lunes, 5 de octubre de 2026


[ 869 ]

 

 

CONTRAHISTORIA DEL LIBERALISMO

Domenico Losurdo

 

 (…)

 

 

 

capítulo sexto

 

LA LUCHA POR EL RECONOCIMIENTO DE LOS INSTRUMENTOS DE TRABAJO EN LA METRÓPOLI Y LAS REACCIONES DE LA COMUNIDAD DE LOS LIBRES

 



Nietzsche: el genial pensador reaccionario

 

 

 

 DERECHOS ECONÓMICOS Y SOCIALES, «HORMIGUERO» SOCIALISTA E «INDIVIDUALISMO» LIBERAL

 

  Llegados a este punto conviene analizar más ampliamente la profesión de fe individualista de los liberales del siglo XIX. Sobre todo después del 48, bajo el influjo de la lucha contra la masificación reprochada al socialismo, estos parecen considerar el individualismo como una realidad pre-moderna, desgraciadamente desaparecida en el curso de los posteriores desarrollos históricos. Según Mill «en la historia antigua, en la Edad Media, y también, aunque en menor grado, durante la larga transición del feudalismo a los tiempos modernos, el individuo era un poder por sí solo»; no se disolvía en la «multitud» y en las «masas». También Tocqueville rinde homenaje al «individualismo del Medioevo». Decididamente, él no toma en consideración la suerte de los siervos de la gleba, así como no tiene en cuenta la suerte de los esclavos y de los negros en general cuando señala a los Estados Unidos como el país en que «cada individuo» disfruta de una «independencia» sin precedentes. Cuando más tarde afirma que en la Argelia colonizada «el papel del individuo es por todas partes mayor que en la madre patria», Tocqueville ignora a los árabes, quienes, según reconoce él mismo, son a menudo comparados con «bestias maléficas» por las tropas de ocupación.

 

  Se puede observar así el carácter bastante problemático del pathos del individuo, que es la bandera agitada por el liberalismo empeñado en enfrentarse al radicalismo y el socialismo. ¿Quién es más individualista, Toussaint Louverture, el gran protagonista de la revolución de los esclavos, o Calhoun, el gran teórico estadounidense del Sur esclavista? Quien da prueba de respeto por la dignidad del individuo en cuanto tal es el jacobino negro que, tomando en serio la Declaración de los derechos del hombre, considera en cualquier caso inadmisible la reducción de un hombre a objeto de «propiedad» de un «semejante suyo»; ¿o bien es Jefferson, quien acalla sus dudas sobre la esclavitud a partir de la convicción de la superioridad de los blancos y de la preocupación por no poner en peligro la paz y la estabilidad del Sur de la Unión? ¿Quién expresa mejor el individualismo, Mill y sus seguidores en tierra inglesa o francesa, que consideran beneficiosos y necesarios el sometimiento y hasta la esclavitud (aunque sea temporal) de los pueblos coloniales, o aquellos radicales franceses que comienzan a poner en discusión el despotismo colonial en cuanto tal («Que perezcan las colonias si estas tuvieran que costar el honor, la libertad»)?

 

  Las dudas no desaparecen si incluso hubiera que ignorar las colonias y los pueblos de origen colonial. En la tradición liberal (por ejemplo, en Laboulaye) está muy presente la polémica contra el fanatismo de los revolucionarios franceses, que consideran el acceso al sufragio y a los cargos representativos como «derecho natural, absoluto» de todo individuo, más que una «función política de la sociedad»: y bien, ¿cuál de las dos posiciones expresa mejor el individualismo? Por otra parte, si la generalización de los derechos políticos pone en peligro la «independencia individual», como parece considerar Constant, ¿por qué dirigir tal reproche solo al radicalismo francés y no también a la revolución norteamericana (que estalla bajo el influjo de la reivindicación del derecho a la representación política por parte de los colonos)?

 

 

Mirándolo bien, los gritos de alarma contra el peligro de que desaparezca la individualidad y contra el inminente «hormiguero» expresan el disgusto de la restringida comunidad de los libres primero, por la extensión de los derechos políticos y después, en creciente medida, por la reivindicación de los derechos económicos y sociales. Y, sin embargo, es el propio Tocqueville quien compara al hambriento con un esclavo, es decir, con un hombre o un individuo privado de libertad y de reconocimiento. Mucho más lúcido y mucho más consecuente respecto a la tradición liberal se revela Nietzsche. Aunque animado por un odio implacable contra el socialismo y el Estado social reivindicado por este, y más bien animado, precisamente, por ese odio, el genial pensador reaccionario comprende que, con su «agitación individualista», el socialismo tiene como objetivo «hacer posible muchos individuos», liberándolos de la condición de instrumentos de trabajo y de su relación gregaria con respecto al patrono. Con su carga universalista, el socialismo desemboca en el reconocimiento de cada individuo —independientemente del censo, del sexo o de la raza— como sujeto poseedor, en el plano moral, de igual dignidad humana y, en el plano político, como titular de derechos inalienables. Por esto Nietzsche condena con indignación el individualismo y el socialismo. Aunque con un juicio de valor diferente y opuesto, también Oscar Wilde conectó ambos términos: «el individualismo es lo que queremos alcanzar a través del socialismo».

 

  Por otra parte, como confirmación del carácter ambiguo del individualismo de la tradición liberal, conviene señalar que esta, al criticar la revolución francesa y el peligro de subversión que representa el movimiento obrero y socialista, gusta de contraponer positivamente el campo a la ciudad. Esto lo comprende bien un teórico de la partnership organicista como Burke quien, con plena coherencia, pondera la «clase agrícola, la menos propensa de todas a la sedición». Con la mirada siempre dirigida a la revolución francesa y al papel desempeñado en ella por París, Constant subraya el peligro de los «artesanos amontonados en la ciudad». Pero el motivo de la desconfianza o de la hostilidad hacia la ciudad, que sin embargo es el lugar privilegiado para el desarrollo del individuo, atraviesa en profundidad la tradición liberal. A los ojos de Mandeville, «Londres es una ciudad demasiado grande para la nación» y es precisamente aquí donde se manifiestan preocupantes fenómenos de insubordinación social. Mucho más tranquilas son las áreas rurales, donde, «hasta la primera infancia», es posible fiarse de los «pobres labriegos tontos», que, sin embargo, brillan por su «inocencia y honestidad» y que «hasta la primera infancia» pueden ser educados en el sentido de la obediencia a la autoridad y del respeto a las costumbres y a la tradición.

 

  Se puede advertir una cierta nostalgia por este mundo también en Tocqueville, cuando, en 1834, describe la condición del pobre en el Antiguo Régimen: caracterizada por deseos «limitados» y por una tranquila indiferencia con respecto a «un futuro que no le pertenecía», su suerte «era menos de compadecer que la de hombres del pueblo de nuestros días»; habituados desde siempre a su condición, los pobres del Antiguo Régimen «gozaban de aquella suerte de felicidad meramente orgánica, de la que al hombre civilizado le resulta más difícil comprender su encanto que negar su existencia».

 

 

Al reanudarse de la revolución en Francia, Tocqueville aconseja apoyarse en los «habitantes del campo [que] están llenos de buen sentido y, hasta este momento, de firmeza» frente a aquellos que tratan de «instigar a la población obrera de las ciudades». El primero en tomar en cuenta esta recomendación es el propio Tocqueville, quien describe así de qué modo él organiza las elecciones en su pueblo natal:

 

 

    «Debíamos ir a votar todos juntos al burgo de Saint-Pierre, a una legua de distancia de nuestra villa. La mañana de las elecciones todos los electores (es decir, toda la población masculina mayor de veinte años), se reunió delante de la iglesia y todos aquellos hombres se pusieron en fila de dos en dos, según el orden alfabético […] Le recordé a aquella brava gente la gravedad y la importancia del acto que estaban por llevar a cabo, les recomendé no dejaran acercarse ni se dejaran desviar por aquellos que, a nuestra llegada a la villa habrían podido tratar de engañarlos; sino que debían proceder agrupados, y permanecer juntos, cada uno en su sitio, hasta que hubieran votado. “Que nadie —dije— entre en las casas ni para tomar alimento ni para secarse (llovía aquel día) antes de haber cumplido con su deber”. Gritaron que lo harían así y así lo hicieron. Todos los votos fueron depositados al mismo tiempo, y tengo motivos para creer que casi todos votaron al mismo candidato».

 

 

  Difícilmente puede ser considerada como manifestación de individualismo la historia narrada aquí por el liberal francés, beneficiario del voto plebiscitario dado por la villa de la cual continúa siendo el señor. Así como se revela inconsistente la dicotomía amor inglés por la libertad/igualitarismo francés, del mismo modo tampoco resiste el análisis crítico la contraposición entre individualismo de tradición liberal (que halla su lugar de elección en Inglaterra) y anti-individualismo del radicalismo (que tiene su centro en Francia). A los revolucionarios franceses —que con su Declaración de los derechos pretenden solo «suscitar y alimentar un espíritu de resistencia a todas las leyes, un espíritu de insurrección contra todo poder político»— Bentham contrapone su principio de la utilidad social: «No hay derecho que no deba ser abrogado cuando su abrogación sea ventajosa para la sociedad». Es la visión condenada por Marx, quien informa con indignación sobre las motivaciones con las que el primer ministro Palmerston justifica su desconfianza u hostilidad con respecto a las reivindicaciones de la emancipación propuesta por los católicos irlandeses: «El cuerpo legislativo de un país tiene el derecho de imponer a cualquier sector de la colectividad las limitaciones políticas que considere necesarias para la seguridad y el bienestar de la totalidad»…

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento: Domenico Losurdo. “Contrahistoria del liberalismo” ]

 

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jueves, 1 de octubre de 2026

 


[ 868 ]

 

Néstor Kohan, "Imperialismo cultural y lucha de clases"

 


 


https://www.youtube.com/watch?v=GgUs8rFbEY0

 

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domingo, 27 de septiembre de 2026


[ 867 ]

 

HISTORIA SOCIAL DE LA LITERATURA ESPAÑOLA (XLI)

Blanco Aguinaga,

Julio Rodríguez Puértolas,

Iris M. Zavala.

 

 

 



11.3E.

       IDEÓLOGOS y ARBITRISTAS

 

Siglos áureos que desembocan en la «edad de bronce»: la materia económica transforma el sueño de oro en la realidad de cobre, según hemos indicado en la Nota Introductoria. El alza de precios, la bancarrota del Estado, los préstamos a genoveses, las epidemias, van despedazando aquella unidad del imperio. El gigante corpulento es por dentro de trapos y fajinas; las grandezas son aparentes y el metal no cae del cielo. Todo es vana ilusión y «fantásticas escorias eminentes». Si en 1532 la banca sevillana «abarcaba un mundo», en 1558 el contador Luis Ortiz percibía ya la gran quiebra futura de precios, y en 1600, según hemos visto, el desaliento invade la pluma del vallisoletano Martín González de Cellorigo, preocupado por la España hechizada.

 

 

El edificio arruinado es el punto de arranque de unas sirenas del ancho golfo español satirizadas y caricaturizadas por sus coetáneos, denominadas con desprecio humorístico arbitristas. Dialéctica, oposición que cobra vida: España es rica porque es pobre; sueño-realidad, individuo-sociedad. Los arbitristas, enjauladores de sueños, pero compenetrados con el mundo, dieron voz a los matices y contrastes enterrados en el subsuelo social.

 

 

En 1516, RODRIGO DE LUJÁN envió un memorial al cardenal Cisneros, que al año siguiente caería en desgracia, después de coronar a Carlos V. Este documento, desenterrado hace poco del olvido, aparece hoy como uno de los primeros memoriales arbitristas. Todo hace sospechar que el término arbitrista proviene de arbitrio (expediente financiero y jurídico que se deja al poder arbitrario del rey) y que se empleó por primera vez en este sentido preciso en las Cortes de 1558, acto seguido de la quiebra resonante. Con el tiempo el significado se ensancha y pasa a representar el expediente mismo y el contenido del documento; las cortes reunidas en 1588 dan pleno testimonio de ello. Surgen también personajes -los arbitristas- o individuos que proponen arbitrios y procuran que el rey o sus ministros adopten los remedios. Son consejeros espontáneos e interesados de situaciones a veces apremiantes, de un hic et nunc, ofreciendo medidas de emergencia. Conel tiempo el vocablo adquirió sentido peyorativo: Cervantes es el primero en emplearlo de manera burlesca en el Coloquio de los perros (1613); fija la figura y establece los rasgos caricaturales.

 

 

El nuevo personaje adquiere forma literaria y, a su vez, otros escritores de los siglos «dorados» -Lope, Tirso, Salas Barbadillo, Quevedo, Gracián- añadirán matices y variantes al caricaturizar a estos redactores de memoriales que ofrecían soluciones, a veces irrisorias, a los problemas desatados por la decadencia. Algunos memoriales pintaron un cuadro acabado y completo; otros veían sólo un aspecto, un envés, y aspiraban a remediar los males con un ungüento de Fierabrás o remedio único: canalizar el Ebro, aumentar la población, favorecer la Mesta, nuevas simientes, la rerustica: cada uno por sí solo débil consejo. Otros, en cambio, enlazaban las soluciones viendo el conjunto. Unos alimentaron la literatura caricaturesca; otros hicieron nacer la economía y la sociología. Estos últimos fueron los economistas y financieros preocupados por la salvación material de España, los «economistas primitivos». Tal vez la profusión de remedios impracticables diera pie a que se presentara al arbitrista como facedor de ensueños y quimeras. Nos interesa ahora redimir sus quejas ahogadas por el ridículo y extraer su verdadero registro.

 

 

Tengamos además en cuenta que «arbitrista» y «político» o «repúblico» se mezclan a menudo. Valga establecer que los primeros se ocupan, sobre todo, de las finanzas, y los segundos, de las desventuras políticas generales. A veces ambas vertientes se encuentran y trenzan en un mismo texto y a un mismo tiempo. Los alegatos de los arbitristas son fuentes insustituibles que nos permiten captar en qué medida algunos españoles tuvieron conciencia de los problemas económico-sociales. Los pensadores más lúcidos tuvieron en cuenta la tupida madeja de problemas, y los remedios que proponen son complejos análisis que tocan los puntos esenciales de la decadencia. Los tópicos fundamentales fueron la agricultura, el comercio, el lujo excesivo de los poderosos, la despoblación del campo, la profusión de limosnas de los conventos que amamantaba súbditos parasitarios, la economía dependiente de la exportación en menoscabo de los productos nacionales, el empobrecimiento de España debido al exceso de territorios y, finalmente, las anomalías fiscales y monetarias. Cada arbitrista examinaba los síntomas de la decadencia a partir de su zona geográfica. Los que provenían de las ciudades de gran tráfico se preocuparon por el gran comercio y eran, a su vez, poblacionistas: FRANCISCO MARTÍNEZ DE MATA, por ejemplo; los de ciudades artesanales e industriales eran mercantilistas, SANCHO DE MONEADA, entre otros; y los de zonas rurales a menudo eran agraristas, defensores de la Mesta, tal MIGUEL CAJA DE LERUELA.

 

 

La gran epidemia de arbitrismos corresponde a las fechas siguientes: 1558-1588 y 1598-1605. Entre 1614-1620, en particular de 1617 a 1620, el brote arbitrista se centra en las finanzas y la restauración económica del reino. Este aspecto decae hacia 1640-1650, y lo que preocupa entonces es la reforma monetaria, aunque no falten arbitristas tardíos durante el siglo de las luces. El arbitrismo tiene, a su vez, una especial forma literaria: adopta la forma de puntos, subdivisiones, objeciones, para presentar la idea de la decadencia en su conjunto. A veces la aparente aridez del tema toma el vuelo de la fantasía y la metáfora para seducir y convencer a los lectores. Uno de los intérpretes más representativos es el contador burgalés LUIS ORTIZ, cuyo memorial de 1558 tiene sentido claro de expediente. De 1562 a finales del siglo XVI la subida de precios y la llegada de cantidades masivas de plata impulsan obras de índole monetaria. Hasta finales del siglo XVII los testigos más clarividentes adquieren conciencia del declive económico y reaccionan frente a los mecanismos que determinan el alza de precios y la salida de metales preciosos.

 

 

El hambre y la desocupación producidos por la crisis de precios entre 1550-1562 hacen brotar una de las reflexiones más agudas sobre los problemas económicos y sociales que atravesaba España. El contador Luis Ortiz le envía su Memorial a Felipe II en 1558, preocupado por el desangre financiero surgido a raíz de la Armada Invencible. Con fino olfato, Ortiz relaciona pobreza y riqueza; su alegato es muy distinto de las protestas teológicas en favor de los pobres que cargaban la mano en el humanitarismo y la religiosidad bien entendidas. Ortíz asienta su meditación en hechos concretos: es un cruzado del desarrollo económico, así como del mercantilismo. En su pintura acabada aparece una España pobre -hidalgos, labradores, clérigos, padecen necesidades, sobre todo los labradores, «los más pobres y desventurados»-. Suya es la conocida frase de España «como las Indias del extranjero», precisa intuición de la inestabilidad económica española. Aunque el burgalés no se pregunta el porqué de los descalabros, no le faltó tino y perspicacia al estrechar relaciones entre oro y pobreza. Lo que Ortiz propone, en resumen, es una doctrina de balanza de pagos donde aboga en favor del trabajo y de la circulación de la moneda, posible capital productivo.

 

 

El alza de precios del 98 por 100 entre 1551-1600 incidió muy directamente en el ámbito rural. No sólo Ortíz alude a los pobres labradores e hidalgos lanzados a la aventura; al desmontarse las tierras, unos y otros debieron emigrar a las grandes ciudades. Con razón otro testigo coetáneo, el historiador Florián de Ocampo, recordaba que la expansión fue muy visible en la zona rural, «que todo se rompía en Castilla para labrar». Crepúsculo,oscuro para el labrador aquellas postrimerías del quinientos: las numerosas quiebras, el comercio languideciente debido al declive de las ferias y la frágil economía, sustraen otras lastimeras protestas. No era para menos: empeñado el reino con financieros extranjeros, se canalizó fuera de la Península el dinero proveniente de América y la población sufrió la carga de los intereses de la deuda. La inflación llegó a tales extremos que el Estado se declaró en bancarrota en tres ocasiones: 1557, 1575, 1596. El tema rebasó las fronteras del círculo de financieros, pues otro buen observador no arbitrista, el doctor Laguna, acoge también los registros de la malsonante lira imperial cuando dice en su Viaie de Turquía (c. 1557):

 

Antes no hay mayor vileza en el mundo que la pobreza, y que más viles haga a los hombres.

 

 

Dardo certero. Algo después denuncia la antropofagia con que los poderosos devoran a los pobres trabajadores del campo, al mismo tiempo que culpa a la maldición del oro de este daño, según escribe Pedro de Valencia hacía 1608. Pedro Simón Abril, el humanista traductor de Aristóteles, alude a los caídos en pobreza advirtiendo que son «demasiadamente atrevidos, como gente que no tiene que perder». Los rencores y descontentos populares del XVII se iban haciendo sentir: oro y pobreza se contraponen. Pobreza agrícola, pero también pobreza industrial. Preocupa la economía de mendicidad en los grandes sectores eclesiásticos provocada por la distribución de la limosna y la sopa boba de los conventos. El pobre vivía sin empleo,· ni oficio, ni beneficio, situación que dotaba a la Iglesia de un gran poder económico sobre un sector de la población potencialmente peligroso. No en balde el ilustrado del setecientos luchará contra estos males de la monarquía de Austrias y Habsburgos.

 

Entre 1559 y 1560 se había replanteado otro problema: el descenso demográfico ocasionado por las pestes despoblando ciudades y campos. La picaresca es un hecho real: estudiantes, vagabundos, mendigos, domésticos, hidalguillos, labradores recorren de uno a otro extremo el país. Así, y mientras éste es diezmado por las pestes, grupos sociales enteros son desperdiciados para la productividad. El texto más revelador de este complejo entramado es el memorial del arbitrista MARTÍN GONZÁLEZ DE CELLORIGO: De la política necesaria y útil restauración a la política de España (Valladolid, 1600). Lejos de inventarse quimeras y proponer soluciones frágiles, el vallisoletano presenta en hábil contrapunto todos los males de España: agricultura, economía, moneda, industria, desempleo, población, consumo. El suyo es un cuadro nítido de la decadencia de Castilla en el cual sorprende al lector actual su clara conciencia y la perspicacia con que percibe las contradicciones. Advierte que la falta de una burguesía hace que el reino oscile entre dos polos irreconciliables que desfavorecen el desarrollo:

 

 

A este modo ha venido nuestra república al extremo de ricos y de pobres: sin haber medio que los compase: y a ser los nuestros, o ricos que huelguen, o pobres que demanden: faltando los medianos, que ni por riqueza ni por pobreza dejan de acudir a la justa ocupación que la ley natural los obliga.

 

 

CELLORIGO habla con amargura y no es un observador desinteresado. Le impulsa el deseo de convertir a Valladolid en Corte; pero fueren los que fueren sus motivos, propone una estructuración más justa y eficaz de la propiedad del suelo, basada en la medianía de fortunas, «medio virtuoso». Coincide con otros arbitristas, algunos de los cuales estudiaremos a continuación, que aunque algo posteriores, tal vez conocieran el memorial del vallisoletano; al menos sí sabemos a ciencia cierta que CAJA DE LERUELA estaba familiarizado con él. Pero la nota especial de Cellorigo es su fina percepción para los contrastes; anota que el aumento de precios e impuestos empobrece al reino, y la riqueza monetaria en un país donde llega abundancia de oro y plata, está en el aire, es tesoro de duendes, letra de cambio:

 

 

[El mal] procede de menospreciar las leyes naturales, que nos enseñan a trabajar: y de poner la riqueza en el oro y la plata.

 

 

Justamente esta riqueza flotante es la causa de la desigualdad: «no hay cosa más perniciosa que la excesiva riqueza de unos, y la extrema pobreza de otros». Lo que capta su ojo es el exceso de oro y la falta de él, la riqueza y la pobreza, tesoros y aire, en metáfora poética de sus contemporáneos. Como si fuera poco, en España los que quieren trabajar no pueden y los que pueden no quieren; se aborrece el trabajo porque se pone la honra y la autoridad en huir de él. Todos están afectados de honra «y quieren más su estimación, que cuantos tesoros se les pueden dar». Hilos sutiles estos que podemos enhebrar a la madeja del teatro de estos «siglos dorados». Puntualicemos: Cellorigo rozó todos los problemas y captó con sensibilidad poco frecuente las contradicciones de su época, pero es dudoso que su memorial fuera muy conocido fuera de un estrecho círculo de economistas y hombres de estado.

 

 

Las meditaciones de los arbitristas saltan a la literatura. Los hechos históricos provocaron en el plano ideológico y poético una crítica que rebasó la situación individual para convertirse en problema de estado. El florecimiento del arbitrismo se da precisamente hacia 1618 y sobre todo con Felipe IV, época ya del Barroco. El motivo del oro no es el sólo tópico; los arbitristas elevan sus quejas y mencionan otras preocupaciones. Nos centraremos en tres de los más importantes, de tres zonas geográficas distintas y que plantean los temas esenciales del arbitrismo. Además, sus textos se han reeditado en fecha reciente y están al alcance de todo lector interesado: Sancho de Moneada, Miguel Caja de Leruela y Francisco Martínez de Mata…

 

(continuará)

 

 

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