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CONTRAHISTORIA DEL LIBERALISMO
Domenico Losurdo
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capítulo sexto
LA LUCHA POR EL RECONOCIMIENTO DE LOS INSTRUMENTOS DE TRABAJO EN LA METRÓPOLI Y LAS REACCIONES DE LA COMUNIDAD DE LOS LIBRES
Nietzsche: el genial pensador reaccionario
DERECHOS ECONÓMICOS Y SOCIALES, «HORMIGUERO» SOCIALISTA E «INDIVIDUALISMO» LIBERAL
Llegados a este punto conviene analizar más ampliamente la profesión de fe individualista de los liberales del siglo XIX. Sobre todo después del 48, bajo el influjo de la lucha contra la masificación reprochada al socialismo, estos parecen considerar el individualismo como una realidad pre-moderna, desgraciadamente desaparecida en el curso de los posteriores desarrollos históricos. Según Mill «en la historia antigua, en la Edad Media, y también, aunque en menor grado, durante la larga transición del feudalismo a los tiempos modernos, el individuo era un poder por sí solo»; no se disolvía en la «multitud» y en las «masas». También Tocqueville rinde homenaje al «individualismo del Medioevo». Decididamente, él no toma en consideración la suerte de los siervos de la gleba, así como no tiene en cuenta la suerte de los esclavos y de los negros en general cuando señala a los Estados Unidos como el país en que «cada individuo» disfruta de una «independencia» sin precedentes. Cuando más tarde afirma que en la Argelia colonizada «el papel del individuo es por todas partes mayor que en la madre patria», Tocqueville ignora a los árabes, quienes, según reconoce él mismo, son a menudo comparados con «bestias maléficas» por las tropas de ocupación.
Se puede observar así el carácter bastante problemático del pathos del individuo, que es la bandera agitada por el liberalismo empeñado en enfrentarse al radicalismo y el socialismo. ¿Quién es más individualista, Toussaint Louverture, el gran protagonista de la revolución de los esclavos, o Calhoun, el gran teórico estadounidense del Sur esclavista? Quien da prueba de respeto por la dignidad del individuo en cuanto tal es el jacobino negro que, tomando en serio la Declaración de los derechos del hombre, considera en cualquier caso inadmisible la reducción de un hombre a objeto de «propiedad» de un «semejante suyo»; ¿o bien es Jefferson, quien acalla sus dudas sobre la esclavitud a partir de la convicción de la superioridad de los blancos y de la preocupación por no poner en peligro la paz y la estabilidad del Sur de la Unión? ¿Quién expresa mejor el individualismo, Mill y sus seguidores en tierra inglesa o francesa, que consideran beneficiosos y necesarios el sometimiento y hasta la esclavitud (aunque sea temporal) de los pueblos coloniales, o aquellos radicales franceses que comienzan a poner en discusión el despotismo colonial en cuanto tal («Que perezcan las colonias si estas tuvieran que costar el honor, la libertad»)?
Las dudas no desaparecen si incluso hubiera que ignorar las colonias y los pueblos de origen colonial. En la tradición liberal (por ejemplo, en Laboulaye) está muy presente la polémica contra el fanatismo de los revolucionarios franceses, que consideran el acceso al sufragio y a los cargos representativos como «derecho natural, absoluto» de todo individuo, más que una «función política de la sociedad»: y bien, ¿cuál de las dos posiciones expresa mejor el individualismo? Por otra parte, si la generalización de los derechos políticos pone en peligro la «independencia individual», como parece considerar Constant, ¿por qué dirigir tal reproche solo al radicalismo francés y no también a la revolución norteamericana (que estalla bajo el influjo de la reivindicación del derecho a la representación política por parte de los colonos)?
Mirándolo bien, los gritos de alarma contra el peligro de que desaparezca la individualidad y contra el inminente «hormiguero» expresan el disgusto de la restringida comunidad de los libres primero, por la extensión de los derechos políticos y después, en creciente medida, por la reivindicación de los derechos económicos y sociales. Y, sin embargo, es el propio Tocqueville quien compara al hambriento con un esclavo, es decir, con un hombre o un individuo privado de libertad y de reconocimiento. Mucho más lúcido y mucho más consecuente respecto a la tradición liberal se revela Nietzsche. Aunque animado por un odio implacable contra el socialismo y el Estado social reivindicado por este, y más bien animado, precisamente, por ese odio, el genial pensador reaccionario comprende que, con su «agitación individualista», el socialismo tiene como objetivo «hacer posible muchos individuos», liberándolos de la condición de instrumentos de trabajo y de su relación gregaria con respecto al patrono. Con su carga universalista, el socialismo desemboca en el reconocimiento de cada individuo —independientemente del censo, del sexo o de la raza— como sujeto poseedor, en el plano moral, de igual dignidad humana y, en el plano político, como titular de derechos inalienables. Por esto Nietzsche condena con indignación el individualismo y el socialismo. Aunque con un juicio de valor diferente y opuesto, también Oscar Wilde conectó ambos términos: «el individualismo es lo que queremos alcanzar a través del socialismo».
Por otra parte, como confirmación del carácter ambiguo del individualismo de la tradición liberal, conviene señalar que esta, al criticar la revolución francesa y el peligro de subversión que representa el movimiento obrero y socialista, gusta de contraponer positivamente el campo a la ciudad. Esto lo comprende bien un teórico de la partnership organicista como Burke quien, con plena coherencia, pondera la «clase agrícola, la menos propensa de todas a la sedición». Con la mirada siempre dirigida a la revolución francesa y al papel desempeñado en ella por París, Constant subraya el peligro de los «artesanos amontonados en la ciudad». Pero el motivo de la desconfianza o de la hostilidad hacia la ciudad, que sin embargo es el lugar privilegiado para el desarrollo del individuo, atraviesa en profundidad la tradición liberal. A los ojos de Mandeville, «Londres es una ciudad demasiado grande para la nación» y es precisamente aquí donde se manifiestan preocupantes fenómenos de insubordinación social. Mucho más tranquilas son las áreas rurales, donde, «hasta la primera infancia», es posible fiarse de los «pobres labriegos tontos», que, sin embargo, brillan por su «inocencia y honestidad» y que «hasta la primera infancia» pueden ser educados en el sentido de la obediencia a la autoridad y del respeto a las costumbres y a la tradición.
Se puede advertir una cierta nostalgia por este mundo también en Tocqueville, cuando, en 1834, describe la condición del pobre en el Antiguo Régimen: caracterizada por deseos «limitados» y por una tranquila indiferencia con respecto a «un futuro que no le pertenecía», su suerte «era menos de compadecer que la de hombres del pueblo de nuestros días»; habituados desde siempre a su condición, los pobres del Antiguo Régimen «gozaban de aquella suerte de felicidad meramente orgánica, de la que al hombre civilizado le resulta más difícil comprender su encanto que negar su existencia».
Al reanudarse de la revolución en Francia, Tocqueville aconseja apoyarse en los «habitantes del campo [que] están llenos de buen sentido y, hasta este momento, de firmeza» frente a aquellos que tratan de «instigar a la población obrera de las ciudades». El primero en tomar en cuenta esta recomendación es el propio Tocqueville, quien describe así de qué modo él organiza las elecciones en su pueblo natal:
«Debíamos ir a votar todos juntos al burgo de Saint-Pierre, a una legua de distancia de nuestra villa. La mañana de las elecciones todos los electores (es decir, toda la población masculina mayor de veinte años), se reunió delante de la iglesia y todos aquellos hombres se pusieron en fila de dos en dos, según el orden alfabético […] Le recordé a aquella brava gente la gravedad y la importancia del acto que estaban por llevar a cabo, les recomendé no dejaran acercarse ni se dejaran desviar por aquellos que, a nuestra llegada a la villa habrían podido tratar de engañarlos; sino que debían proceder agrupados, y permanecer juntos, cada uno en su sitio, hasta que hubieran votado. “Que nadie —dije— entre en las casas ni para tomar alimento ni para secarse (llovía aquel día) antes de haber cumplido con su deber”. Gritaron que lo harían así y así lo hicieron. Todos los votos fueron depositados al mismo tiempo, y tengo motivos para creer que casi todos votaron al mismo candidato».
Difícilmente puede ser considerada como manifestación de individualismo la historia narrada aquí por el liberal francés, beneficiario del voto plebiscitario dado por la villa de la cual continúa siendo el señor. Así como se revela inconsistente la dicotomía amor inglés por la libertad/igualitarismo francés, del mismo modo tampoco resiste el análisis crítico la contraposición entre individualismo de tradición liberal (que halla su lugar de elección en Inglaterra) y anti-individualismo del radicalismo (que tiene su centro en Francia). A los revolucionarios franceses —que con su Declaración de los derechos pretenden solo «suscitar y alimentar un espíritu de resistencia a todas las leyes, un espíritu de insurrección contra todo poder político»— Bentham contrapone su principio de la utilidad social: «No hay derecho que no deba ser abrogado cuando su abrogación sea ventajosa para la sociedad». Es la visión condenada por Marx, quien informa con indignación sobre las motivaciones con las que el primer ministro Palmerston justifica su desconfianza u hostilidad con respecto a las reivindicaciones de la emancipación propuesta por los católicos irlandeses: «El cuerpo legislativo de un país tiene el derecho de imponer a cualquier sector de la colectividad las limitaciones políticas que considere necesarias para la seguridad y el bienestar de la totalidad»…
(continuará)
[ Fragmento: Domenico Losurdo. “Contrahistoria del liberalismo” ]
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