domingo, 8 de marzo de 2026

 

 

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LA MAQUINARIA DE GUERRA ESTADOUNIDENSE ESTÁ DIRIGIDA POR TRASTORNADOS Y FANÁTICOS RELIGIOSOS


 


 

 

Líderes militares le dicen a la tropa que Trump ha sido «ungido por Jesús para encender la señal de fuego en Irán para causar el Armagedón y marcar su regreso a la Tierra»

 

CAITLIN JOHNSTONE, periodista australiana

 

El secretario de Guerra, Pete Hegseth, dio uno de sus discursos característicos del tipo «No tengo un pene pequeño» en el Pentágono el miércoles, despotricando y delirando sobre la gran, poderosa y masculina maquinaria de guerra que actualmente está sembrando muerte y destrucción sobre el pueblo de Irán.

 

“Volaremos todo el día, toda la noche, día y noche encontrando y terminando con los misiles y la base industrial de defensa del ejército iraní, encontrando y matando a sus líderes y a sus líderes militares, sobrevolando Teherán, sobrevolando Irán, sobrevolando su capital, sobrevolando el CGRI, y los líderes iraníes mirando hacia arriba y viendo solo poder aéreo estadounidense e israelí cada minuto de cada día hasta que decidamos que se acabó”, fanfarroneó Hegseth, diciendo que habrá “B-2, B-52, B-1, drones Predator, cazas controlando los cielos, eligiendo objetivos, muerte y destrucción desde el cielo todo el día”.

 

«Esta nunca tuvo la intención de ser una pelea justa, y no lo es. Los estamos atacando mientras están caídos, que es exactamente como debe ser», soltó el Secretario de Guerra.

 

Este sería el mismo Pete Hegseth que fue mencionado en un artículo reciente de Jonathan Larsen titulado “ A las tropas estadounidenses se les dijo que la guerra con Irán es para el ‘Armagedón’ y el regreso de Jesús”, que informa que los comandantes militares estadounidenses están diciendo a los soldados estadounidenses que están en una misión de Dios para cumplir una profecía bíblica y provocar el fin del mundo.

 

“El secretario de Defensa, Pete Hegseth, ha consagrado el cristianismo evangélico en las altas esferas del ejército estadounidense, transmitiendo reuniones de oración mensuales por todo el Pentágono”, informa Larsen, y añade: “El año pasado, el Pentágono me confirmó que Hegseth asiste a un estudio bíblico semanal en la Casa Blanca. Lo dirige un predicador que afirma que Dios ordena a Estados Unidos apoyar a Israel”.

 

Larsen informa que la Fundación para la Libertad Religiosa Militar se ha visto inundada de quejas de todas las ramas del ejército estadounidense de que los líderes de las tropas les están diciendo que el presidente Trump ha sido «ungido por Jesús para encender la señal de fuego en Irán para causar el Armagedón y marcar su regreso a la Tierra», y declaraciones similares.

 

Luego está el presidente de la Cámara de Representantes, Mike Johnson, lanzando retórica de guerra religiosa, afirmando que los iraníes han sido llevados al mal por una “religión equivocada”.

 

“El mayor estado patrocinador del terrorismo, Irán y sus representantes, han matado a más estadounidenses que cualquier otro régimen terrorista en la Tierra”, dijo Johnson el miércoles.

 

Se dedican a ello. Lo han hecho, y dicen las partes silenciosas en voz alta. Querían borrar a Israel de la faz de la Tierra, y también nos quieren eliminar a nosotros. Somos el gran Satanás en su analogía y su religión equivocada.

 

Así que, como si no tuviéramos suficientes problemas con los que lidiar, resulta que el mundo está gobernado por un culto al Armagedón con armas nucleares.

 

El imperio estadounidense es la estructura de poder más malvada, destructiva y peligrosa del planeta. Está dirigido por psicópatas y guiado por un fanatismo religioso demente. Estos monstruos no serían creíbles como villanos en una serie infantil de dibujos animados.

 

Estas son las personas que afirman tener la autoridad moral para decidir quién debe ser el líder de una nación soberana al otro lado del planeta. Estos son los individuos poderosos cuyas decisiones determinan el rumbo que tomará nuestra especie hacia el futuro.

 

Son todo lo que acusan a Irán de ser. Son peligrosos fanáticos religiosos. No se les puede confiar armas nucleares. Son los tiranos. Son los monstruos.

 

Esto es insostenible. Estos tipos tienen que irse. El imperio estadounidense debe caer. La humanidad depende de ello.

 

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miércoles, 4 de marzo de 2026

 

[ 836 ]

 

 

CONTRAHISTORIA DEL LIBERALISMO

Domenico Losurdo

 

(…)

 


 

capítulo sexto

 

LA LUCHA POR EL RECONOCIMIENTO DE LOS INSTRUMENTOS DE TRABAJO EN LA METRÓPOLI Y LAS REACCIONES DE LA COMUNIDAD DE LOS LIBRES

 

 

LOS EXCLUIDOS Y LA LUCHA POR EL RECONOCIMIENTO

 

  Hemos visto que la tradición liberal está atravesada por dos cláusulas macroscópicas de exclusión. En realidad, hay una tercera, contra las mujeres, pero que presenta características peculiares. Cuando ellas pertenecen a las clases superiores, siempre forman parte, siquiera en funciones subalternas, de la comunidad de los libres: pensemos en particular en las propietarias de esclavos. El movimiento de emancipación femenina podrá adquirir una base social de masas solo más tarde, en el momento en que pueden participar en él las mujeres anteriormente sometidas a una condición de esclavitud, o bien confinadas en los niveles inferiores de una sociedad de castas. La lucha provocada por las máquinas bípedas de la metrópoli, por un lado, y por los esclavos y las poblaciones coloniales o de origen colonial por el otro, es lo que explica, en primer lugar, el desarrollo del liberalismo en los siglos XVIII y XIX.

 

  En ambos casos, más que por la consecución de objetivos particulares, los excluidos protestan por el hecho de que se les niega la dignidad humana. Se trata de una lucha por el reconocimiento, en el sentido aclarado por Hegel en un celebérrimo capítulo de la Fenomenología del espíritu. El negro encadenado, dibujado en la propaganda abolicionista, reivindica la libertad, subrayando en el escrito que circunda la imagen que él también es un «hombre». A su vez, Toussaint Louverture, el gran protagonista de la revolución de Santo Domingo, invoca «la adopción absoluta del principio por el cual, ningún hombre, ya sea rojo, negro o blanco, puede ser propiedad de su semejante». Tonos similares resuenan en el París inmediatamente posterior a la revolución de julio, cuando los diarios populares reprochan a los «nobles burgueses» su obstinación en querer ver en los obreros «máquinas» en lugar de «hombres»; nada más que «máquinas» llamadas a producir solo para satisfacer las «necesidades» de sus patronos; tras la revolución de febrero de 1848, la obtención de los derechos políticos por parte de los proletarios es la demostración de que también estos comienzan a ser finalmente elevados al «rango de hombres»[638]. Condorcet reconoce enfáticamente tal dignidad a los esclavos negros y se la niega a sus amos blancos; de manera análoga Engels, al dirigirse a los obreros ingleses dice que él está «contento y orgulloso» de haberlos visitado y que sufren «una esclavitud peor que la de los negros de América», y exclama: «He comprobado que sois hombres, miembros de la gran familia internacional de la humanidad» y que representáis «la causa de la humanidad» pisoteada, por el contrario, por los capitalistas, empeñados en un «comercio indirecto de carne humana», en una trata de esclavos apenas camuflada.

 

  A la lucha de los excluidos por ser reconocidos en su dignidad de hombres, corresponde, en la vertiente opuesta, la polémica contra la Declaración de los derechos del hombre. En el campo liberal la intervención más célebre es la de Burke. En él es total la condena de esta teoría subversiva que abre el camino a las reivindicaciones políticas y sociales de «peluqueros» y «vendedores de velas», «por no hablar de otras innumerables actividades aún más serviles que estas», a las reivindicaciones de la «multitud marrana», o, como quiere que sea, de gente cuya «ocupación sórdida y mercenaria» (sordid mercenary occupation) implica por sí misma «una perspectiva mezquina de las cosas humanas».

 

  Incluso a la distancia de algunos decenios, a los ojos de Bentham, la Declaración de los derechos del hombre de 1789 no es más que un cúmulo de «sofismas anárquicos». ¿Se sanciona en ella la égalité entre todos los hombres? Sarcástico resulta el comentario del liberal inglés: «Todos los hombres, es decir, todos los seres de la especie humana, y así, el aprendiz es igual en derechos a su patrono, tiene el derecho de gobernar y de castigar al patrono, ese mismo derecho que el patrono ejerce con respecto a él». Y, por tanto, el «absurdo principio de la égalité puede complacer solo a los “fanáticos” y a la “multitud ignorante”». ¿La Declaración habla de la «ley como expresión de la voluntad general»? Pero está claro que de ese modo no se pueden justificar las restricciones censales del sufragio. La propia teorización del derecho de propiedad, contenida en ese texto solemne, le resulta sospechosa a Bentham: no está bien precisado el objeto concreto de tal derecho, y, como quiera que sea, se trata de un derecho que, una vez más, compete «a cada individuo, sin límite alguno», incluso al que no posee nada y sufre hambre:

 

 

    «En otros términos, se establece un derecho de propiedad universal: es decir, todo es común a todos. Pero, dado que lo que pertenece a todos no pertenece a nadie, de aquí se deriva que el efecto de la Declaración no es el de establecer la propiedad, sino el de destruirla: y de ese modo la han comprendido los partidarios de Babeuf, estos verdaderos intérpretes de la Declaración de los derechos del hombre, a los cuales no se les puede reprochar otra cosa que haber sido consecuentes con la aplicación del principio más falso y más absurdo».

 

 

  Cuando condena estos «principios generales» abstractos —frente a los cuales justamente Inglaterra muestra «extrema repugnancia»— y que, pronunciados por «bocas hambrientas», pueden solo producir catástrofe, Bentham se remite a Malouet, uno de los pocos en Francia que intentó disipar «la nube de las ideas confusas». En efecto, son los anglómanos los que tratan de bloquear la promulgación de la Declaración de los derechos del hombre; al apelar a vagos «principios generales» y a conceptos «metafísicos» —alerta Malouet— se juega con fuego: se corre el riesgo de excitar a la «inmensa multitud de los hombres sin propiedad», «las clases desafortunadas de la sociedad», a «los hombres colocados por la suerte en una condición dependiente» y «desprovistos de luces y de medios»; a ellos habría que enseñarles los «límites justos», más que la «extensión de la libertad natural».

 

  Es significativo que sea Malouet quien adopte una clara posición contra la categoría de derechos del hombre, que después desempeña un papel relevante en la polémica contra el abolicionismo. Es este segundo aspecto el que desempeña un papel central en los Estados Unidos, donde, en el ámbito de la comunidad blanca, la cuestión no asume la relevancia que tiene en Francia, pero donde se hace cada vez más candente el conflicto relativo a la esclavitud negra. La tesis (contenida en la Declaración de independencia), según la cual «todos los hombres han sido creados iguales» y con el derecho a gozar de «determinados derechos inalienables», es adoptada, en concreto, como punto de mira. Aquí se encuentra la «locura metafísica», que más tarde halla su expresión más concentrada en la revolución francesa: esta es la acusación formulada por el «Burke norteamericano», es decir, por Randolph, que también en esa ocasión se remite de manera explícita al liberal inglés[645]. Surgidos bajo el influjo de la revuelta contra los presuntos «derechos imprescriptibles de los reyes», invocados por la Corona británica, ahora los Estados Unidos corren el riesgo de sucumbir a la locura de los «derechos imprescriptibles de los esclavos negros». De manera análoga, Calhoun llama la atención sobre los «frutos venenosos» de ese «lugar de la Declaración de nuestra independencia» que pretende conferir a todos los hombres «el mismo derecho a la libertad y a la igualdad»; de aquí parten los abolicionistas para desencadenar una fanática lucha contra la esclavitud negra y las «instituciones del Sur», por ser «un ultraje contra los derechos del hombre».

 

  En cuanto a Inglaterra, y pensando principalmente en las colonias, en 1880, Disraeli define como un sinsentido los «derechos del hombre»[648] como un «sin sentido». La lucha por el reconocimiento, conducida por las poblaciones coloniales o de origen colonial, se revela particularmente larga y compleja: esta conseguirá resultados decisivos solo en el siglo XX. Pero ahora conviene dirigir la atención a la lucha desarrollada por las máquinas bípedas en la metrópoli capitalista y en el ámbito de la comunidad blanca.

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento: Domenico Losurdo. “Contrahistoria del liberalismo” ]

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