miércoles, 29 de abril de 2026

 


[ 844 ]

 

HISTORIA SOCIAL DE LA LITERATURA ESPAÑOLA (XXXVII)

 

Blanco Aguinaga,

Julio Rodríguez Puértolas,

Iris M. Zavala.

 

 

Luis de Góngora por Diego Velázquez 

 

 

11.3C.

EL BARROCO COMO VISIÓN DEL MUNDO:

GÓNGORA, QUEVEDO, GRACIÁN

 

 

Que lo que suele llamarse habitualmente Barroco no es sino una ideología o falsa consciencia identificable con el sistema socio-político de la España imperial en decadencia, puede observarse, como es lógico, en los textos literarios de su época, pero también, muy esclarecedoramente, en la historiografía de ese mismo Barroco. Incluso se ha podido hablar de «un frente laico antibarroco», defensor del humanismo renacentista, Y de una crítica que se identifica a sí misma con el Barroco estricto, el católico-tridentino, y que llega incluso a transponer el siglo XVII a la Europa del XX y a sus problemas, considerando el Barroco como constante histórica. Pero pese a estas curiosas identificaciones y a tales confusionismos resulta obvio que el Barroco, además de un «estilo» artístico y de una etapa cultural más, es una angustiada forma de vivir y de pensar, tan contradictoria como auténtica. Tras el efímero optimismo del Renacimiento y la crisis del último tercio del XVI, la implantación barroca conduce en sus formas extremas al más violento negativismo de los valores humanos, entroncando todo ello con la inequívoca situación hispánica: el hombre es un ser despreciable; el mundo, lugar de continuos engaños; la vida, un siniestro juego; la muerte, una obsesión morbosa. Recuérdese el típico, significativo y conocido texto de Mateo Alemán, ya citado, verdadero manifiesto ideológico del Barroco:

 

En todas partes hay lágrimas, quejas, agravios, tiranías ...

 

 

Conviene insistir en lo corruptible, en el llamado «reverso de la belleza»: las flores se ajan, el día se acaba, la hermosura oculta la podredumbre bajo ella, la mujer y el amor conducen a la pasión y al pecado. Es preciso rebajar lo humano, degradarlo, transformar al ser humano y su dignidad en algo irremediablemente repulsivo; el realismo más brutal puede utilizarse para inspirar la apropiada repugnancia, como en estas palabras de Francisco Santos, indicadoras de un desprecio total hacia el ser humano:

 

Pues la madre ya envuelta o liada como cuero de vino, vuelve los ojos

de entre sus dolores y mira a su recién nacido y le besa. ¡Tened, locos

de atar, que alabáis a un mico, casi cadáver, vestido de mortal... !

 

 

A la vez, sin embargo, es una época -insistamos en ello- de gran sensualidad, de rica música y de aún más ricos y ornamentados altares; época de artificios y cosméticos donde lo natural ha perdido su prestigio y el parecer se basta a veces a sí mismo, sin referencia alguna al ser que lo sustenta o que debería sustentarlo. Lujo en el vestir de hombres y mujeres nobles; nuevos diseños de los vehículos aristocráticos; afeites y perfumes; y en poesía, un extremar las metáforas con que los poetas se refieren a la belleza femenina. Poetas a los que Quevedo, con su brillante capacidad desmontadora, llamó «hortelanos de facciones», por aquello de que todos los labios eran claveles o rosas; el blanco de la piel, lirios, etc. Pero todo ello y todas las metáforas petrarquistas, llevadas muchas veces al absurdo, se entiende, en el fondo, como consciente «engaño colorido» -según diría Sor Juana Inés de la Cruz- frente a una vida que se concibe como antesala de la muerte. De hecho -y la tesis suena feroz y machaconamente a lo largo de todo el XVII- la realidad es falaz, nuestros sentidos nos engañan y, según se ha dicho, las cosas, toda posible circunstancia, son desleales a su ser, han renegado de él, son apariencias nocivas y nada más. Entre el hombre y su contorno humano no cabe diálogo, sino reiterar el mismo desesperado monólogo. Todo, en efecto, como afirma Calderón, es «humo, polvo, sombra y viento»; el ser humano, en fin, en pavorosa definición también calderoniana, es «esqueleto racional». Y el casticismo mitómano -el honor como divinidad ofendida a la que es preciso desagraviar, la santificación de la sociedad- más el catolicismo contrarreformista militante de signo irremediablemente irracionalista, terminan por estructurar férreamente esta concepción del Universo. En términos artísticos, todo ello se traduce en una serie de fundamentales características, tales como las siguientes: juego de contrastes y de claroscuros, dinamismo contenido en un equilibrio inestable, horror al vacío, desmesura y violencia, verbalismo continuo y acumulación metafórica avasalladora o conscientemente sincrética y también de signo contrario y en apariencia absurdo; así, en La vida es sueño, de Calderón, los pájaros aparecen como «clarines de pluma», y los clarines como «aves de metal».

 

 

Más joven que Cervantes, contemporáneo estricto de Lope de Vega, LUIS DE GÓNGORA Y ARGOTE (1561-1627), único de los autores importantes de esta época que no escribe prácticamente más que poesía, es, a la vez que representante cimero del Barroco, el más discutido de los escritores de su tiempo. Cordobés de familia ilustre y quizá conversa, estudió Derecho en Salamanca y, a pesar de las esperanzas puestas en él por su padre, fracasó lamentablemente en la carrera debido a su poca dedicación a los estudios, a su vida disipada en amores, al ejercicio temprano de la poesía y a su pasión por el juego, al que fue adicto toda su vida.

 

 

Por influencias familiares obtuvo en 1585 el puesto de racionero en la catedral de Córdoba, donde residió con el mismo cargo hasta 1617, año en que se traslada a Madrid y es nombrado capellán real. Sin embargo, este puesto no le trajo los beneficios que esperaba y sí un desgaste de energías en interminables peticiones de favores. Por comparación con la vida relativamente modesta, tran- quila y descuidada que llevaba en Córdoba, sus años de Madrid son lamentables y deprimentes, ya que, además de que ya había escrito sus obras mayores, parece no hacer otra cosa sino halagar a los poderosos, pedir y esperar prebendas:

 

 

«Yo muero de hambre y mil reales son migajas»; «El Señor Patriarca me hizo merced de la vara que le pedí a Córdoba. Está hecho el título y no lo ha firmado según me dijo ayer... Por su Señoría quede esto ... Mas también es menester que no se aguarde a todo esto, ni se haga prenda de mi hambre»; «En materia de mis alimentos he padecido todo este tiempo mil necesidades y abierto la puerta a muchos inconvenientes, pensando remediarme, y soy tan desgraciado que me han salido todos tan fuera del intento, que es lástima tratar de ellos. V. m. por un solo Dios, se sirva de no tenerme una hora más así.. . »

 

En 1625 sufre un ataque de apoplejía, y vuelve a Córdoba en 1626, para morir en 1627. Su testamento es como un póstumo reflejo de sus dificultades y miserias:

 

 

Declaro que las deudas que tengo y debo, son, a saber: a Pedro aceitero que da aceite' en mi casa ... a Bernal, mi criado ... a Pedro Cibrián ... al padre Fray Luis de Lizama ... a Antonio Sánchez ... a Josef Franqueza ... a Ana de Retes ... al Conde de Paredes ... al Obispo de Urgente ... al zapatero de casa ...,

 

 

en un rosario que parece no va a acabar por satisfacer nunca todo lo que le costaban sus aficiones: la buena mesa, el juego, el vivir «como mozo» (según una temprana acusación obispal). Esta miseria, esta vida más mediocre que de áurea medianía y su casi inútil recurrir a los favores, todo digno de páginas del Lazarillo o de Cervantes, quedan, sin embargo, como el trasfondo sublimado de la obra más extraña, erudita, difícil y oscura, más desmesuradamente artificiosa y aristocrática de toda la literatura en lengua castellana. Culteranismo y Góngora son una y la misma cosa en su busca de la belleza pura, en su orgulloso desprecio de lo común -que confunde con lo mediocre-, en su voluntad de creación de un lenguaje que transfigure y supere la realidad toda manteniéndose intacto, indescifrable para los más, vencedor del tiempo, de sus miserias y de la muerte. En una carta de 1613 o 1614 escribe:

 

 

Demás que honra me ha causado hacerme oscuro a los ignorantes, que ésa [es] la distinción de los hombres doctos, hablar de manera que a ellos les parezca griego, pues no se han de dar las piedras preciosas a animales de cerda,

 

Y en otro lugar:

 

Deseo hacer algo no para muchos.

 

Seguido de las altísimas pretensiones:

 

Siendo lance forzoso venerar que nuestra lengua a costa de mi trabajo haya llegado a la perfección y alteza de la latina.

 

Pero estas cosas las escribe Góngora después del Polifemo (1613) y las Soledades (1613, 1614), y hemos de recordar que durante mucho tiempo la crítica distinguió no sólo entre un Góngora «oscuro» y otro claro -debido a lo cual lo más importante de su obra fue prácticamente olvidado durante los siglos XVIII y XIX-, sino que la supuesta diferencia correspondía a una evolución cronológicamente discernible. La crítica moderna -que de algún extraño modo parte de revaloraciones de Góngora hechas por poetas europeos que no conocían el castellano- ha intentado borrar las distinciones entre los dos Góngoras haciendo notar que los procedimientos estilísticos básicos de las Soledades y el Polifemo (hipérbaton extremado, conceptismo, latinismo, inserción total en el mundo de las referencias clásicas, etc.) se encuentran no sólo ya en Garcilaso y en toda la poesía derivada del dolce stil nuovo, sino en la obra toda de Góngora mismo. Argumento cierto, convincentemente formulado y modulado por los mejores estudiosos, pero que expresado en forma radical y polémica para «recuperar» a Góngora pasaba por alto que la simple acumulación de estos procedimientos en sus obras mayores y maduras significa -como siempre que se trata de factores cuantitativos- un radical cambio cualitativo con respecto a sus obras de juventud (y, por supuesto, con respecto a Garcilaso y al mismo Herrera).

 

No se puede creer que incluso un romance elegante como:

 

En los pinares de Xúcar

vi bailar unas serranas,

al son del agua en las piedras

y al son del viento en las ramas

 

 

(que no es en la obra de Góngora ni «popular» ni temprano), pertenezca al mismo universo de discurso que, por ejemplo, estos versos de las Soledades:

 

 

... cuando

rémora de sus pasos fue su oído,

dulcemente impedido

de canoro instrumento, que pulsado

era de una serrana junto a un tronco,

sobre un arroyo, de quejarse ronco,

mudo sus ondas, cuando no enfrenado.

 

 

Más obvia es aún la diferencia entre los más oscuros pasajes de las Soledades o el Polifemo y tempranos romances y letrillas de intención popular. La cuestión no deja de tener cierta importancia porque aunque aceptemos la tesis contraria a la de los «dos Góngoras», es decir, la tesis de que Góngora fue siempre fundamentalmente un poeta culto y erudito, no popular en el sentido en que Lope, por ejemplo, era o quería ser popular, el reconocer en su obra una evolución hacia una expresión cada vez más compleja, erudita y minoritaria, culminando en los poemas de 1613 y 1614, poemas que por comparación con Garcilaso o Fray Luis son ya otro mundo, nos permite fechar alrededor de los años de la segunda parte del Quijote y del Guzmán la aparición decisiva, dominante, de la visión del mundo que llamamos Barroco, que es no sólo post-tridentina, sino post-mística, peculiar a ciertos años clave en la crisis de Occidente y, por supuesto, según hemos indicado, en España. En estos años están ya en su madurez Lope y Quevedo y han iniciado su obra Tirso, Gracián y Calderón: sobre todos ellos influirá el arte arriesgado y difícil de Góngora, aun cuando algunos de ellos lo rechacen violentamente.

 

 

Este rechazo, particularmente fuerte en Quevedo, de ningún modo significa que los más de los autores barrocos tuviesen, como Lope, por oposición a Góngora, la intención de llegar seriamente al «pueblo». Son autores cuya obra, inevitablemente, se dirige a la minoría culta, es decir, a los intelectuales orgánicos de la clase dirigente y a ésta misma, en especial por lo que se refiere a la poesía, que circulaba en manuscritos que, por supuesto, el «pueblo» analfabeto no conocía. Lo que Góngora trae a esa cultura es una limitación todavía mayor de sus especialistas y de su campo de acción; el público al que, si acaso, le interesaría dirigirse, es una pequeña minoría de la minoría. Y aunque, desde luego, era aquélla, entre intelectuales, una época mucho más culta que la nuestra por lo que se refiere al conocimiento de la cultura clásica, sus mitos y sus símbolos, la pretensión de Góngora, en cuanto desafío, resultaba intolerable para los casticistas. Ahí y en las sospechas acerca de su origen judío radica la explicación de los feroces ataques que Góngora sufrió por parte de Lope de Vega y otros. Sólo con grandes reservas pueden equipararse épocas distintas de la Historia; pero en esta su voluntad general de limitar el campo de la comunicación poética, Góngora y su obra nos parecen comparables a la tendencia dominante de la poesía de vanguardia que se inicia -digamos- en Baudelaire y pasa, centralmente, por Mallarmé. Esta comparación, ya tradicional y, por lo demás, bastante discutida, tal vez resulte especialmente valiosa si, al hacerla, entendemos que Góngora  está en los orígenes de una época en que los poetas van perdiendo el mecenazgo y se encuentran, aterrados, ante el mercado: o producían poesía para ganarse la vida (es decir, su «creación» pasa a ser producción para consumo), a la manera en que Lope -tan odiado por Góngora- producía teatro, o quedaba la poesía aislada de toda relación con el público lector, que ya por aquellos tiempos pagaba para leer. A lo largo del siglo XVIII, y ya decisivamente en el XIX, con el triunfo de la sociedad capitalista, la cosa se fue agravando. Pero en Góngora encontramos ya una clara intuición del problema, y su solución, estética por excelencia, es radical: escribir para los menos y vivir de otra cosa («Yo muero de hambre y mil reales son migajas»). Así, su obra revela implícitamente un rechazo oficial de las relaciones sociales de producción que se iban imponiendo en Europa y que, en España, estaban en sorda pugna con unas estructuras sociales y mentales de hecho ya destinadas al fracaso. Lo que en otros, Quevedo, por ejemplo, será un meditar insistente y sombrío sobre una realidad histórica que aparece como caótica y decadente por comparación con mixtificadas y pretéritas...glorias feudales, es en Góngora un simple desentenderse del problema para elaborar un mundo poético privado cuya esotérica belleza pretendía sobrevivir a los tiempos de los que no se ocupa, mientras que una y otra vez, mucho más que sus mejores contemporáneos, escribe poemas a reyes, príncipes, condes, duques, y hasta al conde-duque, cantando la gala de sus más necias actividades (cierta cacería, una visita a tal o cual lugar), lamentando sus enfermedades y muertes, y hasta pidiendo directamente favores en verso.

 

 

Por lo demás, los registros del cordobés son bastante limitados y no pocas veces es torpe su arte. Son demasiados los largos y aburridos romances que, en intentos de desmitificar tradiciones literarias recibidas (el mito de Hero y Leandro, por ejemplo), cae en chabacana grosería recurriendo, por ejemplo, a que los personajes orinen o satisfagan sus necesidades mayores, con una abrumadora carencia de gracia y sin el más mínimo asomo de la capacidad destructiva que caracteriza, por ejemplo, a Quevedo. Todo lo cual, además, se ve desmentido por otros poemas, especialmente sonetos, en que pinta estáticas bellezas de corte boticelliano o repite los concetti del amor cortés con poca capacidad recreadora. No se trata de negar que Góngora dejó algún romance, alguna letrilla, varios sonetos de convencional belleza barroca y cortesana; ni que las Soledades significan un esfuerzo inusitado, sorprendente en la Europa de su tiempo, aun si tomamos en cuenta su inserción, a grandes rasgos, en el marinismo. Proponemos, sin embargo, que a pesar de su atrevimiento, a pesar de la hermosura de ciertos versos y pasajes de este poema y del Polifemo, al tratar de la importancia de Góngora ha de tenerse en cuenta la posibilidad de que su aventura estética haya sido un gran fracaso: primerísimo entre los poetas «raros» -que diría Darío-, Góngora es, por todo ello, sujeto de meditación no sólo sobre el Barroco, sino sobre el destino de la poesía moderna que anuncia…

 

(continuará)

 

 

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martes, 21 de abril de 2026

 

[ 843 ]

 

MANUSCRITOS ECONÓMICOS Y FILOSÓFICOS DE 1844

Karl Marx

 

(…)

 

        


 

[Tercer Manuscrito]

 

 

[REQUISITOS HUMANOS Y DIVISIÓN DEL TRABAJO BAJO EL DOMINIO DE LA PROPIEDAD PRIVADA]

          

XIV  Hemos visto que significación tiene, en el supuesto del socialismo, la riqueza de las necesidades humanas, y por ello también un nuevo modo de producción y un nuevo objeto de la misma. Nueva afirmación de la fuerza esencial humana y nuevo enriquecimiento de la esencia humana. Dentro de la propiedad privada el significado inverso. Cada individuo especula sobre el modo de crear en el otro una nueva necesidad para obligarlo a un nuevo sacrificio, para sumirlo en una nueva dependencia, para desviarlo hacia una nueva forma del placer y con ello de la ruina económica. Cada cual trata de crear una fuerza esencial extraña sobre el otro, para encontrar así satisfacción a su propia necesidad egoísta. Con la masa de objetos crece, pues, el reino de los seres ajenos a los que el hombre está sometido y cada nuevo producto es una nueva potencia del recíproco engaño y la recíproca explotación. El hombre, en cuanto hombre, se hace más pobre, necesita más del dinero para adueñarse del ser enemigo, y el poder de su dinero disminuye en relación inversa a la masa de la producción, es decir; su menesterosidad crece cuando el poder del dinero aumenta. La necesidad de dinero es así la verdadera necesidad producida por la Economía Política y la única necesidad que ella produce. La cantidad de dinero es cada vez más su única propiedad importante. Así como él reduce todo ser a su abstracción, así se reduce él en su propio movimiento a ser cuantitativo. La desmesura y el exceso es su verdadera medida.

        

 

Incluso subjetivamente esto se muestra, en parte, en el hecho de que el aumento de la producción y de las necesidades se convierte en el esclavo ingenioso y siempre calculador de caprichos inhumanos, refinados, antinaturales, e imaginarios. La propiedad privada no sabe hacer de la necesidad bruta necesidad humana; su idealismo es la fantasía, la arbitrariedad, el antojo. Ningún eunuco adula más bajamente a su déspota o trata con más infames medios de estimular su agotada capacidad de placer para granjearse más monedas, para hacer salir las aves de oro del bolsillo de sus prójimos cristianamente amados. (Cada producto es un reclamo con el que se quiere ganar el ser de los otros, su dinero; toda necesidad real o posible es una debilidad que arrastrará las moscas a la miel, la explotación general de la esencia comunitaria del hombre. Así como toda imperfección del hombre es un vinculo con los cielos, un flanco por el que su corazón es accesible al sacerdote, todo apuro es una ocasión para aparecer del modo más amable ante el prójimo y decirle: querido amigo, te doy lo que necesitas, pero ya conoces la conditio sine qua non, ya sabes con que tinta te me tienes que obligar; te despojo al tiempo que te proporciono un placer.) El productor se aviene a los más abyectos caprichos del hombre, hace de celestina entre él y su necesidad, le despierta apetitos morbosos y acecha toda debilidad para exigirle después la propina por estos buenos oficios.

        

 

Esta enajenación se muestra parcialmente al producir el refinamiento de las necesidades y de sus medios de una parte, mientras produce bestial salvajismo, plena, brutal y abstracta simplicidad de las necesidades de la otra; o mejor, simplemente se hace renacer en un sentido opuesto. Incluso la necesidad del aire libre deja de ser en el obrero una necesidad; el hombre retorna a la caverna, envenenada ahora por la mefítica pestilencia de la civilización y que habita sólo en precario, como un poder ajeno que puede escapársele cualquier día, del que puede ser arrojado cualquier día si no paga.

 

 

XV  Tiene que pagar por esta casa mortuoria. La luminosa morada que Prometeo señala, según Esquilo, como uno de los grandes regalos con los que convierte a las fieras en hombres, deja de existir para el obrero. La luz, el aire, etcétera, la más simple limpieza animal, deja de ser una necesidad para el hombre. La basura, esta corrupción y podredumbre del hombre, la cloaca de la civilización (esto hay que entenderlo literalmente) se convierte para él en un elemento vital. La dejadez totalmente antinatural, la naturaleza podrida, se convierten en su elemento vital. Ninguno de sus sentidos continúa existiendo, no ya en su forma humana, pero ni siquiera en forma inhumana, ni siquiera en forma animal. Retornan las más burdas formas (e instrumentos) del trabajo humano como la calandria de los esclavos romanos, convertida en modo de producción y de existencia de muchos obreros ingleses. No sólo no tiene el hombre ninguna necesidad humana, es que incluso las necesidades animales desaparecen. El irlandés no conoce ya otra necesidad que la de comer, y para ser exactos; la de comer patatas, y para ser más exactos aún sólo la de comer patatas enmohecidas, las de peor calidad. Pero Inglaterra y Francia tienen en cada ciudad industrial una pequeña Irlanda. El salvaje, el animal, tienen la necesidad de la caza, del movimiento, etc., de la compañía. La simplificación de la máquina, del trabajo, se aprovecha para convertir en obrero al hombre que está aún formándose, al hombre aún no formado, al niño, así como se ha convertido al obrero en un niño totalmente abandonado. La maquina se acomoda a la debilidad del hombre para convertir al hombre débil en máquina.

        

 

El economista (y el capitalista; en general hablamos siempre de los hombres de negocio empíricos cuando nos referimos a los economistas, que son su manifestación y existencia científicas) prueba cómo la multiplicación de las necesidades y de los medios engendra la carencia de necesidades y de medios: 1º) Al reducir la necesidad del obrero al más miserable e imprescindible mantenimiento de la vida física y su actividad al más abstracto movimiento mecánico, el economista afirma que el hombre no tiene ninguna otra necesidad, ni respecto de la actividad, ni respecto del placer, pues también proclama esta vida como vida y existencia humanas: 2º) Al emplear la más mezquina existencia como medida (como medida general, porque es válida para la masa de los hombres), hace del obrero un ser sin sentidos y sin necesidades, del mismo modo que hace de su actividad una pura abstracción de toda actividad. Por esto todo lujo del obrero le resulta censurable y todo lo que excede de la más abstracta necesidad (sea como goce pasivo o como exteriorización vital) le parece un lujo. La Economía Política, esa ciencia de la riqueza, es así también al mismo tiempo la ciencia de la renuncia, de la privación, del ahorro y llega realmente a ahorrar al hombre la necesidad del aire puro o del movimiento físico. Esta ciencia de la industria maravillosa es al mismo tiempo la ciencia del ascetismo y su verdadero ideal es el avaro ascético, pero usurero, y el esclavo ascético, pero productivo. Su ideal moral es el obrero que lleva a la caja de ahorro una parte de su salario e incluso ha encontrado un arte servil para ésta su idea favorita. Se ha llevado esto al teatro en forma sentimental. Por esto la Economía, pese a su mundana y placentera apariencia, es una verdadera ciencia moral, la más moral de las ciencias. La autorrenuncia, la renuncia a la vida y a toda humana necesidad es su dogma fundamental. Cuanto menos comas y bebas, cuantos menos licores compres, cuanto menos vayas al teatro, al baile, a la taberna, cuanto menos pienses, ames, teorices, cantes, pintes, esgrimas, etc., tanto más ahorras, tanto mayor se hace tu tesoro al que ni polillas ni herrumbre devoran, tu capital. Cuanto menos eres, cuanto menos exteriorizas tu vida, tanto más tienes, tanto mayor es tu vida enajenada y tanto más almacenas de tu esencia...

        

 

XVI  Todo lo que el economista te quita en vida y en humanidad te lo restituyen en dinero y riqueza, y todo lo que no puedes lo puede tu dinero. El puede comer y beber, ir al teatro y al baile; conoce el arte, la sabiduría, las rarezas históricas, el poder político; puede viajar; puede hacerte dueño de todo esto, puede comprar todo esto, es la verdadera opulencia. Pero siendo todo esto, el dinero no puede más que crearse a sí mismo, comprarse a sí mismo, pues todo lo demás es siervo suyo y cuando se tiene al señor se tiene al siervo y no se le necesita. Todas las pasiones y toda actividad deben, pues, disolverse en la avaricia. El obrero sólo debe tener lo suficiente para querer vivir y sólo debe querer vivir para tener.

        

 

Verdad es que en el campo de la Economía Política surge ahora una controversia. Un sector (Lauderdale, Malthus, etc.) recomienda el lujo y execra el ahorro; el otro (Say, Ricardo, etc.) recomienda el ahorro y execra el lujo. Pero el primero confiesa que quiere el lujo para producir el trabajo, es decir, el ahorro absoluto, y el segundo confiesa que recomienda el ahorro para producir la riqueza, es decir, el lujo. El primer grupo tiene la romántica ilusión de que la avaricia sola no debe determinar el consumo de los ricos y contradice sus propias leyes al presentar el despilfarro inmediatamente como un medio de enriquecimiento. Por esto el grupo opuesto le demuestra de modo muy serio y circunstanciado que mediante el despilfarro disminuyó y no aumentó mi caudal. Este segundo grupo cae en la hipocresía de no confesar que precisamente el capricho y el humor determinan la producción; olvida la «necesidad refinada»; olvida que sin consumo no se producirá; olvida que mediante la competencia la producción sólo ha de hacerse más universal, más lujosa; olvida que para él el uso determina el valor de la cosa y que la moda determina el uso; desea ver producido sólo «lo útil», pero olvida que la producción de demasiadas cosas útiles produce demasiada población inútil. Ambos grupos olvidan que despilfarro y ahorro, lujo y abstinencia, riqueza y pobreza son iguales.

        

 

Y no sólo debes privarte en tus sentidos inmediatos, como comer, etc.; también la participación en intereses generales (compasión, confianza, etc.), todo esto debes ahorrártelo si quieres ser económico y no quieres morir de ilusiones.

        

 

Todo lo tuyo tienes que hacerlo venal, es decir, útil. Si pregunto al economista ¿obedezco a las leyes económicas si consigo dinero de la entrega, de la prostitución de mi cuerpo al placer ajeno? (Los obreros fabriles en Francia llaman a la prostitución de sus hijas y esposas la enésima hora de trabajo, lo cual es literalmente cierto.) ¿No actúo de modo económico al vender a mi amigo a los marroquíes? (y el tráfico de seres humanos como comercio de conscriptos, etc., tiene lugar en todos los países civilizados), el economista me contestará: no operas en contra de mis leyes, pero mira lo que dicen la señora Moral y la señora Religión; mi Moral y mi Religión económica no tienen nada que reprocharte. Pero ¿a quién tengo que creer ahora, a la Economía Política o a la moral? La moral de la Economía Política es el lucro, el trabajo y el ahorro, la sobriedad; pero la Economía Política me promete satisfacer mis necesidades. La Economía Política de la moral es la riqueza con buena conciencia, con virtud, etc. Pero ¿cómo puedo ser virtuoso si no soy? ¿Cómo puedo tener buena conciencia si no tengo conciencia de nada? El hecho de que cada esfera me mida con una medida distinta y opuesta a las demás, con una medida la moral, con otra distinta la Economía Política, se basa en la esencia de la enajenación, porque cada una de estas esferas es una determinada enajenación del hombre y contempla un determinado circulo de la actividad esencial enajenada; cada una de ellas se relaciona de forma enajenada con la otra enajenación.

        

 

XVII El señor Michel Chevalier reprocha así a Ricardo que hace abstracción de la moral. Ricardo, sin embargo, deja a la Economía Política hablar su propio lenguaje; si esta no habla moralmente, la culpa no es de Ricardo. M. Chevalier hace abstracción de la Economía Política en cuanto moraliza, pero real y necesariamente hace abstracción de la moral en cuanto cultiva la Economía Política. La relación de la Economía Política con la moral cuando no es arbitraria, ocasional, y por ello trivial y acientífica, cuando no es una apariencia engañosa, cuando se la considera como esencial, no puede ser sino la relación de las leyes económicas con la moral. ¿Qué puede hacer Ricardo si esta relación no existe o si lo que existe es más bien lo contrario? Por lo demás, también la oposición entre Economía Política y moral es sólo una apariencia y no tal oposición. La Economía Política se limita a expresar a su manera las leyes morales.

        

 

La ausencia de necesidades como principio de la Economía Política resplandece sobre todo en su teoría de la población. Hay demasiados hombres. Incluso la existencia de los hombres es un puro lujo y si el obrero es «moral» (Mill propone alabanzas públicas para aquellos que se muestren continentes en las relaciones sexuales y una pública reprimenda para quienes pequen contra esta esterilidad del matrimonio. ¿No es esta doctrina ética del ascetismo?) será ahorrativo en la fecundación. La producción del hombre aparece como calamidad pública.

        

 

El sentido que la producción tiene en lo que respecta a los ricos se muestra abiertamente en el sentido que para los pobres tiene; hacia arriba, su exteriorización es siempre refinada, encubierta, ambigua, apariencia; hacia abajo, grosera, directa, franca, esencial. La grosera necesidad del trabajador es una fuente de lucro mayor que la necesidad refinada del rico. Las viviendas subterráneas de Londres le rinden a sus arrendadores más que los palacios, es decir, en lo que a ellos concierne son una mayor riqueza; hablando en términos de Economía Política son, pues, una mayor riqueza social.

        

 

Y así como la industria especula sobre el refinamiento de las necesidades, así también especula sobre su tosquedad, sobre su artificialmente producida tosquedad, cuyo verdadero goce es el autoaturdimiento, esta aparente satisfacción de las necesidades esta civilización dentro de la grosera barbarie de la necesidad; las tascas inglesas son por eso representaciones simbólicas de la propiedad privada. Su lujo muestra la verdadera relación del lujo y la riqueza industriales con el hombre. Por esto son, con razón, los únicos esparcimientos dominicales del pueblo que la policía inglesa trata al menos con suavidad.

        

 

Hemos visto ya cómo el economista establece de diversas formas la unidad de trabajo y capital. 1º) El capital es trabajo acumulado. 2º) La determinación del capital dentro de la producción, en parte la como materia prima (materia del trabajo), en parte como instrumento que trabaja por sí mismo —la máquina es el capital establecido inmediatamente como idéntico al obrero— es el trabajo productivo. 3º) El obrero es un capital. 4º) El salario forma parte de los costos del capital. 5º) En lo que al obrero respecta, el trabajo es la reproducción de su capital vital. 6º) En lo que al capitalista toca, es un factor de la actividad de su capital. Finalmente, 7º) el economista supone la unidad original de ambos como unidad del capitalista y el obrero, ésta es la paradisiaca situación originaria. El que estos dos momentos se arrojen el uno contra el otro como dos personas es, para el economista, un acontecimiento casual y que por eso sólo externamente puede explicarse (véase Mill).

        

 

Las naciones que están aún cegadas por el brillo de los metales preciosos, y por ello adoran todavía el fetiche del dinero metálico, no son aún las naciones dinerarias perfectas. Oposición de Francia e Inglaterra. En el fetichismo, por ejemplo, se muestra hasta qué punto es la solución de los enigmas teóricos una tarea de la práctica, una tarea mediada por la práctica, hasta qué punto la verdadera práctica es la condición de una teoría positiva y real. La conciencia sensible del fetichista es distinta de la del griego porque su existencia sensible también es distinta. La enemistad abstracta entre sensibilidad y espíritu es necesaria en tanto que el sentido humano para la naturaleza, el sentido humano de la naturaleza y, por tanto, también el sentido natural del hombre, no ha sido todavía producido por el propio trabajo del hombre.

        

 

La igualdad no es otra cosa que la traducción francesa, es decir, política, del alemán yo = yo. La igualdad como fundamento del comunismo es su fundamentación política y es lo mismo que cuando el alemán lo funda en la concepción del hombre como autoconciencia universal. Se comprende que la superación de la enajenación parte siempre de la forma de enajenación que constituye la potencia dominante: en Alemania, la autoconciencia; en Francia, la igualdad a causa de la política; en Inglaterra, la necesidad práctica, material, real que sólo se mide a sí misma. Desde este punto de vista hay que criticar y apreciar a Proudhon.

        

 

Si caracterizamos aún el comunismo mismo (porque es negación de la negación, apropiación de la esencia humana que se media a sí misma propiedad privada, por ello todavía no como la posición verdadera, que parte de sí misma, sino más bien como la posición que parte de la propiedad privada).

        

 

...(extrañamiento de la vida humana permanece y continúa siendo tanto mayor extrañamiento cuanto más conciencia de él como tal se tiene) puede ser realizado, así sólo mediante el comunismo puesto en práctica puede realizarse. Para superar la propiedad privada basta el comunismo pensado, para superar la propiedad privada real se requiere una acción comunista real. La historia la aportará y aquel movimiento, que ya conocemos en pensamiento como un movimiento que se supera a sí mismo, atravesará en la realidad un proceso muy duro y muy extenso. Debemos considerar, sin embargo, como un verdadero y real progreso el que nosotros hayamos conseguido de antemano conciencia tanto de la limitación como de la finalidad del movimiento histórico; y una conciencia que lo sobrepasa.

        

 

Cuando los obreros comunistas se asocian, su finalidad es inicialmente la doctrina, la propaganda, etc. Pero al mismo tiempo adquieren con ello una nueva necesidad, la necesidad de la sociedad, y lo que parecía medio se ha convertido en fin. Se puede contemplar este movimiento práctico en sus más brillantes resultados cuando se ven reunidos a los obreros socialistas franceses. No necesitan ya medios de unión o pretextos de reunión como el fumar, el beber, el comer, etc. La sociedad, la asociación, la charla, que a su vez tienen la sociedad como fin, les bastan. Entre ellos la fraternidad de los hombres no es una frase, sino una verdad, y la nobleza hombre brilla en los rostros endurecidos por el trabajo.

        

 

XX    Cuando la Economía Política afirma que la demanda y la oferta se equilibran mutuamente, está al mismo tiempo olvidando que, según su propia afirmación, la oferta de hombres (teoría de la población) excede siempre de la demanda, que, por tanto, en el resultado esencial de toda la producción (la existencia del hombre) encuentra su más decisiva expresión la desproporción entre oferta y demanda. En qué medida es el dinero, que aparece como medio, el verdadero poder y el único fin; en qué medida el medio en general, que me hace ser, que hace mío el ser objetivo ajeno, es un fin en sí..., es cosa que puede verse en el hecho de cómo la propiedad de la tierra (allí donde la tierra es la fuente de la vida), el caballo y la espada (en donde ellos son el verdadero medio de vida) son reconocidos como los verdaderos poderes políticos de la vida. En la Edad Media se emancipa un estamento tan pronto como tiene derecho a portar la espada. Entre los pueblos nómadas es el caballo el que hace libre, partícipe a la comunidad.

        

 

Hemos dicho antes que el hombre retorna a la caverna, etc., pero en una forma enajenada, hostil. El salvaje en su caverna (este elemento natural que se le ofrece espontáneamente para su goce y protección) no se siente extraño, o, mejor dicho, se siente tan a gusto como un pez en el agua. Pero la cueva del pobre es una vivienda hostil que «se resiste como una potencia extraña, que no se le entrega hasta que él no le entrega a ella su sangre y su sudor», que él no puede considerar como un hogar en donde, finalmente, pudiera decir: aquí estoy en casa, en donde él se encuentra más bien en una casa extraña, en la casa de otro que continuamente lo acecha y que lo expulsa si no paga el alquiler. Igualmente, desde el punto de vista de la calidad, ve su casa como lo opuesto a la vivienda humana situada en el más allá, en el cielo de la riqueza,

        

 

La enajenación aparece tanto en el hecho de que mi medio de vida es de otro; que mi deseo es la posesión inaccesible de otro; como en el hecho de que cada cosa es otra que ella misma, que mi actividad es otra cosa, que, por ultimo (y esto es válido también para el capitalista), domina en general el poder inhumano. La determinación de la riqueza derrochadora, inactiva y entregada sólo al goce, cuyo beneficiario actúa, de una parte como un individuo solamente efímero, vano, travieso, que considera el trabajo de esclavo ajeno, el sudor y la sangre de los hombres, como presa de sus apetitos y que por ello considera al hombre mismo (también a sí mismo) como un ser sacrificado y nulo (el desprecio del hombre aparece así, en parte como arrogancia, en parte como la infame ilusión de que su desenfrenada prodigalidad y su incesante e improductivo consumo condicionan el trabajo y, por ello, la subsistencia de los demás), conoce la realización de las fuerzas humanas esenciales sólo como realización de su desorden, de sus humores de sus caprichos arbitrarios y bizarros. Sin embargo, esta riqueza que, por otra parte, se considera a sí misma como un puro medio, una cosa digna sólo de aniquilación, que es al mismo tiempo esclavo y señor, generosa y mezquina, caprichosa, vanidosa, petulante, refinada, culta e ingeniosa, esta riqueza no ha experimentado aún en sí misma la riqueza como un poder totalmente extraño; no ve en ella todavía más que su propio poder, y no la riqueza, sino el placer.

        

 

XXI ...y a la brillante ilusión sobre la esencia de la riqueza cegada por la apariencia sensible, se enfrenta el industrial trabajador, sobrio, esobre la esencia de la riqueza que al crear a su [del derrochador F. R.] ansia de placeres un campo más ancho, al cantarle alabanzas con su producción (sus productos son justamente abyectos cumplidos a los apetitos del derrochador) sabe apropiarse de la única manera útil del poder que a aquél se le escapa. Si inicialmente la riqueza industrial parece resultado de la riqueza fantástica, derrochadora, su dinámica propia desplaza también de una manera activa a esta última. La baja del interés del dinero es, en efecto, resultado y necesaria consecuencia de movimiento industrial. Los medios del rentista derrochador disminuyen, en consecuencia, diariamente, en proporción inversa del aumento de los medios y los ardides del placer. Está obligado así, o bien a devorar su capital, es decir, a perecer, o bien a convertirse el mismo en capitalista industrial... Por otra parte, la renta de la tierra sube, ciertamente, de modo continuo merced a la marcha del movimiento industrial, pero, como ya hemos visto, llega necesariamente un momento en el que la propiedad de la tierra debe caer, como cualquier otra propiedad, en la categoría del capital que se reproduce con beneficio, y esto es, sin duda, el resultado del mismo movimiento industrial. El terrateniente derrochador debe así, o bien devorar su capital, es decir, perecer, o bien convertirse en arrendatario de su propia tierra, en industrial agricultor.

         La disminución del interés del dinero (que Proudhon considera como la supresión del capital y como tendencia hacia la socialización del capital) es por ello más bien solamente un síntoma del triunfo del capital trabajador sobre la riqueza derrochadora, es decir, de la transformación de toda propiedad privada en capital industrial; el triunfo absoluto de la propiedad privada sobre todas las cualidades aparentemente humanas de la misma y la subyugación plena del propietario privado a la esencia de la propiedad privada, al trabajo. Por lo demás, también el capitalista industrial goza. El no retorna en modo alguno a la antinatural simplicidad de la necesidad, pero su placer es sólo cosa secundaria, desahogo, placer subordinado a la producción y, por ello, calculado, incluso económico, pues el capitalista carga su placer a los costos del capital y por esto aquél debe costarle sólo una cantidad tal que sea restituida por la reproducción del capital con el beneficio. El placer queda subordinado al capital y el individuo que goza subordinado al que capitaliza, en tanto que antes sucedía lo contrario. La disminución de los intereses no es así un síntoma de la supresión del capital sino en la medida en que es un síntoma de su dominación plena, de su enajenación que se está planificando y, por ello, apresurando su superación. Esta es, en general, la única forma en que lo existente afirma a su contrario.

 

 

La querella de los economistas en torno al lujo y el ahorro no es, por tanto, sino la querella de aquella parte de la Economía Política que ha penetrado la esencia de la riqueza con aquella otra que está aún lastrada de recuerdos románticos y antiindustriales. Ninguna de las dos partes sabe, sin embargo, reducir el objeto de la disputa a su sencilla expresión y, en consecuencia, nunca acabará la una con la otra.

        

 

La renta de la tierra ha sido, además, demolida como renta de la tierra, pues en oposición al argumento de los fisiócratas de que el terrateniente es el único productor verdadero, la Economía Política moderna ha demostrado que el terrateniente, en cuanto tal, es más bien el único rentista totalmente improductivo. La agricultura sería asunto del capitalista, que daría este uso a su capital cuando pudiese esperar de ella el beneficio acostumbrado. La argumentación de los fisiócratas (que la propiedad de la tierra como sola propiedad productiva es la única que tiene que pagar impuestos al Estado y, por tanto, también la única que tiene que acordarlos y que tomar parte en la gestión del Estado) se muda así en la afirmación inversa de que el impuesto sobre la renta de la tierra es el único impuesto sobre un ingreso improductivo y por esto el único impuesto que no es nocivo para la producción nacional. Se comprende que, así entendido, el privilegio político del terrateniente no se deduce ya de su carácter de principal fuente impositiva.

        

 

Todo lo que Proudhon capta como movimiento del trabajo contra el capital no es más que el movimiento del trabajo en su determinación de capital, de capital industrial, contra el capital que no se consume como capital, es decir, industrialmente. Y este movimiento sigue su victorioso camino, es decir, el camino de la victoria del capital industrial. Se ve también que sólo cuando se capta el trabajo como esencia de la propiedad privada puede penetrarse el movimiento económico como tal en su determinación real.

        

 

XXXV La sociedad, como aparece para los economistas, es la sociedad civil, en la que cada individuo es un conjunto de necesidades y sólo existe para el otro, como el otro sólo existe para él, en la medida en que se convierten en medio el uno para el otro. El economista (del mismo modo que la política en sus Derechos del Hombre) reduce todo al hombre, es decir al individuo del que borra toda determinación para esquematizarlo como capitalista o como obrero.

 

La división del trabajo es la expresión económica del carácter social del trabajo dentro de la enajenación. O bien, puesto que el trabajo no es sino una expresión de la actividad humana dentro de la enajenación, de la exteriorización vital como enajenación vital. Así también la división del trabajo no es otra cosa que el establecimiento extrañado; enajenado, de la actividad humana como una actividad genérica real o como actividad del hombre en cuanto ser genérico.

        

 

Sobre la esencia de la división del trabajo (que naturalmente tenía que ser considerada como un motor fundamental en la producción de riqueza en cuanto se reconocía el trabajo como la esencia de la propiedad privada), es decir, sobre esta forma enajenada y extrañada de la actividad humana como actividad genérica, son los economistas muy oscuros y contradictorios.

        

 

Adam Smith: «La división del trabajo no debe su origen a la humana sabiduría. Es la consecuencia necesaria, lenta y gradual de la propensión al intercambio y a la negociación de unos productos por otros. Esta tendencia al intercambio es verosímilmente una consecuencia necesaria del uso de la razón y de la palabra. Es común a todos los hombres y no se da en ningún animal. En cuanto se hace adulto, el animal vive de su propio esfuerzo. El hombre necesita constantemente del apoyo de los demás, que sería vano esperar de su simple benevolencia. Es mucho más seguro dirigirse a su interés personal y convencerlos de que les beneficia a ellos mismos hacer lo que de ellos se espera. Cuando nos dirigimos a los demás no lo hacemos a su humanidad, sino a su egoísmo; nunca les hablamos de nuestras necesidades, sino de su conveniencia. Como quiera que es a través del cambio, el comercio, la negociación, como recibimos la mayor parte de los buenos servicios que recíprocamente necesitamos, es esta propensión a la negociación la que ha dado origen a la división del trabajo. Así, por ejemplo, en una tribu de cazadores o pastores hay alguno que hace arcos y flechas con más rapidez y habilidad que los demás. Frecuentemente cambia a sus compañeros ganado y caza por los instrumentos que él construye, y rápidamente se da cuenta de que por este medio consigue más cantidad de esos productos que cuando es él mismo el que va a cazar. Con un cálculo interesado, hace, en consecuencia, de la fabricación de arcos, etc., su ocupación principal. La diferencia de talentos naturales entre los individuos no es tanto la causa como el efecto de la división del trabajo.

»... Sin la disposición de los hombres al comercio y el intercambio cada cual se vería obligado a satisfacer por si mismo todas las necesidades y comodidades de la vida. Cada cual hubiese tenido que realizar la misma tarea y no se hubiese producido esa gran diferencia de ocupaciones que es la única que puede engendrar la gran diferencia de talentos. Y así como es esa propensión al intercambio la que engendra la diversidad de talentos entre los hombres, es también esa propensión la que hace útil tal diversidad. Muchas razas animales, aun siendo todas de la misma especie, han recibido de la naturaleza una diversidad de caracteres mucho más grande y más evidente que la que puede encontrarse entre los hombres no civilizados. Por naturaleza no existe entre un filósofo y un cargador ni la mitad de la diferencia que hay entre un mastín y un galgo, entre un galgo y un podenco o entre cualquiera de éstos y un perro pastor. Pese a ello, estas distintas razas, aun perteneciendo todas a la misma especie, apenas tienen utilidad las unas para las otras. El mastín no puede aprovechar la ventaja de su fuerza para servirse de la ligereza del galgo, etc. Los efectos de estos distintos talentos o grados de inteligencia no pueden ser puestos en común porque falta la capacidad o la propensión al cambio, y no pueden, por tanto, aportar nada a la ventaja o comodidad común de la especie... Cada animal debe alimentarse y protegerse a sí mismo, con absoluta independencia de los demás; no puede obtener la más mínima ventaja de la diversidad de talentos que la naturaleza ha distribuido entre sus semejantes. Por el contrario, entre los hombres los más diversos talentos se resultan útiles unos a otros porque, mediante esa propensión general al comercio y el intercambio, los distintos productos de los diversos tipos de actividad pueden ser puestos, por así decir, en una masa común a la que cada cual puede ir a comprar una parte de la industria de los demás de acuerdo con sus necesidades. Como es esa propensión al intercambio la que da su origen a la división del trabajo la extensión de esta división estará siempre limitada por la extensión de la capacidad de intercambiar o, dicho en otras palabras, por la extensión del mercado. Si el mercado es muy pequeño, nadie se animará a dedicarse por entero a una sola ocupación ante el temor de no poder intercambiar aquella parte de su producción que excede de sus necesidades por el excedente de la producción de otro que él desearía adquirir...» En una situación de mayor progreso: «Todo hombre vive del cambio y se convierte en una especie de comerciante y la sociedad misma es realmente una sociedad mercantil. (Véase Destutt de Tracy: La sociedad es una serie de intercambios recíprocos, en el comercio está la esencia toda de la sociedad...) La acumulación de capitales crece con la división del trabajo y viceversa.» Hasta aquí Adam Smith.

 

 

«Si cada familia produjera la totalidad de los objetos de su consumo, podría la sociedad marchar así aunque no se hiciese intercambio alguno; sin ser fundamental, el intercambio es indispensable en el avanzado estadio de nuestra sociedad; la división del trabajo es un hábil empleo de las fuerzas del hombre que acrece, en consecuencia, los productos de la sociedad, su poder y sus placeres, pero reduce, aminora la capacidad de cada hombre tomado individualmente. La producción no puede tener lugar sin intercambio.» Así habla J. B. Say. «Las fuerzas inherentes al hombre son su inteligencia y su aptitud física para el trabajo; las que se derivan del estado social consisten en la capacidad de dividir el trabajo y de repartir entre los distintos hombres los diversos trabajos y en la facultad de intercambiar los servicios recíprocos y los productos que constituyen este medio. El motivo por el que: un hombre consagra a otro Sus servicios es el egoísmo, el hombre exige una recompensa por los servicios prestados a otro. La existencia del derecho exclusivo de propiedad es, pues, indispensable para que pueda establecerse el intercambio entre los hombres. Influencia recíproca de la división de la industria sobre el intercambio y del intercambio sobre esta división. Intercambio y división del trabajo se condicionan recíprocamente.» Así Sharbek.

        

Mill expone el intercambio desarrollado, el comercio, como consecuencia de la división del trabajo.

        

 

XXXVII «La actividad del hombre puede reducirse a elementos muy simples. Él no puede en efecto, hacer otra cosa que producir movimiento; puede mover las cosas para alejarlas o aproximarlas entre sí; las propiedades de la materia hacen el resto. En el empleo del trabajo y de las máquinas ocurre con frecuencia que se pueden aumentar los efectos mediante una oportuna división de las operaciones que se oponen y la unificación de todas aquellas que, de algún modo, pueden favorecerse recíprocamente. Como, en general, los hombres no pueden ejecutar muchas operaciones distintas con la misma habilidad y velocidad, como la costumbre les da esa capacidad para la realización de un pequeño número, siempre es ventajoso limitar en lo posible el número de operaciones encomendadas a cada individuo. Para la división del trabajo y la repartición de la fuerza de los hombres de la manera más ventajosa es necesario operar en una multitud de casos en gran escala o, en otros términos; producir las riquezas en masa. Esta ventaja es el motivo que origina las grandes manufacturas, un pequeño número de las cuales, establecidas en condiciones ventajosas, aprovisionan frecuentemente con los objetos por ellas producidos no uno solo, sino varios países en las cantidades que ellos requieren.» Así Mill.

        

 

Toda la Economía Política moderna está de acuerdo, sin embargo, en que división del trabajo y riqueza de la producción, división del trabajo y acumulación del capital se condicionan recíprocamente, así como en el hecho de que sólo la propiedad privada liberada, entregada a sí misma, puede producir la más útil y más amplia división del trabajo.

        

 

La exposición de Adam Smith se puede resumir así: la división del trabajo da a éste una infinita capacidad de producción. Se origina en la propensión al intercambio y al comercio una propensión específicamente humana que verosímilmente no es casual, sino que está condicionada por el uso de la razón y del lenguaje. El motivo del que cambia no es la humanidad, sino el egoísmo. La diversidad de los talentos humanos es más el efecto que la causa de la división del trabajo, es decir, del intercambio. También es sólo este último el que hace útil aquella diversidad. Las propiedades particulares de las distintas razas de una especie animal son por naturaleza más distintas que la diversidad de dones y actividades humanas. Pero como los animales no pueden intercambiar, no le aprovecha a ningún individuo animal la diferente propiedad de un animal de la misma especie, pero de distinta raza. Los animales no pueden adicionar las diversas propiedades de su especie; no pueden aportar nada al provecho y al bienestar común de su especie. Otra cosa sucede con el hombre, en el cual los más dispares talentos y formas de actividad se benefician recíprocamente porque pueden reunir sus diversos productos en una masa común de la que todos pueden comprar. Como la división del trabajo brota de la propensión al intercambio, crece y está limitada por la extensión del intercambio, del mercado. En el estado avanzado todo hombre es comerciante, la sociedad es una sociedad mercantil. Say considera el intercambio como casual y no fundamental. La sociedad podría subsistir sin él. Se hace indispensable en el estado avanzado de la sociedad. No obstante, sin él no puede tener lugar la producción. La división del trabajo es un cómodo y útil medio, un hábil empleo de las fuerzas humanas para el desarrollo de la sociedad, pero disminuye la capacidad de cada hombre individualmente considerado. La última observación es un progreso de Say.

        

 

Skarbek distingue las fuerzas individuales, inherentes al hombre (inteligencia y disposición física para el trabajo), de las fuerzas derivadas de la sociedad  (intercambio y división del trabajo) que se condicionan mutuamente. Pero el presupuesto necesario del intercambio es la propiedad privada. Skarbek expresa aquí en forma objetiva lo mismo que Smith, Say, Ricardo, etc., dicen cuando señalan el egoísmo, el interés privado, como fundamento del intercambio, o el comercio como la forma esencial y adecuada del intercambio.

        

 

Mill presenta el comercio como consecuencia de la división del trabajo. La actividad humana se reduce para él a un movimiento mecánico. División del trabajo y empleo de máquinas fomentan la riqueza de la producción. Se debe confiar a cada hombre un conjunto de actividades tan pequeño como sea posible. Por su parte, división de trabajo y empleo de máquinas condicionan la producción de la riqueza en masa y, por tanto, del producto. Este es el fundamento de las grandes manufacturas.

        

 

XXXVIII  El examen de la división del trabajo y del intercambio es del mayor interés porque son las expresiones manifiestamente enajenadas de la actividad y la fuerza esencial humana en cuanto actividad y fuerza esencial adecuadas al género.

        

 

Decir que la división del trabajo y el intercambio descansan sobre la propiedad privada no es sino afirmar que el trabajo es la esencia de la propiedad privada; una afirmación que el economista no puede probar y que nosotros vamos a probar por él. Justamente aquí en el hecho de que división del trabajo e intercambio son configuraciones de la propiedad privada, reside la doble prueba, tanto de que, por una parte, la vida humana necesitaba de la propiedad privada para su realización, como de que, de otra parte, ahora necesita la supresión y superación de la propiedad privada.

        

 

División del trabajo e intercambio son los dos fenómenos que hacen que el economista presuma del carácter social de su ciencia y, al mismo tiempo, exprese inconscientemente la contradicción de esta ciencia: la fundamentación de la sociedad mediante el interés particular antisocial.

        

 

Los momentos que tenemos que considerar son: en primer lugar, la propensión al intercambio (cuyo fundamento se encuentra en el egoísmo) es considerada como fundamento o efecto recíproco de la división del trabajo. Say considera el intercambio como no fundamental para la esencia de la sociedad. La riqueza, la producción, se explican por la división del trabajo y el intercambio. Se concede el empobrecimiento y la degradación de la actividad individual por obra de la división del trabajo. Se reconoce que la división del trabajo y el intercambio son productores de la gran diversidad de los talentos humanos, una diversidad que, a su vez, se hace útil gracias a aquéllos. Skarbek divide las fuerzas de producción o fuerzas productivas del hombre en dos partes: 1) Las individuales e inherentes a él, su inteligencia y su especial disposición o capacidad de trabajo; 2) las derivadas de la sociedad (no del individuo real), la división del trabajo y el intercambio. Además, la división del trabajo está limitada por el mercado. El trabajo humano es simple movimiento mecánico; lo principal lo hacen las propiedades materiales de los objetos.

        

 

Más aún la división del trabajo es limitada por el mercado. El trabajo humano es simple movimiento mecánico: el trabajo principal es realizado por las cualidades materiales de los objetos. A un individuo se le debe atribuir la menor cantidad posible de funciones. Fraccionamiento del trabajo y concentración del capital, la inanidad de la producción individual y la producción de la riqueza en masas. Concepción de la propiedad privada libre en la división del trabajo.

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: Karl MARX. “Manuscritos económicos y filosóficos de 1844”]

 

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