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martes, 22 de agosto de 2023


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LA CIA Y LA GUERRA FRÍA CULTURAL

 

Frances Stonor Saunders

 

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«Operación Congreso»

 

(…) El jefe de división de Braden intentó paralizar su propuesta argumentando que «rompía la separación entre divisiones», una maniobra burocrática de una mezquindad monumental. A esto le siguió una «guerra sin cuartel», que Braden perdió. Luego, se dirigió sin más a la oficina de Dulles, y dimitió. Dulles, furioso, agarró el teléfono y llamó a Frank Wisner. «¿Qué coño está pasando?» le preguntó.

 

«Allen le prestaba mucha atención a Wisner —recordaba Braden—. Me dio la razón al ciento por ciento. Así es cómo pude crear la División de Organizaciones Internacionales, bajo el DDP [subdirector de Planes], que era Wisner. Sin embargo, no le presté demasiada atención a Wisner, trataba directamente con Allen. Tenía que hacer las cosas con cuidado porque, evidentemente, Frank era mi superior».

 

 

La creación de esta nueva división (cuyas siglas eran IOD) coincidió con (y sus actividades fueron aprobadas por) una nueva instrucción de la Seguridad Nacional, la NSC-68. Redactada en marzo de 1950 por el nuevo director del Equipo de Planificación de Políticas, Paul Nitze (que había reemplazado a Kennan), la NSC-68 se convirtió en «supremo símbolo documental de la guerra fría» y se basaba en la suposición de la existencia del un monolito comunista cuyo espíritu rector residía en el Kremlin. La instrucción concluía que

 

«Consideraciones de tipo práctico e ideológico… nos llevan a la conclusión de que no tenemos más remedio que demostrar la superioridad de la idea de libertad mediante su aplicación constructiva». «La verdad también necesita hacerse propaganda», había declarado ”

 

“hacía poco tiempo el filósofo Karl Jaspers. Éste era el mandato que autorizaba a los soldados de la guerra fría a tomar medidas «constructivas» para asegurarse de que la verdad triunfase sobre el engaño. Las provisiones presupuestarias establecidas por la NSC-68 demostraban la importancia que se concedía a esta tarea: en los siguientes dos años, se iban a cuadruplicar los 34 millones de dólares gastados en la guerra psicológica en 1950.

 

«En la contienda para ganar las mentes de los hombres, curiosamente, la verdad puede ser el arma americana —anunció el secretario de Estado, Edward Barrett—. No puede ser un arma aislada, porque la propaganda de la verdad sólo es poderosa cuando va unida a acciones y políticas concretas… una hábil e importante campaña a favor de la verdad es tan indispensable como una fuerza aérea».

 

La verdad, al igual que el siglo, habrían de pertenecer a Estados Unidos. Si para promover la verdad había que utilizar el engaño, que así fuese. Era lo que Koestler llamó «luchar contra una completa mentira en nombre de una media verdad».

 

«El objetivo de la IOD —dijo Braden— era unir a los intelectuales contra lo que se ofrecía en la Unión Soviética. La idea de que el mundo sucumbiría ante un concepto del arte, de la literatura y de la música, de corte fascista o estalinista, era una perspectiva horripilante. Queríamos agrupar a todos los artistas, escritores, músicos y a toda la gente que les seguía, para demostrar que Occidente y los Estados Unidos estaban empeñados en conseguir la libertad de expresión y del progreso intelectual, sin barreras rígidas sobre lo que se debe escribir y lo que se debe decir y lo que se ha de hacer y lo que se ha de pintar [las cursivas son de Braden], que es lo que sucedía en la Unión Soviética. Pienso que lo hicimos estupendamente».

 

 

La IOD funcionaba según los mismos principios que seguía Wisner en la organización de la izquierda no comunista. El objetivo de apoyar a los grupos de izquierda no era destruirlos o siquiera dominarlos, sino mantener una discreta proximidad para saber cómo pensaban; darles un medio de expresión para que pudieran descargar la tensión; e, in extremis, ejercer un veto final sobre su propaganda y tal vez sobre sus acciones, si se hacían demasiado «radicales». Braden dio instrucciones claras a sus nuevos cargos de la IOD en Europa:

 

«Debe limitarse el dinero a cantidades que resulten verosímiles para una organización privada; hay que disimular el grado de interés de Estados Unidos; proteger la integridad de la organización no exigiéndole que apoye todos y cada uno de los aspectos de la política oficial norteamericana».

 

La nueva división de Braden había sido creada para conseguir una mejor base institucional para cosas como el Congreso por la Libertad Cultural, y ahora era a él al que sus directores tenían que dar cuenta. Se clarificaron los auténticos objetivos del Congreso. No habría de ser un centro de agitación política sino una cabeza de playa en Europa occidental desde la cual se pudiese detener el avance de las ideas comunistas. Habría de acometer una campaña amplia y unitaria de presión procedente de sus propios colegas para persuadir a los intelectuales de que se separasen de los comunistas o de las organizaciones que les apoyaban. Habría de favorecer que los intelectuales desarrollaran teorías y argumentos no dirigidos a las masas, sino a una pequeña elite de grupos de presión y hombres de Estado de los que, a su vez, dependía la política de los gobiernos. No era una fuente de información, y se prevenía a los agentes de otras divisiones de la CIA para que no intentasen utilizarlo con ese fin. Habría de servir de apoyo «independiente» a los objetivos de la política exterior estadounidense de promover una Europa unida (mediante la pertenencia de los países a la OTAN y al Movimiento Europeo, este último, sustancialmente financiado por la CIA), que incluía una Alemania unificada. Habría de ser un emisario de los logros de la cultura americana, y habría de trabajar para socavar los estereotipos negativos prevalecientes en Europa, en Francia, en particular, sobre la esterilidad cultural de los Estados Unidos. Finalmente, habría de responder a las críticas negativas de otros aspectos de la democracia americana, incluida la trayectoria del país en materia de derechos humanos.

 

Todas las personas elegidas por la directiva para vitalizar la nueva etapa del Congreso fueron sometidas a examen de seguridad, así como todos los que estuviesen vinculados al «aparato», y a todos los futuros empleados del Congreso. Por parte de la CIA, estaban Michael Josselson y Lawrence de Neufville. A su cargo estaba un agente que, durante tres años, se coordinaría con un colega de igual rango en Washington, que, a su vez, respondía ante un jefe de sección de la IOD. El jefe de la Sección Tercera se encargó de supervisar el Congreso. Dependía del subjefe de la división de la IOD y del jefe de la división (Braden). Conforme fue creciendo el Congreso, se fue asignando más personal de la Agencia para supervisar sus finanzas y actividades. Lejos de ser lo que en un principio Koestler había previsto, «una operación pequeña, de presupuesto reducido, como la de Willi Munzenberg», con «poco dinero, escaso personal y sin tener a la Cominform tras nuestros pasos»[39], el Congreso se había convertido en un «activo» de una de las divisiones de la CIA, en más rápida expansión.

 

Como era de esperar, Braden decidió dirigir la operación QKOPERA «fuera de líneas», es decir fuera de los canales establecidos y con este fin instruyó a Neufville para que no dijese nada de sus actividades al hombre de Wisner que dirigía la oficina en Francia, Robert Thayer. Sin que Braden se enterara, Allen Dulles le comunicó en privado a Neufville que tenía que «mantenerse atento de lo que hiciese Irving Brown», aunque Neufville pronto informaría a Dulles de que esto «era casi imposible porque lo dirigía como si fuese una operación propia y nunca decía gran cosa sobre lo que hacía». Como cabría esperar, Dulles, Wisner y Braden nunca alcanzaron reputación de buenos gestores.

 

Josselson y Neufville pronto habrían de establecer la oficina de París y organizar «los deberes», en jerga de la Agencia, preparar la intendencia habitual en todas las actividades encubiertas. Mientras que se ocupaban de todo esto, llegó Nabokov para comenzar su trabajo en su nuevo cargo de secretario general, trasladándose desde Nueva York con Patricia Blake a un pequeño piso en rue d’Assas. frente a los jardines de Luxemburgo.

 

«No había precedentes recientes, no había modelos en el mundo occidental —escribió de la organización que ahora representaba—. Nadie hasta ahora ha intentado movilizar a intelectuales y artistas a escala mundial para librar una guerra ideológica contra opresores de la mente, o para defender lo que alguien llamó por el manido término de “nuestra herencia cultural”. Este tipo de guerra ideológica hasta entonces había sido monopolio exclusivo de estalinistas y nazis… Organizar una guerra racional, calculada, decididamente intelectual contra el estalinismo, sin caer en la fácil trampa maniquea de la falsa rectitud, me parecía algo esencial, especialmente en un momento en que en Estados Unidos esa guerra ideológica se estaba convirtiendo en una especie de cruzada histriónica, histérica y paranoica».

 

Con una energía y entusiasmo que en raras ocasiones le abandonaron, Nabokov se lanzó a su nueva carrera como empresario de la guerra fría cultural. En mayo, el Congreso «presentó» a un importante desertor intelectual en una conferencia de prensa celebrada en París. Se trataba del joven agregado cultural de la embajada de Polonia, el poeta y traductor de The Waste Land [La tierra baldía, de T. S. Eliot], Czeslaw Milosz. Milosz había formado parte de la delegación polaca en la conferencia del Waldorf Astoria en 1949, y allí, después de su «primer encuentro con la izquierda democrática se enamoró de nosotros», según cuenta Mary McCarthy. Brillantemente puesta en escena por Nabokov, la aparición de Milosz del lado de los organizadores fue uno de los primeros golpes maestros del Congreso.

 

Poco después, Nabokov, acompañado por Denis de Rougemont, viajó a Bruselas para pronunciar un discurso en una cena organizada por la revista Synthèses. Luego volvió a toda prisa para promocionar la obra de los Amis de la Liberté, una especie de club rotario que dependía del Congreso, que organizaba reuniones de grupos de estudiantes franceses en todo el país y en la Maison des Jeunesses des Amis de la Liberté, en París. A mediados de junio, Nabokov de nuevo emprendió viaje, esta vez a Berlín, donde iba a pronunciar una conferencia sobre «el arte bajo el sistema totalitario». «Por supuesto, para mí no es una “gira de conferencias” —escribió a James Bumham—, sino mi primera “prise de contact” con el campo de operaciones en Alemania». Ésta fue la primera de muchas expediciones de avanzadilla similares realizadas por los ejecutivos del Congreso, de las cuales surgieron como hongos afiliados, no sólo en Europa (había oficinas en Alemania Occidental, Gran Bretaña, Suecia, Dinamarca, Islandia), sino en otros continentes: Japón, India, Argentina, Chile, Australia, Líbano, México, Perú, Uruguay, Colombia, Brasil y Pakistán.

 

 

De vuelta en París, Nabokov desempeñó un importante papel en el lanzamiento de la primera revista del Congreso, Preuves (pruebas o evidencia). La idea de la creación de una revista cultural y política en la tradición de las grandes revistas francesas se debatieron por primera vez en febrero de 1951 en la reunión del Comité Ejecutivo de Versalles. Lo que hacía falta era una publicación que pudiese competir con Les Temps modernes y facilitase las deserciones de la fortaleza de Sartre.

 

 

«¿Quién era el verdadero antagonista? —se preguntaría más tarde un historiador—. No era la Unión Soviética o Moscú. Lo que realmente les obsesionaba era Sartre y Beauvoir. Ése era “el otro bando”». «Los intelectuales de la Rive Gauche eran el blanco», confirmó una persona de la organización del Congreso. «O, quizá, el blanco fuesen todos los que les escuchaban».

 

 

No obstante, encontrar un director con la suficiente categoría como para atraer a estos compagnons de route hacia un arrondissement más centrista resultó difícil. En junio de 1951, Nabokov ya se estaba empezando a desesperar, y escribió a Burnharn que

 

 

«la cuestión de la revista en Francia me causa noches de insomnio. Es tan difícil encontrar a alguien de la talla de Aron o Camus que quieran hacerse cargo de la dirección… la dificultad estriba en que aunque la gente habla mucho sobre compromiso, nadie se quiere comprometer. Hay una especie de lasitud y apatía, o quizá, cansancio, en el ambiente, contra los que tenemos que luchar a diario».

 

 

Al no conseguir atraer a un director francés para la revista el Comité Ejecutivo decidió darle el puesto a François Bondy, escritor suizo de lengua alemana, activista del Partido Comunista hasta el pacto entre Hitler y Stalin de 1939. Bondy, uno de los nombramientos claves para la Secretaría del Congreso, en 1950 (como director de publicaciones), había colaborado en Der Monat con Melvin Lasky, que le llamaba «consejero editorial por excelencia de nuestro tiempo». Bajo la dirección de Bondy, apareció finalmente el primer número de Preuves, en octubre de 1951. Con el objetivo de establecer un consenso atlantista, antineutralista y proamericano, Preuves era sin lugar a dudas el órgano de expresión del Congreso, dotándolo de una voz propia, además de servir para anunciar sus actividades y programas. Como tal, inmediatamente se tuvo que enfrentar con lo que Manès Sperber llamó «una hostilidad casi total», pero Bondy se mantuvo firme ante los virulentos ataques tanto de la izquierda como de la derecha.

 

En aquellos primeros momentos al Congreso se le recibió casi con universal desconfianza. Los activistas que lo apoyaban se convencieron a sí mismos de que esta desconfianza era simplemente subproducto del antiamericanismo tan en boga en la época; los que no lograron convencerse, simplemente sublimaron sus preocupaciones. Los detractores, sin embargo, no perdieron ni una sola oportunidad para cuestionar la legitimidad del Congreso como organización «libre» e «independiente». El que fuese capaz de sobrevivir a todos estos desafíos denota la tenaz persistencia de los que creían en sus fines (desde «dentro» y desde «fuera»). Cuando Georges Altman, director de Franc-Tireur, y François Bondy fueron enviados a Roma a finales de 1950 para conseguir el apoyo de alguna organización italiana, no dejaban de preguntarles «¿Quién paga todo esto?» y «¿Por “libertad” entienden el capitalismo americano?». Al parecer, los observadores comunistas estaban en todas las reuniones, dijeron, y muchos intelectuales italianos estaban muy susceptibles ante «la tentación totalitaria». De otros, como Alberto Moravia, se dijo que les preocupaba más el neofascismo que el comunismo. En su informe a Josselson, Bondy y Altman remarcaron el provincianismo y antiamericansimo de los intelectuales italianos. Había «grandes posibilidades» para el Congreso en Italia, pero éstas sólo madurarían como resultado de una «acción lenta, indirecta, diversificada y extremadamente discreta».

 

A finales de 1951, se formó la Asociación Italiana por la Libertad Cultural, bajo los auspicios de Ignazio Silone, y se convirtió en centro de una federación de un centenar, aproximadamente, de grupos culturales independientes a los que la asociación proporcionaba equipos de sonido, libros, panfletos, películas y un ethos internacionalista. Publicó el boletín Libertà della Cultura, y posteriormente, Tempo Presente, dirigido por Silone y Nicola Chiaromonte. Con todo, nada más crearse el socio italiano del Congreso, comenzó a desintegrarse. Nabokov fue enviado a Roma para tratar de darle un empujón a los intereses del Congreso, pero igual que antes le sucediera a Bondy y a Altman, halló a los intelectuales apáticos y predispuestos a hacer caso a «curiosos rumores» sobre el Congreso. Quejándose a Irving Brown sobre «el letargo silonesco de nuestro equipo en Italia», Nabokov dijo que había que tomar medidas radicales para transfundir algo de sangre al «aparato» italiano.

 

«Silone reina en su trono, invisible, en el cielo, e impide que los muchachos de la oficina hagan su trabajo. Le he escrito dos cartas, le he puesto un telegrama para pedirle que descienda de sus vacaciones de verano por un día para verme aquí, en Roma… a nada me ha respondido. Veo a docenas de personas cada día. La mayoría de ellos están dispuestos a participar, a trabajar, a ayudar (Moravia incluido) pero todos dicen que en tanto en cuanto Silone sea dueño y señor exclusivo, las cosas no funcionarán», decía quejumbroso Nabokov.

 

Alarmado por su actitud «quijotesca», «belicosa» y «arrogante» en relación con la Iglesia, Nabokov también escribió a Jacques Maritain y le instó para que escribiera una «larga carta a las autoridades vaticanas» explicando que el Congreso por la Libertad Cultural y la Asociación Italiana tenían «políticas diferentes».

 

Nabokov también se desplazó hasta Londres para reunir apoyos para el socio británico, la Sociedad Británica por la Libertad Cultural, fundada en enero de 1951, en la Sociedad de Autores de Whitehall Court. Nabokov se reunió con T. S. Eliot, Isaiah Berlin, David Cecil, con dirigentes del British Council, con representantes del Tercer Programa de la BBC, y con Richard Crossman, a la sazón secretario general del Partido Laborista. A su vuelta a París, pudo informar que el Congreso contaba con poderosos aliados en Inglaterra. Por separado, le dijo a Burnham que

 

«Muchos [intelectuales británicos] piensan que nuestro Congreso es una especie de organización americana semiclandestina dirigida por ti… Pienso que nuestro permanente esfuerzo ha de ir dirigido a demostrar a los intelectuales europeos que el Congreso por la Libertad Cultural no es una agencia del servicio secreto estadounidense».

 

En un lenguaje normalmente utilizado por los colaboradores «conocedores» de los servicios de inteligencia, Nabokov le pidió a Burnham que comunicara a

 

«nuestros amigos de América» la «fundamental paradoja que se da aquí: puede que nos quede poco tiempo pero hemos de trabajar como si tuviésemos todo el tiempo del mundo. El proceso de transformación de la “Operación Congreso” en un frente amplio y sólido opuesto al totalitarismo va a llevar mucho tiempo y me temo que mucho dinero»)…

 

(continuará)

 

 

 

 

[ Fragmento de: Frances Stonor Saunders. “La CIA y la guerra fría cultural” ]

 

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miércoles, 26 de julio de 2023


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LA CIA Y LA GUERRA FRÍA CULTURAL

 

Frances Stonor Saunders

 

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«Operación Congreso»

 

(…) Koestler también se había convertido en objetivo. Su documento fue discutido por la Junta Directiva en su ausencia. Ni siquiera formaba parte de ella. La intransigencia de Koestler hacia la discrepancia, su ira irracional y la arrogancia con que defendía sus posturas, habían convencido a Washington de que era más un pasivo que un activo. Desde la conferencia de junio, Koestler había estado manteniendo reuniones regulares en su casa de Verte Rive con Burnham, Brown, Raymond Aron, Lasky y otros miembros del «círculo más próximo». En palabras de Mamaine, se «había obsesionado con el congreso» y «apenas podía dormir». Estas reuniones no pasaron inadvertidas. En agosto de 1950 el semanario comunista francés L’Action llegó a la imaginativa conclusión de que Koestler estaba preparando en su casa un grupo terrorista, junto a Burnham y Brown.

 

Josselson estaba convencido de que el tono de moderación era esencial si se quería que el Congreso por la Libertad Cultural consiguiese uno de sus principales objetivos: ganarse a los indecisos la respuesta desde la central fue autorizar la destitución de Koestler de su importante cargo en la organización. De esta manera, el hombre que había redactado el Manifiesto por la Libertad Cultural era ahora eliminado procurando hacer el menor ruido posible. En el tercer párrafo del manifiesto se decía:

 

«La paz sólo se puede mantener si todos los gobiernos aceptan el control y la vigilancia del pueblo sobre el que gobiernan».

 

La CIA, al marginar a Koestler y al dirigir de manera encubierta lo que sería la mayor concentración de intelectuales y «librepensadores», en realidad iba contra la propia declaración de derechos que, por otro lado, estaba financiando. Para promover la libertad de expresión, la Agencia primero tenía que comprarla y luego limitarla. El mercado de las ideas no era tan libre como parecía. Para Koestler fue una terrible traición. Sufrió una especie de «ataque de nervios», marchó a Estados Unidos y desde allí observó con amargura cómo el Congreso por la Libertad Cultural se desviaba de sus ideas.

 

Arthur Schlesinger fue otro valioso contacto para el Congreso. Formaba parte de lo que Stuart Hampshire, Isaiah Berlin y Stephen Spender llamaban «el aparato, el grupo de control». En una carta a Irving Brown para felicitarle tras la reunión de Berlín, Schlesinger decía con entusiasmo:

 

«Creo que tenemos un instrumento inmensamente poderoso para la guerra política e intelectual».

 

Schlesinger conocía de estos asuntos por haber trabajado durante la guerra en la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS), donde había sido destinado al departamento de Investigación y Análisis, al que se le llamaba con ironía «el campus», por su halo intelectual y de gente bien.

 

Schlesinger se había mantenido en estrecho contacto con el «club» exclusivo de los veteranos de la OSS, muchos de los cuales, incluido él mismo, habrían de convertirse luego en los principales políticos de la época y en consejeros presidenciales. Conocía a Allen Dulles, quien, en 1950, le invitó a formar parte del Comité Ejecutivo de Radio Europa Libre, creada aquel año por la CIA (para lo cual utilizó la tapadera del Comité Nacional para una Europa Libre). Schlesinger también había participado en operaciones secretas cuando trabajaba de ayudante de Averell Harriman, jefe del Plan Marshall en Europa.

 

«Se pensaba de forma generalizada que la Unión Soviética estaba gastando mucho dinero en organizar a sus intelectuales, y que teníamos que hacer algo para responder»,

 

recordaba Schlesinger. Con Harriman, participó en la distribución secreta de fondos de contraparte a los sindicatos europeos, para lo cual tuvo que tratar a menudo con Irving Brown.

 

La relación de Schlesinger con Brown estaba ahora consolidada por los secretos que compartían. Para Schlesinger formaba parte del puñado de personas que no pertenecían a la Agencia que supieron desde el principio el verdadero origen del Congreso por la Libertad Cultural.

 

«Yo sabía gracias a mis relaciones con los servicios de inteligencia que la primera reunión del Congreso en Berlín fue pagada por la CIA —reconoció más tarde Schlesinger—. No parecía descabellado ayudar a las personas que estuviesen de nuestro lado. De todos los gastos de la CIA, el Congreso por la Libertad Cultural fue el que más mereció la pena y el que más éxito tuvo».

 

Una de las primeras tareas de Schlesinger consistió en persuadir a Bertrand Russell, uno de los auspiciadores honoríficos del Congreso, de que no dimitiese. El filósofo había amenazado con hacerlo después de leer los «maliciosos informes» de Hugh Trevor-Roper, en el Manchester Guardian, en los que calificaba a los sucesos de Berlín como algo incómodamente cercano a una concentración nazi. En una visita a Russell en Londres, acompañado de Koestler, el 20 de septiembre de 1950, Schlesinger escuchó a Russell contarle su preocupación ante el informe de Trevor-Roper (respaldado por A J. Ayer), y su subsiguiente decisión de retirarse. Russell se mostró frío hacia Koestler (el filósofo antaño había intentado tener relaciones amorosas con Mamaine Koestler, y el residuo de aquellos celos aún seguían interponiéndose en su relación de amistad), pero finalmente, aceptó sus razones y las de Schlesinger.

 

1950 fue el año de Bertrand Russell, matemático y filósofo reconocido mundialmente. Aquel año le concedieron la Orden de Mérito Británica y el Premio Nobel. Había conocido a Lenin y no le había causado buena impresión:

 

«Su carcajada al pensar en los que habían sido masacrados me heló la sangre… Mis recuerdos más vívidos eran los de los abusos y crueldades cometidos en Mongolia».

 

Russell había sorprendido a sus admiradores cuando, en 1948, en un discurso en el salón de actos del Westminster School, dañado por los bombardeos, sugirió amenazar a Stalin con la bomba atómica. En esa época, Russell era

 

«acérrimo anticomunista [e] insistía que por nuestro lado, la fuerza militar y el rearme tenían precedencia sobre cualquier otro asunto».

 

Russell también era apreciado por el IRD, del que le encantaba recibir «Chismes de vez en cuando». Pero si por entonces Russell era un «halcón», a mediados de los años cincuenta abogaba por el inmediato desarme nuclear

 

«Su aristocrático culo se ha sentado/sobre el pavimento de Londres/junto con reinas y rojos», escribió un poeta»

 

Su postura política parecía cambiar con el viento, y habría de causar al Congreso y a sus patrocinadores americanos muchos ardores de estómago durante los años que duró su presidencia honoraria, hasta que, finalmente, dimitió en 1956. Pero de momento, su nombre añadía lustre y satisfacía lo que para algunos era la debilidad de Josselson por el talismán de la fama.

 

Como Russell, los demás presidentes honorarios eran también filósofos, Y todos ellos «representantes de la recién nacida “mente euroamericana”». Benedetto Croce era un monárquico conservador que no tenía tiempo para el socialismo o para la religión organizada (sus libros figuraban en el Índice de Libros Prohibidos del Vaticano). Ahora, ya octogenario, era reverenciado en Italia como elocuente padre del antifascismo, como hombre que había desafiado abiertamente el despotismo de Mussolini y que había sido erigido en líder moral de la resistencia. También fue un valioso contacto para William Donovan la víspera de la invasión aliada de Italia. Croce murió en 1952, y fue sustituido por Salvador de Madariaga, también muy ligado a Donovan a través del Movimiento Europeo. John Dewey, que había encabezado el Comité por la Defensa de León Trotsky, representaba al pragmático liberalismo americano. Karl Jaspers, el existencialista germano, había sido un crítico implacable del Tercer Reich. Como cristiano, en una ocasión había desafiado públicamente a Jean-Paul Sartre a que dijera si aceptaba o no los Diez Mandamientos. Jacques Maritain, humanista católico y liberal, era un héroe de la resistencia francesa. Era amigo íntimo de Nicolas Nabokov. A Isaiah Berlin le propusieron que se uniese a este rosario de filósofos-patrocinadores, pero lo rechazó porque el apoyo público a un movimiento anticomunista pondría en peligro a sus parientes del Este. Sin embargo, sí prometió su apoyo al Congreso en cualquier otra forma, no tan conspicua. Lawrence de Neufville recordaba que Berlin lo hizo a pesar de que sabía que el Congreso estaba siendo financiado secretamente por la CIA.

 

«Conocía nuestra participación —dijo Neufville—. No sé quién se lo dijo, pero supongo que fue uno de sus amigos de Washington».

 

Como sucede en todas las organizaciones profesionales, los primeros días se caracterizaron por constantes cambios de puestos mientras los participantes hacían todo lo posible por conseguir los mejores cargos. Denis de Rougemont, que nunca había sido comunista y procedía de la neutral Suiza, fue nombrado presidente del Comité Ejecutivo. Autor de L’amour et l’Occident [El amor y Occidente], De Rougemont procedía de la izquierda antifascista no marxista. Tras la guerra, había trabajado de locutor para la Voz de América, y había trabajado junto a François Bondy en la Unión Europea de Federalistas, en cuyos objetivos seguiría trabajando con la ayuda encubierta de la CIA (de lo cual, diría luego, que no sabía nada) desde su Centre Européen de la Culture (que aún sigue existiendo) desde su sede de Ginebra.

 

Para el cargo de secretario general, Josselson hizo todo lo que pudo para que se nombrase a su candidato predilecto, Nicolas Nabokov, quien, aun en el caso de que no lo supiese, había hecho méritos para uno de los papeles protagonistas cuando declamó en la conferencia de Berlín:

 

«Al salir de este Congreso hemos de construir una organización para la guerra. Debemos tener un comité permanente. Debemos procurar que recurra a todas las figuras, a todas las organizaciones de lucha y a todos los métodos de lucha, con vistas a entrar en acción. Si no lo hacemos antes o después todos seremos colgados. Teníamos que haberlo hecho hace mucho tiempo».

 

Como era de esperar, Nabokov fue elegido para el cargo.

 

Aparte de su viejo amigo Josselson, Nicolas Nabokov tenía padrinos poderosos. Estaba Chip Bohlen, «ese americano de pura raza» que hizo que los Estados Unidos fuesen «un verdadero hogar» para Nabokov a principios de los años cuarenta y que habría de seguir siendo, dijo Nabokov, «mi modelo, mi consejero, a menudo mi consuelo». También estaba George Kennan, que con anterioridad tan incómodo se había sentido cuando no fue admitida la solicitud de Nabokov para un empleo en la Administración. El nombre de Nabokov también aparecía en una lista supersecreta de personal para la guerra psicológica, recomendado para ser destinado a los puestos más delicados, y que se envió a la Oficina de la secretaría del Ejército en 1950. Esta combinación de poderosos padrinos políticos logró que Nabokov aprobase el examen de seguridad que había suspendido unos años antes.

 

Irving Brown, el cajero pagador, ofreció a Nabokov 6.000 dólares. Nabokov, con dos hijos pequeños en el colegio, y que en aquel momento recibía un sueldo de 8.000 dólares como profesor en el Peabody Conservatory y en el Sarah Lawrence College, dijo que necesitaba más:

 

«No olvides, que en este trabajo, habrá necesariamente gastos de representación. No es que piense dar fiestas, pero tendré que ver a mucha gente, convencerles, invitarles a comer, etc., etc.».

 

En realidad a Nabokov le encantaba dar fiestas, y durante los siguientes dieciséis años daría muchas, y muy espléndidas, a costa de la CIA. Por el momento, sin embargo, la cuestión del sueldo de Nabokov se dejó sin resolver. Irving Brown, que tenía acceso a unos inmensos fondos de reptiles, tenía varios ases en la manga. A la vez que era decidido partidario del Congreso, su inclinación natural era gastar el dinero disponible en financiar a la Force Ouvriere, apoyada por la CIA, en sus intentos de anular la acción de los sindicatos comunistas de estibadores en Marsella, donde estaban siendo bloqueados a diario los suministros y los envíos de armas estadounidenses del Plan Marshall. La cuestión se resolvió cuando James Burnham, en enero de 1951, ofreció un complemento al salario de Nabokov.

 

«Se tomarán otras medidas para compensarme de mi considerable disminución de ingresos en el nuevo cargo, y que no aparecerán en la contabilidad de la operación en Europa»,

 

le dijo Nabokov a Brown, sin preocuparle, a lo que parece, la manga ancha de Burnharn en relación con la contabilidad. Durante el primer año, aproximadamente, Nabokov estuvo, prácticamente a las órdenes de Burnham.

 

Se decidió que Lasky habría de permanecer en Berlín como director de Der Monat, cuyas oficinas serían la sede de la organización que representaría a Alemania en el Congreso. Josselson y Neufville se trasladarían a París y se pondrían al frente de la oficina principal, en contacto con Irving Brown, al que se dieron instrucciones para que alquilara y equipara un local adecuado. Cuando estaban haciendo los preparativos para salir de Alemania, Josselson y Neufville conocieron interesantes novedades que se habían producido en el cuartel general de la CIA en Washington: Allen Dulles acababa de entrar en la Agencia, y con él llevó a un ayudante llamado Tom Braden. Las cosas iban a cambiar.

 

Allen Dulles entró en la CIA en diciembre de 1950, en el puesto de subdirector de Operaciones. Era un cargo de inmenso alcance, que le otorgaba a Dulles la responsabilidad de recopilar la información, y de supervisar la división de Frank Wisner, la Oficina de Coordinación de Políticas (OPC). Una de sus primeras decisiones fue fichar a Tom Braden, uno de sus más brillantes oficiales de la OSS, hombre que había cultivado multitud de contactos en las altas esferas a su retorno a la vida civil. Enjuto, de pelo rubio rojizo y con semblante curtido y atractivo, Braden era un coctel de John Wayne, Gary Cooper y Frank Sinatra. Nacido en 1918, en Dubuque, Iowa. el padre de Braden era agente de seguros y su madre escribía novelas románticas. Ella le enseñó a apreciar las obras de Ring Lardner, Robert Frost y Ernest Hemingway. Obtuvo su licenciatura en ciencias políticas en Dartmouth, en 1940, y luego se entusiasmó tanto con el inicio de la guerra, que se alistó en el ejército británico. Fue destinado al 8.º Ejército, 7.ª División Blindada —las famosas Ratas del Desierto— donde entabló íntima amistad con Stewart Alsop. Ambos entrarían en la OSS, lanzándose en paracaídas en la Francia ocupada para luchar en los bosques al lado de la resistencia, dominada por los comunistas. Después de la guerra, Braden y Alsop escribieron juntos un libro, Sub Rosa: The OSS and American Espionage, en el que de la OSS decían que daba a sus hombres «oportunidades para vivir las aventuras más increíbles que se recuerdan en ninguna guerra desde los tiempos del rey Arturo».

 

De vuelta a la vida civil, Braden pasó los siguientes cuatro años abogando por la creación de un servicio de inteligencia permanente. A finales de 1950, Allen Dulles le telefoneó y le pidió que entrase en la CIA como ayudante suyo. Braden aceptó. Con el nombre clave de Homer D. Hoskins, Braden en principio no estuvo asignado a ningún departamento en concreto, siendo destinado nominalmente a la OPC de Wisner, pero en realidad, trabajaba directamente para Dulles. En unos pocos meses, llegó a conocer a la perfección la ofensiva de propaganda comunista, sintiendo poco aprecio por la respuesta americana.

 

«Qué extraño, pensé para mis adentros, cuando veía lo que pasaba, que los comunistas, que temen entrar en cualquier tipo de organismo excepto en el Partido Comunista, consigan aliados de masas gracias a la guerra organizativa, en tanto que nosotros, los americanos, que nos apuntamos a todo, estábamos aquí sin hacer nada».

 

William Colby, futuro director de la CIA, llegó a la misma conclusión:

 

«Los comunistas no ocultan su creencia en lo que llaman “el arma organizativa”: organizar el Partido como fuerza fundamental, pero después, organizar todos los demás frentes —grupos de mujeres, grupos culturales, sindicatos, agricultores, cooperativas— toda una panoplia de organizaciones de manera que incluyan la mayor cantidad de gente posible del país, dentro de estos grupos y, por lo tanto, bajo una dirección e incluso disciplina fundamentalmente comunista».

 

«Si el otro bando puede utilizar ideas camufladas como si fueran del propio país, en lugar de que parezca que están apoyadas o estimuladas por los soviéticos, entonces, nosotros deberíamos poder utilizar ideas camufladas de locales»,

 

razonaba Braden. Cuando tuvo una perspectiva general de la OPC de Wisner, Braden se convenció de que estaba sobrecargada de proyectos que carecían de objetivo central. Un funcionario de la CIA lo calificó como «montón de chatarra operativa».

 

«Había una Sección de Organizaciones Internacionales, pero era un batiburrillo de trabajitos que la Agencia tenía en marcha, y carecía por completo de importancia —recordaba Braden—. Fui a ver a Al [Allen Dulles] y le dije: “¿Por qué no unimos todo esto en una sola división?”. Tal vez Al esperaba que yo le propusiese algo así».

 

En tanto que Dulles se mostró entusiasta, la propuesta de Braden fue recibida con consternación por los miembros de la CIA que pensaban que las operaciones encubiertas implicaban el derrocamiento de líderes extranjeros «poco amistosos», como Jacobo Arbenz. Si la mitad de la Agencia en sus comienzos estaba formada por profesores de universidad (ya se la conocía como «el campus»), la otra mitad estaba formada por policías y ladrones. Junto a los universitarios que fumaban en pipa, estaban el tipo de personas, decía Braden, que no habían entendido que la guerra había terminado. Peligrosamente empecinado, su forma de pensar era análoga a la de hombres como el general MacArthur, que quería extender la guerra de Corea bombardeando Manchuria, o el secretario de Marina, que, en 1950, había exhortado al mundo para que se preparase para otra conflagración mundial.

 

«Yo estaba mucho más interesado en las ideas que estaban bajo el fuego comunista que en volar por los aires Guatemala —explicaba Braden—. Yo me consideraba más “intelectual” que belicista»…

 

(continuará)

 

 

[ Fragmento de: Frances Stonor Saunders. “La CIA y la guerra fría cultural” ]

 

*


lunes, 17 de julio de 2023

 

[ 434 ]

 

LA CIA Y LA GUERRA FRÍA CULTURAL

 

Frances Stonor Saunders

 

 [ 12 ]

 

 

 

«Operación Congreso»

 

 

Tenemos que hacernos oír en todo el mundo en

una gran campaña de verdad. Esta tarea no es diferente

a otros componentes de nuestra política exterior.

HARRY TRUMAN, 1950

 

 

A pesar de la obstinación de algunos de los delegados británicos, Wisner estaba satisfecho de que la conferencia de Berlín hubiese compensado con creces la inversión. Aunque su futuro aún era incierto, se agregó al «inventario de Activos Propagandísticos» de la CIA, una lista oficial de procedimientos y personas en los que podía confiar la Agencia. Conocida oficiosamente como la «Wurlitzer de Wisner», el mote revela la percepción de la Agencia de cómo se esperaba que funcionasen estos «activos»: con tan sólo pulsar un botón, Wisner podía hacer sonar cualquier melodía que quisiese escuchar.

 

Wisner retornó al problema de Melvin Lasky, cuya arrogante presencia en la conferencia de Berlín tanto le había enfurecido. Su orden de que se eliminase a Lasky de la primera línea había sido tan descaradamente desobedecida, que escribió una nota interna llena de indignación: «Congreso por la Libertad Cultural de Berlín: Actividades de Melvin Lasky», en la que decía que el protagonismo de Lasky fue

 

«un error garrafal y así fue reconocido por nuestros mejores amigos del Departamento de Estado… Delata una desacertada tendencia, aparentemente, más arraigada de lo que esperaba, de sucumbir a la tentación de la propia conveniencia (hacer las cosas por la vía fácil) sin tener en cuenta la seguridad u otras consideraciones técnicas de la mayor importancia».

 

Wisner no dejaba lugar a dudas: a no ser que el empecinado Lasky fuese excluido del Congreso por la Libertad Cultural, la CIA no seguiría apoyando la organización.

 

La nota de Wisner fue cablegrafiada a Alemania.

 

«El agente de la OPC que la recibió montó en cólera y respondió por el mismo conducto una histriónica protesta, aunque nada se podía hacer. Lasky tenía que salir, y la OPC se las arregló para que fuese eliminado del proyecto».

 

Existen dos explicaciones posibles: o bien Lasky tenía algún tipo de relación con la OPC, y por lo tanto, constituía un verdadero riesgo porque se negaba a pasar inadvertido; o era, como él siempre había dicho, un agente independiente, en cuyo caso su destitución representaba el primero de otros muchos actos de mano dura por parte de la CIA. El oficial de la OPC al que se encargó de la destitución de Lasky fue Michael Josselson, cuya tendencia a perder la paciencia cuando se le provocaba le costaría cara en el futuro. Lasky y Josselson ya habían establecido el fuerte vínculo que posteriores observadores pensaron era inquebrantable. Es difícil hacerse una idea de los aspectos psicológicos de esta relación: el ascendiente de Lasky sobre Josselson, su superior desde todo punto de vista, era algo muy particular.

 

«Josselson, a veces, se sentía desconcertado por la intencionada sordera de Lasky —escribió una persona bien informada del Congreso—. A veces le exasperaba la incapacidad de Lasky de imaginar las consecuencias de sus palabras y actos, pero al mismo tiempo le tenía en gran consideración y le admiraba con indulgencia».

 

Para algunos, en la influencia de Lasky sobre Josselson había un aspecto edípico. «Josselson adoraba a Lasky como el hijo que nunca tuvo. Siempre le defendía», recordaba Natasha Spender. A Lasky no le gustó esta apreciación, y prefirió calificarla de relación «fraternal». En cualquier caso, Josselson pronto se dio cuenta de que su teatral defensa de Lasky era una mala estrategia. De esta manera, accedió a la exigencia de Wisner de que Lasky fuese excluido oficialmente del proyecto. Oficiosamente, Lasky seguiría siendo el asesor más cercano de Josselson durante toda la existencia del congreso. Vendrían después otras recompensas.

 

Con Lasky, aparentemente, fuera de circulación, ahora, el objetivo de Wisner era darle carácter permanente al Congreso por la Libertad Cultural. Su continuidad había sido aprobada en un Consejo de Revisión de Proyectos de la OPC, a principios de 1950, y se le había asignado el nombre en clave de QKOPERA. Una de las primeras decisiones de Wisner fue trasladar la base de operaciones del congreso de Berlín a París. Existían poderosas razones simbólicas para mantener el grupo de Berlín, pero se pensó que el riesgo era excesivo, demasiado vulnerable a las infiltraciones del bando contrario.

 

Wisner ofreció a Josselson la tarea de dirigir el congreso por parte de la CIA. a las órdenes de Lawrence de Neufville, que había de supervisarlo desde la sección de Actividades Sindicales en Francia de la Agencia. Ambos aceptaron, dimitiendo de sus empleos de tapadera en el gobierno de ocupación americano en Alemania, pero llevándose consigo sus nombres en clave, Jonathan F. Saba (Josselson), y Jonathan Gearing (Neufville). A continuación, Wisner vinculó a Irving Brown al congreso como miembro fundamental del comité ejecutivo que había sido creado poco después de la conferencia de Berlín. En una ocasión se le describió como «más efectivo que todos los Koestlers y Silones juntos», como «la OSS en una sola persona» y como «personaje sacado de una novela de E. Phillips Oppenheim». Trabajaba para Jay Lovestone, antaño delegado en la Comintern y que ahora encabezaba la relación secreta de la CIA con el movimiento sindical estadounidense. Brown era extremadamente diestro para conseguir objetivos por métodos clandestinos, y había sido seleccionado por George Kennan, en 1948, entre los candidatos para dirigir la OPC, tarea que finalmente recaería en Frank Wisner. «Creo que jamás vi a Irving [Brown] utilizar ni un penique que perteneciese a la CIA», recordaba Tom Braden, que pronto se haría cargo de QKOPERA.

 

«Él decía que procedía de los sindicatos. Era una buena tapadera. Brown tenía el cargo de pagador, pero participaba en las labores de planificación. Era un tipo inteligente y está muy bien relacionado».

 

Para formar parte de la directiva nombraron también a James Burnham. Tras una presencia constante entre los círculos responsables de la elaboración de políticas y de los servicios de información, Burnham era considerado indispensable para el éxito del congreso, vínculo fundamental entre las cabezas pensantes y la oficina de Wisner. «Burnham era consejero de la OPC en prácticamente todos los temas de los que se ocupaba nuestra organización», escribió Howard Hunt, el artero embaucador de la CIA, que luego reaparecería como uno de los «fontaneros» del Watergate.

 

«Tenía amplios contactos en Europa y, en virtud de sus antecedentes trotskistas, era una verdadera autoridad en partidos comunistas nacionales y extranjeros y en organizaciones de tapadera».

 

Pero no a todos les gustaba el pasado trotskista de Burnham. Según el ejecutivo de la CIA, Miles Copeland, inicialmente se produjo

 

«cierto malestar sobre los flirteos de Burnham con la “extrema izquierda” (¿acaso no militaba en una “célula” en la que también estaban Sidney Hook, Irving Kristol y Daniel Bell?), pero todo se arregló cuando alguien recordó un comentario que venía a decir que si Jim hubiese sido un comunista serio se hubiese unido al partido y no hubiese sido un simple trotskista. Además, no era el único en el grupo de consultores de guardia de la CIA»,

 

que había militado en la extrema izquierda y había pasado a la extrema derecha. Según Miles Copeland, Burnham era «ciento por ciento capitalista e imperialista, firme creyente en la familia, en la empanada de manzana, el béisbol, en el drugstore de la esquina, y… en la democracia al estilo americano». También dijo que había aprendido de Burnham el siguiente principio:

 

«La primera tarea de todo grupo dirigente es mantenerse en el poder».

 

Un participante en la guerra fría se refirió a él como «muy elocuente exponente del departamento de juego sucio». A principios de 1953, Burnham habría de tener un papel crucial en la operación AJAX de la CIA, en la cual se derrocó al Dr. Mossadegh en Teherán y se le sustituyó por el sha. Wisner había decidido que el plan era demasiado burdo y necesitaba «un toque de Maquiavelo», con lo cual se refería a una lección de historia por parte de Burnham. En su libro ‘Los maquiavelistas’ (que se convertiría en un manual de los estrategas de la CIA), Burnham utilizó, además de las de Maquiavelo, las ideas de los principales pensadores europeos modernos —Mosca, Pareto, Michels, Sorel— para

 

«desafiar la teoría política del igualitarismo Y demostrar la persistencia e inevitabilidad de una elite dirigente, incluso en una época de igualdad».

 

Un antiguo conocido de Burnham dijo en una ocasión que la única vez en que le vio manifestar auténtico entusiasmo intelectual fue cuando hablaba de Maquiavelo.

 

Junto a Irving Brown, Josselson, Neufville y Lasky (sin amilanarse por su anterior despido), Burnham trabajó en la tarea de proporcionar al Congreso por la Libertad Cultural una base permanente. El comité directivo se reunió a finales de noviembre de 1950 en Bruselas, y preparó una estructura de funcionamiento de la organización, a partir de un documento redactado por Lasky en julio. Entre los que asistieron a la reunión, podemos citar a Ignazio Silone, Carl Schmid (portavoz de los socialistas en el Parlamento alemán), Eugene Kogon (dirigente católico alemán), Haakon Lie (jefe del Partido Laborista Noruego), Julian Amery (parlamentario británico), Josef Czapski (escritor y artista polaco), David Rousset, Irving Brown y Nicolas Nabokov.

 

En lo fundamental, la estructura planteada por Lasky fue la que se adoptó: se nombró un Comité Internacional de veinticinco miembros, y cinco presidentes honoríficos. Para dirigir sus actividades se nombraba un Comité Ejecutivo de cinco personas —director ejecutivo, director editorial, director de investigación, director de la oficina de París, director de la oficina de Berlín— quienes, a su vez, serían coordinados por el secretario general. En el organigrama de Lasky, esta estructura parecía un fiel reflejo de la dirección de la Cominform.

 

«Los nombres eran los mismos que en el Partido Comunista —observó un historiador—. La CIA creó estos organismos culturales a imagen y semejanza del Partido Comunista, incluido el secretismo, como constituyente fundamental. En realidad hablaban el mismo idioma».

 

En una ocasión Nicolas Nabokov se refirió a los dirigentes del congreso como «nuestros chicos del Politburó».

 

También se debatió en la reunión de noviembre un informe de Arthur Koestler titulado «Tareas inmediatas del período de transición». En este documento, Koestler esbozaba las «tareas técnicas» que deberían realizarse como continuación de la conferencia de Berlín. Bajo el epígrafe «Campaña política en Occidente», Koestler, que una y otra vez había recibido desaires por parte de los neutralistas en la conferencia de Berlín, escribió:

 

«Nuestro propósito es ganar para nuestra causa a los que aún dudan, quebrar la influencia de los Joliot-Curies, por un lado, y de los neutralistas culturales al estilo de Les Temps modernes, por otro».

 

El cuestionamiento de la base intelectual de la neutralidad fue uno de los objetivos principales de la política estadounidense de la guerra fría, y era ahora adoptada como «linea» oficial del congreso. Donald Jameson, de la CIA, explicaba:

 

«Preocupaban particularmente los que decían, “bueno, el Este es el Este y el Oeste el oeste, y al diablo con ambos de ustedes”. [Intentamos] modificar, al menos, un poco sus posiciones hacia la forma de pensar occidental… Había muchas personas que pensaban que la neutralidad… era una postura que se encontraba en situación comprometida. Era una actitud que queríamos tuviese menos peso. Pero, por otro lado, creo que existía un consenso general de que no habría que abalanzarse sobre los neutrales y decir “Vuestra postura también es negativa, sois iguales que los rojos”, porque eso les empujada hacia la izquierda, y eso, ciertamente, no era deseable. Pero, sí, los neutrales eran uno de nuestros objetivos»…

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: Frances Stonor Saunders. “La CIA y la guerra fría cultural” ]

 

*

 


martes, 4 de julio de 2023

 

[ 423 ]

 

LA CIA Y LA GUERRA FRÍA CULTURAL

 

Frances Stonor Saunders

 

 [ 11 ]

 

 

 

 

Cruzada es la idea

 

(…) «Un discurso, pronunciado por Franz Borkenau, fue tremendamente violento, casi histérico. Habló en alemán y siento decir que mientras le escuchaba, oía los clamores de aprobación de las grandes concentraciones de masas; pensaba que éstas eran las mismas personas que hacía siete años probablemente aclamaban de la misma manera las denuncias alemanas contra el comunismo, por boca del Dr. Goebbels, en el Sports Palast. Y pensaba, ¡bueno!, ¿con qué clase de gente nos estamos identificando? Eso fue lo que más me sorprendió. Hubo un momento durante el congreso en el que creí que se nos estaba invitando a invocar a Belcebú para derrotar a Satanás».

 

Sidney Hook salió en defensa de Koestler, pero tuvo que admitir que su amigo era capaz de «recitar las verdades de la tabla de multiplicar y que la gente se indignase con él». También temía la irritante costumbre de sonreír burlonamente «como un gato de Cheshire», siempre que se anotaba un tanto retórico. Silone era mucho más flexible, argumentando que un espíritu cristiano favorable a la reforma social y política en el Oeste, podría arrebatar, por sí mismo, el fuego al dios del comunismo. André Philip también representaba el punto de vista moderado, abogando por una vía intermedia entre Rusia y Estados Unidos:

 

«Europa hoy está débil, tras una larga y dolorosa enfermedad. Los americanos nos envían penicilina para tratar esta dolencia, y los soviéticos, microbios. Naturalmente, cualquier médico preferiría que ambos entrasen en contacto. Sin embargo, nuestra tarea como europeos ha de ser enfrentarnos con los microbios lo antes posible para no tener nunca más necesidad de medicina».

 

Para los partidarios de la Línea dura, esta confesión de «equidistancia» no distaba mucho de la herejía.

 

«La neutralidad, como idea y como movimiento, era algo patrocinado por los soviéticos»,

 

declaró Melvin Lasky, haciendo suyas las palabras de Roben Montgomery de que «¡No hay rincón neutral en la habitación de la libertad!». Reacios a unirse a esta cruzada retórica, la delegación británica defendió la admonición de Talleyrand: «surtout pas de zèle».

 

«No podía comprender por qué el mundo habría de ponerse en llamas para purgar la culpa personal de gentes como Borkenau y Koestler»,

 

sacaba en conclusión Hugh Trevor-Roper.

 

Lo inadecuado de que los conversos políticos hiciesen proselitismo ante el mundo se estaba convirtiendo en una cuestión clave del Congreso de Berlín.

 

«Luego se levantó un tal Herr Grimme, una especie de predicador con una voz que parecía la sirena de un barco, para afirmar que todas estas cuestiones concretas eran, fundamentalmente, religiosas», informó Sidney Hook. «Hablaba con una elocuente vaciedad y sólo concretó al final cuando descendió a los individuos e hizo algún comentario despreciativo sobre que Koestler era un “converso político” que ahora se oponía con fervor a algo que había apoyado con igual fervor, mostrando así, que jamás había abandonado su materialismo dialéctico».

 

Koestler había descubierto ya el resentimiento de aquellos que nunca habían sido comunistas hacia los conversos políticos como él mismo. Repitiendo los razonamientos, Koestler escribió:

 

«Los ex comunistas no son únicamente molestas Cassandras, como había pasado con los refugiados antinazis; también eran ángeles caídos que tenían el mal gusto de revelar que el cielo no es lo que se suponía. El mundo respeta a los conversos al catolicismo o al comunismo, pero aborrece a los sacerdotes que abjuran de cualquier credo. Esta actitud se podría racionalizar como aversión hacia todo tipo de renegados. No obstante, el converso también es un renegado de sus anteriores creencias o descreencias, y también está dispuesto a perseguir a los que aún se mantengan en ellas. No obstante, se le perdona, porque ha “abrazado” una fe, en tanto que el ex comunista o al sacerdote que abjura de su religión ha “perdido” una fe, Y por lo tanto se convierte en una amenaza a las ilusiones Y recordatorio del detestable y amenazador vacío».

 

El problema con las «pesadas Cassandras» también preocupaba a los círculos oficiales. Edward Barrett, subsecretario de Información Internacional, del Departamento de Estado, se sentía obligado a cuestionar la oportunidad de

 

«las actuales tendencias a ensalzar… ex comunistas y a ponerlos en pedestales desde los que prediquen a todos los ciudadanos que tuvieron suficiente sentido común para no ser comunistas. Algunos de nosotros suponemos que el ex comunista normal, sobre todo si es reciente, tiene gran valor como informador y como experto, pero jamás como propagador de verdades eternas».

 

Cada vez quedaba más claro que el apoyo del Gobierno de Estados Unidos a la izquierda no comunista, habría de permanecer oculto para algunos de los propios responsables de formular sus políticas.

 

Josselson no se dejó ver, aunque siguió de cerca todo lo que allí ocurría. Observó, con creciente preocupación, la reacción de Hugh Trevor-Roper ante el tono de cruzada. Trevor-Roper y el resto de los británicos dejaban claro su desacuerdo siempre que se les presentaba la ocasión. Sin embargo cada vez les resultaba más difícil, cuando «los jefes» (el principal, Lasky) desde la mesa, evitaban cuidadosamente dar la palabra a los que protestaban demasiado. Lasky estaba por todas partes, organizando, convenciendo, preparando comunicados de prensa, organizando la teatral aparición del alemán Theodor Plievier, autor de Stalingrad, ex comunista oculto en Stuttgart. Plievier, en principio, había grabado su discurso al congreso. Sin embargo, al enterarse de la invasión de Corea, viajó en avión a Berlín, desafiando el riesgo de ser secuestrado por los soviéticos o por los alemanes orientales mientras estuviese en Berlín (aunque la probabilidad de tal calamidad era menor gracias a un servicio permanente de vigilancia establecido por los americanos).

 

El protagonismo de Lasky puso furioso a Wisner en la OPC, y había buenas razones para estar preocupado. El 24 de junio, víspera del congreso, la oficina de Gerhart Eisler, jefe de propaganda del Gobierno germanooriental, publicó un comunicado en el que achacaba un incendio en la Casa de Cultura Comunista de Berlín Este al entorno del «espía policial americano, Melvin Lasky». El comunicado de Eisler, que apareció en los periódicos estadounidenses, decía que la intentona de incendiar el club comunista era un preludio de la apertura del Congreso por la Libertad Cultural (al que Eisler calificaba de «Seis días ciclistas intelectuales del imperialismo»), si bien el complot había fracasado y las llamas pudieron extinguirse rápidamente. Lasky, al ser preguntado por el incidente, contestaba con su habitual sarcasmo:

 

«Sí, es verdad. Intentamos prender fuego a la casa dejando caer luciérnagas disfrazadas de gusanos de la patata, desde un helicóptero».

 

Pero a Wisner no le hizo ninguna gracia, y telegrafió instrucciones a Berlín para que Lasky fuese privado de cualquier relación visible con el congreso.

 

Pero se necesitaba algo más que la eliminación de Lasky para detener los rumores que rodeaban al congreso. Algunos delegados especulaban sobre quién pagaba todo aquello. La gran escala a la que se lanzó el congreso en una época en que Europa estaba en la ruina, parecía confirmar el rumor de que no se trataba del acontecimiento espontáneo e «independiente» que proclamaban sus organizadores. Lawrence de Neufville tenía tanto dinero que no sabía lo que hacer con él:

 

«No sé de dónde procedía el dinero. Jamás tuve cheques o algo parecido, el dinero estaba allí, en marcos. A todos nos pasaba lo mismo». Esto no pasó inadvertido para Trevor-Roper, que empezó a escamarse. «Cuando llegué vi que todo había sido orquestado a una escala tan grande… que me percaté de que… desde el punto de vista financiero, tenía que estar apoyado por alguna poderosa organización gubernamental. Así pues, di por sentado desde el principio que de una u otra forma había sido organizado por el Gobierno estadounidense. Me pareció evidente desde el comienzo».

 

Años después, Tom Braden, de la CIA, razonaba que era suficiente con tener algo de sentido común para saber quién estaba tras el congreso:

 

«Tenemos que recordar que estamos hablando de una época en que Europa estaba arruinada. Si alguien tenía un céntimo, probablemente se trataba de alguna organización criminal. No había nada de dinero. Por lo que, claro está, la pista del dinero conducía a los Estados Unidos».

 

La conferencia terminó el 29 de junio, con un teatral discurso de Arthur Koestler, que gritó triunfalmente ante una concentración de 15.000 personas en el Funkturm Sporthalle, «¡Amigos, la libertad ha pasado a la ofensiva!». Luego leyó el Manifiesto por la Libertad, una declaración de nueve puntos que se presentaba como una nueva constitución para la libertad cultural. Preparado por Koestler tras una sesión que duró toda la noche en la base de operaciones de Lasky en el hotel am Steinplatz, de Charlottenberg, el manifiesto fue «apoyado por él, Burnham, Brown, Hook y Lasky, mediante una táctica enérgica y agresiva, de manera que prácticamente no tuvo oposición», según Mamaine Koestler. No obstante un artículo de la declaración que expresaba intolerancia hacia las ideas marxistas fue contestado enérgicamente por los delegados británicos, que exigieron que se eliminase la ofensiva alusión. Fundamentalmente, los británicos ponían objeciones a la suposición que animaba a los anticomunistas más militantes de la conferencia —lo mismo que a muchos responsables de elaborar la política exterior estadounidense— de que los escritos de Marx y Lenin «no eran tanto filosofía política sino un manual de combate de la estrategia soviética».

 

Después de incorporar en el documento las enmiendas británicas, el manifiesto fue aprobado como piedra angular del Congreso por la Libertad Cultural. Dirigido a «todos los hombres decididos a recuperar las libertades perdidas y a preservar y a ampliar las que disfrutan», el documento afirmaba:

 

«Pensamos que es evidente que la libertad intelectual es uno de los derechos inalienables del hombre… Esta libertad se define fundamentalmente por su derecho a mantener y expresar las propias opiniones, y en particular opiniones que difieran de las de sus gobernantes. Privados del derecho a decir “no”, el hombre se convierte en esclavo».

 

Declaraba que la libertad y la paz eran «inseparables» y advertía que «la paz sólo se puede mantener si todos los gobiernos aceptan el control y la vigilancia del pueblo sobre quien gobierna». En otros puntos se señalaba que un requisito previo de la libertad era la

 

«tolerancia hacia las opiniones divergentes. El principio de la tolerancia, como es lógico, no admite la práctica de la intolerancia».

 

Ninguna «raza, nación, clase o religión puede reclamar para sí el exclusivo derecho de representar la idea de libertad, ni el derecho a negar la libertad de otros grupos o credos en nombre de ningún ideal u objetivo supremo. Pensamos que la contribución histórica de toda sociedad hay que juzgarla por la amplitud y cualidad de la libertad de la que gozan en realidad sus miembros». El manifiesto continuaba denunciando las restricciones a la libertad impuestas por los estados totalitarios, cuyos «medios de coerción sobrepasan con mucho los de todas las anteriores tiranías de la historia de la humanidad».

 

«Indiferencia o neutralidad ante un desafío tal —continuaba— equivale a una traición a la humanidad Y a la renuncia a una mente libre». Expresaba un compromiso para «la defensa de las actuales libertades, la reconquista de las libertades perdidas», y (ante la insistencia de Trevor-Roper) a «la creación de nuevas libertades… [para dar] respuestas nuevas y constructivas a los problemas de nuestro tiempo».

 

Sin duda, se trataba de un manifiesto para leer desde las barricadas. Koestler, un moderno Robespierre (aunque con sus dos guardaespaldas americanos vigilándole de cerca), estaba verdaderamente emocionado por la ocasión. Éste era el marco por el que había que juzgar el compromiso de los individuos y las instituciones para la consecución de la total libertad de expresión, para el flujo, sin limitaciones, de ideas y opiniones. Si comunistas y fascistas por igual habían violado sistemáticamente el principio de habeas corpus, éste era un empeño para resistir cualquier ataque sobre el principio de habeas animam. Este documento era una especie de papel tornasol de la libertad. En su virtud, el propio Congreso por la Libertad Cultural triunfaría o fracasaría.

 

Al clausurarse la conferencia, sus patrocinadores de Washington comenzaron a celebrarlo. Wisner ofreció su «más cordial enhorabuena» a todos los que habían participado. Él, a su vez, fue felicitado por sus patronos políticos. El general John Magruder, representante del Departamento de Defensa, lo alabó como

 

«sutil operación encubierta llevada a cabo al máximo nivel intelectual… guerra no convencional al mejor nivel».

 

El propio presidente Truman, según se dijo, estaba «muy complacido». Los oficiales de ocupación americanos en Alemania creían que había dado

 

«un apreciable espaldarazo a la moral de Berlín Oeste, pero creían que su efecto más importante, en última instancia, sería el que sentirían los intelectuales occidentales que, políticamente, habían estado a la deriva desde 1945».

 

El Congreso por la Libertad Cultural, según un informe, había

 

«impulsado a una serie de destacados líderes intelectuales a que abandonaran su distanciamiento contemplativo y sutil, a favor de una postura firme contra el totalitarismo».

 

 

Quizá esta conclusión fuese algo exagerada, pensada para vender el congreso a los estrategas del Gobierno. Ciertamente, aún había que convencer a Hugh Trevor-Roper y a todo el grupo británico. Inmediatamente después de su retorno a Inglaterra, llegó a oídos de Trevor-Roper la noticia de que los funcionarios del Departamento de Estado se habían quejado a sus homólogos del Foreign Office de que «su hombre estropeó nuestro congreso». Esto fue suficiente para confirmar las sospechas de Trevor-Roper del papel del Gobierno estadounidense en el asunto de Berlín. Pero también mostraba el disgusto oficial con la manera en que se había comportado Trevor-Roper. Josselson y sus superiores de la CIA comprendían que habría que seguir esforzándose para ganar a los intelectuales británicos a su causa…

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: Frances Stonor Saunders. “La CIA y la guerra fría cultural” ]

 

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