domingo, 27 de septiembre de 2026


[ 867 ]

 

HISTORIA SOCIAL DE LA LITERATURA ESPAÑOLA (XLI)

Blanco Aguinaga,

Julio Rodríguez Puértolas,

Iris M. Zavala.

 

 

 



11.3E.

       IDEÓLOGOS y ARBITRISTAS

 

Siglos áureos que desembocan en la «edad de bronce»: la materia económica transforma el sueño de oro en la realidad de cobre, según hemos indicado en la Nota Introductoria. El alza de precios, la bancarrota del Estado, los préstamos a genoveses, las epidemias, van despedazando aquella unidad del imperio. El gigante corpulento es por dentro de trapos y fajinas; las grandezas son aparentes y el metal no cae del cielo. Todo es vana ilusión y «fantásticas escorias eminentes». Si en 1532 la banca sevillana «abarcaba un mundo», en 1558 el contador Luis Ortiz percibía ya la gran quiebra futura de precios, y en 1600, según hemos visto, el desaliento invade la pluma del vallisoletano Martín González de Cellorigo, preocupado por la España hechizada.

 

 

El edificio arruinado es el punto de arranque de unas sirenas del ancho golfo español satirizadas y caricaturizadas por sus coetáneos, denominadas con desprecio humorístico arbitristas. Dialéctica, oposición que cobra vida: España es rica porque es pobre; sueño-realidad, individuo-sociedad. Los arbitristas, enjauladores de sueños, pero compenetrados con el mundo, dieron voz a los matices y contrastes enterrados en el subsuelo social.

 

 

En 1516, RODRIGO DE LUJÁN envió un memorial al cardenal Cisneros, que al año siguiente caería en desgracia, después de coronar a Carlos V. Este documento, desenterrado hace poco del olvido, aparece hoy como uno de los primeros memoriales arbitristas. Todo hace sospechar que el término arbitrista proviene de arbitrio (expediente financiero y jurídico que se deja al poder arbitrario del rey) y que se empleó por primera vez en este sentido preciso en las Cortes de 1558, acto seguido de la quiebra resonante. Con el tiempo el significado se ensancha y pasa a representar el expediente mismo y el contenido del documento; las cortes reunidas en 1588 dan pleno testimonio de ello. Surgen también personajes -los arbitristas- o individuos que proponen arbitrios y procuran que el rey o sus ministros adopten los remedios. Son consejeros espontáneos e interesados de situaciones a veces apremiantes, de un hic et nunc, ofreciendo medidas de emergencia. Conel tiempo el vocablo adquirió sentido peyorativo: Cervantes es el primero en emplearlo de manera burlesca en el Coloquio de los perros (1613); fija la figura y establece los rasgos caricaturales.

 

 

El nuevo personaje adquiere forma literaria y, a su vez, otros escritores de los siglos «dorados» -Lope, Tirso, Salas Barbadillo, Quevedo, Gracián- añadirán matices y variantes al caricaturizar a estos redactores de memoriales que ofrecían soluciones, a veces irrisorias, a los problemas desatados por la decadencia. Algunos memoriales pintaron un cuadro acabado y completo; otros veían sólo un aspecto, un envés, y aspiraban a remediar los males con un ungüento de Fierabrás o remedio único: canalizar el Ebro, aumentar la población, favorecer la Mesta, nuevas simientes, la rerustica: cada uno por sí solo débil consejo. Otros, en cambio, enlazaban las soluciones viendo el conjunto. Unos alimentaron la literatura caricaturesca; otros hicieron nacer la economía y la sociología. Estos últimos fueron los economistas y financieros preocupados por la salvación material de España, los «economistas primitivos». Tal vez la profusión de remedios impracticables diera pie a que se presentara al arbitrista como facedor de ensueños y quimeras. Nos interesa ahora redimir sus quejas ahogadas por el ridículo y extraer su verdadero registro.

 

 

Tengamos además en cuenta que «arbitrista» y «político» o «repúblico» se mezclan a menudo. Valga establecer que los primeros se ocupan, sobre todo, de las finanzas, y los segundos, de las desventuras políticas generales. A veces ambas vertientes se encuentran y trenzan en un mismo texto y a un mismo tiempo. Los alegatos de los arbitristas son fuentes insustituibles que nos permiten captar en qué medida algunos españoles tuvieron conciencia de los problemas económico-sociales. Los pensadores más lúcidos tuvieron en cuenta la tupida madeja de problemas, y los remedios que proponen son complejos análisis que tocan los puntos esenciales de la decadencia. Los tópicos fundamentales fueron la agricultura, el comercio, el lujo excesivo de los poderosos, la despoblación del campo, la profusión de limosnas de los conventos que amamantaba súbditos parasitarios, la economía dependiente de la exportación en menoscabo de los productos nacionales, el empobrecimiento de España debido al exceso de territorios y, finalmente, las anomalías fiscales y monetarias. Cada arbitrista examinaba los síntomas de la decadencia a partir de su zona geográfica. Los que provenían de las ciudades de gran tráfico se preocuparon por el gran comercio y eran, a su vez, poblacionistas: FRANCISCO MARTÍNEZ DE MATA, por ejemplo; los de ciudades artesanales e industriales eran mercantilistas, SANCHO DE MONEADA, entre otros; y los de zonas rurales a menudo eran agraristas, defensores de la Mesta, tal MIGUEL CAJA DE LERUELA.

 

 

La gran epidemia de arbitrismos corresponde a las fechas siguientes: 1558-1588 y 1598-1605. Entre 1614-1620, en particular de 1617 a 1620, el brote arbitrista se centra en las finanzas y la restauración económica del reino. Este aspecto decae hacia 1640-1650, y lo que preocupa entonces es la reforma monetaria, aunque no falten arbitristas tardíos durante el siglo de las luces. El arbitrismo tiene, a su vez, una especial forma literaria: adopta la forma de puntos, subdivisiones, objeciones, para presentar la idea de la decadencia en su conjunto. A veces la aparente aridez del tema toma el vuelo de la fantasía y la metáfora para seducir y convencer a los lectores. Uno de los intérpretes más representativos es el contador burgalés LUIS ORTIZ, cuyo memorial de 1558 tiene sentido claro de expediente. De 1562 a finales del siglo XVI la subida de precios y la llegada de cantidades masivas de plata impulsan obras de índole monetaria. Hasta finales del siglo XVII los testigos más clarividentes adquieren conciencia del declive económico y reaccionan frente a los mecanismos que determinan el alza de precios y la salida de metales preciosos.

 

 

El hambre y la desocupación producidos por la crisis de precios entre 1550-1562 hacen brotar una de las reflexiones más agudas sobre los problemas económicos y sociales que atravesaba España. El contador Luis Ortiz le envía su Memorial a Felipe II en 1558, preocupado por el desangre financiero surgido a raíz de la Armada Invencible. Con fino olfato, Ortiz relaciona pobreza y riqueza; su alegato es muy distinto de las protestas teológicas en favor de los pobres que cargaban la mano en el humanitarismo y la religiosidad bien entendidas. Ortíz asienta su meditación en hechos concretos: es un cruzado del desarrollo económico, así como del mercantilismo. En su pintura acabada aparece una España pobre -hidalgos, labradores, clérigos, padecen necesidades, sobre todo los labradores, «los más pobres y desventurados»-. Suya es la conocida frase de España «como las Indias del extranjero», precisa intuición de la inestabilidad económica española. Aunque el burgalés no se pregunta el porqué de los descalabros, no le faltó tino y perspicacia al estrechar relaciones entre oro y pobreza. Lo que Ortiz propone, en resumen, es una doctrina de balanza de pagos donde aboga en favor del trabajo y de la circulación de la moneda, posible capital productivo.

 

 

El alza de precios del 98 por 100 entre 1551-1600 incidió muy directamente en el ámbito rural. No sólo Ortíz alude a los pobres labradores e hidalgos lanzados a la aventura; al desmontarse las tierras, unos y otros debieron emigrar a las grandes ciudades. Con razón otro testigo coetáneo, el historiador Florián de Ocampo, recordaba que la expansión fue muy visible en la zona rural, «que todo se rompía en Castilla para labrar». Crepúsculo,oscuro para el labrador aquellas postrimerías del quinientos: las numerosas quiebras, el comercio languideciente debido al declive de las ferias y la frágil economía, sustraen otras lastimeras protestas. No era para menos: empeñado el reino con financieros extranjeros, se canalizó fuera de la Península el dinero proveniente de América y la población sufrió la carga de los intereses de la deuda. La inflación llegó a tales extremos que el Estado se declaró en bancarrota en tres ocasiones: 1557, 1575, 1596. El tema rebasó las fronteras del círculo de financieros, pues otro buen observador no arbitrista, el doctor Laguna, acoge también los registros de la malsonante lira imperial cuando dice en su Viaie de Turquía (c. 1557):

 

Antes no hay mayor vileza en el mundo que la pobreza, y que más viles haga a los hombres.

 

 

Dardo certero. Algo después denuncia la antropofagia con que los poderosos devoran a los pobres trabajadores del campo, al mismo tiempo que culpa a la maldición del oro de este daño, según escribe Pedro de Valencia hacía 1608. Pedro Simón Abril, el humanista traductor de Aristóteles, alude a los caídos en pobreza advirtiendo que son «demasiadamente atrevidos, como gente que no tiene que perder». Los rencores y descontentos populares del XVII se iban haciendo sentir: oro y pobreza se contraponen. Pobreza agrícola, pero también pobreza industrial. Preocupa la economía de mendicidad en los grandes sectores eclesiásticos provocada por la distribución de la limosna y la sopa boba de los conventos. El pobre vivía sin empleo,· ni oficio, ni beneficio, situación que dotaba a la Iglesia de un gran poder económico sobre un sector de la población potencialmente peligroso. No en balde el ilustrado del setecientos luchará contra estos males de la monarquía de Austrias y Habsburgos.

 

Entre 1559 y 1560 se había replanteado otro problema: el descenso demográfico ocasionado por las pestes despoblando ciudades y campos. La picaresca es un hecho real: estudiantes, vagabundos, mendigos, domésticos, hidalguillos, labradores recorren de uno a otro extremo el país. Así, y mientras éste es diezmado por las pestes, grupos sociales enteros son desperdiciados para la productividad. El texto más revelador de este complejo entramado es el memorial del arbitrista MARTÍN GONZÁLEZ DE CELLORIGO: De la política necesaria y útil restauración a la política de España (Valladolid, 1600). Lejos de inventarse quimeras y proponer soluciones frágiles, el vallisoletano presenta en hábil contrapunto todos los males de España: agricultura, economía, moneda, industria, desempleo, población, consumo. El suyo es un cuadro nítido de la decadencia de Castilla en el cual sorprende al lector actual su clara conciencia y la perspicacia con que percibe las contradicciones. Advierte que la falta de una burguesía hace que el reino oscile entre dos polos irreconciliables que desfavorecen el desarrollo:

 

 

A este modo ha venido nuestra república al extremo de ricos y de pobres: sin haber medio que los compase: y a ser los nuestros, o ricos que huelguen, o pobres que demanden: faltando los medianos, que ni por riqueza ni por pobreza dejan de acudir a la justa ocupación que la ley natural los obliga.

 

 

CELLORIGO habla con amargura y no es un observador desinteresado. Le impulsa el deseo de convertir a Valladolid en Corte; pero fueren los que fueren sus motivos, propone una estructuración más justa y eficaz de la propiedad del suelo, basada en la medianía de fortunas, «medio virtuoso». Coincide con otros arbitristas, algunos de los cuales estudiaremos a continuación, que aunque algo posteriores, tal vez conocieran el memorial del vallisoletano; al menos sí sabemos a ciencia cierta que CAJA DE LERUELA estaba familiarizado con él. Pero la nota especial de Cellorigo es su fina percepción para los contrastes; anota que el aumento de precios e impuestos empobrece al reino, y la riqueza monetaria en un país donde llega abundancia de oro y plata, está en el aire, es tesoro de duendes, letra de cambio:

 

 

[El mal] procede de menospreciar las leyes naturales, que nos enseñan a trabajar: y de poner la riqueza en el oro y la plata.

 

 

Justamente esta riqueza flotante es la causa de la desigualdad: «no hay cosa más perniciosa que la excesiva riqueza de unos, y la extrema pobreza de otros». Lo que capta su ojo es el exceso de oro y la falta de él, la riqueza y la pobreza, tesoros y aire, en metáfora poética de sus contemporáneos. Como si fuera poco, en España los que quieren trabajar no pueden y los que pueden no quieren; se aborrece el trabajo porque se pone la honra y la autoridad en huir de él. Todos están afectados de honra «y quieren más su estimación, que cuantos tesoros se les pueden dar». Hilos sutiles estos que podemos enhebrar a la madeja del teatro de estos «siglos dorados». Puntualicemos: Cellorigo rozó todos los problemas y captó con sensibilidad poco frecuente las contradicciones de su época, pero es dudoso que su memorial fuera muy conocido fuera de un estrecho círculo de economistas y hombres de estado.

 

 

Las meditaciones de los arbitristas saltan a la literatura. Los hechos históricos provocaron en el plano ideológico y poético una crítica que rebasó la situación individual para convertirse en problema de estado. El florecimiento del arbitrismo se da precisamente hacia 1618 y sobre todo con Felipe IV, época ya del Barroco. El motivo del oro no es el sólo tópico; los arbitristas elevan sus quejas y mencionan otras preocupaciones. Nos centraremos en tres de los más importantes, de tres zonas geográficas distintas y que plantean los temas esenciales del arbitrismo. Además, sus textos se han reeditado en fecha reciente y están al alcance de todo lector interesado: Sancho de Moneada, Miguel Caja de Leruela y Francisco Martínez de Mata…

 

(continuará)

 

 

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domingo, 20 de septiembre de 2026


[ 866 ]

 

MANUSCRITOS ECONÓMICOS Y FILOSÓFICOS DE 1844

Karl Marx

 

 (…)

 


Karl Marx

 

 

 

[Tercer Manuscrito]

 

CRÍTICA DE LA DIALÉCTICA HEGELIANA Y DE LA FILOSOFÍA DE HEGEL EN GENERAL

 

 

El saber absoluto. Capítulo final de la Fenomenología

        

La cuestión fundamental es que el objeto de la conciencia no es otra cosa que la autoconciencia, o que el objeto no es sino la autoconciencia objetivada, la autoconciencia como objeto (poner al hombre = autoconciencia).

        

Importa, pues, superar el objeto de la conciencia. La objetividad como tal es una relación enajenada del hombre, una relación que no corresponde a la esencia humana, a la autoconciencia. La reapropiación de la esencia objetiva del hombre, generada como extraña bajo la determinación del extrañamiento, no tiene, pues, solamente la significación de suprimir el extrañamiento, sino también la objetividad; es decir, el hombre pasa por ser no objetivo, espiritualista. El movimiento de la superación del objeto de la conciencia lo describe Hegel del siguiente modo:

        

El objeto no se muestra únicamente (esta es, según Hegel, la concepción unilateral —que capta una sola cara— de aquel movimiento) como retornando a sí mismo. El hombre es puesto como igual a sí mismo. Pero el sí mismo no es sino el hombre abstractamente concebido y generado mediante la abstracción. El hombre es mismeidad. Su ojo, su oído, etc., son mismeidad; cada una de sus fuerzas esenciales tiene en él la propiedad de la mismeidad. Pero por eso es completamente falso decir: la autoconciencia tiene ojos, oídos, fuerzas esenciales. La autoconciencia es más bien una cualidad de la naturaleza humana, del ojo humano, etc., no la naturaleza humana de la autoconciencia.

        

 

XXIV  El sí mismo abstraído y fijado para sí es el hombre como egoísta abstracto, el egoísmo en su pura abstracción elevado hasta el pensamiento (volveremos más tarde sobre esto). La esencia humana, el hombre, equivale para Hegel a autoconciencia. Todo extrañamiento de la esencia humana no es nada más que extrañamiento de la autoconciencia. El extrañamiento de la conciencia no es considerado como expresión (expresión que se refleja en el saber y el pensar) del extrañamiento real de la humana esencia. El extrañamiento verdadero, que se manifiesta como real, no es, por el contrario, según su más íntima y escondida esencia (que sólo la Filosofía saca a la luz) otra cosa que el fenómeno del extrañamiento de la esencia humana real, de la autoconciencia. Por eso la ciencia que comprende esto se llama Fenomenología. Toda reapropiación de la esencia objetiva enajenada aparece así como una incorporación en la autoconciencia; el hombre que se apodera de su esencia real no es sino la autoconciencia que se apodera de la esencia objetiva; el retorno del objeto al sí mismo es, por tanto, la reapropiación del objeto. Expresada de forma universal, la superación del objeto de la autoconciencia es:

        

1) Que el objeto en cuanto tal se presenta a la conciencia como evanescente; 2) Que es la enajenación de la autoconciencia la que pone la coseidad; 3) Que esta enajenación no sólo tiene significado positivo, sino también negativo, 4) Que no lo tiene sólo para nosotros o en sí, sino también para ella; 5) Para ella [la autoconciencia] lo negativo del objeto o su autosupresión tiene significado positivo, o lo que es lo mismo, ella conoce esta negatividad del mismo porque ella se enajena así misma, pues en esta enajenación ella se pone como objeto o pone al objeto como si misma en virtud de la inseparable unidad del ser para sí 6) De otra parte, está igualmente presente este otro momento, a saber: que ella [la autoconciencia] ha superado y retomado en sí misma esta enajenación y esta objetividad, es decir, en su ser otro como tal está junto a sí; 7) Este es el movimiento de la conciencia y ésta es, por ella, la totalidad de sus momentos; 8) Ella [la autoconciencia] tiene que comportarse con el objeto según la totalidad de sus determinaciones tiene que haberlo captado, así, según cada una de ellas. Esta totalidad de sus determinaciones lo hace en sí esencia espiritual y para la conciencia se hace esto verdad por la aprehensión de cada una de ellas [las determinaciones] en particular como el al mismo o por el antes mencionado comportamiento espiritual hacia ellas.

        

Ad. 1) El que el objeto como tal se presente ante la conciencia como evanescente es el antes mencionado retorno del objeto al sí mismo.

        

Ad. 2) La enajenación de la autoconciencia pone la coseidad. Puesto que el hombre = autoconciencia, su esencia objetiva enajenada, o la coseidad (lo que para él es objeto, y solo es verdaderamente objeto para él aquello que le es objeto esencial, es decir, aquello que es su esencia objetiva. Ahora bien, puesto que no se hace sujeto al hombre real como tal y, por tanto, tampoco a la naturaleza —el hombre es la naturaleza humana— sino sólo a la abstracción del hombre, a la autoconciencia, la coseidad sólo puede ser la autoconciencia enajenada), equivale a la autoconciencia enajenada y la coseidad es puesta por esta enajenación. Es completamente natural que un ser vivo, natural, dotado y provisto de fuerzas esenciales objetivas, es decir, materiales, tenga objetos reales, naturales, de su ser, así como que su autoenajenación sea el establecimiento de un mundo real, objetivo, pero bajo la forma de la exterioridad, es decir, no perteneciente a su ser y dominándolo. No hay nada inconcebible o misterioso en ello. Más bien seria misterioso lo contrario. Pero igualmente claro es que una autoconciencia, es decir, su enajenación, sólo puede poner la coseidad, es decir, una cosa abstracta, una cosa de la abstracción y no una cosa real.

        

XXVI  Es además también claro que la coseidad, por tanto, no es nada independiente, esencial, frente a la autoconciencia, sino una simple creación, algo puesto por ella, y lo puesto, en lugar de afirmarse a sí mismo, es sólo una afirmación del acto de poner, que por un momento fija su energía como el producto y, en apariencia —pero sólo por un momento— le asigna un ser independiente, real.

        

 

Cuando el hombre real, corpóreo, en pie sobre la tierra firme y aspirando y exhalando todas las fuerzas naturales, pone sus fuerzas esenciales reales y objetivas como objetos extraños mediante su enajenación, el acto de poner no es el sujeto; es la subjetividad de fuerzas esenciales objetivas cuya acción, por ello, ha de ser también objetiva. El ser objetivo actúa objetivamente y no actuaría objetivamente si lo objetivo no estuviese implícito en su determinación esencial. Sólo crea, sólo pone objetos porque él [el ser objetivo] está puesto por objetos, porque es de por sí naturaleza. En el acto del poner no cae, pues, de su «actividad pura» en una creación del objeto, sino que su producto objetivo confirma simplemente su objetiva actividad, su actividad como actividad de un ser natural y objetivo. Vemos aquí cómo el naturalismo realizado, o humanismo, se distingue tanto del idealismo como del materialismo y es, al mismo tiempo, la verdad unificadora de ambos. Vemos, también, cómo sólo el naturalismo es capaz de comprender el acto de la historia universal.

        

 

El hombre es inmediatamente ser natural. Como ser natural, y como ser natural vivo, está, de una parte dotado de fuerzas naturales, de fuerzas vitales, es un ser natural activo; estas fuerzas existen en él como talentos y capacidades, como impulsos; de otra parte, como ser natural, corpóreo, sensible, objetivo es, como el animal y la planta, un ser paciente, condicionado y limitado; esto es, los objetos de sus impulsos existen fuera de él en cuanto objetos independientes de él, pero estos objetos los son objetos de su necesidad, indispensables y esenciales para el ejercicio y afirmación de sus fuerzas esenciales. El que el hombre sea un ser corpóreo con fuerzas naturales, vivo, real, sensible, objetivo, significa que tiene como objeto de su ser, de su exteriorización vital objetos reales, sensibles, o que sólo en objetos reales sensibles, puede exteriorizar su vida. Ser objetivo natural sensible, es lo mismo que tener fuera de sí objeto, naturaleza, sentido, o que ser para un tercero objeto; naturaleza, sentido. El hambre es una necesidad natural; necesita, pues, una naturaleza fuera de sí, un objeto fuera de sí, para satisfacerse, para calmarse. El hambre es la necesidad objetiva que un cuerpo tiene de un objeto que está fuera de él y es indispensable para su integración y exteriorización esencial. El sol es el objeto de la planta, un objeto indispensable para ella, confirmador de su vida, así como la planta es objeto del sol, como exteriorización de la fuerza vivificadora del sol, de la fuerza esencial objetiva del sol. Un ser que no tiene su naturaleza fuera de sí no es un ser natural, no participa del ser de la naturaleza. Un ser que no tiene ningún objeto fuera de si no es un ser objetivo. Un ser que no es, a su vez, objeto para un tercer ser no tiene ningún ser como objeto suyo, es decir, no se comporta objetivamente, su ser no es objetivo.

        

XXVII Un ser no objetivo es un no ser, un absurdo. Suponed un ser que ni es él mismo objeto ni tiene un objeto. Tal ser seria, en primer lugar, el único ser, no existiría ningún ser fuera de él, existiría único y solo. Pues tan pronto hay objetos fuera de mí, tan pronto no estoy solo, soy un otro, otra realidad que el objeto fuera de mí. Para este tercer objeto yo soy, pues, otra realidad que él, es decir, soy su objeto. Un ser que no es objeto de otro ser supone, pues, que no existe ningún ser objetivo. Tan pronto como yo tengo un objeto, este objeto me tiene a mí como objeto. Pero un ser no objetivo es un ser irracional, no sensible, sólo pensado, es decir, solo imaginado, un ente de abstracción. Ser sensible, es decir, ser real, es ser objeto de los sentidos, ser objeto sensible, en consecuencia, tener objetos sensibles fuera de sí, tener objetos de su sensibilidad. Ser sensible es ser paciente. El hombre como ser objetivo sensible es por eso un ser paciente, y por ser un ser que siente su pasión un ser apasionado. La pasión es la fuerza esencial del hombre que tiende enérgicamente hacia su objeto.

 

El hombre, sin embargo, no es sólo ser natural, sino ser natural humano, es decir, un ser que es para sí, que por ello es ser genérico, que en cuanto tal tiene que afirmarse: y confirmarse tanto en su ser como en su saber. Ni los objetos humanos son, pues, los objetos naturales tal como se ofrecen inmediatamente, ni el sentido humano, tal como inmediatamente es, tal como es objetivamente, es sensibilidad humana, objetividad humana. Ni objetiva ni subjetivamente existe la naturaleza inmediatamente ante el ser humano en forma adecuada; y como todo lo natural tiene que nacer, también el hombre tiene su acto de nacimiento, la historia, que, sin embargo, es para él una historia sabida y que, por tanto, como acto de nacimiento con conciencia, es acto de nacimiento que se supera a sí mismo. La historia es la verdadera Historia Natural del hombre (a esto hay que volver).

        

En tercer lugar, por ser este mismo acto de poner la coseidad sólo una apariencia, un acto que contradice la esencia de la pura actividad, ha de ser a su vez superado y negada la coseidad.

        

Ad. 3, 4, 5, 6: 3º) Esta enajenación de la conciencia no tiene solamente significado negativo, sino también positivo y, 4º, este significado positivo no sólo para nosotros o en sí, sino para ella, para la conciencia misma. 5) Para ella lo negativo del objeto o la autosuperación de éste tiene un significado positivo o, en otros términos, ella conoce esta negatividad del mismo porque ella se enajena a sí misma, pues en esta enajenación ella se conoce como objeto o conoce al objeto, merced a la inseparable unidad del ser —para— sí, como sí misma. 6) De otra parte, está aquí implícito simultáneamente el otro momento: que ella, igualmente, ha superado y retomado en si esta enajenación y objetividad, y que así en su ser otro como tal está junto a sí.

        

 

Hemos ya visto que la apropiación del ser objetivo enajenado o la superación de la objetividad bajo la determinación de la enajenación (que ha de progresar desde la extrañeza indiferente hasta el real extrañamiento hostil) tiene para Hegel igualmente, o incluso principalmente, el significado de superar la objetividad, porque en el extrañamiento lo chocante para la autoconciencia no es el carácter determinado del objeto, sino su carácter objetivo. El objeto es por eso un negativo, algo que se supera a sí mismo, una negatividad. Esta negatividad del mismo no tiene para la conciencia un significado negativo sino positivo, pues esa negatividad del objeto es precisamente la autoconfirmación de la no-objetividad, de la abstracción de él mismo…

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: Karl MARX. “Manuscritos económicos y filosóficos de 1844”]

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domingo, 13 de septiembre de 2026

 


[ 865 ]

 

CARLOS MARX / FEDERICO ENGELS

CORRESPONDENCIA

 

 

 

67.  DE MARX A ENGELS

Londres, 6 de julio de 1863.

 

 

 


...Si te es posible con este calor, mira con algún cuidado el  Tableau Economique  adjunto, con la que remplazo la  Tabla de Quesnay, y comunícame todas tus objeciones. Abarca todo el proceso de la producción.

 

Tú sabes que, de acuerdo con A. Smith, el  precio “natural”  o  “necesario"  está compuesto de salarios, beneficio (interés) y renta, reduciéndose así enteramente a los ingresos. Este disparate fue adoptado por Ricardo, si bien éste excluye del catálogo a la renta, como meramente accidental. Casi todos los economistas han aceptado esto de Smith, y quienes lo combaten caen en alguna otra imbecilidad.

 

El propio Smith tiene conciencia del absurdo que significa reducir el  prcducto total para la sociedad  meramente al ingreso (que puede consumirse anualmente), en tanto que en  cada rama separada de la producción resuelve el precio en  capital (materias primas, maquinaria, etc.) e  ingresos (salarios, beneficio, renta). De acuerdo con esto, la sociedad tendría que comenzar de nuevo, sin capital, todos los años.

 

En cuanto a mi tabla, que figurará como  resumen en uno de los últimos capítulos de mi libro, es preciso comprender lo siguiente:

1)  Las cifras son indiferentes, representan millones.

2)  En  medios de subsistencia hay que incluir  todo lo que anualmente va al  fondo de consumo (o que podría ir al fondo de consumo sin acumulación,  estando ésta  excluida de la tabla).

En la categoría I (medios de subsistencia), la producción total (700) consiste de medios de subsistencia que por su naturaleza no entran en el capital constante (materia prima, maquinaria, edificios, etc.). Análogamente, - en la categoría II, la  producción total consiste de las mercancías que constituyen el  capital constante,  esto es, que entran nuevamente en el proceso de reproducción como materia prima y maquinaria.

3)  Las líneas  ascendentes son  punteadas,  las  descendentes son llenas.

4) El  capital constante es esa parte del capital que consiste de materia prima y maquinaria. El  capital variable,  esa parte que se cambia por trabajo.

5)  En agricultura, por ejemplo, una parte del mismo producto (por ejemplo, el trigo) constituye medio de subsistencia, otra parte (por ejemplo, el trigo) entra en su forma natural (por ejemplo, como semilla) en la reproducción, nuevamente como materia prima. Pero esto no influye, porque tales ramas de la producción figuran en una de sus cualidades en la categoría II, y en la otra en la categoría I.

6)  Lo característico de todo el asunto es, por consiguiente esto:

 

CATEGORÍA I. MEDIOS DE SUBSISTENCIA

 

Los materiales de trabajo y la maquinaria importan, digamos, 400  libras (es decir, esa porción de  aquellos que se incluyen en la producción anual como  depreciación;  la parte de la maquinaria, etc., que no se gasta  no aparece en la tabla de ninguna manera). El capital variable cambiado por trabajo = 100 y se reproduce como 300, de los cuales 100 remplazan a los salarios en el producto y 200 representan la plusvalía  (trabajo excedente no pagado).  El producto = 700, de los cuales 400 representan el valor del capital constante cuyo conjunto ha intervenido, empero, en el producto, y en consecuencia debe ser remplazado.

 

En esta relación entre el capital variable y la plusvalía se supone que el obrero trabaja una tercera parte de la jornada para sí y dos terceras partes para sus superiores naturales. 100 (capital variable) se gasta, pues, en dinero en concepto de salarios, según se indica con la línea punteada; con estos 100 (representado por la línea descendente) el obrero compra el  producto de esta clase, es decir, medios de subsistencia por valor de 100. De modo que el dinero fluye nuevamente de retorno a la clase capitalista.

La plusvalía 200 en su forma general = beneficio, el que, sin embargo. se divide en  beneficio industrial (incluido el  comercial),  en  interés,  que el capitalista paga en dinero, y en renta, que también paga en dinero. El dinero así empleado en beneficio industrial, interés y renta, retorna nuevamente (representado por las líneas descendentes) porque se gasta en el producto de la categoría I. De manera que todo el dinero desembolsado por el capitalista industrial dentro de la categoría I vuelve nuevamente hacia él, en tanto que de los 700 del producto, 300 son consumidos por los obreros, empleados, prestamistas y terratenientes. En la categoría I queda una  plusvalía de 400 del producto (en medios de subsistencia) y un déficit de 400 en el capital constante.

 

 

CATEGORÍA II. MAQUINARIAS Y MATERIA PRIMA

 

Como el producto total de esta categoría (no únicamente esa parte de productos que remplaza al capital constante, sino también la que representa el equivalente de los salarios y de la plusvalía) consiste de materias primas y maquinaria,  el rédito de esta categoría no puede realizarse en su propio producto, sino únicamente en el producto de la categoría I. Pero dejando de lado la acumulación, como lo hacemos aquí, la categoría I sólo puede comprar de la categoría II la cantidad necesaria para remplazar su capital constante, mientras que la categoría II sólo puede gastar la parte de su producto que representa los salarios y la plusvalía (rédito) en el producto de la categoría I. Los obreros de la categoría II gastan, pues, su dinero = 133 1/3 en el producto de la categoría I. Lo mismo ocurre con la plusvalía de la categoría II, la que, como la de la I, se divide en beneficio industrial, interés y renta. Así, pues, 400 en dinero retorna de la categoría II a los capitalistas e industriales de la categoría I, quienes a cambio envían el resto de su producto = 400 a la anterior.

 

 

Con estos 400 en dinero, la categoría I compra los 400 necesarios para remplazar su capital constante de la categoría II, a la cual retorna así nuevamente el dinero gastado en salarios y consumo (por los propios capitalistas industriales, los prestamistas y terratenientes). A la categoría II le queda, pues, 533 1/3 de su producto total, con el cual remplaza su propio capital constante gastado.

 

El movimiento, en parte dentro de la categoría I y en parte entre las categorías I y II, muestra al mismo tiempo cómo el dinero con que pagan nuevos salarios, intereses y renta del suelo, fluye de retorno a les respectivos capitalistas industriales de ambas categorías.

 

 

LA CATEGORÍA III representa el conjunto del proceso de reproducción. El producto total de la categoría II aparece aquí como el capital constante del conjunto de la sociedad, y el producto total de la categoría I, como esa parte del producto que remplaza al capital variable (el fondo de salarios) y a los réditos de las clases que se reparten la plusvalía...

 

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[ QUESNAY, François (1694-1774). Médico y economista francés, fundador de la teoría fisiocrática que

 

“trasfirió la investigación del origen de la plusvalía, de la esfera de la circulación, a la propia esfera de la producción inmediata, con lo cual echó las bases del análisis de la producción capitalista” (Marx).

 

Según los fisiócratas, la renta del suelo era la única forma de la plusvalía, y el trabajo agrícola era por consiguiente el único trabajo productivo. Pero, esta

 

“aparente glorificación de la propiedad territorial se trasforma en su negación económica y en la confirmación de la producción capitalista” (Marx),

 

puesto que los fisiócratas querían echar todo el peso de los impuestos sobre la renta del suelo, exigían que la industria fuese liberada de la tutela del Estado y predicaban la libre competencia. Debemos agradecer especialmente a la doctrina fisiocrática por el famoso Cuadro económico (Tablea économique) de Quesnay, en que representaba el proceso de la reproducción del capital social en su conjunto. Este cuadro,

 

“en el primer tercio del siglo XVIII cuando la economía política estaba en su infancia... fue incontestablemente la idea más brillante de que ha sido culpable hasta ahora la economía política”

(Marx, ver  Theorien iiber den Mehrwert,  Bd. I). ]

 

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