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Leonardo Sciascia / “LA TÍA DE AMÉRICA”
“…Mi tía escribía y escribía; enviaba paquetes y largas cartas con dólares doblados entre las finas hojas, y decía siempre lo mismo: el Señor, el Sagrado Corazón de Jesús, la Santísima Virgen, y la promesa a la Virgen, y los hijos, el estorey los paisanos de Nueva York.
El año escolar estaba a punto de acabar, pero mi cabeza estaba ocupada por otras cosas muy distintas a la escuela; cada día había mítines, algún alboroto en los cafés, reuniones en el taller del padre de Filippo; monarquía y república, república y monarquía… parecía un partido de fútbol, como cuando venía el equipo del pueblo vecino y se armaba una bronca. Por aquellos días el rey había nombrado caballero a mi padre, le había enviado un gran diploma acompañado de una carta escrita en nombre del rey por uno que se llamaba Lucifero; el nombre me impresionó. Mi padre decía que le importaba un pepino ese nombramiento, y hasta quería devolver la carta y el diploma.
—Yo debo darle el voto al rey —decía—; por principios sería republicano, pero el momento actual no me permite votar de acuerdo con mis principios.
Yo llevaba una hoja de hiedra pinchada con un alfiler en la camiseta: pensaba que el partido republicano y la república eran una sola cosa; también mi tío tenía la misma confusión, ahora la tenía tomada con Pacciardi. Miraba mi hoja de hiedra y decía:
—Tú puedes ponerte encima toda la hiedra que hay en el cementerio: sé que lo haces adrede.
Luego pasaba a explicar la teoría del salto en la oscuridad y concluía diciendo que Dios sabía cuán poco merecía Umberto su voto después de la traición de su padre a Mussolini, pero no se podía hacer otra cosa: había que dárselo; si triunfaba la república nos despertaríamos con la guardia roja en la cabecera de la cama; los grandes desórdenes se los figuraba siempre en torno a su cama.
Mi tía, en aquellos días, escribió que, de estar en Italia, ella le habría dado el voto al rey. La república era algo bueno para los americanos, pero en Italia, con tantos comunistas, quién sabe como terminaría.
Ganó la república.
—Estamos perdidos —dijo mi tío—. ¿Quieres ver cómo nombran presidente a Togliatti? No hay duda de que esto acabará mal.
«Querida hermana, todavía sigo con deseos de ir, tú dices que ya no me crees, pero te prometo que lo pienso en todo momento; primero por la enfermedad de mi marido, que ahora, gracias a Dios, está mejor; luego hemos ampliado el estore, ahora mi hija Grace espera un hijo, que nacerá en los primeros días del año nuevo. Si la Virgen quiere que todo vaya bien, antes de que acabe 1948 viajaré a Italia, aunque primero quiero ver cómo van allí las elecciones, en las que todos pensamos y de las que tanto hablan los periódicos…»
—Piensan en las elecciones —dijo mi tío—. Quien primero no piensa al final suspira; deberían haber pensado cuando aún estaban a tiempo.
«Yo espero, querida hermana, que los comicios no lleven al gobierno a los comunistas, ni a aquellos que, como los comunistas, son enemigos de la religión y del orden. Nuestros gobernantes tienen fe en De Gasperi y el partido de la democracia cristiana; sin De Gasperi, Italia perdería toda la ayuda americana, porque nosotros pagamos impuestos muy altos y sabemos que nuestro dinero es bien empleado, y siempre damos dinero para Italia, en la iglesia y en las asociaciones; pero si vencieran los comunistas, no veríais más dinero americano en Italia, ni tampoco podríamos enviar paquetes. En América existe un gran sentimiento religioso, el dinero de los americanos no puede ir a parar a manos de los herejes. De Gasperi es un hombre religioso, yo he visto fotografías suyas oyendo misa arrodillado, y su partido defiende la religión y desea amistad con América…»
—¿Lo ves? —dijo mi madre—. Mi hermana también lo dice.
—¿Acaso he dicho yo que no es cierto? —dijo mi padre—. Pero si voto por los liberales es lo mismo.
—No es que no sea lo mismo —dijo mi madre—, es que América sólo tiene fe en De Gasperi.
—A este De Gasperi yo no lo puedo tragar —dijo mi tío—, pero es verdad que, si los votos no se concentran en un partido importante, se sigue el juego que quieren los comunistas. A mí me pesa tener que darle el voto a De Gasperi, pero ¿qué voy a hacer, dispersar el voto? A fin de cuentas es un partido de orden.
«Querida hermana, me apena saber que tu marido quiere votar a los liberales, porque yo he pedido consejo al padre La Spina, que es hijo de nuestro paisano Michele La Spina, a quien tú sin duda recuerdas, y es un cura de mucha doctrina, y me ha dicho que estos liberales están lejos de la gracia del Señor, y en ciertas ocasiones están de acuerdo con los comunistas. Está en ti hacerle ver los peligros de un voto mal dado, por el porvenir de vuestro hijo y por la salvación del alma…»
—Pero escribe que votaré a De Gasperi —dijo mi padre—. Tu hermana es capaz de escribir hasta al Papa por la salvación de mi alma.
—Debes votarlo en serio —dijo mi tío—, al menos por respeto a tu cuñada, que te ha llenado la casa de cosas; y luego, el peligro existe, ¿no ves qué fuertes son los comunistas? Ayer por la noche hubo un mitin que daba miedo, había dos mil personas.
«… y doy gracias al Señor por iluminar a tiempo a tu marido, y ojalá eche luz sobre la conciencia de todos los italianos. Aquí hay una gran expectación, todos los que estaban preparados para ir han pospuesto el viaje, incluso los que ya tenían los pasajes. Apenas lleguen buenas noticias de Italia, también nosotros nos embarcaremos: ya tenemos listos los baúles.»
—Los baúles —dijo mi tío—. Quién sabe cuántas cosas traen…”
[Fragmento de: Leonardo Sciascia. “Los tíos de Sicilia”]
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