miércoles, 14 de octubre de 2026


[ 870 ]

 

CARLOS MARX / FEDERICO ENGELS

CORRESPONDENCIA

 

 

Ferdinand Lassalle

 

 

68.  DE MARX A ENGELS

Londres, 15 de agosto de 1863.

 

...Mi trabajo (el manuscrito para el impresor) está marchando bien en un sentido. En la elaboración final las cosas están tomando, según creo, una soportable forma popular, a excepción de algún inevitable M-D y D-M

( D = dinero, M = mercancía. Para su fórmula, ver  El capital,  vol. I, cap. III, Sección 2.  (Ed.)

En cambio, aunque escribo todo el día, la cosa no marcha conforme a lo que mi propia impaciencia, después de esta larga prueba de paciencia, lo desea. De cualquier manera será en un 100 por ciento más fácil de entender que el Nº I 

( Contribución a la crítica de la economía política (1859).  (Ed).

 

Por lo demás, cuando miro ahora esta compilación y veo cómo he tenido que cambiarlo todo y cómo he tenido que redactar incluso la parte histórica con documentos de los cuales muchos eran completamente desconocidos, entonces Itzig me parece realmente chistoso, con “su" economía ya terminada, aunque todo el material que ha pregonado hasta ahora lo revela como un escolar que, con el más repugnante y ampuloso cotorreo de viejas, trompetea —como su último descubrimiento— principios que —y diez veces mejor— nosotros hemos estado distribuyendo como monedas entre nuestros partidarios hace ya veinte años. El mismo Itzig también colecciona, en su fábrica de abono, los excrementos de partido que hemos abandonado hace veinte años, con los cuales ha de ser fertilizada la historia mundial.

 

*



69.  DE ENGELS A MARX

Manchester, 4 de setiembre de 1864.

 

...Podrás imaginarte cómo me sorprendieron las noticias (de la muerte de Lassalle). Fuera lo que fuese Lassalle personalmente, o desde el punto de vista literario y científico, políticamente era una de las personas más importantes de Alemania. Para nosotros era por el momento un amigo muy inseguro, y en el futuro habría sido casi seguramente un enemigo, pero de todas maneras duele ver cómo Alemania arruina por entero a cualquiera que tenga algún grado de capacidad. ¡Qué regocijo reinará entre los industriales y los chanchos progresistas! Después de todo, Lassalle era el único tipo a quien temían en Alemania.

 

Pero ¡qué manera extraordinaria de perder la vida! Caer —este aspirante a Don Juan— seriamente enamorado de la hija de un embajador de Baviera, querer casarse con ella, chocar con un rival rechazado, que por añadidura es un estafador valaco, y dejarse matar por él. Esto sólo podía haberle pasado a Lassalle, con su peculiar mezcla de frivolidad y sentimentalismo, de judaísmo y pretensiones caballerescas. ¿Cómo podía un político como él entablar un duelo con un aventurero valaco?...

 

*

 


70.  DE MARX A ENGELS

[Londres] 7 de setiembre de 1864.

 

La desgracia de Lassalle ha rondado estos días horriblemente por mi cabeza. Después de todo seguía siendo de la vieja guardia y enemigo de nuestros enemigos. Y la cosa llegó de pronto tan sorpresivamente, que es difícil creer que una persona tan estridente, revoltosa y emprendedora esté ahora tan muerta como un ratón y haya tenido que callar para siempre. Tienes razón en cuanto a la causa de su muerte. Fue uno de los muchos actos faltos de tacto que cometió en su vida. A pesar de ello, lamento que en los últimos años se empañaran nuestras relaciones, si bien él tuvo la culpa de esto. Pero, en cambio, estoy muy contento de haber resistido las provocaciones de varios lados y de no haberlo atacado durante su “año de jubileo”.

 

El diablo lo sabe, el pelotón se achica constantemente, nada nuevo se le agrega. Por lo demás, estoy convencido de que si Lassalle no hubiera estado en Suiza, en compañía de aventureros militares y de revolucionarios de guante amarillo, esta catástrofe nunca hubiera ocurrido. Pero esta Coblenza de la revolución europea ejerció una atracción fatal sobre él una y otra vez.

 

La “hija de un embajador bávaro no es otra que la hija del berlinés Donniges, un colega suyo -en demagogia de Rutenberg y Cía. en la universidad, en sus principios uno de los jóvenes caballeros del pigmeo Ranke; o mejor, ya que no eran caballeros, jóvenes que acostumbraban a publicar espantosos viejos anales de los emperadores alemanes bajo su dirección. Lo que el fanfarrón y pequeño desenterrador Ranke consideraba espíritu de la historia —el fácil chalaneo de anécdotas y la atribución de todos los grandes acontecimientos a causas minúsculas y ordinarias— les estaba estrictamente prohibido a esos jóvenes de tierra adentro. Ellos debían confinarse a la “objetividad”, dejando el espíritu a su maestro. Nuestro amigo Dönniges era considerado en cierto modo como un rebelde, puesto que disputaba el monopolio del espíritu, mantenido por Ranke al menos en la práctica, y demostró de varias maneras que él era tan “valet” nato de la “historia” como Ranke...

 

[ Coblenza. Ciudad del Rin que durante la Revolución Francesa fue centro de los refugiados aristocráticos contrarrevolucionarios escapados de Francia.

Ranke, Leopoldo (1795-1886). Historiador alemán]

 

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lunes, 5 de octubre de 2026


[ 869 ]

 

 

CONTRAHISTORIA DEL LIBERALISMO

Domenico Losurdo

 

 (…)

 

 

 

capítulo sexto

 

LA LUCHA POR EL RECONOCIMIENTO DE LOS INSTRUMENTOS DE TRABAJO EN LA METRÓPOLI Y LAS REACCIONES DE LA COMUNIDAD DE LOS LIBRES

 



Nietzsche: el genial pensador reaccionario

 

 

 

 DERECHOS ECONÓMICOS Y SOCIALES, «HORMIGUERO» SOCIALISTA E «INDIVIDUALISMO» LIBERAL

 

  Llegados a este punto conviene analizar más ampliamente la profesión de fe individualista de los liberales del siglo XIX. Sobre todo después del 48, bajo el influjo de la lucha contra la masificación reprochada al socialismo, estos parecen considerar el individualismo como una realidad pre-moderna, desgraciadamente desaparecida en el curso de los posteriores desarrollos históricos. Según Mill «en la historia antigua, en la Edad Media, y también, aunque en menor grado, durante la larga transición del feudalismo a los tiempos modernos, el individuo era un poder por sí solo»; no se disolvía en la «multitud» y en las «masas». También Tocqueville rinde homenaje al «individualismo del Medioevo». Decididamente, él no toma en consideración la suerte de los siervos de la gleba, así como no tiene en cuenta la suerte de los esclavos y de los negros en general cuando señala a los Estados Unidos como el país en que «cada individuo» disfruta de una «independencia» sin precedentes. Cuando más tarde afirma que en la Argelia colonizada «el papel del individuo es por todas partes mayor que en la madre patria», Tocqueville ignora a los árabes, quienes, según reconoce él mismo, son a menudo comparados con «bestias maléficas» por las tropas de ocupación.

 

  Se puede observar así el carácter bastante problemático del pathos del individuo, que es la bandera agitada por el liberalismo empeñado en enfrentarse al radicalismo y el socialismo. ¿Quién es más individualista, Toussaint Louverture, el gran protagonista de la revolución de los esclavos, o Calhoun, el gran teórico estadounidense del Sur esclavista? Quien da prueba de respeto por la dignidad del individuo en cuanto tal es el jacobino negro que, tomando en serio la Declaración de los derechos del hombre, considera en cualquier caso inadmisible la reducción de un hombre a objeto de «propiedad» de un «semejante suyo»; ¿o bien es Jefferson, quien acalla sus dudas sobre la esclavitud a partir de la convicción de la superioridad de los blancos y de la preocupación por no poner en peligro la paz y la estabilidad del Sur de la Unión? ¿Quién expresa mejor el individualismo, Mill y sus seguidores en tierra inglesa o francesa, que consideran beneficiosos y necesarios el sometimiento y hasta la esclavitud (aunque sea temporal) de los pueblos coloniales, o aquellos radicales franceses que comienzan a poner en discusión el despotismo colonial en cuanto tal («Que perezcan las colonias si estas tuvieran que costar el honor, la libertad»)?

 

  Las dudas no desaparecen si incluso hubiera que ignorar las colonias y los pueblos de origen colonial. En la tradición liberal (por ejemplo, en Laboulaye) está muy presente la polémica contra el fanatismo de los revolucionarios franceses, que consideran el acceso al sufragio y a los cargos representativos como «derecho natural, absoluto» de todo individuo, más que una «función política de la sociedad»: y bien, ¿cuál de las dos posiciones expresa mejor el individualismo? Por otra parte, si la generalización de los derechos políticos pone en peligro la «independencia individual», como parece considerar Constant, ¿por qué dirigir tal reproche solo al radicalismo francés y no también a la revolución norteamericana (que estalla bajo el influjo de la reivindicación del derecho a la representación política por parte de los colonos)?

 

 

Mirándolo bien, los gritos de alarma contra el peligro de que desaparezca la individualidad y contra el inminente «hormiguero» expresan el disgusto de la restringida comunidad de los libres primero, por la extensión de los derechos políticos y después, en creciente medida, por la reivindicación de los derechos económicos y sociales. Y, sin embargo, es el propio Tocqueville quien compara al hambriento con un esclavo, es decir, con un hombre o un individuo privado de libertad y de reconocimiento. Mucho más lúcido y mucho más consecuente respecto a la tradición liberal se revela Nietzsche. Aunque animado por un odio implacable contra el socialismo y el Estado social reivindicado por este, y más bien animado, precisamente, por ese odio, el genial pensador reaccionario comprende que, con su «agitación individualista», el socialismo tiene como objetivo «hacer posible muchos individuos», liberándolos de la condición de instrumentos de trabajo y de su relación gregaria con respecto al patrono. Con su carga universalista, el socialismo desemboca en el reconocimiento de cada individuo —independientemente del censo, del sexo o de la raza— como sujeto poseedor, en el plano moral, de igual dignidad humana y, en el plano político, como titular de derechos inalienables. Por esto Nietzsche condena con indignación el individualismo y el socialismo. Aunque con un juicio de valor diferente y opuesto, también Oscar Wilde conectó ambos términos: «el individualismo es lo que queremos alcanzar a través del socialismo».

 

  Por otra parte, como confirmación del carácter ambiguo del individualismo de la tradición liberal, conviene señalar que esta, al criticar la revolución francesa y el peligro de subversión que representa el movimiento obrero y socialista, gusta de contraponer positivamente el campo a la ciudad. Esto lo comprende bien un teórico de la partnership organicista como Burke quien, con plena coherencia, pondera la «clase agrícola, la menos propensa de todas a la sedición». Con la mirada siempre dirigida a la revolución francesa y al papel desempeñado en ella por París, Constant subraya el peligro de los «artesanos amontonados en la ciudad». Pero el motivo de la desconfianza o de la hostilidad hacia la ciudad, que sin embargo es el lugar privilegiado para el desarrollo del individuo, atraviesa en profundidad la tradición liberal. A los ojos de Mandeville, «Londres es una ciudad demasiado grande para la nación» y es precisamente aquí donde se manifiestan preocupantes fenómenos de insubordinación social. Mucho más tranquilas son las áreas rurales, donde, «hasta la primera infancia», es posible fiarse de los «pobres labriegos tontos», que, sin embargo, brillan por su «inocencia y honestidad» y que «hasta la primera infancia» pueden ser educados en el sentido de la obediencia a la autoridad y del respeto a las costumbres y a la tradición.

 

  Se puede advertir una cierta nostalgia por este mundo también en Tocqueville, cuando, en 1834, describe la condición del pobre en el Antiguo Régimen: caracterizada por deseos «limitados» y por una tranquila indiferencia con respecto a «un futuro que no le pertenecía», su suerte «era menos de compadecer que la de hombres del pueblo de nuestros días»; habituados desde siempre a su condición, los pobres del Antiguo Régimen «gozaban de aquella suerte de felicidad meramente orgánica, de la que al hombre civilizado le resulta más difícil comprender su encanto que negar su existencia».

 

 

Al reanudarse de la revolución en Francia, Tocqueville aconseja apoyarse en los «habitantes del campo [que] están llenos de buen sentido y, hasta este momento, de firmeza» frente a aquellos que tratan de «instigar a la población obrera de las ciudades». El primero en tomar en cuenta esta recomendación es el propio Tocqueville, quien describe así de qué modo él organiza las elecciones en su pueblo natal:

 

 

    «Debíamos ir a votar todos juntos al burgo de Saint-Pierre, a una legua de distancia de nuestra villa. La mañana de las elecciones todos los electores (es decir, toda la población masculina mayor de veinte años), se reunió delante de la iglesia y todos aquellos hombres se pusieron en fila de dos en dos, según el orden alfabético […] Le recordé a aquella brava gente la gravedad y la importancia del acto que estaban por llevar a cabo, les recomendé no dejaran acercarse ni se dejaran desviar por aquellos que, a nuestra llegada a la villa habrían podido tratar de engañarlos; sino que debían proceder agrupados, y permanecer juntos, cada uno en su sitio, hasta que hubieran votado. “Que nadie —dije— entre en las casas ni para tomar alimento ni para secarse (llovía aquel día) antes de haber cumplido con su deber”. Gritaron que lo harían así y así lo hicieron. Todos los votos fueron depositados al mismo tiempo, y tengo motivos para creer que casi todos votaron al mismo candidato».

 

 

  Difícilmente puede ser considerada como manifestación de individualismo la historia narrada aquí por el liberal francés, beneficiario del voto plebiscitario dado por la villa de la cual continúa siendo el señor. Así como se revela inconsistente la dicotomía amor inglés por la libertad/igualitarismo francés, del mismo modo tampoco resiste el análisis crítico la contraposición entre individualismo de tradición liberal (que halla su lugar de elección en Inglaterra) y anti-individualismo del radicalismo (que tiene su centro en Francia). A los revolucionarios franceses —que con su Declaración de los derechos pretenden solo «suscitar y alimentar un espíritu de resistencia a todas las leyes, un espíritu de insurrección contra todo poder político»— Bentham contrapone su principio de la utilidad social: «No hay derecho que no deba ser abrogado cuando su abrogación sea ventajosa para la sociedad». Es la visión condenada por Marx, quien informa con indignación sobre las motivaciones con las que el primer ministro Palmerston justifica su desconfianza u hostilidad con respecto a las reivindicaciones de la emancipación propuesta por los católicos irlandeses: «El cuerpo legislativo de un país tiene el derecho de imponer a cualquier sector de la colectividad las limitaciones políticas que considere necesarias para la seguridad y el bienestar de la totalidad»…

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento: Domenico Losurdo. “Contrahistoria del liberalismo” ]

 

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jueves, 1 de octubre de 2026

 


[ 868 ]

 

Néstor Kohan, "Imperialismo cultural y lucha de clases"

 


 


https://www.youtube.com/watch?v=GgUs8rFbEY0

 

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