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HISTORIA SOCIAL DE LA LITERATURA ESPAÑOLA (XXXIX)
Blanco Aguinaga,
Julio Rodríguez Puértolas,
Iris M. Zavala.
11.3C.
EL BARROCO COMO VISIÓN DEL MUNDO:
GÓNGORA, QUEVEDO, GRACIÁN
(…) A mediados de siglo, cerrando ya prácticamente la época, escribe BALTASAR GRACIÁN ( 1601-1658), notable prosista cuya obra, aunque de muy limitados registros, recoge y lleva a su forma extrema aspectos claves de la ideología y del estilo barrocos. Aragonés -nace en Belmonte, cerca de Calatayud- y jesuita, es tal vez el único de los escritores destacados en lengua castellana de la época que no tuvo una relación directa con Madrid. Estudia en Calatayud, Tarragona y Zaragoza; vive luego en Valencia, Lérida y Gandía; empieza a publicar durante una fructífera estancia en Huesca (donde es protegido del rico erudito de provincia Juan de Lastanosa) y vuelve a Zaragoza. Por haber publicado El criticón sin permiso de sus superiores es enviado en 1658 a cumplir penitencia a Graus, y, ya perdonado, muere en Tarazana, a disgusto consigo mismo y con la orden, con la cual, por una u otra razón, casi siempre estuvo en conflicto este hombre paradójicamente pragmático y oportunista que tanto insistió por escrito acerca de la importancia de no enajenarse jamás a los superiores.
El héroe (1637), El político don Fernando el Católico ( 1640), Arte de ingenio ( 1642, revisada y reimpresa en 1648 con el título de Agudeza y arte de ingenio), El discreto (1646), Oráculo manual (1647), y El criticón (tres partes: 1651, 1653, 1657) son sus obras principales. En todas ellas, incluso en el abstruso, largo y rebuscado Criticón, la prosa de Gracián es ceñida, construida a base de frases cortas en las que domina la antítesis que, aunque parece mantener la característica tensión conceptista, se resuelve las más veces en la destrucción de uno de los contrarios por el otro, que se levanta así como verdadero: «más importa la menor carta del triunfo que corre, que la mayor del que pasó»; «todo lo favorable,obra por sí; todo lo odioso, por terceros»; y el juego de palabras que cumple la misma función: «milicia es la vida del hombre contra la malicia del hombre.» Se trata de la depurada forma última,epigramática y descarnada, del procedimiento estilístico ya conocido en Mateo Alemán y Quevedo, que en el teatro de Calderón, según veremos, adquiere características estructuras particularmente rigurosas en las relaciones que se establecen no sólo dentro de cada oración, sino entre cada oración y todas las demás del texto, así como entre todas ellas y la estructura general de la obra.
El modelo ideológico, por lo demás, como en toda la literatura post-tridentina, particularmente la barroca, es el de la fórmula Engaño-Desengaño, Apariencia-Realidad. Pero donde Cervantes, en cuya obra podría decirse, en abstracto, funciona el mismo esquema, contemplaba las contradicciones para, a su vez, crear nuevas contradicciones y ambigüedades; donde Quevedo en sus mejores momentos creaba una tensión en la que podían subsistir los dos términos contrarios, o caer destruidos los dos en el caos que sólo la palabra parece controlar momentáneamente; en Gracián, como en Calderón, como antes en Mateo Alemán, los términos contrarios se excluyen de manera absoluta y Jo que el autor predica es, claro, desde su perspectiva dogmática, siempre indiscutible y definitivo, así como, a pesar del «ingenio», carente de toda complejidad. Todo ello, además, según acabamos de leer, presididom por la idea de que «milicia es la vida del hombre»: ante tal guerra la obra de Gracián parece acogerse a uq «Santiago y cierra España» carente de alternativas, en una centrada y radical unidad de forma y contenido, de ideología y de estilo. Lo asombroso, sin embargo, es que el muy traído y llevado realismo de Gracián, su tajante estilo, están en última instancia cínicamente dedicados al servicio de defensa de la apariencia, atributo del poder, para alcanzar el cual -predica Gracián una y otra vez- es necesario recurrir a cualquier forma de engaño. La obra de Gracián trata obsesivamente del poder y de la fama, y en El héroe, por ejemplo, se empieza por insistir en la importancia del disimulo y de mantener siempre la distancia necesaria que impida a los demás conocer la verdadera hechura del hombre de excepción:
«¡Oh, varón candidato de la fama! Tú, que aspiras a la grandeza, alerta el primor: todos te conozcan, ninguno te abarque.»
Cierto que El héroe podría interpretarse como intento último, lección urgente, de que -por fin- el ser corresponda en la vida española al parecer, ya que, a fin de cuentas, Gracián insiste en que «el héroe» ha de poseer un «señorío innato, una secreta fuerza de imperio», así como «una indecible gallardía, tanto en el decir como en el hacer, hasta en el discurrir». El abismo, por ejemplo, que veía Quevedo entre una nobleza y un rey que mandaba descuidadamente sin poseer ninguna de las virtudes tradicionales y la verdadera «política de Dios» o el engaño a los sentidos que es para Mateo Alemán toda apariencia, quedarían así resueltos en la unidad entre el ser y el parecer. Ejemplo, Fernando el Católico. Nos parece excesiva, sin embargo, la importancia suprema que da Gracián al parecer, su oportunista obsesión por el «disimulo» como virtud. Tratándose, como se trata, de una obra sumamente elitista que, de hecho, pretende educar a la clase dominante, si nadie ha de conocer lo que tras la apariencia realmente se esconde, ¿cómo distinguir entre ser y apariencia cuando, de hecho, lo decisivo es el poder? No es casualidad que El discreto, al igual que el Oráculo manual, dos de sus libros clave, sean una sola lección acerca de las diversas maneras de alcanzar el éxito social sorteando por el engaño los engaños, por el artificio todo artificio. En última instancia, importa insistir, para Gracián todo se basa en el poder, ya que «más se saca de la dependencia que de la cortesía». Esta inversión «realista» (que, sin embargo, muy a la española se erige contra Maquiavelo) de los valores renacentistas de tiempos de Garcilaso no es, por supuesto, sólo temática, sino estilística, y es tan consciente de sí misma que se luce en explicar -como ya se venía haciendo desde tiempos de Góngora- la superioridad del arte sobre la naturaleza: el «Siglo de Oro» se cierra así con el rechazo de los valores que lo inauguraron en un Garcilaso o un Juan de Valdés.
Más complejo, desde luego, es El criticón, largo viaje hacia la sabiduría que emprenden Critilo, el culto y discreto náufrago, y Andrenio, el joven impulsivo y natural que podría ser uno de los antecedentes del «buen salvaje». Critilo educa a Andrenio -y los dos aprenden- en el libro de largas y complejas aventuras. Por encima de todo van descubriendo la armonía del Universo y, claro está, aprenden a desconfiar de las apariencias, así como que la Muerte sólo se vence por los grandes hechos de la Fama, verdadera Inmortalidad reservada para muy pocos hombres. Las nociones de Virtud, Fama, Valor heroico e Inmortalidad son aquí demasiado severas y austeras, su presencia simbólica es demasiado elaborada como para que podamos confundir El criticón con los cínicos consejos y epigramas de los libros anteriores de Gracián. Sin embargo, la enorme abstracción que en la España de la época significa este libro, su aristocratismo, la persistencia, precisamente, del tema de la Fama, central a todo el Barroco y sólo desmitificada en un Cervantes o un Quevedo, no nos permiten separar esta obra de las anteriores de Gracián. Gracias a ello entendemos que el aragonés, al borde de los largos años de sequedad creadora castellana que van a seguir a su obra, nos revela el significado último del Barroco con tanta o más claridad que Calderón: «primor» en que estriba la «grandeza», que es «fama» porque es «parecer», trátese de «honra» o de vivir en el poder y el lujo entre la miseria; «agudeza de ingenio» que, en última instancia, justifica la mentalidad de una clase dominante que se niega al cambio y, como los epigramas de Gracián, se encierra en sí misma negando toda apertura. Seca, dogmática, brillante y casuística, la obra de Gracián cierra una época que, salvo la secuela de Calderón, inicia en las letras españolas un largo silencio del que irá tardía y trabajosamente saliendo con la aparición -modesta y precaria- del mundo burgués que en Europa se iniciaba ya cuando Gracián pretendía cerrar las puertas al futuro.
(continuará)
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