domingo, 1 de febrero de 2026

 

[ 833 ]

 

CARLOS MARX / FEDERICO ENGELS

 

CORRESPONDENCIA

 

 

 

55.  DE MARX A ENGELS

Londres, 7 de agosto de 1862.

 

 

 


Abraham Lincoln

 

…Itzig [Lassalle] también me dijo que quizá publicaría un diario si volviese en setiembre. Le dije que con buena paga yo sería su corresponsal inglés sin tomar, de ninguna manera, ninguna otra responsabilidad o participación política, ya que en política no estamos de acuerdo en nada, a excepción de algunos distantes objetivos finales.

 

No comparto por entero tus opiniones sobre la guerra civil norteamericana. No creo que todo esté terminado. Los del Norte han sido dominados desde el principio por los representantes de los Estados esclavistas limítrofes, quienes también lo encumbraron a Mc  Clellan, eso viejo partidario de Breckinridge. En cambio, los del Sur actuaron desde un principio como un solo hombre. El propio Norte ha trasformado a los esclavos en una fuerza militar de parte de los sudistas, en lugar de volverla contra ellos. El Sur deja el trabajo productivo a los esclavos y por consiguiente, podía emplear toda su fuerza de combate sin inconvenientes. El Sur tenía una dirección militar unificada, el Norte no. Que no existía plan estratégico, se evidenció ya en todas las maniobras del ejército de Kentucky después de la conquista de Tennessee. En mi opinión, todo esto tomará otro giro. Al final el Norte hará la guerra en serio, adoptará métodos revolucionarios y derrocará el dominio de los estadistas de las regiones esclavistas limítrofes. Un solo regimiento de morenos tendría un notable efecto sobre los nervios de los sudistas.

 

La dificultad de conseguir los 300.000 hombres me parece puramente política. El Noroeste y la Nueva Inglaterra desean obligar al gobierno, y lo obligarán, a abandonar el método diplomático de conducir la guerra que ha empleado hasta ahora, y están estipulando las condiciones en las cuales serán puestos en pie de guerra los 300.00O hombres. Si Lincoln no cede (cosa que hará, sin embargo) habrá una revolución.

 

En cuanto a la falta de talento militar, el método que ha prevalecido hasta ahora, de seleccionar los generales por consideraciones puramente diplomáticas e intrigas de partido, difícilmente llevará talentos al frente. El general Pope, sin embargo, me parece ser un hombre enérgico.

 

Respecto a las medidas financieras, son chapuceras, y están destinadas a un país en que hasta ahora no existían impuestos para todo el Estado; pero no son ni de lejos tan imbéciles como las medidas adoptadas por Pitt y Cía. La actual depreciación de la moneda no creo que se deba a razones económicas, sino puramente políticas: a la desconfianza. Cambiará, en consecuencia, con una política diferente.

 

/

 

Me parece que el meollo del asunto es que una guerra de esta clase debe conducirse sobre líneas revolucionarias, mientras que los yanquis, hasta ahora, han estado tratando de librarla constitucionalmente.

*

 

 

[ Después de haber sido electo Abraham Lincoln /presidente de Estados Unidos, en 1860, ocasión en que el poder polínico principal pasó a los capitalistas industriales del Norte, los esclavistas de! Sur. que no estaban en posición de competir con la industria basada sobre el trabajo asalariado, decidieron organizar su propio Estado, el que garantizaría la posesión del poder político principal a la clase de los propietarios de esclavos.

A comienzos de 1861, el Sur esclavista anunció su secesión de la Unión y estableció su propia Confederación (de aquí que las tropas de los Estados del Sur fueran conocidas con el nombre de confederados, y las de los Estados del Norte con el de federalistas). Jefferson Davis fue electo presidente de la Confederación del Sur. La guerra civil que estalló entonces entre el Sur esclavista y el Norte industrial duró unos cinco años, de 1861 a 1865. Los Estados del Sur se habían preparado para la guerra de antemano y contaban con cierto número de generales, soldados de profesión: Beauregard, Bragg, Johnston, Jackson, Lee, etc. El gobierno federal del Norte, en cambio, no estaba preparado para la guerra y trató de resolver el conflicto pacíficamente, por métodos constitucionales. Además, entre los norteños había elementos de los Estados limítrofes que simpatizaban con los sudistas, y dificultaban, naturalmente, la actividad del gobierno federal. Los primeros encuentros (el asalto de Fortsumter y la batalla de Bull Run) fueron desfavorables, para el Norte.

 

Los norteños sólo pudieron dar a su ejército una instrucción apurada y en extremo inadecuada, y varias veces se vieron obligados a cambiar de comandante en jefe: Mc Doxycll, Mc Clellan. Burnside. Pero fueron capaces de organizar refuerzos constantemente nuevos, hasta que el ejército adquirió experiencia en la batalla y por último el Norte industrial salió victorioso. Hacia el fin de la guerra el Norte tenía generales excelentes, como Grant y Sherman. Muchos emigrantes alemanes que habían tomado parte en la revolución de 1848 y habían tenido experiencia militar, combatían del lado del Norte. Ambas fracciones de la Liga Comunista —Willich, Weydemeyer, Steffen, etc.—, también tomaron parte en la guerra del lado del Norte. Marx sostuvo siempre que el Norte ganaría. El 10 de setiembre de 1862, escribía a Engels:

“En cuanto a los yanquis, estoy tan seguro como siempre de que el Norte teminará por ganar... La forma en que el Norte está conduciendo la guerra es lo que podía esperarse de una república burguesa,  en que el fraude ha estado entronizarlo largo tiempo. El Sur, una  oligarquía,  está mejor adaptado, especialmente por ser una oligarquía en que todo el trabajo productivo recae sobre los negros, y los cuatro millones de ‘canalla blanca’ son filibusteros profesionales. De todas maneras, apostaría la cabeza a que estos tipos llevarán la peor parte, a pesar de Stonewall Jackson. Es posible, desde luego, que antes de esto las cosas puedan llegar a una especie de revolución en el propio Norte.”

 

En el prefacio de la primera edición de El capital (1867) escribió Marx:

 

“Del mismo modo que en el siglo XVIII la guerra de la independencia de Estados Unidos fue la gran campanada que hizo erguirse a la clase media europea, la guerra norteamericana de Secesión es, en europea.”

 

Pope, John (1822-1892). General norteamericano. Puesto a la cabeza de un ejército del Norte el 27 de junio de 1862, renunció después de las derrotas sufridas en agosto del mismo año.

 

Lincoln, Abraham (1809-1865). Decimoséptimo presidente de Estados Unidos, uno de los mejores representantes de la democracia burguesa.

 

Pitt, William (llamado  el segundo y  el joven) (1759-1806).

Uno de los estadistas ingleses más reaccionarios. Primer ministro en la época de la revolución francesa, organizó la guerra intervencionista contrarrevolucionaria, y las guerras contra Napoleón I. Reprimió la rebelión irlandesa de 1798 y adoptó una serie de medidas reaccionarias contra el movimiento obrero.

 

Breckinridge, John Cabell (1821-1875). Candidato del Partido Demócrata en la elección presidencial de 1860 v esclavista fanático. ]

 

 

(continuará)

 

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sábado, 24 de enero de 2026

 

[ 832 ]

 

CONTRAHISTORIA DEL LIBERALISMO

Domenico Losurdo

 

(…)

 

capítulo sexto

LA LUCHA POR EL RECONOCIMIENTO DE LOS INSTRUMENTOS DE TRABAJO EN LA METRÓPOLI Y LAS REACCIONES DE LA COMUNIDAD DE LOS LIBRES

 

 


LOS EXCLUIDOS Y LA LUCHA POR EL RECONOCIMIENTO


Hemos visto que la tradición liberal está atravesada por dos cláusulas macroscópicas de exclusión. En realidad, hay una tercera, contra las mujeres, pero que presenta características peculiares. Cuando ellas pertenecen a las clases superiores, siempre forman parte, siquiera en funciones subalternas, de la comunidad de los libres: pensemos en particular en las propietarias de esclavos. El movimiento de emancipación femenina podrá adquirir una base social de masas solo más tarde, en el momento en que pueden participar en él las mujeres anteriormente sometidas a una condición de esclavitud, o bien confinadas en los niveles inferiores de una sociedad de castas. La lucha provocada por las máquinas bípedas de la metrópoli, por un lado, y por los esclavos y las poblaciones coloniales o de origen colonial por el otro, es lo que explica, en primer lugar, el desarrollo del liberalismo en los siglos XVIII y XIX.

 

  En ambos casos, más que por la consecución de objetivos particulares, los excluidos protestan por el hecho de que se les niega la dignidad humana. Se trata de una lucha por el reconocimiento, en el sentido aclarado por Hegel en un celebérrimo capítulo de la Fenomenología del espíritu. El negro encadenado, dibujado en la propaganda abolicionista, reivindica la libertad, subrayando en el escrito que circunda la imagen que él también es un «hombre». A su vez, Toussaint Louverture, el gran protagonista de la revolución de Santo Domingo, invoca «la adopción absoluta del principio por el cual, ningún hombre, ya sea rojo, negro o blanco, puede ser propiedad de su semejante». Tonos similares resuenan en el París inmediatamente posterior a la revolución de julio, cuando los diarios populares reprochan a los «nobles burgueses» su obstinación en querer ver en los obreros «máquinas» en lugar de «hombres»; nada más que «máquinas» llamadas a producir solo para satisfacer las «necesidades» de sus patronos; tras la revolución de febrero de 1848, la obtención de los derechos políticos por parte de los proletarios es la demostración de que también estos comienzan a ser finalmente elevados al «rango de hombres». Condorcet reconoce enfáticamente tal dignidad a los esclavos negros y se la niega a sus amos blancos; de manera análoga Engels, al dirigirse a los obreros ingleses dice que él está «contento y orgulloso» de haberlos visitado y que sufren «una esclavitud peor que la de los negros de América», y exclama: «He comprobado que sois hombres, miembros de la gran familia internacional de la humanidad» y que representáis «la causa de la humanidad» pisoteada, por el contrario, por los capitalistas, empeñados en un «comercio indirecto de carne humana», en una trata de esclavos apenas camuflada.

 

A la lucha de los excluidos por ser reconocidos en su dignidad de hombres, corresponde, en la vertiente opuesta, la polémica contra la Declaración de los derechos del hombre. En el campo liberal la intervención más célebre es la de Burke. En él es total la condena de esta teoría subversiva que abre el camino a las reivindicaciones políticas y sociales de «peluqueros» y «vendedores de velas», «por no hablar de otras innumerables actividades aún más serviles que estas», a las reivindicaciones de la «multitud marrana», o, como quiere que sea, de gente cuya «ocupación sórdida y mercenaria» (sordid mercenary occupation) implica por sí misma «una perspectiva mezquina de las cosas humanas».

 

  Incluso a la distancia de algunos decenios, a los ojos de Bentham, la Declaración de los derechos del hombre de 1789 no es más que un cúmulo de «sofismas anárquicos». ¿Se sanciona en ella la égalité entre todos los hombres? Sarcástico resulta el comentario del liberal inglés: «Todos los hombres, es decir, todos los seres de la especie humana, y así, el aprendiz es igual en derechos a su patrono, tiene el derecho de gobernar y de castigar al patrono, ese mismo derecho que el patrono ejerce con respecto a él». Y, por tanto, el «absurdo principio de la égalité puede complacer solo a los “fanáticos” y a la “multitud ignorante”». ¿La Declaración habla de la «ley como expresión de la voluntad general»? Pero está claro que de ese modo no se pueden justificar las restricciones censales del sufragio. La propia teorización del derecho de propiedad, contenida en ese texto solemne, le resulta sospechosa a Bentham: no está bien precisado el objeto concreto de tal derecho, y, como quiera que sea, se trata de un derecho que, una vez más, compete «a cada individuo, sin límite alguno», incluso al que no posee nada y sufre hambre:

 

 

    «En otros términos, se establece un derecho de propiedad universal: es decir, todo es común a todos. Pero, dado que lo que pertenece a todos no pertenece a nadie, de aquí se deriva que el efecto de la Declaración no es el de establecer la propiedad, sino el de destruirla: y de ese modo la han comprendido los partidarios de Babeuf, estos verdaderos intérpretes de la Declaración de los derechos del hombre, a los cuales no se les puede reprochar otra cosa que haber sido consecuentes con la aplicación del principio más falso y más absurdo».

 

 

  Cuando condena estos «principios generales» abstractos —frente a los cuales justamente Inglaterra muestra «extrema repugnancia»— y que, pronunciados por «bocas hambrientas», pueden solo producir catástrofe, Bentham se remite a Malouet, uno de los pocos en Francia que intentó disipar «la nube de las ideas confusas». En efecto, son los anglómanos los que tratan de bloquear la promulgación de la Declaración de los derechos del hombre; al apelar a vagos «principios generales» y a conceptos «metafísicos» —alerta Malouet— se juega con fuego:

 

se corre el riesgo de excitar a la «inmensa multitud de los hombres sin propiedad», «las clases desafortunadas de la sociedad», a «los hombres colocados por la suerte en una condición dependiente» y «desprovistos de luces y de medios»; a ellos habría que enseñarles los «límites justos», más que la «extensión de la libertad natural».

 

  Es significativo que sea Malouet quien adopte una clara posición contra la categoría de derechos del hombre, que después desempeña un papel relevante en la polémica contra el abolicionismo. Es este segundo aspecto el que desempeña un papel central en los Estados Unidos, donde, en el ámbito de la comunidad blanca, la cuestión no asume la relevancia que tiene en Francia, pero donde se hace cada vez más candente el conflicto relativo a la esclavitud negra. La tesis (contenida en la Declaración de independencia), según la cual «todos los hombres han sido creados iguales» y con el derecho a gozar de «determinados derechos inalienables», es adoptada, en concreto, como punto de mira. Aquí se encuentra la «locura metafísica», que más tarde halla su expresión más concentrada en la revolución francesa: esta es la acusación formulada por el «Burke norteamericano», es decir, por Randolph, que también en esa ocasión se remite de manera explícita al liberal inglés. Surgidos bajo el influjo de la revuelta contra los presuntos «derechos imprescriptibles de los reyes», invocados por la Corona británica, ahora los Estados Unidos corren el riesgo de sucumbir a la locura de los «derechos imprescriptibles de los esclavos negros». De manera análoga, Calhoun llama la atención sobre los «frutos venenosos» de ese «lugar de la Declaración de nuestra independencia» que pretende conferir a todos los hombres «el mismo derecho a la libertad y a la igualdad»; de aquí parten los abolicionistas para desencadenar una fanática lucha contra la esclavitud negra y las «instituciones del Sur», por ser «un ultraje contra los derechos del hombre».

 

  En cuanto a Inglaterra, y pensando principalmente en las colonias, en 1880, Disraeli define como un sinsentido los «derechos del hombre» como un «sin sentido». La lucha por el reconocimiento, conducida por las poblaciones coloniales o de origen colonial, se revela particularmente larga y compleja: esta conseguirá resultados decisivos sólo en el siglo XX. Pero ahora conviene dirigir la atención a la lucha desarrollada por las máquinas bípedas en la metrópoli capitalista y en el ámbito de la comunidad blanca…

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento: Domenico Losurdo. “Contrahistoria del liberalismo” ]

 

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