viernes, 5 de agosto de 2022

 

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ENSAYOS

 

Michel de Montaigne

 

 

CAPÍTULO LVII  /  DE LA EDAD

 

 

No puedo aprobar la manera como entendemos el tiempo que dura nuestra vida. Yo veo que los filósofos la consideran de menor duración de lo que en general la creemos nosotros. Catón el joven les dice a los que querían impedir que se matase: «¡Cómo! ¿Estoy yo en edad, a los años que tengo, de que se me pueda reprochar el abandonar la vida con anticipación?». Tenía entonces solo cuarenta y ocho años, y estimaba que esta edad era ya madura y avanzada, considerando cuán pocos son los hombres que la alcanzan. Los que creen que el curso de la vida, que llaman natural, promete pasar de aquel tiempo, se engañan; podrían asegurarse una vida de mayor duración, si gozaran de un privilegio que los librase del número grande de accidentes a los que todos fatalmente nos encontramos sujetos, y que pueden interrumpir ese largo curso que los optimistas creen que será suyo. ¡Qué ilusión la de quien espera morir por la falta de fuerzas que a la vejez extrema acompaña, y la de creer que nuestros días acabarán solo entonces! Esa es la muerte más rara de todas, la menos acostumbrada, y la llamamos natural, como si tan natural no fuera morir de una caída, ahogarse en un naufragio, sucumbir en una epidemia o de una pleuresía, y como si nuestra constitución ordinaria no nos abocara todos los días a semejantes accidentes. No confiemos en esas esperanzas; el que se realicen es cosa siempre rara; antes bien debe considerarse natural lo que es general, común y universal.

 

Morir de viejo es una muerte singular y extraordinaria, mucho menos frecuente que las otras; es la última y extrema manera de morir, y cuanto más lejos estamos de la vejez, menos debemos esperar ese género de muerte. Pero es la ancianidad el límite más allá del cual no pasaremos, y el que la ley natural ha prescrito para no ser traspasado; mas es un privilegio otorgado a pocos el que la vida dure hasta una edad avanzada, excepción que la naturaleza concede como un favor particular a uno solo en el espacio de dos o tres siglos, descargándole de las luchas y dificultades que interpuso en una carrera tan dilatada. Sin ir más lejos, me doy cuenta de que pocas personas llegan a alcanzar la edad que yo ya he cumplido. Puesto que ordinariamente los hombres no la viven, prueba es de que estamos ya muy avanzados en el camino; y puesto que traspusimos ya los límites acostumbrados, que son la medida verdadera de nuestra vida, no debemos esperar ir más allá, habiendo escapado a la muerte en mil ocasiones en que otros muchos tropezaron. Debemos, por tanto, reconocer que una fortuna tan extraordinaria como la nuestra, que nos coloca aparte de la común usanza, no ha de durarnos largo tiempo.

 

Es también un defecto de las leyes mismas el que consideren la duración de la vida como dilatada. Las leyes no consienten que un hombre pueda administrar sus bienes hasta que no haya cumplido los veinticinco años, y apenas será dueño entonces del gobierno de su existencia. Augusto suprimió cinco de las antiguas leyes romanas para declarar la mayoría de edad, y acordó también que bastaban treinta para desempeñar un cargo en la judicatura. Servio Tulio eximió a los caballeros que habían pasado de los cuarenta y siete años de las fatigas de la guerra, y Augusto a los que contaban cuarenta y cinco. Enviar a los hombres al retiro antes de los cincuenta y cinco o sesenta años no me parece una medida razonable. Entiendo que nuestra ocupación o profesión debe prolongarse cuanto se pueda mientras podamos ser útiles al Estado; el defecto, a mi entender, reside en el lado opuesto: en no emplearnos en el trabajo antes del tiempo en que se nos requiere. Augusto fue juez universal del mundo cuando solo contaba diecinueve años, y se exige que nosotros hayamos cumplido treinta antes de poder intervenir para solucionar una gotera.

 

Creo que nuestras almas se encuentran suficientemente desarrolladas a los veinte años; a esta edad son ya lo que deben ser en lo sucesivo y prometen cuantos frutos puedan dar en el transcurso de la vida; jamás un espíritu que no haya mostrado entonces ya una prenda evidente de su fuerza, presentará después la prueba. Los méritos y las virtudes naturales o demuestran a una temprana edad lo que tienen de esforzados y virtuosos o no lo harán nunca:

 

Si la espina no pica cuando nace, apenas picará ya jamás

 (LUCRECIO)

 

dicen en el Delfinado. Entre todas las acciones nobles de las que tengo noticia, sea cual fuere su naturaleza, puedo asegurar que son en mayor número las que fueron realizadas, tanto en los siglos pasados como en el nuestro, antes de cumplir los treinta años, y muchas veces en la discreción de la vida cotidiana de un hombre cualquiera ocurre lo propio. ¿No puedo asegurarlo así tanto de Aníbal como de, su principal adversario, Escipión? La primera hermosa mitad de sus vidas ganaron la gloria de la que gozaron luego; fueron después grandes hombres, sin duda, comparados con otros, pero no con ellos mismos. En cuanto a mí, tengo por probado que desde que pasé de aquella edad mi espíritu y mi cuerpo se han debilitado más que fortalecido: he retrocedido más que avanzado. Es posible que para aquellos hombres que emplean bien su tiempo, la ciencia y la experiencia crezcan a medida que su vida avanza; pero la vivacidad, la prontitud, la firmeza y otras varias cualidades más importantes y esenciales, son más nuestras cuando somos jóvenes; luego se agostan y languidecen:

 

Cuando el esfuerzo poderoso de los años ha encorvado los cuerpos y gastado los resortes de una máquina agotada, el juicio vacila, el espíritu se oscurece y la lengua tartamudea.

 (LUCRECIO)

 

A veces es el cuerpo el que primero sucumbe a la vejez, otras veces es el alma: he visto muchos hombres cuyo cerebro se debilitó antes que el estómago y las piernas, mal tan desconocido para quien lo sufre como peligroso. Por todas estas consideraciones encuentro desacertadas las leyes, no porque nos dejen permanecer hasta demasiado tarde trabajando, sino porque no nos ocupen antes. Me parece que si se reflexionara en la fragilidad de nuestra vida y en los numerosos escollos ordinarios y naturales a que está expuesta no debería repararse tanto en el año en que nacimos, ni dejarnos tanto tiempo en la inactividad, ni emplearlo tan generosamente en nuestro aprendizaje.

 

 

 

[ Fragmento de: Michel de Montaigne. “Ensayos” ]

 

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2 comentarios:

  1. Claro que, todo ello depende del ámbito social y la clase en la que nos situemos. Ahora y siempre.

    Salud y comunismo

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  2. «Los méritos y las virtudes naturales o demuestran a una temprana edad lo que tienen de esforzados y virtuosos o no lo harán nunca…»

    Esto me evoca, por contraste, ese reaccionario aforismo –anónimo aunque se le adjudicaba sobre todo a insignes conversos procedentes de la izquierda más o menos radical– que en los años de la ‘Guerra Fría’ todos ellos, digo los renegados y posmodernos, repetían aunque por supuesto cada cual lo hacía arrimando el ascua a su ‘mezquina’ sardina:

    "Quien a los 20 años no sea revolucionario no tiene corazón, y quien a los 40 lo siga siendo, no tiene cabeza"


    NOS DEJAMOS HECHIZAR POR LOS MÁS ABSURDOS RECLAMOS…

    Para no hacerle el juego a la ‘ceremonia de la confusión’, ya sabemos que el sentido común es pegajoso, no es fácil darle esquinazo, habría que empezar por cambiar el discurso fruto de la ‘emoción receptora’ –de estas frasecitas tan impactantes e ingeniosas como sustancialmente tramposas– por el de la ‘razón crítica receptora’ –esa que nos obliga a ir más allá del significante ‘establecido’ y analizar el auténtico significado del mensaje que, casi siempre inmoral, se esconde en ellas). Dejó escrito Joan Fuster: “Existe una represión sicológica (sentido común, tradiciones, convenciones, hábitos…) que frena en la práctica las actitudes y acciones ‘peligrosamente críticas’ con las bases del orden vigente.


    Salud y comunismo

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