martes, 31 de marzo de 2026

 

 

[ 840 ]


HISTORIA SOCIAL DE LA LITERATURA ESPAÑOLA (XXXVI)

 

 

Blanco Aguinaga,

Julio Rodríguez Puértolas,

Iris M. Zavala.

 

 

                          El burlador de Sevilla

 

(…) El gracioso, la mujer osada pero honesta, el amor y los celos, unido todo a la multifacética realidad del casticismo -en cuyo fondo se halla el concepto de la «voluntad imperativa de la persona»- constituyen elementos imprescindibles del teatro lopescu, junto al vitalismo y a la rápida y fácil expresividad. Entre esas características suele señalarse también el apresuramiento narrativo, la esquematización de los personajes y su escasa complejidad, todo ello no sin cierta inexactitud, pues hay excepciones fundamentales, como ocurre en El castigo sin venganza, por ejemplo. La selva teatral de Lope está formada, en primer lugar. por una serie de piezas cortas -loas, entremeses- y de autos sacramentales, en que la realidad cotidiana e ideológica de la España Imperial se transparenta incluso en los momentos más abstrusamente teológicos; para Lope, en verdad, los autos no son otra cosa que comedias a lo divino. Baste recordar el titulado La adúltera perdonada, en que el Esposo-Cristo quiere vengar su honor, manchado por la Esposa-Alma, y manifiesta sus dudas interiores exactamente como lo haría un marido castizo:

 

Sin esposa esta vez quedo,

perdió amor, faltóle fe.

¿Mataréla? Tengo miedo;

pero si adúltera fue,

la ley me dice que puedo.

Mas un divino temor,

precedido de mi amor,

casi en el brazo me tiene;

pero es justicia, y conviene

usar de aqueste rigor.

 

 

El inmenso grupo de comedias lopescas suele dividirse, no sin ciertos confusionismos, en religiosas; mitológicas; de historia clásica y extranjera; de historia española, en que Lope hace un magistral uso de crónicas y leyendas; pastoriles y caballerescas; de inspiración novelesca; de enredo y «capa y espada»; de conflictos sociales campesinos. Lope, el «monstruo de la Naturaleza» que dijera Cervantes, creó escuela; sus imitadores y discípulos formaron legión, Tirso de Molina como ejemplo máximo; no puede comprenderse al propio Calderón sin su antecedente necesario, el Fénix de los Ingenios.

 

En la nómina de seguidores más destacados de Lope figuran quienes adoptando la fórmula del maestro en mayor o menor grado, no dejan de tener por ello caracteres y personalidad propias.

 

GUILLÉN DE CASTRO (1569-1630) capitanea el llamado grupo valenciano. Es el comediógrafo del «costumbrismo matrimonial», no exento de crítica y de reflejo de experiencias personales (Los mal casados de Valencia); autor de obras heroico-populares típicamente lopescas (El conde Alarcos) e históricas, como las famosas Mocedades de Rodrigo, montada sobre los conocidos tópicos tradicionales del honor, el deber y el amor, y de otras, en fin, de inspiración cervantina (El curioso impertinente), en que Castro parece iniciar un despegue consciente de los convencionalismos ideológicos habituales; no es simple casualidad que él mismo hubiera cuestionado con sinceridad el rígido concepto del honor en, por ejemplo, El caballero bobo, comedia en que tras identificar ortodoxamente la honra como opinión y de explicar que se pierde con suma facilidad, mas que «Con morir o con matar / por ella, vuelve a cobralla», el héroe se rebela, exclamando: « ... Inhumano / es el que la hizo y entiende; / ¿es ley que a todos comprende?» La respuesta, con todo, es inevitable: «Desde el Rey hasta el villano».

 

En ANTONIO MIRA DE AMESCUA (1577-1644) es característico su teatro religioso-teológico, en la más pura línea deshumanizadora y alienante, antiintelectual e irracionalista, como ocurre como caso más notorio en El esclavo del demonio, cuyas conexiones Tirso de Molina y con El mágico prodigioso y La devoción de la Tirso de Molina y con El mágico prodigioso. Y La devoción de la Cruz de Calderón indican la importancia concedida a asuntos tales tanto por «los ángeles de la Contrarreforma» como por sus propagandistas teatrales.

 

LUIS VÉLEZ DE GUEVARA (1579-1644) continúa la tradición lopesca del drama histórico (Reinar después de morir) y campesino (La serrana de La Vera, La luna de la sierra); es también autor de una narración picaresca de gran fama, El diablo cojuelo, que anuncia la deformación y distorsión quevedesca de una realidad desagradable.

 

El entremesista LUIS QUIÑONES DE BENAVENTE (c. 1589-1651) representa el tono menor de la escena del momento, de intenciones claramente reveladas en el título mismo de su colección: Jocoseria. Burlasveras o reprensión moral y festiva de los desórdenes públicos.

 

Un joven amigo de Lope, JUAN PÉREZ DE MONTALBÁN (1602-1638), a un nivel inferior, continúa por la senda marcada; sus ideas tradicionales aparecen obvias en su obra sobre Felipe II, El gran Séneca de España.

 

Pero las figuras más importantes de la «escuela» lopesca son Juan Ruiz de Alarcón y fray Gabriel Téllez, Tirso de Molina.

 

El mexicano JUAN RUIZ DE ALARCÓN (1581-1639) muestra en su producción dramática una curiosa independencia de pensamiento y de criterio. En efecto, quien se había atrevido a calificar a su público de «bestia fiera», manejando hábilmente su capacidad de análisis psicológico -rasgo distintivo que comparte sólo con Tirso-, ofrece una galería de personajes y de obras en que encarna con escaso lirismo y mucha lógica ciertos elementos negativos del ser humano enmarcado en la sociedad de su época: la realidad y la apariencia en La verdad sospechosa, la murmuración y sus mecanismos en Las paredes oyen, la ingratitud en La prueba de las promesas, el honor problematizado en prácticamente todas sus comedias. Las angustias y dificultades de sus héroes son en verdad internalizaciones de obvias circunstancias y condicionamientos sociales, ideológicos, experimentados por Alarcón mismo, que además de ser un indiano, no era nada airoso físicamente; el mordaz comentario del intransigente y antisemita Quevedo habla por si solo:

 

Los apellidos de don Juan crecen como los hongos: ayer se llamaba Juan Ruiz; añadiósele el Alarcón, y hoy ajusta el Mendoza, que otros leen Mendacio. ¡Así creciese de cuerpo!, que es mucha carga para tan pequeña bestezuela. Yo aseguro que tiene las corcovas llenas de apellidos.

 

El escaso conformismo de Alarcón brilla de modo especial en No hay mal que por bien no venga, cuyo personaje central actúa y vive de acuerdo con sus propias normas personales y no con las impuestas a todos los niveles por el sistema: se toca con un sombrero extravagante que no coincide con la moda; come cuando siente hambre y no a horas establecidas; con objeto de no tener que «pasear la calle» de su enamorada, se instala en una casa vecina y, por otra parte, cede el paso de buen grado a un rival antes que batirse en duelo con él, pues, como comenta el interesado, mujeres hay muchas, mas vidas una sola. En cuanto al honor, tampoco tan extraño personaje se adapta a los esquemas: no acepta participar sino como espectador en un juego de cañas caballeresco, pues no siente el menor deseo de tener que arriesgar su vida para vengar las posibles heridas que el toro infligirá a su caballo. Pero, con todo, hay un límite: don Domingo de Blas no duda en poner al tablero lo que sea preciso en defensa directa de su rey, con lo que Alarcón muestra finalmente su intención: la crítica de los falsos valores de la nobleza ya degenerados y transformados en un juego fantasmal y siniestro de honor y de orgullo. Se trata de un ejemplo de la lucha contra lo establecido alienante, de una defensa de la autonomía de la persona frente a un ambiente asfixiante. Mas parece algo exagerado hablar, como se ha hecho, del «sentimiento democrático» del teatro de Ruiz de Alarcón.

 

Todavía se discute la posibilidad de que el fraile mercedario que popularizó su pseudónimo de TIRSO DE MOLINA (1583-1648) fuese un bastardo de la casa ducal de Osuna, lo que explicaría, al menos en parte, el agudo sentimiento antinobiliario que puede apreciarse en sus obras («La desvergüenza en España / se ha hecho caballería», se dice en El burlador de Sevilla). Tirso es desterrado de Madrid en 1625, al tiempo que se le prohibe seguir escribiendo comedias, oficialmente por el  “escándalo” que supone la existencia de un fraile literato, mas sin duda por razones de tipo político y como consecuencia de lo que se ha llamado apropiadamente su «teatro de oposición»; parece claro que el poderoso conde-duque de Olivares no fue ajeno a tal castigo. Tirso es considerado como el representante máximo de la escuela teatral de Lope, a quien sigue incluso en fecundidad. Sin embargo, y siendo esto así, destaca con valores propios y muy específicos dentro del mundo escénico de la época. Sus comedias, en efecto, ofrecen unas notas muy distintivas de profundidad psicológica y de realismo, comparables a las de Ruiz de Alarcón, y muy superiores al por lo general esquemático, manierista incluso, teatro de la Edad Conflictiva, con un agudo sentido del humor Y con ocasionales pero significativos toques conceptistas. Quizá sea lo más característico de su teatro su especial tratamiento de la mujer, muy alejado de los tópicos convencionales: digna y superior al hombre en unos casos, osada en la defensa de sí misma y de sus intereses en otros.

En El castigo del Penséque, una dama se subleva ante la imposibilidad femenina de igualarse con el hombre en la defensa social del honor:

 

pero que en la ley de Dios

iguales vengan a ser

los delitos del marido

y la esposa, y que en el suelo

haya el vulgo establecido

venganza en leyes del duelo

para el esposo ofendido

y no para la mujer,

esa es terrible crueldad.

 

 

Y en La dama del olivar las cosas aparecen mucho más claras

todavía, con tonos tan radicales como modernos:

 

 

¿Y nosotras que sufrimos,

que hechas esclavas vivimos

aguándonos los placeres

vosotros; de hijos cargadas;

ya callando, ya meciendo,

mil dolores padeciendo

nueve meses de preñadas,

siempre con temor y susto

de que el parto nos asombre,

dejándonos cualquier hombre

la pena y llevando el gusto?

 

 

El tema del honor también suele diferir en Tirso de lo rutinario, humanizándolo con una sensibilidad crítica muy atractiva. Pero el mercedario, a pesar de todo, presenta sus propias contradicciones, como cuando en La prudencia en la mujer hace su aparición el antiintelectualismo unido al antisemitismo: los reyes precisan, por ejemplo, «médicos sabios» que sean hidalgos y cristianos viejos: «Hablo en esto de experiencia, / y sé en cualquier facultad / que suele la cristiandad / alcanzar más que la ciencia.» En esta obra, sin embargo, la figura de doña María de Molina aparece con fuerza y emotividad notables en medio del sórdido ambiente de las conspiraciones nobiliarias medievales. El vergonzoso en palacio, Marta la piadosa, Don Gil de las calzas verdes, La villana de Vallecas, son comedias en que también lucen sus mujeres atrevidas y complejas. Pero las obras más importantes de Tirso son, con mucho, El condenado por desconfiado y El burlador de Sevilla, muy diferentes entre sí y al mismo tiempo complementarias, pues, como se ha dicho, si la primera expresa precisamente lo que indica su título, la segunda podría llamarse «El condenado por demasiado confiado». En El condenado hallamos, más allá de un poderoso dramas del marido teológico sobre la libertad y la predestinación -dentro de la gran polémica de la época entre el dominico Báñez, fatalista en cierto modo, y el jesuita Molina, más optimista -una tragedia  auténticamente humana: la del hombre y su destino. Tirso estructura la obra en torno a la pareja de signo contrario formada por Paulo y el bandido Enrico: será éste quien finalmente se salve y el primero quien se condene, en un sorprendente pero al mismo tiempo lógico desenlace, todo ello enmarcado en una tensa arquitectura teatral.

 

Es El burlador de Sevilla la obra por muchos conceptos cumbre de Tirso de Molina, creador con ella, como correctamente suele afirmarse, del mito de Don Juan de significación universal. Notas fundamentales de este drama son su carácter antiaristocrático, al insistir en las características de ese señorito andaluz que es don Juan Tenorio: rico, ocioso, desvergonzado, mentiroso y «burlador», que logra a las mujeres o por su dinero o por su astucia (« ... El mayor / gusto que en mí puede haber / es burlar una mujer /y dejarla sin honor»). No habrá perdón para él -al contrario que en la romántica e idealista versión de Zorrilla- y será precipitado en los infiernos en la sobrecogedora y aleccionadora escena final, que llega inexorablemente a pesar del donjuanesco «¡Qué largo me lo fiáis!» El personaje de Tirso es, con todo, fascinante, y en su arrebato y violencia ha podido ser definido como producto directo de la época imperial española, también exultante y también confiada. Mas no se olvide:

 

Don Juan es convenientemente castigado, el desorden se disuelve

en el orden, y la superficie de la estática laguna hispánica recupera

su calma habitual.

 

 

Tirso es también un fino prosista en sus dos colecciones, Cigarrales de Toledo y Deleitar aprovechando (de título tan significativo como característico); en la primera de estas misceláneas figura una importante defensa de los principios del Arte nuevo de hacer comedias…

 

(continuará)

 

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domingo, 22 de marzo de 2026

 

[ 839 ]

 

MANUSCRITOS ECONÓMICOS Y FILOSÓFICOS DE 1844

Karl Marx

 

 (…)

 

         


 

[Tercer Manuscrito]

 

[PROPIEDAD PRIVADA Y COMUNISMO]

 

(…) Pero la oposición entre carencia de propiedad y propiedad es una oposición todavía indiferente, no captada aún en su relación activa, en su conexión interna, no captada aún como contradicción, mientras no se la comprenda como la oposición de trabajo y capital. Incluso sin el progresivo movimiento de la propiedad privada que se da, por ejemplo: en la antigua Roma, en Turquía, etc. puede expresarse esta oposición en la primera forma. Así no aparece aún como puesta por la propiedad privada misma. Pero el trabajo, la esencia subjetiva de la propiedad privada como exclusión de la propiedad, y el capital, el trabajo objetivo como exclusión del trabajo, son la propiedad privada como una relación desarrollada hasta la contradicción y por ello una relación enérgica que impulsa a la disolución.


ad. ibídem. La superación del extrañamiento de sí mismo sigue el mismo camino que éste. En primer lugar la propiedad privada es contemplada sólo en su aspecto objetivo, pero considerando el trabajo como su esencia. Su forma de existencia es por ello el capital que ha de ser superado «en cuanto tal» (Proudhon). O se toma una forma especial de trabajo (el trabajo nivelado, parcelado y, en consecuencia, no libre) como fuente de la nocividad de la propiedad privada y de su existencia extraña al hombre (Fourier, quien, de acuerdo con los fisiócratas, considera de nuevo el trabajo agrícola como el trabajo por excelencia; Saint Simon, por el contrario, declara que el trabajo industrial, como tal, es la esencia y aspira al dominio exclusivo de los industriales y al mejoramiento de la situación de los obreros). El comunismo, finalmente, es la expresión positiva de la propiedad privada superada; es, en primer lugar, la propiedad privada general. Al tomar esta relación en su generalidad, el comunismo es: 1º) En su primera forma solamente una generalización y conclusión de la misma; como tal se muestra en una doble forma: de una parte el dominio de la propiedad material es tan grande frente a él, que él quiere aniquilar todo lo que no es susceptible de ser poseído por todos como propiedad privada; quiere prescindir de forma violenta del talento, etc. La posesión física inmediata representa para él la finalidad única de la vida y de la existencia; el destino del obrero no es superado, sino extendido a todos los hombres; la relación de la propiedad privada continúa siendo la relación de la comunidad con el mundo de las cosas; finalmente se expresa este movimiento de oponer a la propiedad privada la propiedad general en la forma animal que quiere oponer al matrimonio (que por lo demás es una forma de la propiedad privada exclusiva) la comunidad de las mujeres, en que la mujer se convierte en propiedad comunal y común. Puede decirse que esta idea de la comunidad de mujeres es el secreto a voces de este comunismo todavía totalmente grosero e irreflexivo. Así como la mujer sale del matrimonio para entrar en la prostitución general, así también el mundo todo de la riqueza es decir, de la esencia objetiva del hombre, sale de la relación del matrimonio exclusivo con el propietario privado para entrar en la relación de la prostitución universal con la comunidad. Este comunismo, al negar por completo la personalidad del hombre, es justamente la expresión lógica de la propiedad privada, que es esta negación. La envidia general y constituida en poder no es sino la forma escondida en que la codicia se establece y, simplemente, se satisface de otra manera. La idea de toda propiedad privada en cuanto tal se vuelve, por lo menos contra la propiedad privada más rica como envidia deseo de nivelación, de manera que al estas pasiones las que integran el ser de la competencia. El comunismo grosero no es más que el remate de esta codicia y de esta nivelación a partir del mínimo representado.

Tiene una medida determinada y limitada. Lo poco que esta superación de la propiedad privada tiene de verdadera apropiación lo prueba justamente la negación abstracta de todo el mundo de la educación y de la civilización, el regreso a la antinatural simplicidad del hombre pobre y sin necesidades, que no sólo no ha superado la propiedad privada, sino que ni siquiera ha llegado hasta ella.

        

IV  La comunidad es sólo una comunidad de trabajo y de la igualdad del salario que paga el capital común: la comunidad como capitalista general. Ambos términos de la relación son elevados a una generalidad imaginaria: el trabajo como la determinación en que todos se encuentran situados, el capital como la generalidad y el poder reconocidos de la comunidad.

        

En la relación con la mujer, como presa y servidora de la lujuria comunitaria, se expresa la infinita degradación en la que el hombre existe para sí mismo, pues el secreto de esta relación tiene su expresión inequívoca, decisiva, manifiesta, revelada, en la relación del hombre con la mujer y en la forma de concebirla inmediata y natural relación genérica. La relación inmediata, natural y necesaria del hombre con el hombre, es la relación del hombre con la mujer. En esta relación natural de los géneros, la relación del hombre con la naturaleza es inmediatamente su relación con el hombre, del mismo modo que la relación con el hombre es inmediatamente su relación con la naturaleza, su propia determinación natural. En esta relación se evidencia, pues, de manera sensible, reducida a un hecho visible, en qué medida la esencia humana se ha convertido para el hombre en naturaleza o en qué medida la naturaleza se ha convertido en esencia humana del hombre. Con esta relación se puede juzgar el grado de cultura del hombre en su totalidad. Del carácter de esta relación se deduce la medida en que el hombre se ha convertido en ser genérico, en hombre, y se ha comprendido como tal; la relación del hombre con la mujer es la relación más natural del hombre con el hombre. En ella se muestra en qué medida la conducta natural del hombre se ha hecho humana o en qué medida su naturaleza humana se ha hecho para él naturaleza. Se muestra también en esta relación la extensión en que la necesidad del hombre se ha hecho necesidad humana, en qué extensión el otro hombre en cuanto hombre se ha convertido para él en necesidad; en qué medida él, en su más individual existencia, es, al mismo tiempo, ser colectivo.

 

La primera superación positiva de la propiedad privada, el comunismo grosero, no es por tanto más que una forma de mostrarse la vileza de la propiedad privada que se quiere instaurar como comunidad positiva.

         2º) El comunismo a) Aún de naturaleza política, democrática; b) Con su superación del Estado, pero al mismo tiempo aún con esencia incompleta y afectada por la propiedad privada, es decir, por la enajenación del hombre. En ambas formas el comunismo se conoce ya como reintegración o vuelta a sí del hombre, como superación del extrañamiento de si del hombre, pero como no ha captado todavía la esencia positiva de la propiedad privada, y menos aún ha comprendido la naturaleza humana de la necesidad, está aún prisionero e infectado por ella. Ha comprendido su concepto, pero aún no su esencia.

         3º) El comunismo como superación positiva de la propiedad privada en cuanto autoextrañamiento del hombre, y por ello como apropiación real de la esencia humana por y para el hombre; por ello como retorno del hombre para sí en cuanto hombre social, es decir, humano; retorno pleno, consciente y efectuado dentro de toda la riqueza de la evolución humana hasta el presente. Este comunismo es, como completo naturalismo = humanismo, como completo humanismo = naturalismo; es la verdadera solución del conflicto entre el hombre y la naturaleza, entre el hombre y el hombre, la solución definitiva del litigio entre existencia y esencia, entre objetivación y autoafirmación, entre libertad y necesidad, entre individuo y género. Es el enigma resuelto de la historia y sabe que es la solución.

        

V     El movimiento entero de la historia es, por ello, tanto su generación real —el nacimiento de su existencia empírica— como, para su conciencia pensante, el movimiento comprendido y conocido de su devenir. Mientras tanto, aquel comunismo aún incompleto busca en las figuras históricas opuestas a la propiedad privada, en lo existente, una prueba en su favor, arrancando momentos particulares del movimiento (Cabet, Villegardelle, etcétera, cabalgan especialmente sobre este caballo) y presentándolos como pruebas de su florecimiento histórico pleno, con lo que demuestra que la parte inmensamente mayor de este movimiento contradice sus afirmaciones y que, si ha sido ya una vez, su ser pasado contradice precisamente su pretensión a la esencia.

 

Es fácil ver la necesidad de que todo el movimiento revolucionario encuentre su base, tanto empírica como teórica, en el movimiento de la propiedad privada, en la Economía.

        

Esta propiedad privada material, inmediatamente sensible, es la expresión material y sensible de la vida humana enajenada. Su movimiento —la producción y el consumo— es la manifestación sensible del movimiento de toda la producción pasada, es decir, de la realización o realidad del hombre. Religión, familia, Estado, derecho, moral, ciencia, arte, etc., no son más que formas especiales de la producción y caen bajo su ley general. La superación positiva de la propiedad privada como apropiación de la vida humana es por ello la superación positiva de toda enajenación, esto es, la vuelta del hombre desde la Religión, la familia, el Estado, etc., a su existencia humana, es decir, social. La enajenación religiosa, como tal, transcurre sólo en el dominio de la conciencia, del fuero interno del hombre, pero la enajenación económica pertenece a la vida real; su superación abarca por ello ambos aspectos. Se comprende que el movimiento tome su primer comienzo en los distintos pueblos en distinta forma, según que la verdadera vida reconocida del pueblo transcurra más en la conciencia o en el mundo exterior, sea más la vida ideal o la vida material. El comunismo empieza en seguida con el ateísmo (Owen), el ateísmo inicialmente está aún muy lejos de ser comunismo, porque aquel ateísmo es aún más bien una abstracción...

        

La filantropía del ateísmo es, por esto, en primer lugar, solamente una filantropía filosófica abstracta, la del comunismo es inmediatamente real y directamente tendida hacia la acción.

        

Hemos visto cómo, dado el supuesto de la superación positiva de la propiedad privada el hombre produce al hombre, a sí mismo y al otro hombre; cómo el objeto, que es la realización inmediata de su individualidad, es al mismo tiempo su propia existencia para el otro hombre, la existencia de éste y la existencia de éste para él. Pero, igualmente, tanto el material del trabajo como el hombre en cuanto sujeto son, al mismo tiempo, resultado y punto de partida del movimiento (en el hecho de que ha de ser este punto de partida reside justamente la necesidad histórica de la propiedad privada). El carácter social es, pues, el carácter general de todo el movimiento; así como es la sociedad misma la que produce al hombre en cuanto hombre, así también es producida por él. La actividad y el goce son también sociales, tanto en su modo de existencia como en su contenido; actividad social y goce social. La esencia humana de la naturaleza no existe más que para el hombre social, pues sólo así existe para él como vínculo con el hombre, como existencia suya para el otro y existencia del otro para él, como elemento vital de la realidad humana; sólo así existe como fundamento de su propia existencia humana. Sólo entonces se convierte para él su existencia natural en su existencia humana, la naturaleza en hombre. La sociedad es, pues, la plena unidad esencial del hombre con la naturaleza, la verdadera resurrección de la naturaleza, el naturalismo realizado del hombre y el realizado humanismo de la naturaleza.

         

 

 VI    La actividad social y el goce social no existen, ni mucho menos, en la forma única de una actividad inmediatamente comunitaria y de un goce inmediatamente comunitario, aunque la actividad comunitaria y el goce comunitario es decir, la actividad y el goce que se exteriorizan y afirman inmediatamente en real sociedad con otros hombres, se realizarán dondequiera que aquella expresión inmediata de la sociabilidad se funde en la esencia de su ser y se adecue a su naturaleza.

        

Pero incluso cuando yo sólo actúo científicamente, etc., en una actividad que yo mismo no puedo llevar a cabo en comunidad inmediata con otros, también soy social, porque actúo en cuanto hombre. No sólo el material de mi actividad (como el idioma, merced al que opera el pensador) me es dado como producto social, sino que mi propia existencia es actividad social, porque lo que yo hago lo hago para la sociedad y con conciencia de ser un ente social.

        

Mi conciencia general es sólo la forma teórica de aquello cuya forma viva es la comunidad real, el ser social, en tanto que hoy en día la conciencia general es una abstracción de la vida real y como tal se le enfrenta. De aquí también que la actividad de mi conciencia general, como tal, es mi existencia teórica como ser social.

        

Hay que evitar ante todo el hacer de nuevo de la «sociedad» una abstracción frente al individuo. El individuo es el ser social. Su exteriorización vital (aunque no aparezca en la forma inmediata de una exteriorización vital comunitaria, cumplida en unión de otros) es así una exteriorización y afirmación de la vida social. La vida individual y la vida genérica del hombre no son distintas, por más que, necesariamente, el modo de existencia de la vida individual sea un modo más particular o más general de la vida genérica, o sea la vida genérica una vida individual más particular o general.

 

Como consecuencia genérica afirma el hombre su real vida social y no hace más que repetir en el pensamiento su existencia real, así como, a la inversa, el ser genérico se afirma en la conciencia genérica y es para sí, en su generalidad, como ser pensante.

        

El hombre así, por más que sea un individuo particular (y justamente es su particularidad la que hace de él un individuo y un ser social individual real), es, en la misma medida, la totalidad, la totalidad ideal, la existencia subjetiva de la sociedad pensada y sentida para sí, del mismo modo que también en la realidad existe como intuición y goce de la existencia social y como una totalidad de exteriorización vital humana.

        

Pensar y ser están, pues, diferenciados y, al mismo tiempo, en unidad el uno con el otro.

        

La muerte parece ser una dura victoria del género sobre el individuo y contradecir la unidad de ambos; pero el individuo determinado es sólo un ser genérico determinado y, en cuanto tal, mortal.

        

4) Comoquiera que la propiedad privada es sólo la expresión sensible del hecho de que el hombre se hace objetivo para sí y, al mismo tiempo, se convierte más bien en un objeto extraño e inhumano, del hecho de que su exteriorización vital es su enajenación vital y su realización su desrealización, una realidad extraña, la superación positiva de la propiedad privada, es decir, la apropiación sensible por y para el hombre de la esencia y de la vida humanas, de las obras humanas no ha de ser concebida sólo en el sentido del goce inmediato, exclusivo, en el sentido de la posesión, del tener. El hombre se apropia su esencia universal de forma universal, es decir, como hombre total. Cada una de sus relaciones humanas con el mundo (ver, oír, oler, gustar, sentir, pensar, observar percibir, desear, actuar, amar), en resumen, todos los órganos de su individualidad, como los órganos que son inmediatamente comunitarios en su forma , son, en su comportamiento objetivo, en su comportamiento hacia el objeto, la apropiación de éste.

        

 

VII   La apropiación de la realidad humana, su comportamiento hacia el objeto, es la afirmación de la realidad humana; es, por esto, tan polifacética como múltiples son las determinaciones esenciales y las actividades del hombre; es la eficacia humana y el sufrimiento del hombre, pues el sufrimiento, humanamente entendido, es un goce propio del hombre.

        

 

La propiedad privada nos ha hecho tan estúpidos y unilaterales que un objeto sólo es nuestro cuando lo tenemos, cuando existe para nosotros como capital o cuando es inmediatamente poseído, comido, bebido, vestido, habitado, en resumen, utilizado por nosotros. Aunque la propiedad privada concibe, a su vez, todas esas realizaciones inmediatas de la posesión sólo como medios de vida y la vida a la que sirven como medios es la vida de la propiedad, el trabajo y la capitalización.

        

En lugar de todos los sentidos físicos y espirituales ha aparecido así la simple enajenación de todos estos sentidos, el sentido del tener. El ser humano tenía que ser reducido a esta absoluta pobreza para que pudiera alumbrar su riqueza interior (sobre la categoría del tener, véase Hess, en los Einnundzwanzig Bogen).

        

La superación de la propiedad privada es por ello, la emancipación plena de todos los sentidos y cualidades humanos; pero es esta emancipación precisamente porque todos estos sentidos y cualidades se han hecho humanos, tanto en sentido objetivo como subjetivo. El ojo se ha hecho un ojo humano, así como su objeto se ha hecho un objeto social, humano, creado por el hombre para el hombre. Los sentidos se han hecho así inmediatamente teóricos en su práctica. Se relacionan con la cosa por amor de la cosa, pero la cosa misma es una relación humana objetiva para sí y para el hombre y viceversa. Necesidad y goce han perdido con ello su naturaleza egoísta y la naturaleza ha perdido su pura utilidad, al convertirse la utilidad en utilidad humana.

        

Igualmente, los sentidos y el goce de los otros hombres se han convertido en mi propia apropiación. Además de estos órganos inmediatos se constituyen así órganos sociales, en la forma de la sociedad; así, por ejemplo, la actividad inmediatamente en sociedad con otros, etc., se convierte en un órgano de mi manifestación vital y en modo de apropiación de la vida humana.

 

Es evidente que el ojo humano goza de modo distinto que el ojo bruto, no humano, que el oído humano: goza de manera distinta que el bruto, etc.

 

Como hemos visto, únicamente cuando el objeto es para el hombre objeto humano u hombre objetivo deja de perderse el hombre en su objeto. Esto sólo es posible cuando el objeto se convierte para él en objeto social y él mismo se convierte en ser social y la sociedad, a través de este objeto, se convierte para él en ser.

        

Así, al hacerse para el hombre en sociedad la realidad objetiva realidad de las fuerzas humanas esenciales, realidad humana y, por ello, realidad de sus propias fuerzas esenciales se hacen para él todos los objetos objetivación de sí mismo, objetos que afirman y realizan su individualidad, objetos suyos, esto es, él mismo se hace objeto. El modo en que se hagan suyos depende de la naturaleza del objeto y de la naturaleza de la fuerza esencial a ella correspondiente, pues justamente la certeza de esta relación configura el modo determinado real, de la afirmación. Un objeto es distinto para el ojo que para el oído y el objeto del ojo es distinto que el del oído. La peculiaridad de cada fuerza esencial es precisamente su ser peculiar, luego también el modo peculiar de su objetivación de su ser objetivo real, de su ser vivo. Por esto el hombre se afirma en el mundo objetivo no sólo en pensamiento, sino con todos los sentidos.

 

 

VIII  De otro modo, y subjetivamente considerado, así como sólo la música despierta el sentido musical del hombre, así como la más bella música no tiene sentido alguno para el oído no musical, no es objeto, porque mi objeto sólo puede ser la afirmación de una de mis fuerzas esenciales, es decir, sólo es para mí en la medida en que mi fuerza es para él como capacidad subjetiva, porque el sentido del objeto para mí (solamente tiene un sentido a él correspondiente) llega justamente hasta donde llega mi sentido, así también son los sentidos del hombre social distintos de los del no social. Sólo a través de la riqueza objetivamente desarrollada del ser humano es, en parte cultivada, en parte creada, la riqueza de la sensibilidad humana subjetiva, un oído musical, un ojo para la belleza de la forma. En resumen, sólo así se cultivan o se crean sentidos capaces de goces humanos, sentidos que se afirman como fuerzas esenciales humanas. Pues no sólo los cinco sentidos, sino también los llamados sentidos espirituales, los sentidos prácticos (voluntad, amor, etc.), en una palabra, el sentido humano, la humanidad de los sentidos, se constituyen únicamente mediante la existencia de su objeto, mediante la naturaleza humanizada. La formación de los cinco sentidos es un trabajo de toda la historia universal hasta nuestros días. El sentido que es presa de la grosera necesidad práctica tiene sólo un sentido limitado. Para el hombre que muere de hambre no existe la forma humana de la comida, sino únicamente su existencia abstracta de comida; ésta bien podría presentarse en su forma más grosera, y sería imposible decir entonces en qué se distingue esta actividadpara alimentarse de la actividad animal para alimentarse. El hombre necesitado, cargado de preocupaciones, no tiene sentido para el más bello espectáculo. El traficante en minerales no ve más que su valor comercial, no su belleza o la naturaleza peculiar del mineral, no tiene sentido mineralógico. La objetivación de la esencia humana, tanto en sentido teórico como en sentido práctico, es, pues, necesaria tanto para hacer humano el sentido del hombre como para crear el sentido humano correspondiente a la riqueza plena de la esencia humana y natural.

        

Así como la sociedad en formación encuentra a través del movimiento de la propiedad privada, de su riqueza y su miseria —o de su riqueza y su miseria espiritual y material— todo el material para esta formación, así la sociedad constituida produce, como su realidad durable, al hombre en esta plena riqueza de su ser, al hombre rica y profundamente dotado de todos los sentidos.

        

Se ve, pues, cómo solamente en el estado social subjetivismo y objetivismo, espiritualismo y materialismo, actividad y pasividad, dejan de ser contrarios y pierden con ello su existencia como tales contrarios; se ve cómo la solución de las mismas oposiciones teóricas sólo es posible de modo práctico sólo es posible mediante la energía práctica del hombre y que, por ello, esta solución no es, en modo alguno, tarea exclusiva del conocimiento, sino una verdadera tarea vital que la Filosofía no pudo resolver precisamente porque la entendía únicamente como tarea teórica.

        

Se ve cómo la historia de la industria y la existencia, que se ha hecho objetiva, de la industria, son el libro abierto de las fuerzas humanas esenciales, la psicología humana abierta a los sentidos, que no había sido concebida hasta ahora en su conexión con la esencia del hombre, sino sólo en una relación externa de utilidad, porque, moviéndose dentro del extrañamiento, sólo se sabía captar como realidad de las fuerzas humanas esenciales y como acción humana genérica la existencia general del hombre, la Religión o la Historia en su esencia general y abstracta, como Política, Arte, Literatura, etc.

        

 

IX   En la industria material ordinaria (que puede concebirse como parte de aquel movimiento general, del mismo modo que puede concebirse a éste como una parte especial de la industria, pues hasta ahora toda actividad humana era trabajo, es decir, industria, actividad extrañada de la misma) tenemos ante nosotros, bajo la forma de objetos sensibles, extraños y útiles, bajo la forma de la enajenación, las fuerzas esenciales objetivadas del hombre. Una psicología para la que permanece cerrado este libro, es decir, justamente la parte más sensiblemente actual y accesible de la Historia, no puede convertirse en una ciencia real con verdadero contenido. ¿Qué puede pensarse de una ciencia que orgullosamente hace abstracción de esta gran parte del trabajo humano y no se siente inadecuada en tanto que este extenso caudal del obrar humano no le dice otra cosa que lo que puede, si acaso, decirse en una sola palabra: «necesidad», «vulgar necesidad»?

        

Las ciencias naturales han desarrollado una enorme actividad y se han adueñado de un material que aumenta sin cesar. La filosofía, sin embargo, ha permanecido tan extraña para ellas como ellas para la filosofía. La momentánea unión fue sólo una fantástica ilusión. Existía la voluntad, pero faltaban los medios. La misma historiografía sólo de pasada se ocupa de las ciencias naturales en cuanto factor de ilustración, de utilidad, de grandes descubrimientos particulares. Pero en la medida en que, mediante la industria, la Ciencia natural se ha introducido prácticamente en la vida humana, la ha transformado y ha preparado la emancipación humana, tenía que completar inmediatamente la deshumanización. La industria es la relación histórica real de la naturaleza (y, por ello, de la Ciencia natural) con el hombre; por eso, al concebirla como develación esotérica de las fuerzas humanas esenciales, se comprende también la esencia humana de la naturaleza o la esencia natural del hombre; con ello pierde la Ciencia natural su orientación abstracta, material, o mejor idealista, y se convierte en base de la ciencia humana, del mismo modo que se ha convertido ya (aunque en forma enajenada) en base de la vida humana real. Dar una base a la vida y otra a la ciencia es, pues, de antemano, una mentira. La naturaleza que se desarrolla en la historia humana (en el acto de nacimiento de la sociedad humana) es la verdadera naturaleza del hombre; de ahí que la naturaleza, tal como, aunque en forma enajenada, se desarrolla en la industria, sea la verdadera naturaleza antropológica.

 

La sensibilidad (véase Feuerbach) debe ser la base de toda ciencia. Sólo cuando parte de ella en la doble forma de conciencia sensible y de necesidad sensible, es decir, sólo cuando parte de la naturaleza, es la ciencia verdadera ciencia. La Historia toda es la historia preparatoria de la conversión del «hombre» en objeto de la conciencia sensible y de la necesidad del «hombre en cuanto hombre» en necesidad. La Historia misma es una parte real de la Historia Natural, de la conversión de la naturaleza en hombre. Algún día la Ciencia natural se incorporará la Ciencia del hombre, del mismo modo que la Ciencia del hombre se incorporará la Ciencia natural; habrá una sola Ciencia.

 


X     El hombre es el objeto inmediato de la Ciencia natural pues la naturaleza sensible inmediata para el hombre es inmediatamente la sensibilidad humana (una expresión idéntica) en la forma del otro hombre sensiblemente presente para él; pues su propia sensibilidad sólo; a través del otro existe para él como sensibilidad humana. Pero la naturaleza es el objeto inmediato de la Ciencia del hombre. El primer objeto del hombre —el hombre— es naturaleza, sensibilidad, y las especiales fuerzas esenciales sensibles del ser humano sólo en la Ciencia del mundo natural pueden encontrar su autoconocimiento, del mismo modo que sólo en los objetos naturales pueden encontrar su realización objetiva. El elemento del pensar mismo, el elemento de la exteriorización vital del pensamiento, el lenguaje, es naturaleza sensible. La realidad social de la naturaleza y la Ciencia natural humana o Ciencia natural del hombre son expresiones idénticas.

 

Se ve cómo en lugar de la riqueza y la miseria de la Economía Política aparece el hombre rico y la rica necesidad humana. El hombre rico es, al mismo tiempo, el hombre necesitado de una totalidad de exteriorización vital humana. El hombre en el que su propia realización existe como necesidad interna, como urgencia. No sólo la riqueza, también la pobreza del hombre, recibe igualmente en una perspectiva socialista un significado humano y, por eso, social. La pobreza es el vínculo pasivo que hace sentir al hombre como necesidad la mayor riqueza, el otro hombre. La dominación en mí del ser objetivo, la explosión sensible de mi actividad esencial, es la pasión que, con ello, se convierte aquí en la actividad de mi ser.

        

5) Un ser sólo se considera independiente en cuanto es dueño de sí y sólo es dueño de sí en cuanto se debe a sí mismo su existencia. Un hombre que vive por gracia de otro se considera a sí mismo un ser dependiente. Vivo, sin embargo, totalmente por gracia de otro cuando le debo no sólo el mantenimiento de mi vida, sino que él además ha creado mi vida, es la fuente de mi vida; y mi vida tiene necesariamente fuera de ella el fundamento cuando no es mi propia creación. La creación es, por ello, una representación muy difícilmente eliminable de la conciencia del pueblo. El ser por sí mismo de la naturaleza y del hombre le resulta inconcebible porque contradice todos los hechos tangibles de la vida práctica.

 

La creación de la tierra ha recibido un potente golpe por parte de la Geognosia, es decir, de la ciencia que explica la constitución de la tierra, su desarrollo, como un proceso, como autogénesis. La generatio æquivoca es la única refutación práctica de la teoría de la creación.

 

Ahora bien, es realmente fácil decirle al individuo aislado lo que ya Aristóteles dice: Has sido engendrado por tu padre y tu madre, es decir, ha sido el coito de dos seres humanos, un acto genérico de los hombres, lo que en ti ha producido al hombre. Ves, pues, que incluso físicamente el hombre debe al hombre su existencia. Por esto no debes fijarte tan sólo en un aspecto, el progreso infinito; y preguntar sucesivamente: ¿Quién engendró a mi padre? ¿Quién engendró a su abuelo?, etc. Debes fijarte también en el movimiento circular, sensiblemente visible en aquel progreso, en el cual el hombre se repite a sí mismo en la procreación, es decir, el hombre se mantiene siempre como sujeto. Tú contestarás, sin embargo: le concedo este movimiento circular, concédeme tú el progreso que me empuja cada vez más lejos, hasta que pregunto, ¿quién ha engendrado el primer hombre y la naturaleza en general? Sólo puedo responder: tu pregunta misma es un producto de la abstracción. Pregúntate cómo has llegado a esa pregunta: pregúntate si tu pregunta no proviene de un punto de vista al que no puedo responder porque es absurdo. Pregúntate si ese progreso existe como tal para un pensamiento racional. Cuando preguntas por la creación del hombre y de la naturaleza haces abstracción del hombre y de la naturaleza. Los supones como no existentes y quieres que te los pruebe como existentes. Ahora te digo, prescinde de tu abstracción y así prescindirás de tu pregunta, o si quieres aferrarte a tu abstracción, sé consecuente, y si aunque pensando al hombre y a la naturaleza como no existente piensas, piénsate a ti mismo como no existente, pues tú también eres naturaleza y hombre. No pienses, no me preguntes, pues en cuanto piensas y preguntas pierde todo sentido tu abstracción del ser de la naturaleza y el hombre. ¿O eres tan egoísta que supones todo como nada y quieres ser sólo tú?

        

 

XI   Puedes replicarme: no supongo la nada de la naturaleza, etc.: te pregunto por su acto de nacimiento, como pregunto al anatomista por la formación de los huesos, etc.

        

Sin embargo, como para el hombre socialista toda la llamada historia universal no es otra cosa que la producción del hombre por el trabajo humano, el devenir de la naturaleza para el hombre tiene así la prueba evidente, irrefutable, de su nacimiento de sí mismo, de su proceso de originación. Al haberse hecho evidente de una manera práctica y sensible la esencialidad del hombre en la naturaleza; al haberse evidenciado, práctica y sensiblemente, el hombre para el hombre como existencia de la naturaleza y  la naturaleza para el hombre como existencia del hombre, se ha hecho prácticamente imposible la pregunta por un ser extraño, por un ser situado por encima de la naturaleza y del hombre (una pregunta que encierra el reconocimiento de la no esencialidad de la naturaleza y del hombre). El ateísmo, en cuanto negación de esta carencia de esencialidad, carece ya totalmente de sentido, pues el ateísmo es una negación de Dios y afirma, mediante esta negación, la existencia del hombre; pero el socialismo, en cuanto socialismo, no necesita ya de tal mediación; él comienza con la conciencia sensible, teórica y práctica, del hombre y la naturaleza como esencia. Es autoconciencia positiva del hombre, no mediada ya por la superación de la Religión, del mismo modo que la vida real es la realidad positiva del hombre, no mediada ya por la superación de la propiedad privada, el comunismo. El comunismo es la posición como negación de la negación, y por eso el momento real necesario, en la evolución histórica inmediata, de la emancipación y recuperación humana. El comunismo es la forma necesaria y el principio dinámico del próximo futuro, pero el comunismo en sí no es la finalidad del desarrollo humano, la forma de la sociedad humana…

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: Karl MARX. “Manuscritos económicos y filosóficos de 1844”]

 

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