viernes, 1 de marzo de 2024

 

[ 541 ]

 

EL MÉTODO YAKARTA

 

Vincent Bevins

 

(…)

 

 

03

Apretar las tuercas,

bombardear las islas

 

 

NUEVA GUINEA OCCIDENTAL

 

Después del fracaso de Allen Pope, las relaciones entre Indonesia y Estados Unidos también cayeron en picado, y solo estaba Jones para salvarlas. Con su característica energía, Sukarno rápidamente se dispuso a entablar amistad con el jovial nuevo embajador. Transcurridos apenas unos meses, en octubre de 1958, Jones y su mujer invitaron al presidente a un pequeño almuerzo en su bungaló de Puncak, en las montañas de Java Occidental. Para su sorpresa, Sukarno se presentó con ochenta guardias de seguridad y veinte chóferes, y de inmediato se dispuso a poner en práctica sus encantos con dos marines estadounidenses que acompañaban a Jones.

 

Se atracaron de pinchos de pollo y ternera al estilo satay, verduras y mangostanes, papayas, mangos y rambutanes. El presidente solicitó entonces algo de música y baile. Sukarno pidió los ritmos rápidos de las Molucas, es decir, música de Ambon y las islas circundantes, las que la CIA acababa de bombardear. Pronto los estadounidenses y los indonesios estaban todos dando vueltas y sudando al ritmo de las teteras, que golpeaban con las cucharas y las bayonetas.

 

La naciente amistad contribuyó a dejar atrás en su relación profesional los ataques de 1958, que todos sabían que no eran responsabilidad de Jones. Pero ese no era el único asunto que amenazaba las relaciones entre Estados Unidos e Indonesia.

 

La descolonización estaba lejos de haber concluido en el Sudeste Asiático. Cuando los Países Bajos finalmente capitularon ante los revolucionarios en 1949, transfirieron el control de la mayor parte de su territorio a la joven república. Sin embargo, no cedieron en su reclamación de un enorme territorio al este de Java y al norte de Australia: la mitad occidental de Nueva Guinea, la segunda isla más grande del planeta. Indonesia era ya en ese momento un país de una diversidad increíble, pero las personas de Papúa (Nueva Guinea) son visiblemente diferentes tanto física como culturalmente de los habitantes de otras islas. Tienen la piel más oscura y el pelo rizado, y la administración colonial neerlandesa apenas había penetrado en su territorio (los neerlandeses nunca tuvieron toda la isla: la mitad este, ahora Papúa Nueva Guinea, estaba controlada entonces por Australia).

 

Para Sukarno, la cuestión era de una simpleza increíble. Los neerlandeses no tenían absolutamente nada que hacer en ningún sitio que no fueran sus Países Bajos. Indonesia era una república nacional democrática y multiétnica. La raza no importaba, y tampoco el nivel de desarrollo económico de Papúa. Durante años, el Gobierno de Yakarta intentó negociar con los Países Bajos sin resultado. Posteriormente, entre 1954 y 1958, Sukarno defendió su posición en las Naciones Unidas. La estrategia implicaba organizar protestas en su propio país y presionar cuanto fuera posible a los Países Bajos. Washington, que no quería ofender a los neerlandeses, importantes aliados en Europa Occidental para la Guerra Fría, evitó apoyar la reclamación indonesia.

 

Para los indonesios era una cuestión de orgullo nacional. Era tan crucial que, a finales de 1957, el Gobierno indonesio —frustrado por verse ignorado durante siete años— expulsó a todos los ciudadanos neerlandeses que quedaban en el país. El movimiento sería necesariamente un golpe a la economía. Después de solo ocho años de independencia, y cuando el sistema de educación público apenas daba sus primeros pasos, Indonesia no había formado a todas las personas que necesitaba para gestionar las empresas establecidas a lo largo de siglos de colonialismo.

 

Francisca recuerda que, cuando se marcharon los neerlandeses, su biblioteca y su vida social pasaron a estar dominadas por los indonesios por primera vez. Indonesia había experimentado una transformación radical en menos de dos décadas: de ser una colonia en la que ella era parte de una minoría de estudiantes asiáticos en una clase de blancos, a ser una nación en la que gestionaba una biblioteca con personal indonesio exclusivamente. Este era el mundo en el que criaría a sus hijos. Y ya tenía tres.

 

Para ponerles nombre, Francisca y Zain mezclaron las tradiciones locales con sus ideas internacionales. A la primera hija la llamaron Damaiati Nanita: damai significa «paz» en bahasa indonesia. A la segunda, Francisca quería llamarla Candide, por la famosa obra de Voltaire, que había leído entusiasmada en Europa. Así que llamaron a la pequeña Kandida Mirana. El segundo nombre, que eligió Zain, incluía mir, el término ruso para «paz» (la paz se estaba convirtiendo en una idea fundamental). El tercer hijo, el primer varón, tomó los nombres cristianos Anthony y Paul de la tradición de las Molucas, propia de la familia de Francisca. Lo ampliaron a Anthony Paulmiro, de modo que, una vez más, su hijo portaría la paz: mir. Formaban parte de un nuevo grupo de indonesios, los primeros nacidos en el país independiente.

 

A su alrededor, en Yakarta, toda una generación que había sido educada en los valores forjados en 1945, entraba en escena. Estudiantes, trabajadores y personas de toda clase se habían manifestado contra el «imperialismo» en todas sus formas. Jones se las veía con ellos en la misma puerta de su casa.

 

Benny Widyono, un estudiante acomodado de Economía, participó en una de estas manifestaciones cuando estudiaba en la universidad en Yakarta. Se incorporó a una multitud que lo llevó a la plaza Lapangan Banteng (un nuevo nombre para el lugar antes conocido como plaza Waterloo), y quedó electrizado por el movimiento que tenía lugar a su alrededor. La gente se había levantado por sí misma y exigía una independencia completa. No pedían permiso a las potencias occidentales. Las informaban. Los padres de Benny, que habían levantado sin hacer mucho ruido un negocio bajo la dominación neerlandesa y habían sufrido con la ocupación japonesa, nunca habrían imaginado que apenas una década más tarde Benny estaría en las calles de Yakarta protestando abiertamente contra el imperialismo.

 

Howard Jones recorrió el país entero preguntando a los indonesios si realmente les importaba la cuestión de la independencia papú de los neerlandeses. La respuesta no admitía réplica. Sí, les importaba de verdad. Pero eso no iba a cambiar la posición de Washington. Jones escribió que los locales se le acercaban una y otra vez y le decían, verdaderamente perplejos:

 

«Es que no entendemos a Estados Unidos. Ustedes fueron una vez una colonia. Saben lo que es el colonialismo. Lucharon, sangraron y murieron por su libertad. ¿Cómo es posible que apoyen el statu quo?».

 

Después de una década representando a Estados Unidos en Asia, Jones no tenía respuesta. Se dio cuenta de que el comportamiento de Estados Unidos añadía más peso a la acusación «de que también nosotros nos habíamos convertido en una potencia imperial»…

 

(continuará)

 

 

 

 

[ Fragmento de: Vincent Bevins. “El método Yakarta” ]

 

*


 

miércoles, 28 de febrero de 2024

 

[ 540 ]

 

EL SILENCIO DE LOS CULPABLES

Manlio Dinucci    

 

Cada vez que hay elecciones en Rusia, algún opositor muere oportunamente, justo a tiempo para que los medios occidentales puedan decir que Putin asesina a sus adversarios

 

Alexei Navalni murió precisamente el día antes de la fecha fijada para que su esposa, sorprendentemente, pronunciara unas palabras en la Conferencia de Seguridad de Múnich. Esta vez, la nueva muerte de un opositor llega en medio de la campaña electoral de los candidatos a la presidencia de Rusia.

 

Occidente clama en coro que el presidente ruso Vladimir Putin ordenó asesinar a Alexei Navalni. Pero el momento de la muerte de Navalni resulta más que sospechoso.

 

Navalni muere el 16 de febrero, precisamente el día de la apertura de la Conferencia de Seguridad de Múnich, una semana después de la entrevista de Putin con Tucker Carlson, un mes antes de las elecciones presidenciales rusas en las que el propio Putin es candidato. En otras palabras, Putin habría ordenado asesinar a Navalni en el momento más adecuado para perjudicarse a sí mismo.

 

Pero al mismo tiempo, los grandes medios políticos occidentales hacen silencio sobre el hecho que Navalni recibió formación en un curso especial de la universidad de Yale (EEUU) y que su movimiento supremacista blanco, Narod, fue financiado por la estadounidense National Endowment for Democracy (NED), una poderosa «fundación privada con objetivos no lucrativos» que financia miles de organizaciones no gubernamentales, en un centenar de países, en aras de «hacer avanzar la democracia».

 

La NED estadounidense es el mismo generoso espónsor que financió en Ucrania la «revolución de Maidan que hizo caer un gobierno corrupto que impedía la democracia», o sea el golpe de Estado de 2014 que desató en Ucrania la sucesión de acontecimientos antirrusos que ha llevado a la actual guerra.

 

Mientras en el frente ucraniano las tropas de Kiev, respaldadas por EEUU, la OTAN y la Unión Europea, se baten caóticamente en retirada ante el empuje de las fuerzas rusas en el Donbass, EEUU amplía el frente del Medio Oriente con su apoyo a la estrategia israelí de genocidio contra el pueblo palestino.

 

En ese contexto se inscribe el último capítulo del juicio político contra Julian Assange. El tribunal de Londres está llamado a tomar una decisión sobre la extradición del periodista australiano a EEUU, donde pudiera ser condenado a 175 años de cárcel por haber revelado crímenes de guerra perpetrados por las fuerzas armadas imperiales. La decisión del tribunal sería anunciada finalmente el mes próximo.

 

 

( Grandangolo )

 

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NdeLH: El título del artículo hace referencia  la película de 1991 'The Silence of the Lambs', que se conoció en América Latina como 'El silencio de los inocentes' y en España como como 'El silencio de los corderos'.

 

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Fuente: https://www.lahaine.org/mundo.php/el-silencio-de-los-culpables

 

 

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martes, 27 de febrero de 2024

 

[ 539 ]

 

CONVERSACIONES CON BUÑUEL

 

Max Aub

 

 

PRIMERA

 

(…)

 

 

—Por aquel entonces se debió de estrenar en París y en los cine-clubs de Madrid La línea general —en París se llamó La lucha por la tierra—. ¿Influyó, además del libro de Legendre, en tu decisión de realizar Las Hurdes?

 

—No lo sé. No me acuerdo. Estaba en París cuando la guerra de los conventos, el treinta y dos. Les dije a los surrealistas: «Este es el momento. Vámonos y quemamos el Prado». Breton se escandalizaba. Como cuando le propuse quemar —en la Place du Tertre— el negativo de La edad de oro. «¡Hombre! Nuestras obras, no. ¿Qué quedaría?». Así eran. Hoy, me propondrían quemar todas mis películas y lo haría sin pensar un momento. Y quemaría todas las obras de arte sin el menor remordimiento. A mí no me interesa el arte, sino la gente. ¿Que es una idea anarquista? De acuerdo. Cada día lo soy más. ¿De qué sirven y han servido tantas obras de arte? ¿Para llegar al estado en que vemos a la Humanidad? ¡Vaya! Aún prefiero a la Virgen María, que por lo menos era la castidad y la pureza. No me interesan los genios en lo más mínimo si no son personas decentes. Y casi todo lo mejor, en arte, lo hacen o lo han hecho los hijos de puta. No vale la pena. No lo admito. No me interesa.

 

—¿Y la pintura surrealista?

 

—El arte pictórico surrealista es ante todo un «pastiche». Tanto monta Dalí como Chirico. Inventan a base de copias. Salen del arte para ir hacia la interpretación. Intérpretes. Traductores. Traidores.

 

—¿Qué pasó entre Elsa y Aragon?

 

—Debió de ser en mil novecientos treinta y dos cuando una mañana recibí un neumático de Aragon, a las siete y media. Ten en cuenta que abren o abrían entonces las oficinas de correos a las siete: «Ven, necesito hablar urgentemente contigo». Entonces vivían en el hotel. Un león enjaulado. Un tigre. Frenético. Sí, debía de ser el treinta y dos. Hermoso, lo que se dice un hombre hermoso. Andando y desandando furioso por la habitación. Seguro de sí. Frenético, pero seguro de sí. Se había ido Elsa. Habían tenido un disgusto. Era la época en que tenían poco dinero y Elsa se ganaba la vida haciendo collares. «Me ha dejado solo. Y el Partido, ¡fuera, por surrealista! Y nuestros encantadores compañeros surrealistas publican esta porquería —y me tiende un folleto: L’affaire Aragon—, donde me excomulgan por comunista». Me había llamado para poder desfogarse delante de alguien que fuera de veras amigo suyo.

 

—¿Tú eras entonces miembro del Partido?”

 

 

—No, no y no. Yo no pertenecí nunca al Partido. Cuando fui con los demás a L’Huma para que les regañaran, Aragon dijo: «Está aquí el compañero Buñuel, que nos acompaña». «Que pase», dijo Legros. Pero no pertenecía al Partido.

 

[ Luis era surrealista, y todo eso sucede en la época de Le Surréalisme au Service de la révolution, en cuya primera página del número 1 (1929) se reproduce —mal— el telegrama original de la organización soviética:

 

Pregunta

 

DIRECTIVA INTERNACIONAL LITERATURA REVOLUCIONARIA RUEGA CONTESTAR PREGUNTA SIGUIENTE: QUE POSICION ADOPTARAN SI IMPERIALISMO DECLARA GUERRA A LOS SOVIETS STOP DIRECCION CAJA POSTAL 650 MOSCU.

 

Contestación

 

CAMARADAS SI IMPERIALISMO DECLARA GUERRA A LOS SOVIETS NUESTRA POSICION SERA CONFORME A LAS DIRECTIVAS TERCERA INTERNACIONAL POSICION DE LOS MIEMBROS PARTIDO COMUNISTA FRANCES.

 

SI ESTIMAIS EN TAL CASO UN MEJOR EMPLEO POSIBLE DE NUESTRAS FACULTADES ESTAMOS A VUESTRA DISPOSICION PARA MISION PRECISA EXUA CUALQUIER OTRA ACTIVIDAD EN TANTO INTELECTUALES STOP SOMETERNOS SUGESTIONES SERIA IR MAS ALLA DE NUESTRO PAPEL Y DE LAS CIRCUNSTANCIAS.

 

EN SITUACION ACTUAL DE CONFLICTO NO ARMADO CREEMOS INUTIL ESPERAR PARA PONER AL SERVICIO DE LA REVOLUCION LOS MEDIOS QUE NOS SON PROPIOS ].

 

 

—No es posible que filmaras Las Hurdes el treinta y dos, en marzo o abril del treinta y dos. Debió de ser el ministro de Instrucción Pública de Samper, el treinta y cuatro, el que te negara su explotación.

 

—Por falta de dinero.

 

—¿Y tuviste la película enlatada todo ese tiempo?

 

—Hasta el treinta y siete, en que, como ya te dije, la mandó sonorizar, en francés, Araquistain, a costa de la Embajada.

 

—En verdad, Luis, jamás te has gastado un céntimo propio en tus películas… ¿Quién dio dinero para la primera? Tu madre. Dispuesto a no cobrar, de acuerdo. Pero dar dinero, jamás.

 

—¿Qué quieres? A uno lo han educado así…

 

—Y lo más curioso es que el dinero te tiene sin cuidado, siempre y cuando tengas el suficiente para vivir sin el menor aprieto.

 

—¿Qué le vamos a hacer?”

 

—Nada. Además, estoy de acuerdo. Cuéntame más cosas sustanciosas.

 

—¿No sabes que trabajé con Gide durante cuatro días en hacer (bueno, en hacer es mucho decir: en plantear) las posibilidades cinematográficas de Les caves du Vadean?

 

—No. No lo sabía.

 

—Leí dos veces el libro. Luego iba a trabajar todos los días a su casa, de cuatro a siete. Ahí, un piso, creo que por la rue Bonaparte o por ahí. «Yo no sé nada de cine; usted me va diciendo cómo se debe o cómo se puede hacer esto». Así estuvimos trabajando, y menos mal que al cuarto día vino a verme Vaillant-Couturier, que era el que me había presentado a Gide, para decirme que en Moscú habían decidido no hacer la película. Porque era una película que yo dirigiría en la URSS, para Mezrapon, que era entonces la compañía oficial del cine soviético.

 

—¿Pero era antes o después de la ruptura de Gide con los comunistas?

 

—Antes, mucho antes. Debió de ser hacia el treinta y tres. Y ya había hecho La edad de oro y Tierra sin pan. Sí, me acuerdo que llevamos a Gide a ver Tierra sin pan, muda. Antes de que me dieran el contrato de la Warner y de que me fuera a Madrid, y antes también del lumbago. ¡Hay que ver el dinero que yo ganaba sin hacer nada!

 

—¿Pero no anularon la película después del viaje de Gide a la URSS, y de su libro sobre el viaje?

 

—No, hombre, no. Eso fue mucho después.

 

—Si miras bien las cosas, no tanto, tres años. Gide fue a pronunciar el elogio fúnebre de Gorki, en la Plaza Roja, y luego hizo el viaje, y antes de marcharse es cuando le propusieron firmar el telegrama de agradecimiento a Stalin, «padre de todos los pueblos».

 

—Sí, él me lo contó: «Usted comprenderá que yo no podía firmar eso». «¿Por qué no?», le dije. Yo lo hubiera hecho. Era una manera de ayudar, y de ayudarnos.

 

—Sí, porque eso debió de suceder en la Embajada, en aquella famosa cena en la que tú dispusiste los lugares, como jefe de protocolo que decías que eras.

 

—Claro, no iba a poner juntos a Aragon y a Gide. No, puse a Aragon a mi lado, y Gide se sentó al lado de Araquistain.

 

—¿Por qué modificó Gide la última página de su libro?

 

—Yo debía de estar entonces en Madrid, durante el Congreso de los Intelectuales, es decir, durante la ofensiva de Brunete, el treinta y siete, aquellos días en que Malraux consiguió, a fuerza de telefonazos, que Gide modificara la última página del libro poniendo una gota de esperanza, debido a la ayuda que la URSS nos prestaba.

 

—¿Has participado en orgías?

 

—Las orgías, no me hagas reír. Las orgías no son únicamente dar o tomar por el culo a un hombre o una mujer. No, hombre, no. Las orgías dependen ante todo de lo que beba uno y de lo que pueda resistir y del dinero que se tenga. Orgías «normales» las he vivido en Hollywood desde el año treinta con Lya Lys. Allí, con Ugarte…, Lya Lys… ¡Qué tía!… Y luego en casa de Chaplin. Esas sí. Yo no sé cómo se las arreglaba, pero lograba siempre que las mujeres se pelearan entre sí, y era bastante extraordinario… Y las orgías en Montecarlo, con Cocteau. Lo más divertido era oír a Cocteau dando clases de moral a veinte jovencitas que ganaban cincuenta francos al día con la obligación de permanecer vírgenes. Si quedaban embarazadas, era el despido fulminante. Escogí una rusa blanca de dieciséis años y, cuando supe aquello, la dejé plantada. Volviendo a Hollywood, una noche Lya Lys se llevó a una lesbiana, se pelearon. Todo esto te lo cuento para decirte que eso de las orgías… Total, todas fracasan.

 

—¿Qué te pasó con la Metro?

 

—El representante de la Metro Goldwyn Mayer era amigo de la mujer de Noailles. Me llamó y me ofreció un contrato con seis meses de pago y los viajes para que viera lo que era un estudio «de verdad» y trabajara sucesivamente en varios departamentos, con la condición de que le llevara una recomendación de cuarenta personas que hubieran visto La edad de oro. Se lo dije al vizconde; sonrió y me trajo el testimonio de cuarenta de las gentes más ilustres de Francia. Cuando llegué a Hollywood, el jefe me recibió y me dijo: «¡Qué contrato más extraño!». No era ninguna cosa del otro mundo, doscientos cincuenta dólares a la semana. «¿Por qué quiere usted empezar?», me preguntó. Había un gran cuadro con todas las producciones que estaban en proceso. «Ver filmar», le dije. «¿Qué película le interesa?». Había una con Greta Garbo. Dije: «Esta». «Muy bien». Me hicieron las tarjetas, los pases necesarios y me fui para los estudios. Estaban filmando un gran plano de la actriz. Yo estaba como a unos diez metros, mirando, curioso. De pronto, ella llamó a un judío híspido y le habló en inglés, y me echaron vergonzosamente del estudio. Y no volví más a la Metro Goldwyn Mayer. Bueno, sí iba, a cobrar. Allí vi a Dolores del Río y a un sinfín de otras gentes. Yo, feliz, diciéndome: «A éste le conozco; a éste, también». En película, claro. Eran tiempos de la prohibición, y yo me dedicaba a beber todo lo que podía. Entonces estreché mi amistad con Eduardo Ugarte. Un día, Tom Kirkpatrick, un irlandés simpático que era una especie de secretario de Irving Thalberg, uno de los personajes más funestos que ha creado Hollywood (el que no dejó jamás en paz a Von Stroheim, el que mutiló Los rapaces, el que le impidió acabar Merry-Go-Round), me dijo: «Míster Thalberg quiere que vaya usted a la sala de proyección número quinientos y pico para ver unas tomas y unas pruebas de Lily Damita». «Dígale que no quiero ver putas». Cuando me faltaban dos meses les propuse que me pagaran uno y me dejaran en libertad. Tom se fue. Al día siguiente me dijeron que aceptaban mi proposición, y tuve mala nota, para siempre, para siempre, en Hollywood.

 

—¿Cuándo filmaste Las Hurdes?

 

—Filmé Las Hurdes en mil novecientos treinta y dos porque a Ramón Acín le tocó la lotería. Me dio veinte mil pesetas y luego le cayeron encima todos los anarquistas de la localidad, pero no creo que le sacaran gran cosa. A mí me había impresionado mucho el libro de Legendre y el viaje del rey. Mira, éste es el libro de Legendre.

 

[Me tiende un libro: Les Jurdes Étude de Géographie Humaine

Maurice Legendre / Bordeaux-Paris, 1927.

Es una edición de la Bibliothèque de l’École des Hautes Études Hispaniques].

 

 

—Nos fuimos a Extremadura… Eli Lotar, Pierre Unik y yo. Estuvimos marzo y abril. Monté la película sobre una mesa de cocina con una lupa, por lo que a veces se me desenfocaban las imágenes. Ni moviola ni hostias. De verdad, está montada con los pies.

 

—Eso dices tú. Además, es muy difícil saber si está bien o mal montada porque no la he visto más que muda y comentada por ti. Y no me parece, de ninguna manera, que esté mal. La lástima es que todos los que hablan de esa película no la han visto nunca con su texto original, que sólo existe, grabado, en francés y en inglés. Parece mentira: ¡la única película de Luis Buñuel que se hizo durante la República! Y que no se acabó. ¡Y que se prohibió! Y que seguramente no podrá verse —mirando las cosas con optimismo— hasta pasado medio siglo de haber sido filmada. Y te aseguro que no habrá perdido nada de su horror y que la secuencia de los gallos seguirá siendo lo que fue. Y para ti debía de ser más que sadismo, porque no se trataba de hombres, sino de animales. ¿Qué razones dieron para prohibirla?

 

—Que denigraba a España.

 

—A España, no. Porque eso lo mismo podía suceder en Serbia o en el Paraguay. No, denigra al hombre. Pero hay otras cosas, mucho más elegantes, que lo enlodan infinitamente más.

 

—Pues la prohibió el señor Villalobos, que era ministro de Instrucción Pública de Lerroux, de acuerdo con el ministro de la Gobernación y del Estado.

 

—El tal Villalobos se llamaba Filiberto, «liberal demócrata», el ministro de Estado era el inefable Ricardo Samper, y el de Instrucción Pública, tu paisano Manuel Marraco, que en su apellido llevaba su gloria.

 

—Por un amigo supimos que habían puesto un telegrama en el que se prohibía su exhibición por «denigrar a España». Luego, ya idos los radicales, conseguimos que la viera Marañón, presidente del Comité de las Hurdes. Fui con Sánchez Ventura. Al acabar la proyección, Marañón me dijo: «Usted ha tomado lo peor. Yo he visto allí carros ubérrimos de trigo…». «Habla usted como un ministro de Lerroux», le contesté. Y me llevé la película. En cuanto a que filmé lo peor, era verdad. Si no, ¿a qué iba? Pensé que ya no podía hacer nada en el cine, igual que lo había pensado al acabar Un perro andaluz y La edad de oro. Y por hacer algo —no me hacía falta dinero—, me dediqué a hacer cine comercial desde ese momento hasta el principio de la guerra. Un poco avergonzado. Ya sabes que hice cuatro películas, y Urgoiti estaba feliz conmigo porque decía que le ahorraba tiempo y dinero.

 

—¿Fue el fracaso de Tierra sin pan el que te llevó a admitir cargos en compañías cinematográficas americanas?

 

—No, no. De ninguna manera. Yo quería practicar. Saber. Además, después de Un perro andaluz, de La edad de oro, de Las Hurdes, yo me decía: «Adiós al cine. ¿Quién me va a contratar a mí?». Y, además, a mí me encanta el orden y la organización, así que eso de administrar y dirigir lo hacía con mucho gusto. Además, de hecho, yo había acabado con los surrealistas. Ya no me interesaban.

 

—Pero sí el surrealismo.

 

—Naturalmente, como que me parece la única cosa seria de nuestro tiempo. Pero las discusiones, las divisiones entre unos y otros, la trayectoria de Dalí, y aun del propio Breton, no me interesaban nada. De hecho, estábamos todos contra el surrealismo, mejor dicho, contra los surrealistas. Por eso, una mañana, después de un ataque fuerte de ciática durante el que había leído muchas obras de Arniches, me presenté en casa de Ricardo Urgoiti y le dije: «Bueno, aquí tengo veinte mil duros para que hagamos Don Quintín el Amargao». «¿La vas a dirigir tú?». «De ninguna manera. Ahí tenemos a Marquina. Le damos dos mil pesetas». Fue un éxito colosal. Ganamos mucho dinero; hicimos luego las otras. Grémillon vino con quince mil pesetas, pero cuando acabó su película ya había estallado la guerra. Yo no hacía más que ver que realizaran las películas lo más rápidamente posible y gastando lo menos que se pudiera. Yo no necesitaba dinero, tenía un contrato con la Warner Brothers, en Madrid, por cuatro mil pesetas semanales como jefe de doblajes. El ingeniero Pereira, que anda por aquí, era jefe de la CEA. Yo seguía reuniéndome con muy poca gente. A mis amigos de antes había añadido Ricardo Urgoiti, que es hoy presidente de la Sociedad Española de Antibióticos… Nos seguíamos reuniendo Pepín Bello, Sánchez Ventura, Urgoiti, Vicens, Moreno Villa, y, naturalmente, con Viñes y Lulú, su mujer, la hija de Francis Jourdain. Por ahí tengo una fotografía de la comida de despedida que les dimos.

 

—¿Y esta nota enigmática que tengo aquí apuntada: «Camino de la Plata, los baños de Montemayor, de Béjar»?

 

—Eso ya te lo he contado. Es aquello de la carta al dueño del balneario que era amigo de Lerroux.

 

—¡Ah, sí! Es cuando quisiste comprar las Batuecas. Ibas con Pepín Bello.

 

—Debió de ser el doce de julio. Estaba yo en Salamanca y fuimos a las Batuecas, que las querían vender. Yo tenía las ciento cincuenta mil pesetas que pedían, ¡por todo el convento, eh!, las monjitas del Sagrado Corazón. Era todo un país aquello. Precioso. Pero ya lo tenían vendido, con un adelanto y a plazos. Cuando yo les dije de pagarles al contado, me dijeron: «Esto es suyo, señor». Quedamos en firmar las escrituras el veinte de julio. Regresé a Madrid, y si no es porque estalla la guerra, a lo mejor a estas horas estamos tú y yo allí tomando el fresco.

 

—¿Y qué es esto que tengo también aquí apuntado: «Pepín, segundo de Luis, pidió veinte rocines más»?

 

—¡Ja! ¡Ja! ¡Qué maravilla! ¡Qué bien suena! ¡«Pepín pidió veinte rocines»! No sé. No tengo la menor idea. Sería para una película. No me acuerdo de nada. Pero es estupendo.

 

—¿Y esto de: «Luis abandona la taberna del Segoviano, donde cenaba con Sánchez Ventura una tortilla de patatas»? «¡Va a salir una araña, una araña! Te espero en Platerías». ¿Qué es todo esto?

 

—Fue así. Vi una tejemanería rústica en un boto y me fui porque había una araña. Ya sabes que no las soporto.

 

—¿Qué es eso de boto?

 

—Como llamamos a los pellejos en Aragón, los pellejos de vino que colgaban entonces en el mesón. La vi con sus patas enormes y salí corriendo. A las arañas las admiro, pero me repugnan. No sé por qué, todos los Buñuel somos así. Sólo de noche. De día, no. Las miro. Filmando no sé qué película, aquí, tomé con la mano una araña grande como la propia mano. No sé si serán los cuatro pares de patas… […] Ya estando algún tiempo en París, un día recibí en la Embajada un telegrama de Roces, que era entonces subsecretario de Instrucción Pública, llamándome a Madrid para filmar. Bajé a ver a Araquistain, se lo enseñé. Me preguntó: «¿Usted qué quiere hacer?». «¿Yo? Quedarme. Filmar en las trincheras, no se puede. El frente no sirve para eso. Ahora bien, si es para hacer una película, mejor se hace en el estudio, y entonces se ve todo. Pero no creo que es el caso». Me quedé…

 

(continuará)

 

 

 

 

[ Fragmento de: Max Aub. “Conversaciones con Buñuel” ]

 

*

domingo, 25 de febrero de 2024


 

[ 538 ]

 

LOS DEMASIADOS LIBROS

 

Gabriel Zaid

 

 

 

«Gabriel Zaid es capaz de observar el mundo de las letras desde la perspectiva otorgada por otras disciplinas. Su gran acierto es la virtud del poeta: decir lo que oscuramente habíamos intuido sin alcanzar a formularlo en palabras. Señala que el verdadero problema del libro es que el estrato privilegiado que ha hecho estudios universitarios no lee: nunca le ha dado el golpe a la lectura, nunca ha llegado a saber realmente lo que es leer. Esto, que sepamos, nadie lo había dicho».

 

( José Emilio Pacheco )

 

 

 

La gente que quisiera ser culta va con temor a las librerías, se marea ante la inmensidad de todo lo que no ha leído, compra algo que le han dicho que es bueno, hace el intento de leerlo, sin éxito, y cuando llega a una docena de libros sin leer se siente tan mal que no se atreve a comprar otros.

 

En cambio, la gente verdaderamente culta es capaz de tener en su casa miles de libros que no ha leído, sin perder el aplomo ni dejar de seguir comprando más.

 

«Toda biblioteca personal es un proyecto de lectura»[José Gaos]. La observación es tan exacta que, para ser también irónica, requiere la complicidad del lector bajo una especie de imperativo moral que todos más o menos acatamos: un libro no leído es un proyecto no cumplido. Tener a la vista libros no leídos es como girar cheques sin fondos: un fraude a las visitas.

 

Ernest Dichter, habla de esta mala conciencia en los clubes de libros. Hay gente que se inscribe como si entrara a un festival. Pero, a medida que los libros llegan y se acumula el tiempo necesario para leerlos, cada nueva remesa y el montón se vuelven un reproche muy poco festivo: una acusación de incumplimiento. Hasta que rompe con el club, decepcionada y resentida de que le siga enviando libros, a pesar de pagarlos.

 

Por eso prosperan los libros que no son para leer. Libros que se pueden tener a la vista impunemente, sin sentimientos de culpa: diccionarios, enciclopedias, atlas, guías, libros de arte y de cocina, obras completas. Libros que la gente discreta prefiere para hacer regalos porque son caros, lo cual demuestra aprecio, y porque no amenazan con la cuenta pendiente de responder a la pregunta: «¿Ya lo leíste? ¿Qué te pareció?» —lo cual demuestra lo mismo—. El anti-eslogan más anti-comercial del mundo pudiera ser: «Regale un libro. Es como regalar una obligación».

 

Los autores de libros no son tan discretos. Dejando aparte los casos extremos (los que llaman para ver en qué página va uno, cuándo terminará y, sobre todo, cuándo publicará una reseña digna del acontecimiento), se sienten obligados a repartir obligaciones cada vez que publican. Ya se sabe que la elegancia torera en estos casos consiste en responder de inmediato con una tarjeta que diga: «Acabo de recibir su libro. ¡Qué estupenda sorpresa! Lo felicito y me felicito de antemano por la alegría que me dará leerlo» [ “Alfonso Reyes las usaba impresas, con espacios en blanco para la fecha, nombre y título.” ]. Si no, la deuda se triplica y crece a interés compuesto, conforme pasa el tiempo, hasta que llega un momento en que el deber pendiente de leer el libro, de escribir una carta, que ya no puede ser tan breve, y de formular un elogio que no sea falso ni mezquino, se vuelve una pesadilla. No se sabe qué es peor, si esto o la tarjeta a vuelta de correo.

 

Pero hay más: ¿Qué hacer físicamente con el libro? El autor puede presentarse un día y encontrarlo sin abrir. Otra buena rutina es desflorar las primeras páginas en el momento de recibirlo, y dejar un separador que muestre la intención. O hacerlo desaparecer, explicando, si es necesario, que un amigo se entusiasmó tanto que se lo llevó prestado, antes de que pudiésemos leerlo.

 

En este caso, es prudente arrancar la dedicatoria. Los libros dedicados tienen la extraña vocación de acabar en las librerías de viejo, y hay esas historias horribles de libros de Darío o de Rilke dedicados melosamente a Valéry y encontrados después con los buquinistas del Sena, sin abrir. O aquella historia del libro de Valle-Arizpe que encontró, intonso, en una librería de viejo, y que compró y envió de nuevo a su amigo: «Con el renovado afecto de Artemio de Valle-Arizpe».

 

Una pésima solución consiste en conservarlos diciendo: En realidad, no tengo tiempo de leerlos, lo hago para dejarles una biblioteca a mis hijos. Excusa cada vez más débil, hoy que las ciencias adelantan que es una barbaridad. Casi todos los libros se vuelven obsoletos desde el momento en que se publican, si no antes. Y la mercadotecnia está logrando imponer la planned obsolescence hasta de los autores clásicos (con nuevas y mejores ediciones críticas) para acabar con la ruinosa trasmisión de gustos de una generación a la siguiente, que tanta fuerza restaba al mercado.

 

La formación de bibliotecas obsoletas para los hijos se justifica como la preservación de ruinas: por razones puramente arqueológicas. Y hay excusas mejores para acumular libros sin leerlos. Si se forma una biblioteca sobre Tlaxcala o, mejor aún, de ediciones del Quijote, nadie tiene derecho a exigir que el bibliófilo haya leído mil veces el Quijote, una por edición. Aunque no falten visitas inocentes que se escandalicen de ver tantas veces el mismo título. ¿No es como retratarse y exhibirse bajo mil ángulos con el único pez gordo que se ha pescado en la vida?

 

Bajo el Imperativo Categórico de Leer y Ser Culto, una biblioteca es una sala de trofeos. La montaña mágica es como una pata de elefante que da prestigio, sirve de taburete y permite conversar de peligrosas excursiones al África. ¿Y qué decir del león que le guiñó un ojo al cazador antes de rodar a sus pies? Así, quien tiene las memorias de Churchill dedicadas y sin abrir dice: ¡Pobre Winston! Por respeto, las guardo como las recibí. ¡Qué formidable león británico! Le supliqué al taxidermista que conservara cuidadosamente el guiño…

 

Los cazadores tienen fama de exagerados. Por eso el lector que aspira a ser culto tiene como principio ético no exhibir jamás piezas cazadas indebidamente. Menos aún piezas que, en realidad, leyó un amigo, o el guía, en el safari cultural. De ahí también que un libro sólo pueda ser visto como un cadáver disecado, no un animal de presa vivo. ¿Tigres en el tanque de la gasolina? Pase. Pero ¿rugiendo por toda la casa, echados en el cuarto de baño o en la cama, estirándose y bostezando en las ventanas, encaramados en los anaqueles? ¡Jamás! Por respeto a las visitas.

 

El culto de ser culto viene de los libros sagrados. Karl Popper supone que la cultura democrática nace con la aparición del mercado del libro en Atenas, en el siglo V antes de Cristo. El libro comercial acaba con el libro sagrado. Pero ¿acaba? El mercado es ambivalente. Tener en casa y a la mano lo que antes sólo se veía en el templo es atractivo para la demanda, porque los libros tienen todavía el prestigio del templo. La desacralización democrática prospera como simonía: permite vender lo que no tiene precio. No acaba con los libros sagrados: los multiplica.

 

Sócrates criticó el fetichismo del libro. Dos siglos después, dijo el Eclesiastés: «Componer muchos libros es nunca acabar, y estudiar demasiado daña la salud. Basta de palabras. Todo está escrito». En el siglo I, escribe Séneca: «La multitud de libros disipa el espíritu». En China, en el siglo IX, el poeta Po Chu Yi se burla de Lao-Tsé: «De sabios es callar, los que hablan nada saben»[ Dicen que dijo Lao-Tsé, en un librito de ochocientas páginas ]. En Argelia, en el siglo XIV, Ibn Jaldún: «Los demasiados libros sobre un tema hacen más difícil estudiarlo». En Alemania, en el siglo XVI, Lutero: «La multitud de libros es una calamidad». Don Quijote, al enterarse de que se había escrito el Quijote: «Hay algunos que así componen y arrojan libros de sí como si fueran buñuelos». Montaigne: «Se busca más interpretar interpretaciones que interpretar las cosas. Hay más libros sobre libros que sobre cualquier otro tema. No hacemos más que glosarnos los unos a los otros». Samuel Johnson: «Es extraño que se escriba tanto y se lea tan poco». «Para convencerse de la vanidad de las esperanzas humanas no hay lugar más deprimente que una biblioteca pública: verla tapizada de imponentes volúmenes, cuidadosamente meditados y documentados, que no pasaron del catálogo».

 

Alguna vez propuse un guante de castidad para los autores que no se puedan contener. Pero también es útil un baño de agua fría: sumergirse en una gran biblioteca, para desanimarse, como Johnson, ante la multitud de autores desconocidos.

 

El progreso ha logrado que todas las personas, no sólo los profetas elegidos, puedan darse el lujo de hablar en el desierto. Y nada puede detener la multiplicación de libros. Por un momento parecía que iba a ser la televisión. Marshall McLuhan escribió (¡escribió!) libros proféticos sobre el fin de los tiempos librescos. Pero la explosión del libro lo dejó hablando en el desierto.

 

El despegue comercial de la televisión en los Estados Unidos fue de 1947 a 1960. Pasó de siete a 517 estaciones trasmisoras y de 16 mil a 45 millones de aparatos receptores; prácticamente de cero al 88% de los hogares. Todo estaba, pues, listo para acabar con el libro. Sin embargo, el número de títulos anuales publicados en el mismo período (1947 a 1960) subió al doble: de 7 mil a 15 mil. Como si fuera poco, de 1960 a 1968 volvió a doblar, y en un período menor, mientras que el porcentaje de hogares con receptores, naturalmente, ya no podía subir más que a la saturación: 98%.

 

Según la Wikipedia, los cinco países que más libros publican son el Reino Unido (206,000 en 2005), los Estados Unidos (172,000 en 2005), China (136,000 más 42,000 de Taiwán en 2007), Alemania (96,000 en 2007) y España (86,000 en 2008). Estos números suman 738,000.

 

A mediados del siglo XV apareció la imprenta de caracteres móviles. No sustituyó de inmediato a los copistas, ni la impresión con placas de madera, pero multiplicó los títulos disponibles. Lucien Febvre y Henri-Jean Martin estiman que los incunables (los libros impresos entre 1450 y 1500) fueron unos 10 mil o 15 mil títulos en unas 30 mil o 35 mil ediciones (dos o tres ediciones por título) de unos 500 ejemplares por edición. O sea que se publicaron unos 250 títulos por año en promedio, lo cual pudo empezar en unos 100. Robert Escarpit estima que se publicaron unos 250 mil en 1952. Esto implica mil veces más que los incunables y un ritmo anual de crecimiento (1.6% anual) cinco veces mayor que la población (0.3%) a lo largo de cinco siglos.

 

Se decía que la televisión también iba a acabar con la explosión demográfica. Pero ambas explosiones continuaron (sobre todo la del libro), como puede verse en las cifras para el año 2000. En medio siglo (de 1950 a 2000), la población mundial creció al 1.8% anual y la publicación mundial de libros al 2.8% anual.

 

 

 

1450

1950

2000

 

GUTENMERG

TELEVISIÓN

 

 

TÍTULOS ANUALES

100

250.000

1.000.000

POBLACIÓN

(MILLONES)

500

2.500

6.000

TÍTULOS POR MILLÓN

0,2

100

167

 

 

A partir de estas cifras gruesas, pueden hacerse interpolaciones también gruesas. Se publicaron unos 500 títulos en 1550, unos 2,300 en 1650, unos 11,000 en 1750 y unos 50,000 en 1850. La bibliografía acumulada desde 1450 hasta 1550 fue de unos 35,000 títulos, hasta 1650 de 150,000, hasta 1750 de 700,000, hasta 1850 de 3.3 millones, hasta 1950 de 16 millones, hasta el año 2000 de 52 millones. En el primer siglo de la imprenta (1450-1550) se publicaron unos 35 mil títulos; en el último medio siglo (1950-2000) unos 36 millones: mil veces más.

 

La humanidad publica un libro cada medio minuto. Suponiendo un precio medio de 30 dólares y un grueso medio de 2 centímetros, harían falta 30 millones de dólares y 20 kilómetros de anaqueles para la ampliación anual de la biblioteca de Mallarmé, si hoy quisiera escribir:

 

¡Helás! La carne es triste y he leído todos los libros.

 

 

Los libros se publican a tal velocidad que nos vuelven cada día más incultos. Si alguien lee un libro diario (cinco por semana), deja de leer 4,000 publicados el mismo día. Sus libros no leídos aumentan 4,000 veces más que sus libros leídos. Su incultura, 4,000 veces más que su cultura.

 

«Hay mucho que saber, y es poco el vivir» —dijo Gracián. El aforismo tiene ese dejo melancólico, más allá de su verdad cuantitativa, porque remueve los sentimientos de culpa que nos da nuestra finitud frente a las tareas infinitas que exige el imperativo de haber leído todo. Sí, hay algo profundamente melancólico en ir a una biblioteca o librería llena de libros que no leeremos jamás. Algo que trae a la memoria aquellos versos de Borges:

 

 

Hay un espejo que me ha visto por última vez.

Hay una puerta que he cerrado hasta el fin del mundo.

Entre los libros de mi biblioteca (estoy viéndolos)

hay algunos que ya nunca abriré.

 

 

¿Y para qué leer? ¿Y para qué escribir? Después de leer cien, mil, diez mil libros en la vida, ¿qué se ha leído? Nada. Decir: Yo sólo sé que no he leído nada, después de leer miles de libros, no es un acto de fingida modestia: es rigurosamente exacto, hasta la primera decimal de cero por ciento. Pero ¿no es quizás eso, exactamente, socráticamente, lo que los muchos libros deberían enseñarnos? Ser ignorantes a sabiendas, con plena aceptación. Dejar de ser simplemente ignorantes, para llegar a ser ignorantes inteligentes.

 

Quizá la experiencia de la finitud es el único acceso que tenemos a la totalidad que nos llama, y nos pierde, con desmedidas ambiciones totalitarias. Quizá toda experiencia de infinitud es ilusoria, si no es, precisamente, experiencia de finitud. Quizá, por eso, la medida de la lectura no debe ser el número de libros leídos, sino el estado en que nos dejan.

 

¿Qué importa si uno es culto, está al día o ha leído todos los libros? Lo que importa es cómo se anda, cómo se ve, cómo se actúa, después de leer. Si la calle y las nubes y la existencia de los otros tienen algo que decirnos. Si leer nos hace, físicamente, más reales.

 

 

 

 

[ Fragmento de: Gabriel Zaid. “Los demasiados libros” ]

 

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