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lunes, 15 de enero de 2024

 

[ 519 ]

 

LA INDUSTRIA DEL HOLOCAUSTO

 

Norman G. Finkelstein

 

( y 07 )

 

 

III.

La doble extorsión

 

La expresión «superviviente del Holocausto» designaba originariamente a aquellos que habían pasado por el excepcional trauma de soportar los guetos judíos, los campos de concentración y los campos de trabajos forzados, muchas veces por este orden. El número de personas que encajaban en esta definición de supervivientes del Holocausto cuando terminó la guerra suele situarse en torno a 100.000. Hoy día, la cifra de supervivientes que siguen con vida no puede superar la cuarta parte de la original. Haber sufrido los campos de concentración se convirtió en el martirio por excelencia y, por ello, muchos judíos que habían vivido en otros lugares durante la guerra se hicieron pasar por supervivientes de los campos. Esta superchería tuvo además otro motivo de índole material. El gobierno alemán de posguerra indemnizó a los judíos que habían vivido en guetos o en campos de concentración. Numerosos judíos reinventaron su pasado con objeto de satisfacer ese requisito para recibir una indemnización.

 

«Si todos los que hoy día aseguran ser supervivientes, lo son —solía exclamar mi madre—, ¿a quién mató Hitler?»

 

 

Muchos estudiosos han puesto en duda la fiabilidad de los testimonios de los supervivientes. «Un elevado porcentaje de los errores que descubrí en mi propio trabajo —comenta Hilberg— podía atribuirse a los testimonios». La desconfianza se halla incluso dentro de la industria del Holocausto, y, así, por ejemplo, Deborah Lipstadt observa con ironía que los supervivientes del Holocausto aseveran frecuentemente que fueron interrogados personalmente por Josef Mengele en Auschwitz.

 

Fallos de la memoria aparte, los testimonios de algunos supervivientes del Holocausto pueden ponerse en tela de juicio por otros motivos. Como a los supervivientes se les reverencia hoy día como si fueran santos profanos, nadie se atreve a poner en entredicho lo que dicen. Afirmaciones disparatadas se dan por buenas sin ningún comentario. Elie Wiesel recuerda en sus aclamadas memorias que, recién liberado de Buchenwald, cuando solo contaba dieciocho años, leyó «La crítica de la razón pura…, ¡no vayan a reírse!, en yidish». Aun sin tener en cuenta que el propio Wiesel confiesa que en aquella época «no tenía ni idea de gramática yídica», hay que decir que La crítica de la razón pura nunca se ha traducido al yidish. Wiesel también recuerda con toda suerte de intrincados pormenores a un «misterioso estudioso del Talmud» que «llegó a dominar el húngaro en dos semanas», solo para sorprenderle. Wiesel declara a un semanario judío que «muchas veces se queda ronco o pierde la voz» mientras lee en silencio libros, porque los lee «interiormente en voz alta». Y, ante un reportero del New York Times, rememora la ocasión en que le atropelló un taxi en Times Square. «Recorrí volando toda una manzana. El taxi me golpeó en la esquina de la Calle 45 con Broadway y la ambulancia me recogió en la Calle 44». «La verdad que ofrezco carece de adornos —dice Wiesel con un suspiro—, no sé hacerlo de otra forma».

 

En los últimos tiempos, la expresión «superviviente del Holocausto» se ha redefinido y ha pasado a designar no solo a quienes sufrieron a los nazis, sino también a quienes lograron huir de ellos. Lo que da cabida, por ejemplo, a más de 100.000 judíos polacos que encontraron refugio en la Unión Soviética tras la invasión nazi de Polonia. Sin embargo, «quienes vivieron en Rusia no recibieron un trato distinto del de los ciudadanos de ese país», observa el historiador Leonard Dinnerstein, mientras que «los supervivientes de los campos de concentración parecían muertos vivientes». Un participante de una web sobre el Holocausto afirmaba que, pese a que había pasado la guerra en Tel Aviv, era un superviviente del Holocausto porque su abuela murió en Auschwitz. A juzgar por los criterios de Israel Gutman, Wilkomirski es un superviviente del Holocausto porque su «dolor es auténtico». El departamento del Primer Ministro israelí ha situado recientemente la cifra de «supervivientes vivos del Holocausto» en cerca del millón. El motivo básico de esta revisión inflacionaria tampoco es difícil de hallar. Sería complicado apoyar la avalancha de nuevas solicitudes de indemnizaciones si solo siguieran con vida un puñado de supervivientes del Holocausto. De hecho, los principales cómplices de Wilkomirski estaban conectados de una manera u otra con la red de indemnizaciones del Holocausto. Su amiga de la infancia de Auschwitz, «la pequeña Laura», recibió dinero de un fondo suizo para las víctimas del Holocausto pese a que en realidad era una estadounidense asidua de los cultos satánicos. Los principales promotores israelíes de Wilkomirski participaban activamente en organizaciones relacionadas con las indemnizaciones por el Holocausto o estaban patrocinados por ellas.

 

La cuestión de las indemnizaciones nos ofrece una visión singular de la industria del Holocausto. Como hemos visto, al ponerse de parte de los Estados Unidos en la guerra fría, Alemania fue rápidamente rehabilitada y el holocausto nazi se olvidó. A pesar de todo, a comienzos de los años cincuenta, Alemania entabló negociaciones con las instituciones judías y suscribió diversos convenios de indemnización. Prácticamente sin presiones externas, Alemania ha pagado hasta el momento unos 60.000 millones de dólares en concepto de indemnización.

 

En primer lugar, compararemos este comportamiento con el de los Estados Unidos. Entre cuatro y cinco millones de hombres, mujeres y niños murieron como resultado de las guerras de EEUU en Indochina. Tras la retirada estadounidense, rememora un historiador, Vietnam tenía una desesperada necesidad de ayuda. «En el Sur quedaron destruidas 9.000 de las 15.000 aldeas, veinticinco millones de hectáreas de tierras de cultivo y doce millones de hectáreas de bosque, y murieron millón y medio de animales de granja; se calcula que había 200.000 prostitutas, 879.000 huérfanos, 181.000 discapacitados y un millón de viudas; las seis ciudades industriales del Norte estaban muy deterioradas, igual que las ciudades y capitales de provincia y que 4.000 de las 5.800 comunidades agrícolas». Sin embargo, el presidente Carter se negó a pagar ninguna indemnización y adujo que «la destrucción era recíproca». El secretario de defensa de Clinton, William Cohen, declaró que no veía la necesidad de «disculparse, ciertamente, por la guerra en sí», y opinó: «Ambas naciones han quedado heridas. Las dos tienen sus cicatrices de guerra. Nosotros, desde luego, tenemos las nuestras».

 

El gobierno alemán se propuso indemnizar a las víctimas judías mediante tres convenios diferentes suscritos en 1952. Los particulares que lo solicitaron recibieron pagos establecidos según lo dispuesto en la Ley de Indemnización (Bundesentschädigungsgesetz). Otro acuerdo independiente suscrito con Israel pretendía subvencionar la absorción y rehabilitación de varios centenares de miles de refugiados judíos. Al mismo tiempo, el gobierno alemán negoció un acuerdo económico con la Conferencia sobre Solicitudes Materiales Judías contra Alemania, donde se habían unido las principales organizaciones judías, incluidos el Comité Judío Americano, el Congreso Judío Americano, el Bnai Brith, el Comité Conjunto de Distribución y otros. El objetivo era que la Conferencia sobre Solicitudes Materiales asignase el dinero recibido —diez millones de dólares anuales durante doce años, o alrededor de mil millones de dólares según el cambio actual— a las víctimas judías de la persecución nazi que no se habían beneficiado debidamente del proceso de indemnización. Mi madre fue una de ellas. Pese a ser una superviviente del gueto de Varsovia, del campo de concentración de Majdanek y de los campos de trabajos forzados de Czestochowa y Skarszysko-Kamiena, mi madre solo recibió 3.500 dólares del gobierno alemán. Otras víctimas judías (muchas de las cuales no lo eran en realidad) recibieron pensiones vitalicias de Alemania, con lo que las cantidades totales que percibieron algunas de estas personas ascendían a cientos de millares de dólares. El dinero entregado a la Conferencia sobre Solicitudes Materiales iba destinado a las víctimas judías que habían recibido una indemnización mínima.

 

El gobierno alemán trató de establecer explícitamente en el convenio suscrito con la Conferencia sobre Solicitudes Materiales que los fondos solo se podrían destinar a los supervivientes judíos, definidos estrictamente, que habían sido injusta o inadecuadamente indemnizados por los tribunales alemanes. La Conferencia manifestó que consideraba una afrenta que se pusiera en duda su buena fe. Una vez culminado el acuerdo, la Conferencia sacó una nota de prensa en la que se ponía de relieve que el dinero se emplearía para «los judíos perseguidos por el régimen nazi a quienes la legislación vigente o en proyecto» no podía «proporcionar un remedio». Los términos definitivos del acuerdo exigían que la Conferencia emplease el dinero «para aliviar, rehabilitar y realojar a las víctimas judías».

 

La Conferencia sobre Solicitudes Materiales no tardó en anular el acuerdo. Incurriendo en una flagrante violación de la letra y del espíritu del mismo, la Conferencia destinó el dinero a la rehabilitación de las comunidades judías en lugar de a la rehabilitación de las víctimas judías. Hasta tal punto que una de las directrices que estableció prohibía que el dinero «se asignara directamente a individuos». Ahora bien, siempre barriendo para casa, la Conferencia eximió del cumplimiento de esta norma a dos categorías de víctimas: los rabinos y los «líderes judíos destacados» recibieron pagos individuales. Las organizaciones que componían la Conferencia sobre Solicitudes Materiales emplearon la mayor parte del dinero en financiar sus proyectos favoritos. Los beneficios que llegaron a recibir las verdaderas víctimas judías fueron indirectos o accidentales en el mejor de los casos[9]. Sustanciosas cantidades de dinero se desviaron hacia las comunidades judías del mundo árabe y facilitaron la emigración judía desde Europa del Este. Sirvieron asimismo para subvencionar actividades culturales como museos del Holocausto y cátedras universitarias para el estudio del Holocausto, y también un buque teatro del Yad Vashem donde se acogía a los «gentiles justos».

 

Más recientemente, la Conferencia sobre Solicitudes Materiales trató de adueñarse de las propiedades judías desnacionalizadas en la antigua República Democrática Alemana, cuyo valor asciende a centenares de millones de dólares y que, en justicia, corresponderían a los herederos judíos. Cuando los judíos defraudados por este y otros abusos comenzaron a atacar a la Conferencia, el rabino Arthur Hertzberg lanzó maldiciones a diestro y siniestro y se burló del asunto diciendo que no era una «cuestión de justicia», sino una «pelea por dinero». Cuando los alemanes o los suizos se niegan a pagar una indemnización, el cielo no es suficientemente grande para abarcar la justa indignación de la comunidad judía estadounidense organizada. Pero, cuando las elites judías roban a los supervivientes judíos, no se trata de un problema ético: es una simple cuestión de dinero.

 

Mi difunta madre solo recibió una indemnización de 3.500 dólares, pero otras personas han sacado pingües beneficios del proceso de indemnización. El sueldo anual declarado de Saul Kagan, secretario ejecutivo de la Conferencia sobre Solicitudes Materiales desde hace largo tiempo, es de 105.000 dólares. A la vez que atendía sus obligaciones en la Conferencia, Kagan fue declarado culpable de 33 cargos relacionados con la disposición ilícita de fondos y créditos cuando dirigía un banco neoyorquino. (La sentencia fue revocada tras múltiples apelaciones.) Alfonse D’Amato, exsenador de Nueva York, actúa de mediador entre los demandantes judíos y los bancos alemanes y austriacos y cobra sus servicios a razón de 350 dólares la hora más gastos. Durante los primeros seis meses dedicados a esta labor, D’Amato ganó 103.000 dólares. Anteriormente, Wiesel había alabado a D’Amato por su «sensibilidad hacia el sufrimiento judío». Lawrence Eagleburger, que fue secretario de Estado del presidente Bush, tiene un sueldo anual de 300.000 dólares en calidad de presidente de la Comisión Internacional de Seguros de la Era del Holocausto. «Se le pague lo que se le pague —opinó Elan Steinberg, del Consejo Judío Mundial—, es una verdadera ganga». Kagan se embolsa en doce días, Eagleburger en cuatro días y D’Amato en diez horas todo el dinero que mi madre recibió por haber sufrido seis años de persecución nazi.

 

Ahora bien, si se concedieran premios a los mercachifles del Holocausto más emprendedores, el primero se lo llevaría sin duda Kenneth Bialkin. Célebre líder de los judíos estadounidenses durante varios decenios, Bialkin dirigió la LAD y presidió la Conferencia de Presidentes de Grandes Organizaciones Judías Estadounidenses. Actualmente, representa a la compañía aseguradora Generali en contra de la Comisión Eagleburger a cambio de una «sustanciosa cantidad de dinero».

 

 

* * *

 

En los últimos años, la industria del Holocausto se ha convertido lisa y llanamente en una red de extorsión. En supuesta representación del mundo judío al completo, incluidos muertos y vivos, está reclamando los activos judíos de la era del Holocausto en Europa entera. Esta doble extorsión de los países europeos y de los legítimos reclamantes judíos, que ha sido adecuadamente denominada «el último capítulo del Holocausto», se marcó como primer objetivo Suiza. En primer lugar, pasaré revista a las alegaciones en contra de los suizos. A continuación, me remitiré a las pruebas que demuestran que buena parte de las acusaciones se basan en engaños y, además, podrían dirigirse más ajustadamente contra quienes las lanzan que contra quienes las reciben.

 

En mayo de 1995, con ocasión de la celebración del cincuentenario del final de la Segunda Guerra Mundial, el presidente de Suiza presentó formalmente disculpas porque su país hubiera negado refugio a los judíos durante el holocausto nazi. Más o menos en la misma época, volvió a plantearse la cuestión conflictiva latente desde hace largo tiempo del capital judío depositado en cuentas corrientes suizas antes y durante la guerra. En un reportaje ampliamente difundido, un periodista israelí citaba un documento —erróneamente interpretado, como luego se descubriría— donde se demostraba que los bancos suizos todavía tenían en depósito miles de millones de dólares ingresados por judíos en la era del Holocausto.

 

El Congreso Judío Mundial, organización moribunda hasta que lanzó una campaña denunciando como criminal de guerra a Kurt Waldheim, cogió al vuelo esta nueva oportunidad de revitalizarse. Suiza era una presa fácil, eso se había comprendido desde el principio. Serían pocos quienes simpatizarían con los ricos banqueros suizos enfrentados a los «supervivientes del Holocausto necesitados». Y, lo que era aún más importante, los bancos suizos eran altamente vulnerables a las presiones económicas de los Estados Unidos.

 

Edgar Bronfman, presidente del CJM e hijo de un miembro de la Conferencia sobre Solicitudes Materiales Judías, y el rabino Israel Singer, secretario general del CJM y magnate de los negocios inmobiliarios, se reunieron con los banqueros suizos a finales de 1995. Más adelante, Bronfman, heredero de la fortuna de la alcoholera Seagram (se calcula que su capital personal asciende a 3.000 millones de dólares), informaría modestamente a la Comisión de Banca del Senado de que hablaba «en nombre del pueblo judío», así como de «los seis millones, quienes no pueden hablar por sí mismos». Los banqueros suizos declararon que solo habían podido localizar 775 cuentas inactivas no reclamadas, que en conjunto sumaban 32 millones de dólares. Ofrecieron esta cantidad como base de las negociaciones con el CJM, que la rechazó por estimarla inadecuada. En diciembre de 1995, Bronfman hizo frente común con el senador D’Amato. Este último se encontraba en el peor momento de su popularidad, según las encuestas, y con una campaña electoral para el Senado a la vista, por lo que recibió con los brazos abiertos esta oportunidad de mejorar su posición en la comunidad judía, crucial por sus votos y llena de acaudalados donantes. Antes de conseguir que los suizos se dieran por vencidos, el CJM, trabajando con toda la gama de instituciones del Holocausto (incluidos el Museo Conmemorativo del Holocausto de EEUU y el Centro Simon Wiesenthal), movilizó a la clase política estadounidense al completo. El presidente Clinton, que enterró el hacha de guerra ante D’Amato (aún estaban celebrándose las audiencias sobre el caso Whitewater) para prestar su apoyo, once organismos del Gobierno Federal, así como el Congreso y el Senado, y también numerosos gobiernos estatales y locales del país, todos ellos recibieron presiones de ambos partidos mayoritarios hasta que, uno tras otro, los cargos públicos se prestaron a denunciar a los pérfidos suizos.

 

Empleando como trampolín las Comisiones de Banca de la Cámara y del Senado, la industria del Holocausto orquestó una desvergonzada campaña de difamación. La prensa, infinitamente complaciente y crédula, estaba dispuesta a ponerle titulares gigantes a cualquier noticia relacionada con el Holocausto, por muy disparatada que fuera, y, gracias a ello, la campaña de denigración resultó imparable. Gregg Rickman, principal asesor legislativo de D’Amato, se jacta en un libro que escribió al respecto de que a los banqueros suizos se les obligó a comparecer «ante el tribunal de la opinión pública, donde nosotros controlábamos el orden del día. Los banqueros estaban en nuestro terreno y, convenientemente, éramos juez, jurado y ejecutor». Tom Bower, importante investigador de la campaña contra tante investigador de la campaña contra los suizos, comenta que la solicitud de D’Amato de que se celebrasen audiencias fue «un eufemismo para designar un juicio público o un tribunal de pacotilla»…

 

 

[ Fragmento de: Norman Finkelstein. “La industria del Holocausto” ]

 

*

martes, 2 de enero de 2024

 

[ 515 ]

 

LA INDUSTRIA DEL HOLOCAUSTO

 

Norman G. Finkelstein

 

( 06 )

 

 

1.

HOLOCAUSTO

EMPIEZA A ESCRIBIRSE CON MAYÚSCULAS

 

 

 

2. Embaucadores, mercachifles y un poco de historia

 

(…)

 

Poco después de que las conclusiones críticas del autor de estas líneas se publicasen en la New Left Review, Metropolitan, una editorial de Henry Holt, decidió recopilar ambos ensayos y publicarlos en un solo volumen. En un artículo de primera página, Forward comunicó entonces que Metropolitan estaba «preparándose para sacar un libro de Norman Finkelstein, notorio oponente ideológico del Estado de Israel». Forward actúa en los Estados Unidos como principal defensor de lo «políticamente correcto» con respecto al Holocausto.

 

Alegando que «la descarada tendenciosidad y las audaces afirmaciones de Finkelstein […] están irreversiblemente contaminadas por su postura antisionista», Abraham Foxman, que dirige la LAD, apelaba a Holt para que renunciase a publicar el libro:

 

«La cuestión […] no es si la tesis de Goldhagen es correcta o incorrecta, sino qué se puede considerar una “crítica legítima” y qué rebasa los límites». «Saber si la tesis de Goldhagen es correcta o incorrecta —le respondió la codirectora de Metropolitan, Sara Bershtel— es precisamente la cuestión».

 

Leon Wieseltier, editor literario de la publicación proisraelí The New Republic, se dirigió personalmente al presidente de la empresa de Holt, Michael Naumann.

 

«No sabe usted cómo es Finkelstein. Es veneno puro, es uno de esos repugnantes judíos que se odian a sí mismos, un auténtico bicho».

 

Tras declarar que la decisión de Holt era una vergüenza, Elan Steinberg, director ejecutivo del Congreso Judío Mundial, opinó: «Si quieren dedicarse a la recogida de basuras, deberían protegerse con uniformes especiales».

 

«Era la primera vez que experimentaba —rememoraría más adelante Naumann— un intento semejante, por parte de terceros interesados, de desprestigiar públicamente una obra a punto de ver la luz». El destacado historiador y periodista israelí Tom Segev observó en Haaretz que la campaña de desprestigio rayaba en «el terrorismo cultural».

 

En su calidad de historiadora jefe de la Sección de Crímenes de Guerra y Crímenes contra la Humanidad del Departamento de Justicia canadiense, Birn empezó a recibir ataques lanzados por las organizaciones judías canadienses. Alegando que yo era un «indeseable para la gran mayoría de los judíos del continente», el Congreso Judío Canadiense censuró la colaboración de Birn en el libro. Con objeto de presionarla laboralmente, el CJC presentó una denuncia al Departamento de Justicia. Dicha denuncia, sumada a un informe respaldado por el CJC en el que se decía que Birn pertenecía a «la raza perpetradora» (puesto que es alemana de nacimiento), desencadenó una investigación oficial sobre su persona.

 

Los ataques personales no cesaron con la publicación del libro. Goldhagen aseveró que Birn, que ha consagrado su vida a llevar ante la justicia a los criminales de guerra nazis, se dedicaba a alimentar el antisemitismo, y que yo era de la opinión de que las víctimas del nazismo, incluidos mis propios parientes, merecían la muerte. Stanley Hoffmann y Charles Maier, colegas de Goldhagen del Centro de Estudios Europeos de Harvard, lo respaldaron públicamente.

 

The New Republic afirmó que las acusaciones de censura eran una «patraña» y sostuvo que «no es lo mismo censurar que defender los niveles de calidad». A Nation on Trial fue bien recibido por los principales historiadores del holocausto nazi, incluidos Raul Hilberg, Christopher Browning e Ian Kershaw. Estos mismos estudiosos rechazaron unánimemente la obra de Goldhagen; Hilberg consideró que no tenía «ningún valor». ¡Niveles de calidad!

 

Observemos, por último, la pauta que se establece: Wiesel y Gutman dieron su apoyo a Goldhagen; Wiesel respaldó a Kosinski; Gutman y Goldhagen apoyaron a Wilkomirski. Busquemos la relación que hay entre los participantes: así es la literatura del Holocausto.

 

Exageraciones aparte, nada demuestra que la corriente negacionista del Holocausto tenga más influencia en Estados Unidos de la que pueda tener la asociación de defensores de que la tierra es plana. Considerando la cantidad de disparates que produce diariamente la industria del Holocausto, lo extraño es que haya tan pocos escépticos. No es difícil descubrir los intereses a los que obedece la propagación de la idea de que quienes niegan la existencia del Holocausto son una legión. En una sociedad saturada de Holocausto, ¿cómo se podría justificar la aparición de más museos, libros, planes de estudios, películas y programas dedicados a él si no fuera invocando el fantasma de la negación del Holocausto? Así, por ejemplo, el Museo Conmemorativo del Holocausto de Washington abrió sus puertas a la vez que se publicaba el celebrado libro de Deborah Lipstadt, Denying the Holocaust, y también los resultados de una encuesta, ineptamente redactada, del CJA, según los cuales la negación del Holocausto es un fenómeno muy extendido.

 

Denying the Holocaust es una versión actualizada de los opúsculos sobre el «nuevo antisemitismo». Con objeto de documentar la negación generalizada del Holocausto, Lipstadt cita una serie de extravagantes publicaciones. Su pièce de résistance es Arthur Butz, un don nadie que da clases de ingeniería eléctrica en la Northwestern University y que ha publicado un libro titulado The Hoax of the Twentieth Century en una editorial desconocida. Lipstadt titula el capítulo dedicado a tal personaje así: «Adentrándonos en las principales corrientes de opinión». Si no fuera por Lipstadt y otros como ella, nadie habría llegado a tener noticia de la existencia de Arthur Butz.

 

Ahora bien, a Bernard Lewis sí puede considerársele un destacado representante de la corriente negacionista del Holocausto. Hasta el punto de que un tribunal francés le declaró culpable de negarse a aceptar que se había producido un genocidio. Mas el genocidio cuya existencia negaba Lewis era el de los armenios cometido por los turcos durante la Primera Guerra Mundial, y no el genocidio nazi de los judíos; además, Lewis es partidario del Estado de Israel. Este tipo de negación del holocausto no despierta ninguna animosidad en los Estados Unidos. Turquía es aliada de Israel, y eso atenúa aún más cualquier cargo en su contra. Por lo tanto, mencionar el genocidio armenio es tabú. Elie Wiesel y el rabino Arthur Hertzberg, así como el CJA y el Yad Vashem, se retiraron de una conferencia internacional sobre el genocidio celebrada en Tel Aviv porque sus organizadores incluyeron en el programa sesiones sobre el caso armenio. Wiesel llegó incluso a tratar de boicotear la conferencia por su cuenta y riesgo y, según Yehuda Bauer, intentó convencer a otras personas para que no asistieran. Actuando a instancias de Israel, el Consejo del Holocausto de EEUU eliminó prácticamente toda referencia a los armenios en el Museo Conmemorativo del Holocausto de Washington, y los grupos de presión judíos del Congreso impidieron que se celebrara una jornada en recuerdo del genocidio armenio.

 

Poner en tela de juicio el testimonio de un superviviente, denunciar el papel jugado por los colaboradores judíos, insinuar que los alemanes sufrieron durante el bombardeo de Dresde o que algún Estado que no fuera el alemán cometió crímenes durante la Segunda Guerra Mundial son, en opinión de Lipstadt, pruebas que demuestran la fuerza de la corriente negacionista del Holocausto. E insinuar que Wiesel se ha beneficiado de la industria del Holocausto, o incluso ponerlo en entredicho, equivale a negar la existencia del Holocausto.

 

Las variantes más «insidiosas» de la negación del Holocausto, indica Lipstadt, son las «equivalencias morales»; es decir, la negación de la singularidad del Holocausto. Las simplificaciones de este razonamiento no dejan de ser inquietantes. Daniel Goldhagen argumenta que los actos cometidos por los serbios en Kosovo «en esencia solo se diferencian de los de la Alemania nazi por sus dimensiones». Este comentario haría que, «en esencia», Goldhagen se sumara a las filas de quienes niegan el Holocausto. Es más: los comentaristas israelíes de todo el espectro político compararon los actos cometidos por los serbios en Kosovo con los ataques dirigidos por los israelíes contra los palestinos en 1948. Así pues, de acuerdo con la lógica de Lipstadt, Israel cometió un Holocausto. Ni siquiera los palestinos mantienen esa acusación.

 

No toda la literatura revisionista carece de valor, aun cuando la ideología o los motivos de quienes la practican sean denigrantes. Lipstadt acusa a David Irving de ser «uno de los portavoces más peligrosos del negacionismo del Holocausto» (por esta y otras afirmaciones, Lipstadt ha perdido recientemente en Inglaterra un juicio entablado contra ella por difamación). Ahora bien, Irving, notorio admirador de Hitler y simpatizante del nacionalsocialismo alemán, ha hecho, no obstante, tal como señala Gordon Craig, una contribución «indispensable» a nuestro conocimiento de la Segunda Guerra Mundial. Tanto Arno Mayer, en su importante estudio sobre el holocausto nazi, como Raul Hilberg citan publicaciones donde se niega la existencia del Holocausto. «Si estas personas quieren hablar, dejémosles que hablen —observa Hilberg—. Es un acicate para aquellos que investigamos con objeto de analizar de nuevo lo que podríamos haber dado por sentado. Y eso nos resulta útil».

 

* * *

 

 

 

El Día Conmemorativo del Holocausto, que se celebra todos los años, es un acontecimiento nacional. Los cincuenta estados patrocinan actos conmemorativos, cuya planificación se hace a menudo en las cámaras legislativas estatales. La Asociación de Organizaciones del Holocausto cuenta con más de cien miembros en los Estados Unidos. Siete grandes museos del Holocausto salpican la geografía estadounidense. La pieza clave de esta actividad rememorativa es el Museo Conmemorativo del Holocausto de Estados Unidos, ubicado en Washington.

 

Lo primero que debemos preguntarnos es por qué tenemos un museo del Holocausto, creado por iniciativa federal y financiado públicamente, en el centro neurálgico de la nación. Su presencia en el Washington Mall resulta particularmente incongruente, dado que allí no existe ningún museo que conmemore los crímenes cometidos a lo largo de la historia estadounidense. Imaginemos las lamentaciones y acusaciones que aquí se entonarían si Alemania construyese un museo nacional en Berlín para conmemorar no el genocidio nazi, sino la esclavitud estadounidense o el exterminio de los nativos de América del Norte.

 

«El museo pretende por todos los medios evitar cualquier intento de adoctrinamiento —escribió el proyectista del museo del Holocausto—, toda manipulación de las impresiones y las emociones»,

 

y, sin embargo, el museo se vio inmerso en la política desde su concepción hasta su culminación. En vísperas de una campaña de reelección, Jimmy Carter puso en marcha el proyecto con el objetivo de aplacar a los contribuyentes y votantes judíos, exasperados porque el presidente hubiese reconocido los «derechos legítimos» de los palestinos. El presidente de la Conferencia de Presidentes de las Grandes Organizaciones Judías Estadounidenses, el rabino Alexander Schindler, estimó que el reconocimiento de los derechos humanos de los palestinos por parte de Carter era una iniciativa «escandalosa». Carter anunció el proyecto del museo mientras el primer ministro Menachem Begin estaba en visita oficial en Washington y a la vez que en el Congreso se libraba una encarnizada batalla sobre la propuesta de la Administración de vender armas a Arabia Saudí. En el propio museo afloran otras cuestiones políticas. Con objeto de no ofender a un poderoso grupo de votantes, el museo pasa por alto los orígenes cristianos del antisemitismo europeo. Resta importancia a las discriminatorias cuotas de inmigración que se aplicaban en EEUU antes de la guerra, exagera el papel desempeñado por los estadounidenses en la liberación de los campos de concentración y silencia por completo el nutrido reclutamiento de criminales de guerra nazis que EEUU llevó a cabo cuando terminó la guerra. El mensaje básico que el museo transmite es que «nosotros» no podríamos haber concebido, y mucho menos cometido, actos tan malvados. El Holocausto «va en contra del carácter estadounidense», observa Michael Berenbaum en la guía del museo. «En su perpetración, vemos una violación de todos los valores estadounidenses esenciales». Al concluir su exposición permanente con escenas de supervivientes judíos esforzándose por entrar en Palestina, el museo difunde la consigna sionista según la cual Israel era la «respuesta adecuada al nazismo».

 

La politización comienza aun antes de que se traspase el umbral del museo. El edificio está ubicado en la Plaza de Raoul Wallenberg, un diplomático sueco a quien se rinden honores porque rescató a millares de judíos y al final fue a parar a una cárcel soviética. Pero al conde Folke Bernadotte, compatriota de Wallenberg, no se le recuerda porque, aunque también él rescató a millares de judíos, el exprimer ministro israelí Isaac Shamir ordenó que se le asesinara por ser «pro-árabe».

 

El punto crítico de la orientación política del museo del Holocausto radica en quiénes son los conmemorados. ¿Fueron los judíos las únicas víctimas del Holocausto?, ¿o cuentan también como víctimas otros que perecieron en la persecución nazi?. Durante las diversas fases de planificación del museo, Elie Wiesel (junto con Yehuda Bauer, del Yad Vashem) lideró la ofensiva en pro de conmemorar exclusivamente a los judíos. Wiesel, considerado como el «experto indiscutible en el periodo del Holocausto», batalló tenazmente para que se tuviera en cuenta la preeminencia de los padecimientos judíos. «Como siempre, comenzaron por los judíos —salmodiaba en su línea característica—. Como siempre, no se contentaron con los judíos». Y, sin embargo, la realidad es que las primeras víctimas políticas del nazismo no fueron los judíos, sino los comunistas, y las primeras víctimas del genocidio nazi tampoco fueron los judíos, sino los discapacitados.

 

Justificar la exclusión del genocidio gitano fue el mayor reto que hubo de afrontar el museo del Holocausto. Los nazis asesinaron sistemáticamente ni más ni menos que a medio millón de gitanos, con lo que las pérdidas proporcionales son aproximadamente equivalentes a las del genocidio judío. Yehuda Bauer y otros escritores del Holocausto sostenían que los gitanos no cayeron víctimas de la misma masacre genocida que los judíos. Por otra parte, respetados historiadores del holocausto, como Henry Friedländer y Raul Hilberg, han argumentado lo contrario.

 

Los motivos ocultos que explican que el museo marginara el genocidio gitano son muy diversos. En primer lugar: la pérdida de una vida gitana y de una vida judía eran sencillamente incomparables. A la vez que calificaba de «quijotada» la pretensión de que en el Consejo Conmemorativo del Holocausto de EEUU se incluyera una representación gitana, su director ejecutivo, el rabino Seymour Siegel, ponía en duda que los gitanos «existieran» en cuanto pueblo: «Debería otorgarse algún tipo de reconocimiento al pueblo gitano… si es que tal cosa existe». Luego reconocía, no obstante, que para ellos «hubo un factor de sufrimiento bajo el dominio nazi». Edward Linenthal rememora la «profunda desconfianza» que los representantes gitanos sentían hacia el Consejo, desconfianza «alimentada por la clara evidencia de que algunos miembros del Consejo encaraban la participación gitana en el museo igual que una familia se enfrenta a unos parientes inoportunos y embarazosos».

 

En segundo lugar, reconocer el genocidio gitano supondría que los judíos perderían sus derechos exclusivos sobre el Holocausto, con la consiguiente pérdida de «capital moral». En tercer lugar, si los nazis habían perseguido por igual a gitanos y a judíos, el dogma de que el Holocausto señalaba el clímax de un milenio de odio gentil contra los judíos dejaría de ser defendible. Asimismo, si la envidia gentil espoleó el genocidio judío, ¿fue también la envidia la que provocó el genocidio gitano? En la exposición permanente del museo, las víctimas no judías del nazismo reciben una atención meramente simbólica.

 

Por último, la trayectoria política del museo del Holocausto también ha sufrido la influencia del conflicto entre israelíes y palestinos. Antes de ser director del museo, Walter Reich escribió un panegírico sobre la fraudulenta obra de Joan Peters From Time Immemorial, donde se asegura que Palestina estaba literalmente desierta antes de la colonización sionista. Presionado por el Departamento de Estado, Reich se vio forzado a dimitir después de negarse a invitar a Yasser Arafat, convertido en condescendiente aliado estadounidense, a visitar el museo. Al teólogo del Holocausto John Roth se le ofreció el cargo de subdirector y posteriormente se le obligó a presentar la dimisión debido a las críticas que había emitido contra Israel en otros tiempos. Al rechazar un libro al que el museo había dado en un principio su visto bueno y explicar el cambio de opinión en razón de que incluía un capítulo escrito por Benny Morris, destacado historiador israelí crítico con Israel, Miles Lerman, presidente del museo, reconoció: «Sería inconcebible colocar al museo en el bando opuesto a Israel».

 

Después de los terribles ataques lanzados por Israel contra el Líbano en 1996, que culminaron con la masacre de más de un centenar de civiles en Qana, el columnista de Haaretz Ari Shavit comentaba que Israel había podido actuar con impunidad porque tienen «la Liga Anti-Difamación […] y el Yad Vashem y el museo del Holocausto»…

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: Norman  Finkelstein. “La industria del Holocausto” ]

 

*


 

martes, 12 de diciembre de 2023

 

[ 505 ]

 

LA INDUSTRIA DEL HOLOCAUSTO

 

Norman G. Finkelstein

 

( 05 )

 

 

1.

HOLOCAUSTO

EMPIEZA A ESCRIBIRSE CON MAYÚSCULAS

 

 

 

2. Embaucadores, mercachifles y un poco de historia

 

(…)

 

Buena parte de las obras sobre la solución final de Hitler, donde se exponen los dogmas clave del Holocausto, carecen de todo valor desde el punto de vista del saber académico. De hecho, el campo de los estudios del Holocausto está repleto de disparates, cuando no de simples falacias. El medio cultural que alimenta la literatura sobre el Holocausto resulta muy revelador.

 

El primer fraude importante sobre el Holocausto fue The Painted Bird, del exiliado polaco Jerzy Kosinski. El libro «se escribió en inglés», explicaba Kosinski, porque eso le permitió «escribir desapasionadamente, sin las connotaciones emocionales que siempre posee la lengua nativa». En realidad, las partes del libro que Kosinski escribió personalmente —cuáles son es una cuestión que queda por dilucidar— estaban en polaco. The Painted Bird era supuestamente un relato autobiográfico del vagabundeo de un solitario Kosinski niño por la Polonia rural durante la Segunda Guerra Mundial. Lo cierto es que Kosinski vivió con sus padres durante toda la guerra. El motivo de la obra son las sádicas torturas sexuales perpetradas por los campesinos polacos. Los lectores escarnecieron las prepublicaciones del libro, viendo en ellas una «pornografía de la violencia» y «el producto de una mente obsesionada con la violencia sadomasoquista». En realidad, casi todos los episodios patológicos narrados por Kosinski son fruto de su imaginación. Los campesinos polacos con los que trató quedan retratados como virulentos antisemitas. «¡Machaquemos a los judíos! —gritan—. ¡Machaquemos a esos cerdos!» En realidad, la familia Kosinski fue acogida por unos campesinos polacos, pese a que sabían muy bien que eran judíos y a lo que se arriesgaban si los descubrían.

 

En la New York Times Book Review, Elie Wiesel elogiaba The Painted Bird diciendo que era «una de las mejores» denuncias de la era nacionalsocialista, «escrita con profunda sinceridad y sensibilidad». Cynthia Ozick alardeaba tiempo después de haber reconocido «de inmediato» la autenticidad de Kosinski en cuanto «judío testigo y superviviente del Holocausto». Y, mucho después de que quedara en evidencia que Kosinski era un consumado timador, Wiesel continuaba prodigando halagos al «notable conjunto de su obra».

 

The Painted Bird se convirtió en texto básico del Holocausto. Fue un best-seller galardonado con premios y traducido a numerosas lenguas, y lectura obligatoria en institutos y universidades. Una vez incorporado al circuito del Holocausto, Kosinski adoptó como sobrenombre el «Elie Wiesel a precio reducido». (Quienes no podían pagar la tarifa de conferenciante de Wiesel —el «silencio» sale caro— recurrían a él.) Cuando, finalmente, un semanario de investigación puso al descubierto a Kosinski, el New York Times continuó defendiéndole contra viento y marea alegando que era víctima de una conspiración comunista.

 

Fragments, de Binjamin Wilkomirski, un fraude más reciente, se inspira sin el menor recato en el kitsch del Holocausto de The Painted Bird. A semejanza de Kosinski, Wilkomirski se retrata como un niño superviviente solitario que se vuelve mudo, termina en un orfanato y solo más adelante descubre que es judío. Como en The Painted Bird, el principal recurso narrativo de Fragments es la voz simple y esquemática de un ingenuo niño, y, a la vez, se mantiene un tono vago con respecto al marco temporal y a los nombres de los lugares. Al igual que en The Painted Bird, todos los capítulos de Fragments alcanzan su punto culminante con una orgía de violencia. Kosinski dijo que The Painted Bird era «una lenta descongelación de la mente»; en tanto que Wilkomirski dijo de Fragments que era la «memoria recuperada».

 

Aunque sea un burdo fraude, Fragments constituye el arquetipo de memorias del Holocausto. La acción se sitúa, en primer lugar, en los campos de concentración, donde todos y cada uno de los guardianes son monstruos dementes y sádicos que se complacen en machacar los cráneos de los recién nacidos judíos. Sin embargo, las memorias clásicas de los campos de concentración nazis concuerdan con la apreciación de la doctora Ella Lingens-Reiner, superviviente de Auschwitz: «Había pocos sádicos. No más de un cinco o un diez por ciento». Ahora bien, el omnipresente sadismo alemán es un rasgo destacado de la literatura del Holocausto. Cumple una función doble: «documenta» la irracionalidad excepcional del Holocausto y, a la vez, el antisemitismo fanático de sus perpetradores.

 

Lo que singulariza a Fragments no es la descripción de la vida durante el Holocausto, sino después de él. Adoptado por una familia suiza, el pequeño Binjamin debe soportar nuevos tormentos. Está atrapado en un mundo donde todos niegan el Holocausto. «Olvídalo…, es un mal sueño» —chilla su madre—. No es más que un mal sueño… No debes pensar más en eso». «Aquí, en este país —se queja Binjamin—, todos repiten continuamente que tengo que olvidarlo, que no ha sucedido, que lo he soñado. ¡Pero todos saben muy bien lo que pasó!»

 

Incluso en el colegio, «los niños me señalan, cierran el puño y gritan: “Está delirando, no ha pasado nada de eso. ¡Embustero! Está loco, pirado, es un imbécil”». (En esto, dicho sea de paso, tenían razón.) Todos los niños gentiles cierran filas contra el pobre Binjamin, golpeándolo a la vez que entonan cantinelas antisemitas, y entretanto los adultos no cesan de burlarse de él: «¡Te lo estás inventando!».

 

Sumido en la más abyecta desesperación, Binjamin llega a tener una revelación sobre el Holocausto. «El campo de concentración sigue ahí, escondido y bien disfrazado. Se han quitado los uniformes y se han puesto ropa bonita para que no se les reconozca […]. Hazles la más leve insinuación de que quizá, posiblemente, eres judío, y te darás cuenta: son las mismas personas, estoy convencido. Todavía pueden matar, aunque no lleven uniforme». Más que un homenaje al dogma del Holocausto, Fragments es un rifle humeante: incluso en Suiza, en la neutral Suiza, todos los gentiles quieren asesinar a los judíos.

 

Fragments fue ampliamente aclamado como un clásico de la literatura del Holocausto. Se tradujo a una docena de idiomas y fue galardonado con el Premio Nacional Judío de Literatura, el Premio del Jewish Quarterly y el Prix de Mémoire de la Shoha. Convertido en estrella de documentales, principal orador de congresos y seminarios sobre el Holocausto y reclamo para recaudar fondos para el Museo Conmemorativo del Holocausto de EEUU, Wilkomirski pasó rápidamente a ser una figura emblemática del Holocausto.

 

Daniel Goldhagen, que calificó Fragments de «pequeña obra maestra», se erigió en defensor a ultranza de Wilkomirski en el mundo académico. Pero algunos reputados historiadores, como Raul Hilberg, denunciaron que la obra de Wilkomirski era un fraude. Más adelante, cuando se descubrió que en efecto lo era, Hilberg planteó las preguntas correctas:

 

«¿Cómo es posible que esta obra fuera aceptada como libro de memorias por varias editoriales? ¿Cómo han podido abrirle a Wilkomirski las puertas del Museo Conmemorativo del Holocausto de EEUU y las de diversas universidades de prestigio? ¿Cómo se explica que carezcamos de un control de calidad decente cuando se trata de evaluar el material sobre el Holocausto que va a publicarse?».

 

 

Wilkomirski, a medias chiflado, a medias charlatán de feria, en realidad había pasado toda la guerra en Suiza. Y ni siquiera es judío. Veamos, no obstante, algunas notas póstumas de la industria del Holocausto:

 

 

Arthur Samuelson (editor): Fragments «es un libro audaz […]. Solo es un fraude si no se considera una obra de ficción. Así pues, lo reeditaré en la categoría de ficción. Tal vez no es cierto, ¡pero entonces su calidad como escritor es aún mayor!».

 

 

Carol Brown Janeway (editora y traductora): «Si las acusaciones […] resultan ser correctas, lo que está en tela de juicio no son una serie de hechos empíricos que pueden comprobarse, sino unos hechos espirituales que invitan a la reflexión. Habría que fiscalizar un espíritu, y eso es imposible».

 

 

Y eso no es todo. Israel Gutman es director del Yad Vashem y especialista en el Holocausto de la Universidad Hebrea. Además, estuvo prisionero en Auschwitz. Según Gutman, «no tiene tanta importancia» que Fragments fuera o no fuera un fraude. «Wilkomirski ha escrito una historia que él vivió profundamente; de eso no cabe duda […]. No es un impostor. Es alguien que ha vivido una historia en lo más hondo de su espíritu. El dolor es auténtico». Así que es indiferente que Wilkomirski pasara la guerra en un campo de concentración o en un chalet suizo; no es un impostor porque su «dolor es auténtico»; así habla un superviviente de Auschwitz convertido en experto del Holocausto. Mientras las opiniones de otros inducen al desdén, Gutman solo inspira lástima.

 

El artículo de The New Yorker donde se ponía en evidencia a Wilkomirski llevaba por título «Robar el Holocausto». Antes se festejaba a Wilkomirski por sus historias sobre la maldad gentil; hoy se le censura por ser un gentil malvado. La culpa siempre la tienen los gentiles. Wilkomirski inventó su pasado como víctima del Holocausto, cierto es; pero también es cierto y más importante que la industria del Holocausto, levantada sobre una apropiación fraudulenta de la historia con propósitos ideológicos, se lanzó a celebrar la invención de Wilkomirski. Era un «superviviente» del Holocausto a la espera de ser descubierto.

 

En octubre de 1999, a la vez que retiraba Fragments de las librerías, el editor alemán de Wilkomirski reconoció al fin que el autor no era un huérfano judío, sino un hombre nacido en Suiza, llamado Bruno Doessekker. Cuando le informaron de que se le había terminado el juego, Wilkomirski tronó desafiante: «¡Soy Binjamin Wilkomirski!». Hubo de pasar un mes más para que Schocken, el editor estadounidense, descatalogara Fragments.

 

 

Pasemos ahora a considerar la literatura menor sobre el Holocausto. Un rasgo revelador de dicha literatura es el espacio que concede a la «conexión árabe». Pese a que el muftí de Jerusalén no desempeñó «ningún papel importante en el Holocausto», según afirma Novick, la Enciclopedia del Holocausto, de cuatro volúmenes, preparada por Israel Gutman le asignó un «papel estelar». El Muftí también es uno de los principales protagonistas en el Yad Vashem: «El visitante llega a la conclusión —afirma Tom Segev— de que los planes nazis para destruir a los judíos y la animosidad árabe contra Israel tienen mucho en común». Con ocasión de un acto conmemorativo de Auschwitz oficiado por clérigos de todas las denominaciones religiosas, Wiesel solo puso objeciones a la presencia de un cadí musulmán: «¿No estamos olvidándonos […] del muftí Hajj Amin el-Husseini de Jerusalén, el amigo de Heinrich Himmler?». Si el Muftí, dicho sea de paso, figuró tan destacadamente en la solución final hitleriana, no deja de ser extraño que Israel no tratara de llevarlo a los tribunales como a Eichmann. Habría sido lo más natural, dado que se instaló para vivir tranquilamente en el vecino Líbano después de la guerra.

 

Los apologistas de Israel trataron por todos los medios de estigmatizar a los árabes tachándolos de nazis después de la desafortunada invasión israelí del Líbano de 1982, en los tiempos en que la propaganda oficial israelí comenzaba a ser desacreditada por los ataques de los «nuevos historiadores» de Israel. El afamado historiador Bernard Lewis logró consagrar al nazismo árabe todo un capítulo de su compendio del antisemitismo y tres páginas completas de su «breve historia de los últimos 2.000 años» de Oriente Medio. Michael Berenbaum, del Museo Conmemorativo del Holocausto de Washington, representante del extremo liberal del espectro de teóricos del Holocausto, reconocía generosamente que

 

«las piedras que arrojan los jóvenes palestinos enfurecidos por la presencia israelí […] no son equiparables a los ataques nazis contra los indefensos civiles judíos».

 

La última farsa sobre el Holocausto ha sido Hitler’s Willing Executioners, de Daniel Jonah Goldhagen. Ninguna de las revistas de pensamiento importantes olvidó publicar al menos una reseña sobre esta obra durante las semanas siguientes a su aparición. The New York Times publicó varios comentarios sobre el libro, en uno de los cuales se decía que era uno de «los trabajos recientes» que merecían «excepcionalmente el calificativo de memorable» (Richard Bernstein). Con unas ventas de medio millón de ejemplares y traducciones al menos a trece lenguas, Hitler’s Willing Executioners fue aclamado en la revista Time como el segundo mejor ensayo del año y el que «más había dado que hablar».

 

Tras hacer resaltar la «admirable labor de investigación» y la «riqueza de pruebas […] con una apabullante aportación de datos y documentación», Elie Wiesel proclamaba que Hitler’s Willing Executioners era una «formidable contribución a la comprensión y el estudio del Holocausto». Por su parte, Israel Gutman alababa la obra porque volvía a «plantear con claridad las preguntas fundamentales» que «el cuerpo principal de estudios sobre el Holocausto» había pasado por alto. Propuesto para ocupar la cátedra dedicada al Holocausto de la Universidad de Harvard y equiparado a Wiesel en los medios de comunicación nacionales, Goldhagen no tardó en convertirse en figura ubicua en el circuito del Holocausto.

 

La tesis central del libro de Goldhagen no aporta nada nuevo al dogma establecido sobre el Holocausto: movido por un odio patológico, el pueblo alemán se lanzó sobre la oportunidad de asesinar a los judíos que le ofrecía Hitler. Incluso el destacado teórico del Holocausto Yehuda Bauer, profesor de la Universidad Hebrea y director del Yad Vashem, ha abrazado este dogma en algunas ocasiones. Reflexionando sobre la mentalidad de los perpetradores, Bauer escribió hace algunos años:

 

«Los judíos fueron asesinados por personas que, en general, no los odiaban […]. Para asesinar a los judíos, los alemanes no necesitaban odiarlos».

 

Sin embargo, en una reseña reciente sobre la obra de Goldhagen, Bauer sostenía exactamente lo contrario:

 

«A partir de finales de los años treinta se impusieron las actitudes asesinas de signo más radical […]. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, una aplastante mayoría de alemanes se había identificado hasta tal punto con el régimen y con su política antisemita que reclutar a los asesinos fue sencillo». Cuando se le interrogó sobre esta incongruencia, Bauer respondió: «No me parece que haya ninguna contradicción entre ambas afirmaciones».

 

Aunque presenta todo el aparato propio de un estudio académico, Hitler’s Willing Executioners es poco más que un compendio de actos sádicos de violencia. No es de extrañar que Goldhagen defendiera a capa y espada a Wilkomirski: Hitler’s Willing Executioners es Fragments con un añadido de notas a pie de página. Repleto de burdos errores interpretativos de los datos que presenta, así como de contradicciones internas, Hitler’s Willing Executioners carece de todo valor académico. En A Nation on Trial, Ruth Bettina Birn y el autor de estas líneas analizamos a fondo la chapucera obra de Goldhagen. La controversia que nuestra crítica desencadenó ilustra instructivamente los tejemanejes de la industria del Holocausto.

 

Birn, la autoridad mundial más prestigiosa en los archivos consultados por Goldhagen, publicó por primera vez sus conclusiones críticas en la Historical Journal de Cambridge. Después de rechazar la invitación que dicha revista le hizo para que refutara las críticas de Birn, Goldhagen recurrió a los servicios de un poderoso despacho de abogados londinense para demandar a Birn y a la Cambridge University Press por «numerosos y graves libelos». Los abogados de Goldhagen exigieron a Birn que se disculpara, se retractara y prometiera no repetir sus críticas, y a continuación le lanzaron la siguiente amenaza: «La utilización de esta carta para generar cualquier tipo de publicidad equivaldría a agravar aún más los perjuicios causados»…

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: Norman Finkelstein / La industria del Holocausto ]

 

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