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CONTRAHISTORIA DEL LIBERALISMO
Domenico Losurdo
(…)
Henri-Benjamin Constant de Rebecque, 1767–1830
capítulo sexto
LA LUCHA POR EL RECONOCIMIENTO DE LOS INSTRUMENTOS DE TRABAJO EN LA METRÓPOLI Y LAS REACCIONES DE LA COMUNIDAD DE LOS LIBRES
¿LAS CRÍTICAS AL LIBERALISMO COMO REACCIÓN ANTIMODERNA?
Sin embargo, se produce un fenómeno paradójico. Mientras por un lado el liberalismo cultiva nostalgias pre-modernas, por el otro se opone al movimiento empeñado en la reivindicación de los derechos políticos y de los económicos y sociales, acusándolo de incapacidad sustancial para comprender y aceptar la modernidad. El primero en encaminarse en esa dirección es Constant: manteniéndose aferrados al ideal de participación unánime en la vida política y por tanto, en la «libertad antigua», los jacobinos olvidan que esta última se fundaba en la esclavitud, la institución que permitía a los libres disfrutar del otium necesario para ser realmente ciudadanos activos a todos los efectos. Transcurre el año de 1819 cuando el liberal francés argumenta de esta manera: en este momento, en todos los países en los que florece la libertad moderna, la esclavitud continúa, de una forma u otra, siendo una realidad vital y, por añadidura, ha asumido una dureza y una rigidez naturalista que desconocía la antigüedad clásica; si bien es cierto que, si esta institución no ha dejado de desempeñar un papel importante, ha sido mayormente aislada y ocultada en las colonias. Pero esto no acontece así en los Estados Unidos: aquí la esclavitud no solo es flagrante, sino que, según el análisis de no pocos teóricos del Sur (los cuales retoman y desarrollan una sugerencia de Burke), estimula el espíritu republicano de los libres. Es decir, la «libertad antigua» de alguna manera continúa subsistiendo en los Estados Unidos, que, no obstante, son señalados por Constant como un «gran ejemplo» de la libertad moderna estimada por él. Por otro lado, al subrayar la función tonificante que la presencia de los esclavos tiene en el espíritu de la libertad de los ciudadanos libres, Burke se remite de manera explícita al ejemplo de los «Estados antiguos». Y, por tanto, la de Constant es una construcción teórica que se funda sobre una colosal exclusión, mucho más desconcertante si se tienen presentes las violentas luchas que se desarrollan en Francia a propósito de la esclavitud: abolida por los jacobinos, había sido restaurada por Napoleón, quien llega al poder con el apoyo no solo de Sieyès, sino también —lo veremos— del propio Constant.
Más que de seguir un modelo que imita lo antiguo, la revolución francesa y las corrientes más radicales surgidas de ella son en ocasiones acusadas de estimular nostalgias por el Medioevo. Spencer compara el impuesto progresivo con una corvée. Esta es una idea reelaborada posteriormente por él, sobre la base de la observación de que la «caridad del Estado» (es decir, las leyes a favor de los pobres) no es más que una reedición de la «Iglesia de Estado» premoderna. Y así como el viejo dissenter luchaba porque fuese respetada la espontaneidad del sentimiento religioso auténtico, del mismo modo el nuevo dissenter, respecto a las leyes para los pobres, afirma que «la caridad será tanto más extensa y beneficiosa cuanto más voluntaria sea». Si el viejo dissenter negaba a cualquier autoridad el derecho de dictar leyes a su conciencia religiosa, el nuevo dissenter, respecto de la caridad institucionalizada, objeta que «nadie tiene el derecho de entrometerse entre él y el ejercicio de su religión» y rechaza indignado «la interferencia del Estado en el ejercicio de uno de los más importantes preceptos del Evangelio». En última instancia, la reivindicación de los derechos económicos y sociales, que deben sancionarse en el plano legal, en nombre de valores morales y religiosos como la compasión y la solidaridad humana, no sería otra cosa que la pretensión de infundir de nuevo vida ¡a una religión de Estado! Y los profetas de esta religión de Estado nos remitirían, también ellos, a un mundo pre-moderno. A partir de la revolución francesa, la tradición liberal gusta de comparar, como veremos de inmediato, los sindicatos con las corporaciones medievales. Todavía a finales del siglo XIX Lecky reprocha a los sindicatos y al movimiento obrero que aspiren a una «organización industrial» similar a la del Medioevo o a la existente en la época de los Tudor; los sindicatos —subraya Pareto algunos años más tarde— pretenden disfrutar y disfrutan de una suerte de «inmunidad medieval». A los ojos de lord Acton es ya el mismo sufragio universal lo que contribuye un fenómeno de regresión premoderna, más, incluso, que los sindicatos empeñados en reivindicar presuntos derechos económicos y sociales: este es «absolutista y retrógrado», en cuanto favorece la expansión del Estado y el despotismo, ya felizmente superados por el liberalismo. En conclusión, jacobinismo, socialismo y, en ocasiones, la propia democracia, son ahora acusados de cultivar nostalgias por el Antiguo Régimen —ya se trate del Medioevo o bien de la monarquía absoluta— más que por la antigüedad clásica, como sucede en Constant.
Esta última idea halla su expresión más completa en Tocqueville, según el cual, con su pathos estatalista, radicalismo, jacobinismo y socialismo se colocan en una línea de continuidad con el estatalismo, «la centralización administrativa» y la «tutela administrativa» del Antiguo Régimen. Pero se trata de un argumento que, con las oportunas correcciones, ¡resulta particularmente apreciado por los defensores del propio Antiguo Régimen! En Prusia el «Berliner politische Wochenblatt» no se cansa de repetir que revolución y absolutismo son «idénticos, considerados desde un punto de vista superior». Al citar la máxima de Luis XIV («L’ètat c’est moi!»), la revista observa que «la libertad revolucionaria […] se concilia con esta centralización, con este despotismo burocrático, con esta actitud de colocar bajo tutela, mediante los empleados ministeriales, a las provincias y las comunidades, con esta hobbesiana omnipotencia gobernativa». Tocqueville insiste en el papel revolucionario que, aun antes de 1789, desempeña la figura del «intendente» y «la administración pública», que, de hecho, ya han excluido a la nobleza. A la misma conclusión llega la citada revista, que identifica y señala en la figura del «funcionario» al protagonista de la eliminación de las «libertades locales» y de todos los organismos intermedios susceptibles de hacer sombra al «poder estatal». Según palabras de Tocqueville, «entre todas las sociedades del mundo, las que intentarán siempre más que las demás escapar de un gobierno absoluto serán, precisamente, las sociedades en las que la aristocracia ya no existe ni puede existir»; pero este es precisamente el hilo conductor de la condena que el órgano de la nobleza prusiana pronuncia contra la revolución francesa.
Inmediatamente después de la publicación de El Antiguo Régimen y la revolución, al expresar su acuerdo con el mismo y también su admiración, Lieber observa que el libro en su conjunto es «un ininterrumpido comentario histórico» sobre el análisis, desarrollado ya por él, de las «tendencias políticas galicanas». Naturalmente, no falta el elemento de la vanagloria. Sin embargo, hay que comprender el punto de vista del liberal alemán-norteamericano. En 1849 había subrayado la continuidad que se daba de Luis XIV a la revolución de 1789 y de esta a Napoleón Bonaparte y a la revolución de 1848: es una historia totalmente permeada por el ideal de la «igualdad» y de la «concentración» y «centralización del poder», de la «organización» y de la «interferencia del poder público» generalizada, con el consiguiente inevitable sacrificio de la libertad, del «individualismo» y del principio de la «limitación del gobierno» que, por el contrario, es el centro de las preocupaciones y de las aspiraciones de la «raza británica», o bien de la «raza anglicana», es decir, de Inglaterra y de Estados Unidos. Estamos —repito— en 1849; y en este momento Tocqueville se limita, tan solo, a acusar al socialismo: si incluso «en muchos puntos» este tenía una orientación distinta del «Antiguo Régimen», sin embargo, heredaba de él «la opinión según la cual la única sabiduría está en el Estado». Pero la línea de continuidad parcial y limitada esbozada aquí no incluye en absoluto la revolución francesa. Más bien, en la polémica antisocialista, Tocqueville no vacila en remitirse a Robespierre:
«Huyan […], huyan de la antigua manía […] de querer gobernar demasiado; dejen a los individuos, dejen a las familias el derecho de hacer libremente todo lo que no daña a los demás; dejen a las comunas el derecho de regular solas sus propios asuntos; en una palabra, dejen a la libertad de los individuos todo aquello de lo que han sido despojados ilegítimamente, todo lo que no pertenece necesariamente a la autoridad pública».
En este momento, lejos de formular la tesis de la continuidad entre el Antiguo Régimen y la revolución, Tocqueville, de hecho, la está refutando anticipadamente. Quien la apoya es Lieber, quien de alguna manera tiene razón en reivindicar que es el primero. Sin embargo, es necesario agregar que, según reconoce explícitamente, él ha extraído esta tesis de Niebuhr, de quien se considera discípulo y, más en general, de la cultura alemana absorbida por él antes de abandonar Prusia a la edad de 27 años. La tesis de la continuidad del Antiguo Régimen a la revolución ha encontrado amplia resonancia, en primer lugar, en el país en el que el antiguo Régimen se revela más tenaz.
Evidentemente, nos encontramos ante una estrategia retórica: el movimiento revolucionario que pretende construir un mundo nuevo es tildado de retrógrado. Aunque resultan patentes las interpretaciones forzadas. Si analizamos las argumentaciones de los distintos exponentes de la tradición liberal, vemos que la revolución francesa y el jacobinismo están colocados en una línea de continuidad, según las circunstancias, con la antigüedad clásica, el Medioevo y el absolutismo monárquico; el pasado al cual se refiere y se reduce lo nuevo puede tener las más diversas características. Y así, la revolución es criticada con argumentos difícilmente conciliables y hasta contrapuestos entre ellos: por un lado, es acusada de haber destruido los organismos intermedios que existían con anterioridad al advenimiento del Estado absoluto; por otra parte, de querer perpetuar o reintroducir organismos, como los sindicatos, que remitirían al particularismo feudal y que tenderían a configurarse como un Estado en el Estado.
A la luz de la posterior experiencia histórica es difícil considerar como premoderna la reivindicación de los derechos económicos y sociales (en nuestros días, sancionados incluso por la ONU) y considerar como moderna, por el contrario, la visión, que no es ajena ni siquiera a Tocqueville, de la miseria de masas como un don natural, consecuencia de la voluntad de la Providencia, más que de determinadas relaciones político-sociales. Y, por otra parte, refiriéndonos siempre al liberal francés, es difícil conciliar la condena al jacobinismo y al socialismo por ser movimientos que siguen el modelo del Antiguo Régimen, con la denuncia alarmada y apocalíptica de la «nueva raza» de ideólogos y agitadores delirante, que harían gravitar sobre la «civilización europea», más bien sobre la civilización en cuanto tal, un peligro sin precedentes…
(continuará)
[ Fragmento: Domenico Losurdo. “Contrahistoria del liberalismo” ]
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