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CONTRAHISTORIA DEL LIBERALISMO
Domenico Losurdo
(…)
capítulo
sexto
LA
LUCHA POR EL RECONOCIMIENTO DE LOS INSTRUMENTOS DE TRABAJO EN LA METRÓPOLI Y
LAS REACCIONES DE LA COMUNIDAD DE LOS LIBRES
«LEYES CIVILES» Y «LEYES
POLÍTICAS»
La restricción de la esfera política es tan
radical que resulta paradójica. Al analizar el sistema penitenciario vigente en
los Estados Unidos, Tocqueville llama la atención sobre una legislación que
arroja a los pobres a la prisión incluso por débitos absolutamente
insignificantes: en Pennsylvania, el número de los individuos anualmente
encarcelados por deudas asciende a 7000; si a esta cifra se le agrega la de los
condenados por delitos más graves, resulta que de cada 144 habitantes, casi uno
al año termina en prisión. Pero no es ni siquiera este el aspecto más
importante. El liberal francés se ve obligado a reconocer el peso no solo
indirecto, sino también directo que la riqueza ejerce sobre la administración
de la justicia. El «vagabundo» o aquel que es sospechoso de vagabundeo es
encerrado en la cárcel sin haber cometido delito alguno. Peor, en espera del
proceso, el testigo o el querellante pobre pierde la libertad, mientras que la
conserva el ladrón capaz de pagar la fianza. Claramente resulta ridiculizado el
principio mismo de igualdad ante la ley. Pero esta no es la conclusión de
Tocqueville: «Entre todos los pueblos modernos, los ingleses son los que han
concedido una mayor libertad a través de leyes políticas y los que han hecho un
uso más frecuente de la prisión en sus leyes civiles»; los norteamericanos, por
su parte, incluso habiendo modificado ampliamente las «leyes políticas», han
«conservado la mayor parte de las leyes civiles» de Inglaterra.
En esta distinción nos encontramos con una
categoría fundamental: el autor liberal formula su juicio acerca de los países
visitados por él a partir, exclusivamente, de las lois politiques,
mientras que las lois civiles son consideradas, por definición,
políticamente irrelevantes. No por casualidad en La Democracia en América
hay pocas huellas de los datos recogidos en el curso de la encuesta sobre el
sistema penitenciario de los Estados Unidos. Se podría decir que las páginas
más interesantes de Tocqueville son las que no serán utilizadas posteriormente
en la obra que más tarde consagrará su celebridad. Se explica en consecuencia
la conclusión de alguna manera triunfal: en la república del otro lado del
Atlántico la libertad se manifiesta en toda su plenitud y no constituye un
privilegio. Al estar habituado a lois civiles bien distintas, el viajero
proveniente de Francia expresa ante los Estados Unidos su disgusto por una
legislación que le resulta «monstruosa»; pero «la masa de los hombres de leyes»
norteamericanos no halla en ella nada para reírse ni la ve en contradicción con
la «constitución democrática». Este es precisamente el punto de vista que
Tocqueville termina por asumir, no sin percibir las contradicciones y sentir
desconcierto. Veamos el primer aspecto dando de nuevo la palabra al liberal
francés:
«Hay que reconocer que el régimen de las
penitenciarías norteamericanas es severo. Mientras que la sociedad de los
Estados Unidos da el ejemplo de la mayor libertad, las prisiones del propio
país ofrecen el espectáculo del más completo despotismo. Los ciudadanos
sometidos a la ley son protegidos por ella; estos dejan de ser libres solo
cuando se convierten en malvados».
En realidad, el propio Tocqueville reconoce
que también los vagabundos y los testigos pobres sufren un «severo» tratamiento
en las cárceles o en las casas de trabajo semejantes a cárceles. Analicemos
ahora su desconcierto. Ya sabemos de las protestas de los vagabundos encerrados
en cárceles por una sociedad que no sabe resolver de otra manera el problema de
la desocupación. ¿Cuál es la reacción de Tocqueville? Del mismo modo que no
incluye entre sus «tareas» indagar sobre los eventuales remedios a la
desocupación, tampoco incluye «ni siquiera indagar hasta qué punto es justa la
sociedad que castiga al hombre que no trabaja y que no tiene trabajo, y de qué
modo esta podría suministrarle medios de existencia sin meterlo en prisión».
Queda, además, el hecho de que el ámbito de la política y de las «leyes
políticas» está delimitado de manera tan estricta que excluye no solo las
condiciones materiales de vida y las relaciones de dependencia en la fábrica,
sino hasta la discriminación censal de la que está permeada la administración
de la justicia en los Estados Unidos.
*
DESPOLITIZACIÓN
Y NATURALIZACIÓN DE LAS RELACIONES ECONÓMICAS Y SOCIALES
A los ojos de la tradición liberal, mucho más
intolerable resulta toda expansión del ámbito político, por el hecho de que
esta ataca relaciones que no solo son de carácter privado, sino que además
poseen un carácter inmutable consagrado por la naturaleza o por la Providencia.
A los ojos de Burke es, al mismo tiempo, una locura y una blasfemia considerar
que entre las «tareas del gobierno» esté la de «garantizar a los pobres cuanto la
Divina providencia ha querido momentáneamente negarles»; la miseria es el
resultado del «descontento Divino», y eso en realidad no puede ser atenuado,
poniendo en discusión «las leyes del comercio», que «son las leyes de la
naturaleza y en consecuencia, las leyes de Dios». A la distancia de decenios
Tocqueville no argumenta de manera muy distinta. En vísperas de la revolución
del 48, él observa con preocupación el comportamiento de las «clases obreras»:
parecerían tranquilas, ya no «atormentadas por las pasiones políticas»; por
desgracia, «sus pasiones, de políticas, se han convertido en sociales»; sí, más
que la composición de este o aquel ministerio, tienden a poner en discusión las
propias relaciones de propiedad y, por tanto, el ordenamiento natural de la
«sociedad», haciendo «pedazos las bases sobre las que aquella reposa». Ya desde
febrero el liberal francés considera que la revolución que había estallado es
socialista o está infectada de socialismo, por el hecho de que en ella están
fuertemente presentes «las teorías económicas y políticas» que querrían hacer
«creer que las miserias humanas son obra de las leyes y no de la Providencia y
que se podría suprimir la pobreza cambiando el ordenamiento social». Al ir más
allá de la esfera política, la «amenaza de cambio de la constitución social» se
configura como un ataque a las «antiguas y santas leyes de la propiedad y de la
familia, sobre las que reposa la civilización cristiana».
De
esta manera, la economía política, por un lado, se funde con la teología; por
el otro, tiende a ocupar el lugar de ella, en el sentido de que ahora esta es
la «ciencia» llamada a sancionar y santificar las relaciones sociales
existentes. Según Malthus es absolutamente necesario que la economía política
se convierta en «un objeto de enseñanza popular»: gracias a eso los pueblos
comprenderán que deben atribuir la causa de sus privaciones a la naturaleza
cruel o a su imprevisión individual. Sí, «la economía política es la única
ciencia de la que se puede decir que, de ignorarla, deben temerse no solo
privaciones, sino males positivos y gravísimos». Pero esta es también la
opinión del propio Tocqueville, quien considera necesario
«difundir entre las clases obreras […] algunas nociones —entre las más
elementales y más evidentes— de la economía política que les hagan comprender,
por ejemplo, lo que de permanente y necesario hay en las leyes económicas que
rigen la tasa de los salarios; porque tales leyes, que son en cierta manera de
derecho divino —ya que surgen de la naturaleza del hombre y de la propia
estructura de la sociedad— están fuera del alcance de las revoluciones».
Si
bien para Burke lo que explica la miseria de las masas populares es el
«descontento Divino», para Malthus es la inmoralidad de su comportamiento, la
incontinencia sexual, que trae al mundo seres a los que no se les puede
asegurar la subsistencia. Remitiéndose al «principio de población de Malthus»,
también Tocqueville acusa a «todos los excesos de la intemperancia» difundidos
entre «las clases inferiores», su «imprevisión», o sea, su tendencia a vivir
«como si cada día no tuviera un mañana», y sobre todo «estos matrimonios
precoces e imprudentes, los cuales parecen no tener otro fin que el de
multiplicar el número de los infelices en la tierra».
A
pesar de los planteamientos radicales que gusta asumir, Bentham no llega a
conclusiones muy distintas: «La pobreza no es obra de las leyes»; el pobre es
como «el salvaje» que no ha logrado superar el estado natural. O sea, para
decirlo con las palabras de un discípulo y colaborador francés del filósofo
inglés: «La pobreza no es una consecuencia del ordenamiento social. ¿Por qué,
entonces, reprochársela? Es una herencia del estado natural». En la polémica
contra el iusnaturalismo el filósofo inglés ironiza sobre el hecho de recurrir
a la naturaleza para fundamentar derechos que tienen sentido solo en el ámbito
de la sociedad, pero ahora la naturaleza reaparece para quitarle la responsabilidad
de la miseria al ordenamiento político-social.
Al
fundamentar en la naturaleza —y en la naturaleza sancionada por la Providencia—
las relaciones sociales existentes, los intentos por modificarlas no pueden ser
otra cosa que una expresión de locura. Burke expresa todo su «horror» por esos
revolucionarios o reformadores precipitados, que no vacilan en «cortar en
pedazos el cuerpo de su viejo progenitor, para ponerlo en el caldero del mago
con la esperanza de que hierbas venenosas y extraños encantamientos puedan
devolverle salud y vigor». De manera análoga para Tocqueville, es la ilusión de
que exista un «remedio [político] contra ese mal hereditario e incurable de la
pobreza y del trabajo» lo que provoca las incesantes, desastrosas expérimentations
que caracterizan el ciclo revolucionario francés, o sea «la gran revolución
social» iniciada en 1789…
(continuará)
[
Fragmento: Domenico Losurdo. “Contrahistoria del liberalismo” ]
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