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viernes, 25 de agosto de 2023

 

[ 461 ]

 

EL ORIGEN DEL CAPITALISMO

Una mirada de largo plazo

 

Ellen Meiksins Wood

 

( 07 )

 

 

 

PRIMERA PARTE

HISTORIAS DE LA TRANSICIÓN

 

 

 

 

II. LOS DEBATES MARXISTAS

 

 

(…) Es decir, aparentemente Dobb y Hilton no cuestionan todos los supuestos básicos del modelo mercantilista, y Sweezy plantea algunas cuestiones que van a la raíz del problema que ellos dejaron sin resolver. Cabe destacar un aspecto en las argumentaciones de Dobb y Hilton: la transición al capitalismo depende de la capacidad de librarse o «desprenderse» de una lógica económica que ya estaba presente en la producción simple de mercancías. Todo parece indicar entonces que el campesino (y el artesano) productor de mercancías se convertirá necesariamente en un capitalista en cuanto tenga la oportunidad de hacerlo, lo cual resulta bastante abrumador. Según este planeamiento el centro de gravedad se desplaza de la ciudad al campo, y se asigna otro papel, por tanto, a la lucha de clases; sin embargo, ¿hasta qué punto los supuestos que subyacen difieren del modelo mercantilista? ¿Se aleja este planteamiento de la premisa de que el mercado capitalista es más una oportunidad que un imperativo, y de que el capitalismo emerge toda vez que puedan eliminarse los posibles obstáculos que impiden su avance y liberarse las cadenas, en lugar de suponer la implantación de una lógica económica completamente nueva? Con certeza, la lucha de clases es un elemento central aquí, pero en el sentido de que sir­ve para eliminar los obstáculos que impiden el desarrollo de algo inmanente.

 

El modelo mercantilista, al igual que otras interpretaciones, dan por sentada la existencia del capitalismo, o de una racionalidad capitalista, a la hora de explicar su emergencia. El feudalismo se enfrentaría entonces a un capitalismo previamente existente, o por lo menos a una lógica capitalista previamente existente en este proceso, cuya emergencia no acaba nunca de explicarse del todo. Si bien es cierto que la explicación que ofrecen algunos marxistas, como Hilton y Dobb, echa en cierto sentido por tierra el modelo mercantilista y sus supuestos sobre la relación antitética entre el feudalismo y el comercio, la realidad es que no acaban de salir de la trampa puesto que, de alguna manera, dan por sentado precisamente aquello que requiere una explicación profunda.

 

Tampoco logran ofrecer una explicación totalmente convincente a la cuestión planteada por Sweezy sobre el «fracaso» de algunos centros de comercio avanzados como el de Italia y el de Flandes. De nuevo aquí nos encontramos con la tendencia a dar por hecho el capitalismo mediante la mera explicación de los obstáculos que evitaron que estas ciudades mercantiles alcanzaran la madurez en su desarrollo. El aspecto fundamental con respecto a Flandes e Italia no es tanto por qué y bajo qué circunstancias los imperativos capitalistas se impusieron sobre los actores económicos, como en el caso de Inglaterra, sino más bien por qué y de qué maneras en las transiciones «fallidas» los actores económicos se resistían o eran incapaces de librarse de sus vínculos con el orden feudal para dar paso a un nuevo orden social.

 

Con respecto a las dudas que albergaba Sweezy relativas «al camino verdaderamente revolucionario», avanzado el debate abandonó algunas de las objeciones que le suscitaba la interpretación convencional sobre los planteamientos de Marx, pero no necesariamente dejó de cuestionar la idea en sí. No llegó a explicar nunca totalmente las razones por las que le planteaba dudas la idea de que la emergencia del capitalismo se debiera a la transformación de los productores de mercancías simples en capitalistas, pero lo cierto es que le parecía inherentemente poco convincente.

 

Fueran cuales fueran las reservas de Sweezy, había razones de sobra para justificar su escepticismo. Desde nuestra posición de ventaja aquí, el problema no reside en que «el camino verdaderamente revolucionario» atribuya a los propietarios rurales en ascenso el mérito de haber generado el capitalismo. El problema más bien reside en que, por lo general, pudiera parecer que gozaron de más o menos libertad para elegir la senda capitalista, en cuanto se liberan de los impedimentos feudales, a la par que el capitalismo se desarrolla a partir de la producción simple de mercancías en un proceso más o menos orgánico, incluso a pesar de que fueran necesarias las revoluciones burguesas para eliminar los últimos obstáculos. Sea lo que fuere que tenía Sweezy en mente para cuestionar «el camino realmente revolucionario», lo razonable en todo caso sería asumir que la disposición de los productores a comportarse como capitalistas merece una explicación algo más compleja que la simple liberación de las limitaciones existentes o su simple transformación desde «medianos» a grandes propietarios. Es decir, hay una diferencia cualitativa, y no meramente cuantitativa, entre la producción simple de mercancías y el capitalismo que aún requiere una explicación.

 

 

PERRY ANDERSON SOBRE EL ABSOLUTISMO Y EL CAPITALISMO

 

Perry Anderson, otro influyente marxista de la década de los setenta y editor de New Left Review, publicó dos volúmenes magistrales de lo que iba a ser una trilogía, que arrancaban con el estudio de la transición desde la Antigüedad grecorromana hasta el feudalismo europeo (Transiciones de la Antigüedad al feudalismo) y continuaba con un análisis del absolutismo europeo (El Estado absolutista), para culminar con el estudio de las revoluciones burguesas y el desarrollo del capitalismo. Si bien ese tercer volumen no ha visto la luz, son muchas las enseñanzas que podemos extraer de los otros dos, sobre todo del segundo, y de otras aportaciones dispersas del autor.

 

Para lo que nos ocupa en estas páginas, partiremos de la definición de Anderson del feudalismo como un modo de producción que se define por constituir «una unidad orgánica de economía y política» que adoptó la forma de una «cadena de soberanías fragmentadas», unida a una jerarquía de propiedad condicional. El poder del Estado estaba fragmentado y repartido entre los señores feudales, que representaban unidades de poder político y económico. El fragmento del Estado que poseían los señores feudales, sus poderes políticos, judiciales y militares, constituía a la par su capacidad económica para apropiarse de la plusvalía del trabajo de los campesinos dependientes. Los señoríos contaban con un «mecanismo de extracción del excedente», la servidumbre, que fundía «la explotación económica y la coerción político-legal».

 

Sin embargo, tuvo lugar un acontecimiento que desestabilizó este orden feudal. Los vínculos feudales se debilitaron a medida que se conmutaban los servicios en trabajo por rentas en dinero y sobre todo por el crecimiento de una economía de mercado.

 

«Con la conmutación generalizada de las cargas por una renta en dinero», decía Anderson, «la unidad celular de la opresión política y económica del campesinado se vio gravemente debilitada y en peligro de disolución […]. El resultado fue un desplazamiento de la coerción política en un sentido ascendente hacia una cima centralizada y militarizada: el Estado absolutista».

 

Es decir, lo señores feudales, al ver debilitado su control sobre el campesinado, concentraron sus fuerzas coactivas anteriormente fragmentadas o parcializadas dando pie a un nuevo tipo de monarquía centralizada.

 

 

Mientras tanto, una esfera económica fuera del control de la aristocracia emergía en los intersticios del sistema feudal fragmentado, en la ciudad. A su vez, estas ciudades se convirtieron en espacios apropiados para el desarrollo de los avances técnicos. Anderson concluye que

 

«el orden estatal siguió siendo feudal mientras la sociedad se hacía cada vez más burguesa».

 

 

La emergencia del absolutismo es un elemento clave en el enfoque de Anderson a la hora de abordar el origen del capitalismo. El absolutismo no constituía en sí mismo un Estado capitalista o precapitalista. En todo caso, su estructura básica era esencialmente feudal, «un aparato reorganizado y potenciado de dominación feudal, destinado a mantener a las masas campesinas en su posición social tradicional». Pero constituyó un acontecimiento crucial para el desarrollo del capitalismo.

 

Irónicamente, este desplazamiento ascendente del poder coercitivo feudal –que como mínimo, según Anderson, fue la principal contribución a la evolución del capitalismo–, provocó una fractura de la unidad entre la economía y la política característica del feudalismo. Por un lado, el poder político se concentró en un Estado monárquico. Por otro, la economía logró cierta autonomía. A medida que se producía dicho «desplazamiento ascendente» del poder coercitivo político-legal, la economía de mercado y la «sociedad burguesa» que había evolucionado en los intersticios del feudalismo se liberó y pudo desarrollarse en sus propios términos.

 

Esta es, a grandes rasgos, la concepción de Anderson del feudalismo. Y cabe añadir que resulta muy esclarecedora. Su caracterización del Estado absolutista como esencialmente feudal es de especial utilidad, si bien es cierto que requiere un análisis más detallado. Recordemos lo que Anderson quiere transmitir. El Estado absolutista es esencialmente feudal, insiste, porque representa un desplazamiento ascendente y centralizado del poder coercitivo político-legal de los señores feudales, y que escinde esos poderes de la explotación económica. En otras palabras, el Estado absolutista escindió los dos momentos de la explotación: el proceso de la extracción de excedente, por un lado, y el poder coercitivo que lo sustenta, por el otro. A partir de ahí, ambos forman parte de diferentes esferas. La fusión feudal de la economía y la política dio paso a la escisión característica del capitalismo, que deja a la «economía» desarrollarse en función de su propia lógica interna.

 

Ahora bien, el absolutismo también puede analizarse desde la perspectiva de que representa una centralización del poder feudal en otro sentido: en particular, que el Estado monárquico se convierte en sí mismo en una forma de propiedad, un instrumento de apropiación, similar al del señorío feudal. Los poderes económico y político siguen fusionados, pero el señor se apropia de las rentas y el Estado y sus burócratas se apropian del excedente del campesinado a través de los impuestos.

 

Anderson, en algunas ocasiones, parece entender el absolutismo en estos términos también, como una unidad a su vez de las esferas política y económica. No obstante, toda su argumentación se basa en que el absolutismo desempeña un papel crucial en la transición al capitalismo porque el Estado absolutista logró separar las esferas política y económica. El autor defendió insistentemente que la «centralización ascendente» en el contexto del Estado absolutista no afectaba tanto a la fusión de las esferas política y económica, como a que el poder político-legal o coercitivo del feudalismo fuera un aspecto diferenciado de la explotación. El Estado absolutista sencillamente representa para él la capacidad del poder coercitivo político-legal para imponer una explotación económica que se produce en un plano distinto.

 

De hecho, el desplazamiento ascendente del poder político feudal desempeña un papel similar al de la liberación de las ataduras en otras versiones del antiguo modelo. Es más, pudiera parecer que el absolutismo es un mecanismo, por no decir el principal mecanismo, mediante el cual la economía se libera de las cadenas del feudalismo. Y es, por lo tanto, un elemento necesario para la transición del feudalismo al capitalismo. En cualquier caso, la economía de mercado pudo crecer, liberada por fin de las ataduras políticas directas, y la «economía» pudo seguir sus propias inclinaciones. El capitalismo fue resultado de la liberación de la economía, que soltó el lastre del feudalismo y dejó en libertad a los portadores de la racionalidad económica, los burghers o burgueses, si bien aparentemente el proceso no culminó del todo hasta que la burguesía pudo hacerse con el poder político gracias a las revoluciones burguesas y adaptar el Estado a sus necesidades específicas.

 

No obstante, esta centralidad del absolutismo como fase aparentemente fundamental para la transición al capitalismo plantea algunos problemas empíricos importantes. Cabe destacar, en este sentido, por un lado, el hecho de que en Inglaterra el capitalismo no se benefició del absolutismo, y que en el caso de Francia, el absolutismo no diera pie al desarrollo del capitalismo (aspecto que abordaremos en la segunda parte del libro). Teniendo esto en cuenta, quizá sea más plausible argumentar que el absolutismo no fue una fase de la transición sino, más bien, una vía alternativa para abandonar el feudalismo. En todo caso, lo que al menos debería quedarnos claro es que la interpretación de Anderson, como otras explicaciones anteriores sobre la transición al capitalismo, se funda sobre todo en la eliminación de las ataduras de una organización social que ya anidaba –sin que se acierte a explicar del todo– en los intersticios del feudalismo.

 

Sin embargo, la argumentación de Anderson, por muy fina y compleja que sea, es una versión más sofisticada –fascinante y en muchos sentidos esclarecedora, pero no por ello deja de ser una versión más sofisticada– del modelo mercantilista. Dicho modelo resuena aún más en algunas de sus últimas aportaciones, como por ejemplo, la crítica al libro de Robert Brenner, Mercaderes y revolución. A continuación, Anderson opina sobre el enfoque de Brenner que, en un principio, considera el capitalismo un fenómeno específicamente inglés:

 

La idea de que el capitalismo emergiera en un solo país, en un sentido literal, es tan solo un poco más plausible que la idea del socialismo. Para Marx, las diferentes etapas de la moderna biografía del capital se sucedían en una secuencia acumulativa, desde las ciudades italianas a las ciudades de Flandes y de Holanda, y a los imperios de Portugal y España y los puertos de Francia, hasta que «todas coincidieron sistemáticamente en Inglaterra a finales del siglo XVII». Tiene más sentido en términos históricos entender la emergencia del capitalismo como un proceso de valor añadido que adquiere mayor complejidad a medida que recorre una serie de etapas encadenadas. Las ciudades siempre desempeñaron un papel protagonista en esta historia. Los propietarios de la tierra ingleses jamás habrían emprendido su conversión a la agricultura de mercado sin que previamente se hubiera generado un mercado para la lana en las ciudades flamencas, de la misma manera que en la época de los Estuardo la agricultura holandesa era más avanzada que la inglesa, sin olvidar que además iba unida a una sociedad urbana más rica.

 

 

Lo primero que cabe destacar es que, en esta cita de Anderson, Marx explica la «génesis del capitalismo industrial» y no los orígenes del capitalismo; no se refiere a la emergencia de unas «leyes del movimiento» específicamente capitalistas ni a unas relaciones sociales específicamente capitalistas ni a una forma de explotación específicamente capitalista, ni a los imperativos del desarrollo económico autosostenible. Marx pretende explicar cómo bajo las circunstancias adecuadas –es decir, en unas circunstancias sociales capitalistas previas (en Inglaterra)–, la acumulación de la riqueza pasaba de ser mero beneficio improductivo derivado de la usura y el comercio a capital industrial. Con respecto a los orígenes del sistema capitalista, la llamada acumulación originaria –en términos de Marx, la expropiación de los productores directos, sobre todo del campesinado–, que dio pie a unas relaciones de producción específicamente capitalistas y a las dinámicas asociadas a ellas, Marx no duda en situarlo en Inglaterra y en el ámbito rural.

 

En ese caso también se dieron las condiciones de un mercado interno sin precedente hasta el momento que Marx consideraba sine qua non para la emergencia del capitalismo industrial. Marx, y Bren­ner después de él, admite la necesidad de explicar las peculiaridades del desarrollo inglés. Entre las más importantes, como señala Brenner, el hecho de que mientras que otros centros de producción, incluso en la etapa medieval, habían tenido picos de exportación, la incipiente Inglaterra moderna era única en su capacidad para mantener un crecimiento industrial incluso en el contexto de los mercados exteriores en declive. Es decir, aunque inmerso en una red de comercio internacional, el capitalismo en efecto se produjo en un país en concreto.

 

No obstante, no deberíamos distraernos aquí con las especulaciones sobre la opinión de Marx respecto a la relación entre el capitalismo agrario y el capitalismo industrial (ni sobre las preguntas que dejara sin contestar y las cuestiones que dejara sin resolver). Podemos limitarnos a destacar que las observaciones de Anderson en este caso son una petitio principii. Una cosa es decir, por ejemplo, que la emergencia de la agricultura mercantil inglesa dependiera de un mercado flamenco lanar previo, y otra muy distinta es explicar cómo «la agricultura mercantilista» pasó a ser una agricultura capitalista, o cómo la posibilidad de un comercio se convirtió no solo en una realidad, sino en una necesidad de la producción competitiva, o cómo las oportunidades del mercado se convirtieron en imperativos del mercado, y cómo este tipo específico de agricultura puso en marcha el desarrollo de un sistema capitalista.

 

Podemos afirmar con seguridad que el sistema mercantil europeo fue una condición esencial para la emergencia del capitalismo, pero no basta con dar por supuesto que el comercio y el capitalismo son una y la misma cosa, ni que el uno se convirtió en el otro por un mero proceso de crecimiento. Anderson ha dado por supuesto precisamente el aspecto cuya veracidad requiere ser demostrada, fundamentalmente, que el comercio, o de hecho la producción para el mercado (una práctica extendida a lo largo de la mayor parte de la historia documentada), se convirtió en capitalismo por pura expansión, una expansión que alcanzó cierto tipo de masa crítica en un determinado momento. En otras palabras, su argumentación adolece de la misma circularidad que ha afectado siempre al modelo mercantilista…

 

(continuará)

 

 

 

 

[ Fragmento de: “EL ORIGEN DEL CAPITALISMO. Una mirada de largo plazo” / Ellen Meiksins Wood ]

 

*

miércoles, 9 de agosto de 2023

 

[ 450 ]

 

EL ORIGEN DEL CAPITALISMO

Una mirada de largo plazo

 

Ellen Meiksins Wood

 

( 06 )

 

 

 

PRIMERA PARTE

HISTORIAS DE LA TRANSICIÓN

 

 

 

 

II.

LOS DEBATES MARXISTAS

 

Nuestra interpretación de la historia del capitalismo influye enormemente en nuestra interpretación de la cosa en sí. Los viejos modelos del desarrollo capitalista eran una mezcla paradójica de determinismo transhistórico y voluntarismo del «libre» mercado, y el mer­cado capitalista una ley natural inmutable y el ámbito perfecto para la libre elección y el ejercicio de la libertad. La antítesis de estos modelos sería una concepción del mercado capitalista capaz de reconocer plenamente sus imperativos y compulsiones, a la par que entender que estos imperativos no están enraizados en una ley natural y transhistórica, sino en unas relaciones sociales específicas, constituidas por la agencia humana y sujetas a cambios. Este sería previsiblemente el enfoque de los análisis marxistas, pero los historiadores marxistas no han logrado sistematizar una alternativa de estas características.

 

A la hora de abordar los orígenes del capitalismo desde un punto de vista histórico existen diferencias igual de marcadas entre los propios historiadores marxistas que entre historiadores marxistas y no marxistas. Muchos marxistas han comulgado con el viejo modelo mercantilista, a veces incluso con mayores dosis de determinismo tecnológico. Otros en cambio han sido muy críticos con él, si bien es cierto que incluso en estos enfoques es posible percibir trazas del viejo modelo. El debate dista aún de haberse cerrado y queda mucho aún por aportar.

 

 

EL ENFOQUE DE MARX ACERCA DE LA TRANSICIÓN

Tampoco contribuye a esclarecer el asunto el hecho de que la propia obra de Marx contenga dos relatos distintos. Uno de ellos se asemeja bastante al modelo convencional, según el cual la historia es una suerte de sucesión de estadios de la división del trabajo, y un proceso transhistórico de progreso tecnológico, liderado por las clases burguesas, que parecen propiciar la emergencia del capitalismo en cuanto se liberan de las cadenas feudales. De hecho, en palabras del propio Marx, el capitalismo anida en los «intersticios» del feudalismo, y se vierte en el torrente de la historia cuando rompe los grilletes del sistema feudal. Este es el relato que atraviesa sus obras tempranas como La ideología alemana y El manifiesto comunista, si bien más que explicar el origen del capitalismo, se presupone como una forma nueva de organización social a la espera de que la burguesía ascendente se libere de las cadenas feudales y permita así su emergencia. Este es el relato implícito en la idea de la «revolución burguesa» del marxismo tradicional.

 

Sin embargo, el enfoque característicamente «marxista» se encuentra en su crítica de la economía política, en los Grundrisse y en El capital. Si bien es cierto que obviamente la desarrolló mucho más en su análisis revolucionario del capitalismo contemporáneo, aplicó su crítica a la cuestión histórica del origen del sistema al analizar minuciosamente «la denominada acumulación originaria» en el libro primero de El capital. Con ello sentó las bases para el desarrollo de importantes aportaciones de historiadores marxistas posteriores y supuso una ruptura decisiva con el viejo paradigma.

 

Como ya hemos visto, el modelo mercantilista clásico inicialmente planteado por Adam Smith sugiere que el proceso de acumulación previa fue el preludio de la «sociedad mercantil» al permitir que se generara cantidad suficiente de riqueza, gracias a la visión comercial y la austeridad, como para que pudieran realizarse inversiones importantes. Este proceso representa la acumulación «original» de «capital», es decir, el acopio de riqueza material. Muchas de las explicaciones contemporáneas acerca del desarrollo capitalista han sido variaciones sobre el mismo tema como, por ejemplo, las que consideran el origen del capitalismo como el resultado de la acumulación del «capital» mediante la explotación colonial y el intercambio desigual. Una vez más, el capitalismo, o la «sociedad mercantil», sería una expansión cuantitativa del comercio y de la riqueza que poco tiene que ver con una transición, es decir, con una transformación cualitativa de un sistema social con sus propias leyes del movimiento a otro muy distinto, con una dinámica y unas condiciones de existencia muy diferentes.

 

En su crítica de «la llamada acumulación originaria», Marx se alejó drásticamente de la economía política clásica y de su modelo mercantilista. Aplicó los principios generales que enuncia en su crítica de la economía política a la transición del feudalismo al capitalismo, en particular, el hecho de que la riqueza no constituye «capital» por sí sola, y que el capital es una relación social de producción específica. De este enfoque se deriva que la mera acumulación de riqueza no fue el factor decisivo para dar origen al capitalismo. Para Marx «la acumulación originaria» de la economía política se denomina así porque el capital, tal como él lo define, es una relación social y no un mero tipo de riqueza o de beneficio; y la mera acumulación no trae consigo el capitalismo. Aunque obviamente esta fuera una condición necesaria para la emergencia del capitalismo, no fue en absoluto suficiente ni decisiva para su surgimiento. Lo que transformó la riqueza en capital fue la transformación de las relaciones sociales de producción.

 

La esencia de la crítica de Marx a «la llamada acumulación originaria» (muchos tienden a menudo a obviar el significado que contienen las palabras «la llamada»), es que la acumulación de la cantidad que sea, ya provenga directamente del hurto, del imperialismo, del beneficio generado por la actividad mercantil o incluso de la explotación del trabajo para el beneficio mercantil, no constituye por sí misma capital, ni generará el capitalismo. La precondición específica para la emergencia del capitalismo es la transformación de las relaciones sociales de producción que generan unas «leyes del movimiento» capitalistas: la imposición de los imperativos de la competitividad y de la maximización del beneficio, una compulsión por reinvertir el excedente y una necesidad sistemática e incansable de aumentar la productividad del trabajo y desarrollar las fuerzas de producción.

 

La transformación crucial de las relaciones sociales de producción, según Marx, se produjo en el ámbito rural inglés y a raíz de la expropiación de los productores directos. Las nuevas relaciones agrarias implicaban que los grandes propietarios de la tierra obtuvieran progresivamente rentas a partir del beneficio mercantil obtenido por los arrendatarios capitalistas, mientras que a su vez se despojaba a muchos pequeños productores, que pasaron a ser trabajadores asalariados. Para Marx esta transformación en el ámbito rural constituye la verdadera «acumulación originaria», no porque supusiera la generación de una masa crucial de riqueza, sino porque estas relaciones sociales de producción generaron nuevos imperativos económicos, en particular, la competitividad compulsiva y la necesidad sistemática de desarrollar las fuerzas productivas, que condujeron a nuevas leyes del movimiento desconocidas en el mundo hasta entonces.

 

En el núcleo de esta argumentación está la insistencia de Marx en la especificidad histórica del capitalismo. Es decir, que el capitalismo tuvo un origen histórico, en unas condiciones históricas muy concretas y, por lo tanto, también era posible concebir su final. El capitalismo no era producto de una suerte de proceso natural inevitable, ni tampoco suponía el final de la historia.

 

 

EL DEBATE EN TORNO A LA TRANSICIÓN

Las aportaciones más relevantes a la historia desde el marxismo se han construido sobre los cimientos de la crítica de Marx de la acumulación originaria. Podemos dejar a un lado los análisis basados en el burdo determinismo tecnológico que con demasiada frecuencia han pasado como teorías marxistas de la historia, para concentrarnos en los análisis marxistas más serios e interesantes.

 

En 1950 tuvo lugar un intercambio de ideas entre el economista Paul Sweezy y el historiador económico Maurice Dobb, cuyo libro Estudios sobre el desarrollo del capitalismo (1946) Sweezy había criticado. Aquel intercambio se convirtió en un debate fundamental entre una serie de distinguidos historiadores, fundamentalmente marxistas, en la revista Science & Society y que acabó convirtiéndose en un libro. «El debate en torno a la transición» como pasó a llamarse, se convirtió desde entonces en un punto de referencia en el debate sobre el tema entre marxistas y no marxistas.

 

La obra de Dobb representa un avance fundamental para entender la transición. Al igual que otras obras de la misma tradición de pensamiento, sobre todo la del historiador medieval de Europa, R. H. Hilton, su análisis desautorizaba los fundamentos del antiguo modelo, cuestionando algunas de sus premisas básicas, sobre todo la que daba por supuesto que el capitalismo no era más que una expansión cuantitativa del comercio y que esa antítesis del feudalismo, que acabó por disolverlo y dar pie al capitalismo, anidaba en las ciudades y en el comercio.

 

El punto clave del debate entre Sweezy y Dobb fue localizar la «fuerza motriz» de la transición del feudalismo al capitalismo. ¿Acaso había que buscar la causa fundamental de esa transición entre las relaciones básicas y constitutivas del feudalismo, es decir, entre las re­laciones entre los señores y los campesinos? ¿O acaso era externa a esas relaciones y se hallaba más bien en la expansión del comercio?

 

Dobb y Hilton, en el consiguiente debate, aportaron argumentos relevantes y sólidos que demostraban que la disolución del feudalismo no vino únicamente de la mano del comercio. De hecho, el comer­cio y las ciudades no fueron inherentemente nocivos para el feudalismo en absoluto. El declive del feudalismo y el auge del capitalismo obedecieron a factores internos de las relaciones fundamentales del propio feudalismo, a la lucha de clases entre señores y campesinos. Hilton, sobre todo, destacaba que había quedado demostrado que la interpretación de Pirenne era fallida desde un punto de vista empírico, y desgranó todas las formas mediante las cuales el dinero, el comercio, las ciudades e incluso la llamada «revolución mercantil» lejos de ser extrañas al sistema feudal, eran parte esencial del mismo. Lo cual significaba que indudablemente estos factores habían influido en el complejo proceso que condujo a la transición, pero no habían provocado la disolución del feudalismo.

 

Tanto Dobb como Hilton han sugerido que la disolución del feudalismo y el auge del capitalismo fueron el resultado de la liberación de la producción mercantil simple, de su liberación de las cadenas del feudalismo, y de la lucha de clases entre señores y campesinos. Por ejemplo, Dobb afirmaba que, si bien la lucha de clases no dio pie al capitalismo de «una forma sencilla y directa», sí sirvió para

 

modificar la dependencia de la producción simple de mercancías del señorío feudal y liberar finalmente al pequeño productor de la explotación feudal. Por lo tanto, el capitalismo nace de la producción simple de mercancías (en la medida en que garantiza la independencia de acción y, a su vez, se desarrolla en su fuero la diferenciación social).

 

 

En la misma línea, Hilton –cuyos estudios sobre el campesinado medieval y sus luchas son máximos exponentes de la historiografía de cualquier etapa– atribuía la transición a las luchas entre señores y campesinos. La presión que ejercieron los señores sobre los campesinos para transferir el excedente de trabajo fue fundamentalmente, en su opinión, lo que provocó la mejora de las técnicas de producción y el incremento de la producción mercantil simple. Al mismo tiempo, la resistencia del campesinado a esas presiones fue crucial en el proceso de transición al capitalismo:

 

«la liberación de las economías campesinas y artesanas para el desarrollo de la producción de mercancías y la eventual emergencia del emprendedor capitalista».

 

Por el contrario, Sweezy insistía en que el feudalismo, a pesar de la ineficacia e inestabilidad que le caracterizaba, era intrínsecamente tenaz y resistente al cambio, y la principal fuerza motriz para impulsar el cambio llegó del exterior. Efectivamente, el sistema feudal podía tolerar, y de hecho necesitaba, una cierta dosis de actividad mercantil; sin embargo, con la implantación de determinados centros para el comercio urbano y el transbordo de productos para el comercio de larga distancia (aquí Sweezy citaría a Henri Pirenne), se fue poniendo en marcha un incremento de la producción destinada al intercambio de productos, frente al principio feudal de la producción destinada al uso de los mismos.

 

No obstante, afirmaba Sweezy, este proceso no supuso la inmediata emergencia del capitalismo. La expansión del comercio fue suficiente para la disolución del feudalismo y el inicio de una fase transicional de «producción precapitalista de mercancías», inestable en sí misma, que fue abonando el terreno para el inicio del capitalismo en los siglos XVII y XVIII; una etapa diferenciada y subsiguiente en el desarrollo del mismo. Sweezy introdujo aquí una aclaración importante:

 

«a menudo pensamos en la transición de un sistema social a otro como si fuera un proceso de confrontación directa entre ambos sistemas luchando por la supremacía», pero cometeríamos un «tremendo error» si pensáramos en la transición del feudalismo al capitalismo en esos términos.

 

Sweezy no se propuso explicar la segunda fase del proceso pero sí planteó una serie de preguntas fundamentales sobre las explicaciones que ofrecían otros autores. Cabría destacar dos de ellas. En primer lugar, se mostró escéptico acerca de que fuera plausible el enfoque (derivado de la interpretación convencional de la teoría de Marx sobre «el camino verdaderamente revolucionario» hacia el capitalismo industrial) según el cual los capitalistas industriales emergieron entre las filas de los pequeños productores. Por el contrario, Sweezy defendía que «el camino verdaderamente revolucionario» implicaba que el productor, en lugar de pasar de pequeño productor a comerciante y luego a capitalista, «empieza como mercader y empleador de trabajo asalariado», y las empresas capitalistas se lanzan al mercado plenamente desarrolladas, y no emergen de forma gradual a partir de un sistema talleres.

 

En segundo lugar, para Sweezy, ni la generalización de la producción de mercancías ni el desarrollo avanzado de la producción de mercancías, como por ejemplo en Italia o Flandes en el Medioevo, eran aspectos suficientes para explicar el surgimiento del capitalismo. Además, destacó otro aspecto interesante. Al contrario que en el caso de la teoría de Maurice Dobb, según la cual el declive del feudalismo se debió a la sobre explotación del campesinado y a los conflictos de clase que se generaron, para Sweezy

 

«quizá fuera más acertado decir que el declive del feudalismo en Europa occidental se debió a la incapacidad de la clase dirigente de mantener el control, y por tanto explotar, la fuerza de trabajo de la sociedad».

 

Obviamente, ofrecemos aquí una síntesis de brocha gorda y una simplificación de los complejos argumentos esgrimidos por quienes participaron en el debate, pero debería ser suficiente como para plantear una serie de preguntas fundamentales sobre los supuestos sobre los que trabajaba cada una de las partes. A primera vista, el asunto está bastante claro: Dobb atacaba el modelo mercantilista mientras que Sweezy lo defendía. De hecho, un tiempo más tarde, el historiador marxista Robert Brenner acusó a Sweezy, y a otros autores como André Gunder Frank e Immanuel Wallerstein, de ser «neosmithianos» porque a su juicio comulgaban con algo parecido al enfoque del modelo mercantilista clásico que Adam Smith esbozara por primera vez. Brenner planteó la poderosa idea de que algunos marxistas se tragaron los supuestos del viejo modelo, es decir, la tendencia a considerar la dinámica específica del capitalismo –y su necesidad de incrementar la productividad del trabajo– como el resultado inevitable de la expansión comercial.

 

A primera vista, el enfoque de Sweezy es por completo coherente con el modelo mercantilista en sus aspectos más fundamentales, mientras que el enfoque de Dobb se enfrenta a él frontalmente. En concreto, Sweezy parece partir de la tesis de Pirenne, y plantea una relación antagónica entre el creciente sistema mercantil de larga distancia y los principios básicos del feudalismo, y en algunas ocasiones atribuye a los actores económicos precapitalistas una racionalidad específica del capitalismo. Por el contrario, Dobb y Hilton insisten en que las ciudades y el comercio no fueron nocivas por na­turaleza para el feudalismo, y que «la fuerza motriz» del cambio se hallaba en el seno de las relaciones de producción del feudalismo, y que la lucha de clases entre los señores y los campesinos fue un elemento fundamental del proceso.

 

 

No obstante, el debate es de mayor calado. Indudablemente, Dobb y Hilton se distancian del modelo mercantilista y sitúan a «la fuerza motriz» en el campo y no en la ciudad, y en la lucha de clases entre apropiadores y productores, y no en la expansión del comercio. Sin embargo, hay un elemento central y común a estos enfoques: el capitalismo emerge en cuanto se rompen los grilletes del feudalismo. El capitalismo está de algún modo presente en los intersticios del feudalismo, esperando a ser liberado…

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: EL ORIGEN DEL CAPITALISMO Una mirada de largo plazo / Ellen Meiksins Wood ]

 

*

 


lunes, 24 de julio de 2023

 

[ 440 ]

 

EL ORIGEN DEL CAPITALISMO

Una mirada de largo plazo

 

Ellen Meiksins Wood

 

( 05 )

 

 

 

PRIMERA PARTE

HISTORIAS DE LA TRANSICIÓN

 

 

 

 

I.

EL MODELO MERCANTILISTA Y SU LEGADO

 

 

 

A partir del modelo mercantilista clásico

 

 

 

EL ANTIEUROCENTRISMO

 

El supuesto del que parte la petitio principii del viejo modelo mercantilista aparece en los lugares más insospechados. Por ejemplo, algunos críticos acusan a los historiadores, y a menudo a los marxistas occidentales en concreto, de ser «eurocéntricos» y, paradójicamente, al hacerlo están reproduciendo el supuesto mismo que convierte al modelo mercantilista en el más eurocéntrico de todos.

 

El modelo se basaba en la premisa de que Europa merece el reconocimiento de haber eliminado los obstáculos que impedían el desarrollo natural del capitalismo y permitir que madurara desde sus orígenes en la sociedad urbana y en la actividad mercantil. Al menos, algunos argumentos antieurocéntricos han empezado por cuestionar la primacía europea en este sentido. Pero no es fácil ver qué ventajas plantea defender que las sociedades no europeas que contaban con civilizaciones urbanas y sistemas mercantiles muy desarrollados estuvieran más adelantadas en el camino hacia el desarrollo capitalista de lo que están dispuestos a aceptar los enfoques eurocentristas del modelo. Más bien parece un desafío especialmente ineficaz al viejo modelo y su naturalización del capitalismo, aceptando la primera premisa de ese mismo modelo. Es más, esos enfoques contribuyen más bien a reforzar el enfoque profundamente eurocéntrico de que la ausencia de capitalismo es una suerte de fallo histórico (una línea de pensamiento bastante contraproducente para los críticos del capitalismo).

 

Para empezar, meter en el mismo saco una cantidad tan diversa de autores bajo la categoría de «eurocentrismo» plantea bastantes problemas, como si todos se centraran en Europa de la misma manera, como si todos compartieran el mismo desdén hacia los no europeos. Bajo esta etiqueta entran los racistas que insisten en la superioridad natural de los europeos frente a los asiáticos, africanos o indígenas del continente americano; los chauvinistas culturales que, por las razones que sea, creen que «Occidente» ha alcanzado un desarrollo cultural y un nivel de «racionalidad» más elevado que le ha permitido jugar con ventaja en todos los demás aspectos; los deterministas ambientales que consideran que Europa goza de algunas ventajas ecológicas evidentes; los historiadores no racistas que niegan o infravaloran el papel desempeñado por el imperialismo occidental en la historia de Europa; y los marxistas que no son ni racistas ni chauvinistas culturales ni deterministas medioambientales ni tienden a infravalorar las maldades del imperialismo, pero que sí consideran que Europa reunía determinadas condiciones históricas, que nada tienen que ver con su superioridad, capaces de generar unas consecuencias históricas específicas, como el auge del capitalismo.

 

Aun así, nadie podría negar que existe algo parecido a una suerte de «arrogancia cultural» europea, y tenemos que aceptar que hay razones más que de sobra para cuestionar las interpretaciones de la historia que sitúan a los europeos en el centro del universo, en detrimento, o exclusión incluso, de todos los demás. La idea del «eurocentrismo» a pesar de todos sus fallos, debería al menos contribuir a ponernos en guardia frente a semejantes prácticas culturales. Por lo tanto, resulta especialmente desconcertante que las perspectivas históricas antieurocéntricas del capitalismo acaben basándose por lo general en los supuestos más eurocéntricos.

 

Como ya hemos visto, según el antiguo modelo mercantilista tan enraizado en la cultura occidental, el capitalismo es un resultado más o menos natural de prácticas humanas ancestrales y prácticamente universales, las actividades de intercambio, que no solo se han producido en las ciudades desde tiempos inmemoriales, sino también en las sociedades agrícolas. Algunos enfoques de este modelo mercantilista incluso llegan a considerar estas prácticas como la expresión de una inclinación humana natural al «trueque, la permuta y el intercambio». Es decir, el capitalismo no tiene un comienzo, y su desarrollo no implica una verdadera transición de un modo de producción a otro muy distinto. Dan por sentado el capitalismo, dan por supuesta su existencia latente desde los albores de la historia y la explicación de su desarrollo se basa, en el mejor de los casos, en la descripción de cómo se eliminaron los obstáculos a su progresión natural en algunos lugares frente a otros.

 

Obviamente, según estas interpretaciones, «Occidente» ha sido muy eficaz a la hora de desprenderse de las diversas cadenas que impedían su desarrollo económico. Por ejemplo, los europeos han sustituido determinados sistemas políticos y legales «parasitarios», como el feudalismo o ciertos tipos de monarquía, por nuevos sistemas para garantizar las libertades políticas, desde la monarquía constitucional a la monarquía liberal. Los europeos sustituyeron las supersticiones por el «racionalismo», que engloba desde la filosofía de la Ilustración hasta los avances científicos y tecnológicos y la «racionalidad» económica. Sobre todo, han liberado a los agentes del progreso, a los mercaderes o «burgueses», o portadores de la razón y de la libertad, que solo tenían que desprenderse de sus cadenas feudales para poder conducir a la historia por su senda natural y predeterminada.

 

 

Entonces, ¿en qué se diferencian los relatos históricos del antieurocentrismo y estas interpretaciones clásicas sobre los orígenes del capitalismo? Las críticas al eurocentrismo tienden a adoptar una o ambas de las siguientes formas: en primer lugar, niegan la «superioridad» de Europa e insisten en la importancia, o más bien en el predominio, de las economías y redes de comercio no europeas a lo largo de la mayor parte de la historia de la humanidad, así como en el nivel de desarrollo tecnológico alcanzado por algunos de sus actores fundamentales; o, en segundo lugar, destacan la importancia que tuvo el imperialismo europeo a la hora de fomentar el desarrollo del capitalismo. Con frecuencia, se centran en concreto en el imperialismo británico, en su beneficio extraído de las plantaciones de azúcar y del mercado de esclavos, y en el desarrollo del capitalismo industrial, si bien 1492 constituye también un hito en el desarrollo inicial del capitalismo. Ambas tesis pueden coincidir en el argumento de que las potencias mercantiles no europeas trajeron consigo el capitalismo, o que al menos podrían haberlo originado, si bien su futuro desarrollo se vio frustrado porque el imperialismo occidental esquilmó todo atisbo de su riqueza.

 

Es obvio que ningún historiador que se precie negaría hoy la relevancia que tuvieron el comercio y el desarrollo tecnológico en Asia, y en otras partes del mundo no europeo, ni el nivel relativamente modesto de desarrollo alcanzado por los europeos antes de la emergencia del capitalismo. Ningún historiador que se precie, y menos si es de izquierdas, negaría el impacto que ha tenido el imperialismo en la historia europea y el tremendo daño que este ha infligido. Pero, la cuestión es qué relación tiene todo esto con el capitalismo, y, en ese sentido, los argumentos del antieurocentrismo acaban cayendo precisamente en las mismas trampas que intentan evitar.

 

Lo más destacable de las críticas que provienen del antieurocentrismo es que parten de las mismas premisas que las explicaciones eurocéntricas, parten del mismo modelo mercantilista y de la misma concepción de la acumulación originaria. Todo comerciante o mercader sea de donde sea es un capitalista potencial o de facto, y cuanto más activo sea, cuanto mayor sea el alcance de su actividad y más riqueza acumule, más habrá avanzado por la senda del desarrollo capitalista. En ese sentido, muchos lugares de Asia, África y América habían emprendido el camino hacia el capitalismo antes de que el imperialismo europeo interrumpiera su avance de un modo u otro.

 

Aparentemente, ninguna de estas perspectivas críticas niega la divergencia del proceso europeo con respecto al de otras partes del mundo y a partir de un determinado momento, pero esta divergencia tiende a relacionarse con «la revolución burguesa» o con el advenimiento del capitalismo industrial, una vez que pudo acumularse la suficiente cuantía de riqueza a través del comercio y de la expropiación imperial. Dado que el comercio era una actividad extendida por otras partes del mundo, el elemento que verdaderamente diferenciaba a Europa del resto fue el imperialismo, ya que fruto de este las potencias europeas pudieron obtener la cantidad de riqueza necesaria y distinta a la de otras potencias mercantiles.

 

Estas interpretaciones tienden a sugerir que el desarrollo europeo básicamente obedeció al ascenso de la burguesía al poder, y a que las civilizaciones no europeas avanzadas y ricas son un ejemplo de desarrollo atrasado porque, aunque no fueran las responsables directas del mismo, no acertaron nunca a librarse de sus cadenas por medio de una revolución burguesa. Una vez más nos topamos con la misma idea que en el caso de la economía política clásica y su concepto de la «acumulación originaria», el salto hacia el capitalismo «moderno» tuvo lugar gracias a que la burguesía fue capaz de acumular la suficiente riqueza de un modo u otro.

 

Como ya vimos, según el enfoque clásico, la «acumulación originaria» es la acumulación previa de «capital», que en este punto no se diferencia de ningún otro tipo de riqueza o beneficio, y el capitalismo es básicamente más de lo mismo, solo que con el añadido de la reinversión de la riqueza. La «acumulación originaria» solo es originaria en el sentido de que representa la acumulación de la cantidad de riqueza necesaria para que la «sociedad mercantil» alcance la madurez. En ese sentido, se parece mucho a la concepción antieurocéntrica de la temprana «acumulación de capital» según la cual esta alcanza el volumen suficiente como para dar lugar a una forma de capitalismo «maduro» (o, en términos de la economía política clá­sica, a la «sociedad mercantil»). Como en el caso de la economía política clásica, estos argumentos antieurocéntricos evaden la cuestión de la transición al capitalismo y presuponen la existencia de formas de capitalismo más tempranas.

 

Como veremos en el siguiente capítulo, la crítica de Marx de la economía política y su concepto de «acumulación originaria» supuso una ruptura decisiva con el modelo clásico; su definición del capital vinculado no solo a la riqueza o al beneficio, sino a las relaciones sociales, y su hincapié en que la verdadera «acumulación originaria» se produjo con la transformación de las relaciones sociales de producción. No obstante, los críticos del eurocentrismo en la historia han recuperado más o menos el antiguo concepto. A pesar de que divergen claramente de los enfoques del eurocentrismo clásico –sobre todo en relación con el papel central que estos conceden al imperialismo europeo como impedimento clave para el desarrollo de los contextos no europeos–, se limitan a invertir un viejo principio eurocéntrico según el cual Europa superó al resto de civilizaciones gracias a que acertó a eliminar los obstáculos que impedían el desarrollo natural de la «sociedad mercantil»; según los enfoques antieurocéntricos, el fracaso de los países no europeos a la hora de culminar el proceso de desarrollo, a pesar de todos sus avances, se debió a los obstáculos creados por el imperialismo occidental.

 

De nuevo, no encontramos en estos enfoques indicios de un concepto de capitalismo como forma de organización social específica, con una estructura social concreta y unas relaciones sociales de producción específicas, que llevan a los agentes económicos a comportarse de determinadas maneras y generar leyes de movimiento específicas. De nuevo, no hay trazas de una verdadera transición. Dichos enfoques pretenden explicar el origen de esta forma de organización social concreta de un modo muy parecido a como lo hacía el antiguo enfoque eurocéntrico –o, para ser más precisos, niegan su carácter específico y, por tanto, rehúyen la cuestión de su origen–, dando por hecha su existencia previa (el denominado «protocapitalismo», por no hablar de formas de comercio y actividad mercantil anteriores). No logran explicar con claridad cómo surgió esta nueva forma de organización social. Al contrario, desde estas perspectivas, la historia del capitalismo se basa en la historia de unas prácticas sociales ancestrales, sin un comienzo histórico, que han lo­grado desarrollarse y madurar siempre que no se hayan topado con obstáculos internos o externos de diversa índole.

 

Existen, obviamente, variaciones sobre los viejos temas, sobre todo relativos al ataque a las prácticas imperialistas. Pero también nos encontramos con aportaciones que hilan más fino, como en el caso de la idea de «revolución burguesa», si bien esta idea por mucho que se ponga adornos marxistas no es muy distinta de la de las interpretaciones eurocéntricas-burguesas que consideran a los burgueses como agentes de progreso y les responsabilizan de liberarles de los grilletes feudales. Pero, por muchas variaciones que se introduzcan en el relato, el capitalismo es fundamentalmente mucho más que lo ya existente durante el protocapitalismo y antes: más dinero, más urbanización, más comercio y más riqueza.

 

Los enfoques del antieurocentrismo sugieren que destacar la especificidad histórica del capitalismo, su naturaleza distintiva y su origen histórico específico son elementos típicos del eurocentrismo. Sin embargo, seguramente no hay una forma más eficaz de socavar la sensación de superioridad de Occidente que cuestionar la convicción triunfalista de que el camino del desarrollo histórico occidental ha sido algo natural e inevitable. Es totalmente contraproducente intentar desafiar este triunfalismo mediante la apropiación de sus supuestos más básicos sobre la naturaleza del capitalismo. Y más perverso aún pretender corroborar la superioridad del capitalismo convirtiéndolo en el estándar del mérito y el progreso. Como si Europa al reclamar el capitalismo como algo propio se estuviera apropiando de todas sus bondades y dinámicas progresivas, y como si cualquier otra senda histórica distinta de él, representara un fracaso; o como si el único baremo para reconocer el valor de otras sociedades fuera su capacidad para que el capitalismo se desarrollara (o, como mínimo, un protocapitalismo); o aceptar que hubieran podido tomar esa senda si se hubiera dejado a la historia seguir su curso natural.

 

Con esto no queremos decir que no haya mucho que decir con respecto a las conexiones entre el capitalismo y el imperialismo. Pero, para poder entender esas conexiones –y lograr enfrentar de una manera más eficaz el modo en que el eurocentrismo obvia la cuestión del imperialismo occidental–, es preciso tener en cuenta las condiciones muy concretas en las que se transformaron las prácticas colonialistas tradicionales en prácticas imperialistas capitalistas. Y esto supone admitir que las relaciones sociales de producción capitalistas tuvieron impactos muy específicos. Cuestión que abordaremos en el capítulo VI…

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: “EL ORIGEN DEL CAPITALISMO. Una mirada de largo plazo” / Ellen Meiksins Wood ]

 

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jueves, 13 de julio de 2023

 

[ 431 ]

 

EL ORIGEN DEL CAPITALISMO

Una mirada de largo plazo

 

Ellen Meiksins Wood

 

( 04 )

 

 

 

PRIMERA PARTE

HISTORIAS DE LA TRANSICIÓN

 

 

 

 

I.

EL MODELO MERCANTILISTA Y SU LEGADO

 

 

 

A partir del modelo mercantilista clásico

 

UNA EXCEPCIÓN DESTACABLE: KARL POLANYI

 

En su ya clásico La gran transformación (1944) y otras obras, el historiador económico y antropólogo Karl Polanyi defiende que la motivación del beneficio individual unida al intercambio mercantil no fueron principios dominantes en la vida económica de las personas hasta la Edad Moderna. Incluso en aquellos lugares que contaban con mercados bien desarrollados, es preciso establecer una clara distinción entre sociedades con mercados, como las que aparecen en la historia documentada, y una «sociedad de mercado». En todas las sociedades tempranas, las relaciones y prácticas «económicas» estaban «insertas» o inmersas en relaciones de índole no económicas –de parentesco, comunales, religiosas y políticas–. Por lo tanto, la obtención de estatus y prestigio o la conservación de la solidaridad comunal son motivaciones más allá de lo puramente «económico» –como el beneficio y la ganancia materiales–, que han dirigido la actividad económica. La vida económica no solo ha dependido de los mecanismos del intercambio mercantil, sino también de la «reciprocidad» y la «redistribución», en algunos casos mediante obligaciones recíprocas complejas determinadas por el parentesco o la apropiación autoritaria de plusvalía por parte de algún poder político o económico y sus mecanismos centrales de redistribución.

 

Polanyi discutía abiertamente los supuestos de Adam Smith sobre el «hombre económico» y su natural tendencia «al trueque, la permuta y el intercambio», afirmando que dicha «propensión» no había desempeñado el papel dominante atribuido por Smith antes de su propio tiempo, y que de hecho esta no habría regulado la economía hasta un siglo después. En las sociedades pre-mercantiles había mercados, en algunas incluso extensos y relevantes, pero eran un elemento subordinado de la vida económica, dominado por otros elementos del comportamiento económico. Y, no solo eso, estos mercados, incluso en los sistemas mercantiles más complejos y de mayor alcance, funcionaban en función de una lógica bastante distinta de la del mercado capitalista moderno.

 

En concreto, ni los mercados locales ni el comercio de larga distancia característico de las economías precapitalistas eran esencialmente competitivos (por no decir, podría haber añadido, que no estaban dominados por los criterios de la competitividad). Aquellas relaciones mercantiles –entre la ciudad y el campo, por un lado, y entre zonas de climas distintos, por otro– eran más «complementarias» que competitivas, incluso a pesar de que las relaciones de poder desiguales distorsionaran dicha «complementariedad». El comercio externo se basaba sencillamente en el tráfico de mercancías. La labor del comerciante consistía en trasladar las mercancías de un mercado a otro, mientras que en el comercio local, según Polanyi, la actividad mercantil era exclusiva y estaba estrictamente regulada. En general, se eliminó deliberadamente la competitividad porque tendía a desorganizar el comercio.

 

Polanyi destaca el hecho de que solo los mercados internos, a escala nacional –un cambio muy tardío al que se oponían los mercaderes locales y las ciudades autónomas de los centros mercantiles más avanzados de Europa–, se regían por principios de competitividad. Pero, incluso los mercados internos de los Estados-nación de principios de la Edad Moderna no fueron durante un tiempo más que una serie de mercados municipales, unidos por tráfico de mercancías no muy distinto en principio al comercio de larga distancia de Ultramar. El mercado interno integrado tampoco era un descendiente directo, ni una evolución natural, del comercio local o de larga distancia que lo precedió. Era, según Polanyi, un producto de la intervención del Estado, e incluso entonces, en una economía que aún se basaba en gran medida en la producción de hogares campesinos autosuficientes que trabajaban para subsistir, la regulación estatal siguió prevaleciendo sobre los principios de competitividad.

 

Tan solo en la moderna «sociedad de mercado», según Polanyi, existe una motivación «económica» distintiva, unas instituciones y relaciones económicas distintivas diferenciadas de las relaciones no económicas. Puesto que, en un sistema de mercados autorregulados dirigidos por un mecanismo de precios, los seres humanos y la naturaleza –en forma de trabajo y tierra– son consideradas mercancías y, por muy ficticio que resulte, la sociedad misma se convierte en un «apéndice» del mercado. La economía de mercado solo puede existir en una «sociedad de mercado», es decir, en una sociedad en la cual en vez de estar incrustada la economía en las relaciones sociales, son estas las que están incrustadas en la economía.

 

Obviamente, Polanyi no fue el único en percibir el papel secundario que desempeñaba el mercado en las sociedades precapitalistas. Todo historiador económico o antropólogo competente acertará a reconocer la existencia de los diversos principios no mercantilistas que rigen el comportamiento económico en dichas sociedades, desde las más «primitivas» e igualitarias hasta las más complejas, estratificadas y explotadoras «altas» civilizaciones. Otros historiadores económicos (aunque menos de los que cabría imaginar) han constatado los cambios que han afectado a los principios del comercio. Sin embargo, cabe destacar la aportación de Polanyi, su rigurosa descripción de la ruptura entre la sociedad de mercado y las sociedades no de mercado que la precedieron, aunque estas fueran sociedades con mercados; no solo las diferencias entre sus distintas lógicas económicas, sino también los conflictos sociales que conllevó dicha transformación. El impacto del sistema de autorregulación del mercado, insiste Polanyi, fue tan disruptivo no solo para las relaciones sociales, sino para la propia psique de los seres humanos, fue tan desastroso su impacto sobre la vida de los seres humanos, que necesariamente la historia de su implantación conllevó la historia de la protección frente a los estragos que provocó. Si no se hubieran puesto en marcha «contramovimientos de protección», sobre todo de la mano de la intervención del Estado, «la sociedad humana habría quedado aniquilada».

 

Este argumento representa en muchos sentidos una ruptura evidente con las explicaciones del desarrollo económico que insisten en la continuidad (más o menos benevolente), entre el comercio de la Antigüedad y la economía capitalista moderna, incluso en los casos en los que dan cuenta del antagonismo entre los principios «mercantiles» o capitalistas y la lógica económica (o antieconómica) del feudalismo.

 

Pero, en algunos casos relevantes, la explicación de Polanyi guarda similitudes importantes con algunas interpretaciones históricas más convencionales. Los principales problemas derivan de su explicación de las condiciones en las que emerge la sociedad de mercado, el proceso histórico que le dio origen, y las implicaciones de todo ello para su interpretación del mercado como práctica social. No es este el lugar para abordar un análisis detallado de la naturaleza de la propiedad de la tierra en la Inglaterra medieval, del «mercantilismo», del sistema Speenhamland u otras concreciones históricas sobre las que algunos historiadores hoy podrían discrepar con el análisis de Polanyi. La cuestión aquí es que el relato histórico de Polanyi tiene un mayor alcance e impacto para nuestra comprensión del capitalismo moderno.

 

Su enfoque adolece, eso sí, de algo de determinismo tecnológico. Para Polanyi, la Revolución industrial fue determinante para el surgimiento de la sociedad de mercado –cómo en el contexto de la sociedad mercantil, la invención de complejas maquinarías trajo la necesidad de convertir «la sustancia natural y humana de las sociedades en mercancías»–. «Dado que la maquinaria compleja es cara, no se podrá amortizar a no ser que se produzcan muchos bienes», escribió, y para alcanzar la escala de producción necesaria, esta debe ser ininterrumpida, lo cual significa que «deberán de estar a la venta todos los factores implicados» para el comerciante. El último paso, y el que tuvo el impacto más desastroso para la creación de las condiciones necesarias, es decir, la creación de una sociedad de mercado para cumplir con los requisitos de la producción de maquinaria compleja, es la transformación del trabajo en «factor» mercantilizado.

 

La secuencia causal es aquí muy relevante. La Revolución industrial «no fue más que el inicio» de una revolución «extrema y radical» que transformó por completo la sociedad mediante la mercantilización de la humanidad y de la naturaleza. El progreso tecnológico produjo dicha transformación. En su núcleo mismo residía «el perfeccionamiento casi milagroso de las formas de producción»; y, a la vez que implicó una transformación social, era la culminación de anteriores mejoras de la productividad, gracias a factores técnicos y de organización del uso de la tierra, de manera muy relevante en Inglaterra, por medio de los cercamientos.

 

Si bien Polanyi no comparte la creencia del «progreso espontáneo», no parece dudar ni por un momento del carácter inevitable de esas mejoras, por lo menos en el contexto de la sociedad mercantil occidental, con sus «instituciones libres», en especial sus comunas urbanas libres y la expansión del comercio, lo que él denomina «la tendencia de Europa occidental hacia el progreso económico». Su argumentación contra los enfoques convencionales del progreso espontáneo se centra sencillamente en que estos no tienen en cuenta en qué medida el Estado afecta, y en concreto ralentiza, el ritmo del cambio (igual que los Tudor y los primeros Estuardo retrasaron la implantación de los cercamientos). Sin este tipo de intervenciones, «el ritmo de ese progreso podría haber acabado siendo ruinoso y haber convertido el propio proceso en un acontecimiento más degenerativo que constructivo» igual que la Revolución industrial necesitó servirse de la intervención del Estado para poder conservar el tejido social.

 

De modo que, los elementos centrales del relato histórico de Polanyi no difieren del todo de los del modelo mercantilista: el moderno capitalismo industrial se debió tanto a la expansión de los mercados como al progreso tecnológico. Y, si bien el proceso culmina en Inglaterra, es un proceso europeo. En este sentido, pudiera parecer que el proceso que condujo de la mercantilización a la industrialización y de ahí a la «sociedad de mercado» podría haber sido una evolución más o menos natural en el contexto de un mundo cada vez más mercantilizado, un cambio que culminó solo en Europa sencillamente por la ausencia de determinados obstáculos de índole no económica. Como ha expresado un estudioso de las clases de historia económica general de Polanyi, el autor defendía que, al contrario que sucediera en Oriente, que gozaba de un nivel similar de mercantilización, el feudalismo propio de Europa occidental no se basaba en lazos tan fuertes de parentesco ni en clanes y tribus, de modo que «al debilitarse y desparecer las ataduras feudales, la dominación de las fuerzas del mercado no encontró muchas resistencias». Y, si bien era necesaria la intervención del gobierno para la creación de mercados, «la economía de mercado en desarrollo contribuyó a destruir las instituciones económicas y políticas del feudalismo».

 

Sin embargo, quedarían sin explicar aquí cómo la transformación radical de las relaciones sociales precedió a la industrialización. La revolución de las fuerzas productivas presupuso la transformación de las relaciones de propiedad y un cambio en la forma de explotación que creó una necesidad históricamente única de incrementar la productividad del trabajo. Presuponía la emergencia de los imperativos capitalistas: la competitividad, la acumulación y la maximización del beneficio. Esto no quiere decir que Polanyi pusiera el carro delante de los bueyes. Lo verdaderamente relevante es que el orden causal que sugiere parece indicar que fracasó a la hora de entender el mercado capitalista como una forma social específica. No considera los imperativos específicos del mercado capitalista, las presiones ejercidas por la necesidad de acumulación y de incrementar la productividad del trabajo, como producto de unas determinadas relaciones sociales, sino como el resultado de un desarrollo tecnológico más o menos inevitable, por lo menos en Europa occidental.

 

Lo cierto es que La gran transformación se alejaba de la interpretación historiográfica convencional de la «transición». Resulta sorprendente la escasa influencia que ha tenido el libro sobre el modelo dominante, incluso a pesar de que recientemente parece que ha resurgido el interés por Polanyi. El caso es que, en términos generales, no hemos avanzado nada desde nuestra posición de partida. O bien observamos que ni se plantea la cuestión de los orígenes del capitalismo o bien, incluso cuando sí se plantean cuestiones relativas al cómo y al porqué de su emergencia en determinados casos, estas tienden a sustituirse por otra interrogante: ¿por qué no emergió el capitalismo en otros contextos? Algunos lectores seguramente estén familiarizados con la idea, por ejemplo, de las «transiciones fallidas» empleada para describir lo ocurrido –o lo que no pudo ocurrir– en las ciudades Estado mercantiles del norte de Italia o de los Países Bajos. La propia noción de «transición fallida» lo dice todo…

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: “EL ORIGEN DEL CAPITALISMO Una mirada de largo plazo” / Ellen Meiksins Wood ]

 

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