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HISTORIA SOCIAL DE LA LITERATURA ESPAÑOLA
(XXXVIII)
Blanco
Aguinaga,
Julio
Rodríguez Puértolas,
Iris
M. Zavala.
11.3C.
EL
BARROCO COMO VISIÓN DEL MUNDO:
GÓNGORA,
QUEVEDO, GRACIÁN
(…) Extraordinario
representante de esta época es también FRANCISCO (GÓMEZ) DE QUEVEDO Y VILLEGAS
( 1580-1645), uno de los más complejos y contradictorios escritores de la
lengua castellana y, sin duda, uno de sus mayores poetas. Madrileño, de estirpe
montañesa noble, pero relativamente modesta, fue siempre, para bien y para mal,
al igual que sus padres, un hombre de la Corte. Licenciado en Letras por la
Universidad de Alcalá, vive una juventud tormentosa, tiene que abandonar
posteriores estudios de Teología, se traslada a Valladolid e ingresa ahí en la
Corte, a la que siempre estará conflictivamente ligado. Ya de vuelta a Madrid
con la Corte, adquiere pronto fama de escritor satírico, agresivo y hasta
pendenciero. Sin embargo, siendo todavía muy joven encauzará su vida hacia
actividades de alta responsabilidad política: al ser nombrado virrey de Sicilia
su amigo el duque de Osuna, se lleva al escritor de consejero particular. Actúa
entonces Quevedo a niveles estrictamente políticos en pro de los intereses
españoles y del virrey, tanto en Sicilia como en Italia, donde fue incluso
agente secreto en la República de Venecia (de la cual tuvo que salir huyendo
disfrazado al ser descubierto). A su vuelta a España sufre un primer destierro
interior, y al morir Felipe III y subir al poder el conde-duque de Olivares
empiezan sus grandes desgracias: tras demostrar al principio cierta confianza
en el conde-duque acaba enemistándose con él, dedicando sus últimos años a una
lucha casi personal con el valido, en el curso de la cual escribe algunas obras
de crítica socio-política, muy leídas en su tiempo, sobre la condición decadente
del país y sobre los usos y abusos del poder. Tras un tardío, breve y
catastrófico matrimonio, sufre cuatro años de prisión en el convento de San
Marcos de León por causa de sus conflictos con Olivares. No sale de la que
llamó su «sepultura» hasta la muerte del conde-duque, y ya enfermo, triste y
profundamente desilusionado se retira a su Torre de Juan Abad (Ciudad Real). A
los sesenta y cinco años muere en la celda de un convento en Villanueva de los
Infantes, el 8 de septiembre de 1645.
Es
Quevedo uno de los escritores más inteligentes de su época, acerado y sectario,
de feroz rigor polémico; y es uno de los autores castellanos que mejor haya
jamás trabajado y dominado la lengua. El conceptismo, común y abusado en el
Barroco, adquiere en él características muy personales de concisión y
significado, levantándose casi siempre muy por encima del juego y de los
aspectos más superficiales de aquel «arte de ingenio». Su enorme pasión, siempre
controlada y dirigida por la inteligencia, aunque dispersa en una obra variada
y no pocas veces anecdótica y circunstancial, hace que sea Quevedo un escritor
siempre presente en la historia de las letras españolas, pero difícil de
clasificar; imposible, sencillamente, de asimilar o rechazar de maneras
absolutas. Feroz y machaconamente antisemita, grotesca y vulgarmente
antifeminista, patriotero y casticista hasta extremos hoy, desde luego,
intolerables, es también un extraordinario crítico de la sociedad decadente,
fantasiosa y vulgar de su tiempo; terrible desmitificador, noble pensador político
obsesionado por la dignidad humana, sabio y erudito (pero no incapaz de trucar
fuentes o citas), poeta «metafísico» sólo comparable a los mejores de la Europa
de su tiempo, autor de la más original y brillante novela picaresca y
-sorprendentemente- uno de los poquísimos grandes poetas de la larga y monótona
tradición petrarquista, el igual de Cavalcanti, tal vez de Petrarca mismo, del
Shakespeare de los sonetos.
Es ése
su enorme y contradictorio talento lo que hace que Quevedo sea, como a su
manera, tan distinta, lo es Cervantes, ejemplo extremo de las contradicciones
de aquel tiempo en el que el más grande imperio desde los tiempos de Roma se
desmoronaba por su falta de base real; por ser España, en los orígenes del capitalismo
y gracias a las minas de América, uno de los puntales de la acumulación de
capital que permitirá el desarrollo de la banca y la industria europeas, a la
vez que ella misma se descapitaliza, no desarrolla industria propia y ve
fortalecerse en su seno estructuras sociales antiburguesas sin capacidad
creadora que, andando el tiempo, la dejarán al margen del desarrollo europeo.
Como Cellorigo, como después los arbitristas, a diferencia, por ejemplo, de la
meditación puramente superestructural que de estas cuestiones se encuentra en
Calderón, o del distanciamiento estético de ellas característico de Góngora,
Quevedo ve bien lo que ocurre y ·de ello se propone hablar contra viento y marea:
No he
de callar por más que con el dedo,
ya tocando
la boca, ya la frente,
silencio
avises, o amenaces miedo,
le
dice a Olivares en la «Epístola satírica y censoria»:
¿No ha
de haber un espíritu valiente?
¿Siempre
se ha de sentir lo que se dice?
¿Nunca
se ha de decir lo que se siente?
Hoy
sin miedo, que libre escandalice,
puede
hablar el ingenio asegurado
de que
mayor poder le atemorice
Y se
lanza al ataque «contra las costumbres presentes de los castellanos»: «virtud
desaliñada»; carencia de una pretérita «libertad esclarecida»; predominio del
«ocio torpe»; honestidad comprada «con piedras finas»; un constante mendigar
«el crédito a Liguria» (es decir, a la banca italiana), inseparable de un vacuo
«blasonar» nobleza; hartazgo de perfumes y alhajas; desprecio por el trabajo,
basado en un falso concepto del honor ... Lista casi completa, en fin, de los
vicios e incapacidad de la clase dominante de su tiempo (sin referencia en este
caso, sin embargo, a la miseria del pueblo que tanto ocupaba a otros autores).
Y es que Quevedo -la otra cara de la moneda-, a diferencia, digamos, de Cervantes,
o de los no siempre ridículos arbitristas, tiene una visión puramente medieval
de la sociedad ideal y, por lo tanto, una casi absoluta incomprensión de los
cambios históricos que se están produciendo en su propio tiempo: cortesano
descendiente de la pequeña nobleza del Norte, su pensamiento se inscribe plenamente
en el de la clase dominante, y su crítica de la nobleza brota, con todas sus
contradicciones, desde la nobleza misma, cuya función social señorial, por lo
demás, le sigue pareciendo a Quevedo indiscutible.
De ahí
que lo que opone a los vicios y errores presentes de una clase cuya decadencia
percibe con claridad sean «virtudes» de la «raza» auténticamente primitivas. Su
ideal es el de unos mitificados tiempos idos en que
La
robusta virtud era señora,
y sola
dominaba al pueblo rudo;
edad,
si mal hablada, vencedora.
Época
aquélla que no hemos de confundir con la «Edad de Oro», ignorante del «tuyo» y
el «mío», de que habla don Quijote a los cabreros, sino época de fuerza y
mando, de «godos» verdaderos, capaces de vencer a los «tudescos bacanales», «al
holandés hereje y alevoso», así como a los italianos. Tiempos aquellos de milicia
pobre y «pieles solas», sin perfumes ni adornos, cuando
Del
mayor infanzón de aquella pura
república
de grandes hombres, era
una
vaca sustento y armadura;
época
de un vivir pendiente de los premios a alcanzar en otra vida, cuando, por
ejemplo, la mujer -que no veía a su marido como «galán», sino como guerrero
«peligroso»- hilaba «para su esposo / la mortaja, primero que el vestido».
Mundo al que quisiera volver Quevedo, anterior, en suma, a la expansión de Occidente
y, por lo tanto, anterior a los orígenes del capitalismo, según queda claro en
su rechazo de las exploraciones del «Oriente» y del «áspero dinero», en su
soñar con los tiempos en que el Océano Atlántico, no surcado todavía, mantenía
en paz el «pecho humano» al tenerlo separado «de las ricas minas». En un soneto
al oro -que podría compararse con aspectos del Shakespeare comentado por Marx-
es obvio que Quevedo entiende que mercancías, oro y dinero han descentrado,
digamos, al hombre, fetichizando sus relaciones, ya que, según dice
concisamente, este oro
... en
dineros ásperos cortado.
Orbe
pequeño, al hombre le compite
los
blasones de ser mundo abreviado.
Gran
tema de la época, que también hemos encontrado en Fray Luis de León -tan
admirado de Quevedo-- y que se enlaza también, inevitablemente, con la crítica
de tradición medieval de la usura, inseparable, por supuesto, de la crítica a
las nacientes actividades de la banca internacional («el crédito de Liguria»). Si
no olvidamos que entre los varios y diversos factores que dan su primer impulso
al capitalismo, a la naciente burguesía, inseparable de las exploraciones y
comercio con el Oriente, se encuentran las leyes italianas (particularmente
venecianas) acerca de la usura, que permiten y alientan arriesgadas y
provechosas inversiones en las flotas y expediciones de los siglos XIII, XIV y XV,
que generan, a su vez, las letras de cambio y que, a la larga, permitirán la
explotación de América, resulta evidente que en una época de transición crítica
el mordaz y clarividente Quevedo coincide ideológicamente con los enemigos de
la nueva clase ascendente, la burguesía, que ya en su tiempo parecía
ampliamente derrotada en España.
Y así,
toque lo que toque. Bien sea en su Política de Dios, gobierno de Cristo y
tiranía de Satanás, donde pretende, nada menos, que sea Cristo el modelo del
monarca, por lo que significa en su devoción al bien común y -elemento nada
despreciable en el reinado de Felipe III-, por su dedicación y trabajo, que se anteponen
«al ocio y a la inclinación» y a aquella costumbre que tenía el tercer Felipe
de divertirse y dejar que le divirtieran. Notables son también sus comentarios
al Marco Bruto de Plutarco, donde, no sin nobleza de miras y un firme sentido
de la justicia, pero tal vez sin comprensión del sentido cualitativamente
diferente de las nuevas luchas por el poder, parece rechazar el pragmatismo de
Maquiavelo.
No ha
de sorprendernos demasiado, sin embargo, esta contradictoria conjunción de
nobleza de miras y de reaccionarismo. A fin de cuentas los orígenes del
capitalismo, el «Renacimiento», sin excluir el comercio, ni la industria, ni la
ciencia, ni el arte perspectivista, significaron, a la vez que un
extraordinario y poderoso salto cualitativo de la humanidad de Occidente, un
violento desequilibrio, una ruptura brutal y desquiciante de las estructuras
feudales en las que, vividas ideológicamente desde dentro de ellas mismas, podía
creerse que reinaba una indiscutible armonía orgánica. Con el
característicamente español retraso post-tridentino, la obra de Quevedo es
extraordinario reflejo de esta contradicción, de la angustia del hombre barroco
que, no sin algo de razón, suele compararse con la angustia existencial de los
escritores modernos que también se encuentran en la encrucijada de un cambio
radical de estructuras.
A
partir de esta angustia, y más allá de sus sátiras, terribles y profundas a
veces, demasiado coyunturales por lo general, sátiras dirigidas a otros
escritores, a las mujeres, a sastres, a abogados y médicos, al lenguaje oscuro
y rebuscado de la «culta latiniparla» o al de las frases hechas, a
homosexuales, a cornudos, a partes del cuerpo, a judíos, a catalanes, a
cordobeses, a gallegos, a todo lo que por una u otra razón choca con su castizo
y machista orgullo y «limpieza de sangre»; más allá de toda esa violencia suya
dirigida contra tantas cosas que hoy poco nos interesan, violencia que puede
divertirnos, o asombrarnos, o nos parece un lamentable desgaste de talento, la
angustia de Quevedo, su prodigioso control y dominio del lenguaje alcanzan
niveles hoy casi insospechados de hondura meditativa, en la que vemos al ser humano
enfrentarse con algunas últimas verdades básicas: la brevedad de la vida, la
proximidad de la muerte. O la Historia misma en que el ser humano vive su
existencia hacia la muerte
Miré
los muros de la patria mía,
si un
tiempo fuertes, hoy desmoronados,
de la
carrera de la edad cansados,
por
quien caduca ya su valentía.
Salime
al campo, vi que el sol bebía
los
arroyos del hido desatados,
y del
monte; quejosos los ganados,
que
con sombras hurtó su luz al día.
Entré
en mi casa y vi que, amancillada,
de
anciana habitación era despojos;
mi
báculo, mas corvo y menos fuerte.
Vencida
de la edad sentí mi espada,
y no
hallé cosa en que poner los ojos
que no
fuese recuerdo de la muerte.
Igual
capacidad de trascender la obvia ideología tradicionalista hacia la meditación
de absolutos humanos privados, se encuentra en sus poemas calificados de
religiosos, morales o filosóficos. Difícil es sostener tal clasificación, tales
distinciones, ya que, toque lo que toque, sea cual sea su «tema», la poesía de
Quevedo, como resumiendo y extremando la obsesión central del Barroco, es toda ella
un intenso meditar sobre la brevedad de la vida, entendida ésta como una
apetencia de ser compenetrada en su raíz misma por la otredad que es el no-ser,
la muerte. O más precisamente, ser y no-ser forman una identidad dialéctica
indestructible según se revela en que nunca puede la vida «parar un punto»,
como escribe en uno de sus más grandes sonetos. Todo momento del vivir que pretendamos
aislar en aparente quietud de manera abstracta revela que el Ser es y no es; lo
único «permanente» es el movimiento:«hoy se está yendo sin parar un punto».
Contra toda filosofía contemplativa recoge así Quevedo la vieja tradición de
Heráclito y da un paso hacia el pensamiento dialéctico (existencial) moderno,
cuya más alta y compleja lección ha de encontrarse en Hegel. De ahí tal vez
que, en imitación de la terminología aplicada a ciertos poetas ingleses del
siglo XVII (John Donne, por ejemplo) se haya hablado de su «poesía metafísica».
Tal término sólo puede confundirnos si pretendemos que represente una categoría
distinta a «poesía religiosa», o «satírica», o «moral»; nos es de cierta
utilidad si por él entendemos que toda la poesía de Quevedo -en rigor, su obra toda-
responde a la meditación sobre el Ser que hemos intentado describir brevemente.
Y más aún si entendemos que esta meditación se expresa en un intento de que el
lenguaje mismo sea ese Ser que es y no es al mismo tiempo. He aquí el
final de uno de sus tantos sonetos extraordinarios:
Ya no
es ayer; mañana no ha llegado;
hoy
pasa, y es, y fue, con movimiento
que a
la muerte me lleva despeñado.
Azadas
son las horas y el momento
que, a
jornal de mi pena y mi cuidado,
cavan
en mi vivir mi monumento.
El
intento de fijar para el análisis el «punto» del «hoy» que es y no es (ni hoy,
ni ayer, ni mañana) revela que el vivir es un ir «despeñado» hacia la muerte.
Pero no es ésa todavía la expresión adecuada, ya que si así fuera estaríamos
separando la vida de la muerte, el ser del no-ser, y viceversa, cuando en
realidad el ser es no-ser (y viceversa). Pero en el último terceto la
contradictoria idea -difícil, si no imposible de expresar- adquiere su forma
definitiva y exacta: el vivir mismo («las horas y el momento») «cavan en mi
vivir mi monumento», donde «monumento» significa, a una vez, tumba (en vida) y
monumento-memorial (en la muerte) que nos recuerda lo vivido. Y el poema mismo
queda contra el Tiempo como «monumento» que desafía la experiencia misma de
que
nada «queda», de que nada puede pararse «un punto».
Esta
percepción, este riguroso y angustiado conceptismo, se revela de manera todavía
más radical -si cabe- en su poesía amorosa, particularmente en los sonetos, y
muy especialmente en la serie dedicada a Lisi. Se recoge en esta secuencia, por
supuesto, como en todas las que pululan durante el Renacimiento (y como en su
propio tiempo en la gran secuencia de Shakespeare), la temática petrarquista
toda, extremándose, sin embargo, los conceptos hasta límites casi intolerables
de precisión significativa. «Amor me ocupa el seso y los sentidos ... », «A
fugitivas sombras doy abrazos ... », ·«Que importa blasonar del albedrío ... »,
«Cerrar podrá mis ojos ... », se encuentran sin duda no sólo entre los más
grandes poemas amorosos de la lírica castellana, sino de la tradición
petrarquista toda. Sonetos construidos a base de lo que podríamos llamar
metáforas absolutas, en que los concetti originados en el dolce stil
nuovo se engarzan unos con otros extremando su autonomía con respecto a la
realidad visual o emotiva de la que parten, hasta el grado de que el poema
parece mantenerse en la estructura pura de su lenguaje, más allá de sus orígenes,
como si pretendiese vencer toda relación con su referente y, por lo tanto,
vencer las limitaciones del tiempo. Véase, por ejemplo, este «Retrato de Lisi
que traía en una sortija», donde todas las analogías se dan ya por supuestas y,
en el mínimo espacio de una sortija, pretende el poeta llevar todo el oro y
riqueza del mundo, puesto que oro son los cabellos de la amada, etc.:
En
breve cárcel traigo aprisionado,
con
toda su familia de oro ardiente,
el
cerco de la luz resplandeciente,
y
grande imperio del amor cerrado.
Traigo
el campo que pacen estrellado
las
fieras altas de la piel luciente;
y a
escondidas del cielo y del Oriente,
día de
luz y parto mejorado.
Traigo
todas las Indias en mi mano,
perlas
que, en un diamante, por rubíes,
pronuncian
con desdén sonoro yelo,
Y
razonan tal vez fuego tirano,
relámpagos
de risas carmesíes,
auroras,
gala y presunción del cielo.
A la
vez que en otros sonetos, canta su amor indestructible, vencedor de la muerte
(«polvo serán, más polvo enamorado»), según va llegando con los años y el
fracaso a transformar el amor en el centro de la vida misma, asediada siempre
por el dolor y la muerte. Además, Quevedo escribe letrillas, jácaras, poemas
burlescos de todo tipo. También unos cuantos entremeses interesantes (La venta,
El marido fantasma, El niño y peralvillo de Madrid ... ) y, sobre todo, la
Historia de la vida del Buscón, tal vez escrita en 1604 y publicada sin su
permiso en Zaragoza en 1626; la más extraordinaria de las novelas picarescas,
en la que -de nuevo- el lenguaje parece mantenerse a sí mismo en vilo, como si
estuviese más allá de la anécdota de la que parte, del tema convencional
heredado del Lazarillo (con el cual tiene el Buscón mucha relación temática), o
de la ideología que, en sí y abstraída del lenguaje, no sería distinta de la de
Mateo Alemán.
Desde
el arranque mismo, tan convencional al parecer, vemos cómo todo es lo que se
dice y nada lo que parece, en una sistemática operación de creación y
destrucción en que cada palabra, cuidadosamente seleccionada, cae de su lugar
ante el embate de la que sigue, manteniéndose las dos, sin embargo, una frente
a otra en una tensión antagónica que sería -con mucha mayor sutileza que en
Calderón- el meollo mismo del que se ha llamado equilibrio inestable del
Barroco; es decir, el equilibrio inestable de las estructuras ideológicas de la
España y la Europa de su tiempo:
Yo,
señor [dice Pablos] soy de Segovia; mi padre se llamó Clemente Pablo, natural
del mismo pueblo -Dios le tenga en el cielo-. Fue tal como todos dicen, de
oficio barbero; aunque eran tan altos sus pensamientos, que se corría le
llamasen así, diciendo que él era tundidor de mejillas y sastre de barbas.
Dicen que era de muy buena cepa y, según él bebía, es cosa para creer. Estuvo
casado con Aldonza Saturno de Rebollo, hija de Octavio de Rebollo Codillo y
nieta de Lépido Ziuraconte.
Sospechábase
en el pueblo que no era cristiana vieja, aunque ella, por los nombres de sus
pasados, esforzaba que descendía del triunvirato romano. Tuvo muy buen parecer,
y fue tan celebrada, que en el tiempo que ella vivió todos los copleros de
España hacían cosas sobre ella ...
Y así,
sin descanso, atrayendo incesantemente la atención sobre el lenguaje mismo, sin
permitir nunca que éste sea -a lo Cervantes, a lo Fray Luis, a lo Machado-
transparente vehículo de una realidad ulterior a la que nos dirige, gracias a
su existencia que, sin embargo, parece pretender desaparecer frente a nosotros.
Pero -y esto le distingue de Góngora, de quien, en abstracto, podría decirse lo
mismo- logrando a la vez no que el lenguaje se mantenga como realidad
indestructible superior a la realidad de que parte, sino que ese mismo lenguaje
signifique la destrucción crítica de las apariencias; es decir,
paradójicamente, de sí mismo. Lenguaje expresión, lenguaje en sí y lenguaje
vehículo de la destrucción de sí mismo a través de cuya destrucción, sin
embargo, sobrevive, mientras no sobrevive la realidad criticada cruelmente, sin
compasión ni descanso a fuerza de llevarla hasta lo inverosímil. Difícil será
encontrar un más extraordinario ejemplo de lo que es el Barroco que este libro
y que Quevedo todo: visión del mundo que, en sus mejores momentos, se
caracteriza por captar sin subterfugios, como en un puño tensamente cerrado,
las contradicciones fundamentales de aquella Edad Conflictiva.
Según
hemos indicado, siguen abundando los poetas en esta primera mitad del siglo XVII,
y necesario es, por lo menos, mencionar algunos de los que en su tiempo
tuvieron mayor fama y son, en parte, todavía leídos hoy. Fue tan alta la
calidad lírica de Lope, Góngora y Quevedo, tan arrolladora su capacidad
creadora, que los más de los poetas de su tiempo vienen a ser, en verdad, figuras
complementarias cuya abundancia nos confirma -una vez más en la historia
literaria- que los grandes escritores nunca aparecen en el vacío. Tanto
temática como formalmente poco añaden a la visión del mundo de la época los
Francisco de Medrano (1570-1607), Rodrigo Caro (1573-1623), Francisco de Rioja
(1583-1659) o Juan de Jáuregui (1583-1641), poetas de la que, tal vez, podría aún
considerarse «escuela andaluza»; o los «madrileños» Pedro de Espinosa (1578-1650),
Pedro Soto de Rojas (1584-1658) y Luis Carrillo de Sotomayor (1582-1610), o
incluso Vicente Espinel (1550-1624) o los hermanos Argensola, Lupercio
(1559-1613) y Bartolomé Leonardo (1562-1631). Lo que de ningún modo significa
que no hayan escrito ocasionalmente poemas de tan alta calidad como los de los
tres grandes o que, por ejemplo, nuestra comprensión del Barroco pueda
completarse sin tomar en cuenta la Canción a las ruinas de Itálica, de
Rodrigo Caro. Tiene también su importancia el que Espinel fijara la forma de la
décima (o «espinela»: estrofa de diez versos octosílabos); o recordar que Juan de
Jáuregui fue violento y no del todo torpe enemigo de Góngora (Antídoto contra
la pestilente poesía de las Soledades, Discurso poético), o que, por contrario,
Luis Carrillo de Sotomayor no sólo defendiera el culteranismo, sino que dejara
hermosos sonetos y una Fábula de Acis y Galatea en ese estilo. Aunque quede por
mexicana fuera del ámbito de este libro, tal vez ha de recordarse muy
especialmente a Juana de Asbaje, Sor JUANA INÉS DE LA CRUZ (1648-1695), tardío,
brillante y siempre secreto talento que a más de un recóndito y apasionante Primer
Sueño y algunos de los más extraordinarios sonetos del siglo, afimó constantemente,
en verso y prosa, una severa y lúcida voluntad de independencia intelectual
que, siendo ella mujer de inteligencia y belleza asombrosas, es en nuestras
letras la primera afirmación de un feminismo comparable no a Santa Teresa, que
tan a menudo se vio obligada a denigrar a las mujeres, sino, tal vez, a algunas
de las más libres e inteligentes mujeres cervantinas. Por supuesto que Sor
Juana también tuvo, por fuerza, que doblegarse; pero en su obra la voluntad, el
arte y el ingenio luchan intensamente contra los aspectos más retrógrados de la
visión barroca del mundo. En esa lucha, de alguna manera, el rigor, la
sensibilidad y la inteligencia que sobreviven apuntan ya hacia el futuro…
(continuará)
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