan a la menor palabra. Porque los poderosos no ceden nunca nada, ni el pan ni la libertad. Y en ese preciso momento pronuncia ante ellos su frase más terrible. Ante el duque Juan, ante el príncipe heredero, el alguacil Zeiss, el burgomaestre y el concejo de Allstedt, tras su alusión a lo de la espada, los pobres, Nabucodonosor y la ira de Dios, he aquí que Müntzer dice:

 

 

HAY QUE MATAR A LOS SOBERANOS IMPÍOS …”

 

 

 

 

 

[ Fragmento de: Éric Vuillard. “La guerra de los pobres” ]

 

 

*

 


jueves, 8 de junio de 2023

 

[ 400 ]

 

LA BATALLA DE OCCIDENTE

Éric Vuillard

 

 

 

Trincheras

 

“ (…) Y luego se produjo la carrera hacia el mar. Intentaron rodearse el uno al otro. Dos ejércitos descomunales jugaron durante unas semanas a correr como locos hacia los mares del norte. Corrían, brincaban, un día creían desbordarse, envolverse, rendirse el uno al otro. El dolor y la esperanza los impulsaban hacia el mar, hacia las pesadas trenzas de espuma del mar del Norte. Jadeantes, enamorados, corrían, el cabello suelto, a remojarse los tobillos en el agua. Y he aquí que, al llegar, se arrojaron el uno sobre el otro en un abrazo formidable. El Yser detuvo a todo el mundo. Destruyeron Ypres y Arras para desfogarse.

 

Luego llegó el invierno. El gran invierno gélido de todas las guerras que se prolongan más de un verano. El gran invierno moderno de las guerras duraderas. Se cosecharon todos los boniatos, todas las nueces y todas las setas posibles. Los cestos se llenaron. Las hojas de los árboles cayeron sobre los hombres caídos. El cielo se tornó blanco. Las estrellas se tornaron frías, ¡tan pequeñitas! Al principio hizo un tiempo seco, luego llovió, llovió. Los hombres permanecían recogidos en el fango amistoso. Jugaban a las cartas, se ataban mil veces los cordones de las botas. El inmenso fideo de setecientos cincuenta kilómetros se petrificó. Pero siempre que suena la corneta, siempre que se oye gritar la orden —«¡Venga, en marcha!»—, se produce la resurrección de los cuerpos. Cientos de cadáveres se incorporan y echan a andar. Y el cañón golpea, vilipendia, pasma. Los hombres, deslumbrados de repente, cada uno en su camino de Damasco, titubean con los ojos desencajados. Un dedo de oro en la boca y ¡pum! ¡Que sea lo que Dios quiera! ¡Y lo que quiera la República! ¡Y Guillermo! ¡Una compañía entera! Candelas muertas. De noche, el espectáculo de la luz y el sonido es magnífico, son los cañones que hostigan sin cesar a un pueblo troglodita. La tierra tiembla. Comen ratas. Una zanja de tierra marca el límite entre los mundos como el surco de una tabla de cortar, la ranura tallada en la madera.

 

Así, cuando suena la corneta, vuelven al asalto los «libres e iguales en derechos», bajo las grandes segadoras tiritan, bajo los tubos de fuego, entre los cadáveres libres e iguales, bajo la igualdad fría de la llovizna. Y caen a pocos metros de allí, libres e iguales, en un extravagante juego de escondite, sobre una cadena de bultos y de agujeros. Y he aquí las verdaderas miserias volcánicas, la fábrica de fuego, tormenta agotadora. Las erupciones multiplicadas de los Krakatoas de hierro, Strómbolis portátiles, dislocan, extenúan, carbonizan… Todos los días que Dios no hizo, César, Napoleón y Hindenburg los arrojaron a la hoguera, los grabaron al estilo «negro», los inventaron para las batallas que no gana nadie; y los añadieron al calendario escolar, como se añade una palabra a lo que ya está escrito, mediante el artificio de un pequeño pico de pato.

 

Y todo continúa. 1915, 16, 17. Se matan sin verse. Los árboles se pelan. Las ametralladoras acuden a vomitar sus series ininterrumpidas de palabras feas, luego llegan los lanzallamas, lenguas de fuego que lamen al enemigo como el dragón de las leyendas. Y, de súbito, grandes supositorios sobrevolaron el mundo. La guerra repetía miles y miles de veces su latiguillo. Los zepelines flotaban por encima de la realidad como astillas en el cielo. Joffre lanzó una nueva ofensiva. Durante un año, las cumbres de Alsacia serán bombardeadas para dominar los puestos de observación. Durante un año. ¡Qué pasión por ver! Cuando las cumbres quedan lo más aplanadas posible, no habrá más que montañas de cráneos y de zapatos. Entonces los alemanes enviarán submarinos bajo las aguas, ¡oh!, no serán como el viejo tonel de Denis Papin, con su bomba, sus dos tubos de cuero y su vejiga flotante, ni como el Nautilus de Robert Fulton, propulsado por una hélice accionada por los tres miembros de la tripulación, tampoco como la mísera campana de inmersión del doctor Payerne, ni como aquel pequeño submarino desaparecido en 1864 a la altura de las costas francesas y que nunca volvió a verlas, no, serán los excelentes submarinos de guerra, con sus periscopios con pinta de flamenco rosa.

 

Y luego, en primavera, ¡inventarán el gas! Una nube de cloro mortal se colará en las trincheras. Después encontrarán algo mejor que el cloro, el gas mostaza, ese bonito nombre. Y, entretanto, los turcos arrastrarán a los armenios por las carreteras de Anatolia y les obligarán a dar un buen paseo. Los harán caminar, caminar, sin alimentos y sin descanso, rodeados de gendarmes. Luego, los obligarán a cavar grandes fosas en las cunetas, pues en aquel entonces querían fosas por todas partes. El largo convoy de mujeres, niños, hombres y ancianos atravesará las altas mesetas de Anatolia. Les han dicho que cojan sus picos y palas, todos los que los poseen han cogido los suyos; y tendrán su utilidad esos picos y palas, abrirán amplias y flamantes fosas a lo largo de las carreteras de Anatolia, y los mismos que las habrán cavado —u otros, tanto da— se sentarán o se tumbarán dentro, vestidos, sin tiempo para ponerse un pijama u otra cosa, y se dormirán; y otros armenios, que llegarán detrás, arrojarán suavemente tierra sobre ellos como cubriéndolos con mantas.

 

Y después vendrá la batalla del Somme, casi todo un verano y un otoño; y ya el primer día, desde las seis y veinticinco minutos de la mañana, la artillería enviará tres mil quinientos proyectiles por minuto; eso producirá un ruido tan espantoso que se oirá desde Inglaterra. Durante los seis primeros minutos, los combates causarán treinta mil víctimas, superando en mucho la jornada del 22 de agosto de 1914. Transcurridos cuatro meses, se habrán ganado doce kilómetros. Casi medio millón de muertos para ir de Maricourt a Sailly-Saillisel. No se habrá alcanzado Bapaume, como se pretendía, ni siquiera Péronne. Lejos quedan las vacaciones de verano. Bapaume es el apellido de un borracho de Saint-Simon que vomita sobre no sé qué cuello de encaje; pero la ciudad de Bapaume significa «gesto de desesperación», «penuria», como Rompéchine, Bramefain, Moque-Baril o Bréviandes. Hoy en día está bien comunicada por la autopista A1, y por dos o tres carreteras departamentales asfaltadas. Pero la entrada de Bapaume, ocupada por los alemanes desde septiembre del 14, no será recobrada en el 16; lo será en el 17 por los ingleses, para volver a perderse el 24 de marzo del 18, y la recuperarán los neozelandeses meses más tarde.

 

Entretanto, los rusos habrán cometido la gran diablura del otoño. En unas horas ocuparán las estaciones de tren, el servicio de correos, la central telefónica, los ministerios, la banca. Aparecerán banderas rojas por doquier, se cantará la Marsellesa; al día siguiente le tocará al Palacio de Invierno. Habrá una breve descarga de fusilería, unas cuantas cornisas desconchadas. En treinta y tres horas, se someterán a votación un puñado de decretos, y esos decretos trastocarán el orden del mundo. Una tropa de soldados con guerreras deslucidas, de obreros sucios, de campesinos vestidos con pellizas de piel de carnero procederán a la más amplia expropiación de bienes raíces de la Historia. Votarán un decreto de paz, apelando a los pueblos de Europa a «liberar a la humanidad de los horrores de la guerra». Imaginemos a aquella multitud desaliñada de seiscientos cincuenta hombres que parecen tener paja en el pelo. Imaginemos, en una estancia apartada, a Lenin y a Trotski, mano a mano, tumbados sobre unas mantas en el suelo. El paso de la vida clandestina al poder ha sido sin duda tan brutal que permanecerán allí, durante unas horas, como dos niños que charlan sin poder dormir.

 

En el sur del continente, proseguirán las batallas. El conocimiento razonado de nuestros fracasos no sirve de nada. Vendrán grandes batallas de orugas y de zepelines, las pequeñas escarpas donde agazaparse, la agonía de las batallas infinitas, el music-hall y los suicidas. Vendrán los grandes quebrantos del Aisne, la segunda batalla de Verdún, los cadáveres vivientes, aspirados por el lodo. Vendrán el Brot, que se chupa bajo la lluvia, y esos millares de morros hundidos en la tierra. Vendrán ladillas, torpedos, la batalla de Malmaison, la batalla de Picardía, la tercera batalla del Aisne, la segunda batalla del Marne, etcétera, etcétera, la milésima toma de tal o cual cerro, la mil y una pérdida de una posición. Dos enormes caracoles se enfrentaban. A veces se ganaban unos centímetros, días de mortero culminaban con victorias abrumadoras. Pasaba el tiempo. Los nichos de lodo estaban cada vez más acicalados. Se consolidaban con maderas y zarzos. Los alemanes abrieron en la creta auténticas ciudades subterráneas. Y entre los dos ejércitos, allí donde los caracoles topaban con sus blandos cuernos, se extendía una estrecha tierra de nadie de barro y de cadáveres. Espacio destruido, sagrado, que separaba a los hombres casi tan meridianamente como el vacío separa a los planetas, un cinturón de entre doscientos y cuatrocientos metros de ancho dividía los dos ejércitos. Eso mantiene a distancia mejor que un apretón de manos, mejor que una barandilla. Es una inmensa taquilla de tierra. Y desde uno y otro lado los hombres se miran, se adivinan, se amenazan y se quieren. Sí, se quieren. Desde el inicio de cada batalla, se quieren, y cuanto más pasa el tiempo, más las bombas que se lanzan son pruebas de amor —faltas cometidas.”

 

 

 

[ Fragmento de: Éric Vuillard. “La batalla de Occidente” ]

 

*


sábado, 3 de junio de 2023


[ 396 ]

 

UNA SALIDA HONROSA

 

Éric Vuillard

 

(…)

 

 

 

 

LOS DIPLOMÁTICOS

 

El 21 de abril de 1954, mientras el cuerpo expedicionario francés agoniza, el secretario de Estado estadounidense, John Foster Dulles, hace una visita relámpago a Francia. Dulles y Bidault se reúnen unos días después en el Ministerio de Asuntos Exteriores del Quai d’Orsay. Ahí están sentados juntos en un canapé, ante una mesa lacada, posando para Paris Match. Las manos gesticulan como si fuera una conversación seria. Dulles parece decirle a Bidault: «Estará usted al menos de acuerdo con la versión modesta de mi argumento» y Bidault, con expresión desconcertada pero conciliadora, mira hacia la ventana. El ambiente es distendido, los hombres se conocen y parece que se aprecian.

 

Ignoramos si Bidault le habló de Bergson, al que Dulles admiraba y a cuyos cursos había asistido de joven el año que pasó en París; pero fue —y esto sí lo sabemos a ciencia cierta— describiendo con sus pasos una elipse regular, lo que hacían por segunda vez acompañados de dos o tres secretarios del ministerio, cuando, apartándose de pronto y formando un codo extraño, imprevisto, Dulles, en el punto más curvo de la hipérbola, con el aire más tortuoso que era capaz de adoptar, se volvió bruscamente hacia Bidault:

 

—¿Y si le diera dos? —le espetó.

 

—Dos ¿qué? —contestó el ministro francés, confundido, incapaz de relacionar la conversación diplomática, bastante típica, después de todo, que mantenían sobre Dien Bien Phu con esa pregunta rarísima.

 

—Dos bombas atómicas... —aclaró el secretario de Estado estadounidense.

 

 

Instantes después, Maurice Schumann ve entrar a un pálido Bidault en su despacho. Esto lo sorprende un poco, Bidault es muy puntilloso en materia de etiqueta y, en su calidad de ministro, exige siempre un estricto respeto de las convenciones. Pero, ese día, Bidault abre la puerta sin llamar, cruza la estancia tropezando en la alfombra, se sienta en una simple silla frente a su secretario de Estado y, con aire angustiado, balbuce:

 

—¿Sabe usted lo que me dice Dulles? —Schumann lo mira, desorientado—. Me ofrece dos bombas atómicas para salvar Dien Bien Phu.

 

John Foster Dulles, durante el año que pasó en París en su loca juventud, frecuentó la sociedad de la belle époque. Pero los Marie Brizard no se le subieron mucho a la cabeza. Y, en aquella idílica estancia parisina, ni los paseos por el Jardín de Luxemburgo ni la terraza del Select bastaron para que descuidara su prometedora carrera. Pues Dulles no es solo un joven y alocado estudiante, una vaga figura del Barrio Latino: los Dulles son una institución. Él es hermano del director de la CIA, además de nieto y sobrino, respectivamente, del trigesimosegundo y del cuadragesimosegundo secretarios de Estado de Estados Unidos. Incluso han dado nombre a uno de los aeropuertos de la capital, Washington-Dulles, nombre en el que se ven asociados con el genio fundador de la nación.

 

Es, pues, toda una institución la que se inclina hacia Georges Bidault el 24 de abril de 1954; a su lado, Bidault no es más que una humilde pyme; su padre era agente de seguros en Moulins y para que lo protejan no tiene alrededor más que una serie de pequeños propietarios rurales católicos y obtusos. En cambio, Dulles es una verdadera multinacional. Y entre los restos de pasado que nos quedan, a través de kilómetros de noticias de última hora y legajos de papel de periódico, vemos que hay numerosos cadáveres a sus espaldas.

 

Su hermano y él acaban de financiar, el año anterior, la caída del primer ministro iraní, Mossadeq, que tuvo la mala idea de nacionalizar el petróleo. La anglopersa Oil Company se sintió engañada. Así que Allen Dulles pagó un millón de dólares para derrocar a Mossadeq, lo que tuvo como consecuencia que durante mucho tiempo no se hiciera ninguna reforma democrática en Irán. Y conviene que leamos la consigna de la CIA, su laconismo extraordinario, para entender de qué tipo de operación estamos hablando:

 

«Blanco: el primer ministro Mossadeq y su gobierno. Objetivos: Por métodos legales o casi legales, derrocar su gobierno y sustituirlo por otro prooccidental bajo la autoridad del sha».

 

Pero cuando habla con Bidault, John Foster Dulles es ya responsable de otra operación, la caída de Jacobo Árbenz Guzmán, presidente de Guatemala, que se disponía a hacer una reforma agraria y a repartir noventa mil hectáreas de tierra a los campesinos pobres de su país, lo que hacía peligrar los intereses de una multinacional estadounidense, la United Fruit Company. Esta compañía se negaba a que la indemnizaran a razón de tres dólares por acre, que es, sin embargo, lo que ella misma había declarado a Hacienda, infravalorando así sus terrenos para pagar menos impuestos. Víctima de su propio fraude, la compañía recurrió a los hermanos Dulles, dueños del bufete de abogados más importante de Wall Street. Los Dulles, que además eran sólidos accionistas de la compañía, organizaron un golpe de Estado a medida que entregó el país a una junta militar. Guatemala entró en un largo periodo de violencia; hubo centenares de miles de muertos.

 

Volveremos a cruzárnoslos, para nuestra desgracia, siete años después, el 17 de enero de 1961, en Élisabethville, en Katanga, pues esa mezcla de ingenuidad y perfidia que los caracterizaba no perdonó ningún continente. Ese día, a las cinco menos diez de la tarde, aterriza el DC-4 de Air Congo con matrícula 00-CBI procedente de Muanda. Tres hombres, atados a una cuerda, son sacados sin contemplaciones del aparato. Los tres prisioneros son subidos a un jeep. La siniestra comitiva se dirige a la vivienda de un colono belga. Uno de los tres prisioneros es Patrice Lumumba, el primer primer ministro de la República del Congo, la cual acaba de obtener su independencia. A las cinco y veinte, el jeep aparca. A Lumumba y a sus dos compañeros los sacan violentamente, los llevan a la casa, los torturan. Tres horas después, el convoy se pone nuevamente en marcha. Tras media hora larga de camino, se detienen en Mwadingusha. El comisario de policía belga Frans Verscheure hace bajar del vehículo a los tres prisioneros. Y mientras lo empujan hacia el borde de la fosa donde van a ejecutarlo, centremos un momento nuestra atención en Lumumba, veamos, a través de la antítesis que este es, a través de este flamante contraste, quién era Dulles, lo que no quería Dulles, y adivinaremos el mundo con el que este soñaba y que trataba de alcanzar mediante intrigas. Para ello hay que remontarse en el tiempo y ver a Patrice Lumumba cuando era niño, hijo de un agricultor que venía de un pueblecito, su sonrisa dulce, tímida pero decidida, su semblante serio, la escuela protestante en la que balbuce los rudimentos del catecismo, sus lecturas febriles de autodidacta, ese destino de obrero que evita zambulléndose desesperadamente en los libros. Y veámoslo después, oficinista de una empresa minera. Enseguida adivina el papel primordial que desempeñan las materias primas y constata hasta qué punto los líderes congoleños son apartados del poder. Estas dos revelaciones no lo abandonarán nunca y lo acompañan también a las cinco y pico, entre dos sesiones de tortura.

 

A principios de julio de 1960, apenas quince días después de la independencia del Congo, los belgas intervinieron militarmente para que Katanga, con sus recursos mineros, se convirtiera en el núcleo de un nuevo Congo, sin Lumumba. Se conspira para deponer al primer ministro de su cargo. El 18 de agosto, el Consejo de Seguridad Nacional de Estados Unidos dice estar preocupado por la situación en el Congo. En ese momento intervienen los Dulles. Lumumba constituye una seria amenaza para los intereses estadounidenses; el director de la CIA, Allen Dulles, concluye que debe ser expulsado del poder «por el medio que sea».

 

Por eso no es exagerado decir que, cinco meses después, el 17 de enero de 1961, cuando sus torturadores se apoderan por última vez de Lumumba en algún lugar de la sabana, antes de que lo abatan brutalmente y su cuerpo desaparezca en un baño de ácido, ellos, los Dulles, están ahí, entre las fuerzas que acompañan, invisibles, espectrales, en sus últimos instantes, al hijo de agricultor de sonrisa dulce, de semblante serio, en el momento en que se da cuenta realmente, con una mezcla de tristeza y de asco que debió de ser terrible, de lo bien que hizo en zambullirse desesperadamente en los libros y en luchar, determinado, victorioso en un sentido, aunque derrotado, asesinado, y de cuánto mayores eran la violencia y la determinación de ellos, de cuánto había subestimado la ferocidad con que querrían conservar su poder; y, mientras esos espectros lo acompañaban, el que había organizado la resistencia victoriosa al invasor, el que había expulsado a los belgas del Congo, vio que eso era algo, claro, pero que, en cierto sentido, aún no era nada, que los belgas no eran nada, que el verdadero poder —y lo sabía desde el principio, desde que trabajó de oficinista en una empresa minera de Kivu del Sur— era la Union Minière del Alto Katanga; y aunque el espíritu humano tiene sus abismos, en los que se reúnen los administradores de la Union Minière, aunque nadie ha penetrado jamás en sus capas profundas y aunque la corteza terrestre es tan dura como nuestro cráneo y tan hermética como el lenguaje, sí hemos excavado hasta una profundidad de cuatro kilómetros para encontrar oro, cobre, toda clase de metales, y caemos al fondo de los pozos que hemos excavado a la velocidad de dieciséis metros por segundo, hasta que llegamos al corte, el frente de la mina, donde morimos, donde hace un calor horrible, adonde hay hombres que consiguen llegar en secreto, para rascar algunas pepitas y volver a la superficie con su pequeño botín, esperando vivir una vida mejor, solo que la policía minera vigila y, cuando cree que ha pillado a uno, corta la ventilación del conducto sospechoso y lo asfixia; y, por fuera, las minas forman ciudades gigantescas, un montón de hierro rodeado de escoria, y en esta región, Katanga, donde se ha extraído tal cantidad de cobalto y cobre que sin duda representa una parte no desdeñable del metal que circula en la actualidad por el planeta, trabajan niños de diez años, niños que perecen víctimas de hundimientos de túneles, asfixiados, ahogados; y así es, escoltado por los milicianos belgas, como Lumumba, atontado, todavía bajo los efectos de la tortura, cayó tan profundamente en sí mismo, en las grietas del alma humana, y, entre sus paredes candentes, como entre las paredes de una mina, creyó ver un pueblo minúsculo, bacteriano, un pueblo ciego y sordo, pero voraz, bestezuelas que seguramente abandonaron la superficie de la tierra en tiempos inmemoriales y se instalaron allí, en el corazón de las tinieblas, aunque, desgraciadamente, las siguió un depredador, un gusano que solo medía medio milímetro, un monstruo en miniatura cuya boca odiosa es una vulva rodeada de ventosas; pero toda esta profundidad no es nada, se dice, y ni siquiera la perforación más audaz, la que penetra casi a trece kilómetros de la superficie, puede alcanzar el manto, no es nada, habría que profundizar mucho más allá de la corteza en la que gimen los espeleólogos, mucho más allá del manto, y llegar al núcleo, a esa masa de metal fundido, terriblemente denso, que se agita por convección, para rozar siquiera, no el Infierno, que está poco profundo, sino lo que da a la Tierra su campo magnético y permite, gracias a la brújula, que emprendamos viajes a través de los océanos y conquistemos la Tierra; pero si de verdad queremos conocer el horror, se dice Lumumba con sobresalto, no es eso lo que debemos mirar, no son las simas, las criaturas vivas, las perforaciones delirantes, no es tampoco el alma humana, no; si de verdad queremos saber lo que es el espanto, tendríamos que penetrar en silencio en el despacho en el que conferencian Eisenhower y Dulles, tendríamos que escondernos debajo de las alfombras de Sullivan & Cromwell y oír lo que se dice entre bastidores, sorprender lo que se comentan tranquilamente los hermanos Dulles, oírlos hablar a su aire, sin pudor: y es ahí, en ese espacio etéreo, termoestable, inmunizado, situado fuera del mundo, refractario a las imágenes, en el que está prohibido tomar notas, como si todo, menos las transferencias escrupulosas de sus dividendos, tuviera que borrarse, escapar a la Historia, es ahí, entre los abultados sándwiches de mortadela que vuelven loco a Foster y el vaso de Schweppes que deposita sonriendo la secretaria, entre unas gracias dadas educadamente y una llamada rápida a un colaborador, entre el archivo mecánico de un expediente y un diálogo franco, directo, sobre los intereses estadounidenses en África, donde se meditó aquello de lo que el macartismo no es en el fondo sino la fachada incorrecta, mediática, donde se orquestó y deliberadamente se puso en marcha el mecanismo de la guerra fría que llevó al mundo al borde del caos. Y cuando los condenados llegaron a lo alto del repecho, los mercenarios escoltaron al primero y descendieron con él despacio hacia el prado, y entonces uno le puso la mano en el hombro y le susurró al oído: «No tengas miedo, no se siente nada...»; de repente el condenado sintió que todo su ser se paralizaba y se puso a gritar, pero enseguida lo amordazaron, lo ataron, le vendaron los ojos, lo empujaron violentamente contra un árbol y el tipo le repitió riendo: «No tengas miedo, no se siente nada...»; se oyó una ráfaga, un miliciano se acercó lentamente, se inclinó sobre el cuerpo e hizo un gesto con la cabeza, limpiaron el lugar con una manguera y arrojaron el cadáver a un hoyo; y dos veces ocurrió lo mismo, dos veces apareció la figurita en lo alto del repecho, dos veces emitió el condenado un sollozo y dos veces retiraron el cadáver; pero la tercera vez, cuando ordenaron a Patrice Lumumba que avanzara, este se dijo: «Voy a ver la muerte cara a cara», y cuando los verdugos se disponían a vendarle los ojos, algo en él se resistió; se negó; ¡qué leve era su figura de madrugada, qué joven parecía, entre los ébanos, a aquella luz, con aquel sabor ácido en los labios! En una fotografía famosa, hecha durante las negociaciones, cinco meses antes de la independencia, Lumumba sonríe, tiene treinta y cinco años, pronto será primer ministro —lo será solo dos meses y veintiún días—, tiene el semblante distendido, pero en su mirada, con su juventud, con su determinación y su dulzura, se mezcla una punta de desconfianza, una reserva, quizás un pudor; y hay entre su mirada resuelta, su piel negra, su insondable juventud y las circunstancias sórdidas de su muerte, una connivencia insensata. Es como si hubieran tomado esa fotografía un instante antes de su muerte y él nos arrojara toda su juventud a la cara. De pronto estamos con él en el prado, entre el árbol acribillado a balazos y los agentes secretos, y el pasado no cuenta, los ébanos, el olor de la noche no cuentan, el repecho no cuenta. Solo en medio de los soldados, Lumumba se niega enérgicamente a que le venden los ojos. Exige mirar a la muerte cara a cara. Le dieron entonces un fuerte empujón. Lo agarraron y lo ataron firmemente. Emitió un sollozo de angustia. Siguió forcejeando y, mientras lo sujetaban con fuerza tratando de atarlo al árbol, sintió un oscuro deseo. «La muerte cara a cara», se dijo. Y cerró los ojos…

 

 

 

[ Fragmento de: Éric Vuillard. “Una salida honrosa” ]

 

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