martes, 4 de agosto de 2026

 

[ 858 ]

 

ESTADOS UNIDOS SAQUEA A VENEZUELA TRECE MIL MILLONES DE DÓLARES EN PETRÓLEO SEMESTRALES

Luis Britto

 

 


 

 

 

Las noticias sobre Venezuela han dejado de aparecer en los medios venezolanos. Para enterarnos del destino y administración de los recursos que nos pertenecen debemos recurrir a fuentes internacionales.

 

Así, tras larga pesquisa en  internet, descubrimos información del  Financial Times  según la cual  desde enero hasta comienzos de julio de 2026, Estados Unidos ha ingresado 13 billones de dólares procedentes del petróleo venezolano (para los anglosajones un billion es mil millones).

 

Para la referida información, el Financial Times habría utilizado datos acopiados por KPLER, firma que ejerce la vigilancia satelital sobre los cargamentos de petróleo que circulan por los océanos, y particularmente los extraídos de Venezuela a partir del secuestro del Presidente Nicolás Maduro.    KPLER calculó el valor monetario de ellos según estimaciones de precios procedentes de Argus Media.

 

 A fin de comprender la magnitud del gigantesco latrocinio infligido a nuestro país, debemos recordar que la suma del Presupuesto de la Nación venezolano asignada para el Gasto Público durante el año  2026 equivale a 19.948 millones de dólares. En sólo seis meses Estados Unidos nos habría despojado de 13.000 millones de dólares; a fin de año, de seguir al mismo ritmo, el latrocinio alcanzaría unos 26.000 millones de dólares, unos 6.000 millones más que lo previsto para todas nuestras erogaciones públicas durante todo un año.

 

Ninguna norma venezolana de ninguna índole, ni constitucional, ni legal, ni reglamentaria, ningún tratado internacional válido autoriza este inconcebible latrocinio contra nuestro país y nuestro pueblo. Todos aquellos que colaboren en él incurren en responsabilidad civil, penal y administrativa y son personalmente responsables de su reparación.    

 

Sobre los inicios de este monumental expolio escribí el 27 de febrero del este año el estudio “¿A quién pertenecen los recursos naturales de Venezuela?”, cuya publicación fue rechazada por la prensa local.  Una página web creada por el gobierno apenas informa  que de tales fondos, represados en una partida del Tesoro de Estados Unidos, habrían sido transferidos a nuestro país en marzo apenas  unos 300 millones de dólares. De acuerdo con informaciones del funcionario del Departamento de Estado Michael Kozak, unos 3.000 millones de dólares procedentes de la venta del petróleo venezolano habrían sido reintegrados a Venezuela, pero tales afirmaciones carecen de fuentes verificables.

 

Acerca del paradero de los restantes 12.700 millones de dólares no hay informes, ni por parte de los estadounidenses ni de nuestra administración ni de nadie. Nada se sabe tampoco de los movimientos de una partida secreta en Qatar con fondos pertenecientes a Venezuela manejada discrecionalmente por el Presidente y el Secretario de Estado de la potencia invasora.

 

Tampoco se conoce si los  fondos estimados por Financial Times provienen de ventas de petróleo venezolano por algunas compañías estadounidenses que como Chevron seguían trabajando en nuestro país por una dispensa especial de la misma potencia bloqueadora, si proceden de pozos operados por Petróleos de Venezuela S.A. o si vienen de la venta de hidrocarburos extraídos por empresas chinas o rusas como las filiales de Rosznef, que operan en nuestro país en función de concesiones legítimas.

 

Asimismo falta información sobre si se están aplicando mecanismos  de inspección, fiscalización y control sobre el manejo de tales fondos venezolanos sustraídos por los estadounidenses. Ni siquiera se conoce si han sido efectivamente  depositados en una partida del Tesoro de su país en cumplimiento de la Executive Order 14.373, ni bajo cuáles normas y con qué efectos para los responsables.

 

"Crea Vd., general, que a la sombra del misterio no trabaja sino el crimen" escribió Simón Bolívar a  Francisco de Paula Santander el 6 de abril de 1820. Una densa tiniebla  ha caído sobre el pueblo venezolano: en todo lo concerniente  al uso y destino de sus recursos, a la forma en que serán satisfechas sus más elementales necesidades de alimentación, salud, vivienda, transporte, defensa, educación, cultura, al ejercicio de sus derechos, al goce de independencia y soberanía. Un telón de opacidad encubre los más relevantes datos sobre el presente y el destino de nuestro país.

 

El 24 de julio el Gobierno Nacional anuncia que accede a 346 millones de dólares de sus propios recursos en el Fondo Monetario Internacional para dedicarlos a infraestructura, viviendas y servicios público esenciales. A dicha institución sólo se acude para solicitar empréstitos que sólo se otorgan a cambio de abrumadores compromisos e impagables intereses. Dura situación es la de un país que para paliar los efectos de una catástrofe natural deba endeudarse todavía más, mientras sus fondos de 13.000 millones de dólares provenientes de la venta de sus hidrocarburos permanecen secuestrados en el Tesoro del mismo país que lo invadió y bombardeó.

 

Por ello, resulta irrisoria la oferta del Presidente del país invasor de aportar 150 millones de dólares para aliviar los efectos del terremoto en Venezuela, mientras valiéndose de su Executive Order 14.373 mantendría incautados en el Tesoro de Estados Unidos activos venezolanos casi mil veces mayores  que su ofensiva limosna, fondos que incluso la mencionada norma reconoce como “propiedad del gobierno de Venezuela”, aunque nuestro país no puede gozar, disponer ni usar de ellos. 

 

Una vez más me veo obligado a citar la desoladora máxima de Voltaire según la cual “en la guerra de lo que se trata, ante todo, es del robo”. Venezuela es víctima de una guerra iniciada unilateralmente por la mayor potencia armamentista del mundo; no se ha suscrito Tratado de Paz, y la situación de los venezolanos y de sus bienes en nuestro país no es otra que la exposición al ilimitado pillaje por fuerzas extranjeras enemigas o sus cómplices.

 

En tiempos de las bárbaras naciones se permitía el saqueo  de uno, dos o excepcionalmente tres días sobre los pueblos vencidos. El Presidente de Estados Uniidos intenta imponer el latrocinio absoluto: el saqueo de todas las riquezas de nuestro país durante todos los segundos, horas, días, meses y años venideros, hasta que lo obliguemos a dejar de hacerlo.

 

La expoliación casi total de los recursos de un país es crimen contra todos y contra todo.

 

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sábado, 1 de agosto de 2026


 

[ 857 ]

Delcy: la gratitud que humilla

 

Eduardo Miguel Álvarez Estévez, periodista cubano

 

 

 


 

La promesa da ayuda de Trump a Venezuela es la cadena que se cierra sobre el cuello de un pueblo que un día fue libre… Y Delcy Rodríguez, presidenta encargada, acepta la limosna y da las gracias

 

 

José Martí escribió: “La gratitud, como ciertas flores, no se da en la altura, y se aviene mal con la sombra”. Lo escribió pensando en los hombres dignos, en los pueblos que no olvidan, en la memoria como fundamento de la virtud. Hoy, esas palabras me queman al leer las declaraciones de la presidenta encargada de Venezuela.

 

Delcy Rodríguez agradeció a Donald Trump. No lo hizo en un aparte diplomático, en un susurro de pasillo. Lo hizo a micrófono abierto, ante el mundo, con la solemnidad de quien firma un documento de capitulación: “Venezuela nunca olvidará la mano tendida a nuestro pueblo en estas horas tan duras”.

 

No voy a negar que un país pueda agradecer la ayuda humanitaria, venga de donde venga. Pero esto no es un agradecimiento. Esto es un acto de humillación. Y duele. Duele porque durante más de veinte años Cuba tendió la mano a Venezuela sin pedir nada a cambio, y nunca, jamás, recibió una gratitud así.

 

Lo que Cuba dio sin pedir

 

Lo digo sin hipérbole. Cientos de miles de médicos, maestros, entrenadores deportivos, asesores agrícolas cubanos pisaron tierra venezolana desde los años del huracán Vargas hasta la pandemia. Salvaron vidas en los barrios, alfabetizaron, operaron en quirófanos improvisados, llevaron salud donde nunca había llegado. La Misión Barrio Adentro fue la obra más grande de solidaridad internacionalista de este siglo.

 

Cuba no le cobró a Venezuela. No le exigió petróleo a precio de mercado. No le puso condiciones políticas a la ayuda. Compartimos lo que teníamos, que nunca fue mucho. Lo hicimos porque somos un pueblo que aprendió, con Martí, que “Patria es humanidad”.

 

¿Y qué recibimos a cambio? Silencio. Y ahora, esta escena bochornosa.

 

La mano que aplaude al verdugo

 

Lo más grave no es que agradezca a Trump. Lo más grave es a quién se lo agradece y en qué contexto. Trump es el mismo que calificó a Venezuela de “amenaza inusual y extraordinaria”. El mismo que ordenó sanciones que impidieron a Venezuela comprar medicinas, alimentos e insumos. El mismo cuyo secretario de Estado, Marco Rubio, llama “esclavos modernos” a los médicos cubanos que salvaron vidas venezolanas.

 

Ahora, ese mismo Trump, después de haber asfixiado al pueblo venezolano, le ofrece una mano “solidaria”. Esa mano no es ayuda. Es el último acto de una rendición. Es la limosna del que te robó la casa, con la que pretende que le agradezcas y le entregues las escrituras.

 

Y Delcy Rodríguez, presidenta encargada, acepta la limosna y da las gracias.

 

La memoria como acto de dignidad

 

Martí también dijo: “El hombre que se conforma con lo que le dan, y no pide lo que debe pedir, es un esclavo”. Eso es lo que estremece de esta declaración. No es un acto diplomático. Es la naturalización de la sumisión.

 

Comparo y me sangra el alma. Durante décadas, Cuba no recibió de Venezuela un agradecimiento de este calibre. Ni una frase. Ni un gesto público de hermandad. Los presidentes venezolanos, los cancilleres, los ministros, guardaron silencio. Y ahora, ante el mundo, la presidenta encargada rompe ese silencio para agradecer al presidente del imperio.

 

No es casualidad. Es un mensaje. Es la certificación de que Venezuela ha dejado de ser un país soberano para convertirse en un protectorado agradecido. La “mano tendida” de Trump no es solidaridad. Es la cadena que se cierra sobre el cuello de un pueblo que un día fue libre.

 

Lo que nos queda

 

No voy a insultar a Delcy Rodríguez. No hace falta. Sus propias palabras la definen. Lo que sí voy a hacer es recordar. Porque la memoria es lo único que el imperio no puede bombardear, ni bloquear, ni comprar con petróleo.

 

Recordemos a los médicos cubanos que murieron en Venezuela cumpliendo su misión. Recordemos a los maestros que alfabetizaron en los cerros. Recordemos a los entrenadores que formaron atletas. Recordemos que Cuba nunca pidió una alfombra roja ni un desfile de agradecimiento. Pero tampoco merece este silencio cómplice, esta ingratitud que se viste de diplomacia.

 

Lo que yo sostengo

 

La gratitud, cuando se prostituye, deja de ser virtud. Se convierte en servilismo. Y el servilismo no es revolucionario, ni es bolivariano, ni es humano. Es la muerte del alma antes de que muera el cuerpo.

 

Nosotros no hacemos como ellos. Nosotros sí agradecemos. A los que estuvieron. A los que están. A los que, sin pedir nada, compartieron su pan y su techo.

 

Y a los que hoy se arrodillan, les recordamos a Martí: “Los que no tienen el valor de ser hombres, tienen al menos el instinto de ser sombras”.

 

Cuba no es sombra. Cuba es luz. Y la luz no se agradece al que la apaga.

 

Patria o Muerte. Venceremos.

 

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domingo, 26 de julio de 2026


[ 856 ]

 

 

CONTRAHISTORIA DEL LIBERALISMO

Domenico Losurdo

 

(…)

 

 

 

capítulo sexto

LA LUCHA POR EL RECONOCIMIENTO DE LOS INSTRUMENTOS DE TRABAJO EN LA METRÓPOLI Y LAS REACCIONES DE LA COMUNIDAD DE LOS LIBRES

 


 Alexis de Tocqueville

 

 

LIBERALISMO Y RADICALISMO: DOS DISTINTAS FENOMENOLOGÍAS DEL PODER

 

  Al expresar su juicio sobre Inglaterra y Estados Unidos, además de ignorar la condición de los pueblos coloniales o de origen colonial, Tocqueville ignora las condiciones materiales de vida, las relaciones de trabajo, hasta las «leyes civiles». Él declara ajenas a su investigación y al análisis de la democracia no solo la opresión de los negros y de los pieles rojas, sino también la detención de los ciudadanos blancos (los «vagabundos» o los pobres llamados a testificar en un proceso), que no son culpables de ningún delito. El culto de aquella «cosa santa» que es la libertad ignora la suerte de los excluidos en su conjunto, ya vivan en las colonias o en la metrópoli. Y de nuevo, la divergencia entre el liberalismo y el radicalismo —de que Marx y Engels son los herederos críticos— se manifiesta ya a nivel epistemológico. En Inglaterra —observa Engels— el «favorecer a los ricos está explícitamente reconocido incluso en la ley». A la misma conclusión llega también Tocqueville cuando analiza las «leyes civiles» inglesas heredadas por los Estados Unidos; sin embargo, tan solo para Engels posee este hecho relevancia política. Y, al igual que los dos autores de El manifiesto del partido comunista, también el liberal francés compara con un esclavo al obrero de la época, obligado a sufrir en la fábrica una «estricta dependencia» y fuera de ella, una miseria degradante y opresiva; pero, una vez más, él considera todo eso ajeno a la esfera política propiamente dicha.

 

 

Son, precisamente, la drástica restricción de lo político y la consiguiente exclusión de la parte mayor de la totalidad social fuera de su propio ámbito, lo que suscita las críticas de Marx. Desde el punto de vista de la sociedad y de la teoría política burguesa —observa ya en sus escritos juveniles— las relaciones sociales «tienen solo un significado privado, ningún significado político». En su forma más desarrollada, el Estado burgués «cierra incluso los ojos y declara no políticos los antagonismos reales, que no le perturban». Una vez consideradas carentes de relevancia política, las relaciones burguesas sociales y de poder en la fábrica y en la sociedad pueden desarrollarse sin obstáculos o impedimentos externos.

 

 

Más allá de la miseria, la realidad de la fábrica —subraya El manifiesto del partido comunista— evidencia el «despotismo» que amenaza a los obreros, «organizados en forma militar» y, «como soldados rasos de la industria […] sometidos bajo la vigilancia de una jerarquía completa de oficiales y suboficiales». Algo más vaga es la conclusión de Tocqueville; pero ahora el despotismo es identificado y denunciado no ya en esta realidad, sino más bien en los intentos del poder político por modificarla o aliviarla. Contra la pretensión de poner «la previsión y la sabiduría del Estado en el lugar de la previsión y de la sabiduría individuales», el liberal francés proclama que «no hay nada que autorice al Estado a entrometerse en la industria»: nos referimos al célebre discurso del 12 de septiembre de 1848, pronunciado para que la Asamblea constituyente rechace esa reivindicación del «derecho al trabajo» que ya había sido sangrientamente sofocada en las jornadas de junio. Tocqueville llega hasta el punto de responsabilizar a las «doctrinas socialistas» por la reglamentación y reducción del horario de trabajo («le travail de douze heures»), las cuales se convierten así en objeto de una condena inapelable. Y, de la misma manera, como expresión de socialismo y despotismo, se elimina toda medida legislativa tendente a aliviar la miseria de las «clases inferiores», mediante la contención del nivel de los alquileres.

 

 

Acerca de esto el liberal francés insiste con intransigencia. Inmediatamente después de las sangrientas jornadas de junio, no vacila en acusar de incoherencia y flaqueza al ministro de Asuntos Interiores: «Mientras que Cavaignac y Lamorcière combaten el socialismo en las calles, Sénard apoya las doctrinas socialistas a propósito del trabajo de doce horas». Algunos meses más tarde, en su esbozo de circular electoral de mayo de 1849, Tocqueville exhibe como mérito el hecho de haber votado, entre otras cosas, «contra la limitación a la que someter la duración del trabajo, contra el impuesto progresivo y, finalmente, contra la abolición de la sustitución militar». Este último punto no es menos significativo que los demás. La posibilidad que tenía el rico de reclutar a un pobre para que lo sustituyera en el momento de cumplir su obligación del servicio militar, no implica para Tocqueville una desigualdad, basada en el censo y sancionada por la ley, incluso ante el peligro de muerte; por el contrario, se trataría de una contratación entre individuos que pertenece a la esfera privada y, por tanto, no daña el principio de la igualdad jurídica.

 

 

A esta restricción de la esfera política y a esta singular fenomenología del poder —que identifica el dominio y la opresión siempre y solo en la intervención del poder político en una esfera privada ensanchada de forma desmesurada— se atiene Tocqueville, incluso en su calidad de historiador, cuando reconstruye la historia del derrumbe del Antiguo Régimen. Él traza un cuadro dramático de la condición de las clases populares. Contra los «mendigos» y los «vagabundos» se procedía, en ocasiones «de manera violentísima», con el arresto y la condena a trabajos forzados, sin proceso, de decenas de miles de personas. No mucho mejor era el tratamiento reservado a los campesinos: si en el plano material y social vivían en un «abismo de miseria y de aislamiento», en el plano de los derechos civiles estaban privados de cualquier protección; «eran arrestados continuamente para la corvée, para la milicia, por practicar la mendicidad, por medidas policíacas y por miles de otros motivos». En conclusión: los campesinos eran considerados un poco como «los negros de nuestras colonias». Por tanto, ¿la revolución era legítima y necesaria? No es esta la opinión de Tocqueville. Francia, que con los economistas critica de manera radical el Antiguo Régimen y se apresta a derrocarlo, «¡deseaba más las reformas que los derechos!». Los Parlamentos —expresión de la aristocracia nobiliaria y, por lo tanto, co-responsables de la degradación de los campesinos a «negros»— son, por su parte, el organismo que, antes de ser desgraciadamente disuelto por la revolución, encarna, a pesar de todo, la causa de la libertad: en los años que preceden al fatal 1789 «nos habíamos convertido en un pueblo libre por nuestras instituciones judiciales»…

 

(continuará)

 

 

 

 

[ Fragmento: Domenico Losurdo. “Contrahistoria del liberalismo” ]

 

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viernes, 17 de julio de 2026


[ 855 ]

 

IMPERIALISMO Y SOCIALISMO.

Néstor Kohan

 

 

 


https://www.youtube.com/watch?v=pFQZxw9AIrg

 

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miércoles, 15 de julio de 2026


[ 854 ]

 

HISTORIA SOCIAL DE LA LITERATURA ESPAÑOLA (XXXIX)

 

 Blanco Aguinaga,

Julio Rodríguez Puértolas,

Iris M. Zavala.

 

 


11.3C.

EL BARROCO COMO VISIÓN DEL MUNDO:

GÓNGORA, QUEVEDO, GRACIÁN

 

(…) A mediados de siglo, cerrando ya prácticamente la época, escribe BALTASAR GRACIÁN ( 1601-1658), notable prosista cuya obra, aunque de muy limitados registros, recoge y lleva a su forma extrema aspectos claves de la ideología y del estilo barrocos. Aragonés -nace en Belmonte, cerca de Calatayud- y jesuita, es tal vez el único de los escritores destacados en lengua castellana de la época que no tuvo una relación directa con Madrid. Estudia en Calatayud, Tarragona y Zaragoza; vive luego en Valencia, Lérida y Gandía; empieza a publicar durante una fructífera estancia en Huesca (donde es protegido del rico erudito de provincia Juan de Lastanosa) y vuelve a Zaragoza. Por haber publicado El criticón sin permiso de sus superiores es enviado en 1658 a cumplir penitencia a Graus, y, ya perdonado, muere en Tarazana, a disgusto consigo mismo y con la orden, con la cual, por una u otra razón, casi siempre estuvo en conflicto este hombre paradójicamente pragmático y oportunista que tanto insistió por escrito acerca de la importancia de no enajenarse jamás a los superiores.

 

El héroe (1637), El político don Fernando el Católico ( 1640), Arte de ingenio ( 1642, revisada y reimpresa en 1648 con el título de Agudeza y arte de ingenio), El discreto (1646), Oráculo manual (1647), y El criticón (tres partes: 1651, 1653, 1657) son sus obras principales. En todas ellas, incluso en el abstruso, largo y rebuscado Criticón, la prosa de Gracián es ceñida, construida a base de frases cortas en las que domina la antítesis que, aunque parece mantener la característica tensión conceptista, se resuelve las más veces en la destrucción de uno de los contrarios por el otro, que se levanta así como verdadero: «más importa la menor carta del triunfo que corre, que la mayor del que pasó»; «todo lo favorable,obra por sí; todo lo odioso, por terceros»; y el juego de palabras que cumple la misma función: «milicia es la vida del hombre contra la malicia del hombre.» Se trata de la depurada forma última,epigramática y descarnada, del procedimiento estilístico ya conocido en Mateo Alemán y Quevedo, que en el teatro de Calderón, según veremos, adquiere características estructuras particularmente rigurosas en las relaciones que se establecen no sólo dentro de cada oración, sino entre cada oración y todas las demás del texto, así como entre todas ellas y la estructura general de la obra.

 

El modelo ideológico, por lo demás, como en toda la literatura post-tridentina, particularmente la barroca, es el de la fórmula Engaño-Desengaño, Apariencia-Realidad. Pero donde Cervantes, en cuya obra podría decirse, en abstracto, funciona el mismo esquema, contemplaba las contradicciones para, a su vez, crear nuevas contradicciones y ambigüedades; donde Quevedo en sus mejores momentos creaba una tensión en la que podían subsistir los dos términos contrarios, o caer destruidos los dos en el caos que sólo la palabra parece controlar momentáneamente; en Gracián, como en Calderón, como antes en Mateo Alemán, los términos contrarios se excluyen de manera absoluta y Jo que el autor predica es, claro, desde su perspectiva dogmática, siempre indiscutible y definitivo, así como, a pesar del «ingenio», carente de toda complejidad. Todo ello, además, según acabamos de leer, presididom por la idea de que «milicia es la vida del hombre»: ante tal guerra la obra de Gracián parece acogerse a uq «Santiago y cierra España» carente de alternativas, en una centrada y radical unidad de forma y contenido, de ideología y de estilo. Lo asombroso, sin embargo, es que el muy traído y llevado realismo de Gracián, su tajante estilo, están en última instancia cínicamente dedicados al servicio de defensa de la apariencia, atributo del poder, para alcanzar el cual -predica Gracián una y otra vez- es necesario recurrir a cualquier forma de engaño. La obra de Gracián trata obsesivamente del poder y de la fama, y en El héroe, por ejemplo, se empieza por insistir en la importancia del disimulo y de mantener siempre la distancia necesaria que impida a los demás conocer la verdadera hechura del hombre de excepción:

 

«¡Oh, varón candidato de la fama! Tú, que aspiras a la grandeza, alerta el primor: todos te conozcan, ninguno te abarque.»

 

Cierto que El héroe podría interpretarse como intento último, lección urgente, de que -por fin- el ser corresponda en la vida española al parecer, ya que, a fin de cuentas, Gracián insiste en que «el héroe» ha de poseer un «señorío innato, una secreta fuerza de imperio», así como «una indecible gallardía, tanto en el decir como en el hacer, hasta en el discurrir». El abismo, por ejemplo, que veía Quevedo entre una nobleza y un rey que mandaba descuidadamente sin poseer ninguna de las virtudes tradicionales y la verdadera «política de Dios» o el engaño a los sentidos que es para Mateo Alemán toda apariencia, quedarían así resueltos en la unidad entre el ser y el parecer. Ejemplo, Fernando el Católico. Nos parece excesiva, sin embargo, la importancia suprema que da Gracián al parecer, su oportunista obsesión por el «disimulo» como virtud. Tratándose, como se trata, de una obra sumamente elitista que, de hecho, pretende educar a la clase dominante, si nadie ha de conocer lo que tras la apariencia realmente se esconde, ¿cómo distinguir entre ser y apariencia cuando, de hecho, lo decisivo es el poder? No es casualidad que El discreto, al igual que el Oráculo manual, dos de sus libros clave, sean una sola lección acerca de las diversas maneras de alcanzar el éxito social sorteando por el engaño los engaños, por el artificio todo artificio. En última instancia, importa insistir, para Gracián todo se basa en el poder, ya que «más se saca de la dependencia que de la cortesía». Esta inversión «realista» (que, sin embargo, muy a la española se erige contra Maquiavelo) de los valores renacentistas de tiempos de Garcilaso no es, por supuesto, sólo temática, sino estilística, y es tan consciente de sí misma que se luce en explicar -como ya se venía haciendo desde tiempos de Góngora- la superioridad del arte sobre la naturaleza: el «Siglo de Oro» se cierra así con el rechazo de los valores que lo inauguraron en un Garcilaso o un Juan de Valdés.

 

Más complejo, desde luego, es El criticón, largo viaje hacia la sabiduría que emprenden Critilo, el culto y discreto náufrago, y Andrenio, el joven impulsivo y natural que podría ser uno de los antecedentes del «buen salvaje». Critilo educa a Andrenio -y los dos aprenden- en el libro de largas y complejas aventuras. Por encima de todo van descubriendo la armonía del Universo y, claro está, aprenden a desconfiar de las apariencias, así como que la Muerte sólo se vence por los grandes hechos de la Fama, verdadera Inmortalidad reservada para muy pocos hombres. Las nociones de Virtud, Fama, Valor heroico e Inmortalidad son aquí demasiado severas y austeras, su presencia simbólica es demasiado elaborada como para que podamos confundir El criticón con los cínicos consejos y epigramas de los libros anteriores de Gracián. Sin embargo, la enorme abstracción que en la España de la época significa este libro, su aristocratismo, la persistencia, precisamente, del tema de la Fama, central a todo el Barroco y sólo desmitificada en un Cervantes o un Quevedo, no nos permiten separar esta obra de las anteriores de Gracián. Gracias a ello entendemos que el aragonés, al borde de los largos años de sequedad creadora castellana que van a seguir a su obra, nos revela el significado último del Barroco con tanta o más claridad que Calderón: «primor» en que estriba la «grandeza», que es «fama» porque es «parecer», trátese de «honra» o de vivir en el poder y el lujo entre la miseria; «agudeza de ingenio» que, en última instancia, justifica la mentalidad de una clase dominante que se niega al cambio y, como los epigramas de Gracián, se encierra en sí misma negando toda apertura. Seca, dogmática, brillante y casuística, la obra de Gracián cierra una época que, salvo la secuela de Calderón, inicia en las letras españolas un largo silencio del que irá tardía y trabajosamente saliendo con la aparición -modesta y precaria- del mundo burgués que en Europa se iniciaba ya cuando Gracián pretendía cerrar las puertas al futuro.

 

 

(continuará)

 

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