sábado, 25 de junio de 2022


 

 

[ 170 ]

 

DESINFORMACIÓN

 

Manuel Vázquez Montalbán

 

 

Recuerdo que cuando se produjeron los sucesos del ex Congo belga que llevaron a la muerte al líder Patricio Lumumba, los jóvenes aprendices de periodistas críticos comentamos que en pleno siglo XX, años sesenta, las agencias informativas podían crear una impresionante ceremonia de la confusión y sólo un cantante entonces de moda, Dodó Escolá, se atrevió a responder a la pregunta: "¿Qué pasa en el Congo? Que a blanco que pillan le hacen mondongo". Me hice eco de la impotencia del receptor en un libro, pecado de juventud, Informe sobre la información (1963). Casi cuarenta años después, ya no vive Dodó Escolá para responder con conocimiento de causa a qué pasa en Ruanda, ni siquiera a qué pasa en los Balcanes, porque la apariencia de la opulencia informativa con que se han cubierto ambos conflictos no ha conseguido esconder la real miseria informativa. Se crea la consigna o la pauta de lo informativamente correcto y los corresponsales individualizados contemplan la realidad fragmentada por biombos colocados por los poderes políticos y militares. Si se nos engañó durante la guerra del Golfo presentándonos a patos agonizando por culpa de la maldad ecológica de los iraquíes y luego resultaron ser patos de Alaska atrapados por la marea negra de un petrolero accidentado, ¿qué garantía tenemos sobre las informaciones que nos han ido llegando de Yugoslavia, filtradas por los designios estratégicos del Imperio y por la inocencia política de los Solanas, esos náufragos en el océano Atlántico? Es que ni siquiera podemos fiarnos del ojo global de la CNN, con su pasteurizada información para hoteles de cuatro o cinco americanas estrellas, con su estilo de transmitir las tragedias como si fueran programas de aeróbic conducidos por Jane Fonda. Toda la cacharrería circulante por las autopistas de la información no está al servicio de la mentira. Pero sí al de la no verdad.”

 

( Manuel Vázquez Montalbán. “Artículos periodísticos” )

 

 

 

****

 

 

[ 20 AÑOS DESPUÉS:

 

Bélgica devuelve a la familia de Lumumba uno de los dientes del líder independentista congoleño

 

La autoridades belgas han devuelto a la familia de Patrice Lumumba un diente del líder independentista congoleño, ejecutado y desaparecido en 1961. El primer ministro, Alexander De Croo, ha reconocido la «responsabilidad moral» de la antigua metrópoli.

 

“Las autoridades de Bélgica han entregado este lunes a la familia de Patrice Lumumba, uno de los héroes de la independencia de República Democrática del Congo (RDC), uno de los dientes que le fueron extraídos tras su ejecución en 1961, tras un golpe de Estado.

El fiscal federal belga, Frédéric Van Leeuw, ha dado las gracias a la familia de Lumumba por la batalla judicial que han librado para lograr recuperar parte de los restos del que fuera el primer ministro congoleños tras las primeras elecciones celebradas en RDC como país independiente, en mayo de 1960, después de independizarse de Bélgica.

 

En el acto, que se ha celebrado en el Palacio d'Egmont de la capital belga, Bruselas, han estado presentes unos decena de familiares de Lumumba. El cofre con el diente ha sido entregada a uno de sus hijos.

«Me comprometo con el juez de instrucción a continuar para hacer avanzar (el caso)», ha apuntado Van Leeuw, en referencia al proceso abierto tras la denuncia por crímenes de guerra presentada en 2011 por la familia de Lumumba…” ]

 


 

***

 

 

LOS DIENTES. LO ÚNICO QUE QUEDÓ DE ÉL.

 

(…) 2. Lumumba. Los dientes. Lo único que quedó de él. Cuando Patrice Lumumba (1924-1961), el primer jefe de gobierno del Congo independiente, anunció que las riquezas naturales de aquel país africano finalmente iban a servir a sus habitantes y no a los colonizadores –y buscó ayuda soviética para fortalecer la independencia− tuvo que enfrentar una invasión belga (su antiguo colonizador), dos levantamientos secesionistas de unas ricas regiones mineras, la campaña estadunidense de desestabilización y un golpe de Estado anticomunista.

 

La CIA trató de envenenarlo, pero luego optó por delegar la tarea a los verdugos locales y asesinos belgas (el uranio para las bombas atómicas de EEUU provenía de Congo y éste “no podía ser una ‘segunda Cuba’)…”

 

 

Más aquí:

 

https://directopractika.blogspot.com/search/label/Patrice%20Lumumba

 

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viernes, 24 de junio de 2022

 

 [ 169 ]

 

RAJATABLA  ( 77 cuentos)

 

LUIS BRITTO

 

 

 

Usted puede mejorar su memoria

 

Si le caen a carajazos durante diez días para que diga a quién le pasaba los papelitos subversivos pero en el recuerdo sólo flota que lo llamaban Julián o a lo mejor no era Julián sino Miguel y desde luego como quiera que fuera el nombre era un seudónimo y entonces ¿alto? ¿bajo? ¿está en estas fotografías? no hay manera de saberlo, su cara se hincha y se deshincha como una anémona en las corrientes de la improbabilidad, quizá nariz esta o boca esta pero no me acuerdo en realidad qué mala memoria.

 

Y lo peor es que con los golpes en la cabeza a uno lo empeoran, claro, entregarlos le decían uno en el Bloque B-2 o a lo mejor en el C-6 o quizá el A-20, o quizá fue en la sección uno o en la ocho pero carajo es como tratar de recordar la placa del carro del tío de uno o el número de la lotería esa bailadera de números que son y que no son y al fin cuando se clarifica alguno resulta que es el de la propia cédula de identidad y entonces patada por aquí y patada por allá.

 

Si en el escondite estuvo o no estuvo un señor bajito como el de este dibujo, lo imposible de saber entre las muchas personas que van y que vienen por todos los sitios imaginables, menos si el hígado se lo desprenden a uno porque ese hervor cerca del estómago es el hígado, y el hígado tiene que ver con la fiebre alta con la memoria con que ya está se fijan no me acuerdo.

 

—No me arrecuerdo no me arrecuerdo qué noción voy a tener de listas de personas cómo voy a saber teléfonos si les digo por ejemplo ahorita no me arrecuerdo si el señor que me hizo vomitar hace poco es González o Hernández o mejor Gutiérrez, cuanto más de una casa a la que no fui sino que me llevaron en carro y no me fijé en el camino y ahora cómo duele hasta tragar saliva si ni recuerdo cuándo la patada en la garganta si

 

Si de tan mala memoria que no me acuerdo de la cara de mi tía Rosario si de tan mala memoria que no sé de dónde ha salido ese nombre, como la etiqueta de un vacío de varios años; y, por ejemplo, no me acuerdo tampoco del nombre de la escuela, peor, ahora que digo escuela noto que hay allí un hueco negro y sólido, que eso se ha acabado y ay

 

También estaban allí en algún sitio el nombre de mi perro (olvidado) la casa de mis tíos (olvidada) y un vacío del carajo que ahora que me doy cuenta crece y se acaba de tragar lo anterior y mis catorce años, crece y se acaba de tragar una novia (¿quién era?). Pero no importa, es como perder un brazo y queda otro: acordarme por ejemplo de, entonces me doy cuenta de que el restante brazo tantea en el vacío que crece y sólo quedan mi detención y estos diez días que

 

Pero aún puedo acordarme de lo que me hicieron sí lo que me hicieron fue que, no, ni eso, bueno, yo soy yo, tengo cabeza brazos piernas tronco bolas que me les hicieron el bueno qué me les, mientras tenga esta noción estoy vivo, yo estoy vivo sólo los muertos no recuerdan, yo tengo por ejemplo brazos, ahora qué cosa es un brazo, pero qué coño va a ser, si un brazo es, si me acuerdo perfectamente de qué es, es algo como, si el resto, y qué cosa es el resto, y qué cosa es qué cosa, y yo soy o yo era, y qué cosa es era y negro y vacío y fue.

 

 

[ Fragmento de: “Rajatabla 77 cuentos,  LUIS BRITTO” ]

 

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jueves, 23 de junio de 2022


 

[ 168 ]

 

 

ESCRITOS CORSARIOS

 

Pier Paolo Pasolini

 

LIMITACIÓN DE LA HISTORIA E INMENSIDAD DEL MUNDO CAMPESINO

 

 

8 de julio de 1974

 

 

Querido Calvino:

Maurizío Ferrara dice que yo añoro una «edad dorada», tú dices que añoro «la pequeña Italia»: todos dicen que añoro algo, haciendo de esta añoranza un valor negativo y por lo tanto un blanco fácil.

 

Lo que yo añoro (si se puede llamar añorar) lo he dicho claramente, hasta en versos («Paese Sera» 5-1-1974). Que los demás hayan fingido no comprender es natural. Pero me maravilla que no hayas querido comprenderlo tú (que no tienes razones para hacerlo). ¿Qué yo añoro «la pequeña Italia»? Pero entonces tú no has leído un solo verso de Cenizas de Gramsci o de Calderón, nos has leído una sola línea de mis novelas, no has visto un solo cuadro de mis films. ¡No sabes nada de mí! Porque todo lo que he hecho y soy, excluye por su propia naturaleza que yo pueda añorar «la pequeña Italia». A menos que tú me consideres radicalmente cambiado: cosa que forma parte de la psicología milagrosa de los italianos, pero que precisamente por eso no me parece digna de ti.

 

«La pequeña Italia» es pequeño burguesa, fascista, democristiana; es provincial y está marginada de la historia. Su cultura es un humanismo escolástico, formal y vulgar. ¿Quieres que añore todo esto? En lo que a mí respecta personalmente, esta «pequeña Italia» ha sido un país de gendarmes que me ha arrestado, me ha procesado, perseguido, atormentado, linchado por casi dos decenios. Esto puede ignorarlo un joven. Pero tú no. Puede ser que yo haya tenido aquel mínimo de dignidad que me permitió esconder la angustia de quien durante años y años esperaba cada día la llegada de una citación de los tribunales y tenía temor de mirar en los kioscos para no leer en los periódicos atroces noticias escandalosas sobre su persona. Pero si yo puedo olvidar todo esto, no debías sin embargo olvidarlo tú…

 

Por otra parte esta «pequeña Italia», en lo que a mí se refiere, no ha terminado. El linchamiento continúa. Quizás ahora el organizador será el «Espresso», observa la notita introductoria («Espresso», 23-6-1974) a algunos comentarios sobre mi tesis («Corriere della sera», 10-6-1974): notitas en las cuales se hace escarnio de un título no dado por mí, se cita jocosamente mi texto, naturalmente tergiversándolo horrendamente y, finalmente, se arroja sobre mí la sospecha de que sea una especie de nueva Plebe: operación de la cual hasta hubiera creído sólo capaces a los granujas del «Borghese».

 

 

Sé muy bien, querido Calvino, cómo se desarrolla la vida de un intelectual. Lo sé, porque, en parte, es también mi vida. Lecturas, soledad de laboratorio, círculos de pocos amigos y muchos conocidos, todos intelectuales y burgueses. Una vida de trabajo y sustancialmente honesta. Pero yo, como el doctor Hyde, tengo otra vida. Al vivir esta vida, debo romper las barreras naturales (e inocentes) de clase. Derrumbar las paredes de la «pequeña Italia», es adelantarme por lo tanto a otro mundo: el mundo campesino, el mundo subproletario y el mundo obrero. El orden en el cual dispongo estos mundos guarda relación con la importancia de mi experiencia personal, no su importancia objetiva. Hasta hace pocos años éste era el mundo preburgués, el mundo de la clase dominada. Era sólo por meras razones nacionales, o mejor, estatales que éste formaba parte del territorio de «la pequeña Italia». Más allá de esta pura y simple formalidad, este mundo no coincidía para nada con Italia. El universo (al cual pertenecen las culturas subproletarias urbanas y, precisamente, hasta hace pocos años la de las minorías obreras —que eran verdaderas y exactas minorías, como Rusia en 1917) es un universo transnacional: que no reconoce las naciones. Esta es la conquista de una civilización precedente (o de un cúmulo de civilizaciones precedentes muy similares entre sí) y la clase dominante (nacionalista) moderaba su avance según sus propios intereses y sus propios fines políticos (para un lucano —pienso en De Martino— la nación extraña a él, ha sido primero el Reino Borbónico, luego la Italia piamontesa, luego la Italia fascista, luego la Italia actual: sin solución de continuidad).

 

Es este ilimitado mundo campesino prenacional y preindustrial sobreviviente hasta hace pocos años el que yo añoro algo (por algo permanezco el más largo tiempo posible en los países del Tercer Mundo, donde todavía sobrevive, aunque el Tercer Mundo está también él entrando en la órbita del llamado Desarrollo).

 

Los hombres de este universo no viven una edad dorada, como no estaban tampoco implicados, salvo formalmente en la pequeña Italia. Vivían la que Chilanti ha llamado la edad del pan. Eran por lo tanto consumidores de bienes de primera necesidad. Y era esto, quizá, lo que convertía en primariamente necesaria su pobre y precaria vida. Mientras, queda bien claro que los bienes superfluos hacen superflua la vida (para ser extremadamente elemental y cerrar con ello este argumento).

 

Que yo añore o no añore este universo campesino, permanece de todas formas como un asunto de mi incumbencia. Lo cual no me impide de hecho ejercitar sobre el mundo actual tal como es mi crítica: por el contrario, mucho más lúcidamente cuanto más me he distanciado de él y cuanto más acepto vivirlo solo estoicamente.

 

He dicho y lo repito, que la aculturación del Centro consumidor, ha destruido las diferentes culturas del Tercer Mundo (hablo ahora a escala mundial, y me refiero por lo tanto precisamente también a las culturas del Tercer Mundo que son análogas a las culturas campesinas italianas). El modelo cultural ofrecido a los italianos (y a todos los hombres del mundo, por otra parte) es único. La conformación a este modelo se obtiene antes que nada en lo vivido, en lo existencial: y por lo tanto en el cuerpo y en la conducta. Es aquí que se viven los valores, todavía no expresados, de la nueva cultura de la civilización del consumo, es decir, del nuevo y más represivo totalitarismo que se ha visto jamás. Desde el punto de vista del lenguaje verbal, se observa la reducción de todo el lenguaje a lengua comunicativa, con un enorme empobrecimiento de la expresividad. Los dialectos (¡los idiomas maternos!) se han alejado en el tiempo y en el espacio: los hijos están obligados a no hablarlos más porque viven en Turín, en Milán o en Alemania. Allí donde se hablan todavía, han perdido totalmente su potencialidad creativa. Ningún muchacho de las aldeas romanas está en situación, por ejemplo, de entender la jerga de mis novelas de hace quince años: e, ironías de la suerte, ¡se vería obligado a consultar el glosario anexo como un buen burgués del Norte!

 

Naturalmente, esta «visión» mía de la nueva realidad cultural italiana es radical: se refiere al fenómeno como fenómeno global, no a sus excepciones, sus resistencias, sus supervivencias.

 

Cuando hablo de homologación de todos los jóvenes, por la cual, el cuerpo, la conducta y la ideología inconsciente y real (el hedonismo consumista) de un joven fascista no puede ser diferente de todos los otros jóvenes, enuncio un fenómeno general. Sé muy bien que existen jóvenes que se diferencian. Pero se trata de jóvenes que pertenecen a nuestra propia élite y están condenados a ser todavía más infelices que nosotros: y por lo tanto probablemente también mejores. Esto lo digo por una alusión («Paese Sera», 21-6-1974) de Tullio De Mamo que, después de haberse olvidado de invitarme a un encuentro lingüístico de Bressanone, me reprocha no haber estado presente: allí, dice él, habría visto algunas decenas de jóvenes que habrían refutado mi tesis. Lo que equivale decir que si algunas decenas de jóvenes usan el término «heurística» ello significa que el uso de este término es practicado por cincuenta millones de italianos.

 

Tú dirás: los hombres han sido siempre conformistas (todos iguales uno al otro) y hubo siempre élites. Te contesto sí, los hombres siempre han sido conformistas y en la medida de lo posible uno igual al otro, pero según su clase social. Y, dentro de estas distinciones de clase, según sus particulares y concretas condiciones culturales (regionales). Hoy, en cambio (y aquí aparece la «mutación» antropológica) los hombres son conformistas y todos iguales uno al otro según un código interclasista (estudiante igual obrero, obrero del Norte igual a obrero del Sur): al menos potencialmente, en la ansiosa voluntad de uniformarse.

 

Finalmente, querido Calvino, quisiera hacerte notar una cosa. No por moralista, sino como analista. En tu apresurada respuesta a mi tesis, en el «Messagero» (18 de junio de 1974) se te ha escapado una frase doblemente infeliz. Se trata de la frase: «A los jóvenes fascistas de hoy no los conozco y espero no tener ocasión de conocerlos». Pero: 1) por cierto no tendrás nunca esta ocasión; aunque en el compartimiento de un tren, en la cola de un comercio, en la calle, en un salón, tú debieses encontrar jóvenes fascistas, no los reconocerías; 2) desearse no encontrar nunca jóvenes fascistas es una blasfemia, porque, por el contrario, debemos hacer todo para individualizarlos y encontrarlos. No son fatales y predestinados representantes del Mal: no han nacido para ser fascistas. Nadie —cuando nos convertimos en adolescentes y estuvimos en situación de escoger, según sabe qué razones y necesidades— eligió racialmente el sello de los fascistas. Es una forma atroz de la desesperación y de la neurosis lo que lanza a un joven a una elección semejante; y quizás hubiera bastado una pequeña experiencia diferente en su vida, un encuentro simple, para que su destino fuese distinto.

 

 

 

[ Fragmento de: Pier Paolo Pasolini. “Escritos corsarios” ]

 

 

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miércoles, 22 de junio de 2022

 

 

[ 167 ]

 

POR EL BIEN DEL IMPERIO

Josep Fontana

 

 

LA CUESTIÓN DE BERLÍN

 

La desastrosa situación a que hubo de hacer frente en los primeros meses de su gestión condicionó a Kennedy en su encuentro con Jrushchov en Viena, a comienzos de junio de 1961. Kennedy necesitó el auxilio de los estimulantes e inyecciones habituales para hacer frente a Jrushchov, quien cometió el error de tratar a su joven colega «como una prima donna que se enfrenta a una debutante», amenazándole con firmar una paz por separado con la República Democrática Alemana, lo que pondría fin a los derechos de acceso de las potencias al Berlín Occidental, sin darse cuenta de que, a diferencia de Eisenhower, a quien había planteado anteriormente esta misma amenaza, Kennedy aspiraba sinceramente a la distensión, por lo menos en este terreno. El presidente norteamericano, que creía que Jrushchov se había mostrado intransigente con él porque su fracaso en la invasión de Cuba le hizo creer que era débil —y en efecto, Jrushchov había dicho a los suyos, para justificar la dureza de la posición que pensaba adoptar, que lo sucedido en Bahía de Cochinos demostraba que el poder no estaba en los Estados Unidos en las firmes manos de un líder—, regresó de Viena descorazonado y con ansias de devolver el golpe.

 

 

Eran momentos de tensión entre Jrushchov y Ulbricht, que esperaba un apoyo político más firme de los soviéticos y justificaba la diferencia entre ambas zonas alemanas por el hecho de que los rusos habían estado sacando recursos del este en concepto de reparaciones, mientras los occidentales vertían millones de dólares de ayuda al oeste. Ante la perspectiva de que la situación en Berlín se prolongase durante mucho tiempo, y vista la necesidad de cortar el flujo de ciudadanos que pasaban al oeste y, a la vez, de dificultar las numerosas actividades de espionaje y subversión que se organizaban desde la zona occidental, Jrushchov aceptó en agosto de 1961 la sugerencia de Ulbricht de levantar una barrera de separación entre ambas zonas de Berlín, lo que de algún modo aliviaría la tensión. Kennedy diría en privado: «un muro es muchísimo mejor que una guerra», pero no dejó de aprovechar «el muro de la vergüenza» como objeto de propaganda.

 

Los soviéticos manejaban estas cuestiones con prudencia, pero no se podía esperar lo mismo de Ulbricht y de los alemanes orientales, como lo demostró el incidente que se produjo en el check-point Charlie, en una ocasión en que los soldados de la Alemania oriental pidieron la documentación a un diplomático de la misión norteamericana en Berlín, Allan Lightner, que el 22 de octubre de 1961 se disponía a cruzar con su esposa la frontera de la zona oriental para dirigirse a la ópera. Como representante de una de las cuatro potencias ocupantes, Lightner se negó a aceptar la autoridad de los funcionarios de la Alemania del este para pedirle la documentación y exigió hablar con un funcionario soviético. Se produjeron forcejeos y escenas de tensión, y el 27 de octubre llegó a haber hasta 33 tanques soviéticos frente a los tanques norteamericanos del otro lado (de hecho el general Clay había pedido a Washington autorización para hacer una incursión en Berlín Este), en una situación que se resolvió cuando, a la mañana siguiente —como consecuencia, al parecer, de un contacto de Jrushchov con Kennedy a través de su hermano Robert y del coronel Bolshakov—, los tanques soviéticos empezaron a retirarse y los norteamericanos hicieron lo mismo veinte minutos más tarde.

 

El incidente pudo haber tenido consecuencias muy graves, puesto que tanto soviéticos como norteamericanos pusieron en estado de alerta sus fuerzas en el mundo entero: mientras en el check-point Charlie tenían lugar estos incidentes, cuatro submarinos norteamericanos aguardaban en el mar del Norte con sus misiles Polaris preparados para atacar objetivos de la Unión Soviética. Pero la forma en que se resolvió el conflicto tuvo la virtud de convencer a Jrushchov de que los norteamericanos no iban a entrar en una guerra por Berlín, lo que explica que decidiera, tras el XXII congreso del PCUS, en octubre de 1961, anular el ultimátum que le había planteado a Kennedy en Ginebra.

 

Eran momentos en que algunos pensaban en Norteamérica que se necesitaba una política de negociaciones para resolver el problema alemán, ya que entendían que los soviéticos estuviesen preocupados por el hecho de que se hubiesen colocado armas nucleares en la Alemania occidental y que se hablase de conceder su control a la OTAN o incluso a los propios alemanes, en momentos en que estos tenían a su frente alguien tan poco de fiar, desde el punto de vista soviético, como Adenauer.

 

 

Eisenhower y Foster Dulles no habían sido capaces de entender que lo que los rusos querían era seguridad y, si Kennedy se la hubiese ofrecido, la guerra fría habría podido terminar, por lo menos en su escenario europeo. Pero aunque Kennedy mantuvo el control del armamento atómico en manos norteamericanas y evitó que los alemanes occidentales pudiesen acceder a él, con el fin de desvanecer los miedos de los soviéticos, no podía hacer más concesiones por razones de prestigio. Como dijo uno de sus asesores: «A medida que la crisis se hace más tensa, la capacidad de la administración para sumarse a cualquier política que implique “concesiones” a los soviéticos disminuye, por miedo a que la oposición la ataque como “apaciguamiento”».

 

 

 

[ Fragmento de: Josep Fontana. “Por el bien del imperio” ]

 

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martes, 21 de junio de 2022

 

[ 166 ]

 

HISTORIAS DE ALMANAQUE

Bertolt Brecht

 

 

 

EL SOLDADO DE LA CIOTAT

 

Fue después de la primera guerra mundial. Durante una feria organizada con motivo de la botadura de un barco en un pequeño puerto del sur de Francia llamado La Ciotat, descubrimos, en medio de una plaza, la estatua en bronce de un soldado del ejército francés. Viendo cómo la gente se arremolinaba en torno a ella, decidimos aproximarnos. Cuál no sería entonces nuestra sorpresa cuando nos percatamos de que en realidad se trataba de un hombre de carne y hueso que, cubierto por un capote color tierra y con un casco de acero en la cabeza y una bayoneta bajo el brazo, permanecía completamente inmóvil sobre un zócalo de piedra, desafiando el ardiente sol de junio. Tenía el rostro y las manos pintados de color de bronce. No movía un solo músculo; ni siquiera pestañeaba.

A sus pies, apoyado contra el zócalo, había un trozo de cartón que rezaba:

 

 

«EL HOMBRE ESTATUA»

(Homme Statue)

 

Yo, Charles Louis Franchard, soldado del … regimiento, a consecuencia de haber quedado sepultado frente a Verdún, poseo la rara habilidad de permanecer completamente inmóvil, como una estatua, durante el tiempo que se me antoje. Esta facultad mía ha sido estudiada por muchos profesores, que la han calificado de enfermedad inexplicable. «¡Dad vuestro pequeño óbolo a un padre de familia sin trabajo!» Arrojamos una moneda al plato que había junto al cártel y nos alejamos meneando la cabeza.

 

He ahí, pensábamos, armado hasta los dientes, al indestructible soldado de tantos milenios; el que hizo posibles las hazañas de Alejandro, de César y Napoleón, de las que hablan los manuales. Hele ahí sin pestañear siquiera. He ahí al arquero de Ciro, al conductor de los carros falcados de Cambises, al que las arenas del desierto no consiguieron sepultar, al legionario de César, al lancero de Gengis-Khan, al suizo de Luis XIV y al granadero de Napoleón. Posee la facultad —no tan excepcional después de todo— de no chistar jamás cuando se ensayan sobre él todos los instrumentos de destrucción imaginables. Es capaz de mostrarse insensible —según dice— cuando le envían a la muerte. Atravesado por las lanzas de todas las épocas: de piedra, bronce o hierro, aplastado por los carros de combate, tanto los de Artejerjes como los del general Ludendorff, pisoteado por los elefantes de Aníbal y los caballos de Atila; destrozado por los proyectiles de artillería, cada vez más perfeccionados, de las distintas épocas, así como por las piedras de las catapultas; acribillado por las balas de los fusiles, grandes como huevos de paloma o diminutas como abejas; hele ahí, indestructible, siempre dispuesto a cumplir las órdenes que se le imparten en todos los idiomas, sin saber nunca por qué ni para qué. Las tierras que conquistó nunca llegaron a pertenecerle, como el albañil tampoco ocupa nunca la casa que con sus manos construyó. Ni siquiera era suya la tierra que defendía. Mas él todo lo soporta; por encima, la lluvia mortífera de los aviones y la brea ardiente que derraman sobre su cabeza desde lo alto de las murallas de la ciudad enemiga; por debajo, minas y trampas; a su alrededor, la peste y los gases asfixiantes. Blanco viviente para lanzas y flechas, picadillo de tanque, carne de cañón; tiene enfrente al enemigo, y detrás, al general. ¡Incontables manos tejieron su jubón, trabajaron su arnés, cortaron el cuero para sus botas! ¡Incontables bolsillos se llenaron a expensas suyas! No ha habido dios que le bendijera. ¡A él, que está atacado por la horrible lepra de la paciencia, a él, que está minado por el mal, incurable, de la insensibilidad! ¿Qué extraño sepultamiento —pensábamos— provocaría en aquel hombre tan monstruosa, horrenda y enormemente contagiosa enfermedad? Pero —nos preguntábamos— ¿no tendrá ésta cura a pesar de todo?

 

 

 

[ Fragmento de: Bertolt Brecht. “Historias de almanaque” ]

 

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lunes, 20 de junio de 2022

 

[ 165 ]

 

“El cazador de historias”

 

Eduardo Galeano

 

 

 

LOS NÁUFRAGOS

 

El mundo viaja.

Lleva más náufragos que navegantes.

En cada viaje, miles de desesperados mueren sin completar la travesía hacia el prometido paraíso donde hasta los pobres son ricos y todos viven en Hollywood.

No mucho duran las ilusiones de los pocos que consiguen llegar.”

 

 

*

 

EL VIENTO

 

Difunde las semillas, conduce las nubes, desafía a los navegantes.

A veces limpia el aire, y a veces lo ensucia.

A veces acerca lo que está lejos, y a veces aleja lo que está cerca.

Es invisible y es intocable.

Te acaricia o te golpea.

Dicen que dice:

—Yo soplo donde quiero.

Su voz susurra o ruge, pero no se entiende lo que dice.

¿Anuncia lo que vendrá?

En China, los que predicen el tiempo se llaman espejos del viento.

 

 

*

 

EL VIAJE DEL ARROZ

 

En tierras asiáticas, el arroz se cultiva con mucho cuidado. Cuando llega el tiempo de la cosecha, los tallos se cortan suavemente y se reúnen en racimos, para que los malos vientos no se lleven el alma.

Los chinos de las comarcas de Sichuán recuerdan la más espantosa de las inundaciones habidas y por haber: ocurrió en la antigüedad de los tiempos y ahogó el arroz con alma y todo.

Sólo un perro se salvó.

Cuando por fin llegó la bajante, y muy lentamente se fueron calmando las furias de las aguas, el perro pudo llegar a la costa, nadando a duras penas.

El perro trajo una semilla de arroz pegada al rabo.

En esa semilla, estaba el alma.

 

 

*

 

 

EL ALIENTO PERDIDO

 

Antes del antes, cuando el tiempo aún no era tiempo y el mundo aún no era mundo, todos éramos dioses.

Brahma, el dios hindú, no pudo soportar la competencia: nos robó el aliento divino y lo escondió en algún lugar secreto.

Desde entonces, vivimos buscando el aliento perdido. Lo buscamos en el fondo de la mar y en las más altas cumbres de las montañas.

Desde su lejanía, Brahma sonríe.

 

*

 

 

LAS ESTRELLAS

 

A orillas del río Platte, los indios pawnees cuentan el origen.

Jamás de los jamases se cruzaban los caminos de la estrella del atardecer y la estrella del amanecer.

Y quisieron conocerse.

La luna, amable, las acompañó en el camino del encuentro, pero en pleno viaje las arrojó al abismo, y durante varias noches se rió a carcajadas de ese chiste.

Las estrellas no se desalentaron. El deseo les dio fuerzas para trepar desde el fondo del precipicio hasta el alto cielo.

Y allá arriba se abrazaron con tanta fuerza que ya no se sabía quién era quién.

Y de ese abracísimo brotamos nosotros, los caminantes del mundo.

 

 

 

[ Fragmento de: Eduardo Galeano. “El cazador de historias” ]

 

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domingo, 19 de junio de 2022

 

 

[ 164 ]

 

LOS ORÍGENES AGRARIOS DEL CAPITALISMO

 

ELLEN MEIKSINS WOOD

 

 

(…)

 

¿Qué fue el «capitalismo agrario»?

 

Durante milenios, los seres humanos han satisfecho las necesidades materiales mediante el trabajo de la tierra. Y, probablemente, durante casi el mismo tiempo que se han dedicado a la agricultura, se han divido en clases sociales, entre quienes trabajaban la tierra y quienes se apropiaban del trabajo de los demás. La división entre apropiadores y productores ha tomado muchas formas en distintas épocas y lugares, pero una característica general que todas ellas han tenido en común ha sido que los productores directos, han sido habitualmente los campesinos. Esos productores campesinos han conservado la posesión de los medios de producción, en concreto, de la tierra. En todas las sociedades precapitalistas, esos productores han tenido acceso directo a los medios de su propia reproducción. Eso ha implicado que, cuando los explotadores se han apropiado de su trabajo excedente, lo han hecho por medios que Marx denominó «extraeconómicos», es decir, mediante la coerción directa, ejercida por terratenientes y/o Estados mediante el uso de una fuerza superior: el acceso privilegiado al poder militar, judicial y político.

 

En eso radica, pues, la diferencia más fundamental entre todas las sociedades precapitalistas y el capitalismo. No tiene nada que ver con si la producción es urbana o rural, y está completamente relacionada con las relaciones particulares de propiedad entre productores y ,apropiadores, sea en la industria o en la agricultura. Solo en el capitalismo el modo prevaleciente de apropiación de excedentes se basa en la desposesión de los productores directos, cuyo trabajo excedente es objeto de apropiación por medios puramente «económicos». Porque, en el capitalismo completamente desarrollado, los productores directos carecen de propiedades y porque el único acceso que tienen a los medios de producción, a la satisfacción de sus propias necesidades de reproducción e incluso a los medios para su propio trabajo consiste en la venta de su fuerza de trabajo a cambio de un salario, los capitalistas pueden apropiarse del excedente de los trabajadores sin coerción directa.

 

Esta relación única entre productores y apropiadores está mediada, claro está, por el «mercado». A lo largo de la historia registrada y, sin duda, también antes, han existido mercados de distintos tipos y la gente ha intercambiado y vendido sus excedentes de muy diferentes formas y por muy distintos propósitos. Sin embargo, en el capitalismo, el mercado tiene una función particular y sin precedentes. En una sociedad capitalista, casi todo lo que hay son mercancías que se producen para el mercado.

 

Más fundamental aún es el hecho de que tanto el capital como el trabajo son totalmente dependientes del mercado para las condiciones más básicas de su propia reproducción. Igual que los trabajadores dependen del mercado para vender su fuerza de trabajo como mercancía, los capitalistas dependen de él para comprar fuerza de trabajo, además de los medios de producción, y realizar las ganancias mediante la venta de bienes o servicios producidos por los trabajadores. Esta dependencia del mercado le otorga a este un papel sin precedentes en las sociedades capitalistas, no solo como simple mecanismo de intercambio o de distribución, sino como determinante principal y regulador de la reproducción social. El surgimiento del mercado como determinante de la reproducción social presupuso la penetración de este en la producción de lo más imprescindible para la vida: la comida.

 

Este sistema único de dependencia del mercado implica unas «leyes de movimiento» absolutamente distintivas, requerimientos sistémicos específicos y obligaciones que no comparte con ningún otro modo de producción: los imperativos de la competencia, la acumulación y la maximización de ganancias. Y esos imperativos, a su vez, implican que el capitalismo pueda, y deba, expandirse constantemente de maneras y en una medida nunca vistas en ninguna otra forma social: acumular constantemente, buscar incesantemente nuevos mercados, imponer incansablemente sus imperativos a nuevos ámbitos de la vida, a los seres humanos y al medio natural.

 

Una vez que reconocemos lo específicos que son esos procesos y esas relaciones sociales, lo distintos que son de otras formas sociales que han dominado la mayor parte de la historia humana, resulta claro que, para explicar el surgimiento de esta forma social concreta, es preciso mucho más que asumir sin justificación alguna que esta siempre ha existido en una forma embrionaria que tan solo cabía liberar de toda limitación antinatural. Así pues, la cuestión de sus orígenes se puede formular del siguiente modo: dado que, durante milenios antes del advenimiento de capitalismo, los productores ya eran explotados por los apropiadores de maneras no capitalistas, y dado que los mercados han existido también desde «tiempos inmemoriales» y en casi todas partes, ¿cómo es que productores y apropiadores, así como las relaciones entre ambos, llegaron a ser tan dependientes del mercado?

 

Evidentemente, sería posible reseguir indefinidamente hacia atrás los largos y complejos procesos que condujeron en última instancia a esa situación de dependencia del mercado. Sin embargo, la cuestión resultará más manejable si identificamos el primer momento y el primer lugar en los que se puede discernir con claridad una nueva dinámica social, una dinámica que deriva de la dependencia del mercado de los principales actores económicos. Después, podremos explorar las circunstancias específicas que rodean a esa situación única.

 

Aún en el siglo XVII, e incluso mucho más tarde, la mayor parte del mundo, incluida Europa, estaba libre de los imperativos que antes hemos descrito. Ciertamente, existía un vasto sistema de comercio, que para entonces se extendía ya por todo el mundo. No obstante, en ningún lugar, ni en los grandes centros comerciales de Europa ni en las amplias redes comerciales del mundo islámico ni de Asia, la actividad económica y, en particular, la producción se regía por los imperativos de la competencia y la acumulación. El principio que prevalecía en el comercio era en todas partes el de «beneficio por alienación», o «comprar barato y vender caro»; habitualmente, comprar barato en un mercado y vender caro en otro…”

 

 

Completo aquí:

 

http://media.wix.com/ugd/58e728_48d5bf41dacf48518c783e72d8f2a51d.pdf

 

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sábado, 18 de junio de 2022

 

[ 163 ]

 

LA VOLUNTAD

Azorín

 

 

“El maestro saca del bolsillo un periódico y lo despliega.

 

—Hoy he leído aquí —añade—, una crónica de un discípulo mío… se titula La Protesta… quiero leértela porque pinta un período de nuestra vida que acaso, andando el tiempo, se llame en la historia La época de La regeneración.

 

Y Yuste, bajo la higuera que plantó S. Pascual, un místico, un hombre austero, inflexible, ha leído este ejemplar de ironía amable:

 

«Y en aquel tiempo en la deliciosa tierra de Nirvania todos los habitantes se sintieron tocados de un grande y ferviente deseo de regeneración nacional.

 

¡Regeneración nacional! La industria y el comercio fundaron un partido adversario de todas las viejas corruptelas; el Ateneo abrió una amplia información en que todos, políticos, artistas, literatos, clamaron contra el caciquismo en formidables Memorias; los oradores trinaban en los mitins contra la inmoralidad administrativa…

 

Y un día tres amigos —Pedro, Juan, Pablo—, que habían leído en un periódico la noticia de unos escándalos estupendos, se dijeron: «Puesto que todo el país protesta de los agios, depredaciones y chanchullos, vamos nosotros, ante este caso, a iniciar una serie de protestas concretas, definidas, prácticas; y vamos a intentar que bajen ya a la realidad, que al fin encarnen, las bellas generalizaciones de monografías y discursos».

 

Y Pedro, Pablo y Juan redactaron una protesta. «Independientemente de toda cuestión política —decían— manifestamos nuestra adhesión a la campaña que D. Antonio Honrado ha emprendido contra la inmoralidad administrativa, y expresamos nuestro deseo de que campañas de tal índole se promuevan en toda Nirvania». Luego, los tres incautos moralizantes imaginaron ir recogiendo firmas de todos los conspicuos, de todos los egregios, de todos los excelsos de este viejo y delicioso país de Nirvania…

 

Principiaron por un sabio y venerable exministro. Este exministro era un filósofo; era un filósofo amado de la juventud por su bondad, por sus virtudes, por su inteligencia clara y penetrante. Había vivido mucho; había sufrido los disfavores de las muchedumbres tornadizas; y en su pensar continuo y sabio, estas íntimas amarguras habían puesto cierto sello de escepticismo simpático y dulce…

 

—¡Oh, no! —exclamó el maestro—. Yo soy indulgente; yo creo, y siempre lo he repetido, que todos somos sujetos sobre bases objetivas, y que son tan varios, diversos y contradictorios los factores que suscitan el acto humano, que es preferible la indiferencia piadosa a la acusación implacable… Y tengan ustedes entendido que una campaña de moralidad, de regeneración, de renovación eficaz y total, sólo puede tener garantías de éxito; sólo debe tenerlas, en tanto que sea genérica, no específica, comprensora de todos los fenómenos sociales, no determinadora de uno solo de ellos…

 

Pedro, Juan y Pablo se miraron convencidos. Indudablemente, su ardimiento juvenil les había impulsado a concreciones y personalidades peligrosas. Había que ser genérico, no específico. Y volvieron a redactar la protesta en la siguiente forma: «Independientemente de toda cuestión política, manifestamos nuestra adhesión a toda campaña que tienda a moralizar la Administración pública, y expresamos nuestro deseo de que campañas de tal índole se promuevan en Nirvania».

 

Después, Pedro, Juan y Pablo fueron a ver a un elocuente orador, jefe de un gran partido político.

 

—Yo entiendo, señores —les dijo—, que es imposible, y a más de imposible injusto, hacer tabla rasa en cierto y determinado momento, de todo aquello que constituyendo el legado de múltiples generaciones, ha ido lentamente elaborándose a través del tiempo por infinitas causas y concausas determinadoras de efectos que, si bien en parte atentatorios a nuestras patrias libertades, son, en cambio, y esto es preciso reconocerlo, respetables en lo que han coadyuvado a la instauración de esas mismas libertades, y a la consolidación de un estado de derecho que permite, en cierto modo, el libre desarrollo de las iniciativas individuales. Así, en resumen, yo he de manifestar que, aunque aplaudo, desde luego, la noble campaña por ustedes emprendida, y a ello les aliento, creo que hay que respetar, como base social indiscutible, aquello que constituye lo fundamental en el engranaje social, o sea los derechos adquiridos…

 

Otra vez los tres ingenuos regeneradores tornaron a mirarse convencidos. Indudablemente, el ilustre orador tenía razón; había que hacer una enérgica campaña de renovación social, pero respetando, respetando profundamente las tradiciones, las instituciones legendarias, los derechos adquiridos. Y Pedro, Juan y Pablo, de nuevo redactaron su protesta de este modo: «Independientemente de toda cuestión política, y sin ánimo de atentar a los derechos adquiridos, que juzgamos respetables, ni de subvertir en absoluto un estado de cosas que tiene su razón de ser en la historia, manifestamos nuestro deseo de que los ciudadanos de Nirvania trabajen en favor de la moralidad administrativa.»

 

Siguiendo en sus peregrinaciones los tres jóvenes visitaron luego a un sabio sociólogo. Este sociólogo era un hombre prudente, discreto, un poco escéptico, que había visto la vida en los libros y en los hombres, que sonreía de los libros y de los hombres.

 

—Lo que ustedes pretenden —les dijo— me parece paradójico e injusto. ¡Suprimir el caciquismo! La sociedad es un organismo, es un cuerpo vivo; cuando este cuerpo se ve amenazado de muerte, apela a todos los recursos para seguir viviendo y hasta se crea órganos nocivos que le permitan vivir… Así la sociedad española, amenazada de disolución, ha creado el cacique que, si por una parte detenta el poder para favorecer intereses particulares, no puede negarse que en cambio subordina, reprime, concilia estos mismos intereses. Obsérvese a los caciques de acción, y se les verá conciliar, armonizar los más opuestos intereses particulares. Suprímase el cacique y esos intereses entrarán en lucha violenta, y las elecciones, por citar un ejemplo, serán verdaderas y sangrientas batallas…

 

Por tercera vez Pedro, Juan y Pablo se miraron convencidos y acordaron volver a redactar la protesta en esta forma:

 

«Respetando y admirando profundamente, tanto en su conjunto como en sus detalles, el actual estado de cosas, nos permitimos, sin embargo, hacer votos por que en futuras edades mejore la suerte del pueblo de Nirvania, sin que por eso se atente a las tradiciones ni a los derechos adquiridos.

 

Y cuando Pedro, Juan y Pablo, cansados de ir y venir con su protesta, se retiraron por la noche a sus casas, entregáronse al sueño tranquilos, satisfechos, plenamente convencidos de que vivían en el más excelente de los mundos, y de que en particular era Nirvania el más admirable de todos los países.»

 

 

El maestro calló. Y como declinara la tarde, al levantarse para regresar al pueblo, dijo:

 

—Esto es irremediable, Azorín, si no se cambia todo… Los unos son escépticos, los otros perversos… y así caminamos, pobres, miserables, sin vislumbres de bonanza… arruinada la industria, malvendiendo sus tierras los labradores… Yo les veo aquí en Yecla morirse de tristeza al separarse de su viña, de su carro… Porque si hay algún amor hondo, intenso, es este amor a la tierra… al pedazo de tierra sobre el que se ha pasado toda la vida encorvado…”

 

 

[ Fragmento de: Azorín. “La voluntad” ]

 

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