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ENSAYOS
Michel de Montaigne
CAPÍTULO II
DE LA EMBRIAGUEZ
El mundo no es más que variedad y
desemejanza; los vicios son todos parecidos, puesto que todos son vicios, y
esta misma era la opinión de los estoicos; pero aunque todos los vicios sean
vicios, no por ello son vicios iguales, y aquel que se ha adentrado cien pasos en
el vicio:
Así pues, es
imposible desviarse en ningún sentido sin perder el camino verdadero…
(HORACIO)
es sin duda de peor condición que el que no
se adentró más que diez; no es creíble, por ejemplo, que el sacrilegio no sea
peor que el robo de una col de nuestra huerta.
Nunca se probará
con buenas razones que robar coles en una heredad sea un crimen tan grande como
saquear un templo…
(HORACIO)
Hay en materia de vicios tanta diversidad
como en cualquiera otra acción humana. La confusión en la categoría y medida de
los pecados es peligrosa: los asesinos, los traidores y los tiranos tienen
interés sobrado en que esa confusión exista, pero no hay motivo para que su
conciencia encuentre alivio porque otros sean ociosos, lascivos o poco asiduos
en la devoción. Cada cual considera de mayor gravedad el delito de su compañero
y trata de aligerar el suyo. Los educadores mismos suelen clasificar mal los
pecados, a mi entender. Sócrates decía que el principal oficio de la filosofía
era distinguir los bienes de los males, y nosotros, para quienes incluso en
nuestros mejores momentos encontramos trazas de vicio, debemos decir lo mismo
en la ciencia de distinguir las culpas, sin la cual los virtuosos y los malos
permanecen mezclados, sin que se distingan los unos de los otros.
La embriaguez, entre todos los demás, me
parece un vicio grosero y brutal. En otros encontramos todavía cierta
participación del espíritu: los hay, por ejemplo, que tienen no sé qué de
generosos, si es lícito hablar así; algunos coexisten con la diligencia, la
valentía, la prudencia, la habilidad y la fineza. En la embriaguez, por el contrario,
todo es corporal y terrenal. Tanto es así que la nación menos civilizada de las
que existen hoy en día sería aquella donde este vicio fuese más tolerado. Los
otros desórdenes alteran el entendimiento; este lo derriba y además embota el
cuerpo:
Cuando al hombre
doma la fuerza del vino, sus miembros pierden la ligereza; su andar es
incierto, su paso inseguro, su lengua se traba, su alma parece ahogada y sus
ojos extraviados. El hombre borracho lanza impuros eructos y tartamudea
injurias.
(LUCRECIO)
El estado más deplorable del hombre es
aquel en que pierde el conocimiento, imposibilitado para gobernarse a sí mismo;
y se dice, entre otras cosas, a propósito de este estado, que así como el mosto
cuando hierve en una cuba eleva a la superficie todo lo que hay en el fondo, el
vino hace desbordar los secretos más íntimos a los que han bebido demasiado.
En medio de tus
alegres transportes, ¡oh Baco!, el sabio se deja arrancar su secreto.
(HORACIO)
Josefo refiere que hizo cantar alto y claro
a cierto embajador que sus enemigos le habían enviado, haciéndole beber
copiosamente. Sin embargo, Augusto, que confió a Lucio Piso, el conquistador de
Tracia, los negocios más delicados que tuvo, no encontró motivos de
arrepentirse en su elección; ni Tiberio de Cosso, a quien entregó sus secretos
más recónditos, aunque sepamos que ambos eran tan aficionados al vino, que más
de una vez hubo que sacarlos del Senado porque estaban borrachos,
Las venas todavía
inflamadas a causa del vino que bebiera la víspera;
(JUVENAL)
con igual confianza que a Casio, bebedor de
agua, se le informó a Címber, que se emborrachaba con frecuencia, del propósito
de matar a Julio César; a esta propuesta repuso ingeniosamente el amigo de
Baco: «Yo, que no puedo vencer al vino, menos podré acabar con el tirano». Los
alemanes, aun cuando estén ebrios a más no poder, van derechos a su cuartel, y
recuerdan la consigna y su lugar en las filas:
Aunque ahogados en
el vino, tartamudeando y dando traspiés, es difícil vencerlos.
(JUVENAL)
Nunca hubiera imaginado siquiera que
pudiese existir una borrachera tan tremenda, si no hubiese leído en las
Historias que Atalo convidó a cenar a Pausanias con intención de hacerle daño.
Atalo dio de beber tanto a su huésped que pudo convertir su cuerpo,
insensiblemente, en el de una prostituta cuartelera para muchos de los abyectos
servidores de su casa. Otro hecho me refirió una dama a quien honro y tengo en
gran estima: cerca de Burdeos, hacia Castres, donde se encuentra la casa de mi
amiga, una aldeana, viuda y de costumbres honestas, advirtió los primeros
síntomas del embarazo y dijo a sus vecinas que pese a no tener marido creía que
estaba preñada; como las pruebas de su sospecha aumentaban día a día y el
asunto terminó por ser una evidencia, la mujer hizo que se anunciara en su
iglesia que si el padre de la criatura confesaba, ella le perdonaría y
consentiría en casarse con él si le encontraba de su agrado y el hombre quería.
Entonces uno de sus criados, un muchacho joven, animado con el anuncio, declaró
haberla encontrado un día de fiesta profundamente ebria, durmiendo junto al
hogar y con las ropas tan arremangadas, que pudo abusar de ella sin
despertarla. Este matrimonio vive hoy todavía.
La antigüedad no censura gran cosa la
embriaguez. Los escritos mismos de los filósofos hablan de ella casi
contemporizando; e incluso entre los estoicos, hay quien aconseja beber alguna
vez que otra y emborracharse para alegrar el espíritu.
Dícese que en esta
noble justa ganó la palma el gran Sócrates.
Al severo Catón, corrector y censor de los
demás, se le reprochó ser buen bebedor:
Refiérese también
del viejo Catón que el vino enardecía su virtud.
(HORACIO)
Ciro, un rey tan renombrado, alega entre
otras cosas de las que se jacta para probar su superioridad sobre su hermano
Artajerjes, que sabía beber mucho mejor que él. Entre las naciones mejor
gobernadas era aceptable competir por beber hasta la embriaguez. Yo he oído
decir a Silvio, excelente médico de París, que para que las fuerzas de nuestro
estómago no se dejen ganar por la pereza, es conveniente, siquiera una vez al
mes, despertarlas por este exceso de bebida, y excitarlas para evitar que se
adormezcan. También se ha dicho que los persas discutían sus negocios más
importantes después de beber.
Mi gusto y complexión naturales son más
enemigos de este exceso que mi razón, pues aparte de que yo acomodo fácilmente
mis opiniones a la autoridad de los antiguos, si bien encuentro que la
embriaguez es un vicio cobarde y estúpido, lo creo menos perverso y dañino que
los demás, los cuales van casi todos directamente contra la sociedad pública. Y
si como dicen los estoicos no podemos procurarnos ningún placer sin que nos
cueste algún sacrificio, creo que el vicio del que hablo es menos gravoso que
los otros para nuestra conciencia; tampoco es difícil proveerse de la primera
materia, circunstancia que se debe valorar en su justa medida. Un hombre digno,
de edad avanzada, me decía que de los tres placeres que en la vida le quedaban,
este era uno; y efectivamente, ¿dónde encontramos gustos que aventajen a los
naturales? Pero esa persona se colocaba en mala disposición: es preciso huir de
la delicadeza y del cuidado exquisito en la elección del vino, porque si el
origen del placer reside en beberlo de una añada excelente, os veréis obligados
a soportar doler la tristeza de beberlo malo alguna vez. Es preciso tener el
gusto más libre y amplio; un buen bebedor debe estar dotado de un paladar bien
resistente.
Los alemanes beben casi con igual placer
todos los vinos; su fin es tragarlos más que paladearlos. De ese modo les va
mucho mejor: el placer que experimentan es más grande y encuentran más a mano
el procurárselo. Beber a la francesa, en las dos comidas y de una manera
moderada con el fin de cuidar la salud, es restringir demasiado los favores del
dios Baco; es preciso ocupar más tiempo y desplegar mayor constancia en el
beber. Los antiguos pasaban bebiendo noches enteras y a veces empalmaban las
noches con los días; así que debemos esmerarnos en ampliar más este placer. He
conocido a un gran señor, persona a quien adornaban elevadas prendas y que
había salido victorioso en grandes empresas, que sin esfuerzo alguno en sus
comidas escanciaba hasta diez botellas de vino; luego despachaba sus negocios
con todo acierto, mostrándose apenas más avieso que en una situación normal. El
placer que debemos reservarnos en el transcurso de nuestra vida exige que
concedamos mayor tiempo a la bebida, hasta el punto de que, como los muchachos
de las tiendas y las personas que ejercen un trabajo manual, no rechacemos
ninguna ocasión de empinar el codo y tengamos constantemente vivo en la
imaginación el deseo de hacerlo. Se diría que a diario acortamos los placeres
del paladar y que en nuestras casas el número de comidas no es tan grande como
en tiempos pasados: yo he visto menguar los desayunos, almuerzos, cenas,
meriendas y refrigerios. ¿Acaso en algunos de nuestros defectos hayamos tomado
el camino de la enmienda? En realidad, no; lo que ocurre es que nos hemos
adentrado en la concupiscencia mucho más que nuestros padres. Este vicio y el
de la bebida son dos cosas que se repelen: aquella ha debilitado nuestro
estómago, y la flojedad nos ha hecho más delicados y adecuados para la práctica
del amor.
Merecerían consignarse, por lo singulares,
las cosas que oí referir a mi padre a propósito de la castidad de su tiempo; y
en verdad que se acomodaban bien en sus labios tales palabras, pues era hombre
de galantería extrema con las damas por inclinación y reflexión. Hablaba poco,
pero bien, y entreveraba su lenguaje con algunos ornamentos sacados de libros
modernos, principalmente españoles. Entre estos últimos era muy aficionado al
Marco Aurelio, del obispo de Mondoñedo, don Antonio de Guevara. Era su porte de
una gravedad risueña, muy modesto y humilde, ponía singular cuidado en la
decencia y decoro de su persona y en el vestuario, ya fuera a pie o a caballo;
la lealtad de sus palabras era extraordinaria, y su conciencia y religiosidad
le inclinaban en general más a la superstición que a razonar; era de pequeña
estatura, lleno de vigor, derecho y bien proporcionado; su rostro era
agradable, más bien moreno, y su destreza no reconocía competencia en ninguna
suerte de ejercicios de habilidad o fuerza. He visto algunos bastones rellenos
de plomo, de los cuales se servía para endurecer sus brazos; lanzaba
diestramente la barra, arrojaba piedras con maestría y tiraba al florete; a
veces gastaba zapatos con las suelas cubiertas de plomo para alcanzar mayor
agilidad en la carrera y en el salto. En todas estas cosas ha dejado memoria de
pequeños portentos; yo le he visto, cuando contaba ya sesenta años, burlarse de
nuestros juegos, lanzarse sobre un caballo estando vestido con un traje forrado
de pieles, girar alrededor de una mesa apoyándose sobre el dedo pulgar y subir
a su cuarto saltando las escaleras de cuatro en cuatro. Pero volvamos a las
damas: me contaba mi padre que en toda una provincia apenas se encontraba una
señora distinguida cuya reputación no fuera dudosa; relataba también casos de
singulares privaciones, principalmente suyas, mientras se hallaba en compañía
de mujeres honradas, limpias de toda mancha, y juraba haber llegado al
matrimonio completamente puro, como un santo, después de haber participado
mucho tiempo en guerras, de las cuales nos dejó un papel diario escrito por su
mano, en que relata todas las vicisitudes que le acontecieron y las aventuras
de que fue testigo. Contrajo matrimonio siendo ya algo entrado en años, en el
de 1528, que era el treinta y tres de su nacimiento, a su regreso de Italia.
Pero volvamos a nuestras botellas.
Las molestias de la vejez, que tienen
necesidad de algún alivio, acaso pudieran engendrar en mí el placer de la
bebida, pues es como si dijéramos el último que el curso de los años nos arrebata.
Los buenos bebedores dicen que el calor natural, en la infancia, reside
principalmente en los pies; de los pies se traslada a la región media del
cuerpo, donde permanece largo tiempo, y produce, según mi dictamen, los únicos
placeres verdaderos de la vida corporal; los otros goces empalidecen comparados
con el vigor de este; hacia el fin de la existencia, como un vapor que va
subiendo y exhalándose, llega a la garganta, en la cual se hace su última morada.
Por eso mismo no se me alcanza cómo algunos abusan de la bebida cuando todavía
no tienen sed, forjándose imaginariamente un apetito artificial y contra la
naturaleza; mi estómago se encuentra imposibilitado de ir tan lejos; puedo dar
las gracias si admite lo que por necesidad debe contener. Yo apenas bebo sino
después de comer, y el último trago es siempre mayor que los precedentes.
Porque al llegar la vejez solemos tener el paladar alterado por el reuma o por
cualquiera otra viciosa constitución, de manera que el vino nos es más grato a
medida que los poros del paladar se abren y se lavan, al menos yo a los
primeros sorbos no les encuentro bien el gusto. Anacarsis se admiraba de que
los griegos bebieran al final de sus comidas en vasos mayores que al comienzo;
yo creo que la razón es la misma que mueve la costumbre de los alemanes de
empezar el convite bebiendo con mesura.
Platón prohíbe el vino a los adolescentes
antes de los dieciocho años, y también prohíbe emborracharse antes de los
cuarenta, mas a los que pasaron esta edad los absuelve y consiente el que en
sus festines Dionisio predomine ampliamente, pues es el dios que devuelve la
alegría a los hombres y la juventud a los ancianos; el que dulcifica y modera
las pasiones del alma, de manera parecida a como el hierro se ablanda gracias
al fuego. El mismo filósofo en sus Leyes encuentra útiles las reuniones en que
se bebe, siempre que en ellas haya un jefe para gobernarlas y poner orden,
puesto que, a su juicio, la borrachera es una buena y segura prueba para tasar
la naturaleza de cada uno, al mismo tiempo que proporciona a las personas de
cierta edad el ánimo suficiente para regocijarse con la música y con la danza,
cosas gratas de las que la vejez no se atreve a disfrutar estando en completa
lucidez. Dice también Platón que el vino comunica al alma la templanza y la
salud al cuerpo, pero indica, sin embargo, en su uso las siguientes
restricciones, tomadas en parte de los cartagineses: que se beba la menor
cantidad posible cuando se tome parte en alguna expedición guerrera, y que los
magistrados y jueces se abstengan de él cuando se encuentren en el ejercicio de
sus funciones, o se hallen ocupados en el desempeño de los negocios públicos;
añade además que no se emplee el día en beber, pues el tiempo debe llenarse con
las ocupaciones de cada uno, ni tampoco la noche que se destine a engendrar los
hijos.
Se cuenta que el filósofo Stilpón agravó su
vejez hasta el fin de sus días y a sabiendas por el uso del vino puro. El mismo
motivo debilitó de manera involuntaria las fuerzas ya abatidas por la edad del
filósofo Arcesilao.
Es una antigua y extraña cuestión la de
saber «si el espíritu del filósofo puede ser dominado por la fuerza del vino»:
Si el vino puede
dar al traste con la prudencia más firme.
(HORACIO)
¡A cuántas miserias nos empuja la buena
opinión que nos formamos de nosotros! El alma más ordenada del mundo, la más
perfecta, tiene demasiado trabajo por contenerse, y con guardarse de caer en
tierra impelida por su propia debilidad. Entre mil no hay ninguna que se
mantenga derecha y sosegada ni un solo instante de la vida; y hasta podría
ponerse en tela de juicio si dada la natural condición del alma pudiera tal
situación darse en alguna ocasión de manera viable; pretender añadir además la
constancia, que es la perfección más acabada, es casi absurdo. Considerad, si
no, los numerosos accidentes que pueden alterarla. En vano Lucrecio, poeta eximio,
filosofa y se eleva sobre las miserias humanas, pues basta un filtro amoroso
para convertirlo en un loco insensato. Los efectos de una apoplejía alcanzan lo
mismo a Sócrates que a cualquier mozo. Algunos olvidaron hasta su propio nombre
a causa de una enfermedad terrible; una leve herida bastó para dar al traste
con la razón de otros. Aunque admitamos en el hombre la mayor suma de
prudencia, no por ello dejará de ser hombre, es decir, el más caduco, el más
miserable y el más insignificante de los seres. La cordura no es capaz de
mejorar nuestras condiciones naturales:
Así cuando el alma
se aterroriza, todo el cuerpo palidece y se cubre de sudor, tartamudea la
lengua, la voz se extingue, la vista se enturbia, los oídos chillan y el
organismo todo se trastorna:
(LUCRECIO)
de manera que le conviene cerrar los ojos
ante el golpe que le amenaza, que se detenga y tiemble al borde del precipicio
como un niño; la naturaleza se reservó esos ligeros testimonios de su poderío,
tan inexpugnables a nuestra razón como a la virtud estoica para enseñarle su
caducidad y debilidad: de miedo palidece, enrojece de vergüenza y gime por un
cólico violento, si no con ayes desesperados y lastimeros, al menos con voz
ronca y quebrada:
Que no se crea,
pues, al abrigo de ningún accidente humano.
(TERENCIO)
Los poetas que imaginan cuanto les place ni
siquiera osaron pintarnos a sus héroes sin verter lágrimas:
Así hablaba Eneas,
con los ojos bañados en lágrimas, y su flota bogaba a toda vela.
(VIRGILIO)
El hombre, pues, tiene que conformarse con
sujetar y moderar sus inclinaciones, pues hacerlas desaparecer no está al
alcance de su débil poderío. Plutarco, tan perfecto y excelente juez de las
acciones humanas, al considerar que Bruto y Torcuato dieron muerte a sus hijos,
dudó de si la virtud podría aplicarse a unas acciones de esta naturaleza, y si
esos personajes no habían sido movidos por alguna otra pasión.
Todas las acciones que sobrepasan los
límites ordinarios están sujetas a interpretación falsa, por la sencilla razón
de que nuestra condición no alcanza lo que está por encima de ella ni lo que
está por debajo.
Dejando a un lado la secta estoica que hace
una extrema profesión de fiereza, hablemos de la otra que se considera como más
débil y oigamos las fanfarronadas de Metrodoro:
¡Oh fortuna!, te
preví, logré domarte y fortifiqué todas las avenidas por donde pudieras llegar
hasta mí.
(CICERON)
Cuando Anaxarco, por orden de Nicocreonte,
tirano de Chipre, fue metido en una pila profunda y deshecho a martillazos, decía
sin cesar: «Sacudidme y desgarradme; no es Anaxarco el que machacáis; machacáis
solamente su envoltura». Cuando oímos a los mártires, rodeados por las llamas,
gritar al tirano: «Esta parte ya está bastante asada, córtala y cómela, ya está
cocida; asa el otro lado»; cuando vemos en Josefo la heroicidad de un muchacho
que fue desgarrado con tenazas y agujereado con lanzas por Antíoco, que en
medio de la tortura le desafiaba con voz firme y segura, exclamando: «Pierdes
tu tiempo, tirano; heme aquí lleno de placer; ¿dónde está el dolor? ¿Dónde los
tormentos con que me amenazabas? ¿No tienes otros medios? Mi bravura te causa
mayor dolor del que yo siento ante tu crueldad. ¡Cobarde, imbécil! Mientras tú
te rindes, yo recobro de nuevo el vigor; ¡haz que me queje, haz que sufra, haz
que me rinda si puedes! Comunica a tus satélites y a tus verdugos el valor
necesario; helos ahí ya, tan faltos de ánimo, que ya no pueden más; ármalos de
nuevo, haz de nuevo que se encarnicen». Menester es confesar que en tales almas
hay algún desorden o algún furor, por santo que sea. Al oír estas exclamaciones
estoicas «Prefiero ser furioso antes que voluptuoso», como decía Antistenes.
Cuando Sextio nos asegura que prefiere ser encadenado por el dolor antes que
por el placer; cuando Epicuro intenta regocijarse con el mal de gota, y
voluntariamente abandona el reposo y la salud desafiando las dolencias, rechaza
los dolores menos rudos y desdeña combatir la enfermedad de manera que sus
sufrimientos se vuelven crónicos y continuos, dignos de él:
Desdeñando esos
inofensivos animales, quisiera que se presentara ante él un jabalí con la boca
cubierta de espuma, o que un león descendiera de la montaña.
(VIRGILIO)
¿quién no juzga que tales arranques son los
respiraderos de un valor desequilibrado? Nuestra alma, en su estado normal, no
podría volar a tales alturas; para alcanzarlas precisa que se eleve, y que
tirando de la brida con los dientes, conduzca al hombre a una distancia tan
lejana, que él mismo se pasme luego de la acción que llevó a cabo. En los
combates, el calor de la refriega empuja a los soldados a realizar actos tan
temerarios que cuando la calma renace, ellos son los primeros en sobrecogerse
de admiración por las heroicas hazañas que realizaron. Lo mismo acontece a los
poetas cuando la inspiración ha pasado; admiran sus propias obras y no
reconocen las huellas que les condujeron a tan florido camino; es lo que se
llama en el artista ardor o fuego sagrado. Inútilmente, dice Platón, llama a
las puertas de la poesía el hombre cuyo espíritu es tranquilo. Aristóteles
asegura que ningún alma privilegiada está completamente exenta de locura, y
tiene razón en llamar así a todo arrebato, por digno de alabanza que sea, si
sobrepasa nuestra propia razón y raciocinio, puesto que la cordura consiste en
el acertado gobierno de las acciones de nuestra alma para conducirla con
adecuada medida y justa proporción. Platón sustenta así su principio: «Siendo
la facultad de profetizar superior a nuestras luces, preciso es que nos
encontremos transportados cuando la practicamos: indispensable es que nuestra
prudencia sea alterada por el sueño, por alguna enfermedad o arrebatada de su
asiento por algún arrobamiento celeste».
[ Fragmento de: Michel de Montaigne.
“Ensayos” ]
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