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miércoles, 14 de diciembre de 2022

 

[ 298 ]

 

ADIÓS, MUÑECA

 

Raymond Chandler

 

 

“ (…) El indio olía mal. El olor me llegaba ya desde el otro lado del antedespacho cuando sonó el timbre y abrí la puerta intermedia para ver quién era. Sólo había avanzado un paso más allá de la puerta del pasillo y daba toda la sensación de estar tallado en bronce. Era un hombre grande de la cintura para arriba y de pecho poderoso. Tenía, por lo demás, aspecto de vagabundo.

 

Llevaba un traje marrón del que la chaqueta era demasiado pequeña para sus hombros y el pantalón probablemente le quedaba demasiado justo en la entrepierna. Por lo que respecta al sombrero —dos tallas más pequeño como mínimo—, alguien a quien le sentaba mejor lo había sudado a conciencia. El indio se lo colocaba más o menos a la altura que una casa la veleta. El cuello de la camisa lo llevaba tan suelto como un caballo la collera y tenía aproximadamente el mismo tono marrón sucio. Por fuera de la chaqueta abotonada le colgaba una corbata; una corbata negra en la cual, con ayuda de unos alicates, alguien había conseguido hacer un nudo del tamaño de un guisante. En torno a su magnífica garganta descubierta, por encima del sucio cuello, llevaba un ancho trozo de cinta negra, como una anciana que intentara disimular las arrugas.

 

Tenía una cara grande y plana y una carnosa nariz aguileña que parecía tan dura como la proa de un crucero. Ojos sin párpados, mofletes caídos, hombros de herrero y las piernas cortas y en apariencia torpes de un chimpancé. Más adelante descubrí que sólo eran cortas. Limpiándolo un poco y vestido con un camisón blanco podría haber pasado por un senador romano muy perverso.

 

Su olor era el olor telúrico del hombre primitivo y no el de la porquería viscosa de las ciudades.

—¡Eh! —dijo—. Venir deprisa. Venir ahora.

 

Retrocedí hacia mi despacho moviendo el dedo y él me siguió haciendo el mismo ruido que hace una mosca al andar por la pared. Me senté detrás de mi escritorio, hice crujir mi silla giratoria profesionalmente y señalé el asiento del otro lado, reservado para los clientes. No se sentó. Sus ojillos negros eran hostiles.

—¿Ir dónde? —dije.

—Yo Segunda Siembra. Yo indio de Hollywood.

—Tome asiento, señor Siembra.

 

Resopló y se le ensancharon mucho las ventanas de la nariz. Ya antes eran tan grandes como ratoneras.

—Nombre Segunda Siembra. Nombre no señor Siembra.

—¿Qué puedo hacer por usted?

 

Alzó la voz y, logrando una resonancia cavernosa, empezó a entonar:

—Él dice venir deprisa. Gran jefe blanco dice venir deprisa. Dice a mí llevarle en carro de fuego. Dice…

—De acuerdo. Deje el latín macarrónico. No soy una maestrita en la danza de la serpiente.

—Pamplinas —dijo el indio.

 

 

Nos miramos despectivamente el uno al otro por encima de la mesa durante un rato. El indio lo hacía mejor. Luego se quitó el sombrero con infinita repugnancia y le dio la vuelta. Pasó un dedo por debajo de la badana, con lo que consiguió volverla, sacándola de la copa con todo el sudor acumulado. Retiró un clip sujeto en el borde y arrojó sobre la mesa un envoltorio de papel de seda. Lo señaló muy enfadado, con una uña mordida hasta la carne viva. Su pelo lacio presentaba una depresión muy arriba, en todo su perímetro, a causa de lo apretado del sombrero.

 

Desenvolví el papel de seda y dentro encontré una tarjeta de visita que no era ninguna novedad para mí. Había encontrado tres, exactamente iguales, en la boquilla de tres cigarrillos, rusos en apariencia.

 

Jugueteé con mi pipa, miré fijamente al indio y traté de intimidarlo con la mirada, pero no dio sensación de ponerse más nervioso que una pared.

—De acuerdo, ¿qué es lo que quiere?

—Quiere que usted venir deprisa. Venir ahora. En carro…

—Pamplinas —dije.

 

Al indio le gustó aquello. Cerró la boca despacio, guiñó un ojo con mucha solemnidad y luego sonrió casi.

 

Le va a costar además cien pavos como anticipo —añadí, procurando dar la impresión de que se trataba de una moneda de cinco centavos.

—¿Eh? —De nuevo desconfiado. Tenía que limitarme al inglés básico.

—Cien dólares —dije—. Machacantes. Plata. Pavos hasta sumar cien unidades. Yo no dinero, yo no ir. Capisci?

Empecé a contar cien con las dos manos.

 

Mi visita volvió a explorar la grasienta badana del sombrero y arrojó otro envoltorio de papel de seda sobre la mesa. Lo abrí. Contenía un billete completamente nuevo de cien dólares.

 

El indio se encasquetó el sombrero sin molestarse en volver a poner la badana dentro de la copa. El resultado sólo era ligeramente más cómico. Yo, por mi parte, me quedé mirando el billete de cien dólares con la boca abierta.

 

—Más que médium, adivino —dije por fin—. Un tipo tan listo me da miedo.

—No tener todo el día —señaló el indio, adoptando un tono coloquial.

 

Abrí un cajón de la mesa y saqué un Colt automático del 38, del tipo conocido como Super Match. Lo había llevado para ir a visitar a la señora de Lewin Lockridge Grayle. Me quité la chaqueta, me coloqué la funda sobaquera, metí el revólver, abroché la correa inferior y me puse otra vez la americana.

 

El indio pareció tan impresionado como si me hubiera rascado el cuello.

—Tener coche —dijo—. Coche grande.

—Los coches grandes han dejado de gustarme —dije—. Tener coche propio.

—Ir en mi coche —dijo el indio con tono amenazador.

—Ir en su coche —respondí yo.

 

Cerré con llave los cajones del escritorio y la puerta del despacho, desconecté el timbre y salí, dejando como siempre la posibilidad de que quien quisiera esperar pudiera entrar en el antedespacho. Recorrimos el pasillo y descendimos hasta la calle en el ascensor. El indio olía. Hasta el ascensorista se dio cuenta…”

 

 

 

[ Fragmento de: Raymond Chandler / "Adiós, muñeca" ]

 

*

martes, 4 de octubre de 2022

 

 [ 247 ]

 

A MIS MEJORES AMIGOS NO LOS HE VISTO NUNCA

 

Raymond Chandler

 

 

EL HÉROE NOTABLE

[1911]

 

 

No se ha desvanecido todavía del recuerdo de los vivos la época en que el héroe de una novela típica tenía que ser, si no una persona con título, al menos miembro de una familia tolerable. Si, en sus días de riqueza, no poseía un criado, o si al abandonar la casa derrotado por los problemas no le regalaba su último céntimo al jefe de jardineros, no era probable que tuviera muchos admiradores. El esnobismo de esos días no era mayor que el esnobismo de nuestros días, pero era mucho más simple y más directo. Exigía, con toda honestidad, en nombre del lector de clase media, alternar con sus superiores sociales. Y no puede negarse que tenía toda la razón; si un hombre no puede elegir su compañía ni siquiera en las novelas, las cosas están mal. Pero, sea como sea, la distinción del héroe de aquel entonces estaba del lado del nacimiento y la crianza. Las circunstancias podían obligarlo a asociarse con cargadores de carbón, pero aun cuando su chaqueta tuviera los codos brillantes, el cochero lo llamaba «Señor». Cuando le decía a la casera de su humilde alojamiento que había heredado un marquesado y una renta de cuarenta mil libras al año, ella siempre le recordaba que desde el primer momento lo había tenido por un «caballero genuino». Su cerebro podía ser de escasa calidad (de hecho, solía serlo) pero sus modales eran de lo mejor. Podía no saber cómo hacer frente al complot más infantil en su contra, pero invariablemente sabía qué hacer con las manos en un salón, un problema que ha causado más perplejidad que los enigmas de la vida y la muerte.

 

En nuestros tiempos, en cambio, los buenos modales suelen dejarse en manos del villano, como una propina sin importancia. El héroe, en lo que respecta a su posición social, puede ser cualquiera. Puede sorberse los mocos, puede ser un pelmazo, puede ignorar las reglas más elementales de la conducta cortés. La simple decencia ya no es en absoluto un requisito necesario. Si es demoníacamente feo, sus aventuras serán tanto más picantes. Incluso puede ser deforme, y su vida se venderá a decenas de miles. “Puede ser bizco, cojo, puede usar ropa no hecha a medida, puede fumar en la iglesia, puede disparar a los zorros, puede burlarse de las mujeres y desdeñar a los ancianos, puede hacer cualquiera de esas cosas prohibidas, por hacer la menor de las cuales le retiraríamos el saludo a nuestro amigo más querido, y aun así puede hechizar a voraces multitudes. No nos importan nada su ropa ni sus modales ni sus antecedentes ni sus acciones; en esos aspectos todos somos tolerantes. Pero hay una cualidad que le pedimos: debe ser una persona notable. Importa muy poco dónde se apoya su destino: en el arte, las finanzas, el deporte, la política, la exploración, el galanteo o el crimen, pero su intelecto debe tener la hechura de los grandes.

 

El motivo superficial no debe buscarse muy lejos. Expulsado a fuerza de sátiras de su vieja, honesta y práctica reverencia por el rango y la riqueza, el lector corriente tiene que satisfacer su innata humildad mirando desde abajo a un superior intelectual. Al prohibírsele actuar como un adulador del aristócrata, se permite a sí mismo adorar a la prima donna, al estadista brillante, al jactancioso filibustero o al sutil maestro de la intriga. Como ya no puede deleitarse con la conversación de un duque, acepta la conversación de un eminente ladrón. Y dado que, por ligero que haya sido su conocimiento de los círculos aristocráticos, su conocimiento de los hombres de genio es menor aún, rara vez puede detectar el fraude del que es víctima con tanta frecuencia. Puede tener cierta idea de cómo se comportaría un duque en una situación dada, pero un hombre de genio está por encima de las leyes, y en consecuencia sus acciones son imprevisibles. De modo que el lector toma, con los ojos cerrados y la boca abierta, cualquier cosa que el jornalero novelista quiera ofrecerle en materia de héroes inspirados. No sabe que el gran detective al que tanto admira se parece tan poco a cualquier posible gran detective como se parece a un oso hormiguero patagónico; esas acciones misteriosas e incomprensibles no pasan, como deberían, por los esfuerzos bienintencionados, si bien un tanto inútiles, de un autor mediocre por simular inspiración, sino por las insondables profundidades de un semidiós. Cuanto más extraordinarias son, más convencido queda el lector de la calidad de genuino de su héroe. Como resultado, uno lee sobre un gran autor realista que estudia sus situaciones secuestrando gente, y forzándola a actuar para él; o encuentra a un gran ladrón que vive, rodeado de objets d’art, en un castillo en una isla rocosa en medio del océano; o un gran poeta que, para buscar la inspiración, vaga como un orate por la faz de la Tierra durante meses, y al volver a su casa escribe cuatro días sin parar, y termina cayendo muerto sobre su obra maestra completa. La conveniencia, para un autor de segunda, de un público que acepte esas creaciones puede calcularse fácilmente. Si la extravagancia es un signo de genio, entonces es infinitamente más fácil retratar al genio que a la mediocridad. El hombre de la calle es perfectamente capaz de juzgar a su prójimo, pero para juzgar las extrañas facciones de un alma inspirada solo tiene la experiencia poco fiable de las pesadillas. Solo puede devorar, y extender sus manos inocentes pidiendo más. Y así crece la curiosa moda, hasta que lo notable se vuelve más común que lo corriente; resultado bastante divertido, si no nos detenemos a pensar con cuanta facilidad estas recetas muy sazonadas pueden destruir cualquier gusto remanente por los productos de un arte discreto y disciplinado.

 

 

[ Fragmento de: Raymond Chandler. “A mis mejores amigos no los he visto nunca” ]

 

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