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jueves, 16 de febrero de 2023

 

SUELTO / 011


NEGRO SOBRE NEGRO

 

Leonardo Sciascia

 

«Ayer he buscado –y encontrado, afortunadamente, en el desorden de mis cosas– la hoja amarillenta del diario ‘La libertá’ en el que Pasolini publicó el 9 de marzo de 1951 un artículo sobre mi primer librito. Un artículo a tres columnas, como si hubiese hablado de aquel exiguo librito sabiendo lo que yo escribiría después, hasta ahora. Se titula ‘Dittatura in fiaba’. Y termina con este concepto, que refiriéndose a mi había reiterado después de ‘Passione e ideologia’ y, el pasado año, en la crítica de ‘Todo modo’:

 

“Pero también estos repentinos resplandores, estas gotas de sangre coagulada, son absorbidos por el contexto de este lenguaje, tan puro que el lector se pregunta si su mismo contenido, la dictadura, no habrá sido acaso una fábula”

 

Creo que este juicio –y por ello lo cito– no era de entusiasmo sino de limitación, considerando que él prefería un lenguaje menos puro, más urgente y candente.

 

En cualquier caso, a partir de aquel momento hemos sido amigos. Nos escribíamos asiduamente y de vez en cuando nos encontrábamos, en los diez años que siguieron, y especialmente en el periodo en que él trabajaba en la antología de la poesía dialectal italiana. Luego nuestra correspondencia se enrareció, nuestros encuentros se hicieron escasos y casuales (el último en el vestíbulo del hotel ‘Jolly’, aquí en Palermo, cuando él había venido a buscar actores para ‘Las mil y una noches’). Pero yo siempre me sentía amigo suyo; y creo que también él respecto de mí. Existía, sin embargo, como una sombra entre nosotros, y era la sombra de un malentendido. Creo que me consideraba un poco, ¿cómo decirlo?, racista respecto a la homosexualidad. Y tal vez era cierto, pero no hasta el punto de no estar del lado de Gide en contra de Claudel, del lado de Pier Paolo Pasolini en contra de los hipócritas, corrompidos y cretinos que se lo echaban en cara. Y el hecho de no haber conseguido decírselo nunca me da ahora pena, y remordimiento. Yo era –y lo digo sin vanagloriarme de ello, dolorosamente– la única persona de Italia con la que él podía realmente hablar, dialogar.Sin embargo, no hemos conseguido hablar, dialogar. El error sin duda fue mío, y suya la razón.

 

Todavía quiero decir una cosa más, más allá del angustioso hecho personal: yo veo su muerte –cualesquiera que sean los motivos por los que le han matado, y los sórdidos y turbios detalles que aparezcan– como un trágico testimonio de verdad, de aquella verdad que él ha debatido ardientemente escribiendo, en el último número del ‘Mondo’, una carta a Italo Calvino».

 

 

 

[ Párrafo de ‘Negro sobre negro’, Leonardo Sciascia ]

 

*

lunes, 6 de febrero de 2023


SUELTO / 006

 

NEGRO SOBRE NEGRO

Leonardo Sciascia

 

 

«…Y para tener una idea precisa de las cosas en que el diablo metía mano, tomemos “Gli assempri” de Filippo degli Agazzari, fraile y luego prior del convento de Lecceto cerca de Siena. En número de sesenta y dos, estos assempri, es decir, ejemplos, fueron elegidos por fray Filippo, entre los muchos que habían llegado a su conocimiento, con el criterio de la fiabilidad: 

 

“y solo escribo aquello que he oído de buenas y devotas personas y dignas de fe, de las cuales en mi mente no he tenido ninguna duda, y me parece estar cierto de que se me ha dicho la verdad”.

 

Tomando en consideración aquellas en que el diablo está presente en persona y no a través de vagos influjos y sugestiones, obtenemos esta lista de las cosas suministradas por él en el siglo XIV; la usura; los beneficios ilícitos (o sea, el comercio fraudulento y las falsificaciones lucrativas); la moda femenina, y especialmente el uso de cosméticos; el juego; “el maldito vicio contra natura”. Pero las administra, conviene decirlo, como un pobre diablo. Por dar también nosotros unos ejemplos: va a embellecer a una joven señora, y le descarna la cara como si utilizara vitriolo en lugar de afeite; se ayunta con el frailecillo que “a muchos hacía caer en pecado”, entre sus compañeros, y he aquí que éste abandona el vicio y asustado y desanimado muere. Y no hablemos de las compras de almas, que de ordinario le salen mal por su ingenua costumbre de pagar anticipadamente.

 

Realmente un pobre diablo. Un buen diablo. Un diablo a la italiana. Ese diablo –me contaba Tono Zancanaro– que las madres de un barrio popular de una antigua ciudad papal, caprichosa y tiernamente, enseñaban a apreciar, seguramente a los niños: “¿A quién quieres más, al diablillo o a la madonnaccia?”.

 

Pero, bromas aparte, este pobre diablo del que habla fray Filippo tenía ciertamente su aspecto terrible en el siglo en el que se le describía y pintaba y se contaban sus gestas. No sabemos cuántos usureros habrán dejado de practicar la usura, cuántas mujeres de usar afeites, cuántos comerciantes de defraudar, oyendo los assempri o viéndolos pintados. Claro que fustigaban unos males sociales exactamente identificados, definidos y a veces personificados. La usura, el lujo, el fraude y el juego eran los males de la sociedad comunal: y la mejor parte del mundo católico los llamaba diabólicos, directamente producidos por el diablo y los atacaba y condenaba sin reservas.

 

Hoy se vuelve a hablar del diablo y del mal, pero no de los males que produce, de las maléficas actividades en que se manifiesta, de las personas (de las personas, ¿por qué no?) en que se encarna. Ya no se habla más, en suma, por assempri. Por lo que la usual invitación a explicar con un ejemplo, cuando se habla de cosas no del todo claras, es especialmente válida en este caso. El Papa dice: el diablo existe. De acuerdo…, pero que se explique con un ejemplo, con ejemplos, con assempri. O sucederá que, de acuerdo con el proverbio, hablando del diablo se verá asomar sus cuernos, sí, pero sólo los cuernos como elemento de ridículo e irrisorio adorno.

 

Para ser claros: la usura ya no existe, si no es en algunas áreas perdidas del mundo campesino; pero ¿no puede ser considerada usura la posesión de los medios de producción y de las instituciones financieras, y en cualquier caso el beneficio y la renta que proceden de la explotación del hombre por el hombre? ¿Y del beneficio ilícito no participa, además de la explotación, la publicidad que lo acompaña e incrementa? ¿Y no es posible descubrir la presencia del diablo en los productos cosméticos, no en cuanto sirven para embellecer y seducir sino en la medida en que contribuyen desproporcionadamente a la acumulación del beneficio ilícito?

 

Y luego está la guerra. Y también, en algún caso, la paz. Y el bienestar de determinados pueblos al que corresponde el hambre de otros. Cosas todas ellas en las que, si creyéramos, veríamos asomar los cuernos, las manos, los dientes y el vientre del diablo. Y no del pobre diablo».

 

 

 

[ Fragmento de NEGRO SOBRE NEGRO  /  Leonardo Sciascia ]

 

*


domingo, 15 de enero de 2023

 

[ 320 ]

 

LAS PARROQUIAS DE REGALPETRA

Leonardo Sciascia

 

 

(…)

 

Crónicas escolares

 

Se acerca el verano. En la escuela doy vueltas entre los bancos para vencer el sueño. Los chicos muertos de cansancio emborronan los ejercicios. Camino para vencer la colada de sueño que, si me siento, me llena como un molde vacío. En el turno de la tarde, durante este mes de mayo, el sueño constituye una pesada insidia. En casa no dormiría, leería algún libro o escribiría un artículo o alguna carta a los amigos. En la escuela es distinto. Atado al remo de la escuela debo seguir, seguir como en un sueño cuya pesadilla es la desesperada inmovilidad, la imposible fuga. No me gusta la escuela; y me desagradan quienes, ajenos a ella, alaban los méritos y las alegrías de dicho trabajo. No niego que en otros lugares y condiciones el oficio de maestro puede dar alguna que otra satisfacción. Pero aquí, en un remoto pueblo de Sicilia, entro en un aula con el mismo ánimo con que un minero baja a las oscuras galerías de la azufrera.

 

Treinta niños que no consiguen estar quietos, que piden la corrección manual que la ley prohíbe, y me traen alegres las varas de almendro para que las pruebe en sus espaldas; y también vienen sus madres a decirme que los enderece a palos, porque sus hijos: «Son árboles torcidos y hay que darles miedo». Y miedo debería consistir en el uso incondicional del bastón. «¡Benditas las manos!», añaden entonces refiriéndose a un maestro que repartía el pan de la ciencia con la ayuda de una vara nudosa y tenía, alto y robusto como era, una forma especial de coger a los niños por la orejas y levantarlos. A uno le dejó la oreja que parecía un higo chumbo y luego se ha hecho hombre con aquella oreja y ha emigrado a América para hacerse rico. Treinta niños que se aburren, rompen las cuchillas de afeitar al través, las clavan medio centímetro en la madera de los pupitres y las pulsan como si fueran guitarras; se intercambian obscenidades que hago como que no oigo: «¡Tu hermana, tu madre!»

 

Blasfeman, escupen, hacen conejos con las hojas del cuaderno, conejos que mueven sus largas orejas, temblor que se convierte en una bola de papel al oír mi súbita reprimenda. Y hacen barcos y sombreros, o colorean los dibujos de los libros utilizando de forma salvaje los colores rojo y amarillo, hasta romper la página. Se aburren, pobrecitos. Qué van a pensar en las cuentas, la gramática, las ciudades del mundo o en lo que produce Sicilia; en lo único que piensan es en comer. Apenas el bedel toque la campana saldrán corriendo para coger el tazón de aluminio; judías con caldo con unos redondeles de margarina, la metralla del «corned beef», la lonja de membrillo que envuelven con la hoja de los ejercicios para luego ir lamiendo membrillo y tinta por la calle.

 

El director viene dos o tres veces al año. Es un buen hombre, constantemente atribulado porque es de izquierdas y, por ello, suscita las malas atenciones de su directo superior, con las normales consecuencias del caso. Tiene debilidad por la aritmética y angustiosas preocupaciones higiénicas. El que había antes, sin embargo, sentía preferencia por la gramática italiana y su plato fuerte era una filosófica cavatina sobre el verbo ser. Este es más tranquilo.

 

Entra y mira a los niños sentados en los pupitres viejísimos e incómodos; a los más grandecitos, que lo miran con las manos en los bolsillos, les dice que las pongan sobre la mesa:

 

—Si no, luego se convierte en un vicio —me dice.

 

Yo digo que sí. Apruebo cuanto dice. Estoy de acuerdo: la disciplina, el provecho, explicar de esta manera el 3,14, el número fijo para hallar la apotema, aquel muchacho parece un poco tocado de la cabeza, aquellos otros no se lavan. Sí, blasfeman. En las paredes de los retretes escriben cosas muy escandalosas. En la calle molestan a los viejos y a los bedeles en el atrio. Suben por los tubos de los canalones, saltan las lanzas de las verjas. Sí, todo eso hacen. Y se pelean por la comida, para decidir quién de ellos debe ir; cada día diez chicos. En realidad tienen hambre. De acuerdo: insistiré en la geografía y en que se sepan el trapecio de cabo a rabo. Les diré que se corten el pelo y se laven las piernas, las manos y las orejas: «Tan sucias que en ellas se podrían plantar habas».

 

Algunas veces viene también el inspector. Con gran intuición viene siempre en el momento o el día en que el director está ausente. Es evidente que no traga a esos treinta muchachos sucios y desgreñados que ni siquiera se sienten cohibidos por su presencia y siguen murmurando y peleándose entre sí. Ve la vara sobre mi mesa y seguro que se imagina un fresco de escenas de tortura. Nunca les he pegado, el bastón lo utilizo para señalar las ciudades y los ríos en el mapa. Estoy seguro, sin embargo, de que el inspector no se lo creería.

 

—Hay que tratarlos con dulzura —dice.

 

Me cuenta algo de uno de sus alumnos («porque yo he salido de la nada», me dice con orgullo):

 

—Era mentiroso, violento y hasta ladrón —pero él le condujo con dulce persuasión al orden y al estudio. Luego entró en la policía y fue un cotizado funcionario del Ovra.

—Sí —le digo—, la dulzura lo puede todo —y no doy a la frase ni la más leve sombra de ironía.

 

Cada semana viene el cura para la media hora de religión. Cada vez empieza por el principio, Adán y Eva. Los niños juegan a pulsar las cuchillas de afeitar. Alguna blasfemia zumba en el aula, pero el cura no disimula como yo. Promete el fuego eterno. Ríen y él se pone rojo de ira. Y me veo obligado a intervenir con una inútil reprehensión.

 

Una vez al año viene incluso monseñor. Es bajito, delgado y negro como un cabo de vela. Por un ojal desabrochado cerca del cuello se vislumbra un poco de violeta. Habla sonriendo, invita a los niños a ir a la catequesis y pregunta cuántos tienen que hacer todavía la primera comunión. La mitad, aproximadamente. Monseñor está escandalizado. Ningún niño de la clase tiene menos de doce años, y a esta edad los niños de bien hace ya mucho que la han hecho. Les pregunta a qué parroquia pertenecen. Uno de ellos dice:

 

—En mi iglesia estaba el cura que se escapó con la hija de Cardella.

 

Monseñor se queda pasmado como el portero que mira el balón fulminar la red de golpe. Es verdad, la cosa fue así. Para recomponerse, monseñor busca el reloj en su pecho y se va sonriendo:

 

—Alabado sea Jesucristo.

—Ahora y siempre —le responden con socarronería…”

 

 

 

[ Fragmento de: Leonardo Sciascia. “Las parroquias de Regalpetra” ]

 

 

*


sábado, 31 de diciembre de 2022

 

[ 309 ]

 

HISTORIAS DE LA «MILI»

Leonardo Sciascia

 

 

“…trabajando en el infierno de la azufrera catorce horas diarias, las tierras no rendían y los braceros trabajaban todo el año para pagar la deuda del trigo que los señores anticipaban avariciosamente; con la «mili» las familias perdían brazos para trabajar; hubo padres que mutilaron a hachazos a sus hijos a fin de que les diesen por inútiles para el servicio militar, he oído contar a un viejo campesino que cuando llegó la hora de incorporarse a filas, de noche oyó a su padre consultar con su madre:

 

—¿Qué dices? ¿Le saco un ojo o le corto los dedos de un pie?

 

Esa misma noche se escapó de casa y no volvió hasta que tuvo que ir a la «mili». ”


 

 

 

 

[ Fragmento: “Las parroquias de Regalpetra” / Leonardo Sciascia ]

 

*

domingo, 17 de abril de 2022

 

 

[ 112 ]

 

De la guerra, verdugos y prisioneros…

 

“…El homicidio de Sallustro me ha hecho recordar dos episodios concomitantes, por llamarlos de alguna manera, pero de signo opuesto, de ese libro extraordinario que es El águila y la serpiente, de Martín Luis Guzmán: uno de esos libros (y creo que es frase de Hemingway) que enseñan a escribir –y, sobre todo, que enseñan a escribir cosas feroces sin tener que ponerse la máscara de la ferocidad–. Publicado en Italia hace justo treinta años por Rizzoli, en excelente traducción de Mario Socrate, es raro que no haya sido nunca reeditado, por el mismo editor o por otros, en una de las tantas colecciones universales y económicas de estos años.

 

Como dice el título, el libro cuenta de Méjico y, más exactamente de la Revolución mejicana y de sus protagonistas: Villa, Zapata, Obregón, Gutiérrez, Carranza. Personajes que parecen levantarse en vivo, especialmente Villa, en episodios tal vez marginales, pero siempre significativos. Guzmán cuenta cosas que ha visto, porque tuvo papeles de primer plano en los acontecimientos, habiendo llegado incluso a ministro en el frenético hacerse y deshacerse de los gobiernos revolucionarios. Y no sé cuanto habrá valido como hombre político, pero como escritor, mucho. Releyendo después de treinta años y después de haber bebido en tantas otras fuentes, el libro conserva intacta, para mí, su grandeza. Pero veamos los dos episodios recordados y reencontrados.

 

Un general del ejército revolucionario se encuentra con el problema, apenas tomada mediante batalla una población, de tener que pagar a la tropa. Y encuentra rápido el modo: le ordena a su ayudante que le traiga a las cinco personas más ricas de la villa y les da sus nombres. El ayudante los encuentra fácilmente y los conduce ante el general. El general interpela al primero, Carlos Valdés, y le dice: “Señor Valdés, por la fuerza de mi poder os concedo doce horas para ingresar cinco mil pesos en la caja de la brigada”. Al segundo le concede quince horas para pagar seis mil, al tercero, dieciocho para siete mil, al cuarto veintiuna para ocho mil y al quinto veinticuatro para nueve mil. Cuatro de ellos se quedan como fulminados, pero uno, el primero, protesta: “¡¿Doce horas para ingresar cinco mil pesos?! Me parece estar soñando. Un año de tiempo sería poco, tan poco como doce horas. Por lo tanto, por lo que a mi respecta, es inútil hacer esperar al verdugo, mándeme de inmediato a la horca...”. Irritado y solemne, el general contesta: “La Revolución, señor Carlos Valdés, no tiene verdugos ni los necesita”.

 

Hizo de verdugo un sargento y a las siete y cuarenta y siete de la mañana siguiente el señor Carlos Valdés fue ahorcado. Los otros cuatro, después de asistir a la ejecución, pagaron. Más tarde, contando los pesos, el general le dijo a su ayuda: “han pagado todos”. “Todos menos Valdés”, objetó el ayudante. Y el general: “Pero yo sabía que no habría pagado, no tenía ni para pagarse el entierro... pero ahorcándole a él estaba seguro de que los demás pagarían”.

 

Segundo episodio. Guzmán va donde Villa, lo encuentra muy enfadado y ansioso, junto al telégrafo, a la espera de noticias de una batalla que sus hombres estaban manteniendo. El telégrafo empieza con su tac, tac, tac: la batalla se ha ganado, tantos muertos, tantos heridos, tantos prisioneros. “¿Qué hacemos con los prisioneros?”, preguntó el comandante de la columna. La pregunto irritó a Villa: “¿Cómo que qué hay que hacer con ellos?, ¿cómo que qué es lo qué hay que hacer?, ¡pues fusilarlos!”. Y dirigiéndose a Guzmán y a un Llorente que estaba con Guzmán: “¿Qué les parece, señores doctores?”, ¡preguntarme a mí qué hay que hacer con los prisioneros!”. Y después de transmitir la orden de fusilarlos, pregunta todavía: “¿Qué les parece?”. Pálido como un muerto, pero firme, Llorente contesta: “A mí, general, si tengo que serle sincero, no me parece una orden justa”.

 

Guzmán cerró los ojos, esperándose que Villa sacara la pistola y castigara la desaprobación. Pero después de unos momentos de silencio, calmado, Villa pregunta por qué. Y entonces Guzmán explicó: “Quien se rinde, mi general, mediante este acto ahorra la vida de otro, o de otros, dado que renuncia a morir matando. Y así, quien acepta la rendición, está obligado a no condenar a muerte”. Villa le miró fijamente, después se puso de pie de un salto, casi gritándole al telegrafista la contraorden y que exigía de inmediato, por la otra parte, contestación. Ésta llegó veinte minutos después, veinte minutos que Villa pasó angustiado. Cuando supo que los prisioneros estaban a salvo “cogió su pañuelo y se lo pasó por la frente para secarse el sudor”. Después, a la noche, durante la cena les dijo a Guzmán y a Llorente: “Y muchas gracias, amigos, muchas gracias por lo de esta mañana, por el asunto de los prisioneros”.

 

La diferencia entre el general que ahorca al pobre Carlos Valdés y Villa, que primero encuentra ‘natural’ que a los prisioneros se les fusile y que después descubre que lo ‘natural’ es no fusilarlos, y los salva, es, primeramente, la diferencia que existe entre hombres y no hombres, ‘entre hombres y no’. Otra diferencia, que desciende de la primera, es que Villa era un revolucionario y el general era un verdugo. Mientras afirmaba que “La Revolución no tiene verdugo y no lo necesita”, el general se comporta precisamente como verdugo y no como revolucionario y Villa, que desconoce si una revolución puede o no tener verdugo, en el momento que aprende que no puede, queda, como dice Guzmán, ‘colgado de los cabellos’, y de su feroz seguridad baja a la trepidación, a la angustia y, después, sencillamente, con ese pudor y esa humildad que vienen de la fuerza, agradece a aquellos que le han revelado una ley que desconocía, pero que vivía oscuramente dentro de sí, en su ser hombre y revolucionario.

 

Es imposible decir aquello que en una revolución se debe o no se debe hacer, se puede o no se puede hacer, pero sí se puede decir aquello que un revolucionario no debe y no puede hacer. Esto es: no puede y no debe hacer de verdugo. Y mucho más cuando no hay revolución y solo existe el revolucionario. Contrariamente a lo que afirma el general-verdugo (y hay que leer, en Guzmán, la experta pericia con la que prepara, con sus manos, el lazo para Carlos Valdés), la revolución puede incluso necesitar del verdugo, pero lo que es cierto es que un revolucionario no puede rendirse al oficio de verdugo sin entrar en el ‘no’, en la negación de sí mismo como hombre y como revolucionario.

 

“No se puede combatir una guerra como esta teniendo en cuenta principios morales, pero tampoco se puede hacer no teniéndolos en cuenta”, dice un personaje de L’espoir de Malraux, y habla de la guerra de España que era, a la vez, guerra de Estados, guerra civil y revolución. Y menos todavía pueden no tenerlo en cuenta los pequeños grupos que se consideran delegados a hacer la revolución de masas que no están todavía o que ya no están en condiciones de hacerla.”

 

 

(Leonardo Sciascia, ‘Negro sobre negro’)

 

*

 

sábado, 2 de abril de 2022

 

[ 102 ]

 

Leonardo Sciascia. “El archivo de Egipto”

 

 

«¡Sentimiento! Eso es cosa de pobretes»

 

“…–Os contaré una -dijo don Saverio-. Me ocurrió a mí, hace tres noches. Andaba por la villa en… vaya, por asuntos míos… y veo, vosotros sabéis que mi vista es muy aguda, a la… en fin, es preferible no dar nombres: veo a una bella señora, en una palabra. Estaba allí, entre las borduras de boj, detrás de unas matas, inclinada como si buscara algo. Me detengo, le pregunto: «¿Habéis perdido algo?» Con voz firme, con absoluta frialdad, me respondió: «Gracias, ya lo he encontrado.» Proseguí mi camino, pero ya sabéis cómo suelen ser estas cosas, de modo que me volví después de dar tres pasos: la dama no se había movido, pero detrás de ella estaba el duque de… No os diré el nombre, porque de ese modo os sería muy fácil adivinar el de ella, el de la señora.

 

Todos se echaron a reír, a excepción de fray Giuseppe. Pero su fantasía ya vagaba libre, divertida y minuciosa bajo los árboles de villa Flora. Y cuando su fantasía alzaba vuelo, excitada por alguna conversación, por una anécdota o una imagen, Vella era incapaz de seguir escuchando las palabras de los demás. Pero, en esa ocasión, sus acompañantes creyeron que se aislaba por propia voluntad, para refugiarse en el pudor, en la castidad. Por ello don Saverio retomó la palabra diciendo:

 

–No hablemos más de estas cosas: le resultan desagradables al abate Vella… Retornemos a nuestro punto de partida: el sentimiento, hablábamos del sentimiento -y dejó caer una mano sobre la rodilla del capellán.

 

–¿Cómo…? Ah, sí: el sentimiento.

 

–¿Vos experimentáis sentimientos?

 

–Si lo pienso bien, creo que sí -respondió fray Giuseppe.

 

–Me defraudáis -dijo don Saverio.

 

–¿Por qué? – intervino Di Blasi-. Más allá del hecho de que cada hombre los experimenta…

 

–¡Cada hombre! Esto es lo que no puedo tragarme -se encrespó don Saverio.

 

–¿Y cuál es la diferencia entre vos y aquellos hombres que están allí abajo? – preguntó Di Blasi, señalando unos pescadores que remendaban redes, mientras las mantenían tensas con los dedos de los pies.

 

–¿No la advertís por vos mismo?

 

–No logro ver esa diferencia. Veo igualdad. Sólo ocurre que nosotros estamos aquí, ociosos, gozando del fresco, bien vestidos, bien peinados y ellos trabajan.

 

–¿Y eso no os parece importante?

 

–Nada importante. A menos que quisierais analizar el asunto con relación a la justicia. En ese caso, reconoceré que entre nosotros y ellos existen gravísimas y vergonzosas diferencias… Quiero decir que son vergonzosas para nosotros… Pero entre su esencia de hombres y nuestra esencia de hombres no existe ninguna diferencia: esos pescadores son hombres como vos y como yo… Dejad que desaparezcan aquellos horrendos conceptos de mío y tuyo…

 

–¿Y qué sería yo sin lo mío?

 

–Un hombre… ¿No basta?

 

–Pero es que lo soy mucho más con mis tierras, con mis casas… Y vos lo sois mucho más con la renta que habéis recibido de vuestro padre y de vuestra madre…

 

–Lo somos más en el sentido de que gracias a una renta nos estamos aquí discutiendo sobre nuestra esencia de hombres, hablando de libros que hemos leído, gozando de la belleza… Pero con pensar tan sólo que nuestro más está pagado por el esfuerzo de otros hombres, nos hallamos en menos…

 

–Ese ha sido un discurso complicado -dijo don Saverio y se dispuso a matizarlo-. Puedo concederos que no existen diferencias entre nosotros y esos pescadores. Pero no me negaréis que entre mí mismo y aquél no se advierte una cierta diferencia -con un gesto había señalado a don Giuseppe Vassallo que, del brazo con su mujer, recorría el paseo: hacían la figura de un cangrejo aferrado a un bello trozo de coral.

 

–Oh, pero él tiene una hermosa mujer -apuntó Jannello.

 

–Pero no es un mérito que le pertenezca… Ella, pobrecita, no tenía ni un grano de dote, y este escuerzo, en cambio, es rico -explicó Meli, que siempre tenía información acerca de todo lo que sucedía a su alrededor.

 

–Pero es una mujer virtuosa: al cabo de cuatro años de matrimonio, no he oído decir que se haya decidido a ponerle los cuernos -dijo el barón de Porcari.

 

–¿Y dónde se los podría poner? ¿No veis que el marido no tiene frente? – repuso Meli.

 

–No hay modo de terminar una conversación, aquí -se lamentó don Saverio-. Yo hablaba con nuestro abate Vella… ¿De qué hablábamos?

 

–Del sentimiento…”

 

 

 

[Fragmento de: Leonardo Sciascia. “El archivo de Egipto”]

 

*

jueves, 31 de marzo de 2022

 

 [ 101 ]

 

Leonardo Sciascia, “El antimonio”

 

“…En el campanario no podía haber más de cuatro hombres con dos ametralladoras. En un momento dado las ráfagas de ametralladora callaron en el campanario y sólo continuó con regularidad el ta-pum de los fusiles. Ese ta-pum me recordaba un lejano día de verano; los bandidos, desde las rocas, disparaban a los campesinos del camino para obligarlos a dejar las mulas. Mi padre me explicó entonces que los mosquetones austriacos hacían el mismo ruido; era durante los años de la posguerra, en que los campos de mi pueblo eran un hervidero de bandidos. Los marroquíes se movieron detrás de las tumbas, empezaron a dejarse ver, y las ráfagas del campanario recomenzaron, pero a ellos no parecía importarles. Cuando terminó la última ráfaga, supimos que era la última del mismo modo que el campesino dice en la era: «Dentro de poco cambia el viento, ya amaina». A los del campanario ya no les servían de nada las ametralladoras.

 

Una patrulla de los nuestros se quedó en el cementerio, los demás corrieron a las primeras casas del pueblo. Pegados a las casas, los moros avanzaron hacia la iglesia disparando desde ambos lados de la calzada; desde el campanario seguían los disparos de fusil. Uno de los moros se desplomó sobre el empedrado.

 

—Buena gente —dijo el periodista.

 

—Están ennegrecidos con la pez del infierno —dijo Ventura.

 

Los moros llegaron a la escalinata, y sólo entonces me percaté de que la iglesia era idéntica a la de Santa María, una de las de mi pueblo. En el campanario cesaron los disparos; luego se oyó una voz lacerada, como la de un muchacho que tiene miedo y está a punto de romper a llorar.

 

—Se rinden —dijo el periodista.

 

Los moros se sentaron en los peldaños con los fusiles apuntando a la puerta; el silencio crecía en derredor. Siempre que había gente que se rendía sentía subirme la fiebre; notaba un escalofrío subir por mi espalda, y un nudo de dolor en la boca del estómago; y mi cabeza se poblaba de ensoñaciones, un sinfín de cosas.

 

Se abrió con un chirrido la puerta de la iglesia y salieron dos, uno de ellos herido: su cara tenía el color de la muerte. Eran de la FAI, lo supe en el momento mismo en que me di cuenta de que no tenían ninguna posibilidad de fuga y de que también ellos lo sabían. Nos acercamos todos. El herido se dejó caer sobre un peldaño; el otro se quitó el casco y una lluvia de cabellos trigueños cayó en su cara. El gesto de la mano para apartárselos reveló que se trataba de una mujer; tenía los ojos grises y grandes. El coronel español comenzó a hacerle preguntas; respondía deprisa y, entre una y otra respuesta, era fácil captar que le rogaba por su compañero herido. El periodista nos explicaba:

 

—Eran cuatro: dos están muertos arriba, en el campanario; ella es alemana…

 

El coronel, sonriendo, dijo algo a los moros; la mujer gritó. Gritando también, aunque de alegría, los moros se la llevaron a rastras.

 

—Les ha regalado a la mujer —dijo el periodista—; van a darle un poco de diversión; encontrará más de lo que ha venido a buscar. —El ojo le brillaba de malicia a través del monóculo.

 

Se llevaron también al herido, que era todo gemidos. Ventura y yo nos sentamos en la escalinata de la iglesia y sacamos la picadura y el papel de liar; el tabaco se me caía al suelo por el temblor de las manos. Habían empezado a abrirse algunas casas; de dos o tres ventanas surgieron banderas rojigualdas.

 

—Si se me pone a tiro en el momento justo —dijo Ventura—, a ese periodista de tu pueblo le ensarto una bala en el ojo de vidrio.

 

—Y a ese coronel… —dije.

 

—Al coronel también —dijo—: lo pongo justo entre los primeros de la lista; hace seis meses que estoy haciéndola y ya empieza a resultar demasiado larga, es hora de que me decida a comenzar…

 

Ventura era un poco mafioso. Contaba que durante la guerra del 15, su padre, su tío, un compadre de su tío, un primo de su madre, todos los de su pueblo, en suma, que se hallaban en el frente, no se lo pensaban dos veces cuando, durante un asalto, decidían liberarse de sus hediondos oficiales y sargentos. Según él contaba, el ejército italiano había perdido más oficiales y suboficiales bajo los tiros de sus parientes que bajo los austriacos. Sin embargo, yo le seguía el juego; para mí era como una especie de desahogo y servía para deshacer el nudo de espanto que sentía en mi interior. Ventura era un buen compañero; acaso decía esas cosas para levantarme un poco el ánimo. Estábamos unidos desde Málaga, siempre juntos en los momentos de peligro. Nos habíamos hecho amigos un día en que se había liado a trompazos con un calabrés al que le gustaba «ver los fusilamientos»; apenas tenía un momento libre, decía: «Voy a ver los fusilamientos», y lo decía alegre como si fuera presenciar los fuegos artificiales del día de santa Rosalía. Ventura le recomendó que no volviese a hablar de fusilamientos, y que, si le daba gusto verlos —que era un gusto de cerdos—, fuese sin tocar los cojones a los que les entraban ganas de vomitar nada más oír hablar de fusilamientos. La primera reacción del calabrés fue pegarle un tiro con la bayoneta, pero Ventura le hinchó la cara a puñetazos.

 

Después de la pelea, invité a Ventura a beber un vaso de vino: pasamos una hora comiendo cangrejos de mar y bebiendo vino, un vino que era oloroso como el de Pantelleria. Sólo entonces empecé a entender qué era la guerra de España, pues yo creía que los «rojos» eran los rebeldes que pretendían derribar un gobierno constitucional. Ventura me explicó que la rebelión la habían armado los fascistas españoles y, como ellos solos no podían derrocar al gobierno, habían pedido ayuda a Mussolini. «¿Qué hago yo con todos los parados?», se habrá dicho Mussolini. «Pues los envió a España y asunto resuelto.» Además, no era verdad que en España hubiese un gobierno comunista.

 

—Y, además —dijo Ventura—, ¿qué te hacen los comunistas?, a ti y a mí, ¿qué nos hacen?...”

 

 

[Fragmento de: Leonardo Sciascia. “Los tíos de Sicilia”]

 

*

 

miércoles, 30 de marzo de 2022



[ 100 ]

 

Leonardo Sciascia. “El quarantottu”.

 

“…Yo iba a la escuela del cura que también había enseñado a leer y a escribir a mi padre; era muy viejo, pero aún se mantenía ágil para manejar la vara que utilizaba para castigarme, una rama de olivo delgada y flexible que le dejaba a uno marcado. Cada vez que cometía un error recibía un golpe en la cabeza y en las manos; tras unos meses en la escuela estaba hecho un Ecce Homo. Por la noche mi madre me untaba con aceite caliente; luego, cuando ya no bastaba el aceite caliente porque las manos empezaban a llagarse, me vendó cabeza y manos. Parecía que hubiese regresado de la guerra con los turcos; los compañeros me pusieron un mote y se burlaban de mí. Como recompensa, don Paolo Vitale, que así se llamaba el cura, se contentó con hacer silbar la varita cerca de mis orejas; aunque algunas veces, acaso de forma involuntaria, me daba en las orejas con un efecto tan doloroso que sólo de pensarlo me vienen ganas de llorar. A pesar de todo guardo un buen recuerdo de don Paolo; lo poco que me enseñó fue una buena base para todo lo que he aprendido y hecho después, ya que no sólo me enseñó el abecedario y a escribir una carta y a no dejarme engañar con las cuentas: me enseñó a hallar compañía y fe en la naturaleza, en los libros y en mis propios pensamientos.

 

Vivía en dos habitaciones desnudas, pequeñas como celdas de convento al lado de su parroquia, la más pobre y apartada de cuantas había en el pueblo; de hecho, se la habían adjudicado como castigo al poco prejuicio y gran liberalidad que demostraba, y lo aborrecían sus superiores y colegas, dada su fama de liberal por las relaciones que mantenía con los exiliados y con los ingleses de Marsala, de quienes recibía gacetas que hablaban del mundo y de nuestro pueblo y que luego traducía para los amigos de Castro. Pero, en verdad, no era liberal. Su amor a la libertad le nacía del sufrimiento del pueblo, y el pan era la libertad del pueblo: luchar para poder leer libros y abrir escuelas le parecía un absurdo.

 

—Vosotros queréis dar al pueblo papel impreso —decía a los que se reunían en la farmacia—, y el pueblo, en cambio, lo que quiere es pan…”

 

 

[Fragmento de: Leonardo Sciascia. “Los tíos de Sicilia”]

 

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sábado, 26 de marzo de 2022



[ 098 ]

 

Leonardo Sciascia / “LA TÍA DE AMÉRICA”

 

 

“…Mi tía escribía y escribía; enviaba paquetes y largas cartas con dólares doblados entre las finas hojas, y decía siempre lo mismo: el Señor, el Sagrado Corazón de Jesús, la Santísima Virgen, y la promesa a la Virgen, y los hijos, el estorey los paisanos de Nueva York.

 

El año escolar estaba a punto de acabar, pero mi cabeza estaba ocupada por otras cosas muy distintas a la escuela; cada día había mítines, algún alboroto en los cafés, reuniones en el taller del padre de Filippo; monarquía y república, república y monarquía… parecía un partido de fútbol, como cuando venía el equipo del pueblo vecino y se armaba una bronca. Por aquellos días el rey había nombrado caballero a mi padre, le había enviado un gran diploma acompañado de una carta escrita en nombre del rey por uno que se llamaba Lucifero; el nombre me impresionó. Mi padre decía que le importaba un pepino ese nombramiento, y hasta quería devolver la carta y el diploma.

 

—Yo debo darle el voto al rey —decía—; por principios sería republicano, pero el momento actual no me permite votar de acuerdo con mis principios.

 

Yo llevaba una hoja de hiedra pinchada con un alfiler en la camiseta: pensaba que el partido republicano y la república eran una sola cosa; también mi tío tenía la misma confusión, ahora la tenía tomada con Pacciardi. Miraba mi hoja de hiedra y decía:

 

—Tú puedes ponerte encima toda la hiedra que hay en el cementerio: sé que lo haces adrede.

 

Luego pasaba a explicar la teoría del salto en la oscuridad y concluía diciendo que Dios sabía cuán poco merecía Umberto su voto después de la traición de su padre a Mussolini, pero no se podía hacer otra cosa: había que dárselo; si triunfaba la república nos despertaríamos con la guardia roja en la cabecera de la cama; los grandes desórdenes se los figuraba siempre en torno a su cama.

 

Mi tía, en aquellos días, escribió que, de estar en Italia, ella le habría dado el voto al rey. La república era algo bueno para los americanos, pero en Italia, con tantos comunistas, quién sabe como terminaría.

 

Ganó la república.

 

—Estamos perdidos —dijo mi tío—. ¿Quieres ver cómo nombran presidente a Togliatti? No hay duda de que esto acabará mal.

 

«Querida hermana, todavía sigo con deseos de ir, tú dices que ya no me crees, pero te prometo que lo pienso en todo momento; primero por la enfermedad de mi marido, que ahora, gracias a Dios, está mejor; luego hemos ampliado el estore, ahora mi hija Grace espera un hijo, que nacerá en los primeros días del año nuevo. Si la Virgen quiere que todo vaya bien, antes de que acabe 1948 viajaré a Italia, aunque primero quiero ver cómo van allí las elecciones, en las que todos pensamos y de las que tanto hablan los periódicos…»

 

—Piensan en las elecciones —dijo mi tío—. Quien primero no piensa al final suspira; deberían haber pensado cuando aún estaban a tiempo.

 

«Yo espero, querida hermana, que los comicios no lleven al gobierno a los comunistas, ni a aquellos que, como los comunistas, son enemigos de la religión y del orden. Nuestros gobernantes tienen fe en De Gasperi y el partido de la democracia cristiana; sin De Gasperi, Italia perdería toda la ayuda americana, porque nosotros pagamos impuestos muy altos y sabemos que nuestro dinero es bien empleado, y siempre damos dinero para Italia, en la iglesia y en las asociaciones; pero si vencieran los comunistas, no veríais más dinero americano en Italia, ni tampoco podríamos enviar paquetes. En América existe un gran sentimiento religioso, el dinero de los americanos no puede ir a parar a manos de los herejes. De Gasperi es un hombre religioso, yo he visto fotografías suyas oyendo misa arrodillado, y su partido defiende la religión y desea amistad con América…»

 

—¿Lo ves? —dijo mi madre—. Mi hermana también lo dice.

 

—¿Acaso he dicho yo que no es cierto? —dijo mi padre—. Pero si voto por los liberales es lo mismo.

 

—No es que no sea lo mismo —dijo mi madre—, es que América sólo tiene fe en De Gasperi.

 

—A este De Gasperi yo no lo puedo tragar —dijo mi tío—, pero es verdad que, si los votos no se concentran en un partido importante, se sigue el juego que quieren los comunistas. A mí me pesa tener que darle el voto a De Gasperi, pero ¿qué voy a hacer, dispersar el voto? A fin de cuentas es un partido de orden.

 

«Querida hermana, me apena saber que tu marido quiere votar a los liberales, porque yo he pedido consejo al padre La Spina, que es hijo de nuestro paisano Michele La Spina, a quien tú sin duda recuerdas, y es un cura de mucha doctrina, y me ha dicho que estos liberales están lejos de la gracia del Señor, y en ciertas ocasiones están de acuerdo con los comunistas. Está en ti hacerle ver los peligros de un voto mal dado, por el porvenir de vuestro hijo y por la salvación del alma…»

 

—Pero escribe que votaré a De Gasperi —dijo mi padre—. Tu hermana es capaz de escribir hasta al Papa por la salvación de mi alma.

 

—Debes votarlo en serio —dijo mi tío—, al menos por respeto a tu cuñada, que te ha llenado la casa de cosas; y luego, el peligro existe, ¿no ves qué fuertes son los comunistas? Ayer por la noche hubo un mitin que daba miedo, había dos mil personas.

 

«… y doy gracias al Señor por iluminar a tiempo a tu marido, y ojalá eche luz sobre la conciencia de todos los italianos. Aquí hay una gran expectación, todos los que estaban preparados para ir han pospuesto el viaje, incluso los que ya tenían los pasajes. Apenas lleguen buenas noticias de Italia, también nosotros nos embarcaremos: ya tenemos listos los baúles.»

 

—Los baúles —dijo mi tío—. Quién sabe cuántas cosas traen…”

 

 

 

[Fragmento de: Leonardo Sciascia. “Los tíos de Sicilia”]

 

 

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