sábado, 22 de agosto de 2026


[ 862 ]

 

 

HISTORIA SOCIAL DE LA LITERATURA ESPAÑOLA (XL)

Blanco Aguinaga,

Julio Rodríguez Puértolas,

Iris M. Zavala.

 

 

 

 

 

11.3D.

EL BARROCO COMO VISIÓN DEL MUNDO:

CALDERÓN Y EL TEATRO

 

 


 

El teatro del siglo XVII, después de Lope de Vega, encabezado por PEDRO CALDERÓN DE LA BARCA (1600-1681), refleja de modo admirable todo lo hasta aquí dicho acerca del Barroco. La biografía de Calderón no ofrece hechos espectaculares, sino una vida oscura y sin polémicas: de origen hidalgo, soldado en la juventud y sacerdote después, caballero de Santiago por gracia de Felipe IV. En el orden escénico, Calderón no inventa nada, sino que, como es bien sabido, ordena, estiliza e intensifica una visión dramática del mundo y una técnica teatral recibida de Lope, llegando incluso a ser refundidor genial de obras lopescas, como ocurre con El alcalde de Zalamea, por ejemplo. Su teatro, de lógica y cálculo rigurosos, presenta una mayor concentración, sobre todo en el héroe central de la obra, lo que conlleva una mayor dosis de subjetivismo e incluso de psicologismo. Los de Calderón son así héroes razonadores y pensantes, monologadores. Se manejan conceptos, abstracciones y todos los elementos ideológicos necesarios, recubiertos de un abrumador y no por ello menos atractivo recargamiento estilístico, y con un habilísimo manejo de lo escenográfico, que puede alcanzar límites en verdad espectaculares. En la dramática calderoniana, extraordinario ejemplo de literatura al servicio de una ideología, destacan el estoicismo filosófico cristianizado, el neoescolasticismo razonador y el contrarreformismo más consciente; son básicos los característicos conceptos acerca de la inutilidad de lo vital y humano y del desengaño, originado todo por la creencia en el pecado original y en el «libre albedrío», entre cuyos extremos polarizadores se mueven los conflictivos personajes creados por su autor, junto a la aceptación de los valores de la sociedad castiza, monárquico-señorial-campesina.

 

La producción teatral de Calderón, sin llegar a la abundancia de Lope, no le va a la zaga en variedad temática. Grupo aparte y bien característico en el quehacer calderoniano es el de los autos sacramentales, en cuya realización llega a marcar definitivamente el género. Un género en el cual, como ya había hecho Lope de Vega, se une la más estricta teología con una alegoría compleja e inteligente y con la transposición inevitable de la vida y las preocupaciones cotidianas de la época. El auto sacramental -como la comedia- incorpora símbolos, alegorías, metáforas, como instrumentos para reflejar la realidad inmediata en un conjunto de alusiones, ficciones, imágenes, que por un lado la hacen más oscura y ambivalente, al tiempo que más poética, con un sentido en que religión y política se unen para llevar al público un mensaje didáctico-social. En algunos de esos autos el contenido filosófico coincide literalmente con el de las comedias más doctrinales de Calderón, como en el famoso El gran teatro del mundo, sobre la falsedad de la vida y el desengaño; en A Dios por razón de Estado, de título suficientemente revelador, los personajes recitan a coro el apoteósico final, que ya hemos citado anteriormente:

 

y contigo

todos, diciendo otra vez

que debe el ingenio humano

llegarlo a amar y creer

por razón de Estado cuando

faltara la de la Fe.

 

 

El necesario antisemitismo permea también los autos de Calderón, con verdaderas incitaciones a la violencia racista y religiosa; así sucede, por ejemplo, en El santo rey don Fernando, El cordero de Isaías, No hay instante sin milagro, El socorro general, La cena del rey Baltasar. Calderón utiliza muy hábilmente la transposición a lo divino de las instituciones sociales existentes: Las órdenes militares, El maestrazgo del Toisón, El orden de Melquisedec; no falta, incluso, una oposición universitaria teologizada: La vacante general. La hidalga del vaile, en fin, no es sino una defensa de la hidalguía de la Virgen María, sustentada con el libro bíblico del Génesis.

 

 

Ya en el mundo del teatro profano Calderón no desdeña las comedias de capa y espada (La dama duende, Casa con dos puertas) y otros subgéneros semejantes, pero donde su arte adquiere características tan personales como definitivas es en los dramas de honor y en los llamados religioso-filosóficos. En el primer grupo las obras dedicadas al tema de los celos y la limpieza sangrienta del honor manchado por la esposa -mancha más aparente que real, casi siempre- elevan a su autor a las cimas más desaforadas de la exaltación casticista. Los maridos calderonianos son seres complejos, atormentados y conflictivios, sujetos a la rigidez del honor-opinión, de lo cual, y de sus contradicciones, están perfectamente conscientes, como ocurre en El pintor de su deshonra:

 

 

Poco del honor sabia

el legislador tirano

que puso en ajena mano

mi opinión, y no en la mía.

¡Mal haya el primero, amén,

que hizo ley tan rigurosa!

¿El honor que nace mío

esclavo de otro? ...

 

 

La esposa de El médico de su honra es totalmente inocente, a pesar de tener todas las apariencias en contra; quizá por ello la casuística adquiere aquí categoría estructural, como en A secreto agravio secreta venganza. Personajes neuróticos capaces de razonar y argumentar acerca del callejón sin salida en que el casticismo les ha colocado, pero incapaces de escapar a la opresiva red ideológica expresada en el código del honor, del autoritarismo patriarcal de la institución matrimonial y de -naturalmente- dejar de considerar a la mujer como objeto poseído, personal e intransferible.

 

Categoría aparte tiene El alcalde de Zalamea dentro de los dramas calderonianos del honor, por entroncarse directamente con la ya conocida problemática del campesino cristiano viejo, con su variante del conflicto añadido de la oposición histórica entre militares y aldeanos («que no hubiera un capitán / si no hubiera un labrador»). Pedro Crespo, campesino rico, es además «de limpio linaje», elemento más que suficiente para permitirle defender su honor y su dignidad; la suma de tales características y la repetición escénica de las mismas traduce la búsqueda ideológica de un equilibrio, de un compromiso, para armonizar con las viejas estructuras monárquico-señoriales, pacíficamente y sin violencia, el ascenso del campesinado rico.

 

 

En los dramas filosófico-religiosos, y además de los más convencionales -si bien poderosos- La devoción de la cruz y El príncipe constante, destaca El mágico prodigioso, en que la creencia en el libre albedrío se mezcla con un sutil pero radical anti-intelectualismo, en un proceso que podría esquematizarse así: estudio-meditación-duda-certeza en las verdades del catolicismo, desprecio final de las apariencias intelectuales y vitales. O de otro modo: un subtítulo apropiado para esta obra podría ser Los límites de la razón. Lo cual nos lleva a tratar, por fin, de la producción cumbre de Calderón, La vida es sueño. El secreto del drama de Segismundo parece obvio: el hombre no está en verdad unido al cosmos, sino que se halla, al margen de la Naturaleza, en manos de Dios, como aparece patente en el famoso monólogo en que el héroe se compara a sí mismo con otros elementos de la Creación. El dilema entre predestinación y libre albedrío, resuelto a favor de este último a través de un penoso camino de autonegación y desengaño, es decir, la típica constatación barroca de que en efecto la vida es sueño, ha llegado a ser calificado como de auténtica «teoría del conocimiento». Extraña teoría y no menos extraño conocimiento que lleva, precisamente, al rechazo de toda realidad, en un proceso razonador -que no racionalista, verdadero y frío silogismo neo-tomista. Ese caballo desbocado con que comienza la obra es el símbolo más perfecto de la concepción barroca de la vida: arrebatamiento y pasión iniciales que será preciso sofocar con todo cuidado; una dicotomía violenta y dolorosa entre acción y contención, que terminará en el autodominio y en la conciencia de la inutilidad de todo lo auténticamente vital. «Acudamos a lo eterno» será la frase clave de la obra: olvidemos falaces valores, renunciemos a todo, reconozcamos el fracaso del hombre-en-el-mundo. Pura ortodoxia contrarreformista, desde luego, que no puede hacernos creer en un engaño mucho más real, el de considerar, como se ha hecho, a La vida es sueño como -una historia de la regeneración humana»; tampoco es aceptable, ni con mucho, lo dicho por W. Schlegel: «Calderón ha resuelto el enigma del universo en La vida es sueño». Más modestamente, lo que Calderón ha resuelto no es sino la aceptación por parte del hombre barroco de un concepto del mundo totalmente irracional, idealista y negador de los valores humanos.

 

 

Calderón, como antes Lope de Vega, creó escuela. Aparte de toda una serie de seguidores que llegarán a las exageraciones decadentes de un Bances Candamo, por ejemplo, aparecen con valores propios Francisco de Rojas Zorrilla y Agustín Moreto.

 

 

ROJAS (1607-1648) era de orígenes más que sospechosos, como se evidenció al hacer la oportuna información para su ingreso en la Orden de Santiago, lo que logró por fin en 1646, y tras innumerables dificultades, por decisión personal de Felipe IV, dificultades a las que no fue ajeno el propio Quevedo. La obra más conocida de Rojas Zorrilla, De rey abajo ninguno y labrador más honrado García del Castañar, compendia barrocamente los grandes temas del teatro llamado nacional, pero dentro de unos convencionalismos totalmente mecánicos y en un marco conceptista que llega a sofocar sus intentos de popularismo rústico. El honor y el amor, la casuística de la venganza matrimonial, los valores campesinos, todoaparece aquí, pero todo manejado al servicio de un absoluto servilismo monárquico: la Justicia, por ejemplo, existe, pero precisamente de rey abajo; el soberano, en fin, aparece calificado como Rey-Sol (como Rey-Planeta era conocido Felipe IV). Si, como generalmente se cree, Rojas Zorrilla escribió este drama en apoyo a sus aspiraciones al hábito de Santiago, las cosas pueden quedar bastante más claras. Rojas fracasó estrepitosamente con Cada cual lo que le toca, en que frente a un marido indeciso es la esposa quien mata a quien la había seducido de soltera. Ello nos permite ver hasta qué punto el público de las comedias se identificaba con el papel de censor y vigilante de los valores castizos de su sociedad. Otras comedias de Rojas han permitido calificarle de «tremendista», como La vida en el ataúd o Progne Y Filomena. A otro nivel, la interesante obra Don Lucas del Cigarral o Entre bobos anda el juego, con su héroe viejo, indiano y sospechoso de sangre poco limpia, refleja de nuevo las obsesiones y las intransigencias del sistema.

 

 

MORETO (1618-1669) es un autor de muy diferente andadura. Cortesano y sacerdote, sus padres, de origen italiano, eran comerciantes en telas y proveedores de las compañías teatrales. Su obra, considerada como de «tono menor», ofrece, dentro de los esquemas del Barroco, una sorprendente escasez de teología y de exageraciones, así como muy poco interés en la problemática tradicional del honor. Una suave ironía e ingeniosidad, un optimismo sencillo, de «clase media», señalan sus llamadas comedias de salón (El des-

dén con el desdén, El lindo don Diego, La confusión en un jardín), aunque también compuso las inevitables obras de tipo religioso…

 

(continuará)

 

 

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lunes, 17 de agosto de 2026

 

[ 861 ]

 

FIDEL, 100 AÑOS DE UN REVOLUCIONARIO Y UN HOMBRE BUENO.

Luis Casado

 

 


 

 

El escritor chileno Luis Casado recuerda los 100 del nacimiento de Fidel Castro relatando el encuentro del líder latinoamericano con el líder de las Panteras Negras, Malcolm X, en un Hotel de Harlem, Nueva York

 

Afuera se agolpa un gentío de periodistas, policías, simpatizantes, hermanos de la comunidad y también de simples curiosos del barrio que quieren presenciar el acontecimiento. Adentro, en un cuarto apenas alumbrado y lleno de humo de tabaco, dos personajes intercambian sus ideas como pueden, en dos lenguas distintas, con historias disímiles pero con enemigos similares y luchas paralelas.

 

«Mientras el Tío Sam esté contra ti, sabrás que eres un hombre bueno», le dice de forma irónica Malcolm X a Fidel Castro.

 

Ninguno de los personajes necesita de mayores presentaciones. Es la noche del 19 de septiembre de 1960. El lugar: un hotel humilde en el barrio del Harlem, al norte de Manhattan. Se trata de un barrio obrero, popular, muy al margen de las luces de la Quinta Avenida. Allí conviven «los negros y los latinos». En el Harlem tendrá lugar un torbellino de sucesos que pondrán a «la Historia» junto a las pequeñas historias, con un escenario de cuartos pequeños, bombillas tenues y cortinas de flores desteñidas.

 

Fidel se encontraba en ese entonces en Nueva York para participar por primera vez de la Asamblea General de las Naciones Unidas. La Revolución Cubana tenía un año y pocos meses de haber derrocado a la dictadura de Fulgencio Batista y de haber iniciado un proceso de transformaciones nunca antes visto en aquella isla caribeña. Por esos mismos días la Revolución anunciaba la intervención de la banca estadounidense y el traspaso del Canal 6 a manos del Estado. El gobierno norteamericano, mientras tanto, declaraba una guerra abierta contra las nuevas autoridades en La Habana y lideraba una feroz campaña de desinformación contra Cuba y su proceso de cambio.

 

Como Primer Ministro y en tanto presidente de la delegación cubana, Fidel era el foco de todas las operaciones de la prensa y de la política norteamericanas. Aunque su traje verde oliva, su barba montuna y su carisma inocultable lo convertían en un suerte de rockstar en medio de las delegaciones tradicionales de los países occidentales, por lo general circunspectas y vestidas de traje. Pese a la campaña sucia y a la estigmatización gubernamental, cientos de personas acudieron el 18 de septiembre de 1960 al Aeopuerto Idlewild —hoy Aeropuerto Internacional John F. Kennedy— para presenciar el arribo del avión del comandante en jefe de las fuerzas rebeldes.

 

Una vez allí, se manifestó de inmediato la decisión del gobierno norteamericano de humillar a los delegados revolucionarios. Los distintos hoteles próximos a la sede de la ONU comenzaron a poner excusas, exigiendo incluso el pago por adelantado de más de veinte mil dólares para recibir a la exigua delegación cubana. «Diles que son unos bandidos», enfatizó Fidel en respuesta al requerimiento desmedido del Hotel Shelburne. Inmediatamente ordenó al capitán Núñez Jiménez que comprara tiendas de campaña. «Si no encontramos hotel, acampamos en el jardín de las Naciones Unidas», aseguró. Los mismos hoteles que a menudo recibían a dictadores, narcotraficanes y mafiosos cerraban las puertas a los jóvenes dirigentes invitados, por derecho propio, a asistir a una de las más importantes citas de la diplomacia internacional.

 

El Hotel Theresa, en el centro del Tercer Mundo

 

Raul Roa Kourí, uno de los diplomáticos más jóvenes de la delegación, sabía de la invitación a un hotel de la comunidad negra y había comentado, como al pasar: «tengo un hotel en el Harlem». Cuentan que entre la urgencia de los preparativos y las reuniones, Fidel lo escuchó recién a la segunda o tercera vez: «¿en el Harlem, en el barrio de los negros y los puertorriqueños?», preguntó intrigado. Unas horas más tarde la caravana ingresaba al hotel entre una multitud que se había movilizado para darle la bienvenida al líder cubano. Estaban todos: los hermanos de la comunidad negra, los borinqueños, los cubanos migrantes del Harlem, todos.

 

El Hotel Theresa se ubicaba en el corazón del barrio. No era un hotel internacional y con suerte arañaba las tres estrellas. Sus dormitorios sencillos estaban amueblados con una o dos camas y algún que otro sillón. Afortunados fueron los miembros de la delegación que pudieron acceder a un escritorio y un par de sillas. Las imágenes de la época muestran no solo la fachada y el interior del hotel, sino también a la policía de Nueva York desplegada para contener al gentío entusiasta: no fueron pocos los agentes que aprovecharon para desquitar su odio racial, golpeando a varios de los simpatizantes del evento.

 

Fidel Castro alborotaría la «Gran Manzana» durante varias jornadas. Como había sido segregado de muchas de las reuniones oficiales, no tardó demasiado en construir su propia agenda y volverse el centro gravitacional de la política tercermundista en el corazón del imperio. Con su nueva sede en Harlem, la delegación cubana fue una fuente inagotable de dolores de cabeza para los organizadores de la ONU y el gobierno de Estados Unidos. El Hotel Theresa se convirtió en la sede oficiosa de varias cumbres históricas, desarrolladas en apenas unos pocos días. Fue en sus salones que Fidel se reunió con Jawaharlal Nehru, el célebre líder independentista y primer ministro de India: conocidas son las fotos de ambos, con las rodillas enfrentadas, leyendo una revista.

 

Otro de los ilustres visitantes fue el referente del nacionalismo árabe, el egipcio Gamal Abdel Nasser, a quien Fidel recibió entre risas y abrazos en la acera del hotel, en medio del recelo de la policía y la curiosidad de la prensa.

 

Pero el acontecimiento más destacado —y sin lugar a dudas algo surrealista— fue la llegada al Hotel Theresa del líder soviético Nikita Khrushchev. A esas alturas el cubano ya oficiaba de anfitrión en su propia casa. Nikita y Fidel caminaron juntos por la calle y se mostraron sonrientes en el hall del hotel. Los únicos que no sonreían eran los agentes de la policía local, que se debatían entre la tarea de velar por la seguridad de los altos comisionados y el deseo de apalearlos por comunistas, en sintonía con las doctrinas macartistas de la Guerra Fría.

 

Fidel Castro y Malcolm X

 

Fue en ese mismo escenario que se produjo el encuentro histórico entre Fidel Castro y Malcolm X, en ese entonces dirigente de la Nación del Islam, una organización política y religiosa de gran influencia y predicamento entre la comunidad afrodescendiente norteamericana. Comunidad que se encontraba en un proceso de alza en la lucha por sus derechos, y en pos de revolucionar a una sociedad de consumo racista y capitalista.

 

Ralph D. Matthews, un periodista afín a «los hermanos», fue uno de los pocos que pudo presenciar aquel encuentro y es en parte gracias a su artículo para el semanario New York Citizen-Call que podemos rescatarlo del olvido intencional de los medios monopólicos. Matthews cuenta que el comandante en jefe y el ministro —tal era la jerarquía del Malcolm X en su organización— se sentaron en el borde de la cama de un cuarto pequeño, como dos viejos amigos que se encuentran para ponerse al día después de mucho tiempo sin verse. La cercanía de los dos protagonistas no solo era ideológica: estaban literalmente pegados, en un cuarto a reventar por la aglomeración de diplomáticos, periodistas y revolucionarios.

 

El líder de la flamante Revolución Cubana intentaba no entrometerse en los asuntos internos de Estados Unidos, consciente del precario equilibrio de fuerzas del proceso que se desarrollaba a escasas millas del imperio más poderoso del planeta. Cabe mencionar que Cuba aún no había sido invadida en las costas de Playa Girón, ni había pronunciado la Segunda Declaración de La Habana que formalizaría su carácter socialista. Por eso Fidel buscaba llevar la conversación hacia el otro lado del Atlántico, prestando especial atención a la situación del Congo. Mientras Malcolm X respondía con una gran sonrisa al escuchar el nombre de Patrice Lumumba, Castro alzó la mano solemnemente y se comprometió a defender su caso.

 

En su alegato frente a la Asamblea General de la ONU, África ocupó un lugar de relevancia: «Esa África que se yergue aquí con líderes como Nekruma y Sekou Touré, o esa África del mundo arábigo de Nasser, esa verdadera África, el continente oprimido, el continente explotado, el continente de donde surgieron millones de esclavos, esa África que tanto dolor lleva en su historia, a esa África, con esa África tenemos un deber: preservarla del peligro de la destrucción. Compensen en algo los demás pueblos, compense en algo el Occidente de lo mucho que ha hecho sufrir al África».

 

Tanto el cubano como el afroestadounidense entendían bien que la democracia blanca de Estados Unidos había sido fundada y se sostenía a través de la violencia, y que la misma que se ejercía hacia los pueblos colonizados del sur era la que se descargaba sobre los barrios y la comunidades negras de Estados Unidos. Ya Du Bois, invisibilizado por el doble pecado de ser negro y comunista, había afirmado en su prolífica obra que las estructuras opresivas del racismo y el supremacismo blanco eran la «infraestructura» del capitalismo imperialista. «¿Y quiénes son los países colonialistas, quiénes son los países imperialistas?» —la voz de Fidel Castro volvió a retumbar en los recintos de la ONU—. «No cuatro o cinco países, sino cuatro o cinco grupos de monopolios son los poseedores de la riqueza del mundo».

 

En aquella noche del Harlem, en un cuarto de hotel, Malcolm X reflexionaba en voz alta mientras observaba a Fidel con una risa cómplice: «Nadie conoce al amo mejor que sus sirvientes. Hemos sido sirvientes desde que nos trajo aquí. Conocemos todos sus trucos. ¿Se da cuenta? Sabemos todo lo que va a hacer el amo antes de que lo sepa él mismo».

 

El racismo existe —bien lo sabían Malcolm X y los musulmanes y nacionalistas negros— y es el criterio que determina, junto a la clase social, si la policía te mata o te saluda con respeto, si te atienden en un hospital o te dejan morir, si un periodista te ha de tratar como un extranjero prescindible o como un ciudadano legítimo. Igual de claro estaba para Fidel y su pueblo, que enviarían unos años más tarde decenas de miles de personas para luchar contra el colonialismo junto al pueblo negro de Angola.

 

Ya en la despedida, Malcolm explicó a un periodista cubano el carácter de su organización: «Somos seguidores de Muhammad. Él dice que podríamos sentarnos a limosnear por cuatrocientos años más. Pero si queremos nuestros derechos ahora, tenemos que…». Sonriendo enigmáticamente decidió no completar una frase de previsible final. Tan previsible quizás como su propio asesinato, sucedido cinco años después de aquel memorable e improvisado encuentro. Tan previsible como el secuestro y asesinato de Patrice Lumumba por agentes de la CIA. Tan previsible como la rodilla policial en el cuello de George Floyd.

 

Lo que nunca fue previsible ni obvio fue la solidaridad y la unidad entre pueblos y combatientes separados por la geografía: siempre hubo que imaginarla y construirla. Como la solidaridad expresada en una Minneapolis en llamas: como los lazos intangibles entre las colonias internas y externas de Estados Unidos; como en aquella otra visita de Hugo Chávez, también recibido con honores en el mítico barrio de negros y latinos. Como la que simbolizaría para siempre ese abrazo entre Fidel Castro y Malcolm X en aquella noche otoñal de 1960, en la que todo el Tercer Mundo pareció caber en un pequeño hotel del Harlem.

 

 

 

Fuente: https://observatoriocrisis.com/2026/08/13/fidel-100-anos-de-un-revolucionario-y-un-hombre-bueno/

 

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viernes, 14 de agosto de 2026


[ 860 ]

 

MANUSCRITOS ECONÓMICOS Y FILOSÓFICOS DE 1844

Karl Marx

 

 


El joven Marx 

 

(…)

 

 

[Tercer Manuscrito]

 

[CRÍTICA DE LA DIALÉCTICA HEGELIANA Y DE LA FILOSOFÍA DE HEGEL EN GENERAL]

 

 

         Fenomenología

A)  LA AUTOCONCIENCIA

 

I.             Conciencia a) Certeza sensorial o lo esto y lo mío b) La percepción o la cosa con sus propiedades y la ilusión. c) Fuerza y entendimiento, fenómeno y mundo suprasensible.

II.           II. Autoconciencia. La verdad de la certeza de sí mismo. a) Dependencia e independencia de la autoconciencia, señorío y vasallaje. b) Libertad de la autoconciencia. Estoicismo, escepticismo, la conciencia desventurada.

         III. Razón. Certeza y verdad de la razón. Razón observadora; observación de la naturaleza y de la autoconciencia. b) Realización de la autoconciencia racional mediante ella misma. El goce y la necesidad. La ley de corazón y el delirio de la presunción. La virtud y el curso del mundo. c) La individualidad que es real en sí y para sí. El reino animal del espíritu y el fraude o la cosa misma. La razón legisladora. La razón examinadora de leyes.

        

B) EL ESPÍRITU

         I. El verdadero espíritu: la ética. II. El espíritu enajenado de sí, la cultura. III. El espíritu seguro de sí mismo, la moralidad.

        


C) LA RELIGIÓN

         Religión natural, religión estética, religión revelada.

        

D) EL SABER ABSOLUTO

        

Cómo la Enciclopedia de Hegel comienza con la lógica, con el pensamiento especulativo puro, y termina con el saber absoluto, con el espíritu autoconsciente, que se capta a sí mismo, filosófico, absoluto, es decir, con el espíritu sobrehumano abstracto, la Enciclopedia toda no es más que la esencia desplegada del espíritu filosófico, su autoobjetivación. El espíritu filosófico no es a su vez sino el enajenado espíritu del mundo que piensa dentro de su autoenajenación, es decir, que se capta a sí mismo en forma abstracta. La lógica es el dinero del espíritu, el valor pensado; especulativo, del hombre y de la naturaleza; su esencia que se ha hecho totalmente indiferente a toda determinación real y es, por tanto, irreal; es el pensamiento enajenado que por ello hace abstracción de la naturaleza y del hombre real; el pensamiento abstracto. La exterioridad de este pensamiento abstracto... La naturaleza tal como es para este pensamiento abstracto; ella es exterior a él, la pérdida de sí mismo; y él la capta también externamente, como pensamiento abstracto, pero como pensamiento abstracto enajenado; finalmente, el espíritu, este pensamiento que retorna a su propia cuna, que como espíritu antropológico, fenomenológico, psicológico, moral, artístico-religioso, todavía no vale para al mismo hasta que, por último, como saber absoluto, se encuentra y relaciona consigo mismo en el espíritu ahora absoluto, es decir, abstracto, y recibe su existencia consciente, la existencia que le corresponde, pues su existencia real es la abstracción.

          

 

 

Un doble error en Hegel.

 

El primero emerge de la manera más clara en la Fenomenología, como cuna de la Filosofía hegeliana, cuando él concibe, por ejemplo, la riqueza, el poder estatal, etcétera, como esencias enajenadas para el ser humano, esto sólo se produce en forma especulativa... Son entidades ideales y por ello simplemente un extrañamiento del pensamiento filosófico puro; es decir, abstracto. Todo el movimiento termina así con el saber absoluto. Es justamente del pensamiento abstracto de donde estos objetos están extrañados y es justamente al pensamiento abstracto al que se enfrentan con su pretensión de realidad. El filósofo (una forma abstracta, pues, del hombre enajenado) se erige en medida del mundo enajenado. Toda la historia de la enajenación y toda la revocación de la enajenación no es así sino la historia de la producción del pensamiento abstracto, es decir, absoluto (Vid. página XIII), del pensamiento lógico especulativo.

        

XVII 

El extrañamiento, que constituye, por tanto, el verdadero interés de esta enajenación y de la supresión de esta enajenación, es la oposición de en sí y para sí, de conciencia y autoconciencia, de objeto y sujeto, es decir, la oposición, dentro del pensamiento mismo, del pensamiento abstracto y la realidad sensible o lo sensible real. Todas las demás oposiciones y movimientos de estas oposiciones son sólo la apariencia, la envoltura, la forma esotérica de estas oposiciones, las únicas interesantes, que constituyen el sentido de las restantes profanas oposiciones. Lo que pasa por esencia establecida del extrañamiento y lo que hay que superar no es el hecho de que el ser humano se objetive de forma humana, en oposición a sí mismo, sino el que se objetive a diferencia de y en oposición al pensamiento abstracto.

        

XVIII

La apropiación de las fuerzas esenciales humanas, convertidas en objeto, en objeto enajenado, es pues, en primer lugar, una apropiación que se opera sólo en la conciencia, en el pensamiento puro, es decir, en la abstracción, la apropiación de objetos como pensamientos y movimientos del pensamiento, por esto, ya en la Fenomenología (pese a su aspecto totalmente negativo y crítico, y pese a la crítica real en ella contenida, que con frecuencia se adelanta mucho al desarrollo posterior) está latente como germen, como potencia, está presente como un misterio, el positivismo acrítico y el igualmente acrítico idealismo de las obras posteriores de Hegel, esa disolución y restauración filosóficas de la empiria existente. En segundo lugar. La reivindicación del mundo objetivo para el hombre (por ejemplo, el conocimiento de la conciencia sensible no es una conciencia sensible abstracta, sino una conciencia sensible humana; el conocimiento de que la Religión, la riqueza, etc., son sólo la realidad enajenada de la objetivación humana, del as fuerzas esenciales humanas nacidas para la acción y, por ello, sólo el camino hacia la verdadera realidad humana), esta apropiación o la inteligencia de este proceso se presenta así en Hegel de tal modo que la sensibilidad, la Religión, el poder del Estado, etc., son esencias espirituales, pues sólo el espíritu, es la verdadera esencia del hombre, y la verdadera forma del espíritu es el espíritu pensante, el espíritu lógico, especulativo. La humanidad de la naturaleza y de la naturaleza producida por la historia, de los productos del hombre, se manifiesta en que ellos son productos del espíritu abstracto y, por tanto y en esa misma medida, momentos espirituales, esencias pensadas. La Fenomenología es la crítica oculta, oscura aun para sí misma y mistificadora; pero en cuanto retiene el extrañamiento del hombre (aunque el hombre aparece sólo en la forma del espíritu) se encuentran ocultos en ella todos los elementos de la crítica y con frecuencia preparados y elaborados de un modo que supera ampliamente el punto de vista hegeliano. La «conciencia desventurada», la «conciencia honrada», la lucha de la «conciencia noble y la conciencia vil», etc., estas secciones sueltas contienen (pero en forma enajenada) los elementos críticos de esferas enteras como la Religión, el Estado, la vida civil, etc. Así como la esencia, el objeto, aparece como esencia pensada, así el sujeto es siempre conciencia o autoconciencia; o mejor, el objeto aparece sólo como conciencia abstracta, el hombre sólo como autoconciencia; la diversas formas del extrañamiento que allí emergen son, por esto, sólo distintas formas de la conciencia y de la autoconciencia. Como la conciencia abstracta en si (el objeto es concebido como tal) es simplemente un momento, de diferenciación de la autoconciencia, así también surge como resultado del movimiento la identidad de la autoconciencia con la conciencia, el saber absoluto, el movimiento del pensamiento abstracto que no va ya hacia fuera, sino sólo dentro de sí mismo; es decir, el resultado es la dialéctica del pensamiento puro.

 

XXIII

Lo grandioso de la Fenomenología hegeliana y de su resultado final (la dialéctica de la negatividad como principio motor y generador) es, pues, en primer lugar, que Hegel concibe la autogeneración del hombre como un proceso, la objetivación como desobjetivación: como enajenación y como supresión de esta enajenación; que capta la esencia del trabajo y concibe el hombre objetivo, verdadero porque real, como resultado de su propio trabajo. La relación real, activa, del hombre consigo mismo como ser genérico, o su manifestación de sí como un ser genérico general, es decir, como ser humano, sólo es posible merced a que el realmente exterioriza todas sus fuerzas genéricas (lo cual, a su vez, sólo es posible por la cooperación de los hombres, como resultado de la historia) y se comporta frente a ellas como frente a objetos (lo que, a su vez, sólo es posible de entrada en la forma del extrañamiento).

        

Expondremos ahora detalladamente la unilateralidad los límites de Hegel a la luz del capítulo final de la Fenomenología, el saber absoluto: un capítulo que contiene tanto el espíritu condensado de la Fenomenología, su relación con la dialéctica especulativa, como la conciencia de Hegel sobre ambos y sobre su relación recíproca.

        

De momento, anticiparemos sólo esto: Hegel se coloca en el punto de vista de la Economía Política moderna. Concibe el trabajo como la esencia del hombre, que se prueba a sí misma; él sólo ve el aspecto positivo del trabajo, no su aspecto negativo. El trabajo es el devenir para sí del hombre dentro de la enajenación o como hombre enajenado. El único trabajo que Hegel conoce y reconoce es el abstracto espiritual. Lo que, en general, constituye la esencia de la Filosofía, la enajenación del hombre que se conoce, o la ciencia enajenada que se piensa, lo capta Hegel como esencia del trabajo y por eso puede, frente a la filosofía precedente, reunir sus diversos momentos, presentar su Filosofía como la Filosofía. Lo que los otros filósofos hicieron (captar momentos aislados de la naturaleza y de la vida humana con momentos de la autoconciencia o, para ser precisos, de la autoconciencia abstracta) lo sabe Hegel como el hacer de la Filosofía, por eso su ciencia es absoluta.

        

Pasemos ahora a nuestro tema…

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: Karl MARX. “Manuscritos económicos y filosóficos de 1844”]

 

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sábado, 8 de agosto de 2026

 


[ 859 ]

 

 

CARLOS MARX / FEDERICO ENGELS

CORRESPONDENCIA

 

 


 Lassalle-Bismarck

 

 

65.  DE ENGELS A MARX

Manchester, 11 de junio de 1863.

 

...La cuestión polaca ya no parece ir tan bien últimamente. El movimiento en Lituania y en la Pequeña Rusia es evidentemente débil, y tampoco en Polonia parecen avanzar los insurgentes. Todos los líderes caen en el combate o bien son tomados prisioneros o fusilados, lo que parece demostrar que deben exponerse mucho a fin de lograr (pie su pueblo avance. La calidad de los insurgentes no es ya la que fue en marzo y abril, los mejores se han agotado. Estos polacos, sin embargo, escapan a todo cálculo, y la cosa puede resultar de todos modos, si bien las perspectivas son menores. Si resisten, pueden todavía intervenir en un movimiento europeo general que los salve; en cambio, si las cosas van mal, Polonia quedará acabada por diez años (una insurrección de esta clase agota la fuerza de combate de la población por muchos años).

 

Me parece muy probable un movimiento europeo, porque el burgués le ha perdido una vez más todo el miedo a los comunistas, y si es necesario volverá a atacar junto con ellos. Lo prueban las elecciones francesas, como asimismo los acontecimientos en Prusia desde las últimas elecciones. No creo que un movimiento de esta clase parta de Francia. Los resultados de las elecciones en París fueron realmente demasiado burgueses; los obreros, cuando presentaron candidatos especiales, fueron derrotados y no tuvieron siquiera fuerza para obligar a la burguesía a elegir gente por lo menos avanzada. A esto se agrega que Bonaparte sabe cómo refrenar a las grandes ciudades. En Prusia seguirían charlando si el digno Bismarck no les hubiera echado candado. Sin embargo, las cosas pueden darse vuelta; el pacífico desarrollo constitucional ha llegado a su término y el filisteo debe prepararse para un bochinche. Esto ya significa mucho. Por más que yo desprecie el valor de nuestros viejos amigos los demócratas, me parece que ahí está concentrada la mayor cantidad de materia inflamable y, como es dudoso que los Hohenzollern dejen de enredarse en las mayores estupideces en su política exterior, bien podría resultar que las tropas, distribuidas la mitad en la frontera polaca y la mitad en el Rin, dejen libre a Berlín, y que se produzca un golpe. Bastante malo para Alemania y Europa si Berlín se pusiera a la cabeza del movimiento.

Lo que más me sorprende es que no estallen movimientos campesinos en la Gran Rusia. El levantamiento polaco parece tener ahí una influencia netamente desfavorable...

 

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66.  DE MARX A ENGELS

Museo Británico, 12 de junio de 1863.

 

Itzig (Lassallé) me ha enviado (y quizá también a ti) su discurso en el foro sobre el  impuesto indirecto.  Contiene algunas cosas buenas pero, en primer lugar, está  escrito en un estilo insoportablemente pretencioso y locuaz, con los aires cultistas y pomposos más ridículos. Además, es en esencia la compilación de un “discípulo”  que se desespera por alardear de “hombre completamente culto” que emprende una investigación independiente. De ahí que abunden desatinos históricos y teóricos. Un ejemplo bastará (en caso de que no hayas leído la cosa). A fin de impresionar al jurado y al público, desea exponer una especie de historia retrospectiva de la polémica contra el impuesto, y así se remonta y trae citas de todas partes: desde Boisguillebert y Vauban hasta Bodenus, etc. Y aquí se revela el típico discípulo. Omite a los fisiócratas,  ignorando evidentemente que todo lo que Adam Smith y otros dijeron sobre el tema era copiado de ellos y que, en general, ellos fueron los héroes de este “problema”. Igualmente, según la costumbre del discípulo, trata los “impuestos indirectos” como “impuestos burgueses”, cosa que fueron “en la Edad Media”, pero no al presente (no al menos cuando la burguesía está desarrollada), como podría enterarse por los Sres. R. Gladstone y Cía., de Liverpool. El muy burro no parece saber que la polémica contra la tributación “indirecta” es una de las consignas de los amigos ingleses y norteamericanos de Schulze-Delitzsch y Cía., y que por ello no puede ser una consigna en contra de ellos, me refiero a los librecambistas. Igual a la de un  escolar es también la forma en que aplica una sentencia de Ricardo al impuesto territorial prusiano. (Esto es absolutamente erróneo.) ¡Qué emocionante cuando comunica al tribunal, los descubrimientos a que “él” ha llegado con la “más profunda ciencia y verdad” y tras terribles “horas nocturnas”!, a saber:

 

que en la Edad Media dominaba la propiedad de la tierra, en los tiempos modernos, el capital, y ahora

 

el “principio del  patrimonio del trabajo”, el  “trabajo” o “el  principio moral del trabajo”.  Y el mismo día que comunicaba este descubrimiento a los  Knoten,  el  Oberregierungsrat (Consejero Principal de Estado) Engel (sin saber de él) lo descubría a un público más refinado en la Singakademie (Conservatorio). Él y Engel se felicitaron mutuamente “por carta” por sus resultados científicos “simultáneos”.

 

El  “patrimonio del trabajo” y el “principio moral” son ciertamente logros de Itzig y del  Oberregierungsrat.

 

No he sido capaz de ponerme a escribirle a este tipo desde principios de año. Criticar sus lucubraciones sería para mí una pérdida de tiempo, aparte de que se apropia de cada palabra diciendo que es un “descubrimiento”. Levantarse contra sus plagios sería absurdo, porque no lo privaré de nuestras cosas en la forma en que las ha desarreglado. Tampoco se ganaría con denunciar su jactancia y su  falta de tacto.  El tipo haría uso de ello de inmediato.

 

 

De modo que no queda sino esperar hasta que estalle su cólera. Entonces tendré una muy buena excusa en el hecho de que él ( igual que el  Oberregierungsrat Engel ) siempre advierte: esto no es  “comunismo”.  Le contestaré, por lo tanto, que sus repetidas aseveraciones me habrían forzado, si yo lo hubiera tomado en cuenta, a mostrar al público: 1) dónde y cómo se copió de nosotros; 2) dónde y cómo nos apartamos de su disparate. Por esto, a fin de no perjudicar al “comunismo o de dañarlo, lo he ignorado por completo. 

 

 

 

[ Engels le había escrito a Marx el 11 de junio de 1863, diciendo que Lassalle estaba

 

“trabajando ahora puramente al servicio de Bismarck, y puede suceder algún día, si Monsieur Bismarck se cansa de él, que sea arrojado a la prisión y entre en conocimiento de la ley territorial prusiana, que siempre parece confundir con el  Code [Código Napeleón,  la constitución burguesa francesa]. Por lo demás, es gracioso que, después de su aparición en el  affaire Vogt,  él esté ahora bajo la égida, no sólo del Augsburger, sino también del  Kreuz-zeitting".

 

 

R. Gladstone y Cía. Robertson Gladstone (1809-1898). Rico comerciante de Liverpool, hermano de \V. E. Gladstone, el estadista, y uno de los líderes del grupo  "Financial Reforméis”  de Liverpool, que bregaba por un impuesto progresivo dirigido en contra de los grandes terratenientes. Marx, en su  Crítica del programa de Gotha (1875), señaló que el Partido Socialdemócrata Alemán, al incluir en su programa la reclamación de un impuesto progresivo único “como base económica del Estado’, estaba pidiendo exactamente lo mismo que esos “individuos burgueses”].

 

 

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