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CONTRAHISTORIA DEL LIBERALISMO
Domenico Losurdo
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capítulo sexto
LA LUCHA POR EL RECONOCIMIENTO DE LOS INSTRUMENTOS DE TRABAJO EN LA METRÓPOLI Y LAS REACCIONES DE LA COMUNIDAD DE LOS LIBRES
Alexis de Tocqueville
LIBERALISMO Y RADICALISMO: DOS DISTINTAS FENOMENOLOGÍAS DEL PODER
Al expresar su juicio sobre Inglaterra y Estados Unidos, además de ignorar la condición de los pueblos coloniales o de origen colonial, Tocqueville ignora las condiciones materiales de vida, las relaciones de trabajo, hasta las «leyes civiles». Él declara ajenas a su investigación y al análisis de la democracia no solo la opresión de los negros y de los pieles rojas, sino también la detención de los ciudadanos blancos (los «vagabundos» o los pobres llamados a testificar en un proceso), que no son culpables de ningún delito. El culto de aquella «cosa santa» que es la libertad ignora la suerte de los excluidos en su conjunto, ya vivan en las colonias o en la metrópoli. Y de nuevo, la divergencia entre el liberalismo y el radicalismo —de que Marx y Engels son los herederos críticos— se manifiesta ya a nivel epistemológico. En Inglaterra —observa Engels— el «favorecer a los ricos está explícitamente reconocido incluso en la ley». A la misma conclusión llega también Tocqueville cuando analiza las «leyes civiles» inglesas heredadas por los Estados Unidos; sin embargo, tan solo para Engels posee este hecho relevancia política. Y, al igual que los dos autores de El manifiesto del partido comunista, también el liberal francés compara con un esclavo al obrero de la época, obligado a sufrir en la fábrica una «estricta dependencia» y fuera de ella, una miseria degradante y opresiva; pero, una vez más, él considera todo eso ajeno a la esfera política propiamente dicha.
Son, precisamente, la drástica restricción de lo político y la consiguiente exclusión de la parte mayor de la totalidad social fuera de su propio ámbito, lo que suscita las críticas de Marx. Desde el punto de vista de la sociedad y de la teoría política burguesa —observa ya en sus escritos juveniles— las relaciones sociales «tienen solo un significado privado, ningún significado político». En su forma más desarrollada, el Estado burgués «cierra incluso los ojos y declara no políticos los antagonismos reales, que no le perturban». Una vez consideradas carentes de relevancia política, las relaciones burguesas sociales y de poder en la fábrica y en la sociedad pueden desarrollarse sin obstáculos o impedimentos externos.
Más allá de la miseria, la realidad de la fábrica —subraya El manifiesto del partido comunista— evidencia el «despotismo» que amenaza a los obreros, «organizados en forma militar» y, «como soldados rasos de la industria […] sometidos bajo la vigilancia de una jerarquía completa de oficiales y suboficiales». Algo más vaga es la conclusión de Tocqueville; pero ahora el despotismo es identificado y denunciado no ya en esta realidad, sino más bien en los intentos del poder político por modificarla o aliviarla. Contra la pretensión de poner «la previsión y la sabiduría del Estado en el lugar de la previsión y de la sabiduría individuales», el liberal francés proclama que «no hay nada que autorice al Estado a entrometerse en la industria»: nos referimos al célebre discurso del 12 de septiembre de 1848, pronunciado para que la Asamblea constituyente rechace esa reivindicación del «derecho al trabajo» que ya había sido sangrientamente sofocada en las jornadas de junio. Tocqueville llega hasta el punto de responsabilizar a las «doctrinas socialistas» por la reglamentación y reducción del horario de trabajo («le travail de douze heures»), las cuales se convierten así en objeto de una condena inapelable. Y, de la misma manera, como expresión de socialismo y despotismo, se elimina toda medida legislativa tendente a aliviar la miseria de las «clases inferiores», mediante la contención del nivel de los alquileres.
Acerca de esto el liberal francés insiste con intransigencia. Inmediatamente después de las sangrientas jornadas de junio, no vacila en acusar de incoherencia y flaqueza al ministro de Asuntos Interiores: «Mientras que Cavaignac y Lamorcière combaten el socialismo en las calles, Sénard apoya las doctrinas socialistas a propósito del trabajo de doce horas». Algunos meses más tarde, en su esbozo de circular electoral de mayo de 1849, Tocqueville exhibe como mérito el hecho de haber votado, entre otras cosas, «contra la limitación a la que someter la duración del trabajo, contra el impuesto progresivo y, finalmente, contra la abolición de la sustitución militar». Este último punto no es menos significativo que los demás. La posibilidad que tenía el rico de reclutar a un pobre para que lo sustituyera en el momento de cumplir su obligación del servicio militar, no implica para Tocqueville una desigualdad, basada en el censo y sancionada por la ley, incluso ante el peligro de muerte; por el contrario, se trataría de una contratación entre individuos que pertenece a la esfera privada y, por tanto, no daña el principio de la igualdad jurídica.
A esta restricción de la esfera política y a esta singular fenomenología del poder —que identifica el dominio y la opresión siempre y solo en la intervención del poder político en una esfera privada ensanchada de forma desmesurada— se atiene Tocqueville, incluso en su calidad de historiador, cuando reconstruye la historia del derrumbe del Antiguo Régimen. Él traza un cuadro dramático de la condición de las clases populares. Contra los «mendigos» y los «vagabundos» se procedía, en ocasiones «de manera violentísima», con el arresto y la condena a trabajos forzados, sin proceso, de decenas de miles de personas. No mucho mejor era el tratamiento reservado a los campesinos: si en el plano material y social vivían en un «abismo de miseria y de aislamiento», en el plano de los derechos civiles estaban privados de cualquier protección; «eran arrestados continuamente para la corvée, para la milicia, por practicar la mendicidad, por medidas policíacas y por miles de otros motivos». En conclusión: los campesinos eran considerados un poco como «los negros de nuestras colonias». Por tanto, ¿la revolución era legítima y necesaria? No es esta la opinión de Tocqueville. Francia, que con los economistas critica de manera radical el Antiguo Régimen y se apresta a derrocarlo, «¡deseaba más las reformas que los derechos!». Los Parlamentos —expresión de la aristocracia nobiliaria y, por lo tanto, co-responsables de la degradación de los campesinos a «negros»— son, por su parte, el organismo que, antes de ser desgraciadamente disuelto por la revolución, encarna, a pesar de todo, la causa de la libertad: en los años que preceden al fatal 1789 «nos habíamos convertido en un pueblo libre por nuestras instituciones judiciales»…
(continuará)
[ Fragmento: Domenico Losurdo. “Contrahistoria del liberalismo” ]
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