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sábado, 22 de agosto de 2026


[ 862 ]

 

 

HISTORIA SOCIAL DE LA LITERATURA ESPAÑOLA (XL)

Blanco Aguinaga,

Julio Rodríguez Puértolas,

Iris M. Zavala.

 

 

 

 

 

11.3D.

EL BARROCO COMO VISIÓN DEL MUNDO:

CALDERÓN Y EL TEATRO

 

 


 

El teatro del siglo XVII, después de Lope de Vega, encabezado por PEDRO CALDERÓN DE LA BARCA (1600-1681), refleja de modo admirable todo lo hasta aquí dicho acerca del Barroco. La biografía de Calderón no ofrece hechos espectaculares, sino una vida oscura y sin polémicas: de origen hidalgo, soldado en la juventud y sacerdote después, caballero de Santiago por gracia de Felipe IV. En el orden escénico, Calderón no inventa nada, sino que, como es bien sabido, ordena, estiliza e intensifica una visión dramática del mundo y una técnica teatral recibida de Lope, llegando incluso a ser refundidor genial de obras lopescas, como ocurre con El alcalde de Zalamea, por ejemplo. Su teatro, de lógica y cálculo rigurosos, presenta una mayor concentración, sobre todo en el héroe central de la obra, lo que conlleva una mayor dosis de subjetivismo e incluso de psicologismo. Los de Calderón son así héroes razonadores y pensantes, monologadores. Se manejan conceptos, abstracciones y todos los elementos ideológicos necesarios, recubiertos de un abrumador y no por ello menos atractivo recargamiento estilístico, y con un habilísimo manejo de lo escenográfico, que puede alcanzar límites en verdad espectaculares. En la dramática calderoniana, extraordinario ejemplo de literatura al servicio de una ideología, destacan el estoicismo filosófico cristianizado, el neoescolasticismo razonador y el contrarreformismo más consciente; son básicos los característicos conceptos acerca de la inutilidad de lo vital y humano y del desengaño, originado todo por la creencia en el pecado original y en el «libre albedrío», entre cuyos extremos polarizadores se mueven los conflictivos personajes creados por su autor, junto a la aceptación de los valores de la sociedad castiza, monárquico-señorial-campesina.

 

La producción teatral de Calderón, sin llegar a la abundancia de Lope, no le va a la zaga en variedad temática. Grupo aparte y bien característico en el quehacer calderoniano es el de los autos sacramentales, en cuya realización llega a marcar definitivamente el género. Un género en el cual, como ya había hecho Lope de Vega, se une la más estricta teología con una alegoría compleja e inteligente y con la transposición inevitable de la vida y las preocupaciones cotidianas de la época. El auto sacramental -como la comedia- incorpora símbolos, alegorías, metáforas, como instrumentos para reflejar la realidad inmediata en un conjunto de alusiones, ficciones, imágenes, que por un lado la hacen más oscura y ambivalente, al tiempo que más poética, con un sentido en que religión y política se unen para llevar al público un mensaje didáctico-social. En algunos de esos autos el contenido filosófico coincide literalmente con el de las comedias más doctrinales de Calderón, como en el famoso El gran teatro del mundo, sobre la falsedad de la vida y el desengaño; en A Dios por razón de Estado, de título suficientemente revelador, los personajes recitan a coro el apoteósico final, que ya hemos citado anteriormente:

 

y contigo

todos, diciendo otra vez

que debe el ingenio humano

llegarlo a amar y creer

por razón de Estado cuando

faltara la de la Fe.

 

 

El necesario antisemitismo permea también los autos de Calderón, con verdaderas incitaciones a la violencia racista y religiosa; así sucede, por ejemplo, en El santo rey don Fernando, El cordero de Isaías, No hay instante sin milagro, El socorro general, La cena del rey Baltasar. Calderón utiliza muy hábilmente la transposición a lo divino de las instituciones sociales existentes: Las órdenes militares, El maestrazgo del Toisón, El orden de Melquisedec; no falta, incluso, una oposición universitaria teologizada: La vacante general. La hidalga del vaile, en fin, no es sino una defensa de la hidalguía de la Virgen María, sustentada con el libro bíblico del Génesis.

 

 

Ya en el mundo del teatro profano Calderón no desdeña las comedias de capa y espada (La dama duende, Casa con dos puertas) y otros subgéneros semejantes, pero donde su arte adquiere características tan personales como definitivas es en los dramas de honor y en los llamados religioso-filosóficos. En el primer grupo las obras dedicadas al tema de los celos y la limpieza sangrienta del honor manchado por la esposa -mancha más aparente que real, casi siempre- elevan a su autor a las cimas más desaforadas de la exaltación casticista. Los maridos calderonianos son seres complejos, atormentados y conflictivios, sujetos a la rigidez del honor-opinión, de lo cual, y de sus contradicciones, están perfectamente conscientes, como ocurre en El pintor de su deshonra:

 

 

Poco del honor sabia

el legislador tirano

que puso en ajena mano

mi opinión, y no en la mía.

¡Mal haya el primero, amén,

que hizo ley tan rigurosa!

¿El honor que nace mío

esclavo de otro? ...

 

 

La esposa de El médico de su honra es totalmente inocente, a pesar de tener todas las apariencias en contra; quizá por ello la casuística adquiere aquí categoría estructural, como en A secreto agravio secreta venganza. Personajes neuróticos capaces de razonar y argumentar acerca del callejón sin salida en que el casticismo les ha colocado, pero incapaces de escapar a la opresiva red ideológica expresada en el código del honor, del autoritarismo patriarcal de la institución matrimonial y de -naturalmente- dejar de considerar a la mujer como objeto poseído, personal e intransferible.

 

Categoría aparte tiene El alcalde de Zalamea dentro de los dramas calderonianos del honor, por entroncarse directamente con la ya conocida problemática del campesino cristiano viejo, con su variante del conflicto añadido de la oposición histórica entre militares y aldeanos («que no hubiera un capitán / si no hubiera un labrador»). Pedro Crespo, campesino rico, es además «de limpio linaje», elemento más que suficiente para permitirle defender su honor y su dignidad; la suma de tales características y la repetición escénica de las mismas traduce la búsqueda ideológica de un equilibrio, de un compromiso, para armonizar con las viejas estructuras monárquico-señoriales, pacíficamente y sin violencia, el ascenso del campesinado rico.

 

 

En los dramas filosófico-religiosos, y además de los más convencionales -si bien poderosos- La devoción de la cruz y El príncipe constante, destaca El mágico prodigioso, en que la creencia en el libre albedrío se mezcla con un sutil pero radical anti-intelectualismo, en un proceso que podría esquematizarse así: estudio-meditación-duda-certeza en las verdades del catolicismo, desprecio final de las apariencias intelectuales y vitales. O de otro modo: un subtítulo apropiado para esta obra podría ser Los límites de la razón. Lo cual nos lleva a tratar, por fin, de la producción cumbre de Calderón, La vida es sueño. El secreto del drama de Segismundo parece obvio: el hombre no está en verdad unido al cosmos, sino que se halla, al margen de la Naturaleza, en manos de Dios, como aparece patente en el famoso monólogo en que el héroe se compara a sí mismo con otros elementos de la Creación. El dilema entre predestinación y libre albedrío, resuelto a favor de este último a través de un penoso camino de autonegación y desengaño, es decir, la típica constatación barroca de que en efecto la vida es sueño, ha llegado a ser calificado como de auténtica «teoría del conocimiento». Extraña teoría y no menos extraño conocimiento que lleva, precisamente, al rechazo de toda realidad, en un proceso razonador -que no racionalista, verdadero y frío silogismo neo-tomista. Ese caballo desbocado con que comienza la obra es el símbolo más perfecto de la concepción barroca de la vida: arrebatamiento y pasión iniciales que será preciso sofocar con todo cuidado; una dicotomía violenta y dolorosa entre acción y contención, que terminará en el autodominio y en la conciencia de la inutilidad de todo lo auténticamente vital. «Acudamos a lo eterno» será la frase clave de la obra: olvidemos falaces valores, renunciemos a todo, reconozcamos el fracaso del hombre-en-el-mundo. Pura ortodoxia contrarreformista, desde luego, que no puede hacernos creer en un engaño mucho más real, el de considerar, como se ha hecho, a La vida es sueño como -una historia de la regeneración humana»; tampoco es aceptable, ni con mucho, lo dicho por W. Schlegel: «Calderón ha resuelto el enigma del universo en La vida es sueño». Más modestamente, lo que Calderón ha resuelto no es sino la aceptación por parte del hombre barroco de un concepto del mundo totalmente irracional, idealista y negador de los valores humanos.

 

 

Calderón, como antes Lope de Vega, creó escuela. Aparte de toda una serie de seguidores que llegarán a las exageraciones decadentes de un Bances Candamo, por ejemplo, aparecen con valores propios Francisco de Rojas Zorrilla y Agustín Moreto.

 

 

ROJAS (1607-1648) era de orígenes más que sospechosos, como se evidenció al hacer la oportuna información para su ingreso en la Orden de Santiago, lo que logró por fin en 1646, y tras innumerables dificultades, por decisión personal de Felipe IV, dificultades a las que no fue ajeno el propio Quevedo. La obra más conocida de Rojas Zorrilla, De rey abajo ninguno y labrador más honrado García del Castañar, compendia barrocamente los grandes temas del teatro llamado nacional, pero dentro de unos convencionalismos totalmente mecánicos y en un marco conceptista que llega a sofocar sus intentos de popularismo rústico. El honor y el amor, la casuística de la venganza matrimonial, los valores campesinos, todoaparece aquí, pero todo manejado al servicio de un absoluto servilismo monárquico: la Justicia, por ejemplo, existe, pero precisamente de rey abajo; el soberano, en fin, aparece calificado como Rey-Sol (como Rey-Planeta era conocido Felipe IV). Si, como generalmente se cree, Rojas Zorrilla escribió este drama en apoyo a sus aspiraciones al hábito de Santiago, las cosas pueden quedar bastante más claras. Rojas fracasó estrepitosamente con Cada cual lo que le toca, en que frente a un marido indeciso es la esposa quien mata a quien la había seducido de soltera. Ello nos permite ver hasta qué punto el público de las comedias se identificaba con el papel de censor y vigilante de los valores castizos de su sociedad. Otras comedias de Rojas han permitido calificarle de «tremendista», como La vida en el ataúd o Progne Y Filomena. A otro nivel, la interesante obra Don Lucas del Cigarral o Entre bobos anda el juego, con su héroe viejo, indiano y sospechoso de sangre poco limpia, refleja de nuevo las obsesiones y las intransigencias del sistema.

 

 

MORETO (1618-1669) es un autor de muy diferente andadura. Cortesano y sacerdote, sus padres, de origen italiano, eran comerciantes en telas y proveedores de las compañías teatrales. Su obra, considerada como de «tono menor», ofrece, dentro de los esquemas del Barroco, una sorprendente escasez de teología y de exageraciones, así como muy poco interés en la problemática tradicional del honor. Una suave ironía e ingeniosidad, un optimismo sencillo, de «clase media», señalan sus llamadas comedias de salón (El des-

dén con el desdén, El lindo don Diego, La confusión en un jardín), aunque también compuso las inevitables obras de tipo religioso…

 

(continuará)

 

 

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miércoles, 15 de julio de 2026


[ 854 ]

 

HISTORIA SOCIAL DE LA LITERATURA ESPAÑOLA (XXXIX)

 

 Blanco Aguinaga,

Julio Rodríguez Puértolas,

Iris M. Zavala.

 

 


11.3C.

EL BARROCO COMO VISIÓN DEL MUNDO:

GÓNGORA, QUEVEDO, GRACIÁN

 

(…) A mediados de siglo, cerrando ya prácticamente la época, escribe BALTASAR GRACIÁN ( 1601-1658), notable prosista cuya obra, aunque de muy limitados registros, recoge y lleva a su forma extrema aspectos claves de la ideología y del estilo barrocos. Aragonés -nace en Belmonte, cerca de Calatayud- y jesuita, es tal vez el único de los escritores destacados en lengua castellana de la época que no tuvo una relación directa con Madrid. Estudia en Calatayud, Tarragona y Zaragoza; vive luego en Valencia, Lérida y Gandía; empieza a publicar durante una fructífera estancia en Huesca (donde es protegido del rico erudito de provincia Juan de Lastanosa) y vuelve a Zaragoza. Por haber publicado El criticón sin permiso de sus superiores es enviado en 1658 a cumplir penitencia a Graus, y, ya perdonado, muere en Tarazana, a disgusto consigo mismo y con la orden, con la cual, por una u otra razón, casi siempre estuvo en conflicto este hombre paradójicamente pragmático y oportunista que tanto insistió por escrito acerca de la importancia de no enajenarse jamás a los superiores.

 

El héroe (1637), El político don Fernando el Católico ( 1640), Arte de ingenio ( 1642, revisada y reimpresa en 1648 con el título de Agudeza y arte de ingenio), El discreto (1646), Oráculo manual (1647), y El criticón (tres partes: 1651, 1653, 1657) son sus obras principales. En todas ellas, incluso en el abstruso, largo y rebuscado Criticón, la prosa de Gracián es ceñida, construida a base de frases cortas en las que domina la antítesis que, aunque parece mantener la característica tensión conceptista, se resuelve las más veces en la destrucción de uno de los contrarios por el otro, que se levanta así como verdadero: «más importa la menor carta del triunfo que corre, que la mayor del que pasó»; «todo lo favorable,obra por sí; todo lo odioso, por terceros»; y el juego de palabras que cumple la misma función: «milicia es la vida del hombre contra la malicia del hombre.» Se trata de la depurada forma última,epigramática y descarnada, del procedimiento estilístico ya conocido en Mateo Alemán y Quevedo, que en el teatro de Calderón, según veremos, adquiere características estructuras particularmente rigurosas en las relaciones que se establecen no sólo dentro de cada oración, sino entre cada oración y todas las demás del texto, así como entre todas ellas y la estructura general de la obra.

 

El modelo ideológico, por lo demás, como en toda la literatura post-tridentina, particularmente la barroca, es el de la fórmula Engaño-Desengaño, Apariencia-Realidad. Pero donde Cervantes, en cuya obra podría decirse, en abstracto, funciona el mismo esquema, contemplaba las contradicciones para, a su vez, crear nuevas contradicciones y ambigüedades; donde Quevedo en sus mejores momentos creaba una tensión en la que podían subsistir los dos términos contrarios, o caer destruidos los dos en el caos que sólo la palabra parece controlar momentáneamente; en Gracián, como en Calderón, como antes en Mateo Alemán, los términos contrarios se excluyen de manera absoluta y Jo que el autor predica es, claro, desde su perspectiva dogmática, siempre indiscutible y definitivo, así como, a pesar del «ingenio», carente de toda complejidad. Todo ello, además, según acabamos de leer, presididom por la idea de que «milicia es la vida del hombre»: ante tal guerra la obra de Gracián parece acogerse a uq «Santiago y cierra España» carente de alternativas, en una centrada y radical unidad de forma y contenido, de ideología y de estilo. Lo asombroso, sin embargo, es que el muy traído y llevado realismo de Gracián, su tajante estilo, están en última instancia cínicamente dedicados al servicio de defensa de la apariencia, atributo del poder, para alcanzar el cual -predica Gracián una y otra vez- es necesario recurrir a cualquier forma de engaño. La obra de Gracián trata obsesivamente del poder y de la fama, y en El héroe, por ejemplo, se empieza por insistir en la importancia del disimulo y de mantener siempre la distancia necesaria que impida a los demás conocer la verdadera hechura del hombre de excepción:

 

«¡Oh, varón candidato de la fama! Tú, que aspiras a la grandeza, alerta el primor: todos te conozcan, ninguno te abarque.»

 

Cierto que El héroe podría interpretarse como intento último, lección urgente, de que -por fin- el ser corresponda en la vida española al parecer, ya que, a fin de cuentas, Gracián insiste en que «el héroe» ha de poseer un «señorío innato, una secreta fuerza de imperio», así como «una indecible gallardía, tanto en el decir como en el hacer, hasta en el discurrir». El abismo, por ejemplo, que veía Quevedo entre una nobleza y un rey que mandaba descuidadamente sin poseer ninguna de las virtudes tradicionales y la verdadera «política de Dios» o el engaño a los sentidos que es para Mateo Alemán toda apariencia, quedarían así resueltos en la unidad entre el ser y el parecer. Ejemplo, Fernando el Católico. Nos parece excesiva, sin embargo, la importancia suprema que da Gracián al parecer, su oportunista obsesión por el «disimulo» como virtud. Tratándose, como se trata, de una obra sumamente elitista que, de hecho, pretende educar a la clase dominante, si nadie ha de conocer lo que tras la apariencia realmente se esconde, ¿cómo distinguir entre ser y apariencia cuando, de hecho, lo decisivo es el poder? No es casualidad que El discreto, al igual que el Oráculo manual, dos de sus libros clave, sean una sola lección acerca de las diversas maneras de alcanzar el éxito social sorteando por el engaño los engaños, por el artificio todo artificio. En última instancia, importa insistir, para Gracián todo se basa en el poder, ya que «más se saca de la dependencia que de la cortesía». Esta inversión «realista» (que, sin embargo, muy a la española se erige contra Maquiavelo) de los valores renacentistas de tiempos de Garcilaso no es, por supuesto, sólo temática, sino estilística, y es tan consciente de sí misma que se luce en explicar -como ya se venía haciendo desde tiempos de Góngora- la superioridad del arte sobre la naturaleza: el «Siglo de Oro» se cierra así con el rechazo de los valores que lo inauguraron en un Garcilaso o un Juan de Valdés.

 

Más complejo, desde luego, es El criticón, largo viaje hacia la sabiduría que emprenden Critilo, el culto y discreto náufrago, y Andrenio, el joven impulsivo y natural que podría ser uno de los antecedentes del «buen salvaje». Critilo educa a Andrenio -y los dos aprenden- en el libro de largas y complejas aventuras. Por encima de todo van descubriendo la armonía del Universo y, claro está, aprenden a desconfiar de las apariencias, así como que la Muerte sólo se vence por los grandes hechos de la Fama, verdadera Inmortalidad reservada para muy pocos hombres. Las nociones de Virtud, Fama, Valor heroico e Inmortalidad son aquí demasiado severas y austeras, su presencia simbólica es demasiado elaborada como para que podamos confundir El criticón con los cínicos consejos y epigramas de los libros anteriores de Gracián. Sin embargo, la enorme abstracción que en la España de la época significa este libro, su aristocratismo, la persistencia, precisamente, del tema de la Fama, central a todo el Barroco y sólo desmitificada en un Cervantes o un Quevedo, no nos permiten separar esta obra de las anteriores de Gracián. Gracias a ello entendemos que el aragonés, al borde de los largos años de sequedad creadora castellana que van a seguir a su obra, nos revela el significado último del Barroco con tanta o más claridad que Calderón: «primor» en que estriba la «grandeza», que es «fama» porque es «parecer», trátese de «honra» o de vivir en el poder y el lujo entre la miseria; «agudeza de ingenio» que, en última instancia, justifica la mentalidad de una clase dominante que se niega al cambio y, como los epigramas de Gracián, se encierra en sí misma negando toda apertura. Seca, dogmática, brillante y casuística, la obra de Gracián cierra una época que, salvo la secuela de Calderón, inicia en las letras españolas un largo silencio del que irá tardía y trabajosamente saliendo con la aparición -modesta y precaria- del mundo burgués que en Europa se iniciaba ya cuando Gracián pretendía cerrar las puertas al futuro.

 

 

(continuará)

 

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lunes, 1 de junio de 2026

 

[ 850 ]

 

 HISTORIA SOCIAL DE LA LITERATURA ESPAÑOLA (XXXVIII)

 

Blanco Aguinaga,

Julio Rodríguez Puértolas,

Iris M. Zavala.

 

 


 

11.3C.

EL BARROCO COMO VISIÓN DEL MUNDO:

GÓNGORA, QUEVEDO, GRACIÁN

 

 

(…) Extraordinario representante de esta época es también FRANCISCO (GÓMEZ) DE QUEVEDO Y VILLEGAS ( 1580-1645), uno de los más complejos y contradictorios escritores de la lengua castellana y, sin duda, uno de sus mayores poetas. Madrileño, de estirpe montañesa noble, pero relativamente modesta, fue siempre, para bien y para mal, al igual que sus padres, un hombre de la Corte. Licenciado en Letras por la Universidad de Alcalá, vive una juventud tormentosa, tiene que abandonar posteriores estudios de Teología, se traslada a Valladolid e ingresa ahí en la Corte, a la que siempre estará conflictivamente ligado. Ya de vuelta a Madrid con la Corte, adquiere pronto fama de escritor satírico, agresivo y hasta pendenciero. Sin embargo, siendo todavía muy joven encauzará su vida hacia actividades de alta responsabilidad política: al ser nombrado virrey de Sicilia su amigo el duque de Osuna, se lleva al escritor de consejero particular. Actúa entonces Quevedo a niveles estrictamente políticos en pro de los intereses españoles y del virrey, tanto en Sicilia como en Italia, donde fue incluso agente secreto en la República de Venecia (de la cual tuvo que salir huyendo disfrazado al ser descubierto). A su vuelta a España sufre un primer destierro interior, y al morir Felipe III y subir al poder el conde-duque de Olivares empiezan sus grandes desgracias: tras demostrar al principio cierta confianza en el conde-duque acaba enemistándose con él, dedicando sus últimos años a una lucha casi personal con el valido, en el curso de la cual escribe algunas obras de crítica socio-política, muy leídas en su tiempo, sobre la condición decadente del país y sobre los usos y abusos del poder. Tras un tardío, breve y catastrófico matrimonio, sufre cuatro años de prisión en el convento de San Marcos de León por causa de sus conflictos con Olivares. No sale de la que llamó su «sepultura» hasta la muerte del conde-duque, y ya enfermo, triste y profundamente desilusionado se retira a su Torre de Juan Abad (Ciudad Real). A los sesenta y cinco años muere en la celda de un convento en Villanueva de los Infantes, el 8 de septiembre de 1645.

 

 

Es Quevedo uno de los escritores más inteligentes de su época, acerado y sectario, de feroz rigor polémico; y es uno de los autores castellanos que mejor haya jamás trabajado y dominado la lengua. El conceptismo, común y abusado en el Barroco, adquiere en él características muy personales de concisión y significado, levantándose casi siempre muy por encima del juego y de los aspectos más superficiales de aquel «arte de ingenio». Su enorme pasión, siempre controlada y dirigida por la inteligencia, aunque dispersa en una obra variada y no pocas veces anecdótica y circunstancial, hace que sea Quevedo un escritor siempre presente en la historia de las letras españolas, pero difícil de clasificar; imposible, sencillamente, de asimilar o rechazar de maneras absolutas. Feroz y machaconamente antisemita, grotesca y vulgarmente antifeminista, patriotero y casticista hasta extremos hoy, desde luego, intolerables, es también un extraordinario crítico de la sociedad decadente, fantasiosa y vulgar de su tiempo; terrible desmitificador, noble pensador político obsesionado por la dignidad humana, sabio y erudito (pero no incapaz de trucar fuentes o citas), poeta «metafísico» sólo comparable a los mejores de la Europa de su tiempo, autor de la más original y brillante novela picaresca y -sorprendentemente- uno de los poquísimos grandes poetas de la larga y monótona tradición petrarquista, el igual de Cavalcanti, tal vez de Petrarca mismo, del Shakespeare de los sonetos.

 

 

Es ése su enorme y contradictorio talento lo que hace que Quevedo sea, como a su manera, tan distinta, lo es Cervantes, ejemplo extremo de las contradicciones de aquel tiempo en el que el más grande imperio desde los tiempos de Roma se desmoronaba por su falta de base real; por ser España, en los orígenes del capitalismo y gracias a las minas de América, uno de los puntales de la acumulación de capital que permitirá el desarrollo de la banca y la industria europeas, a la vez que ella misma se descapitaliza, no desarrolla industria propia y ve fortalecerse en su seno estructuras sociales antiburguesas sin capacidad creadora que, andando el tiempo, la dejarán al margen del desarrollo europeo. Como Cellorigo, como después los arbitristas, a diferencia, por ejemplo, de la meditación puramente superestructural que de estas cuestiones se encuentra en Calderón, o del distanciamiento estético de ellas característico de Góngora, Quevedo ve bien lo que ocurre y ·de ello se propone hablar contra viento y marea:

 

 

No he de callar por más que con el dedo,

ya tocando la boca, ya la frente,

silencio avises, o amenaces miedo,

 

 

le dice a Olivares en la «Epístola satírica y censoria»:

 

 

¿No ha de haber un espíritu valiente?

¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?

¿Nunca se ha de decir lo que se siente?

 

 Hoy sin miedo, que libre escandalice,

puede hablar el ingenio asegurado

de que mayor poder le atemorice

 

 

Y se lanza al ataque «contra las costumbres presentes de los castellanos»: «virtud desaliñada»; carencia de una pretérita «libertad esclarecida»; predominio del «ocio torpe»; honestidad comprada «con piedras finas»; un constante mendigar «el crédito a Liguria» (es decir, a la banca italiana), inseparable de un vacuo «blasonar» nobleza; hartazgo de perfumes y alhajas; desprecio por el trabajo, basado en un falso concepto del honor ... Lista casi completa, en fin, de los vicios e incapacidad de la clase dominante de su tiempo (sin referencia en este caso, sin embargo, a la miseria del pueblo que tanto ocupaba a otros autores). Y es que Quevedo -la otra cara de la moneda-, a diferencia, digamos, de Cervantes, o de los no siempre ridículos arbitristas, tiene una visión puramente medieval de la sociedad ideal y, por lo tanto, una casi absoluta incomprensión de los cambios históricos que se están produciendo en su propio tiempo: cortesano descendiente de la pequeña nobleza del Norte, su pensamiento se inscribe plenamente en el de la clase dominante, y su crítica de la nobleza brota, con todas sus contradicciones, desde la nobleza misma, cuya función social señorial, por lo demás, le sigue pareciendo a Quevedo indiscutible.

 

 

De ahí que lo que opone a los vicios y errores presentes de una clase cuya decadencia percibe con claridad sean «virtudes» de la «raza» auténticamente primitivas. Su ideal es el de unos mitificados tiempos idos en que

 

 

La robusta virtud era señora,

y sola dominaba al pueblo rudo;

edad, si mal hablada, vencedora.

 

 

Época aquélla que no hemos de confundir con la «Edad de Oro», ignorante del «tuyo» y el «mío», de que habla don Quijote a los cabreros, sino época de fuerza y mando, de «godos» verdaderos, capaces de vencer a los «tudescos bacanales», «al holandés hereje y alevoso», así como a los italianos. Tiempos aquellos de milicia pobre y «pieles solas», sin perfumes ni adornos, cuando

 

 

Del mayor infanzón de aquella pura

república de grandes hombres, era

una vaca sustento y armadura;

 

época de un vivir pendiente de los premios a alcanzar en otra vida, cuando, por ejemplo, la mujer -que no veía a su marido como «galán», sino como guerrero «peligroso»- hilaba «para su esposo / la mortaja, primero que el vestido». Mundo al que quisiera volver Quevedo, anterior, en suma, a la expansión de Occidente y, por lo tanto, anterior a los orígenes del capitalismo, según queda claro en su rechazo de las exploraciones del «Oriente» y del «áspero dinero», en su soñar con los tiempos en que el Océano Atlántico, no surcado todavía, mantenía en paz el «pecho humano» al tenerlo separado «de las ricas minas». En un soneto al oro -que podría compararse con aspectos del Shakespeare comentado por Marx- es obvio que Quevedo entiende que mercancías, oro y dinero han descentrado, digamos, al hombre, fetichizando sus relaciones, ya que, según dice concisamente, este oro

 

 

... en dineros ásperos cortado.

Orbe pequeño, al hombre le compite

los blasones de ser mundo abreviado.

 

 

Gran tema de la época, que también hemos encontrado en Fray Luis de León -tan admirado de Quevedo-- y que se enlaza también, inevitablemente, con la crítica de tradición medieval de la usura, inseparable, por supuesto, de la crítica a las nacientes actividades de la banca internacional («el crédito de Liguria»). Si no olvidamos que entre los varios y diversos factores que dan su primer impulso al capitalismo, a la naciente burguesía, inseparable de las exploraciones y comercio con el Oriente, se encuentran las leyes italianas (particularmente venecianas) acerca de la usura, que permiten y alientan arriesgadas y provechosas inversiones en las flotas y expediciones de los siglos XIII, XIV y XV, que generan, a su vez, las letras de cambio y que, a la larga, permitirán la explotación de América, resulta evidente que en una época de transición crítica el mordaz y clarividente Quevedo coincide ideológicamente con los enemigos de la nueva clase ascendente, la burguesía, que ya en su tiempo parecía ampliamente derrotada en España.

 

 

Y así, toque lo que toque. Bien sea en su Política de Dios, gobierno de Cristo y tiranía de Satanás, donde pretende, nada menos, que sea Cristo el modelo del monarca, por lo que significa en su devoción al bien común y -elemento nada despreciable en el reinado de Felipe III-, por su dedicación y trabajo, que se anteponen «al ocio y a la inclinación» y a aquella costumbre que tenía el tercer Felipe de divertirse y dejar que le divirtieran. Notables son también sus comentarios al Marco Bruto de Plutarco, donde, no sin nobleza de miras y un firme sentido de la justicia, pero tal vez sin comprensión del sentido cualitativamente diferente de las nuevas luchas por el poder, parece rechazar el pragmatismo de Maquiavelo.

 

 

No ha de sorprendernos demasiado, sin embargo, esta contradictoria conjunción de nobleza de miras y de reaccionarismo. A fin de cuentas los orígenes del capitalismo, el «Renacimiento», sin excluir el comercio, ni la industria, ni la ciencia, ni el arte perspectivista, significaron, a la vez que un extraordinario y poderoso salto cualitativo de la humanidad de Occidente, un violento desequilibrio, una ruptura brutal y desquiciante de las estructuras feudales en las que, vividas ideológicamente desde dentro de ellas mismas, podía creerse que reinaba una indiscutible armonía orgánica. Con el característicamente español retraso post-tridentino, la obra de Quevedo es extraordinario reflejo de esta contradicción, de la angustia del hombre barroco que, no sin algo de razón, suele compararse con la angustia existencial de los escritores modernos que también se encuentran en la encrucijada de un cambio radical de estructuras.

 

 

A partir de esta angustia, y más allá de sus sátiras, terribles y profundas a veces, demasiado coyunturales por lo general, sátiras dirigidas a otros escritores, a las mujeres, a sastres, a abogados y médicos, al lenguaje oscuro y rebuscado de la «culta latiniparla» o al de las frases hechas, a homosexuales, a cornudos, a partes del cuerpo, a judíos, a catalanes, a cordobeses, a gallegos, a todo lo que por una u otra razón choca con su castizo y machista orgullo y «limpieza de sangre»; más allá de toda esa violencia suya dirigida contra tantas cosas que hoy poco nos interesan, violencia que puede divertirnos, o asombrarnos, o nos parece un lamentable desgaste de talento, la angustia de Quevedo, su prodigioso control y dominio del lenguaje alcanzan niveles hoy casi insospechados de hondura meditativa, en la que vemos al ser humano enfrentarse con algunas últimas verdades básicas: la brevedad de la vida, la proximidad de la muerte. O la Historia misma en que el ser humano vive su existencia hacia la muerte 

 

 

Miré los muros de la patria mía,

si un tiempo fuertes, hoy desmoronados,

de la carrera de la edad cansados,

por quien caduca ya su valentía.

 

Salime al campo, vi que el sol bebía

los arroyos del hido desatados,

y del monte; quejosos los ganados,

que con sombras hurtó su luz al día.

 

Entré en mi casa y vi que, amancillada,

de anciana habitación era despojos;

mi báculo, mas corvo y menos fuerte.

 

Vencida de la edad sentí mi espada,

y no hallé cosa en que poner los ojos

que no fuese recuerdo de la muerte.

 

 

Igual capacidad de trascender la obvia ideología tradicionalista hacia la meditación de absolutos humanos privados, se encuentra en sus poemas calificados de religiosos, morales o filosóficos. Difícil es sostener tal clasificación, tales distinciones, ya que, toque lo que toque, sea cual sea su «tema», la poesía de Quevedo, como resumiendo y extremando la obsesión central del Barroco, es toda ella un intenso meditar sobre la brevedad de la vida, entendida ésta como una apetencia de ser compenetrada en su raíz misma por la otredad que es el no-ser, la muerte. O más precisamente, ser y no-ser forman una identidad dialéctica indestructible según se revela en que nunca puede la vida «parar un punto», como escribe en uno de sus más grandes sonetos. Todo momento del vivir que pretendamos aislar en aparente quietud de manera abstracta revela que el Ser es y no es; lo único «permanente» es el movimiento:«hoy se está yendo sin parar un punto». Contra toda filosofía contemplativa recoge así Quevedo la vieja tradición de Heráclito y da un paso hacia el pensamiento dialéctico (existencial) moderno, cuya más alta y compleja lección ha de encontrarse en Hegel. De ahí tal vez que, en imitación de la terminología aplicada a ciertos poetas ingleses del siglo XVII (John Donne, por ejemplo) se haya hablado de su «poesía metafísica». Tal término sólo puede confundirnos si pretendemos que represente una categoría distinta a «poesía religiosa», o «satírica», o «moral»; nos es de cierta utilidad si por él entendemos que toda la poesía de Quevedo -en rigor, su obra toda- responde a la meditación sobre el Ser que hemos intentado describir brevemente. Y más aún si entendemos que esta meditación se expresa en un intento de que el lenguaje mismo sea ese Ser que es y no es al mismo tiempo. He aquí el final de uno de sus tantos sonetos extraordinarios:

 

Ya no es ayer; mañana no ha llegado;

hoy pasa, y es, y fue, con movimiento

que a la muerte me lleva despeñado.

Azadas son las horas y el momento

que, a jornal de mi pena y mi cuidado,

cavan en mi vivir mi monumento.

 

 

El intento de fijar para el análisis el «punto» del «hoy» que es y no es (ni hoy, ni ayer, ni mañana) revela que el vivir es un ir «despeñado» hacia la muerte. Pero no es ésa todavía la expresión adecuada, ya que si así fuera estaríamos separando la vida de la muerte, el ser del no-ser, y viceversa, cuando en realidad el ser es no-ser (y viceversa). Pero en el último terceto la contradictoria idea -difícil, si no imposible de expresar- adquiere su forma definitiva y exacta: el vivir mismo («las horas y el momento») «cavan en mi vivir mi monumento», donde «monumento» significa, a una vez, tumba (en vida) y monumento-memorial (en la muerte) que nos recuerda lo vivido. Y el poema mismo queda contra el Tiempo como «monumento» que desafía la experiencia misma de

que nada «queda», de que nada puede pararse «un punto».

 

 

Esta percepción, este riguroso y angustiado conceptismo, se revela de manera todavía más radical -si cabe- en su poesía amorosa, particularmente en los sonetos, y muy especialmente en la serie dedicada a Lisi. Se recoge en esta secuencia, por supuesto, como en todas las que pululan durante el Renacimiento (y como en su propio tiempo en la gran secuencia de Shakespeare), la temática petrarquista toda, extremándose, sin embargo, los conceptos hasta límites casi intolerables de precisión significativa. «Amor me ocupa el seso y los sentidos ... », «A fugitivas sombras doy abrazos ... », ·«Que importa blasonar del albedrío ... », «Cerrar podrá mis ojos ... », se encuentran sin duda no sólo entre los más grandes poemas amorosos de la lírica castellana, sino de la tradición petrarquista toda. Sonetos construidos a base de lo que podríamos llamar metáforas absolutas, en que los concetti originados en el dolce stil nuovo se engarzan unos con otros extremando su autonomía con respecto a la realidad visual o emotiva de la que parten, hasta el grado de que el poema parece mantenerse en la estructura pura de su lenguaje, más allá de sus orígenes, como si pretendiese vencer toda relación con su referente y, por lo tanto, vencer las limitaciones del tiempo. Véase, por ejemplo, este «Retrato de Lisi que traía en una sortija», donde todas las analogías se dan ya por supuestas y, en el mínimo espacio de una sortija, pretende el poeta llevar todo el oro y riqueza del mundo, puesto que oro son los cabellos de la amada, etc.:

 

 

En breve cárcel traigo aprisionado,

con toda su familia de oro ardiente,

el cerco de la luz resplandeciente,

y grande imperio del amor cerrado.

 

Traigo el campo que pacen estrellado

las fieras altas de la piel luciente;

y a escondidas del cielo y del Oriente,

día de luz y parto mejorado.

 

Traigo todas las Indias en mi mano,

perlas que, en un diamante, por rubíes,

pronuncian con desdén sonoro yelo,

 

Y razonan tal vez fuego tirano,

relámpagos de risas carmesíes,

auroras, gala y presunción del cielo.

 

 

A la vez que en otros sonetos, canta su amor indestructible, vencedor de la muerte («polvo serán, más polvo enamorado»), según va llegando con los años y el fracaso a transformar el amor en el centro de la vida misma, asediada siempre por el dolor y la muerte. Además, Quevedo escribe letrillas, jácaras, poemas burlescos de todo tipo. También unos cuantos entremeses interesantes (La venta, El marido fantasma, El niño y peralvillo de Madrid ... ) y, sobre todo, la Historia de la vida del Buscón, tal vez escrita en 1604 y publicada sin su permiso en Zaragoza en 1626; la más extraordinaria de las novelas picarescas, en la que -de nuevo- el lenguaje parece mantenerse a sí mismo en vilo, como si estuviese más allá de la anécdota de la que parte, del tema convencional heredado del Lazarillo (con el cual tiene el Buscón mucha relación temática), o de la ideología que, en sí y abstraída del lenguaje, no sería distinta de la de Mateo Alemán.

 

 

Desde el arranque mismo, tan convencional al parecer, vemos cómo todo es lo que se dice y nada lo que parece, en una sistemática operación de creación y destrucción en que cada palabra, cuidadosamente seleccionada, cae de su lugar ante el embate de la que sigue, manteniéndose las dos, sin embargo, una frente a otra en una tensión antagónica que sería -con mucha mayor sutileza que en Calderón- el meollo mismo del que se ha llamado equilibrio inestable del Barroco; es decir, el equilibrio inestable de las estructuras ideológicas de la España y la Europa de su tiempo:

 

 

Yo, señor [dice Pablos] soy de Segovia; mi padre se llamó Clemente Pablo, natural del mismo pueblo -Dios le tenga en el cielo-. Fue tal como todos dicen, de oficio barbero; aunque eran tan altos sus pensamientos, que se corría le llamasen así, diciendo que él era tundidor de mejillas y sastre de barbas. Dicen que era de muy buena cepa y, según él bebía, es cosa para creer. Estuvo casado con Aldonza Saturno de Rebollo, hija de Octavio de Rebollo Codillo y nieta de Lépido Ziuraconte.

 

Sospechábase en el pueblo que no era cristiana vieja, aunque ella, por los nombres de sus pasados, esforzaba que descendía del triunvirato romano. Tuvo muy buen parecer, y fue tan celebrada, que en el tiempo que ella vivió todos los copleros de España hacían cosas sobre ella ...

 

 

Y así, sin descanso, atrayendo incesantemente la atención sobre el lenguaje mismo, sin permitir nunca que éste sea -a lo Cervantes, a lo Fray Luis, a lo Machado- transparente vehículo de una realidad ulterior a la que nos dirige, gracias a su existencia que, sin embargo, parece pretender desaparecer frente a nosotros. Pero -y esto le distingue de Góngora, de quien, en abstracto, podría decirse lo mismo- logrando a la vez no que el lenguaje se mantenga como realidad indestructible superior a la realidad de que parte, sino que ese mismo lenguaje signifique la destrucción crítica de las apariencias; es decir, paradójicamente, de sí mismo. Lenguaje expresión, lenguaje en sí y lenguaje vehículo de la destrucción de sí mismo a través de cuya destrucción, sin embargo, sobrevive, mientras no sobrevive la realidad criticada cruelmente, sin compasión ni descanso a fuerza de llevarla hasta lo inverosímil. Difícil será encontrar un más extraordinario ejemplo de lo que es el Barroco que este libro y que Quevedo todo: visión del mundo que, en sus mejores momentos, se caracteriza por captar sin subterfugios, como en un puño tensamente cerrado, las contradicciones fundamentales de aquella Edad Conflictiva.

 

 

Según hemos indicado, siguen abundando los poetas en esta primera mitad del siglo XVII, y necesario es, por lo menos, mencionar algunos de los que en su tiempo tuvieron mayor fama y son, en parte, todavía leídos hoy. Fue tan alta la calidad lírica de Lope, Góngora y Quevedo, tan arrolladora su capacidad creadora, que los más de los poetas de su tiempo vienen a ser, en verdad, figuras complementarias cuya abundancia nos confirma -una vez más en la historia literaria- que los grandes escritores nunca aparecen en el vacío. Tanto temática como formalmente poco añaden a la visión del mundo de la época los Francisco de Medrano (1570-1607), Rodrigo Caro (1573-1623), Francisco de Rioja (1583-1659) o Juan de Jáuregui (1583-1641), poetas de la que, tal vez, podría aún considerarse «escuela andaluza»; o los «madrileños» Pedro de Espinosa (1578-1650), Pedro Soto de Rojas (1584-1658) y Luis Carrillo de Sotomayor (1582-1610), o incluso Vicente Espinel (1550-1624) o los hermanos Argensola, Lupercio (1559-1613) y Bartolomé Leonardo (1562-1631). Lo que de ningún modo significa que no hayan escrito ocasionalmente poemas de tan alta calidad como los de los tres grandes o que, por ejemplo, nuestra comprensión del Barroco pueda completarse sin tomar en cuenta la Canción a las ruinas de Itálica, de Rodrigo Caro. Tiene también su importancia el que Espinel fijara la forma de la décima (o «espinela»: estrofa de diez versos octosílabos); o recordar que Juan de Jáuregui fue violento y no del todo torpe enemigo de Góngora (Antídoto contra la pestilente poesía de las Soledades, Discurso poético), o que, por contrario, Luis Carrillo de Sotomayor no sólo defendiera el culteranismo, sino que dejara hermosos sonetos y una Fábula de Acis y Galatea en ese estilo. Aunque quede por mexicana fuera del ámbito de este libro, tal vez ha de recordarse muy especialmente a Juana de Asbaje, Sor JUANA INÉS DE LA CRUZ (1648-1695), tardío, brillante y siempre secreto talento que a más de un recóndito y apasionante Primer Sueño y algunos de los más extraordinarios sonetos del siglo, afimó constantemente, en verso y prosa, una severa y lúcida voluntad de independencia intelectual que, siendo ella mujer de inteligencia y belleza asombrosas, es en nuestras letras la primera afirmación de un feminismo comparable no a Santa Teresa, que tan a menudo se vio obligada a denigrar a las mujeres, sino, tal vez, a algunas de las más libres e inteligentes mujeres cervantinas. Por supuesto que Sor Juana también tuvo, por fuerza, que doblegarse; pero en su obra la voluntad, el arte y el ingenio luchan intensamente contra los aspectos más retrógrados de la visión barroca del mundo. En esa lucha, de alguna manera, el rigor, la sensibilidad y la inteligencia que sobreviven apuntan ya hacia el futuro…

 

(continuará)

 

 

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miércoles, 29 de abril de 2026

 


[ 844 ]

 

HISTORIA SOCIAL DE LA LITERATURA ESPAÑOLA (XXXVII)

 

Blanco Aguinaga,

Julio Rodríguez Puértolas,

Iris M. Zavala.

 

 

Luis de Góngora por Diego Velázquez 

 

 

11.3C.

EL BARROCO COMO VISIÓN DEL MUNDO:

GÓNGORA, QUEVEDO, GRACIÁN

 

 

Que lo que suele llamarse habitualmente Barroco no es sino una ideología o falsa consciencia identificable con el sistema socio-político de la España imperial en decadencia, puede observarse, como es lógico, en los textos literarios de su época, pero también, muy esclarecedoramente, en la historiografía de ese mismo Barroco. Incluso se ha podido hablar de «un frente laico antibarroco», defensor del humanismo renacentista, Y de una crítica que se identifica a sí misma con el Barroco estricto, el católico-tridentino, y que llega incluso a transponer el siglo XVII a la Europa del XX y a sus problemas, considerando el Barroco como constante histórica. Pero pese a estas curiosas identificaciones y a tales confusionismos resulta obvio que el Barroco, además de un «estilo» artístico y de una etapa cultural más, es una angustiada forma de vivir y de pensar, tan contradictoria como auténtica. Tras el efímero optimismo del Renacimiento y la crisis del último tercio del XVI, la implantación barroca conduce en sus formas extremas al más violento negativismo de los valores humanos, entroncando todo ello con la inequívoca situación hispánica: el hombre es un ser despreciable; el mundo, lugar de continuos engaños; la vida, un siniestro juego; la muerte, una obsesión morbosa. Recuérdese el típico, significativo y conocido texto de Mateo Alemán, ya citado, verdadero manifiesto ideológico del Barroco:

 

En todas partes hay lágrimas, quejas, agravios, tiranías ...

 

 

Conviene insistir en lo corruptible, en el llamado «reverso de la belleza»: las flores se ajan, el día se acaba, la hermosura oculta la podredumbre bajo ella, la mujer y el amor conducen a la pasión y al pecado. Es preciso rebajar lo humano, degradarlo, transformar al ser humano y su dignidad en algo irremediablemente repulsivo; el realismo más brutal puede utilizarse para inspirar la apropiada repugnancia, como en estas palabras de Francisco Santos, indicadoras de un desprecio total hacia el ser humano:

 

Pues la madre ya envuelta o liada como cuero de vino, vuelve los ojos

de entre sus dolores y mira a su recién nacido y le besa. ¡Tened, locos

de atar, que alabáis a un mico, casi cadáver, vestido de mortal... !

 

 

A la vez, sin embargo, es una época -insistamos en ello- de gran sensualidad, de rica música y de aún más ricos y ornamentados altares; época de artificios y cosméticos donde lo natural ha perdido su prestigio y el parecer se basta a veces a sí mismo, sin referencia alguna al ser que lo sustenta o que debería sustentarlo. Lujo en el vestir de hombres y mujeres nobles; nuevos diseños de los vehículos aristocráticos; afeites y perfumes; y en poesía, un extremar las metáforas con que los poetas se refieren a la belleza femenina. Poetas a los que Quevedo, con su brillante capacidad desmontadora, llamó «hortelanos de facciones», por aquello de que todos los labios eran claveles o rosas; el blanco de la piel, lirios, etc. Pero todo ello y todas las metáforas petrarquistas, llevadas muchas veces al absurdo, se entiende, en el fondo, como consciente «engaño colorido» -según diría Sor Juana Inés de la Cruz- frente a una vida que se concibe como antesala de la muerte. De hecho -y la tesis suena feroz y machaconamente a lo largo de todo el XVII- la realidad es falaz, nuestros sentidos nos engañan y, según se ha dicho, las cosas, toda posible circunstancia, son desleales a su ser, han renegado de él, son apariencias nocivas y nada más. Entre el hombre y su contorno humano no cabe diálogo, sino reiterar el mismo desesperado monólogo. Todo, en efecto, como afirma Calderón, es «humo, polvo, sombra y viento»; el ser humano, en fin, en pavorosa definición también calderoniana, es «esqueleto racional». Y el casticismo mitómano -el honor como divinidad ofendida a la que es preciso desagraviar, la santificación de la sociedad- más el catolicismo contrarreformista militante de signo irremediablemente irracionalista, terminan por estructurar férreamente esta concepción del Universo. En términos artísticos, todo ello se traduce en una serie de fundamentales características, tales como las siguientes: juego de contrastes y de claroscuros, dinamismo contenido en un equilibrio inestable, horror al vacío, desmesura y violencia, verbalismo continuo y acumulación metafórica avasalladora o conscientemente sincrética y también de signo contrario y en apariencia absurdo; así, en La vida es sueño, de Calderón, los pájaros aparecen como «clarines de pluma», y los clarines como «aves de metal».

 

 

Más joven que Cervantes, contemporáneo estricto de Lope de Vega, LUIS DE GÓNGORA Y ARGOTE (1561-1627), único de los autores importantes de esta época que no escribe prácticamente más que poesía, es, a la vez que representante cimero del Barroco, el más discutido de los escritores de su tiempo. Cordobés de familia ilustre y quizá conversa, estudió Derecho en Salamanca y, a pesar de las esperanzas puestas en él por su padre, fracasó lamentablemente en la carrera debido a su poca dedicación a los estudios, a su vida disipada en amores, al ejercicio temprano de la poesía y a su pasión por el juego, al que fue adicto toda su vida.

 

 

Por influencias familiares obtuvo en 1585 el puesto de racionero en la catedral de Córdoba, donde residió con el mismo cargo hasta 1617, año en que se traslada a Madrid y es nombrado capellán real. Sin embargo, este puesto no le trajo los beneficios que esperaba y sí un desgaste de energías en interminables peticiones de favores. Por comparación con la vida relativamente modesta, tran- quila y descuidada que llevaba en Córdoba, sus años de Madrid son lamentables y deprimentes, ya que, además de que ya había escrito sus obras mayores, parece no hacer otra cosa sino halagar a los poderosos, pedir y esperar prebendas:

 

 

«Yo muero de hambre y mil reales son migajas»; «El Señor Patriarca me hizo merced de la vara que le pedí a Córdoba. Está hecho el título y no lo ha firmado según me dijo ayer... Por su Señoría quede esto ... Mas también es menester que no se aguarde a todo esto, ni se haga prenda de mi hambre»; «En materia de mis alimentos he padecido todo este tiempo mil necesidades y abierto la puerta a muchos inconvenientes, pensando remediarme, y soy tan desgraciado que me han salido todos tan fuera del intento, que es lástima tratar de ellos. V. m. por un solo Dios, se sirva de no tenerme una hora más así.. . »

 

En 1625 sufre un ataque de apoplejía, y vuelve a Córdoba en 1626, para morir en 1627. Su testamento es como un póstumo reflejo de sus dificultades y miserias:

 

 

Declaro que las deudas que tengo y debo, son, a saber: a Pedro aceitero que da aceite' en mi casa ... a Bernal, mi criado ... a Pedro Cibrián ... al padre Fray Luis de Lizama ... a Antonio Sánchez ... a Josef Franqueza ... a Ana de Retes ... al Conde de Paredes ... al Obispo de Urgente ... al zapatero de casa ...,

 

 

en un rosario que parece no va a acabar por satisfacer nunca todo lo que le costaban sus aficiones: la buena mesa, el juego, el vivir «como mozo» (según una temprana acusación obispal). Esta miseria, esta vida más mediocre que de áurea medianía y su casi inútil recurrir a los favores, todo digno de páginas del Lazarillo o de Cervantes, quedan, sin embargo, como el trasfondo sublimado de la obra más extraña, erudita, difícil y oscura, más desmesuradamente artificiosa y aristocrática de toda la literatura en lengua castellana. Culteranismo y Góngora son una y la misma cosa en su busca de la belleza pura, en su orgulloso desprecio de lo común -que confunde con lo mediocre-, en su voluntad de creación de un lenguaje que transfigure y supere la realidad toda manteniéndose intacto, indescifrable para los más, vencedor del tiempo, de sus miserias y de la muerte. En una carta de 1613 o 1614 escribe:

 

 

Demás que honra me ha causado hacerme oscuro a los ignorantes, que ésa [es] la distinción de los hombres doctos, hablar de manera que a ellos les parezca griego, pues no se han de dar las piedras preciosas a animales de cerda,

 

Y en otro lugar:

 

Deseo hacer algo no para muchos.

 

Seguido de las altísimas pretensiones:

 

Siendo lance forzoso venerar que nuestra lengua a costa de mi trabajo haya llegado a la perfección y alteza de la latina.

 

Pero estas cosas las escribe Góngora después del Polifemo (1613) y las Soledades (1613, 1614), y hemos de recordar que durante mucho tiempo la crítica distinguió no sólo entre un Góngora «oscuro» y otro claro -debido a lo cual lo más importante de su obra fue prácticamente olvidado durante los siglos XVIII y XIX-, sino que la supuesta diferencia correspondía a una evolución cronológicamente discernible. La crítica moderna -que de algún extraño modo parte de revaloraciones de Góngora hechas por poetas europeos que no conocían el castellano- ha intentado borrar las distinciones entre los dos Góngoras haciendo notar que los procedimientos estilísticos básicos de las Soledades y el Polifemo (hipérbaton extremado, conceptismo, latinismo, inserción total en el mundo de las referencias clásicas, etc.) se encuentran no sólo ya en Garcilaso y en toda la poesía derivada del dolce stil nuovo, sino en la obra toda de Góngora mismo. Argumento cierto, convincentemente formulado y modulado por los mejores estudiosos, pero que expresado en forma radical y polémica para «recuperar» a Góngora pasaba por alto que la simple acumulación de estos procedimientos en sus obras mayores y maduras significa -como siempre que se trata de factores cuantitativos- un radical cambio cualitativo con respecto a sus obras de juventud (y, por supuesto, con respecto a Garcilaso y al mismo Herrera).

 

No se puede creer que incluso un romance elegante como:

 

En los pinares de Xúcar

vi bailar unas serranas,

al son del agua en las piedras

y al son del viento en las ramas

 

 

(que no es en la obra de Góngora ni «popular» ni temprano), pertenezca al mismo universo de discurso que, por ejemplo, estos versos de las Soledades:

 

 

... cuando

rémora de sus pasos fue su oído,

dulcemente impedido

de canoro instrumento, que pulsado

era de una serrana junto a un tronco,

sobre un arroyo, de quejarse ronco,

mudo sus ondas, cuando no enfrenado.

 

 

Más obvia es aún la diferencia entre los más oscuros pasajes de las Soledades o el Polifemo y tempranos romances y letrillas de intención popular. La cuestión no deja de tener cierta importancia porque aunque aceptemos la tesis contraria a la de los «dos Góngoras», es decir, la tesis de que Góngora fue siempre fundamentalmente un poeta culto y erudito, no popular en el sentido en que Lope, por ejemplo, era o quería ser popular, el reconocer en su obra una evolución hacia una expresión cada vez más compleja, erudita y minoritaria, culminando en los poemas de 1613 y 1614, poemas que por comparación con Garcilaso o Fray Luis son ya otro mundo, nos permite fechar alrededor de los años de la segunda parte del Quijote y del Guzmán la aparición decisiva, dominante, de la visión del mundo que llamamos Barroco, que es no sólo post-tridentina, sino post-mística, peculiar a ciertos años clave en la crisis de Occidente y, por supuesto, según hemos indicado, en España. En estos años están ya en su madurez Lope y Quevedo y han iniciado su obra Tirso, Gracián y Calderón: sobre todos ellos influirá el arte arriesgado y difícil de Góngora, aun cuando algunos de ellos lo rechacen violentamente.

 

 

Este rechazo, particularmente fuerte en Quevedo, de ningún modo significa que los más de los autores barrocos tuviesen, como Lope, por oposición a Góngora, la intención de llegar seriamente al «pueblo». Son autores cuya obra, inevitablemente, se dirige a la minoría culta, es decir, a los intelectuales orgánicos de la clase dirigente y a ésta misma, en especial por lo que se refiere a la poesía, que circulaba en manuscritos que, por supuesto, el «pueblo» analfabeto no conocía. Lo que Góngora trae a esa cultura es una limitación todavía mayor de sus especialistas y de su campo de acción; el público al que, si acaso, le interesaría dirigirse, es una pequeña minoría de la minoría. Y aunque, desde luego, era aquélla, entre intelectuales, una época mucho más culta que la nuestra por lo que se refiere al conocimiento de la cultura clásica, sus mitos y sus símbolos, la pretensión de Góngora, en cuanto desafío, resultaba intolerable para los casticistas. Ahí y en las sospechas acerca de su origen judío radica la explicación de los feroces ataques que Góngora sufrió por parte de Lope de Vega y otros. Sólo con grandes reservas pueden equipararse épocas distintas de la Historia; pero en esta su voluntad general de limitar el campo de la comunicación poética, Góngora y su obra nos parecen comparables a la tendencia dominante de la poesía de vanguardia que se inicia -digamos- en Baudelaire y pasa, centralmente, por Mallarmé. Esta comparación, ya tradicional y, por lo demás, bastante discutida, tal vez resulte especialmente valiosa si, al hacerla, entendemos que Góngora  está en los orígenes de una época en que los poetas van perdiendo el mecenazgo y se encuentran, aterrados, ante el mercado: o producían poesía para ganarse la vida (es decir, su «creación» pasa a ser producción para consumo), a la manera en que Lope -tan odiado por Góngora- producía teatro, o quedaba la poesía aislada de toda relación con el público lector, que ya por aquellos tiempos pagaba para leer. A lo largo del siglo XVIII, y ya decisivamente en el XIX, con el triunfo de la sociedad capitalista, la cosa se fue agravando. Pero en Góngora encontramos ya una clara intuición del problema, y su solución, estética por excelencia, es radical: escribir para los menos y vivir de otra cosa («Yo muero de hambre y mil reales son migajas»). Así, su obra revela implícitamente un rechazo oficial de las relaciones sociales de producción que se iban imponiendo en Europa y que, en España, estaban en sorda pugna con unas estructuras sociales y mentales de hecho ya destinadas al fracaso. Lo que en otros, Quevedo, por ejemplo, será un meditar insistente y sombrío sobre una realidad histórica que aparece como caótica y decadente por comparación con mixtificadas y pretéritas...glorias feudales, es en Góngora un simple desentenderse del problema para elaborar un mundo poético privado cuya esotérica belleza pretendía sobrevivir a los tiempos de los que no se ocupa, mientras que una y otra vez, mucho más que sus mejores contemporáneos, escribe poemas a reyes, príncipes, condes, duques, y hasta al conde-duque, cantando la gala de sus más necias actividades (cierta cacería, una visita a tal o cual lugar), lamentando sus enfermedades y muertes, y hasta pidiendo directamente favores en verso.

 

 

Por lo demás, los registros del cordobés son bastante limitados y no pocas veces es torpe su arte. Son demasiados los largos y aburridos romances que, en intentos de desmitificar tradiciones literarias recibidas (el mito de Hero y Leandro, por ejemplo), cae en chabacana grosería recurriendo, por ejemplo, a que los personajes orinen o satisfagan sus necesidades mayores, con una abrumadora carencia de gracia y sin el más mínimo asomo de la capacidad destructiva que caracteriza, por ejemplo, a Quevedo. Todo lo cual, además, se ve desmentido por otros poemas, especialmente sonetos, en que pinta estáticas bellezas de corte boticelliano o repite los concetti del amor cortés con poca capacidad recreadora. No se trata de negar que Góngora dejó algún romance, alguna letrilla, varios sonetos de convencional belleza barroca y cortesana; ni que las Soledades significan un esfuerzo inusitado, sorprendente en la Europa de su tiempo, aun si tomamos en cuenta su inserción, a grandes rasgos, en el marinismo. Proponemos, sin embargo, que a pesar de su atrevimiento, a pesar de la hermosura de ciertos versos y pasajes de este poema y del Polifemo, al tratar de la importancia de Góngora ha de tenerse en cuenta la posibilidad de que su aventura estética haya sido un gran fracaso: primerísimo entre los poetas «raros» -que diría Darío-, Góngora es, por todo ello, sujeto de meditación no sólo sobre el Barroco, sino sobre el destino de la poesía moderna que anuncia…

 

(continuará)

 

 

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