Mostrando entradas con la etiqueta Frederic Lordon. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Frederic Lordon. Mostrar todas las entradas

lunes, 20 de mayo de 2024

 

[ 583 ]

 

 

CAPITALISMO, DESEO Y SERVIDUMBRE

 

Frederic Lordon

 

 

(…)

 

 

No existe la servidumbre voluntaria

 

 

La dependencia del objeto de deseo “dinero” es el pilar del enrolamiento salarial, el sobrentendido de todos los contratos de trabajo, el fondo de amenaza conocido tanto por el empleado como por el empleador. La puesta en movimiento de los cuerpos asalariados “al servicio de”, extrae su energía de la fijación del deseo-conatus sobre el objeto dinero, cuyos únicos proveedores establecidos por las estructuras capitalistas son los empleadores. Si el primer sentido de la dominación consiste en la necesidad para un agente de pasar por otro para acceder a su objeto de deseo, evidentemente la relación salarial es una relación de dominación. Ahora bien, por una parte la intensidad de la dominación es directamente proporcional a la intensidad del deseo del dominado, cuya llave detenta el dominante. Y por otra parte, el dinero deviene el objeto de interés-deseo jerárquicamente superior, aquel que condiciona la persecución de todos los otros deseos, incluidos los no-materiales, desde el momento en que la acumulación primitiva ha creado las condiciones estructurales de la heteronomía material radical, que toda la evolución posterior del capitalismo trabaja para profundizar aún más:

 

“El presupuesto primero de toda existencia humana, y por tanto de toda historia, [es] que los hombres deben estar en condiciones de vivir para poder ‘hacer la historia’. Pero para vivir, hace falta ante todo beber, comer, tener vivienda, vestirse y algunas otras cosas más”.

 

( Karl Marx, Friedrich Engels, “La ideología alemana”)

 

En la economía monetaria con división del trabajo del capitalismo, no hay nada más imperioso que el deseo de dinero, y por consiguiente no hay influencia más potente que la del enrolamiento salarial. Hace falta volver explícitamente sobre este tipo de evidencia para deshacer la idea de “servidumbre voluntaria”, ese oxímoron que la época quisiera convertir en clave de lectura de la relación salarial y de sus desarrollos manipuladores recientes (ciertamente) más inquietantes.

 

¿Es posible decir que la tesis de La Boétie es mejor que su título?

 

Si así fuera, se podría agregar que lo sorprendente es la precocidad en la formulación de un tema que concentra anticipadamente todas las aporías de la metafísica subjetivista de la cual se nutre el pensamiento individualista contemporáneo, pero también la manera práctica en que el individuo se relaciona espontáneamente consigo mismo: el individuo-sujeto se cree ese ser libre de arbitrio y autónomo de voluntad cuyos actos son el efecto de su querer soberano. Si quisiera con suficiente intensidad la liberación, podría no ser un siervo, por consiguiente si lo es, es por falta de voluntad y su servidumbre, al contrario, es voluntaria. Bajo esta metafísica de la subjetividad, la servidumbre voluntaria está condenada a seguir siendo un enigma insoluble: ¿cómo se puede “querer” de ese modo un estado notoriamente indeseable? A falta de un esclarecimiento cualquiera de este misterio, la servidumbre voluntaria, que hace jugar la tensión de una aspiración a la libertad que sigue inexplicablemente quedando irrealizada, no puede tener más alcance que aquel, político, de un llamado a la sublevación de la conciencia, lo cual no está nada mal, pero en ningún caso tiene el alcance de una comprensión a través de las causas de esa irrealización. Una entre tantas otras relaciones de dominación, la relación salarial como captura de un cierto deseo (el deseo de dinero de los individuos que se esfuerzan en vistas de la perseverancia material-biológica)  expone en su desnudez el principio real del sometimiento: la necesidad y la intensidad de un deseo. Para restaurar a partir de ahí la idea de “servidumbre voluntaria”, habría que sostener que somos enteramente amos de nuestros deseos… El caso de la relación salarial, desde este punto de vista, tiene la virtud de indicar que pertenece a los deseos el no imponerse en absoluto bajo el modo de la libre elección si no habría que hablar también de servidumbre voluntaria a propósito de aquel al que se le ha puesto una pistola sobre la sien y obedecerá en todo bajo el deseo (potente) de no morir, capturado (él y su deseo) por su raptor. Son las estructuras sociales, en el caso salarial las de las relaciones de producción capitalistas, las que configuran los deseos y predeterminan las estrategias para alcanzarlos: en las estructuras de la heteronomía material radical, el deseo de perseverar material y biológicamente está determinado como deseo de dinero, que está determinado como deseo de empleo asalariado.

 

 

Pero el ejemplo del salario, ventajoso para notar la heteronomía de su deseo asociado, se convertiría en lo contrario si fuera relegado a su particularidad. Nadie se esforzó más que Spinoza en plantear la heteronomía del deseo como una absoluta generalidad. El conatus, fuerza deseante genérica y “esencia misma del hombre”, es en principio, ontológicamente hablando, puro impulso, pero sin dirección definida. Para decirlo en los términos de Laurent Bove, es un “deseo sin objeto”. ¡Los objetos a perseguir le llegarán muy rápido!, pero todos designados desde afuera. Pues el deseo es contraído por el encuentro con las cosas, sus recuerdos y todas las asociaciones susceptibles de ser elaboradas a partir de esos acontecimientos que Spinoza llama afecciones.

 

“El deseo –dice toda la primera definición de los afectos– es la esencia misma del hombre en tanto que es concebida como determinada a hacer algo por una afección cualquiera de sí misma”.

 

 

La fórmula es tan oscura como la de la perseverancia en el ser, y sin embargo dice exactamente lo que hace falta entender: la esencia del hombre, que es potencia de actividad, pero por así decirlo genérica, y como tal intransitiva, fuerza pura de deseo pero que no sabe todavía qué desear, no se convertirá en actividad más que por el efecto de una afección antecedente –un algo que le sucede y la modifica–, una afección que le designará una dirección y un objeto sobre los cuales ejercerse in concreto. Resulta de allí una inversión radical de la concepción ordinaria del deseo como tracción por un deseable preexistente. Es más bien el empuje del conatus lo que inviste las cosas y las instituye como objetos de deseo. Y estos investimentos están enteramente determinados por el juego de los afectos. Una afección –algo que adviene–, un afecto –el efecto en uno, triste o alegre, de la afección–, las ganas de hacer algo que de allí derivan –poseer, huir, destruir, perseguir, etcétera: la vida del deseo elabora a partir de esta secuencia elemental–. Elabora las más de las veces por el juego de la memoria y de las asociaciones. Pues las afecciones y los afectos que resultaron dejan huellas, más o menos profundas, más o menos movibles, dado que las antiguas alegrías o tristezas contaminan por conexión nuevos objetos de deseo, ¿no se enamora Swann de Odette por la sola razón de que le recuerda a una delicada encarnación de un “fresco de Botticelli?

 

Y cuando el deseo no pasa de un objeto a otro por asociación y rememoración, circula entre los individuos que se inducen unos a otros a desear por el espectáculo mutuo de sus impulsos, y esto menos en relaciones estrictamente bilaterales que a través de mediaciones esencialmente sociales, de donde por otra puede salir una enorme variedad de emulaciones de deseo: me gusta porque a él le gusta, o: si a él le gusta, entonces me gusta menos, o todavía más, o… ¡lo detesto precisamente porque a él le gusta! (como es sabido, el gusto de un grupo social puede ser el mal gusto de otro, y por tanto el deseo de perseguir de unos, el deseo de evitar de los otros).

 

Pero la exploración de las infinitas circunvoluciones de la vida pasional según Spinoza es una cuestión en sí misma, cuyo punto verdaderamente importante aquí es subrayar la profunda heteronomía del deseo y de los afectos –a merced de los encuentros pasados y presentes, disposiciones a rememorar, ligar e imitar formadas a lo largo de trayectorias biográficas (sociales). Y sobre todo: nada, absolutamente nada que sea del orden de una voluntad autónoma, de un control soberano o de una libre autodeterminación. Al hombre se le impone su vida pasional, y está encadenado a ella, para mejor o para peor, al azar de los encuentros alegrantes o entristecedores, cuyas claves, es decir la comprensión por las causas reales, siempre le faltan.

 

 

Por supuesto que Spinoza escribe una Ética, y traza una trayectoria de liberación –que no llega, por cierto, a ninguna resolución decisoria que tomar. Pero son poco numerosos los emancipados –¿se ha encontrado uno alguna vez? Para el común, el título de la cuarta parte de la Ética anuncia sin ambigüedad sus intenciones: De la servidumbre humana, o de la fuerza de los afectos. Y lo mismo hace la primera frase de su prefacio:

 

“Llamo Servidumbre a la impotencia humana para dirigir y para reprimir los afectos; sometido a los afectos, el hombre efectivamente no depende de sí mismo, sino de la fortuna…”.

 

 

El orden fortuito de los encuentros y las leyes de la vida afectiva a través de las cuales esos encuentros (afecciones) producen sus efectos, hacen del hombre un autómata pasional. Evidentemente, todo el pensamiento individualista-subjetivista, construido en torno de la idea de la voluntad libre como control soberano de sí, rechaza en bloque y con sus últimas fuerzas este veredicto de heteronomía radical. Es precisamente este rechazo lo que se expresa, por anticipación en La Boétie, por cuasi-incorporación en los contemporáneos, en la idea de “servidumbre voluntaria”, puesto que fuera de la coacción dura de la sumisión física, uno solo podría dejarse atar habiéndolo “querido” en más o en menos –y aunque ese querer esté condenado a seguir siendo un misterio. Contra esta aporía insoluble, Spinoza propone un mecanismo de la alienación totalmente distinto: las verdaderas cadenas son las de nuestros afectos y nuestros deseos. La servidumbre voluntaria no existe. Solo hay servidumbre pasional; pero es universal…

 

 

 

 

[ Fragmento de: Frederic Lordon / CAPITALISMO, DESEO Y SERVIDUMBRE ]

 

**


jueves, 25 de abril de 2024

 

[ 570 ]

 

ISRAEL: EL FIN DE LA INOCENCIA

 

Frederic Lordon, filósofo francés

 

 

Es seguro que la Historia nos espera a todos a la vuelta de la esquina. Historia: esto es lo que Occidente encuentra en Gaza. Si, se trata de una cita con el declive y la caída, entonces llegará el momento en que podremos decir que el mundo se dio la vuelta en Gaza.

 

 

 

A veces somos bendecidos con inesperados momentos de verdad. «El pescado se pudre por la cabeza», declaró el primer ministro francés Gabriel Attal cuando se abalanzó sobre la última invención del bando del apoyo incondicional: arremetía contra la supuesta corrupción moral del activismo estudiantil contra la guerra de Gaza en el «elitista» Institut d’études politiques de París. 

 

Una declaración milagrosamente acertada de una boca típicamente llena de falsedades. Que el pescado se pudre por la cabeza es incluso doblemente cierto. Porque la cabeza puede entenderse en un sentido metafórico: como una representación de los gobernantes y, más en general, de los dominadores. En este sentido, sí, la podredumbre está ahora en todas partes. 

 

Y también puede entenderse en un sentido metonímico: como las operaciones del pensamiento y, en el caso que nos ocupa, la decadencia de esas operaciones. Más aún: el colapso de las normas que supuestamente las rigen.

 

Tal colapso no es atribuible a la mera estupidez (que rara vez constituye una buena hipótesis), sino más bien a la estupidez interesada. Porque, aunque sea a través de una amplia mediación, los intereses materiales son en última instancia determinantes de la inclinación a pensar de una manera y a prohibir pensar de otra. Aquí es donde la cabeza podrida del pez articula su doble significado: la violencia del frente burgués (metáfora) desatada en la imposición de sus formas de pensamiento (metonimia).

 

¿Por qué se ha desatado con una ferocidad que no se desataría, por ejemplo, en cuestiones de fiscalidad o de jornada laboral? ¿Qué hay en este acontecimiento internacional que tiene una resonancia tan poderosa en las coyunturas nacionales de clase? 

 

Una respuesta es que las burguesías occidentales consideran que la situación de Israel está íntimamente ligada a la suya. Se trata de una conexión imaginaria y semiconsciente que –mucho más que simples afinidades sociológicas– está impulsada por una afinidad subterránea que no puede sino negarse. 

 

Simpatía por la dominación, simpatía por el racismo, quizás la forma más pura de dominación, y por tanto la más excitante para los dominadores. Esta afinidad se acentúa cuando la dominación entra en crisis: una crisis orgánica en el capitalismo, una crisis colonial en Palestina, como cuando los dominados se rebelan contra viento y marea, y sus antagonistas están dispuestos a aplastarlos para reafirmar la dominación.

 

Pero también existe una fascinación más profunda para la burguesía occidental. Fue Sandra Lucbert quien vio esto con penetrante perspicacia, planteando una palabra que creo decisiva: inocencia. 

 

La fascinación es por la imagen de Israel como figura de dominación con inocencia. Dominar sin llevar la mancha del mal: ésta es quizá la fantasía última del dominante. Durante su juicio, el militante de izquierdas Pierre Goldman grita al juez: “Soy inocente, soy ontológicamente inocente y usted no puede hacer nada». 

 

Por muy diferentes que sean las circunstancias, sus palabras resuenan: después de la Shoah, Israel se estableció en la inocencia ontológica. Y, en efecto, los judíos fueron primero víctimas, víctimas en la cumbre de la historia de la violencia humana. Pero víctima, incluso a esta escala, no significa «inocente para siempre». La única manera de pasar de una a otra es mediante una deducción fraudulenta.

 

La burguesía occidental utiliza de todo esto sólo lo que le conviene. Le gustaría tanto entregarse a la dominación en la propia inocencia. Evidentemente, esto es más difícil, pero el ejemplo lo tienen delante de los ojos, y quedan hipnotizados por él, e inmediatamente atrapados en una solidaridad reflexiva.

 

El ser humano tiene varias maneras de no enfrentarse a la violencia que ejerce. La primera consiste en degradar al oprimido: no es verdaderamente humano. En consecuencia, el daño que se les hace no es realmente malo y se preserva la inocencia. Sin duda, la más poderosa y común es la negación. Para eso se utiliza el término «terrorismo». Es una categoría diseñada para impedir el pensamiento, en particular el pensamiento ex nihilo nihil: que nada viene de la nada. 

 

Que los acontecimientos no caen del cielo. Que existe una economía de la violencia, que funciona sobre la base de una reciprocidad negativa. Y que podría resumirse en una paráfrasis del principio de Lavoisier: nada se pierde, nada se crea, todo vuelve. 

 

Los innumerables actos de violencia infligidos al pueblo palestino tenían que volver. Sólo aquellos cuya única operación intelectual es la condena tenían garantizado no ver venir nada de antemano ni entender nada después. 

 

A veces la incomprensión no es una debilidad del intelecto sino un truco de la psique: su imperativo categórico. Hay que no entender para no ver: para no ver una causalidad de la que uno forma parte -y por tanto no es tan inocente.

 

Afirmar que todo empezó el 7 de octubre es una corrupción intelectual viciosa y característica de este tipo, que sólo una nación ontológicamente inocente podría suscribir, junto con todos aquellos que les envidian, y que adoran creer con ellos en efectos sin causa. 

Ni siquiera debería sorprendernos que algunos de ellos, como es el caso de Francia, sigan utilizando la palabra «terrorismo» contra los activistas climáticos –etiquetándolos de «ecoterroristas»– sin pestañear cuando deberían estar escondidos, consumidos por la vergüenza. Ni siquiera respetan a los muertos, cuya memoria pretenden honrar y cuya causa apoyan. Pero el «terrorismo» es el escudo de la inocencia occidental.

 

El mal uso del término «antisemitismo» puede analizarse en términos similares. En sus desviaciones actuales (que obviamente no agotan todos los casos, ya que hay mucho antisemitismo auténtico) la acusación pretende deslegitimar a todos aquellos que desean reconocer la causalidad y, por tanto, poner en tela de juicio la inocencia.

 

La putrefacción de la cabeza es ante todo esto: la corrupción interesada de las categorías y operaciones del pensamiento, porque lo que hay que proteger es demasiado valioso. La consecuencia es el rebajamiento –incluso se podría decir el envilecimiento– del debate público. 

 

No es casualidad que el pez podrido haya hablado por boca de Attal, ya que este envilecimiento es típico del proceso de fascistización en el que el macronismo, apoyado por la burguesía radicalizada, ha envuelto al país. Un proceso que podemos reconocer por el creciente imperio de la mentira, la tergiversación sistemática, incluso la fabricación descarada. Con –como es justo y apropiado, y siempre es el caso– la colaboración de los medios de comunicación burgueses.

 

Sin embargo, todos los desmentidos y compromisos simbólicos, toda la intimidación y la censura, no harán nada para detener la implacable oleada de realidad de Gaza. Lo que el campo del apoyo incondicional está apoyando, y a qué precio, es algo que evidentemente ya no es capaz de ver. 

 

Para todo aquel que no haya perdido completamente la razón y mire con horror, la perdición ideológica –entre el racismo biológico y la escatología mesiánica– en la que se está hundiendo el gobierno de Israel no tiene fondo. Lo que podemos ver, y lo que ya sabíamos, es que los proyectos políticos escatológicos son necesariamente proyectos asesinos de masas.

 

Como ha argumentado Illan Pappé, el sello distintivo de la colonización cuando se basa en asentamientos es el deseo de eliminar la presencia de los ocupados –en el caso de los palestinos, ya sea mediante la expulsión-deportación o, como vemos ahora, mediante el genocidio. Aquí, como en otras ocasiones similares registradas por la historia, la deshumanización vuelve a ser el tropo justificativo por excelencia. 

 

Ahora hay innumerables ejemplos de ello, tanto de los portavoces oficiales israelíes como en la fangosa corriente de las redes sociales, asombrosos en su alegre monstruosidad y sádica exultación. Esto es lo que ocurre cuando se levanta el velo de la inocencia y, como siempre, no es un espectáculo agradable.

 

Una característica de este paisaje de aniquilación que llama nuestra atención es la destrucción de cementerios. Así reconocemos los proyectos de erradicación: la dominación llevada hasta la aniquilación simbólica que, si es una paradoja, recuerda los términos del herema de Spinoza: «Que su nombre sea borrado de este mundo y para siempre». En este caso, no fue un gran éxito. Tampoco lo será aquí.

 

Lo que estamos presenciando es un suicidio moral. Nunca antes se había producido un despilfarro tan colosal del capital simbólico que se creía inexpugnable, que se había acumulado tras la Shoah. 

 

Resulta que se acerca la hora del ajuste de cuentas simbólico para todos, especialmente para este proyecto colonial que se autodenomina Occidente y pretende tener el monopolio de la civilización, pero que ejerce la violencia en nombre de sus principios. Si es que alguna vez flotaron, sus credenciales morales están ahora hundidas. 

 

Se necesita la arrogancia de gobernantes que pronto caerán, que aún no lo saben, para creer que pueden seguir este camino sin coste alguno. Aquellos que permanecen pasivos, que participan como cómplices, incluso actuando como negadores de un crimen tan enorme que se está cometiendo ante sus ojos y ante los ojos de todos los demás –personas de este tipo ya no pueden reclamar nada.

 

El mundo entero está viendo morir a Gaza, y el mundo entero está viendo cómo Occidente mira a Gaza. Y nada se les escapa.

 

En este punto, pensamos inevitablemente en Alemania, cuyo apoyo incondicional ha alcanzado niveles de delirio asombrosos, y de la que un internauta de humor negro pudo decir:

 

«Cuando se trata de genocidio, siempre están en el lado equivocado de la Historia». 

 

 

No es seguro que «nosotros» –Francia– estemos mucho mejor, pero sí es seguro que la Historia nos espera a todos a la vuelta de la esquina. Historia: esto es lo que Occidente encuentra en Gaza.

 

 

Si, como hay razones para creer, se trata de una cita con el declive y la caída, entonces llegará el momento en que podremos decir que el mundo se dio la vuelta en Gaza.

 

 

 

 

 

Fuente:

https://observatoriocrisis.com/2024/04/17/israel-el-fin-de-la-inocencia/

 

*