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viernes, 9 de junio de 2023


[ 401 ]

 

ENSAYOS

 

Michel de Montaigne

 

 

 

 

CAPÍTULO XXX

 

DE UNA CRIATURA MONSTRUOSA

 

 

Este capítulo va sin comentarios, pues dejo a los médicos la tarea de discurrir sobre el caso. Anteayer vi a una criatura, a quien llevaban dos hombres y una mujer que le servía de nodriza, los cuales dijeron ser su padre, su tío y su tía. La mostraban, por su rareza, para ganarse la vida, y era en todo aparentemente ordinaria (a diferencia de lo que diré luego): se sostenía sobre ambos pies, andaba y hacía gorgoritos casi como las demás criaturas de su edad. No se había nutrido aún de otro alimento que la leche de su nodriza, y lo que le pusieron en la boca en mi presencia lo mascó un poco y lo arrojó, sin tragarlo; sus gritos parecían tener algo de característico, y su edad era de catorce meses justos. Por debajo de las tetillas estaba cogida y pegada a otro muchacho sin cabeza, que tenía cerrado el conducto trasero; el resto del cuerpo era perfecto, pues si bien un brazo lo tenía más corto que el otro, la causa fue que se le había roto por accidente cuando nació. Los dos estaban unidos frente a frente, como si un niño pequeño quisiera abrazar a otro un poco más grandecito. El espacio y juntura por donde se sostenían era solo de cuatro dedos aproximadamente, de suerte que, levantando la criatura imperfecta, se hubiera visto el ombligo de la otra; la soldadura acababa en las tetillas. El ombligo del imperfecto no se podía ver, pero sí todo el resto de su vientre. Lo que no estaba pegado, como los brazos, los muslos, el trasero y las piernas, pendía y colgaba del otro y le llegaba como a media pierna. La nodriza nos dijo que orinaba por los dos conductos, de modo que los miembros de la criatura imperfecta se nutrían y vivían lo mismo que los de la otra, salvo que eran algo más pequeños y menudos. Este cuerpo doble y estos miembros diversos relacionados con una sola cabeza podrían procurar al rey un pronóstico favorable para mantener bajo la unión de sus leyes las diversas partes de nuestro Estado; pero temiendo lo que pudiera sobrevenir, vale más no parar mientes en él, pues no hay posibilidad de adivinar sino en circunstancias ya consumadas, «para que cuando los hechos tengan lugar puedan armonizarse con la profecía, mediante la interpretación que mejor convenga»; como se dice en Epiménides, que adivinaba las cosas pasadas.

 

En Médoc acabo de ver a un pastor de unos treinta años, que no presenta ninguna huella de órganos genitales: tiene solo tres agujeros por donde segrega la orina continuamente; es bien barbado, siente deseo y busca el contacto femenino.

 

Lo que nosotros llamamos monstruos no lo son a los ojos de Dios, quien ve en la inmensidad de su obra la infinidad de formas que comprendió en ella. Es de presumir que esta figura que nos sorprende se relacione y fundamente en alguna otra del mismo género desconocida para el hombre. De la infinita sabiduría divina nada emana que no sea bueno, natural y conforme al orden, pero nosotros no vemos la correspondencia y relación.

 

Lo que vemos a diario no nos admira aun cuando ignoremos por qué acontece; lo que nunca se ha visto, cuando por primera vez ocurre, parece maravilloso.

 

Llamamos contra natura lo que va contra la costumbre; nada subiste si está en armonía con lo natural, sea lo que sea. Que esta universal y natural razón desaloje de nosotros el error y la sorpresa que la novedad nos procura.

 

 

 

[ Fragmento de: Michel de Montaigne. “Ensayos” ]

 

*


martes, 14 de marzo de 2023

 

[ 341 ]

 

ENSAYOS

Michel de Montaigne

 

 

 

CAPÍTULO X

(y segunda parte)

 

DE LOS LIBROS

 

 

(…) Así se habla a los jueces, cuya voluntad quiere ganarse con razón o sin ella a los niños y al vulgo, para quienes todo debe explanarse con objeto de ver lo que produce mayor efecto. No quiero yo que se gaste el tiempo en ganar mi atención, gritándome cincuenta veces: «Ahora escucha», a la manera de nuestros heraldos. En su religión los romanos decían hoc age, para significar lo que en la nuestra expresamos con el sursum corda; son para mí palabras inútiles, porque me encuentro preparado de antemano. No necesito salsa ni incentivo, puedo comer perfectamente la carne cruda, así que en lugar de despertarse mi apetito con semejantes preparativos, se me debilita e impacienta. La irrespetuosidad de nuestro tiempo consentirá acaso que declare, sacrílega y audazmente, que encuentro desanimados los diálogos de Platón, las ideas se ahogan en las palabras, y yo lamento el tiempo que desperdicia en interlocuciones dilatadas e inútiles un hombre que tenía tantas cosas mejores que decir. Mi ignorancia de su lengua me excusará si digo que no descubro ninguna belleza en su lenguaje. En general, me gustan más los libros en los que la ciencia se explica que los que teorizan. Plutarco, Séneca, Plinio y otros escritores análogos no echan mano del hoc age; tratan con lectores ya adiestrados, y si se sirven de los preparativos es porque tienen su propio valor. Leo también con placer las Cartas a Ático, no solo porque contienen una instrucción muy amplia de la historia y de las cosas de su tiempo, sino principalmente porque descubren sus inclinaciones privadas, pues me inspira curiosidad singular, como he dicho en otra parte, el conocimiento del espíritu y los juicios ingenuos de mis autores. Puede formarse idea del mérito de los mismos, mas no de sus costumbres ni de sus personas, por el aparato fastuoso de sus escritos, que exploran el mundo. Mil veces he lamentado la pérdida del libro que Bruto compuso sobre la virtud, porque procura placer tener conocimiento de la teoría de aquellos que con tanta maravilla se condujeron en la práctica. Y porque difieren esencialmente el predicar del obrar, así gusto de Bruto en las biografías de Plutarco; me agradaría más saber a ciencia cierta la conversación que sostuvo en su tienda de campaña con sus amigos íntimos, la víspera de una batalla, que lo que al día siguiente decía a sus soldados; saber más sobre las ocupaciones que llenaban su tiempo en su gabinete que lo que hacía en la plaza pública y en el Senado. Respecto a Cicerón, participo de la opinión general; creo que, aparte de la ciencia, no había demasiada excelencia en su alma; era buen ciudadano, de naturaleza bonachona, como en general suelen serlo los hombres gordos y alegres que como él son de palabra fácil; mas la blandura y vanidad ambiciosa estaban demasiado presentes en su carácter. No es posible excusarle de haber considerado sus poesías dignas de ver la luz pública, pues si bien no constituye delito el escribir malos versos, lo es el no haber sabido vislumbrar cuán indignos eran los suyos de la gloria de su nombre. En cuanto a su elocuencia, entiendo que no hay quien pueda comparársele, y creo que nadie jamás llegará a igualarle en el futuro. El joven Cicerón, que solo en el nombre se asemejó a su padre, al encontrarse en Asia, congregó una vez en su mesa a algunos extranjeros, entre los cuales se hallaba Cestio, colocado en un extremo, como suelen deslizarse a veces los intrusos en los banquetes de los grandes. El anfitrión preguntó quién era a uno de sus criados, el cual le dijo su nombre; mas como Cicerón estaba distraído y no parara mientes en la respuesta, insistió de nuevo en la pregunta dos o tres veces; entonces, el sirviente, por no contestar siempre con palabras idénticas, y con objeto de dar a conocer a Cestio por alguna particularidad, añadió: «Es la persona de quien se os ha dicho que no hace gran caso de la elocuencia de vuestro padre comparada con la suya». Molestado súbitamente el joven Cicerón, ordenó que cogieran al pobre Cestio, e hizo que le azotaran en su presencia. ¡Huésped descortés, en verdad! Entre los mismos que juzgaron incomparable la elocuencia del orador romano, hubo alguno que no dejó de encontrarle también defectos. Bruto, su amigo, decía que era una elocuencia desquiciada y derrengada: fractam et elumbem. Los oradores posteriores a Cicerón reprendieron en él la cadencia extremada y mesurada del final de sus períodos, e hicieron notar las palabras esse videatur, que con tanta frecuencia empleaba. Yo prefiero una cadencia más rápida, cortada en yambos. Alguna vez adopta un hablar más rudo, pero en sus discursos menudean más los párrafos medidos, simétricos y rítmicos. En uno de ellos recuerdo haber leído: «Por lo que a mí toca, preferiría ser durante menos tiempo viejo que decaer antes de que la ancianidad sea llegada».

 

 

Los historiadores son mi fuerte. Son gratos y placenteros, y en ellos se encuentra la pintura del hombre, cuyo conocimiento busco siempre; tal diseño es más vivo y más cabal en aquellos que en ninguna otra clase de libros; en los historiadores se encuentra la verdad y variedad de las condiciones internas de la personalidad humana, en conjunto y en detalle; la diversidad de sus empresas y los accidentes que las amenazan. Así que, entre los que escriben las vidas de personajes célebres, prefiero los que se detienen más en las consideraciones que en la relación de los sucesos, más en lo que deriva del espíritu que en lo que en el exterior acontece; por eso Plutarco es en todos los aspectos mi autor favorito. Lamento que no tengamos una docena de Laercios, o al menos que el que tenemos no sea más extenso y más explícito; pues me interesa por igual la vida de los que fueron grandes preceptores del mundo como también el conocimiento de la diversidad de sus opiniones y el de sus caprichos. En cuanto a obras históricas, deben hojearse todas sin distinción; deben leerse toda suerte de autores, así los antiguos como los modernos, los franceses como los que no lo son, para tener idea de los diversos asuntos de que tratan. Julio César me parece que merece singularmente ser digno de estudio, y no ya solo en concepto de historiador, sino también como hombre; tan grandes son su excelencia y perfección, cualidades en que sobrepasa a todos los demás, aunque Salustio sea también autor de gran mérito. Yo leo a César con reverencia y respeto mayores de los que generalmente se emplean en las obras humanas; ya lo considero en sí mismo, en sus acciones y en lo milagroso de su grandeza; ya reparo en la pureza y pulidez inimitable de su lenguaje, en que sobrepasó no solo a todos los historiadores, como Cicerón dice, sino, a trechos, al propio Cicerón; habla de sus enemigos con sinceridad tal que, salvo las falsas apariencias con que pretende revestir la causa que defiende y su ambición pestilente, entiendo que puede reprochársele el que no habla más de sí mismo: tan innumerables hazañas no pudieron ser realizadas por él de no haber sido más grande de lo que realmente se nos muestra en su libro.

 

Entre los historiadores prefiero los que son muy sencillos o los maestros de su arte. Los primeros, que no ponen nada suyo en los sucesos que historian y emplean toda su diligencia en recoger todo lo que llegó a su noticia, registrando a la buena de Dios todo cuanto pueden, sin elaboración ni deliberación, dejando nuestro juicio en libertad cabal para el conocimiento de la verdad; como, por ejemplo, el buen Froissard, que avanzó en su empresa de manera tan franca e ingenua que, cuando incurre en un error, no tiene inconveniente en reconocerlo y corregirlo en cuanto ha sido advertido; Froissard nos muestra la multiplicidad misma de los rumores que corrían sobre un mismo suceso y las diversas relaciones que se hacían; compuso la historia sin adornos ni formas rebuscadas, y en sus crónicas cada cual puede sacar tanto provecho como entendimiento tenga. Los maestros en el género poseen la habilidad de escoger lo que es digno de ser conocido; aciertan a elegir el más verosímil entre dos testimonios; dominan la condición y el temperamento de los príncipes, deducen máximas, atribuyéndoles palabras adecuadas, y proceden acertadamente al escribir con autoridad y acomodar nuestras ideas a las suyas, lo cual, la verdad sea dicha, está en la mano de bien pocos. Los historiadores medianos, que son los más abundantes, todo lo estropean y malbaratan; quieren servirnos los trozos mascados, se permiten emitir juicios, y por consiguiente inclinar la historia a su capricho, pues tan pronto como la razón se inclina de un lado ya no hay medio hábil de enderezarla del otro; se permiten además escoger los sucesos dignos de ser conocidos y nos ocultan con sobrada frecuencia tal frase o tal acción privada, que sería más interesante para nosotros; omiten como cosas inverosímiles o increíbles todo lo que no entienden, y acaso también todo lo que no saben expresar en buen latín o en buen francés. Lícito es que nos muestren su elocuencia y su discurso y que juzguen a su manera, pero también lo es el que nos consientan juzgar luego lo que ellos han hecho, y mucho más aún el que no alteren nada ni nos dispensen de nada, por sus acortamientos y selecciones, de la materia que tratan; deben mostrárnosla pura y entera bajo todos sus aspectos.

 

Generalmente se elige para desempeñar esta tarea, sobre todo en nuestra época, a personas vulgares, por la única razón de que son atinadas en el bien hablar, como si en la historia buscáramos el aprendizaje de la gramática. Y siendo esa la causa que les puso la pluma en la mano, no teniendo más armas que la charla, hacen bien en no procurarse de otra cosa. Así, a fuerza de frases armoniosas nos sirven una tarrina preparada con los rumores que recogen en las callejuelas de las ciudades. Las únicas historias excelentes son las que fueron compuestas por los mismos que gobernaron los negocios, o que tomaron parte en la dirección. Así son casi todas las historias griegas y romanas, pues como fueron escritas por muchos testigos oculares (la grandeza y el saber se encontraban comúnmente juntos en aquella época), si en ellos hay errores, es en las cosas muy dudosas o secundarias.

 

¿Qué luces pueden esperarse de un médico que habla de la guerra o de un escolar que diserta sobre los designios de un príncipe? Si queremos convencernos del celo con que los romanos buscaban la exactitud en las obras históricas, bastará citar este ejemplo: Asinio Polión encontraba algún error en las obras de César, y lo achacaba a que le había inducido la circunstancia de no haberle sido dable esparcir por igual la mirada por todos los lugares que ocupó su ejército, y el haber tomado como artículo de fe las comunicaciones que recibía de sucesos a veces no del todo demostrados, o también por no haber sido exactamente informado por sus lugartenientes de los asuntos que habían dirigido en su ausencia. De aquí puede concluirse si la investigación de la verdad es cosa delicada, puesto que la relación de un combate no se puede encomendar a la ciencia de quien lo dirigió, ni a los soldados mismos el dar cuenta de lo que aconteció cerca de ellos, igual que si en una información judicial no se confrontan los testimonios, y si no se escuchan las objeciones cuando se trata de probar hasta los menores detalles de cada suceso. El conocimiento que de nuestros negocios tenemos no es tan fundamental; pero todo esto ha sido ya suficientemente tratado por Bodin y conforme a mi manera de ver.

 

Para remediar algún tanto la traición de mi memoria y la falta de la misma, tan grande que más de una vez me ocurrió coger un libro en mis manos que había leído años antes y emborronado con mis notas, y considerarlo como nuevo, acostumbro desde hace algún tiempo a añadir al fin de cada obra (hablo de las que no leo más que una vez) la época en que terminé su lectura y el juicio que la misma me sugirió en conjunto, a fin de representarme siquiera la idea general que me formé de cada autor. Transcribiré aquí algunas de estas anotaciones.

 

He aquí lo que escribí hará unos diez años en mi ejemplar de Guicciardini (sea cual fuere la lengua que mis libros empleen, yo los hablo siempre en la mía): «Es un historiador diligente, a mi entender, nos ayuda a conocer la verdad de los negocios de su época, con tanta exactitud como cualquier otro, puesto que en la mayor parte de ellos desempeñó un papel y un papel honorífico. En él no se ve ninguna muestra de que por odio, favor o vanidad, haya disfrazado los sucesos. Le acreditan los juicios libres que emite sobre los grandes, principalmente sobre las personas que le ayudaron a alcanzar los cargos que desempeñó, como el papa Clemente VII. Por lo que toca a la parte de su obra de que parecen prevalecer, que son sus digresiones y discursos, los hay buenos y enriquecidos con hermosos rasgos, pero en ellos se complació demasiado; pues por no haber querido dejarse nada en el tintero, como trataba un asunto tan amplio, tan rico, casi infinito, en ocasiones su estilo es descosido y denuncia la cháchara escolástica. He advertido también que entre tantas almas y acciones como juzga, entre tantos acontecimientos y pareceres, ni siquiera uno solo achaca a la virtud, a la religión y a la conciencia, como si estas prendas estuvieran en el mundo enteramente extintas. De todas las acciones, por hermosas que sean por sí mismas, achaca la causa a alguna viciosa coyuntura, o a algún interés bajo y puramente material. Es imposible imaginar que entre el infinito número de sucesos que juzga no haya habido alguno que emane de la moralidad y de la hombría de bien. Por general que sea la corrupción de una época, alguien escapa siempre del contagio. Aquel criterio permanente me hace temer que haya emanado solo de la naturaleza del historiador. Acaso haya juzgado a los demás conforme a sus peculiares y genuinos sentimientos».

 

En mi Philippe de Comines se lee lo que sigue: «Encontraréis en esta obra lenguaje dulce y grato, de sencillez ingenua; la narración es pura y en ella resplandece la buena fe del autor; exento de toda vanidad cuando habla de sí mismo y de afección y envidia cuando habla de los demás. Sus discursos y exhortaciones van acompañados más bien de celo y de verdad que de alarde de saber. En todas sus páginas la gravedad y autoridad muestran al hombre mecido en buena cuna y educado en el gobierno de los negocios importantes».

 

En las Memorias del señor du Bellay escribí: «Es siempre grato ver las cosas relatadas por aquellos que por experiencia vieron cómo es preciso manejarlas; mas es evidente que en estos dos autores se descubre una falta grande de franqueza y no toda la libertad que fuera de desear, como la que brilla en los antiguos cronistas, en Joinville, por ejemplo, amigo de san Luis; Eginard, canciller de Carlomagno, y de fecha más reciente, en Philippe de Comines. Estas memorias son más bien una requisitoria en favor del rey Francisco contra el emperador Carlos V, que una obra histórica. No quiero creer que hayan alterado nada de los hechos principales, pero sí que modelaron el juicio de los sucesos con sobrada frecuencia, y a veces sin fundamento, en ventaja nuestra, omitiendo cuanto pudiera haber de escabroso en la vida del adversario del emperador. Lo prueba el olvido en que dejaron las maquinaciones de los señores de Montmorency y de Brion, y el nombre de la señora de Étampes, que ni siquiera figura para nada en el libro. Pueden ocultarse las acciones secretas, pero callar lo que todo el mundo sabe, y sobre todo aquellos hechos que produjeron efectos de trascendencia pública, es una falta imperdonable. En conclusión, para conocer por entero al rey Francisco y los hechos acontecidos en su tiempo, hay que buscar otras fuentes si quiere creerse mi dictamen. El provecho que de aquí puede sacarse reside en la relación de las batallas y expediciones guerreras en que los Du Bellay tomaron parte, en algunas frases y acciones privadas de los príncipes de la época, y en los asuntos y negociaciones despachados por el señor de Langeay, donde se encuentran muchas cosas dignas de ser sabidas y reflexiones nada vulgares».

 

 

 

[ Fragmento de: Michel de Montaigne. “Ensayos” ]

 

*


lunes, 13 de marzo de 2023

 

[ 340 ]

 

ENSAYOS

Michel de Montaigne

 

 

 

 

 

CAPÍTULO X

(primera parte)

 

DE LOS LIBROS

 

 

Bien sé que con frecuencia me acontece tratar de cosas que están mejor dichas y con mayor fundamento y verdad en los maestros que escribieron de los asuntos de los que hablo. Lo que yo escribo es puramente un ensayo de mis facultades naturales, y de manera muy secundaria de las que se adquieren con el estudio; y quien reparase en mi ignorancia no hará descubrimiento mayor, pues ni yo mismo respondo de mis aserciones ni estoy tampoco satisfecho con mis discursos. Quien pretenda buscar aquí ciencia, no se encuentra en el mejor camino, pues en modo alguno hago yo profesión científica. Estos ensayos contienen mis fantasías, y con ellas no trato de explicar las cosas, sino conocerme a mí mismo. Quizá algún día alcance a conocer algo más o quizá lo conocí alguna vez, no me acuerdo, pues pese a amar la ciencia no retengo sus enseñanzas; así es que no aseguro certeza alguna, y solo trato de asentar el punto al que llegan mis conocimientos actuales. No hay, pues, que fijarse en las materias de que hablo, sino en la manera como las trato, y en aquello que tomo a los demás pido que se tenga en cuenta si he acertado a escoger algo con que realzar o socorrer mi propia invención, pues prefiero dejar hablar a los otros cuando yo no acierto a explicarme tan bien como ellos, bien por la flojedad de mi lenguaje, bien por debilidad de mis razonamientos. En las citas me atengo a la calidad y no al número; fácil me hubiera sido duplicarlas, y todas, o casi todas las que traigo a colación, son de autores famosos y antiguos, de gran renombre, que no han menester de mi recomendación. En cuanto a las razones, comparaciones y argumentos, que trasplanto en mi jardín, y confundo con las mías, a veces he omitido el nombre del autor a quien pertenecen, para poner dique a la temeridad de las sentencias apresuradas que se dictaminan sobre todo género de escritos, principalmente cuando estos son de hombres vivos y están compuestos en lengua vulgar; todos hablan y se creen convencidos del designio del autor, igualmente vulgar; quiero que den un capirotazo sobre mis narices a Plutarco y que injurien a Séneca en mi persona, ocultando mi debilidad bajo antiguos e ilustres nombres. Quisiera que hubiese alguien que, ayudado por su claro entendimiento, señalara los autores a quienes las citas pertenecen, pues como yo adolezco de memoria, no acierto a deslindarlas; bien comprendo cuáles son mis límites, mi espíritu es incapaz de producir algunas de las vistosas flores que están esparcidas por estas páginas, y todos los frutos juntos de mi entendimiento no bastarían para alcanzarlas. Debo, en cambio, responder de la confusión que pueda haber en mis escritos, de la vanidad u otros defectos que yo no advierta o que sea incapaz de reconocerlos; pero la enfermedad del juicio consiste en no verlos ni cuando el otro nos lo señala. La ciencia y la verdad pueden entrar en nuestro espíritu sin el concurso del juicio, y este puede también subsistir sin aquellas: el reconocimiento de la propia ignorancia es uno de los más seguros y más hermosos testimonios que el juicio nos procura. Al transcribir mis ideas, no sigo otro camino que el del azar; a medida que mis ensueños o desvaríos aparecen a mi espíritu, voy amontonándolos: unas veces se me presentan apiñados, otras arrastrándose penosamente de uno en uno. Quiero exteriorizar mi estado natural y ordinario, tan desordenado como es en realidad, y me dejo llevar sin esfuerzos ni artificios; no hablo sino de cosas cuyo desconocimiento es lícito y de las cuales puede tratarse sin preparación y con libertad completa. Bien quisiera tener más cabal inteligencia de las cosas, pero no quiero comprarla por lo cara que cuesta. Mi propósito consiste en pasar apacible, no laboriosamente, lo que me resta de vida; por nada del mundo quiero romperme la cabeza, ni siquiera por la ciencia, por grande que sea su valor.

 

En los libros solo busco un entretenimiento agradable, y si alguna vez estudio, me aplico a la ciencia que trata del conocimiento de mí mismo, la cual me enseña el bien vivir y el bien morir:

 

Hacia este fin deben tender mis corceles.

(PROPERCIO)

 

Las dificultades con que tropiezo al leer, las dejo a un lado, no me como las uñas tratando de resolverlas, insisto una o dos veces y las abandono. Si me detengo, me pierdo, y malgasto el tiempo inútilmente; pues mi espíritu es de índole tal que lo que no se ve en un primer momento, se lo explica menos obstinándose. Soy incapaz de hacer nada que suponga esfuerzo; la continuación de una misma tarea, lo mismo que el recogimiento excesivo aturden mi juicio, lo entristecen y lo cansan; mi vista se trastorna y se disipa, de suerte que tengo que apartarla y volver a fijarla repetidas veces. Cuando un libro me aburre cojo otro, y solo me consagro a la lectura cuando el fastidio de no hacer nada empieza a dominarme. Apenas leo los libros nuevos, porque los antiguos me parecen más sólidos y sustanciosos; tampoco acudo a los escritos en lengua griega, porque mi espíritu no puede sacar partido del ínfimo conocimiento que tengo del idioma.

 

Entre los libros de mero entretenimiento me placen entre los modernos el Decamerón, de Boccaccio, el de Rabelais, y el titulado Besos, de Juan Segundo. Los Amadises y otras obras análogas ni siquiera de niño me deleitaron. ¿Añadiré además, por osado o temerario que parezca, que esta alma adormecida no se deja cosquillear por Ariosto, ni siquiera por el buen Ovidio? La espontaneidad y facundia de este me encantaron en otro tiempo, pero hoy apenas si me interesan. Expongo libremente mi opinión sobre todas las cosas, hasta sobre las que sobrepasan mi capacidad y son ajenas a mi competencia; así que los juicios que emito dan la medida de mi entendimiento, más que de las cosas mismas. Si yo digo que no me gusta el Axioca de Platón (Este diálogo no es de Platón, como lo reconoció ya Diógenes Laercio), por ser una obra floja, si se tiene en cuenta la pluma que lo escribió, no tengo cabal seguridad de mi juicio, porque su temeridad no llega a oponerse al dictamen de tantos otros famosos críticos antiguos, pues les considero gobernadores y maestros, con los que no me gustaría enemistarme. Mi entendimiento se condena a sí mismo, bien al detenerse en la superficie, porque no puede penetrar hasta el fondo, bien al examinar la obra bajo algún aspecto que no es el verdadero. Mi espíritu se conforma con librarse del desorden o perturbación, pero reconoce y confiesa de buen grado su debilidad. Cree interpretar acertadamente las apariencias que su concepción le muestra, que suelen ser imperfectas y débiles. Casi todas las poesías de Esopo encierran sentidos varios; los que las interpretan mitológicamente eligen sin duda un terreno que cuadra bien a la fábula; mas proceder así es detenerse en la superficie; cabe otra interpretación más viva, esencial e interna, a la cual no supieron llegar los eruditos. Yo prefiero el segundo procedimiento.

 

Mas, siguiendo con los autores, diré que siempre coloqué en primer término en la poesía a Virgilio, Lucrecio, Catulo y Horacio, considero las Geórgicas como la obra más acabada que pueda engendrar la poesía; si se las compara con algunos pasajes de la Eneida, se verá fácilmente que su autor hubiera retocado estos, de haber tenido tiempo para ello. El quinto libro del poema me parece el más perfecto. Lucano también es de mi agrado, y lo leo con sumo placer, no tanto por su estilo como por la verdad que encierran sus opiniones y juicios. Por lo que respecta al buen Terencio y a las gracias y coqueterías de su lengua, tan admirable me parece, por representar a lo vivo los movimientos de nuestra alma y la índole de nuestras costumbres, que en todo momento nuestra manera de vivir me recuerda sus comedias; por muchas veces que lo lea, siempre descubro en él alguna belleza o alguna gracia nuevas. Los contemporáneos de Virgilio se quejaban de que algunos comparasen con Lucrecio al autor de la Eneida; también yo creo que es una comparación desigual, mas no la encuentro tan desacertada cuando me detengo en algún hermoso pasaje de Lucrecio. Si tal parangón les contrariaba, ¿qué hubieran dicho de los que hoy le comparan, torpe, estúpida y bárbaramente, con Ariosto, y qué pensaría el propio Ariosto?

 

Oh siglos sin gusto ni discernimiento!

(CATULO)

 

Me parece que los antiguos debieron lamentarse más de los que equipararon a Plauto y Terencio (este muestra bien su aire de nobleza), que de los que igualaron Lucrecio a Virgilio. Para juzgar del mérito de aquellos y conceder a Terencio la primacía, constituye una razón poderosa el que el padre de la oratoria romana pronunció con frecuencia su nombre como el único en su línea, y la sentencia que el juez más competente de los poetas latinos emitió sobre Plauto. Algunas veces he considerado que los que en nuestro tiempo escriben comedias, como los italianos, que son bastante diestros en el género, ingieren tres o cuatro argumentos, como los que forman la trama de las de Terencio o de Plauto, para componer una de las suyas; en una sola amontonan cinco o seis cuentos de Boccaccio. Y lo que les mueve a cuajarlas de peripecias es la desconfianza de poder sostener el interés con sus propios recursos; es preciso que dispongan de algo sólido en que apoyarlas, y no pudiendo extraerlo de su numen, quieren que los cuentos nos diviertan. Lo contrario acontece con Terencio, cuyas perfecciones y bellezas nos hacen olvidar sus argumentos; su delicadeza y coquetería nos detienen en todas las escenas; es un autor agradable en todos los conceptos,

 

Con tanta facilidad y pureza brota 

(HORACIO),

 

y llena de tal suerte nuestra alma con sus donaires, que nos hace olvidar los de la fábula. Esta consideración me lleva de un modo natural a las siguientes: los buenos poetas antiguos evitaron la afectación y lo rebuscado, no solo se alejaron de los fantásticos ditirambos españoles y petrarquistas, sino también de los ribetes mismos que constituyen el ornato de todas las obras poéticas de los siglos sucesivos. Así que ningún censor competente encuentra defectos en aquellas obras, como tampoco deja de admirar infinitamente más entre las de Catulo la pulidez, perpetua dulzura y florida belleza de sus epigramas, comparadas con los aguijones con que Marcial aguza los suyos.

 

Lo propio que dije ha poco confirma también Marcial cuando escribe:

 

No había menester de grandes esfuerzos; el asunto mismo suplía a la gracia.

(MARCIAL)

 

Los viejos poetas, sin conmoverse ni enfadarse, logran el efecto que buscan; sus obras son desbordantes de gracia, y para alcanzarla no necesitan violentarse. Los modernos han de menester socorros ajenos; a medida que el espíritu les falta necesitan mayor cuerpo; montan a caballo porque no son suficientemente fuertes para andar sobre sus piernas, del mismo modo que en nuestros bailes los hombres de baja extracción que ejercen el magisterio de la danza, como carecen del decoro y la apostura de la nobleza, pretenden destacarse dando peligrosos saltos y efectuando movimientos extravagantes a la manera de los acróbatas; las damas representan un papel más lucido cuando las danzas son más complicadas que en otras en que se limitan a marchar con toda naturalidad representando el porte ingenuo de su gracia ordinaria; he reparado también que los payasos que ejercen su profesión diestramente sacan todo el partido posible de su arte aun estando vestidos sencillamente, con la ropa de todos los días, mientras que los aprendices, cuya competencia es mucho menor, necesitan enharinarse la cara, disfrazarse y hacer multitud de muecas y gesticulaciones salvajes para movernos a risa. Mi opinión aparecerá más clara comparando la Eneida con el Orlando: en la primera se ve que el poeta se mantiene en las alturas con sostenido vuelo y un movimiento majestuoso, siguiendo derecho su camino; en el segundo, el autor revolotea y salta de cuento en cuento, como los pajarillos van de rama en rama, porque no confían en la resistencia de sus alas, avanzando en trayectos cortos, deteniéndose a cada paso porque temen que les falten el aliento y las fuerzas:

 

Solo intenta excursiones breves.

 (VIRGILIO)

 

He ahí, pues, los poetas que son más de mi agrado.

 

En cuanto a los autores en los que la enseñanza va unida al deleite, de los cuales aprendo a poner orden en mis ideas y en mi vida, los que más me placen son Plutarco, desde que Amyot lo trasladó a nuestra lengua, y el filósofo Séneca. Ambos tienen para mí la incomparable ventaja, que se acomoda maravillosamente con mi modo de ser, de verter la doctrina que en ellos busco de una manera fragmentaria, y por consiguiente no exigen lecturas dilatadas, de las que me siento incapaz: los opúscu los de Plutarco y las epístolas de Séneca constituyen la parte más hermosa de sus escritos al tiempo que la más provechosa. Para emprender tal lectura no he menester de un gran esfuerzo, y puedo abandonarla allí donde bien me place, pues ninguna dependencia ni enlace hay entre los capítulos de ambas obras. Estos dos autores coinciden en la mayor parte de sus apreciaciones e ideas útiles y verdaderas; la casualidad hizo que vieran la luz en el mismo siglo; uno y otro fueron preceptores de dos emperadores romanos, uno y otro nacieron en tierra extranjera, ambos fueron ricos y poderosos. La instrucción que procuran es la flor de la filosofía, que presentan de una manera sencilla y sabia. El estilo de Plutarco es uniforme y sostenido, el de Séneca culebrea y se diversifica, este ejecuta todos los esfuerzos posibles para procurar armas a la virtud contra la flaqueza, el temor y las inclinaciones viciosas. Plutarco parece no tener tan en cuenta el esfuerzo, es más indulgente, y profesa las apacibles ideas platónicas que se ajustan a la vida. Las de Séneca son estoicas o extraídas de Epicuro, y se apartan más del uso común, pero en cambio, a mi entender, son más ventajosas y sólidas, particularmente al aplicarlas. Se diría que Séneca transige algún tanto con la tiranía imperial, pues yo entiendo que si condena la causa de los generosos asesinos de César los condena violentando su espíritu. Plutarco se muestra enteramente libre en todo. Séneca abunda en matices; Plutarco en acontecimientos, hechos y anécdotas. El primero nos emociona y conmueve, el segundo nos procura mayor agrado y provecho. Plutarco nos guía, Séneca nos empuja.

 

Por lo que toca a Cicerón, lo que de él prefiero son las obras que tratan particularmente sobre moral. Pero decidido como estoy a confesar abiertamente la verdad, y puesto que se franqueó ya la barrera, y la timidez sería inoportuna, reconozco que su manera de escribir me parece pesada, lo mismo que cualquier otra que se le asemeje: sus prefacios, definiciones, divisiones y etimologías consumen la mayor parte de su obra, y la médula, lo que hay de vivo y provechoso, queda ahogado por aprestos tan dilatados. Si le leo durante una hora, lo cual es mucho para mí, y trato luego de recordar la sustancia que he sacado, casi siempre lo encuentro vano, pues al cabo de ese tiempo no he llegado aún a los argumentos pertinentes al asunto de que habla, ni a las razones que concretamente se refieren a las ideas que persigo. Para mí, que no trato de aumentar mi elocuencia, ni mi saber, sino mi prudencia, tales procedimientos, lógicos y aristotélicos, son inadecuados; yo quiero que se entre enseguida en materia, sin rodeos ni circunloquios; de sobra conozco lo que son la muerte o el placer, no necesito que nadie se detenga en anatomizarlos. Lo que yo busco son razones firmes y sólidas que me enseñen desde luego a sostener mi fortaleza, no sutilezas gramaticales; la ingeniosa contextura de palabras y argumentaciones para nada me sirve. Quiero razonamientos que descarguen, desde luego, sobre lo más difícil de la duda; los de Cicerón languidecen alrededor del asunto: son útiles para la discusión, el foro o el púlpito, donde nos queda el tiempo necesario para dormitar, y dar un cuarto de hora después de comenzada la oración con el hilo principal del discurso…

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: Michel de Montaigne. “Ensayos” ]

 

*

martes, 10 de enero de 2023

 


[ 316 ]

 

ENSAYOS

Michel de Montaigne

 

 

CAPÍTULO V

DE LA CONCIENCIA

 

 

Viajando un día con mi hermano, el señor de La Brousse, durante nuestros trastornos civiles, encontramos un gentilhombre de maneras distinguidas, que pertenecía al partido opuesto al nuestro. No estaba al corriente de estas circunstancias, pues el personaje en cuestión disimulaba de maravilla sus opiniones. Lo peor de estas guerras es que las cartas están tan barajadas, que el enemigo no se distingue del amigo por ninguna señal exterior, como tampoco por el lenguaje, ni por el porte, educado como está bajo idénticas leyes, costumbres y clima; con lo que es bien difícil evitar la confusión y el desorden consiguientes. Estas consideraciones me hacían temer a mí mismo el encuentro con nuestras tropas donde yo no fuera conocido, si no declaraba mi nombre a tiempo. Una vez, a causa de tal equivocación, perdí hombres y caballos, y me mataron miserablemente, entre otros, a un paje, caballero italiano que iba siempre conmigo y a quién yo prodigaba muchas atenciones, con cuya vida se extinguió una infancia hermosa y una juventud llena de esperanzas. Aquel caballero era tan miedoso y experimentaba un horror tan extremo, le veía yo tan muerto cuando encontrábamos gente armada o atravesábamos alguna ciudad dominada por el rey, que al fin caí en que todo aquello eran alarmas que su conciencia le procuraba. Le parecía a aquel pobre hombre que a través de su semblante y de las cruces de su casaca se podían leer incluso las más secretas inclinaciones de su pecho, ¡tan maravilloso es el poder de la conciencia!, la cual nos traiciona, nos acusa y nos combate, y a falta de un testigo ajeno nos denuncia contra nosotros mismos.

 

Ella misma nos sirve de verdugo y nos azota sin cesar con su látigo invisible.

(JUVENAL)

 

El cuento siguiente se oye con frecuencia en boca de los muchachos. Bessus, peoniano, al ser reprendido por haber encontrado placer en echar por tierra un nido de gorriones a quienes después dio muerte, contestó que no los había matado sin razón, porque aquellos pajarracos no dejaban de acusarle constante y falsamente de la muerte de su padre. Este parricida había mantenido oculto su delito hasta entonces, mas las vengadoras furias de la conciencia hicieron que se delatara él mismo y tuvo que sufrir el castigo de su crimen. Hesíodo corrige la sentencia de Platón que afirma que la pena sigue bien de cerca al pecado, pues aquel escribe que la pena nace en el instante mismo que la culpa se comete. Quien aguarda el castigo lo sufre de antemano, y quien lo merece lo espera. La maldad elabora tormentos contra sí misma:

 

El mal recae sobre quien lo meditó.

(AULO GELIO)

 

a semejanza de la avispa, que pica y mortifica, pero se hace más daño a sí misma, pues pierde para siempre su aguijón y su fuerza:

 

Y deja su vida en la herida que ella misma hizo.

(VIRGILIO)

 

Las cantáridas tienen en su cuerpo una sustancia que sirve a su veneno de contraveneno; de la misma manera que en el vicio se encuentra placer, el mismo vicio produce hastío a la conciencia, que nos atormenta con imaginaciones penosas, lo mismo dormidos que despiertos:

 

A veces los culpables se acusaron en sueños o en el delirio de la fiebre, y revelaron los crímenes que guardaban ocultos.

(LUCRECIO)

 

Apolodoro soñaba que los escitas le desollaban, que le ponían después a hervir dentro de una gran marmita y que mientras tanto su corazón murmuraba: «Yo, solo yo, soy la causa de todos tus males». Ninguna cueva sirve para ocultar a los delincuentes, decía Epicuro, porque ni siquiera ellos mismos pueden tener la seguridad de que están ocultos; la conciencia los descubre constantemente.

 

El primer castigo del culpable consiste en que ni él mismo se absolvería juzgándose ante su propio tribunal.

(JUVENAL)

 

Y del mismo modo que nos llena de temor, nos transmite también seguridad y confianza. De mí puedo afirmar que caminé entre circunstancias muy variadas con el pie bien firme por la rectitud de mis designios y porque avanzaba siguiendo mi propia voluntad:

 

Según el testimonio que el hombre se da a sí mismo, así a su alma acompañan la esperanza o el temor.

(OVIDIO)

 

Mil ejemplos hay de ello; bastará con traer a cuento tres relativos al mismo personaje. Un día fue acusado Escipión ante el pueblo de una falta grave, y en vez de excusarse o de adular a sus jueces, les dijo: «No os sienta mal pretender disponer de la cabeza de quien os concedió el poder de juzgar a todo el mundo». En otra ocasión, ante las imputaciones que le dirigía un tribuno del pueblo, en lugar de defenderse, exclamó: «Vamos allá, conciudadanos, vamos a dar gracias a los dioses por la victoria que alcancé contra los cartagineses tal día como hoy»; y colocándose al frente de la muchedumbre, camino del templo, la asamblea toda e incluso su acusador le siguieron. Y cuando Petilo, instigado por Catón, le pidió cuenta de los caudales gastados en la provincia de Antioca, compareció Escipión ante el Senado para dar cuentas; presentó el libro en que constaban, que tenía guardado bajo su túnica, y dijo que aquel cuaderno contenía con exactitud matemática la relación de los ingresos y los gastos; pero como se lo reclamaran para anotarlo en el cartulario, se opuso a semejante petición, diciendo que no quería inferirse a sí mismo tal deshonra; y en presencia del Senado desgarró con sus manos el libro y lo hizo añicos. Yo no puedo creer que un alma torturada por los remordimientos pueda ser capaz de simular un aplomo semejante. Escipión tenía un corazón demasiado grande, acostumbrado a las grandes hazañas, como dice Tito Livio, para defender su inocencia de haber sido culpable del delito que se le imputaba.

 

Las torturas son una invención perniciosa y absurda, y sus efectos, a mi entender, sirven más para probar la paciencia de los acusados que para averiguar la verdad. Aquel que las puede soportar la oculta, y el que es incapaz de resistirlas tampoco la declara; porque, ¿qué razón hay para que el dolor me haga confesar la verdad o decir la mentira? Y por el contrario, si el que no cometió los delitos de que se le acusa posee resistencia bastante para hacerse fuerte al tormento, ¿por qué no ha de poseerla igualmente el que lo cometió, y más sabiendo que en ello le va la vida? Yo creo que el fundamento de esta invención tiene su origen en la fuerza de la conciencia, pues al delincuente parece que la tortura le ayuda a exteriorizar su crimen y que el quebranto material debilita su alma, al tiempo que la misma conciencia fortalece al inocente contra las pruebas a que se le somete. Son en conclusión, y a decir verdad, un procedimiento lleno de incertidumbre y de consecuencias detestables; en efecto, ¿qué cosa no se dirá o no se hará con tal de librarse de tan horribles suplicios?

 

El dolor obliga a mentir hasta a los mismos inocentes.

(PUBLIO SIRO)

 

de donde resulta que el reo a quien el juez ha sometido al tormento por no morir inocente, muere sin culpa, y además martirizado. Hubo infinidad de hombres que hicieron falsas confesiones; Filoto, entre otros, al considerar las particularidades del proceso que Alejandro entabló contra él y al experimentar lo horrible de las pruebas a que se le sometió. Con todo, dicen algunos que es lo menos malo que la humanidad ha podido idear contra sus debilidades, aunque a mi modo de ver sea una práctica inhumana e inútil.

 

Algunas naciones, menos bárbaras en esto que la griega y la romana, que aplicaron a las otras aquel dictado, consideraron cruel y espantoso descuartizar a un hombre cuyo delito no está todavía probado. ¿Es acaso el supuesto delincuente responsable de vuestra ignorancia? Si lo pensamos dos veces, con la tortura somos injustos en grado sumo, pues por no matarle sin motivo justificado le provocáis experiencias peores que la muerte. Y que esto es así lo prueba las veces que el supuesto delincuente prefiere acabar injustamente a pasar por el suplicio, que con frecuencia es más terrible por su crudeza que la muerte misma. No recuerdo el origen de este cuento, que refleja con exactitud cabal el grado de conciencia de nuestra justicia. Ante un general, gran administrador de sus hombres, acusó una aldeana a un soldado por haber arrebatado a sus pequeñuelos unas pocas gachas, único alimento que quedaba a la mujer, pues la tropa lo había consumido todo. El general, después de advertir a la mujer que mirase bien lo que decía y de añadir que la acusación recaería sobre ella en caso de no ser cierta, como la mujer insistió de nuevo, hizo abrir el vientre del soldado para asegurarse de la verdad del hecho, y, en efecto, aconteció que la aldeana tenía razón. Lo que supone una condena instructiva.

 

 

 

 

[ Fragmento de: Michel de Montaigne. “Ensayos” ]

 

*


jueves, 10 de noviembre de 2022

 

 

[ 276 ]

 

ENSAYOS

Michel de Montaigne

 

 

CAPÍTULO II

 

DE LA EMBRIAGUEZ

 

 

El mundo no es más que variedad y desemejanza; los vicios son todos parecidos, puesto que todos son vicios, y esta misma era la opinión de los estoicos; pero aunque todos los vicios sean vicios, no por ello son vicios iguales, y aquel que se ha adentrado cien pasos en el vicio:

 

Así pues, es imposible desviarse en ningún sentido sin perder el camino verdadero…

(HORACIO)

 

es sin duda de peor condición que el que no se adentró más que diez; no es creíble, por ejemplo, que el sacrilegio no sea peor que el robo de una col de nuestra huerta.

 

Nunca se probará con buenas razones que robar coles en una heredad sea un crimen tan grande como saquear un templo…

(HORACIO)

 

Hay en materia de vicios tanta diversidad como en cualquiera otra acción humana. La confusión en la categoría y medida de los pecados es peligrosa: los asesinos, los traidores y los tiranos tienen interés sobrado en que esa confusión exista, pero no hay motivo para que su conciencia encuentre alivio porque otros sean ociosos, lascivos o poco asiduos en la devoción. Cada cual considera de mayor gravedad el delito de su compañero y trata de aligerar el suyo. Los educadores mismos suelen clasificar mal los pecados, a mi entender. Sócrates decía que el principal oficio de la filosofía era distinguir los bienes de los males, y nosotros, para quienes incluso en nuestros mejores momentos encontramos trazas de vicio, debemos decir lo mismo en la ciencia de distinguir las culpas, sin la cual los virtuosos y los malos permanecen mezclados, sin que se distingan los unos de los otros.

 

La embriaguez, entre todos los demás, me parece un vicio grosero y brutal. En otros encontramos todavía cierta participación del espíritu: los hay, por ejemplo, que tienen no sé qué de generosos, si es lícito hablar así; algunos coexisten con la diligencia, la valentía, la prudencia, la habilidad y la fineza. En la embriaguez, por el contrario, todo es corporal y terrenal. Tanto es así que la nación menos civilizada de las que existen hoy en día sería aquella donde este vicio fuese más tolerado. Los otros desórdenes alteran el entendimiento; este lo derriba y además embota el cuerpo:

 

Cuando al hombre doma la fuerza del vino, sus miembros pierden la ligereza; su andar es incierto, su paso inseguro, su lengua se traba, su alma parece ahogada y sus ojos extraviados. El hombre borracho lanza impuros eructos y tartamudea injurias.

(LUCRECIO)

 

El estado más deplorable del hombre es aquel en que pierde el conocimiento, imposibilitado para gobernarse a sí mismo; y se dice, entre otras cosas, a propósito de este estado, que así como el mosto cuando hierve en una cuba eleva a la superficie todo lo que hay en el fondo, el vino hace desbordar los secretos más íntimos a los que han bebido demasiado.

 

En medio de tus alegres transportes, ¡oh Baco!, el sabio se deja arrancar su secreto.

(HORACIO)

 

Josefo refiere que hizo cantar alto y claro a cierto embajador que sus enemigos le habían enviado, haciéndole beber copiosamente. Sin embargo, Augusto, que confió a Lucio Piso, el conquistador de Tracia, los negocios más delicados que tuvo, no encontró motivos de arrepentirse en su elección; ni Tiberio de Cosso, a quien entregó sus secretos más recónditos, aunque sepamos que ambos eran tan aficionados al vino, que más de una vez hubo que sacarlos del Senado porque estaban borrachos,

 

Las venas todavía inflamadas a causa del vino que bebiera la víspera;

(JUVENAL)

 

con igual confianza que a Casio, bebedor de agua, se le informó a Címber, que se emborrachaba con frecuencia, del propósito de matar a Julio César; a esta propuesta repuso ingeniosamente el amigo de Baco: «Yo, que no puedo vencer al vino, menos podré acabar con el tirano». Los alemanes, aun cuando estén ebrios a más no poder, van derechos a su cuartel, y recuerdan la consigna y su lugar en las filas:

 

Aunque ahogados en el vino, tartamudeando y dando traspiés, es difícil vencerlos.

(JUVENAL)

 

Nunca hubiera imaginado siquiera que pudiese existir una borrachera tan tremenda, si no hubiese leído en las Historias que Atalo convidó a cenar a Pausanias con intención de hacerle daño. Atalo dio de beber tanto a su huésped que pudo convertir su cuerpo, insensiblemente, en el de una prostituta cuartelera para muchos de los abyectos servidores de su casa. Otro hecho me refirió una dama a quien honro y tengo en gran estima: cerca de Burdeos, hacia Castres, donde se encuentra la casa de mi amiga, una aldeana, viuda y de costumbres honestas, advirtió los primeros síntomas del embarazo y dijo a sus vecinas que pese a no tener marido creía que estaba preñada; como las pruebas de su sospecha aumentaban día a día y el asunto terminó por ser una evidencia, la mujer hizo que se anunciara en su iglesia que si el padre de la criatura confesaba, ella le perdonaría y consentiría en casarse con él si le encontraba de su agrado y el hombre quería. Entonces uno de sus criados, un muchacho joven, animado con el anuncio, declaró haberla encontrado un día de fiesta profundamente ebria, durmiendo junto al hogar y con las ropas tan arremangadas, que pudo abusar de ella sin despertarla. Este matrimonio vive hoy todavía.

 

La antigüedad no censura gran cosa la embriaguez. Los escritos mismos de los filósofos hablan de ella casi contemporizando; e incluso entre los estoicos, hay quien aconseja beber alguna vez que otra y emborracharse para alegrar el espíritu.

 

Dícese que en esta noble justa ganó la palma el gran Sócrates.

 

Al severo Catón, corrector y censor de los demás, se le reprochó ser buen bebedor:

 

Refiérese también del viejo Catón que el vino enardecía su virtud.

(HORACIO)

 

 

Ciro, un rey tan renombrado, alega entre otras cosas de las que se jacta para probar su superioridad sobre su hermano Artajerjes, que sabía beber mucho mejor que él. Entre las naciones mejor gobernadas era aceptable competir por beber hasta la embriaguez. Yo he oído decir a Silvio, excelente médico de París, que para que las fuerzas de nuestro estómago no se dejen ganar por la pereza, es conveniente, siquiera una vez al mes, despertarlas por este exceso de bebida, y excitarlas para evitar que se adormezcan. También se ha dicho que los persas discutían sus negocios más importantes después de beber.

 

Mi gusto y complexión naturales son más enemigos de este exceso que mi razón, pues aparte de que yo acomodo fácilmente mis opiniones a la autoridad de los antiguos, si bien encuentro que la embriaguez es un vicio cobarde y estúpido, lo creo menos perverso y dañino que los demás, los cuales van casi todos directamente contra la sociedad pública. Y si como dicen los estoicos no podemos procurarnos ningún placer sin que nos cueste algún sacrificio, creo que el vicio del que hablo es menos gravoso que los otros para nuestra conciencia; tampoco es difícil proveerse de la primera materia, circunstancia que se debe valorar en su justa medida. Un hombre digno, de edad avanzada, me decía que de los tres placeres que en la vida le quedaban, este era uno; y efectivamente, ¿dónde encontramos gustos que aventajen a los naturales? Pero esa persona se colocaba en mala disposición: es preciso huir de la delicadeza y del cuidado exquisito en la elección del vino, porque si el origen del placer reside en beberlo de una añada excelente, os veréis obligados a soportar doler la tristeza de beberlo malo alguna vez. Es preciso tener el gusto más libre y amplio; un buen bebedor debe estar dotado de un paladar bien resistente.

 

Los alemanes beben casi con igual placer todos los vinos; su fin es tragarlos más que paladearlos. De ese modo les va mucho mejor: el placer que experimentan es más grande y encuentran más a mano el procurárselo. Beber a la francesa, en las dos comidas y de una manera moderada con el fin de cuidar la salud, es restringir demasiado los favores del dios Baco; es preciso ocupar más tiempo y desplegar mayor constancia en el beber. Los antiguos pasaban bebiendo noches enteras y a veces empalmaban las noches con los días; así que debemos esmerarnos en ampliar más este placer. He conocido a un gran señor, persona a quien adornaban elevadas prendas y que había salido victorioso en grandes empresas, que sin esfuerzo alguno en sus comidas escanciaba hasta diez botellas de vino; luego despachaba sus negocios con todo acierto, mostrándose apenas más avieso que en una situación normal. El placer que debemos reservarnos en el transcurso de nuestra vida exige que concedamos mayor tiempo a la bebida, hasta el punto de que, como los muchachos de las tiendas y las personas que ejercen un trabajo manual, no rechacemos ninguna ocasión de empinar el codo y tengamos constantemente vivo en la imaginación el deseo de hacerlo. Se diría que a diario acortamos los placeres del paladar y que en nuestras casas el número de comidas no es tan grande como en tiempos pasados: yo he visto menguar los desayunos, almuerzos, cenas, meriendas y refrigerios. ¿Acaso en algunos de nuestros defectos hayamos tomado el camino de la enmienda? En realidad, no; lo que ocurre es que nos hemos adentrado en la concupiscencia mucho más que nuestros padres. Este vicio y el de la bebida son dos cosas que se repelen: aquella ha debilitado nuestro estómago, y la flojedad nos ha hecho más delicados y adecuados para la práctica del amor.

 

Merecerían consignarse, por lo singulares, las cosas que oí referir a mi padre a propósito de la castidad de su tiempo; y en verdad que se acomodaban bien en sus labios tales palabras, pues era hombre de galantería extrema con las damas por inclinación y reflexión. Hablaba poco, pero bien, y entreveraba su lenguaje con algunos ornamentos sacados de libros modernos, principalmente españoles. Entre estos últimos era muy aficionado al Marco Aurelio, del obispo de Mondoñedo, don Antonio de Guevara. Era su porte de una gravedad risueña, muy modesto y humilde, ponía singular cuidado en la decencia y decoro de su persona y en el vestuario, ya fuera a pie o a caballo; la lealtad de sus palabras era extraordinaria, y su conciencia y religiosidad le inclinaban en general más a la superstición que a razonar; era de pequeña estatura, lleno de vigor, derecho y bien proporcionado; su rostro era agradable, más bien moreno, y su destreza no reconocía competencia en ninguna suerte de ejercicios de habilidad o fuerza. He visto algunos bastones rellenos de plomo, de los cuales se servía para endurecer sus brazos; lanzaba diestramente la barra, arrojaba piedras con maestría y tiraba al florete; a veces gastaba zapatos con las suelas cubiertas de plomo para alcanzar mayor agilidad en la carrera y en el salto. En todas estas cosas ha dejado memoria de pequeños portentos; yo le he visto, cuando contaba ya sesenta años, burlarse de nuestros juegos, lanzarse sobre un caballo estando vestido con un traje forrado de pieles, girar alrededor de una mesa apoyándose sobre el dedo pulgar y subir a su cuarto saltando las escaleras de cuatro en cuatro. Pero volvamos a las damas: me contaba mi padre que en toda una provincia apenas se encontraba una señora distinguida cuya reputación no fuera dudosa; relataba también casos de singulares privaciones, principalmente suyas, mientras se hallaba en compañía de mujeres honradas, limpias de toda mancha, y juraba haber llegado al matrimonio completamente puro, como un santo, después de haber participado mucho tiempo en guerras, de las cuales nos dejó un papel diario escrito por su mano, en que relata todas las vicisitudes que le acontecieron y las aventuras de que fue testigo. Contrajo matrimonio siendo ya algo entrado en años, en el de 1528, que era el treinta y tres de su nacimiento, a su regreso de Italia. Pero volvamos a nuestras botellas.

 

Las molestias de la vejez, que tienen necesidad de algún alivio, acaso pudieran engendrar en mí el placer de la bebida, pues es como si dijéramos el último que el curso de los años nos arrebata. Los buenos bebedores dicen que el calor natural, en la infancia, reside principalmente en los pies; de los pies se traslada a la región media del cuerpo, donde permanece largo tiempo, y produce, según mi dictamen, los únicos placeres verdaderos de la vida corporal; los otros goces empalidecen comparados con el vigor de este; hacia el fin de la existencia, como un vapor que va subiendo y exhalándose, llega a la garganta, en la cual se hace su última morada. Por eso mismo no se me alcanza cómo algunos abusan de la bebida cuando todavía no tienen sed, forjándose imaginariamente un apetito artificial y contra la naturaleza; mi estómago se encuentra imposibilitado de ir tan lejos; puedo dar las gracias si admite lo que por necesidad debe contener. Yo apenas bebo sino después de comer, y el último trago es siempre mayor que los precedentes. Porque al llegar la vejez solemos tener el paladar alterado por el reuma o por cualquiera otra viciosa constitución, de manera que el vino nos es más grato a medida que los poros del paladar se abren y se lavan, al menos yo a los primeros sorbos no les encuentro bien el gusto. Anacarsis se admiraba de que los griegos bebieran al final de sus comidas en vasos mayores que al comienzo; yo creo que la razón es la misma que mueve la costumbre de los alemanes de empezar el convite bebiendo con mesura.

 

Platón prohíbe el vino a los adolescentes antes de los dieciocho años, y también prohíbe emborracharse antes de los cuarenta, mas a los que pasaron esta edad los absuelve y consiente el que en sus festines Dionisio predomine ampliamente, pues es el dios que devuelve la alegría a los hombres y la juventud a los ancianos; el que dulcifica y modera las pasiones del alma, de manera parecida a como el hierro se ablanda gracias al fuego. El mismo filósofo en sus Leyes encuentra útiles las reuniones en que se bebe, siempre que en ellas haya un jefe para gobernarlas y poner orden, puesto que, a su juicio, la borrachera es una buena y segura prueba para tasar la naturaleza de cada uno, al mismo tiempo que proporciona a las personas de cierta edad el ánimo suficiente para regocijarse con la música y con la danza, cosas gratas de las que la vejez no se atreve a disfrutar estando en completa lucidez. Dice también Platón que el vino comunica al alma la templanza y la salud al cuerpo, pero indica, sin embargo, en su uso las siguientes restricciones, tomadas en parte de los cartagineses: que se beba la menor cantidad posible cuando se tome parte en alguna expedición guerrera, y que los magistrados y jueces se abstengan de él cuando se encuentren en el ejercicio de sus funciones, o se hallen ocupados en el desempeño de los negocios públicos; añade además que no se emplee el día en beber, pues el tiempo debe llenarse con las ocupaciones de cada uno, ni tampoco la noche que se destine a engendrar los hijos.

 

Se cuenta que el filósofo Stilpón agravó su vejez hasta el fin de sus días y a sabiendas por el uso del vino puro. El mismo motivo debilitó de manera involuntaria las fuerzas ya abatidas por la edad del filósofo Arcesilao.

 

Es una antigua y extraña cuestión la de saber «si el espíritu del filósofo puede ser dominado por la fuerza del vino»:

 

Si el vino puede dar al traste con la prudencia más firme.

(HORACIO)

 

¡A cuántas miserias nos empuja la buena opinión que nos formamos de nosotros! El alma más ordenada del mundo, la más perfecta, tiene demasiado trabajo por contenerse, y con guardarse de caer en tierra impelida por su propia debilidad. Entre mil no hay ninguna que se mantenga derecha y sosegada ni un solo instante de la vida; y hasta podría ponerse en tela de juicio si dada la natural condición del alma pudiera tal situación darse en alguna ocasión de manera viable; pretender añadir además la constancia, que es la perfección más acabada, es casi absurdo. Considerad, si no, los numerosos accidentes que pueden alterarla. En vano Lucrecio, poeta eximio, filosofa y se eleva sobre las miserias humanas, pues basta un filtro amoroso para convertirlo en un loco insensato. Los efectos de una apoplejía alcanzan lo mismo a Sócrates que a cualquier mozo. Algunos olvidaron hasta su propio nombre a causa de una enfermedad terrible; una leve herida bastó para dar al traste con la razón de otros. Aunque admitamos en el hombre la mayor suma de prudencia, no por ello dejará de ser hombre, es decir, el más caduco, el más miserable y el más insignificante de los seres. La cordura no es capaz de mejorar nuestras condiciones naturales:

 

Así cuando el alma se aterroriza, todo el cuerpo palidece y se cubre de sudor, tartamudea la lengua, la voz se extingue, la vista se enturbia, los oídos chillan y el organismo todo se trastorna:

(LUCRECIO)

 

de manera que le conviene cerrar los ojos ante el golpe que le amenaza, que se detenga y tiemble al borde del precipicio como un niño; la naturaleza se reservó esos ligeros testimonios de su poderío, tan inexpugnables a nuestra razón como a la virtud estoica para enseñarle su caducidad y debilidad: de miedo palidece, enrojece de vergüenza y gime por un cólico violento, si no con ayes desesperados y lastimeros, al menos con voz ronca y quebrada:

 

 

Que no se crea, pues, al abrigo de ningún accidente humano.

(TERENCIO)

 

Los poetas que imaginan cuanto les place ni siquiera osaron pintarnos a sus héroes sin verter lágrimas:

 

Así hablaba Eneas, con los ojos bañados en lágrimas, y su flota bogaba a toda vela.

(VIRGILIO)

 

El hombre, pues, tiene que conformarse con sujetar y moderar sus inclinaciones, pues hacerlas desaparecer no está al alcance de su débil poderío. Plutarco, tan perfecto y excelente juez de las acciones humanas, al considerar que Bruto y Torcuato dieron muerte a sus hijos, dudó de si la virtud podría aplicarse a unas acciones de esta naturaleza, y si esos personajes no habían sido movidos por alguna otra pasión.

 

Todas las acciones que sobrepasan los límites ordinarios están sujetas a interpretación falsa, por la sencilla razón de que nuestra condición no alcanza lo que está por encima de ella ni lo que está por debajo.

 

Dejando a un lado la secta estoica que hace una extrema profesión de fiereza, hablemos de la otra que se considera como más débil y oigamos las fanfarronadas de Metrodoro:

 

¡Oh fortuna!, te preví, logré domarte y fortifiqué todas las avenidas por donde pudieras llegar hasta mí.

(CICERON)

 

 

Cuando Anaxarco, por orden de Nicocreonte, tirano de Chipre, fue metido en una pila profunda y deshecho a martillazos, decía sin cesar: «Sacudidme y desgarradme; no es Anaxarco el que machacáis; machacáis solamente su envoltura». Cuando oímos a los mártires, rodeados por las llamas, gritar al tirano: «Esta parte ya está bastante asada, córtala y cómela, ya está cocida; asa el otro lado»; cuando vemos en Josefo la heroicidad de un muchacho que fue desgarrado con tenazas y agujereado con lanzas por Antíoco, que en medio de la tortura le desafiaba con voz firme y segura, exclamando: «Pierdes tu tiempo, tirano; heme aquí lleno de placer; ¿dónde está el dolor? ¿Dónde los tormentos con que me amenazabas? ¿No tienes otros medios? Mi bravura te causa mayor dolor del que yo siento ante tu crueldad. ¡Cobarde, imbécil! Mientras tú te rindes, yo recobro de nuevo el vigor; ¡haz que me queje, haz que sufra, haz que me rinda si puedes! Comunica a tus satélites y a tus verdugos el valor necesario; helos ahí ya, tan faltos de ánimo, que ya no pueden más; ármalos de nuevo, haz de nuevo que se encarnicen». Menester es confesar que en tales almas hay algún desorden o algún furor, por santo que sea. Al oír estas exclamaciones estoicas «Prefiero ser furioso antes que voluptuoso», como decía Antistenes. Cuando Sextio nos asegura que prefiere ser encadenado por el dolor antes que por el placer; cuando Epicuro intenta regocijarse con el mal de gota, y voluntariamente abandona el reposo y la salud desafiando las dolencias, rechaza los dolores menos rudos y desdeña combatir la enfermedad de manera que sus sufrimientos se vuelven crónicos y continuos, dignos de él:

 

Desdeñando esos inofensivos animales, quisiera que se presentara ante él un jabalí con la boca cubierta de espuma, o que un león descendiera de la montaña.

(VIRGILIO)

 

¿quién no juzga que tales arranques son los respiraderos de un valor desequilibrado? Nuestra alma, en su estado normal, no podría volar a tales alturas; para alcanzarlas precisa que se eleve, y que tirando de la brida con los dientes, conduzca al hombre a una distancia tan lejana, que él mismo se pasme luego de la acción que llevó a cabo. En los combates, el calor de la refriega empuja a los soldados a realizar actos tan temerarios que cuando la calma renace, ellos son los primeros en sobrecogerse de admiración por las heroicas hazañas que realizaron. Lo mismo acontece a los poetas cuando la inspiración ha pasado; admiran sus propias obras y no reconocen las huellas que les condujeron a tan florido camino; es lo que se llama en el artista ardor o fuego sagrado. Inútilmente, dice Platón, llama a las puertas de la poesía el hombre cuyo espíritu es tranquilo. Aristóteles asegura que ningún alma privilegiada está completamente exenta de locura, y tiene razón en llamar así a todo arrebato, por digno de alabanza que sea, si sobrepasa nuestra propia razón y raciocinio, puesto que la cordura consiste en el acertado gobierno de las acciones de nuestra alma para conducirla con adecuada medida y justa proporción. Platón sustenta así su principio: «Siendo la facultad de profetizar superior a nuestras luces, preciso es que nos encontremos transportados cuando la practicamos: indispensable es que nuestra prudencia sea alterada por el sueño, por alguna enfermedad o arrebatada de su asiento por algún arrobamiento celeste».

 

 

[ Fragmento de: Michel de Montaigne. “Ensayos” ]

 

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