martes, 14 de diciembre de 2021



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El esclavismo asalariado no es una ganga.

 

“(…) En Packingtown se podía recoger otra interesante serie de datos estadísticos: los referentes a las enfermedades y accidentes a que están sujetos los hombres que allí trabajan. Cuando Jurgis visitó por primera vez aquellos inmensos establecimientos, guiado por Szawilas, se había extasiado escuchando la interminable lista de productos que podían fabricarse con los canales de las reses y de las muchas industrias secundarias que vivían de aprovechar sus despojos.

 

Ahora descubría que cada una de estas industrias secundarias era un infierno tan horrible como el ‘killing floor’ y fuente de todo aquello. Los obreros de cada clase de trabajo tenían sus enfermedades particulares; el visitante que recorriera todas las fábricas, talleres y almacenes podía mostrarse escéptico acerca de las tretas y engaños que allí se practican pero, en cuanto a las afecciones y sufrimientos de los trabajadores, no hubiera sido posible desmentirlo; sus rastros estaban tan a la vista en los propios trabajadores que para reconocerlos bastaba con que enseñaran las manos.

 

Por ejemplo, en los departamentos donde se prepara la carne para conservas —como el departamento donde el viejo Atanas había encontrado la muerte— difícilmente se hubiera hallado un solo operario que no mostrase alguna llaga o alguna otra herida horrible. Cualquiera que se arañe un dedo al empujar una vagoneta en aquellos antros, corre el riesgo de desarrollar una llaga capaz de llevarle al otro mundo, a medida que las falanges del dedo van siendo corroídas, una tras otra, por los ácidos. Entre los cortadores, desolladores y en general entre todos los obreros que manejan cuchillos, se encontrarán pocos que conserven el dedo pulgar. Este dedo sufre frecuentes cortaduras, de forma que, al cabo de poco tiempo en el trabajo, el obrero no tiene, en lugar del dedo, más que un muñón, del cual se sirve únicamente para asegurar el cuchillo en la mano. Ninguno de los obreros tiene uñas, las han perdido arrancando pellejos, y tienen los nudillos tan inflamados que los dedos se les separan, como las varillas de un abanico. Las manos aparecen tan acribilladas de cortaduras y pinchazos, que es imposible contarlos. Otros obreros trabajaban en los hervideros, en medio de una atmósfera llena de vapor de agua e infestada de olores repugnantes.

 

En estos locales, siempre alumbrados por luz artificial, los gérmenes de la tuberculosis pueden vivir hasta dos años, pero en realidad su número aumenta cada hora. Luego están los que se ocupan de transportar los cuartos de las vacas, que pesan, generalmente, unas doscientas libras, para cargarlos en los vagones frigoríficos. Este trabajo ingente, que suele empezar a las cuatro de la mañana, en unos pocos años acaba con los hombres más robustos. Los empleados de las cámaras frigoríficas se ven atacados especialmente de reumatismo. Se calcula que el período máximo que un hombre puede trabajar en dichas cámaras es de cinco años. En cuanto a los que arrancan la lana de las pieles de los carneros y ovejas, se destrozan las manos aún más pronto que los que preparan las conservas, porque las pieles del ganado lanar se tratan previamente con una solución ácida para que la lana se suelte con más facilidad y los obreros tienen que arrancarla con las manos desnudas, hasta que el ácido acaba por destruirles los dedos. Los que se ocupan de la fabricación de botes de hojalata llevan también las manos llenas de cortaduras, y cada una de estas representa una probabilidad de contraer el tétanos o gangrena. Algunos hacen funcionar las máquinas de estampar, cuyo ritmo es tan vertiginoso que no pasa mucho tiempo antes de que algún aturdido deje una mano en el mecanismo al primer descuido. Y no hay que olvidar a los que manejan las palancas que levantan las reses muertas. Estos obreros tienen que andar a lo largo de una viga, en medio de nubes de vapor, escudriñando el espacio que queda bajo sus pies y, como los arquitectos del viejo Anderson no construyeron los mataderos atendiendo a la comodidad de los operarios, los encargados del servicio de las palancas, al correr por las vigas, tienen a cada momento que bajar la cabeza para no chocar con otra situada cuatro pies más arriba. Esta circunstancia hace que contraigan el hábito de andar encorvados de forma que, a los pocos años, andan como chimpancés. Nadie que haya trabajado en esta área ha llegado a cumplir cincuenta años. Pero los más desgraciados de todos son los que trabajan en la elaboración de abonos y al servicio de los tanques de vapor. Los obreros destinados a las fábricas de abono no pueden, en realidad, presentarse al público, porque el olor que despiden tumba de espaldas al menos delicado a cien yardas de distancia. En cuanto a los que trabajan en las salas de calderas, que se encuentran abiertas al mismo nivel del suelo, su mala fortuna consiste en que, cegados por el vapor que inunda el ambiente, caen con cierta frecuencia al interior de esos tanques y, cuando se les quiere sacar, es tan poca cosa lo que queda de ellos que no merece la pena mostrarse, pues la masa informe que se saca no tiene la menor semejanza con un ser humano. A veces no se echa en falta al obrero, y cuando, días más tarde, los demás se percatan, ya no hay nada que hacer, porque su carne y sus huesos han ido mezclados con los demás materiales de los tanques y se han vendido como 'Manteca Pura Anderson'…”

 

(Upton Sinclair ‘La jungla’

 

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