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viernes, 3 de febrero de 2023

 

[ 331 ]

 

2 / ASÍ COMIENZA…

 

Esperanza Aguirre. La lideresa

 

ALFREDO GRIMALDOS

 

 

 

Introducción

 

Detrás de la aristocrática y pizpireta millonaria que actúa con aire arrabalero y maneja con mano firme la Comunidad de Madrid, hay un plan sistemático de destrucción de los servicios básicos y de saqueo del presupuesto público en busca del lucro privado. Amigos, correligionarios y parientes se benefician de la política de Esperanza Aguirre.

 

El Ejecutivo regional ha puesto en marcha un plan de rescate de los sectores empresariales vinculados, sobre todo, al mundo del ladrillo, que consiste en poner en sus manos recursos públicos y convertir en una fuente de ingresos muchos derechos básicos de los ciudadanos. Aguirre ha llegado a la feliz conclusión de que todos los servicios públicos son susceptibles de ser convertidos en negocio particular.

 

Por ejemplo, en el ámbito de la sanidad, desde que ella llegó a la presidencia del Gobierno autonómico, el objetivo fundamental de su política está más relacionado con el beneficio de las empresas constructoras que con la salud de los ciudadanos. El nuevo sistema que está imponiendo se ha diseñado para derivar ingentes cantidades de los presupuestos públicos hacia las empresas privadas que, ante los síntomas de hundimiento de los sectores más especulativos, han tomado posiciones en la sanidad pública. No es casual, por tanto, que los nuevos hospitales hayan sido entregados a firmas como Acciona, Sacyr-Vallehermoso, Hispánica, Begar-Ploder, ACS, FCC, procedentes del sector inmobiliario, sin ninguna experiencia previa en el ámbito sanitario. Y la consecuencia es que la sanidad pública madrileña, de reconocida calidad, está siendo destruida poco a poco.

 

La educación, por supuesto, tampoco se escapa del afán privatizador del Gobierno de Esperanza Aguirre. La estrategia consiste en beneficiar, cada vez más, a la escuela concertada y dejar que se descomponga el sistema público, manteniéndolo desasistido presupuestariamente, bajando los costes hasta asfixiarlo y «externalizando» todos los servicios posibles. Dentro de esa estrategia, se cede terreno público a empresas privadas, algunas ligadas a grupos religiosos integristas, muchas veces en detrimento de las dotaciones públicas en la misma zona.

 

Además, todo ese proceso va acompañado de una enorme opacidad a la hora de repartir privilegios. En estas páginas se ofrece una elocuente muestra de cómo funciona la práctica del amiguismo a costa del dinero público. Concesiones y contratos multimillonarios se adjudican bordeando la legalidad, y en muchos casos pisoteándola, como se evidencia en el caso Gürtel destapado por el juez Garzón. La Comunidad de Madrid huele a podrido, y ya hay varios diputados del PP, un ex consejero de Esperanza Aguirre y alcaldes muy vinculados a ella imputados en los casos de corrupción.

 

Lamentablemente, estamos acostumbrados a que, al final, no se haga justicia con políticos, grandes empresarios y banqueros corruptos. Estos personajes no suelen visitar la cárcel, y si lo hacen, es por muy poco tiempo, hasta que se los indulta. Tampoco devuelven nunca el botín robado, como es el caso del comisionista Manuel de Prado y Colón de Carvajal, amigo del rey. O el de Alberto Alcocer —también cercano al monarca— y su primo Alberto Cortina: se acredita judicialmente que son unos estafadores, pero no cumplen condena ni sueltan un duro.

 

Periódicamente, PSOE y PP juegan una partida de cartas en las que hay órdagos constantes: tú me sacas Gürtel, yo a ti Elche… Al final, las dificultades judiciales a la hora de probar la responsabilidad de cada uno de los implicados en las enmarañadas tramas de corrupción y las triquiñuelas técnicas de poderosos gabinetes de abogados, además de las sintonías y complicidades que los delincuentes cosechan en algunos ámbitos del Poder Judicial, entorpecen y bloquean las investigaciones. Las causas prescriben y el saqueo de los fondos públicos permanece impune.

 

El sistema está diseñado para que todo se cocine en casa. En la Asamblea de Madrid, Esperanza Aguirre cuenta con una cómoda mayoría absoluta que le permite no dar la más mínima explicación sobre cualquier asunto espinoso. Es lo que ocurrió con la «comisión de los espías», liquidada en menos de una semana, antes de que se aclarara absolutamente nada. El vicepresidente Ignacio González ha blindado sus comparecencias y ni siquiera responde a las preguntas que se le hacen sobre turbias adjudicaciones de contratos a empresas de sus propios familiares o sobre la concesión de licencias de radio y televisión a sus amigos íntimos. Este secretismo alcanza su cenit cuando se intenta saber algo de las misteriosas operaciones del Canal de Isabel II en Latinoamérica. El propio González fue seguido y espiado durante un viaje a Colombia, país donde esta empresa pública tiene una poderosa filial.

 

Mientras tanto, una seria amenaza se cierne sobre el Canal: la privatización. La joya de la Comunidad de Madrid es una sociedad muy rentable y bien saneada, que atesora un enorme patrimonio inmobiliario, lo que la convierte en objeto de deseo de políticos y empresas constructoras. Esperanza Aguirre e Ignacio González ven en ella una fabulosa veta, y el PSOE cacarea contra el proceso de privatización, pero a la hora de votar el asunto en la Asamblea se abstiene. La casta de los políticos.

 

También hay que recordar que la estrategia de privatizaciones desarrollada por Esperanza Aguirre en el ámbito de la sanidad se sustenta en la Ley 15/97, de Nuevas Formas de Gestión, que permite la entrada masiva de la empresa privada en la gestión y la prestación de la asistencia sanitaria. En su día, sólo se opusieron a ella en el Parlamento IU y el BNG; el PSOE votó a favor de su aprobación. Algo similar ocurre con el proceso de liquidación de la escuela pública auspiciado por Aguirre. El origen de los beneficiosos conciertos de los que disfrutan los centros privados hay que buscarlo en los gobiernos de Felipe González, con José María Maravall de ministro del ramo.

 

En la batalla que se está librando en Caja Madrid, curiosamente, el dirigente de los socialistas madrileños, Tomás Gómez, tiene total sintonía con la estrategia de la presidenta del Gobierno regional. Debe de pensar que, si alguna vez es capaz de ganar unas elecciones, se va a encontrar ese trabajo ya hecho. El reparto de prebendas en Caja Madrid entre representantes de los partidos políticos y los sindicatos mayoritarios es el más fiel exponente de los apaños y consensos que caracterizaron la modélica Transición: seis para mí, cuatro para ti, dos para el otro…

 

En 2008, los consejeros se distribuyeron un total de 13,18 millones de euros en concepto de sueldos y otras remuneraciones complementarias. Esta cantidad se incrementa en caso de que el «trabajador» pertenezca también a alguna comisión.

 

A estos ingresos hay que sumarles, en todos los casos, los planes de pensiones y las primas de seguros correspondientes a tan «alto» cargo. La tarea de los consejeros consiste en mantener una reunión semanal de tres o cuatro horas. Así se explica que, en ocasiones, haya más disputas en el seno de los partidos por estar en el Consejo de Administración de Caja Madrid que por ser candidato a diputado o alcalde. Aquí se gana más y se trabaja menos.

 

Como no hay suficientes puestos para todos los candidatos a estas bicocas, se crean otras canonjías: nuevas empresas filiales con más consejeros y más comisiones, a las que tampoco hace falta ir, pero por las que se pasa la correspondiente factura. Por ejemplo, en el consejo de Cibeles, la sociedad que agrupa las participaciones de Caja Madrid, han encontrado acomodo el ex ministro del Interior Ángel Acebes, el ex consejero de Sanidad Manuel Lamela y la propia cuñada del vicepresidente González, Carmen Cavero. En la Comisión de Control de la Caja está Carmen Cafranga, socia de la mujer de Ignacio González. Y esto es sólo una pequeña muestra.

 

Además, se crean todos los puestos que hagan falta en la Administración Pública para colocar a los compadres como se merecen. La relación de políticos del PP damnificados por las elecciones del 14-M que se han cobijado bajo el paraguas de Aguirre es interminable. El liberalismo de la presidenta del Gobierno regional consiste en estrujar el erario público hasta el último céntimo. Ha hecho favores a todo el partido, colocando a primos, amantes y amigos: la ex consejera de Sanidad de Fraga, la ex jefa de prensa de Rajoy… Eso le ha permitido crear un poderoso clientelismo en torno a sí misma, rescatando a los náufragos del aznarismo. Pocos se atreven a criticarla con nombre y apellidos. «Los súbitos ataques de “quien no está conmigo está contra mí” han sido frecuentes desde que Esperanza Aguirre se sintió lo suficientemente fuerte dentro del partido», escribe Lucía Méndez en su libro Duelo de Titanes.

 

Su ambición política va mucho más allá de la imagen dicharachera que ofrece y de su absoluta incontinencia verbal. Para Aguirre, lo importante es el poder y el reconocimiento. A diferencia de Ruiz-Gallardón, que ve un pobre a cinco metros y se le descompone la cara, ella es una populista capaz de tirarse al barro para vender imagen y hacerse la foto correspondiente. Llegó a la presidencia de la Comunidad gracias a una operación de transfuguismo, y desde la Puerta del Sol ha consolidado su poder. Aspira a encabezar el PP y, sobre todo, a convertirse en presidenta del Gobierno central, como su venerado José María Aznar. Pero durante su ascenso se ha generado también muchas enemistades en el seno de su propio partido y el objetivo parece cada vez más lejano.

 

No obstante, atrincherada en Madrid, goza de bastante capacidad de maniobra para dar juego a los suyos. Y ellos saben que la presidenta es la que manda en todo, no pueden mover una ficha sin su consentimiento. Aguirre es una política correosa, peleona, con un control absoluto sobre el Gobierno regional. Conoce todo lo que hacen sus subalternos, nada sucede a sus espaldas. Maneja el partido en Madrid, la televisión autonómica, la lista de sus candidatos a las elecciones municipales y autonómicas y su porcentaje en las generales… En muchos momentos es despótica, y su gente la teme. Siempre hay peligro cuando Aguirre aparece para inaugurar algo. Empieza a sacar defectos y nadie se libra de las broncas. Es capaz de imponer su criterio en cuestiones técnicas de las que no tiene la más mínima idea. Cuando se desboca, no hay nadie en su equipo que se atreva a frenarla.

 

Aguirre maneja su virreinato como una finca particular, asesorada por conversos que fueron «progres» en sus años universitarios y han derivado hacia la extrema derecha, como su jefe de Gabinete, Regino García-Badell. Anarquista en la década de los setenta, García-Badell ha vuelto al redil con matrícula de honor (el último presidente del Gobierno franquista, Carlos Arias Navarro, era tío suyo). Él es uno de los principales responsables del absoluto control ideológico que sufre Telemadrid.

 

 

García-Badell fue compañero de clase de Rodrigo Rato y del marido de Esperanza Aguirre, Fernando Ramírez de Haro, conde de Murillo. Los privilegios de casta se continúan perpetuando. Sólo hay que echar un vistazo al mapa rural de la región de Madrid, un territorio que, en gran medida, continúa estando en manos de las poderosas familias que se beneficiaron de la desamortización de Mendizábal en el siglo XIX. Entre ellas, la del propio marido de la presidenta de la Comunidad de Madrid.

 

Aguirre ha conseguido que el AVE revalorice las enormes propiedades que su familia política posee en tierras de Guadalajara. Y ha propiciado el desdoblamiento de la «Carretera de los Pantanos», que ha provocado un enorme boom urbanístico en el oeste de la Comunidad y en Ávila, donde tiene su imperio Ángel Acebes, un personaje que aparece por todas partes.

 

Esperanza Aguirre es una «liberal» que siempre ha vivido del dinero público, como funcionaria o ejerciendo algún cargo político. Eso sí, privatiza las empresas y los servicios rentables para dar beneficio a empresarios particulares. Otro liberal modélico es Ignacio González, funcionario por oposición del Ayuntamiento de Madrid, que ocupa cargos políticos desde hace más de dos décadas. Y Regino García-Badell, funcionario del Ministerio de Educación, lo mismo que su mujer, Alicia Delibes, la principal inspiradora de la destrucción de la escuela pública en la Comunidad de Madrid. Liberales a costa de los Presupuestos Generales. La presidenta de la Comunidad de Madrid, rica de cuna, cobra un salario oficial de 108.000 euros anuales, pero en 2006 se atrevió a decir que tiene dificultades para llegar a fin de mes. Aseguró que calentar su palacete de la madrileña calle de Jesús del Valle, «con esos techos tan altos», le cuesta un pico en combustible.

 

Ahora, el principal problema de Aguirre es que ha acabado con los presupuestos de la Comunidad. Están en quiebra y necesita, urgentemente, más dinero para alimentar las insaciables bocas que se han acostumbrado a comer de su mano. La sanidad pública y el Canal de Isabel II están siendo ya víctimas de tanta voracidad.

 

Este libro constituye un desazonador recorrido por la corrupción y la inmoralidad del mundo político. Aguirre es fruto de un sistema atado y bien atado, lo mismo que personajes como Eduardo Zaplana, que también inició su ascenso político comprando a una tránsfuga del PSOE. Lo peor es que, después de remover la podredumbre, no pasa nada. Tras el reglamentario intercambio de cubos de basura en periodo electoral, todo vuelve al cauce pactado a través de los subterráneos consensos de la Transición.

 

Aguirre también necesita liquidez para repartir con soltura dinero público entre los medios de comunicación. En 2007, durante la campaña previa a las elecciones que la mantuvieron en la presidencia de la Comunidad —en esta ocasión con mayoría absoluta—, manejó 180 millones de euros en publicidad, mucho más que cualquier gran empresa. Isabel Gallego, su jefa de prensa, era la encargada de llamar a las redacciones para decir qué había que dar y cómo. El control de los medios de comunicación es un objetivo prioritario de Aguirre y sus más estrechos colaboradores. Y la principal víctima de ello, Telemadrid.

 

El ex director de ABC, José Antonio Zarzalejos, que acusa a la presidenta de la Comunidad de Madrid de haber provocado su cese al frente del rotativo, en febrero de 2008, hace una análisis muy rotundo de ella: «Aguirre es una persona que, sobre todo, es vanidosa. Después, creo que es bastante ignorante, le faltan unas cuantas lecturas, por no decir muchas. Y finalmente es una persona miserable, con una ambición poco controlada y un entorno de colaboradores que me voy a limitar a calificar como complicado». Y aún sigue: «Me he encontrado con una mujer intervencionista, intolerante, que encaja mal las críticas, impertinente y con aquella especie de chulería que ella tiene. Y con esa vanidad de hacerse una biografía autorizada titulada La presidenta». Todo eso conforma una personalidad política verdaderamente preocupante.”

 

 

[ Fragmento de: Alfredo Grimaldos.“Esperanza Aguirre.La lideresa” ]

 

*


sábado, 1 de octubre de 2022


 

[ 244 ]

 

HISTORIA SOCIAL DEL FLAMENCO

 

Alfredo Grimaldos

 

[ y 03 ]

 

 

 

1

LA TRAGICOMEDIA FLAMENCA

(…)

 

 

TOREROS DE ARTE

 

Reconoce que quiso ser torero, pero le faltó valor. Para acreditarlo, muestra unas cuantas fotos en las que aparece con un capote en la mano, en el campo, frente a una vaquilla. También conserva una película pasada a vídeo en la que se le puede ver toreando junto a Camarón, otro espada frustrado. En la filmación casera aparece el artista de La Isla dando unos muletazos, mientras se escucha a la suegra de Rancapino, Rafaela Núñez, cantando por bulerías. Rafaela y su yerno provienen de la misma estirpe flamenca: el padre de ella y el de Rancapino eran primos hermanos.

 

Juan Luis, uno de los seis hijos varones de Alonso —tiene, además, una niña—, hizo sus pinitos en el mundo del toro, pero no cuajó como figura. También atesoraba más arte que valor. En una ocasión que se encontraba un poco cortito de dinero, Rancapino se sacó de la manga una peña flamenca-taurina con su nombre, en Chiclana, y organizó un festival benéfico, con el fin de superar el bache. Consiguió que toreasen en su pueblo, en una plaza portátil, nada menos que Curro Romero, Rafael de Paula, Pepe Luis Vázquez y Ortega Cano, junto a su hijo Juan Luis. «Cuando fuimos al tentadero a escoger los novillos, mi niño dio varios pases a una vaquilla. Eligió una de su tamaño, y alguien le gritó: “¿No has encontrado una más pequeña?”. Curro Romero le contestó: “Pues así deberían ser todos”».

 

Sostiene que el mundo del toro y el del flamenco tienen que seguir tan unidos como lo han estado hasta ahora: «A Caracol le gustaba el toro más que el cante. Era un genio. Un cantaor tiene que estimularse con cosas de arte. Ahora, a los jóvenes les gusta el tenis y el golf. ¿Qué van a cantar luego? Si Caracol, Talega o Mairena escuchasen cantar a algunos gitanitos famosos de ahora, los mandaban meter presos. Y a sus padres, por dejarles hacer esas cosas».

 

Después de su primera y breve visita a Madrid para trabajar en Las Brujas, Rancapino volvió a la capital, ya junto con Camarón, en 1969, durante la época dorada de los tablaos. «Estuvimos en la casa de un palmero de Bambino, a quien decían El Chico, muy buena gente. Allí parábamos Fernanda y Bernarda de Utrera, Turronero, Pansequito, Camarón y yo. Para que se pudiera vestir uno, tenían que salir todos los demás. Estaba en la calle de López Silva, al lado de El Rastro. Bambino ha sido un genio en su género. Pasarán muchos siglos hasta que salga otro como él. Fue el que revolucionó las canciones por bulerías y los tangos metidos en aire de rumba. Era un fenómeno».

 

Toda su vida, Rancapino ha sido un artista de artistas, pero cuando empezó a ser conocido y valorado por la mayor parte de la afición madrileña fue ya después de 1980. Desde entonces, se ha convertido en uno de los flamencos que tiene mayor tirón. En la terminal del AVE le conoce todo el mundo. «Una de las veces que fui a Madrid, llegué a Atocha y resulta que hacía mucho frío. Tenía que cantar en la Peña Chaquetón, y cuando me vio tiritando su presidente, Pablo Tortosa, que había venido a recogerme, se asustó, pensando que me iba a poner malo y no iba a poder cantar esa noche. Me dijo: “Espérate”, entró en una tienda del paseo de las Delicias y me compró un abrigo. Bien bonito que es, no veas lo que roneo yo con él. Estoy loco por que haga frío para ponérmelo». En otra ocasión, cuando llegó a la misma peña, se dio cuenta de que había dejado los zapatos de las actuaciones en el hotel, y no podía salir a cantar con los que llevaba puestos. Hubo que pedir unos prestados entre el público. Los que se consiguieron le apretaban y no pudo dar patadas para marcar el compás en toda la noche.

Entre sus inagotables recuerdos del pasado, le viene a la cabeza una anécdota reciente:

 

«El otro día, en Madrid, iba por la Gran Vía con mi maleta en la mano, camino del hotel Regente, donde paro siempre, y veo que se me acerca un morito por un lado. Enseguida noto que otro me va a cerrar, y entonces, me paro y les digo: “Pero ¿dónde vais?, si yo soy como ustedes”».

 

No se muestra nada optimista cuando analiza el futuro del flamenco. Detrás de su permanente sonrisa y buen humor, de su actitud cariñosa con todo el mundo, Rancapino acumula el peso de muchos reveses:

 

«La vida la he visto siempre muy fea, porque me han tratado muy mal. He recibido muchos golpes y he tenido que estar en la calle desde muy niño. Eso me ha hecho coger una psicología fuera de lo normal. Sé lo que es pasar sinsabores y doy su sitio a todo el mundo. Por eso, y porque canto con sentimiento, me quiere la gente. Si fuera por la cara que tengo... Chano Lobato me decía que soy el Robert Redford de África. Sólo pido que me den el sitio que me corresponde, tener trabajo para dar de comer a mis niños y que tengan la ropita limpia, y nada más. No envidio a nadie ni soy egoísta. Quiero que mis hijos estén buenos, que sean prudentes y respeten a todo el mundo. Y mi potaje en casa. Llevo unos años trabajando mejor, pero nunca estoy desahogado —confiesa—. Cuando veo quinientas mil pesetas juntas, me creo que soy el rey de España. Tengo siete niños y necesito trabajar mucho».

 

A pesar de ser un artista exquisito, durante mucho tiempo ha tenido que sobrevivir a salto de mata, fundamentalmente gracias a su proverbial ingenio. Las tragicómicas anécdotas que ha protagonizado dan para escribir un tratado de picaresca. En una ocasión, el constructor y ex presidente del Sevilla, José María González de Caldas, encargó a Rancapino la gestión de una casa en El Rocío para él y sus amigos. El cantaor se tenía que encargar no sólo de la parte flamenca, sino también de la infraestructura. Y para conseguir los somieres y los colchones que necesitaba, se le ocurrió acudir a un sargento de Intendencia amigo suyo, un hombre muy aficionado al cante. El militar le proporcionó material de desecho que estaba arrumbado en un barracón del Ejército, y lo trasladaron al lugar donde tenían que descansar los adinerados romeros. Pero lo que no estaba previsto es que en los muelles de los somieres y en el interior de los colchones viajaran también imprevistos invitados. Y al día siguiente, al levantarse, a los señoritos les picaba la juerga por todas partes.

 

 

EL PADRINO

 

En la primavera de 1999, Felipe González y Carmen Romero apadrinaron a José, el séptimo hijo del chiclanero, que aprovechó esa circunstancia para casarse con su mujer, Juana, después de más de dos décadas de convivencia. Cautivado por la gracia y el talento de Rancapino, el ex presidente del Gobierno no pudo resistirse a ser su compadre. «De acuerdo, yo pago el convite. ¿Y tú qué pones?», le dijo González al cantaor. «Yo pongo el niño», le contestó Rancapino.

Ambos se conocieron durante una fiesta celebrada en la gaditana Venta de El Chato. El chiclanero estaba contratado para convocar a los duendes flamencos durante la velada y, de repente, vio la ocasión de encontrar también un padrino de postín para su niño. Entre cantes y anécdotas, González aprovechó un momento para llamar por teléfono a Carmen Romero, que se mostró dispuesta a participar en la ceremonia, y la cosa quedó clara.

 

 

Unos meses después, tras el ritual del agua bendita, se celebró el convite en un estero de Chiclana, donde no se escatimó ni el pescaíto ni el fino Arroyuelo. Al final de la fiesta, cuando todo el mundo estaba bien comido y regado, González, antes de marcharse, hizo un aparte con Rancapino: «No te preocupes, que yo vendré por aquí, de vez en cuando, para ver al niño. Su porvenir está garantizado», le dijo cariñosamente. «¿Y el mío, qué?», le contestó el cantaor.

 

Con motivo del bautizo del crío, que pasó por la pila con cuatro años largos, sus padres se vieron obligados a casarse: «Juana y yo llevábamos toda la vida juntos y habíamos tenido seis hijos antes —explica Rancapino—. Pero el cura que bautizó a cuatro de ellos me dijo que ya no echaba el agua a ninguno más hasta que pusiéramos orden a nuestra situación. Me casé después de veintiún años, y con la misma. La gente le preguntaba a mis chiquillos: “¿Quién se casa?”. Y ellos contestaban: “Mi padre y mi madre”».

 

El primer candidato al puesto de compadre de Rancapino había sido Curro Romero, pero el diestro, esquivo, no acababa de mostrarse dispuesto. Después, le llegó su turno al pintor Miquel Barceló. En este caso, eran los numerosos compromisos del artista balear los que no le dejaban hueco, y la criatura iba creciendo... Barceló se había acercado al mundo del flamenco interesado por la figura de Camarón, pero el genio de La Isla no era un hombre que se dejara cautivar por personajes de relumbrón, prefería estar con su gente y escuchando al cantaor más modesto del mundo, por si podía pillar algo de él. Pero, al final, Barceló fue el autor de la portada de Potro de rabia y miel, el disco póstumo de Camarón, y Rancapino tomó nota del asunto. Consiguió que, poco después, el pintor se encargara de diseñar también la portada de su segundo disco, una de las mejores grabaciones flamencas de finales del siglo pasado, en la que el chiclanero volvió a estar acompañado por el guitarrista Paco Cepero, que ya le había respaldado en estudio veinte años antes.

 

Cuando Juana, la mujer del cantaor, vio el peculiar retrato del artista que aparecía en la portada del nuevo disco, le dijo: «Ay, Alonso, ¿ése eres tú?». Pero Rancapino sabía que el original de aquello tenía su valor, aunque Barceló no se lo regaló. Posteriormente, el chiclanero visitó la casa del pintor, en Menorca, para cantar en una fiesta privada, acompañado por Moraíto. Y después del festejo, al parecer, pasaba el tiempo y nadie se estiraba allí, lo que hacía revolotear el fantasma de las antiguas reuniones de señoritos, en las que, a veces, los artistas no cobraban, después de haber estado trabajando toda la noche. Cuando por fin se arregló el asunto, Rancapino le dijo a su anfitrión: «Barceló, ya sé por qué haces los cuadros tan grandes, para que no te los roben».

 

 

UN COCIDO EN LA BOLA

 

En 1995, a raíz de la publicación de su segundo disco, el editor, Turner, le incluyó en una larga gira musical por tierras mexicanas, junto a Chavela Vargas, Joaquín Sabina, Lucrecia y Víctor Manuel. De todos los artistas que participaron en ella, el único que no estaba inscrito en la SGAE era él, por lo que muchos amigos le insistieron en que tenía que registrarse, porque estaba perdiendo un dinero que era suyo. Por fin, con la ayuda de José Manuel Gamboa, desde dentro de la entidad, y la decisiva participación de Alberto Martínez, propietario de la tienda El Flamenco Vive, se consiguió fraguar la operación.

 

«Después de muchos intentos de llevarlo a la SGAE para que se inscribiera, por fin lo convencí —relata Alberto—. Aprovechando que había venido a Madrid para trabajar, fui a buscarlo a las nueve de la mañana al hotel Regente. No se me olvidará nunca ese día. Nada más salir a la calle, se empeñó en regalarme lotería. Como el despacho estaba cerrado todavía, se metió por debajo del cierre a medio echar a pedir los dos billetes. “Toma —me dijo—, como Pepe Marchena, que siempre llevaba algún décimo para regalar”. Cuando llegamos a la SGAE, ya le estaban esperando y nos dieron el formulario donde había que escribir las letras que él cantaba en el disco. Unas suyas y otras adaptadas. Entonces me dice: “Para acordarme, las tengo que cantar”. Así que se tiró toda la mañana cantando el disco entero y yo, apuntando las letras. Al parecer, existe una fórmula que permite acumular los derechos de un autor con carácter retroactivo, aunque todavía no esté inscrito, y como la gira por México había sido muy potente, tenían ya preparado un dinero. Cuando bajamos a cobrar, el que pagaba iba haciendo la valoración de los derechos cante por cante: “Esto por la soleá, esto por los fandangos...”. Y Rancapino le dijo: “¿Todo eso sólo por los fandangos? Y tú, ¿dónde veraneas?... Pues, a partir de ahora, te vas a venir todos los años a Chiclana”. Cuando llegamos a El Flamenco Vive, abrió la puerta y dijo:

 

“Todos los que están aquí, a comer cocido”. Invitó a todos, empleados y clientes, a ir a La Bola».

 

El disco que metió a Rancapino en el mundo de los derechos de autor se abría con unos tanguillos escritos por él en los que hacía toda una declaración de principios flamencos, reivindicando a sus cantaores de cabecera:

 

A mi Camarón, mi Perla

nunca los podré olvidar,

ni a Caracol, ni a Mairena,

a Talega o a Tomás.

Por eso cuando yo canto

me tengo que recordar

los cantes de Terremoto,

de Aurelio y de la Calzá.

 

Artísticamente, añora los tiempos de Caracol y Talega, los dos patriarcas del cante que más le han marcado. Se lamenta de que casi todo lo que se hace ahora sea tan mecánico y lo achaca, en parte, a que los jóvenes no viven de verdad el flamenco en sus casas, como lo mamó él. Él está ahora peleando contra el tiempo, con una garganta que se apaga. Las voces gitanas tan flamencas y con tanto «pellizco» como la suya o la de Fernanda de Utrera tienen menos recorrido que las que hacen gorgoritos. Además, Rancapino no sabe falsear el cante y se rompe intentando echarlo fuera. «Ahora hay muchas trampas —señala—. Con esas máquinas tan buenas que han salido, a uno que tiene una voz que no es flamenca ni nada, se la ponen ronca».

«Cada vez hay más mentira en el arte, y lo que importa es comunicar —sentencia—. Esto tampoco es una cosa de muchas facultades. Caracol, por ejemplo, sacaba fuerzas de donde no las tenía. El cante duele cuando estás en el límite. En términos taurinos, ¿para qué quiero ver cuarenta naturales de un torero que no me llega, que no me va a pellizcar ni a decir nada? Prefiero uno solo de Curro, o de Paula, que me va a pegar bocados. Un ¡ay! por soleá de Fernanda de Utrera vale más que lo que hacen otros en toda su vida. Lo más difícil que hay es cantar despacito. Como tocar la guitarra, torear y hacer el amor. Despacito. Las cosas ligeras no valen un duro».

 

 

[ Fragmento de: Alfredo Grimaldos. “Historia social del flamenco ]

 

*


 

viernes, 30 de septiembre de 2022

 

[ 243 ]

 

HISTORIA SOCIAL DEL FLAMENCO

 

Alfredo Grimaldos

 [ 02 ]

 

 

1

LA TRAGICOMEDIA FLAMENCA

(…)

 

 

HERMANOS DE CANTE

 

Y así se fueron haciendo cantaores. Unas veces, José iba a Chiclana con los taxistas, y otras, Rancapino se acercaba a La Isla en los autobuses amarillos que unían ambos pueblos. «A las once de la noche cogíamos el último canario y nos íbamos para San Fernando. Yo me tenía que quedar toda la noche en la Venta de Vargas, para buscarme la vida. Camarón era todavía muy pequeño y yo le decía que se quedara un ratito conmigo, que después lo acompañaría hasta la calle del Carmen, a su casa. Y María, la propietaria de la venta, se enfadaba: “¡Me vas a meter en un lío con este crío aquí, que es muy chico!”. A las dos de la noche empezaban a venir los señores y nos mandaban llamar a Manuel, el hermano de Camarón, a Pablito de Cádiz, a mí... En aquella época, El Chato de la Isla ya estaba en Madrid. Entonces yo decía: “Ojú, tengo un primo que canta más bien...”. “¿Dónde está, ahí?, pues llámalo”. Y después de que Camarón cantara, ya no podíamos salir ninguno. Se quedaba la fiesta para él solo, porque volvía loca a la gente. “No sé qué biógrafo de José dice que él cantó en un tren pidiendo. Mentira, Camarón no pidió ni en tren, ni en tranvía, ni en autobús. No saben lo que dicen».

 

Se entusiasma cuando recuerda sus andanzas con José. Comienza a hilar una tras otra, sin fin. No pierde ocasión de ensalzar la figura de su amigo desaparecido, relegándose él a un modesto segundo plano en todos los relatos. «En otra ocasión, antes de venirme a Madrid, me pasó una cosa muy curiosa —señala, y se ríe con ganas—. Resulta que yo me iba a un espectáculo con Miguel de los Reyes y Enrique Montoya, porque a Pansequito lo habían llamado para la mili. Yo tenía que sustituirle cantando a cuatro bailaoras por alegrías: “Que le llaman relicario, / a Cái no le llama Cái...”». Y de nuevo, el arranque ilustrativo hace que se revolucione la barra de El Manteca.

 

«Me contrataron para trabajar en el teatro de Las Cortes, en San Fernando —retoma otra vez el hilo de la narración—. Como José estaba siempre conmigo, le dije que se viniera al día siguiente, para ver si también podía trabajar él. Total, que aparecimos los dos y le dije a Miguel de los Reyes: “Mira, aquí está mi primo Camarón, que canta muy bien”. Y después de escucharle, me suelta Miguel: “Rancapino, tú vienes hasta Ceuta nada más. Después, nos acompaña este chaval”. Me volví hacia Camarón y le dije: “Le estoy cogiendo una manía al marisco...”». Lógicamente, ninguno de los dos se quedó en tierra, embarcaron en la gira juntos. «Sólo teníamos una chaqueta para salir a actuar, y el primero que se levantaba era el que se la ponía», añade el cantaor chiclanero.

 

Rancapino le llevaba algo más de cuatro años a Camarón, pero todo un siglo en picardía. Él era quien buscaba las fiestas, el que ajustaba los precios y quien olfateaba las encerronas en las que no había ni un duro. Su prematura experiencia vital en la calle y un enorme talento natural le han permitido adelantarse siempre a los acontecimientos. Pero las circunstancias le han sido muy adversas y ha levantado la cabeza a duras penas. Y eso que sus cantes son una verdadera joya. Camarón siempre le llamó El Viejo, por su sabiduría. José conoció a la que sería su mujer, Dolores Montoya, La Chispa, gracias al chiclanero, que fue pretendiente, durante un tiempo, de una de las hermanas mayores de ella, en La Línea de la Concepción.

 

 

 

CON LOLA FLORES Y CURRO ROMERO

 

«Una vez, estábamos los dos contratados para cantar en una caseta de la Feria de Sevilla —recuerda otra anécdota Rancapino—. Antes de llegar, nos encontramos con unas gitanitas que iban cantando y bailando por la calle, y nos fuimos detrás de ellas. Cuando nos quisimos dar cuenta, eran ya más de las cuatro de la mañana. Llegamos a la caseta y nos encontramos en la puerta con un gachó muy grande, que le dijo a Camarón: “No te doy una hostia porque eres muy pequeño, y de aquí te marchas ahora mismo”. Entonces le contesté: “Mire usted, si se va mi primo, yo me voy también”. Y me dijo: “Tú, ni haber venido”». Sin demasiada pena, se fueron a dar una vuelta por la feria y, de repente, escucharon una juerga de las buenas en otra caseta, a las seis o las siete de la mañana. Rancapino levantó las cortinillas y vio que dentro estaban nada menos que Lola Flores, Gitanillo de Triana y Curro Romero. «El que llevaba la fiesta era Picoco, que me conocía, y nos dejó entrar. Por la gloria de mi madre, si miento, cuando Lola escuchó a Camarón eso de “Devuélveme el rosario de mi madre y quédate con todo lo demás”, se cayó de la silla. Era la primera vez que le oía cantar. Y ya, no veas, Gitanillo se partió la camisa y salió bailando por bulerías. Entonces yo le dije a El Pinto, un bailaor que venía con nosotros: “Antes de que Camarón empiece otra vez, te voy a cantar un poquito, para justificarnos”. Y salí por bulerías: “Me duele la boquita, prima, de decirte...”. Cuando terminó la fiesta, se vino el dueño de la caseta para mí y me preguntó que cuántos éramos. Íbamos tres, pero yo le dije que diez, y me dio diez mil pesetas. Camarón estaba sentado en las faldas de Lola. Él tenía entonces unos trece años, era chiquitillo, muy bonito. “Ella le hizo un regalo a escondidas, pero yo me di cuenta. He estado en las fiestas desde niño y siempre he sido muy pillín. Le dio mil duros y Camarón

se los guardó. Cuando fuimos a repartir, le dije: “Si tú te guardas eso, yo me quedo con todo esto”».

 

Fue también en la Feria de Sevilla donde Rancapino conoció en persona a su admirado Juan Talega. «Yo sabía de él sólo por los discos» —explica—. Es el que más me ha gustado; compraba todo lo que él había grabado cuando yo no tenía todavía ni tocadiscos. El día que le vi en la caseta de la Feria, le dije a Camarón: “José, mira, ese gitano es Juan Talega”. Entonces todavía no conocíamos tampoco a Antonio Mairena. Me fui para Talega y le dije: “¿Tío, le importa que me haga una fotografía con usted?”. Y me contestó: “Claro, sobrino”. Llamé a Camarón y Talega llamó a Mairena: “Ven, Antonio, que nos vamos a hacer una fotografía con estos gitanitos”. Antonio Mairena estaba hablando con el hijo de Manuel Torre, Tomás. Y nos hicimos la foto con ellos, La Perla y todos los demás». Aquella instantánea se convertiría en un valioso documento y hoy se puede encontrar, enmarcada, en numerosas peñas flamencas.”

 

Ese día, nosotros no nos atrevimos ni a abrir la boca —prosigue Rancapino—. La primera vez que Antonio Mairena escuchó a Camarón fue en Sevilla, pero más tarde, en La Campana, estaba Paco Valdepeñas y le dijo: “Antonio, vas a escuchar a un niño de La Isla, verás cómo canta”. Y cómo cantaría Camarón, que salió Mairena bailando, sin guitarra ni nada, sólo con palmas».

 

Cuando Rancapino hizo su primer viaje a Madrid, en busca de trabajo, el cantaor tenía diecisiete años recién cumplidos. Llegó desde Chiclana en el camión de pescado de un amigo, que lo depositó en el mercado de la Puerta de Toledo, con todo el aroma de la bahía gaditana encima y sin un duro. Entonces trabajaban en Las Brujas su hermano Orillo y El Chato de la Isla. Hacia allí se encaminó el cantaor con la intención de hacerse un hueco en el cuadro. El camionero le tuvo que prestar dinero para el taxi. Cuando hizo, como prueba, el «Carcelero, carcelero», de Caracol, el propietario del establecimiento le contrató inmediatamente, para que lo cantara todas las noches, por 150 pesetas diarias. «Por el tablao venía un señor al que decían don Saturio, que era uno de los dueños de Kelvinator, lo de las neveras. Una noche nos invitó a su finca. Allí había un tentadero y, como además del cante, a mí me gustaba mucho el toro, y lo sabían, tuve que saltar al ruedo. La vaca me dio una paliza y me cagó encima. Hasta tiraba bocados. Ojú, qué fatigas pasé»…

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: Alfredo Grimaldos “Historia social del flamenco” ]

 

*

 

jueves, 29 de septiembre de 2022

 

[ 242 ]

 

HISTORIA SOCIAL DEL FLAMENCO

 

Alfredo Grimaldos

 [ 01 ]

 

1

LA TRAGICOMEDIA FLAMENCA

 

 

Con el caray, caray, caray,

hay que ver las cosas

que pasan en Cái,

que ni la jambre la vamo a sentí,

¡mire usté que grasia

tiene este país!

(Bulerías de Cádiz)

 

 

«El flamenco no se aprende en una academia, se canta con faltas de ortografía», asegura Rancapino, uno de los últimos cantaores clásicos. Gitano de la vieja escuela, el cante constituye para él una filosofía y una forma de vida. Camarón, su inseparable amigo de correrías infantiles, le llamaba El Viejo. Artista de artistas, el reconocimiento de la gran afición flamenca le ha llegado tardíamente.

 

Comenzó cantando y bailando «al plato» en los bares de su Chiclana natal y se ha convertido en un flamenco de culto. Relata la tragicomedia de su vida con la amarga lucidez de un pícaro superviviente. «El cante “aprendido” no duele», asegura. Y para comprobar la certeza de esa rotunda afirmación, sólo hay que escucharle soltar la voz, por lo bajini, en la barra del bar El Manteca —gloria de la hostelería gaditana—, recreando los ecos de Juan Talega o Manolo Caracol. Su ilustrativo y espontáneo arranque desata la pasión de la concurrencia. Es uno de los personajes más conocidos y queridos de la bahía de Cádiz. Ya quedan pocos flamencos tan auténticos como este gitano, nieto de La Obispa y miembro de una familia que atesora el arte en la sangre: «Yo nací cantando, esto no se aprende. Para poder improvisar, hay que llevarlo dentro. El cante gitano tiene unos reflejos que son difíciles de captar y controlar. Hay veces que parece que se te va a ir, pero lo recoges».

 

Era aún un chiquillo que levantaba pocos palmos del suelo cuando comenzó a buscarse la vida en la calle, y desde entonces no ha parado de pelear. «He pasado muchas fatigas, de niño, comiendo las cáscaras de las naranjas y mendrugos de pan duro... —recuerda—. En mi calle había un niño, hijo de la panadera, que salía todas las tardes con media telera untada de manteca colorá. Y yo, que estaba esmayao, le decía: “Venga, Paco, vamos a jugar a la viyarda”. Empezaba yo primero, le daba al palo y no veas dónde lo mandaba. Mientras él iba a recogerlo, yo le sujetaba el bocadillo, y cuando volvía, ya sólo quedaba un chusco».

 

Prosigue su relato con cierto poso de amargura, pero sin que se le borre la sonrisa de la boca: «Fíjate, en verano, con el calor que hacía, cargar haces de leña siendo tan pequeño. Me iba con los de un camión a recoger leña al campo, porque me daban parte de su bocadillo. Iba subido al vehículo por fuera de la cabina, agarrado a la puerta. Y ese camión dando saltos por medio del campo. El conductor me hacía cosquillas en las orejas con un palo y yo no me podía soltar; hasta me hacía heridas. Ellos se reían. Todavía me ocurren cosas muy desaborías».

 

 

VOZ RONCA Y NUDILLOS ENCALLECIDOS

 

Sus nudillos están encallecidos de hacer compás miles de veces en los mostradores, de soltar la voz en los bares, sin guitarra, marcándose él mismo los tiempos. Asegura que esa dolorosa escuela de la vida es la que le ha hecho expresarse como él lo hace. Con una capacidad comunicativa estremecedora. Su inconfundible voz opaca —justita, no necesita más— es la idónea para acariciar los tercios en sus tonos bajos. Rehuye con sabiduría el grito estridente y es capaz de mecer al aficionado entre la queja trágica de la seguiriya y la dulzura vitalista de los aires salineros por alegrías. Lo atesora todo: conocimiento, un sonido flamenquísimo y compás natural. «Al cante de verdad no se le da su sitio —se queja—. Los dineros se los lleva el que no sabe abrir la boca, ni duele cantando, ni nada. Los que han aprendido con discos. Y uno, que lleva toda la vida en esto...».

 

«Tengo la voz ronca de haber andado tanto tiempo descalzo», afirma con semblante serio. Se expresa con absoluta precisión, proporcionando titulares constantemente. Su exquisito lenguaje metafórico no necesita dar vueltas innecesarias. Posee una irónica y cruda capacidad narrativa que lo convierte en un cronista de la talla de El Lazarillo de Tormes. «Aquí no me tires fotos, que luego me cae Hacienda en todo lo alto», bromea en la puerta de un banco madrileño, donde va a cobrar un talón de Autores. Antes, casi ningún flamenco registraba sus obras y, claro, no se cobraban los derechos que generaban sus creaciones, pero eso, afortunadamente, ha cambiado bastante. Al salir de la oficina bancaria, con los «derechos» en el bolsillo y la cara iluminada, nos cuenta un breve chiste: «Un gitano que va a un banco y le dice el director: “¿Cuánto necesitas?”. Y le contesta el gitano: “¿Cuánto hay ahí?”».

 

«Los artistas estamos ahora mejor, pero el flamenco, no —precisa Rancapino—. Los jóvenes se van a lo comercial. Eso es lo que está de moda, no el cante puro. Los chavales están muy ilusionados con los grupos y eso, pero lo que hacen no debería llamarse flamenco, porque es otra música. ¿Qué tienen que ver Maíta vende Cá o Navajita Plateá con una soleá de Manolo Caracol, una seguiriya de Manuel Torre o unas bulerías de Camarón? Lo que hacen es desvirtuar la pureza flamenca y confundir a la gente».

 

 

 

ERRANTE POR SU CHICLANA

 

Alonso Núñez Núñez nació en la localidad gaditana de Chiclana de la Frontera, en un hogar gitano donde se respiraba flamenco. Su nombre de hidalgo medieval fue herencia de un tío suyo, y lo de Rancapino, el apelativo familiar que siempre ha utilizado como nombre artístico, se lo puso un vecino. «De chiquitillo, yo estaba corriendo en cueros a todas horas —recuerda—. Como tenía la piel muy renegrida, un gitano de Chiclana, El Mono, me decía siempre: “¿Dónde vas, que pareces un pino quemado?”».

 

Su abuela, La Obispa, se convirtió en la primera referencia artística del joven Alonso. Ella nunca fue profesional, pero cantaba muy bien, con mucha personalidad, y en cualquier momento se encontraba dispuesta a animar las fiestas y reuniones familiares. La Perla de Cádiz se tiraba días enteros escuchando sus cosas, y de ella cogió algunos tercios de bulerías que ya son inmortales, como ese de «Páseme usted el Estrecho, que lo mando yo...». Una letra que también interpreta habitualmente Rancapino.

 

El padre del cantaor contaba con escasos recursos económicos para sacarles adelante a él y a sus siete hermanos, así que el joven Alonso tuvo que echarse a la calle muy pronto: «Yo tenía nueve años y mucha hambre cuando empecé a buscarme la vida. Entonces bailaba “La Raspa” y me daban una gorda o un real. También hacía el cochinito, imitando el ruido de los cerdos, y como yo era muy chico, a la gente le hacía gracia. Así me crié, errante por mi Chiclana. En algunos bares, cuando iba a cantar o bailar, me agarraba el dueño por una oreja y me sacaba. “¡Fuera de aquí, que eres muy feo!”, me decía, y me tiraba a la calle como si fuera un gato».

 

Pronto conoció a Camarón, que era cuatro años más joven que él. «Mi tía Juana, su madre, venía a Chiclana a vender las alcayatas gitanas que hacía su marido, Luis, pariente de mi padre. Las llevaba a una ferretería que se llamaba Olmo. Como yo, de chiquitito, andaba por todas las calles, cuando la veía, le decía que me quería ir con ella, porque al llegar a La Isla, siempre me daba un dulce o un trozo de pan con manteca colorá. Y para mí eso era una delicia. Yo les caía muy bien a los padres de Camarón, les hacía mucha gracia: tan pequeño, muy feo y con mi flequillo...».

 

Otras veces era el padre de Camarón el que visitaba Chiclana, acompañado por sus amigos El Gafas y Currito, dos gitanos de La Isla muy populares. La relación entre José y Alonso continuó estrechándose. «Mi tío Luis padecía asma y tenía que echarse aire con un aparato, pero cantaba muy bien, sobre todo por seguiriya —recuerda con nostalgia Rancapino—. Algunas de las veces que venía a mi pueblo, se traía a Camarón. Cuando ya había tomado unos vinos, cogía a José, que era muy pequeñito, y lo sentaba en el mostrador. Y Camarón le cantaba a su padre por bulerías y fandangos».

 

Con doce años, Camarón ya iba solo a Chiclana, en busca de Rancapino. Le llevaba hasta allí algún taxista de La Isla de San Fernando, a cambio de un cantecito. Una vez juntos, los dos amigos se dirigían, invariablemente, hacia el establecimiento de Miguel Pérez, un barbero muy aficionado al flamenco. «Como a José le gustaba tanto tocar la guitarra, enseguida cogía la de Miguel y empezábamos a cantar en la barbería —rememora Rancapino—. No veas, aquello se llenaba de gente, hasta la calle. Camarón me decía que iba a cantar un fandango de Valderrama, y se ponía a imitarle. Después hacía un fandango de Porrina, y al final, decía que iba a cantar como su primo Rancapino, y me imitaba a mí. Era un artista especial. Muy grande»…

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: Alfredo Grimaldos. “Historia social del flamenco” ]

 

 

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miércoles, 15 de diciembre de 2021



[ 042 ]

 

La CIA se hace pasar por  Michael Jordan

 

“En algunas ocasiones, los hombres de los servicios de información españoles reciben ofertas mucho más explícitas de la CIA para ponerse a su total servicio. Con Manuel Fernández Monzón llegan a hacer un intento de reclutamiento que no prospera. «Después de que se publicara por primera vez en la prensa una lista con los nombres de algunos miembros de la CIA en Madrid, cuando querían verte, te citaban fuera de España», relata.

 

«A mí me citan en Burdeos, en un hotel, y cuando subo a la habitación convenida, me encuentro con cinco tíos de la CIA con el polígrafo preparado. Es lo que utilizan para hacer la prueba a la gente que quieren contratar, así intentan asegurarse de que no les mienten. Me propusieron ir a Latinoamérica, pero les dije que no. Era el año 1984. Y ahí quedó la cosa. Un mes después, me llaman del banco diciéndome que se ha recibido una transferencia a mi favor de un millón de pesetas, que era un dinero en aquella época. Pregunté quién la había hecho y me dijeron que estaba enviada a nombre de Michael Jordan, la estrella mundial del baloncesto, que entonces estaba empezando a ser famoso. Después, ya no volví a tener noticias de ellos».

 

(Alfredo Grimaldos, ‘La CIA en España’)

 

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jueves, 7 de octubre de 2021



[ 008 ]

 


- ¿Es la CIA?...

- (Top secret)

- Que se ponga…

 

“...El SECED expide en 1974 los pasaportes que permiten a Felipe González y los suyos viajar a Francia, y escolta al emergente político sevillano hasta Suresnes, donde alcanza la Secretaría General del partido. El sector histórico encabezado por Rodolfo Llopis queda fuera de juego. Los oficiales del SECED José Faura y Juan María Peñaranda tienen un destacado papel en esos acontecimientos. «El primero de ellos está considerado como uno de los ángeles de la guarda del PSOE.  Parece que, personalmente, propició la asistencia de Felipe González al congreso de Suresnes en 1974», señala el coronel Arturo Vinuesa. «Si fue así, más tarde esos ángeles obtuvieron su recompensa cuando el PSOE alcanzó el poder, llegando a los más altos puestos de la milicia». Ambos acceden al generalato, y José Faura Martín llega hasta la cima del escalafón, teniente general y jefe del Estado Mayor del Ejército, en 1994, con Felipe González como presidente del Gobierno. «Desde el servicio se convence a Nicolás Redondo, padre, de que deje paso a Felipe González y él se quita de en medio, compartiendo que es buena idea abrir camino a gente joven del interior», asegura el general Fernández Monzón, y prosigue: «Allí en Suresnes hubo mucha gente. Había más policías y miembros de los servicios de información que socialistas»”

 

(Alfredo Grimaldos. ‘La CIA en España)

 

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