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miércoles, 24 de julio de 2024

 

[ 612 ]

 

EL MÉTODO YAKARTA

 

Vincent Bevins

 

(…)

 

 

 

06

 

El movimiento 30 de septiembre

 

 

 

PROPAGANDA BERSENDJATA

 

El 1 de octubre de 1965, la mayor parte de los indonesios no tenía ni idea de quién era el general Suharto. Pero la CIA sí. Ya en septiembre de 1964, la agencia incluía a Suharto en un telegrama secreto como uno de los generales que consideraba «cordial» con los intereses estadounidenses y anticomunistas. El telegrama también lanzaba la idea de una coalición anticomunista militar y civil que pudiera hacerse con el poder en una lucha por la sucesión.

 

 

Suharto, un lacónico mayor general de cuarenta y cuatro años proveniente de Java Central, lideraba el Mando Estratégico del Ejército (KOSTRAD). Se había formado con un hombre llamado Suwarto, amigo íntimo de Guy Pauker, consultor de la corporación RAND, y uno de los oficiales indonesios con mayor responsabilidad en la aplicación de la teoría de la modernización liderada por los militares («un Estado dentro del Estado») y en las operaciones de contrainsurgencia vinculadas a Estados Unidos. Suharto no tenía un expediente limpio en el Ejército indonesio. Había sido sorprendido practicando contrabando a finales de la década de 1950, lo que hizo que el propio Nasution lo retirara de la posición que ocupaba. Según Subandrio, la flagrante corrupción de Suharto enfadó de tal manera a Yani y a Nasution que el mismo Yani le dio una paliza y Nasution a punto estuvo de llevarlo a juicio. Durante la Konfrontasi, Suharto se había asegurado de que las tropas de la frontera con Malasia no tuvieran suficiente personal ni equipamiento, utilizando su posición para minimizar el enfrentamiento de Indonesia con el Reino Unido (y Estados Unidos).

 

 

Curiosamente, fue el general Suharto quien tomó el mando de las Fuerzas Armadas el 1 de octubre y no Nasution —el oficial de mayor rango del país—, después de que el veterano amigo de Washington tuviera la suerte de sobrevivir a los acontecimientos de la noche anterior. Este fue un cambio de papeles tan inesperado que varios actores principales necesitaron semanas para entender que era Suharto quien estaba realmente al mando.

 

 

Cuanto Suharto hizo en octubre sugiere que estaba ejecutando un plan de contraataque anticomunista que había sido elaborado con antelación, y no simplemente reaccionando a los acontecimientos.

 

 

La mañana del 1 de octubre, Suharto llegó al KOSTRAD, que por algún motivo no había sido objetivo del Movimiento 30 de Septiembre. A pesar de estar justo al otro lado de la plaza de la Independencia, ocupada aquella mañana, tampoco neutralizaron el Mando Estratégico. En una reunión de emergencia a primeras horas de la mañana, Suharto asumió el mando de las Fuerzas Armadas. Por la tarde ordenó a las tropas que se encontraban en la plaza de la Independencia que se dispersaran y pusieran fin a la rebelión, de lo contrario atacaría. Retomó el control del centro de Yakarta sin un solo disparo y se dirigió él mismo a la radio para declarar que el Movimiento 30 de Septiembre había sido derrotado. El presidente Sukarno ordenó a otro mayor general, Pranoto, que se encontrara con él en la base aérea de Halim y asumiera el mando temporal de las Fuerzas Armadas. Contradiciendo una orden directa de su comandante en jefe, Suharto prohibió a Pranoto que se desplazara y dio a su vez una orden a Sukarno: que abandonara el aeropuerto. Eso hizo Sukarno, que se refugió en un palacio presidencial fuera de la ciudad. Suharto tomó entonces con facilidad el control del aeropuerto y, posteriormente, del país entero, ignorando a Sukarno cuando le pareció oportuno.

 

 

Una vez al mando, Suharto ordenó el cierre de todos los medios de comunicación, a excepción de los medios militares que ya controlaba. Curiosamente, el Harian Rakyat (el rotativo del Partido Comunista en el que Zain llevaba más de una década trabajando) publicó un editorial en portada de apoyo al Movimiento 30 de Septiembre el día 2 de octubre, transcurridas ya veinticuatro horas del fracaso del golpe de Estado y con las oficinas teóricamente ocupadas por los militares. El hecho de que fuera el único diario no militar que salió a la calle aquel día puede indicar que fue el Ejército quien se encargó de la publicación para incriminar al partido, o bien que el partido consideraba que nada resultaría incriminatorio por imprimir un texto de apoyo a un movimiento interno del Ejército que, en aquel momento, tenía el objetivo en apariencia loable de detener un golpe de Estado de la derecha. Las teorías abundan. El escritor Martin Aleida, que trabajaba en el periódico en aquel momento, defiende que la prosa del editorial era claramente diferente del estilo utilizado por Njoto, el miembro del PKI que solía escribir este tipo de textos. Aquel día, la portada del periódico incluía una viñeta, con el estilo habitual del Diario del pueblo, en la que el Movimiento 30 de Septiembre aparece en la forma de un puño que golpea al «Consejo de Generales», representado por un hombre que cae hacia atrás y muestra un sombrero que lleva escritas las iniciales CIA. Francisca recuerda que Zain siguió trabajando aquel día como era habitual, hasta que el Harian Rakyat fue clausurado.

 

 

Conseguido esto, Suharto controlaba todos los medios de comunicación de masas. Acusó al PKI de estremecedores crímenes, utilizando falsedades deliberadas e incendiarias para alimentar en todo el país el odio a la izquierda.

 

 

Los militares divulgaron que el PKI era el cerebro de un golpe de Estado comunista fallido. Suharto y sus hombres defendían que el Partido Comunista Indonesio había llevado a los generales a la base aérea militar de Halim, donde había puesto en práctica un ritual depravado y demoníaco. Afirmaban que integrantes del Gerwani, el Movimiento de las Mujeres, bailaban desnudas y mutilaban y torturaban a los generales, a los que cortaron los genitales y sacaron los ojos antes de proceder a asesinarlos. Aseguraban que el PKI tenía amplios listados de personas a las que tenían previsto matar y fosas comunes ya preparadas. Afirmaban que China había entregado en secreto armas a las Brigadas de las Juventudes Populares. El periódico del Ejército, Angkatan Bersendjata (Fuerzas Armadas), publicó fotografías de los cadáveres de los generales con textos que declaraban que habían sido «masacrados con crueldad y saña» en actos de tortura que eran una «afrenta a la humanidad».

 

 

Cuando llegaron las primeras noticias de los acontecimientos, el subsecretario de Estado estadounidense George Ball llamó supuestamente al director de la CIA, Richard Helms, para preguntar si estaban «en posición de negar categóricamente la implicación de la CIA en la situación de Indonesia». Helms respondió que sí. El embajador Green probablemente no esperaba que sucediera nada el 1 de octubre, y todos los documentos del Departamento de Estado que son públicos en la actualidad indican que la Embajada quedó confundida por los acontecimientos los primeros días de octubre. No está claro si, como sucediera con Howard Jones siete años antes, al nuevo embajador le estaban ocultando información.

 

 

Superada la confusión inicial, el Gobierno de Estados Unidos asistió a Suharto en la crucial fase temprana de difundir propaganda y establecer su narrativa anticomunista. Washington facilitó a los militares rápidamente y en secreto equipamiento móvil esencial para las comunicaciones, según muestra un telegrama del 14 de octubre ya desclasificado.

 

 

Esta era también una admisión tácita, y muy temprana, de que el Gobierno de Estados Unidos reconocía al Ejército, no a Sukarno, como líder verdadero del país, a pesar de que Sukarno siguiera siendo en términos legales el presidente de Indonesia.

 

 

La prensa occidental ejerció también su papel. La Voz de América, la BBC y Radio Australia emitieron crónicas que enfatizaban los puntos principales de la propaganda del Ejército indonesio, dentro de una campaña de guerra psicológica para demonizar al PKI. Estas emisiones tuvieron eco dentro del país también en bahasa indonesia, y los indonesios recuerdan haber pensado que la credibilidad de la narrativa de Suharto era aún más fiable dado que medios internacionales respetados transmitían lo mismo.

 

 

Todo lo que contó el Ejército indonesio sobre esta historia es falso. Ninguna mujer del Gerwani participó en ningún asesinato el 1 de octubre. Transcurridas más de tres décadas, Benedict Anderson pudo demostrar no solo que la descripción de las torturas de los generales era falsa, sino que Suharto sabía que lo era a principios de octubre. Él mismo ordenó una autopsia que demostraba que todos los hombres murieron por disparos, salvo uno, que pudo haber sido apuñalado con una bayoneta en una disputa en su casa.

 

 

Sin embargo, en 1987, cuando se publicaron las pruebas de Anderson, ya no importaba gran parte de lo descubierto. El relato de un complot comunista diabólico para tomar el país mutilando a buenos militares temerosos de Dios en mitad de la noche había pasado a ser, en la dictadura de Suharto, parte de algo parecido a una religión nacional. Poco después de hacerse con el poder, Suharto erigió un monumento a los hombres asesinados aquella noche, tal y como los brasileños levantaron un monumento en la playa roja de Río de Janeiro en honor de sus héroes caídos. Incluso las dos estructuras son similares: en las dos, unos escalones llevan a una losa de mármol blanco con una figura o figuras en bronce de los militares asesinados al frente. Al igual que con la Intentona Comunista en Brasil, los indonesios celebraban el aniversario de los acontecimientos cada año como una suerte de ritual nacional anticomunista. Eso sí, el monumento indonesio es más grande. Y Suharto llevó su propaganda más allá de las estatuas y de los discursos anuales: ordenó la producción de una película horripilante de tres horas con su versión de los hechos, que sería emitida el 30 de septiembre de cada año en la televisión pública. El Ejército sigue proyectándola aún hoy.

 

 

El relato promocionado por Suharto toca algunos de los miedos y de los prejuicios más oscuros de los indonesios (y de los hombres en general, en todo el mundo). Un ataque nocturno por sorpresa en la tranquilidad del hogar. Una tortura lenta con armas blancas. La inversión de los roles de género, el asalto literal a los órganos reproductivos de hombres fuertes llevado a cabo por mujeres comunistas demoníacas y de sexualidad depravada. Es el relato propio de una película de terror reaccionaria bien escrita. Pocas personas creen que Suharto lo concibiera él solo.

 

 

Las similitudes con la leyenda brasileña de la Intentona Comunista son sorprendentes. Solo un año después de un golpe de Estado en la nación más importante de América Latina, inspirado parcialmente por una leyenda sobre soldados comunistas que asesinan a puñaladas a los generales mientras duermen, el general Suharto cuenta a la nación más importante del Sudeste Asiático que soldados comunistas y de izquierdas secuestraron a los generales en sus hogares en plena noche para asesinarlos lentamente a punta de navaja, y después las dos dictaduras militares anticomunistas alineadas con Washington celebran el aniversario de esas rebeliones de forma muy parecida a lo largo de décadas.

 

El historiador Bradley Simpson, de los Archivos de Seguridad Nacional de Washington, señala: «Aunque no tenemos acceso a muchos de los materiales clasificados de Estados Unidos y de Gran Bretaña, es muy probable que un elemento clave de las operaciones encubiertas de ambos países en este periodo fuera la creación de propaganda “negra” dentro de Indonesia», con el objetivo de demonizar al PKI.

 

 

El equipo de propaganda de Suharto podría haberse «inspirado» en la leyenda anticomunista brasileña de muchos modos. Tal vez algún responsable estadounidense le dio la idea a Suharto o le ayudó a elaborar la narrativa. Miles de militares brasileños e indonesios estudiaron en Leavenworth en el mismo periodo de tiempo; es posible que alguien comentara la Intentona allí. Quizá los oficiales indonesios sencillamente se aferraron —e hiperamplificaron— a los tropos anticomunistas que flotaban en la conciencia mundial o en el movimiento internacional anticomunista, que ya era amplio y estaba bien organizado e interconectado. En aquel momento ya existía el Bloque de Naciones Antibolcheviques, compuesto fundamentalmente por europeos del Este de extrema derecha; estaba la Liga Anticomunista de los Pueblos Asiáticos, una suerte de grupo anti-Bandung liderado por Taiwán y Corea del Sur; y la Confederación Interamericana de Defensa del Continente, liderada por México. Gracias a la intervención de un anticomunista brasileño, los tres grupos se habían reunido en Ciudad de México en 1958 y habían mantenido el contacto posteriormente. Incluso los estadounidenses de a pie conocían esas viejas y absurdas referencias a «los rojos debajo de la cama». Aunque quizá todo sea una coincidencia.

 

 

Suharto consiguió dar legitimidad oficial a una narrativa anticomunista desbocada, una versión absurdamente fanática y exagerada de la ideología internacional de la derecha. El giro de los acontecimientos en apenas unas semanas fue sorprendente. Pero Sukarno seguía siendo técnicamente el presidente, y todavía había muchísimas personas en el país que eran comunistas o que toleraban ampliamente a los comunistas. En los siguientes seis meses, el Ejército se haría cargo de los dos problemas…

 

 

 

 

[ Fragmento de: Vincent Bevins. “El método Yakarta” ]

 

**

lunes, 15 de julio de 2024

 

[ 608 ]

 

EL MÉTODO YAKARTA

 

Vincent Bevins

 

(…)

 

 

 

06

 

El movimiento 30 de septiembre

 

 

 

CONVOCATORIA NOCTURNA

 

La noche del 30 de septiembre de 1965, muy tarde (en realidad eran ya las primeras horas del 1 de octubre), el Gerakan 30 September se reunió en la base militar Halim de las Fuerzas Aéreas, el mismo aeropuerto en el que Francisca y Zain tuvieron su primer y modesto hogar en un garaje catorce años antes.

 

 

Los líderes del Movimiento 30 de Septiembre pertenecían a las Fuerzas Armadas: el teniente coronel Untung, por ejemplo, era un militar fornido que había atacado a las tropas neerlandesas en la disputa por Nueva Guinea Occidental; el coronel Abdul Latief era un comandante destacado que había combatido en la revolución contra los Países Bajos en la década de 1940.

 

 

Organizaron varios equipos compuestos por soldados que ya estaban oficialmente a sus órdenes. Cada uno tenía una misión, similares todas. Se dirigirían a los hogares de siete de los oficiales de mayor rango de las Fuerzas Armadas, los arrestarían y los llevarían a la base aérea. En la profunda oscuridad de la madrugada, pusieron rumbo al centro de Yakarta en camiones militares.

 

 

Tuvieron un éxito parcial. Seis de los equipos trasladaron a los arrestados, incluido el teniente general Achmad Yani, máximo responsable del Ejército de Tierra. Sin embargo, el objetivo más importante, el general Nasution (amigo de Washington y de Howard Jones desde 1958), escapó. Cuando iniciaron el asalto, Nasution saltó por el muro trasero de su vivienda, en el acomodado barrio de Menteng, y se ocultó en casa de su amigo el embajador iraquí. El Movimiento 30 de Septiembre se llevó en su lugar a su asistente militar. En el asalto, su hija de cinco años recibió un disparo y murió.

 

 

Algunos de los miembros del Movimiento 30 de Septiembre, en su mayor parte soldados regulares del Ejército de Tierra, marcharon por la ciudad y ocuparon la plaza de la Independencia, hogar del imponente Monumento Nacional que sorprendió a Magdalena cuando llegó a Yakarta por primera vez. Uno de los oficiales de mayor rango del movimiento se dirigió al palacio presidencial a informar a Sukarno de que habían arrestado a generales que conjuraban contra él. No estaba allí. Como era frecuente, aquella noche la estaba pasando en casa de su tercera mujer.

 

 

A las 07:30, los residentes de Yakarta oyeron en la radio «una declaración obtenida del teniente coronel Untung, comandante del Movimiento 30 de Septiembre». La voz contaba a la población de la capital que el movimiento se había formado para impedir el «golpe de Estado contrarrevolucionario» que planificaba el Consejo de Generales, un grupo que «abrigaba intenciones viles contra la república, Indonesia y el presidente Sukarno». El movimiento los había arrestado para proteger a Sukarno; poco después se facilitarían más datos.

 

 

En torno a las 09:00, Sukarno llegó por fin a la base aérea de Halim para reunirse con el representante que había intentado verlo varias horas antes. Por motivos que todavía no entendemos por completo, cuando Sukarno llegó, los seis generales capturados estaban muertos y sus cadáveres descansaban en el fondo de un pozo abandonado cerca de la base aérea. Desconocemos si el presidente Sukarno o el propio miembro del Movimiento 30 de Septiembre nombrado para reunirse con él conocían estos hechos en su momento.

 

 

Los líderes del Movimiento 30 de Septiembre provenían del Ejército de Tierra. Ni las Fuerzas Aéreas, ni la Armada, ni los mandos policiales estaban implicados. No obstante, cuando los líderes de las Fuerzas Aéreas fueron informados del movimiento y de su éxito, lo celebraron. Creían que una actuación militar interna, leal al presidente Sukarno, había impedido un complot de la derecha. Según consta, el propio Sukarno se sorprendió por la naturaleza del anuncio radiado, pero tenía intención de esperar a ver qué había sucedido y cómo se desarrollaban los acontecimientos antes de adoptar una determinación.

 

 

Aidit, el líder del Partido Comunista Indonesio, y algunos de los miembros de las Juventudes Populares también se presentaron en la base aérea militar de Halim en algún momento del 1 de octubre. Estaban en edificios distintos y no podían comunicarse directamente con los líderes de la rebelión militar. El movimiento había cortado las líneas telefónicas de la ciudad y no tenían walkie-talkies ni radios. Tampoco disponían de tanques, el equipamiento estándar de los golpistas en aquella época.

 

 

La confusión no duró mucho más de un día: en doce horas el movimiento fue aplastado y el Ejército, liderado ahora por el derechista general Suharto, se hizo con el control directo del país.

 

 

Transcurridos más de cincuenta años, todavía no comprendemos por completo quién planificó el Gerakan 30 September ni el objetivo real de la operación de aquella noche. De lo que disponemos es de un abanico de teorías plausibles.

 

 

Una posible versión de la historia, propuesta por el historiador John Roosa, es que Aidit contribuyera a organizar el asalto a través de un intermediario comunista perteneciente al Ejército. Debido a que las conversaciones con el Ejército de Tierra fueron secretas e indirectas, ambas partes (Aidit y el movimiento) terminaron cerrando un plan mal concebido y condenado al fracaso. Tenían intención de arrestar sin hacer ruido a los generales —como había sido costumbre en Indonesia desde tiempo atrás, antes de que el propio Sukarno fuera secuestrado en 1945— y presentarlos ante el presidente como traidores. Sus muertes, en esta versión, habrían sido resultado de la incompetencia y el pánico. Esta es probablemente la más «conservadora» de las versiones creíbles, el relato que presenta la acusación mayor contra el PKI. Aidit lo habría comentado únicamente con un diminuto grupo de personas del partido: ni siquiera lo habría hecho con el Comité Central ni con el Politburó. De acuerdo con esta versión, Aidit y un diminuto grupo de comunistas de alto nivel habrían sido responsables de contribuir a la muerte accidental de los generales, y habrían sido llevados a hacerlo por las campañas de desinformación de Estados Unidos y el Reino Unido, diseñadas de manera explícita para que creyeran que no tenían otra opción más que actuar.

 

 

Esta historia no convence a todos. ¿Por qué —plantean algunos— llevaría Aidit a cabo una acción armada o violenta contra el Ejército cuando la posición del Partido Comunista estaba tan asentada con Sukarno en la presidencia? Aidit sabía muy bien que la influencia del PKI dependía por completo del poder blando y que los militares tenían todas las armas. ¿Y cómo es que militares entrenados a los que se les encarga arrestar a sus superiores mientras duermen terminan accidentalmente matándolos a todos y arrojándolos a un pozo?

 

 

Varias teorías rivalizan. Benedict Anderson, tal vez el experto en Indonesia más famoso del siglo XX, y la académica Ruth McVey presentaron una descripción de los hechos en 1966 en la que el movimiento era en gran medida lo que afirmaba ser: un movimiento interno del Ejército de Tierra que el PKI no contribuyó a organizar. Como consecuencia, Anderson fue expulsado de Indonesia los siguientes veintiséis años. Justo antes de su muerte, en 2015, afirmó que seguía creyendo que esto era lo que había sucedido.

 

 

Luego encontramos las declaraciones completamente plausibles de que el general Suharto, el hombre que tomó el poder cuando se calmó la tempestad, planificó o se infiltró en el movimiento, tal vez con asistencia extranjera, para preparar su asalto al poder. Era, a fin de cuentas, cercano a los líderes de la rebelión. Suharto tenía un pasado de conflictos con Nasution y Yani, y fue el único oficial de alto nivel del Ejército de Tierra abiertamente de derechas que no fue objetivo del movimiento. Subandrio, el exministro de Exteriores, el hombre que tuvo que oír a Howard Jones negar que la CIA estuviera bombardeando el país en 1958, presenta, desde el propio Gobierno, un relato creíble según el cual los líderes del Movimiento 30 de Septiembre pusieron al corriente por adelantado a su amigo Suharto; este se comprometió a darles su apoyo, pero en lugar de eso decidió ocultarlo y utilizar la rebelión como pretexto para hacerse con el poder. Abdul Latief, líder del G30S, también indicó, a posteriori, que Suharto había sido informado de los planes por anticipado.

 

 

Sabemos que hubo una conspiración. A menos que la CIA y otras organizaciones como el Ejército indonesio desclasifiquen la información de la que disponen, solo podemos teorizar acerca de su verdadera naturaleza basándonos en las pruebas disponibles. Ahora bien, la siguiente parte de la historia no está en duda.

 

 

Después de los acontecimientos del 1 de octubre, el general Suharto se hizo con el control del país y contó una serie de mentiras deliberadas cuidadosamente medidas. Estas falsedades fueron durante décadas dogma oficial en uno de los países más grandes del mundo…

 

(continuará)

 

 

 

 

 

[ Fragmento de: Vincent Bevins. “El método Yakarta” ]

 

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viernes, 5 de julio de 2024

 

[ 604 ]

 

EL MÉTODO YAKARTA

 

Vincent Bevins

 

(…)

 

 

 

06

 

El movimiento 30 de septiembre

 

 

OPERACIONES CLANDESTINAS

 

Cuando la estrategia diplomática de Jones se vino abajo, tanto el Gobierno estadounidense como el británico incrementaron sus actividades secretas en Indonesia. Las características completas de estas operaciones todavía nos son desconocidas, pero incluyeron «operaciones negras» y preparativos para la guerra psicológica. Los británicos crearon la posición de «director de guerra política» en Singapur en diciembre de 1964. El Gobierno estadounidense aprobó un plan secreto el 4 de marzo de 1965, aunque la fuente de financiación y la cantidad aportada siguen siendo material clasificado. La mayor parte de las actividades secretas fueron llevadas a cabo probablemente por la CIA y por el MI6. Teniendo en cuenta cómo trabajaban estas organizaciones, es prácticamente seguro que las operaciones también incluyeron trasladar noticias falsas o provocadoras a través de la prensa indonesia e internacional. Querían provocar que los comunistas pasaran a la acción.

 

 

Desde principios de la década de 1960, los Gobiernos estadounidense y británico consideraban —y lo habían discutido con frecuencia— que la situación ideal sería un «golpe de Estado prematuro del PKI» que pudiera desencadenar una respuesta del Ejército. Es posible que alguna versión de este plan se desarrollara en secreto, encubierta en el programa de actividades civiles de Kennedy, a partir de 1962.

 

 

En una de las últimas reuniones a las que asistió como embajador, el propio Howard Jones, en Filipinas, dijo a puerta cerrada a los responsables del Departamento de Estado:

 

 

«Desde nuestra perspectiva, por supuesto, un golpe de Estado infructuoso del PKI puede ser el acontecimiento más efectivo para iniciar un cambio de rumbo en las tendencias políticas de Indonesia».

 

 

Algunas de las facciones más conservadoras de Indonesia estaban descontentas con el giro a la izquierda de Sukarno. Destacaba especialmente el Ejército, pero también algunos grupos musulmanes. En ciertas regiones del país, los terratenientes locales mantenían un conflicto de baja intensidad con el PKI. Después de aprobar un paquete de reformas agrarias muy limitado, el Partido Comunista se comprometió a presionar a los terratenientes para que respetaran la ley, lo que conllevó algunos enfrentamientos, especialmente en Java Oriental y en Bali.

 

 

Sukarno había valorado la creación de una nueva milicia, una «quinta fuerza» nacional compuesta de ciudadanos de a pie, trabajadores y campesinos, una suerte de cuerpo de reserva que existiría en paralelo a los militares. China había urgido a los indonesios a crear una milicia popular porque, en palabras de Zhou Enlai a Subandrio, el ministro de Exteriores,

 

«las masas militarizadas son invencibles».

 

 

Sin embargo, el Ejército se oponía a la idea y Sukarno tenía intención de discutirlo con los altos mandos en breve. Tal y como señaló la CIA en mayo de 1965, el PKI, por sí mismo, «contaba únicamente con un potencial limitado para la insurgencia armada, y casi con certeza no querría provocar a los militares en un enfrentamiento directo».

 

 

En agosto de 1965, Sukarno cayó enfermo y fue atendido por un médico chino que recomendó al presidente reducir su carga de trabajo y «ejercer la moderación en su vida sexual». Sukarno se negó y los expertos políticos empezaron a preocuparse por lo que sucedería en caso de que muriera. Aidit, el líder del Partido Comunista, fue a Pekín y se reunió con Mao. Contamos con una transcripción parcial de su conversación:

 

Mao: Creo que el ala derecha indonesia está decidida a hacerse con el poder. ¿Están ustedes decididos también?

 

Aidit: [Asiente] Si Sukarno muere, será una cuestión de quién toma la delantera.

 

Mao: Sugiero que no viaje con tanta frecuencia al extranjero. Puede hacer que sea su segundo el que salga en su lugar.

 

Aidit: La derecha podría adoptar dos vías posibles de actuación. En primer lugar, podrían atacarnos. De hacerlo, tendríamos motivos para contraatacar. En segundo lugar, podrían adoptar una forma más moderada preparando un Gobierno NASAKOM. […] Los estadounidenses dijeron a Nasution que esperara pacientemente; incluso si Sukarno moría, [el jefe de las Fuerzas Armadas, el general Nasution] debería ser flexible antes que iniciar un golpe de Estado. Él aceptó la sugerencia de los estadounidenses.

 

 

El líder chino confiaba mucho menos en los militares indonesios y en sus apoyos en Washington. Mao respondió: «No es fiable. La situación actual es otra».

 

 

Aidit describió a continuación un plan de contraataque en el que los comunistas podrían establecer un comité militar mezclando elementos de izquierda y de centro, de modo que no supusiera levantar la «bandera roja» y suscitar una oposición inmediata. Mao llevó la conversación a su propia experiencia con el Partido Nacionalista Chino, tal vez para «sugerir que Aidit debería prepararse tanto para unas conversaciones de paz como para enfrentamientos armados», según Taomo Zhou, la historiadora que sacó a la luz recientemente esta conversación.  Aidit, no obstante, no preparó a su partido para ningún enfrentamiento armado.

 

 

Conforme avanzaba 1965, los rumores de que los generales conservadores estaban conspirando con la CIA o con alguna potencia extranjera empezaron a correr como la pólvora en Yakarta. El Gobierno indonesio encontró una carta, supuestamente escrita por el embajador británico, Andrew Gilchrist, que declaraba: «Sería oportuno también enfatizar una vez más a nuestros amigos del Ejército nacional que la más estricta cautela, disciplina y coordinación son esenciales para el éxito de la empresa». Sukarno convocó a los responsables de las Fuerzas Armadas y exigió saber quiénes eran estos «amigos del Ejército». El «documento Gilchrist» podía ser una falsificación. O podía ser real. O podía haber sido creado por los británicos o los estadounidenses como una más de las trampas psicológicas para provocar la intervención de la izquierda.

 

 

Las sospechas de Sukarno y de muchos en el Gobierno indonesio se intensificaron cuando descubrieron quién llegaba de Washington para reemplazar a Howard Jones. Según pudieron saber, el recién nombrado embajador, Marshall Green, estaba en Seúl cuando Park Chung Hee se hizo con el poder en un golpe militar que destruyó la breve Segunda República parlamentaria. Al igual que los guatemaltecos habían sospechado del agresivo pasado de John Peurifoy cuando fue enviado a interactuar con Jacobo Árbenz, la llegada de Green fue ampliamente interpretada como una señal de que Washington había abandonado la estrategia suave y diplomática de Howard Jones y estaba ya completamente comprometido con un cambio de régimen.

 

 

Como sucedía en el caso de Kennedy, la Administración de Johnson consideraba a Indonesia de mayor importancia que Vietnam. «El presidente Johnson ha llegado a la conclusión cada vez más asentada de que, al fin y al cabo, estaría preparado para una guerra mayor contra Indonesia», señaló Dean Rusk, secretario de Estado estadounidense, a un responsable británico.  Una reunión del secreto Comité 303 del Consejo de Seguridad Nacional concluyó que «la pérdida de una nación de 105 millones de habitantes en el “campo comunista” haría que una victoria en Vietnam tuviera escaso significado». El subsecretario de Estado George Ball y el consejero de Seguridad Nacional McGeorge Bundy se mostraban de acuerdo en que la pérdida de Indonesia sería «lo más grande desde la caída de China».

 

 

En diciembre de 1964, el embajador de Pakistán en París, J. A. Rahim, envió una carta a su ministro de Exteriores, Zulfikar Ali Bhutto, en la que relataba una conversación con un agente de la inteligencia neerlandesa que trabajaba para la OTAN. Señaló que las agencias de inteligencia occidentales estaban organizando un «golpe comunista prematuro». Indonesia, le dijo el agente de la OTAN, «estaba lista para caer en el regazo de Occidente como una manzana podrida».

 

 

Francisca pasó gran parte del año 1965 en Argelia, trabajando en los preparativos de una conferencia que reuniría a la Asociación de Periodistas Afro-Asiáticos con periodistas de América Latina. Sin embargo, un golpe militar depuso a Ben Bella, el primer presidente de Argelia, revolucionario y socialista, y los preparativos quedaron en nada. Cuando volvió a casa, en agosto de 1965, percibió que la situación había cambiado. Había tensión. Los rumores de un inminente golpe de Estado de la derecha estaban realmente por todas partes. En su círculo social, la gente hablaba de la posibilidad de que un consejo de generales de derechas estuviera trabajando en secreto para destituir a Sukarno o destruir a la izquierda.

 

 

En algún momento, un conjunto de oficiales del Ejército de nivel medio formó un grupo al que decidió llamar Gerakan 30 September («G30S» o «Movimiento 30 de Septiembre») y diseñó un plan. Sin embargo, a menos que se estuvieran siguiendo de cerca los acontecimientos políticos en Yakarta, el 29 de septiembre de 1965 pareció un día como cualquier otro para la mayor parte de la población del país. Esto incluye a los miembros del PKI y de sus organizaciones asociadas. Wayan Badra, el joven hijo de un devoto sacerdote hindú de Bali, se despertó temprano en su aldea y caminó en dirección al mar, luego giró a la izquierda en la playa de Seminyak y recorrió cuatro kilómetros por la arena desierta hasta llegar al colegio en Kuta. Dos de sus maestros eran miembros del Partido Comunista y a todos los estudiantes les caían bien. Algunos otros de los profesores eran del partido nacionalista PNI. Wayan Badra los veía a todos hindúes, como habían sido los balineses durante cerca de dos milenios, así como aliados en la construcción de la nueva Indonesia. Sakono, el entusiasta estudiante de izquierdas de Java Central al que le encantaban el marxismo y el fútbol, había crecido (bueno, había cumplido diecinueve años). Era ya miembro de la organización de las Juventudes Populares afiliada a los comunistas y estaba muy orgulloso: acababa de recibir la titulación para trabajar de maestro. Esperaba paciente que lo convocaran para poder empezar a trabajar. Sutrisno, su maestro y amigo de pelo rizado, seguía con sus actividades de organización como kader (cuadro) de pleno derecho del Partido Comunista en su aldea. Magdalena, en Yakarta, se subió al camión para ir a trabajar, cortó tela en forma de camiseta durante nueve horas y, pasando por delante del imponente Monumento Nacional, volvió a casa y se estiró en la cama…

 

(continuará)

 

 

 

 

 

 

[ Fragmento de: Vincent Bevins. “El método Yakarta” ]

 

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sábado, 22 de junio de 2024

 

[ 599 ]

 

EL MÉTODO YAKARTA

 

Vincent Bevins

 

(…)

 

 

 

06

 

El movimiento 30 de septiembre

 

 

EL FIN DEL MÉTODO JONES

 

 

Indonesia fue uno de los lugares en los que Lyndon Johnson asumió un enfoque diferente al de su predecesor. Tenía mucho menos tiempo para Sukarno. Apenas tres días antes de morir, John Fitzgerald Kennedy había reiterado su compromiso claro, si bien ligeramente cínico, con la estrategia de mantenimiento de las relaciones con Sukarno: el enfoque concreto que «Sonrisas» Jones llevaba mucho tiempo defendiendo. Según Michael Forrestal, asesor de la Casa Blanca, JFK había afirmado:

 

 

«Indonesia es una nación de cien millones de habitantes, posiblemente con más recursos que ninguna otra de Asia. […] No tiene ningún sentido que Estados Unidos se complique continuamente la vida para molestar a este enorme grupo de personas con todos estos recursos, a menos que haya un motivo muy persuasivo».

 

 

La Konfrontasi no era suficiente razón para que Kennedy abandonara a Sukarno y a Jones.

 

 

Johnson no estaba interesado en implicarse directamente en Indonesia, y no quería gastar capital político impulsando medidas en Asia que no eran populares en el Congreso. Kennedy había conocido a Sukarno, comprendía Indonesia y le importaba el asunto; estaba de acuerdo con Jones en que una visita a Yakarta podría haber suavizado las cosas. Por supuesto, el programa de contrainsurgencia militar que Kennedy levantó seguía en marcha. Pero Johnson no iba a librar ninguna batalla política por esos cien millones de personas y los recursos que había bajo sus pies.

 

 

Howard Jones recuerda el cambio con tristeza. En sus memorias plantea que Sukarno, «que se veía líder no solo de las nuevas naciones afro-asiáticas, sino de todas las “nuevas fuerzas emergentes”, estoy seguro de que creía que un entendimiento, si no una alianza, con el hombre considerado el líder del mundo occidental era posible. Lo estaban cortejando Jruschov y Mao, ¿por qué no iba a estar el líder del otro bloque mundial igualmente interesado en trabajar con él?».

 

 

Jones creía que Sukarno daría marcha atrás con la cuestión de Malasia siempre y cuando no significara una humillación nacional, y había transmitido a Kennedy que una visita presidencial a Indonesia era probablemente justo lo que hacía falta.

 

 

Kennedy estuvo de acuerdo y tenía previsto viajar al archipiélago. Sin embargo, unos meses después de la muerte de JFK, Jones pidió al recién nombrado presidente que firmara una resolución oficial que declaraba que el mantenimiento de la ayuda a Indonesia formaba parte de los intereses nacionales de Estados Unidos, pero Johnson se negó. «El presidente Kennedy, lo sé, habría firmado la resolución de forma casi rutinaria. Fue una decepción», recuerda Jones. En diciembre, Robert McNamara, uno de los asesores que había tenido Kennedy, empezó a sugerir una reducción rotunda de la ayuda. «Así se inició un cambio de enfoque en la política estadounidense hacia una línea más dura», escribió el embajador. Este fue también el final de la idea de Jones de vincular a los dos países, una estrategia que había desarrollado durante casi una década.

 

 

Con quien sí llegó a un acuerdo Johnson fue con los británicos. A cambio de su apoyo en Vietnam, donde las cosas estaban empezando a ponerse feas, Washington los apoyaría en la creación de Malasia. Sukarno percibió el cambio en la forma en que el país más poderoso del mundo lo trataba. Llegó incluso a especular con la idea de que Kennedy había sido asesinado para impedirle visitar Indonesia y afianzar la alianza entre Washington y Yakarta.

 

 

En Washington se seguía debatiendo si Indonesia merecía o no más ayuda. Y Sukarno observaba. En respuesta a ese debate, el presidente indonesio pronunció un discurso en marzo de 1964, en el mismo momento en el que los generales brasileños daban los últimos retoques a los complots apoyados por Estados Unidos. Aunque mostró su gratitud por la ayuda que se ofrecía sin condiciones políticas, una frase pronunciada en inglés acaparó —como era de esperar— los titulares y llegó rápidamente a Washington. Lo que dijo Sukarno fue que, cuando alguien ofrecía ayuda que venía acompañada de exigencias políticas, su respuesta era: «¡Iros al infierno con vuestra ayuda!». En palabras de Jones: «Ahora sí que la había liado».

 

 

La buena voluntad que pudiera seguir suscitando Sukarno en Washington empezaba a evaporarse. En los siguientes meses, toda la ayuda directa al Gobierno nacional se secó por completo. Significativamente, un programa se mantuvo. Estados Unidos siguió entregando financiación directa a las Fuerzas Armadas y los asesores militares continuaron trabajando estrechamente con los altos mandos del Ejército indonesio.

 

 

Sukarno adoptó una actitud pública más antiestadounidense. Y con más entusiasmo que nunca. La Unión Soviética no había tenido interés alguno en apoyar la Konfrontasi, así que Indonesia estableció vínculos más estrechos con los países socialistas asiáticos. En el marco nacional, se recrudeció la campaña antiestadounidense, con los comunistas liderando con frecuencia las embestidas. El Gobierno instituyó una prohibición de facto del cine norteamericano, a pesar de que a Sukarno siempre le había encantado. Surgieron protestas contra ciudadanos y empresas estadounidenses, si bien Jones mantuvo una relación cordial con el Gobierno.

 

 

Entonces tuvo lugar una nueva sacudida, mucho más cercana esta vez que la acontecida en Brasil, cuyas olas pronto llegaron a la costa de Java. En el golfo de Tonkín, un destructor estadounidense llamado Maddox se encontraba en aguas vietnamitas, superando la frontera internacional de doce millas náuticas, con el objetivo de interceptar las comunicaciones de Vietnam del Norte. El 2 de agosto, tres patrulleras vietnamitas se aproximaron al Maddox. Los estadounidenses abrieron fuego y mataron a cuatro marineros. Los vietnamitas respondieron a los disparos y huyeron. El 3 de agosto, Johnson declaró que seguiría patrullando el golfo de Tonkín y advirtió de que no se tolerarían «nuevas acciones militares no provocadas». El 4 de agosto no sucedió nada. Sin embargo, las embarcaciones estadounidenses creyeron que algo sucedía y empezaron a disparar «a su propia sombra». Este segundo enfrentamiento inexistente fue utilizado de pretexto para la «Resolución del Golfo de Tonkín», que dio a Johnson la autorización para iniciar una guerra abierta en Vietnam.

 

 

Tres días más tarde, Sukarno, desafiante, establecía relaciones con el Gobierno de Ho Chi Minh en la mitad norte de Vietnam.

 

 

«Creo que vuestra política en Asia es equivocada —dijo a Jones a bocajarro—. No es popular entre la población asiática en general. Les parece que estáis interfiriendo con los asuntos de las naciones asiáticas. […] ¿Por qué ibais a tener que implicaros?».

 

 

Ni que decir tiene que esta era una posición escandalosa para Washington. Sin embargo, la mayoría de los indonesios estaban de acuerdo con Sukarno. Para personas como Francisca, Sakono y Magdalena, los vietnamitas estaban luchando por su independencia como nación.

 

 

El 17 de agosto, Sukarno pronunció otro agresivo discurso y declaró un «año de vida peligrosa». Habló de un «eje Yakarta-Nom Pen-Hanói-Pekín-Pionyang […] forjado por el curso de la historia» y atacó sutilmente a los generales del Ejército por beneficiarse de las empresas estatales que controlaban. Unos meses más tarde, en enojada respuesta al acceso de Malasia al Consejo de Seguridad de la ONU, Sukarno decidió retirar a Indonesia de la ONU como forma de protesta. También acusó a la CIA de intentar matarlo.

 

 

Howard Jones empezó a preparar su salida de Yakarta rumbo a Honolulú, donde asumiría la dirección del Centro Oriente-Occidente de la Universidad de Hawái. Mientras hacía los últimos preparativos, siguió enviando peticiones de última hora a los hombres que asumirían su cargo: defendía que la diplomacia personal con Sukarno ofrecía las mejores posibilidades de cambiar el rumbo de los acontecimientos en Yakarta. Sin embargo, sabía que estaba solo en su posicionamiento, literalmente en una isla, y el agua empezaba a subir a su alrededor. El enfoque de Howard Jones respecto a Indonesia estaba acabado.

 

 

En su breve carta de dimisión al presidente Johnson, escribió: «Indonesia es un país hermoso con un pueblo dulce y amistoso. Tengo mucha fe en el pueblo indonesio y creo que en última instancia dejarán atrás las dificultades actuales que padecen». Proseguía: «Estoy convencido de que existe un entendimiento básico entre los pueblos de Estados Unidos y de Indonesia».

 

 

Cuando Jones se preparaba para abandonar el país, el ministro de Exteriores indonesio, Subandrio (el mismo hombre al que Jones mintió sin saberlo en 1958 a propósito del papel de la CIA en la guerra civil), le envió una pequeña invitación escrita de su puño y letra. Quería cenar con el embajador y su esposa una última vez. Se encontraron el 18 de mayo para despedirse con un sencillo almuerzo. El menú de aquel día consistía en lumpia (la versión indonesia de los rollitos de primavera chinos), el obligado arroz blanco, gurame (pescado) en salsa agridulce, gambas con lima y pimienta, y pichón frito.

 

 

La despedida que recibió Jones de la prensa estadounidense fue algo menos cortés. Después de anunciar su marcha, The Washington Post afirmó, en un texto que daba amplia cabida a los críticos con su mandato, que era «colega de Sukarno» y de una «ingenuidad casi angelical». Los Angeles Times fue un tanto más directo: en una versión diferente de la misma noticia, se preguntaba en el titular si Jones era un «bobo»…

 

(continuará)

 

 

 

 

[ Fragmento de: Vincent Bevins. “El método Yakarta” ]

 

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