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Intervenciones de la CIA y del Ejército de los Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial / 01
WILLIAM BLUM
INTRODUCCIÓN
Breve historia de la Guerra Fría y el anticomunismo
“Nuestro temor a que el comunismo pueda algún día dominar la mayor parte del mundo nos ha impedido ver que el anticomunismo ya lo ha logrado”
( Michael Parenti )
Durante los primeros días de la guerra en Vietnam, un oficial vietnamita dijo a su prisionero estadounidense: “Después de la Segunda Guerra Mundial ustedes eran héroes para nosotros. Leíamos libros norteamericanos y veíamos películas norteamericanas y era muy común en esos días decir que se era tan rico y tan sabio como un americano”. ¿Qué fue lo que pasó?
La misma pregunta podía haber sido hecha por un guatemalteco, un indonesioo o un cubano durante la década anterior, o por un uruguayo, un chileno o un griego en la década siguiente. La credibilidad y admiración que inspiraron los Estados Unidos al finalizar la Segunda Guerra Mundial se fue desvaneciendo país por país, intervención por intervención. La oportunidad de construir un mundo nuevo sobre las ruinas de la guerra, de establecer cimientos para la paz, la prosperidad y la justicia, se desplomó bajo el peso infame del anticomunismo.
Ese peso llevaba acumulándose algún tiempo; en verdad, desde el primer día de la revolución bolchevique. Hacia el verano de 1918, unos trece mil soldados estadounidenses se encontraban en el recién nacido Estado, la futura Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Después de dos años y miles de bajas, las tropas norteamericanas se retiraron sin haber podido cumplir su misión de “estrangular en su mismo nacimiento” el Estado bolchevique, tal como lo expresó Winston Churchill.
El joven Churchill era el ministro británico de Guerra y Aire en aquel momento. Fue él quien dirigió la invasión de la Unión Soviética por parte de los Aliados (Gran Bretaña, Estados Unidos, Francia, Japón y varias otras naciones), en apoyo al “Ejército Blanco” contrarrevolucionario. Años después, en papel de historiador, Churchill dejaría anotado su punto de vista sobre este episodio singular para la posteridad:
¿Estaban [los aliados] en guerrá con la Rusia soviética? Con certeza no, pero les disparaban a los soviéticos apenas los veían. Permanecieron como invasores en territorio ruso. Dieron armas a los enemigos del Gobierno soviético: Bloquearon sus puertos y hundieron sus buques de guerra. Deseaban sinceramente la caída de este gobierno y elaboraron planes para lograrlo. Pero ¿guerra? ¡Perturbante! ¿Interferencia? ¡Vergonzoso! Les era por completo indiferente, repetían, la forma en que los rusos resolviesen sus propios asuntos internos. Ellos eran imparciales. ¡Bang!
¿Qué ocurrió con esta revolución bolchevique que alarmó tanto a las mayores potencias del mundo? ¿Qué las llevó a invadir una tierra cuyos soldados habían combatido junto a ellas por más de tres años y había sufrido más bajas que ningún otro país en parte alguna durante la Primera Guerra Mundial?
Los bolcheviques tuvieron la audacia de hacer la paz por separado con Alemania, a fin de terminar con una guerra que consideraban imperialista y que de ningún modo estaba en sus propósitos, y para tratar de reconstruir una Rusia agotada y devastada. Pero los bolcheviques habían demostrado su mayor audacia al derrocar un sistema capitalista feudal y proclamar el primer estado socialista en la historia mundial. Esto constituía una increíble arrogancia. Este era el crimen que los Aliados debían castigar, un virus que tenía que ser erradicado antes de que se extendiera a sus propios pueblos.
La invasión no alcanzó los resultados propuestos, pero sus consecuencias fueron profundas y perdurables hasta nuestros días. El profesor D. F. Fleming, historiador de la Universidad Vanderbilt que investiga la Guerra Fría, ha señalado:
Para el pueblo norteamericano la tragedia cósmica de las intervenciones en Rusia no existe, o fue un incidente sin importancia que hace mucho fue olvidado. Pero para el pueblo soviético y sus líderes de aquel momento, fue una época de interminables matanzas, de saqueo y pillaje, de epidemias y hambre, un sufrimiento inconmensurable para muchos millones de personas —una experiencia grabada con fuego en el corazón mismo de la nación, que no será olvidada en el curso de muchas generaciones, si alguna vez llega a olvidarse. De igual forma las severas regulaciones soviéticas pudieron ser justificadas por muchos años debido al temor de que las potencias capitalistas regresaran a terminar su trabajo. No es de extrañar que en su discurso del 17 de septiembre de 1959, en Nueva York, el premier Khruschov nos recordara las intervenciones, “el tiempo en que ustedes enviaron sus tropas para aplastar la revolución”, según dijo.
En 1920 un informe del Pentágono planteaba lo que podría calificarse de portentosa insensibilidad de una superpotencia:
“Esta expedición asume uno de los mejores ejemplos en la historia de empeños honorables y desinteresados [.] ayudar a un pueblo a alcanzar una nueva libertad en circunstancias muy difíciles”.
La historia no nos dice cómo sería una Unión Soviética a la que se le hubiese permitido desarrollarse en una forma “normal”, de acuerdo con su elección. Conocemos, sin embargo, la naturaleza de la Unión Soviética que fue atacada en su mismo surgimiento, que se levantó por si sola en medio de un mundo extremadamente hostil y que, cuando lograba llegar a la adultez, fue arrasada por la máquina de guerra nazi con la bendición de las potencias occidentales. Las inseguridades resultantes y los temores creados por esto han conducido de forma inevitable a deformidades de carácter similares a las que presentaría un individuo sometido a amenazas letales semejantes.
En Occidente jamás se nos permite olvidar los descalabros políticos (reales e inventados) de la Unión Soviética, en cambio, nunca se nos recuerda la historia que subyace tras ellos. La campaña de propaganda anticomunista comenzó incluso antes que las intervenciones militares. Ántes de que finalizara el año 1918, expresiones tales como “Peligro Rojo”, “el ataque bolchevique a la civilización” y “la amenaza de los rojos para el mundo” se volvieron lugares comunes en las páginas del New York Times.
Durante febrero y marzo de 1919, un subcomité del Senado sostuvo audiencias en las que fueron expuestas numerosas “historias de horror bolchevique”. El carácter de algunos de los testimonios puede ser evaluado por el titular en el usualmente desapasionado Times del 12 de febrero de 1919:
DESCRITOS HORRORES BAJO EL PODER ROJO. R. E. SIMONS Y W. W. WELSH CUENTAN A LOS SENADORES LAS BRUTALIDADES DE LOS BOLCHEVIQUES: MUJERES DESNUDADAS EN LAS CALLES, GENTES DE TODAS CLASES, EXCEPTO LA ESCORIA, SOMETIDAS A VIOLENCIA POR LA TURBA.
El historiador Frederick Lewis Schuman ha planteado:
“El resultado directo de estas audiencias [.] fue dar una imagen de la Rusia soviética como una especie de manicomio habitado por esclavos miserables sometidos por entero a la voluntad de maniáticos homicidas cuyo propósito era destruir todo rastro de civilización y regresar la nación a la barbarie”.
Puede afirmarse de manera literal que no hubo historia acerca de los bolcheviques que fuese demasiado forzada, grotesca o pervertida como para no publicarla y darle amplio crédito: desde la nacionalización de las mujeres hasta los bebés que eran devorados (tal como los antiguos paganos creían que los cristianos devoraban a sus niños, algo de lo que también se acusó a los judíos en la Edad Media). Los cuentos acerca de las mujeres, con todas sus espeluznantes connotaciones —de que se consideraban propiedad estatal, se les obligaba a contraer matrimonio, a practicar el “amor libre”, etc.—, “fueron radiodifundidos a todo el país a través de miles de emisoras”, escribió Schuman, “y tal vez fue lo más efectivo para grabar la imagen de los rusos comunistas como criminales pervertidos en la mente de los ciudadanos norteamericanos”. Esta historia continuó siendo divulgada incluso después de que el Departamento de Estado se vio forzado a anunciar su falta de veracidad
(que los soviéticos se comían a sus criaturas era algo que todavía se enseñaba en la John Birch Society a su vasta audiencia en 1978).
Hacia fines de 1919, cuando la derrota de los Aliados y el Ejército Blanco era previsible, el New York Times publicó los siguientes titulares amenazadores:
* 30 de diciembre de 1919: “Los Rojos buscan la Guerra con Estados Unidos”.
* 9 de enero de 1920: “El Alto Mando califica de siniestra la amenaza bolchevique para el Medio Oriente”.
* 11 de enero de 1920: “Oficiales aliados y diplomáticos [avizoran] una posible invasión a Europa”.
* 13 de enero de 1920: “Círculos diplomáticos aliados temen una invasión a Persia”.
* 13 de enero de 1920: en primera página, al ancho de ocho columnas: “Gran Bretaña enfrentada a la guerra con los rojos, convoca reunión en París. Diplomáticos bien informados esperan una invasión militar a Europa y un avance soviético hacia el sur. y el este de Asia”.
* La mañana siguiente, sin embargo, podía leerse: “No habrá guerra con Rusia, los Aliados negociarán”.
* 7 de febrero de 1920: “Los rojos preparan un ejército para atacar India”.
* 11 de febrero de 1920: “Se teme que los bolcheviques invadan ahora el territorio Japonés”.
Los lectores del New York Times debían creer que todas esas invasiones partirían de un país que estaba destrozado como lo han estado pocas naciones en la historia; una nación que todavía trataba de recuperarse de una terrible guerra mundial, en pleno caos por una revolución social fundamental que acababa de despegar; envuelta en una brutal guerra civil contra fuerzas respaldadas por las mayores potencias del mundo; con la industria, que para empezar nunca fue desarrollada, en ruinas; en fin, un país asolado por una hambruna que dejaría millones de muertos antes de ser eliminada.
En 1920 la revista New York Republic presentó un extenso análisis de la cobertura dada por el New York Times a la Revolución rusa y la intervención. Entre otras cosas, observaba que en los dos años trascurridos desde la revolución del 17 de noviembre, el Times había afirmado no menos de noventa y una veces que “los soviéticos estaban acercándose a su final, si no lo habían alcanzado ya”.
Si esta era la realidad que presentaba el “prestigioso periódico” estadounidense, podemos imaginar horrorizados con qué caldo de brujas estaban alimentando a sus lectores el resto de los diarios de la nación.
Esta fue, pues, la primera experiencia del pueblo norteamericano acerca de un fenómeno social nuevo que había sobrevenido en el mundo; su educación introductoria acerca de la Unión Soviética y.aquello que llamaban “comunismo”. Los educandos nunca se han repuesto de esa lección. Tampoco lo hizo la Unión Soviética.
La intervención militar terminó pero, con la sola excepción del período de la Segunda Guerra Mundial, la propaganda ofensiva nunca cesó. En 1943, la revista Life dedicó todo un número a lós éxitos de la Unión Soviética, yendo incluso más lejos de lo que se requería por el. imperativo de la solidaridad ante el enemigo común; fue tan lejos que llamó a Lenin “tal vez la mayor personalidad de los tiempos modermos”. Dos años más tarde, sin embargo, con Harry Truman en la Casa Blanca, una fraternidad tal no tenía posibilidades de sobrevivir. Truman era, después de todo, quien, al día siguiente de la invasión nazi a la Unión Soviética, dijo:
“Si vemos que Alemania está ganando, debemos ayudar a Rusia, y si Rusia está ganan- do, debemos ayudar a Alemania, para de esta forma dejarlos que se maten entre sí lo más posible, aunque no quisiera ver a Hitler obtener la victoria en ninguna circunstancia”.
Muchas millas de propaganda se han extraido del tratado germano-soviético de 1939, lo cual fue posible sólo por ignorar completamente el hecho de que los rusos se vieron forzados a establecer el pacto debido a la reiterada negativa de las potencias occidentales, en particular los Estados Unidos y Gran Bretaña, a unir posiciones con Moscú contra Hitler; como también rehusaron acudir en ayuda del Gobierno español de orientación socialista cuando este enfrentó la agresión de los fascistas alemanes, italianos y españoles a partir de 1936. Stalin comprendió que si Occidente no habia evitado laa caída de España, tampoco lo haría con la Unión Soviética.
Desde el Terror Rojo de los años 1920 al maccarthismo de 1950 y la cruzada de Reagan contra el Imperio del Mal en 1980, el pueblo norteamericano se ha visto sometido a un adoctrinamiento anticomunista incesante. Se le da a beber en la leche materna, se le dibuja en las historietas, se deletrea en sus libros escolares: sus periódicos le ofrecen titulares que le indican lo que debe saber; los predicadores lo utilizan en sus sermones, los políticos hacen de esto su plataforma política y el Reader Digest se enriqueció gracias a esto.
La irrevocable convicción producida por ese insidioso asalto al intelecto: ha sido que las fuerzas del mal fueron desatadas sobre el mundo, posiblemente por obra del mismo Lucifer, pero en forma de personas, personas que no se mueven por las mismas necesidades, temores, emociones y moral que rigen al resto de los humanos, sino empeñadas en una conspiración internacional monolítica y extremadamente astuta, para apoderarse del mundo y esclavizarlo, por razones que a veces no se ven muy claras, pero el mal no necesita más motivación que la maldad misma. Además,. cualquier apariencia o reclamo de estas personas de ser humanos racionales en busca de un mundo mejor o una sociedad más justa, es un fraude, un camuflaje para engañar a los otros, y sólo prueba la para siempre acuñada carencia de virtudes y las malignas intenciones de esta gente en cualquier país donde se encuentren, bajo cualquier nombre que asuman, y, lo más importante de todo, la única elección posible para cualquiera en los Estados Unidos se da entre el modo de vida americano y el modo de vida soviético, nada de términos medios o de posibilidades más allá de estas dos maneras de construir el mundo.
Es así como se presenta este tema para el individuo común en Norteamérica. Uno descubre que los más sofisticados lo ven exactamente en la misma forma, cuando se les hurga apenas un poco más allá dela superficie del lenguaje académico. Para la mentalidad que fue cuidadosamente desarrollada en los Estados Unidos, las verdades del anticomunismo son evidentes en sí mismas, tan evidentes como la condición plana del mundo fue para la mentalidad del Medioevo; de la misma forma que los rusos creyeron que todas las víctimas de las purgas de Stalin eran en verdad culpables de traición.
La siguiente página de la historia norteamericana debe ser tenida en cuenta si se quiere hallar sentido a los vericuetos de la política internacional estadounidense desde que terminó la Segunda Guerra Mundial, específicamente el registro que se presenta en este libro de lo que han hecho a los pueblos del mundo los militares norteamericanos y la CIA, así como otras ramas del Gobierno.
En 1918, los barones del capital norteamericano no necesitaban una razón válida para declarar la guerra al comunismo más allá de la amenaza que este representaba a su riqueza y privilegios, aunque su oposición se expresara en términos de moralidad.
Durante el período entre las dos guerra mundiales, la diplomacia de cañonera estadounidense operó hasta convertir el Caribe en el' “lago americano”, de plena seguridad para las fortunas de la United Fruit y la W. R. Grace £ Co., al mismo tiempo que se ocupaban de alertar sobre “la amenaza bolchevique” que representaban por los seguidores del rebelde nicaragüense Augusto César Sandino para todo lo que era decente.
Hacia fines de la Segunda Guerra Mundial, cada norteamericano de más de cuarenta años había estado sometido a veinticinco años de radiación anticomunista, el periodo de incubación necesario para producir un tumor maligno. El anticomunismo desarrolló una vida propia, independiente de su padre capitalista. Cada vez más, durante la postguerra, los estrategas de la política de Washington y los diplomáticos contemplaron el mundo como integrado por “comunistas” y “anticomunistas”, en lugar de por naciones, movimientos o individuos. Esta visión de tira cómica, en la cual el superhombre estadounidense luchaba contra el mal comunista dondequiera que estuviese, ha ido transformándose de cínico ejercicio de propaganda en imperativo moral de la política internacional norteamericana.
Incluso el concepto de “no comunista”, que implica cierta forma de neutralidad, ha recibido en concordancia una legitimidad muy escasa dentro de este paradigma. John Foster Dulles, uno de los principales arquitectos de la política internacional estadounidense de postguerra, lo expresó sucintamente a su manera moralista, típicamente simplista:
“Para nosotros hay dos tipos de personas en el mundo: aquellos que son cristianos y apoyan la libre empresa y los otros”.
Como confirman muchos de los casos estudiados en este libro, Dulles llevó esta creencia a una rígida práctica…
(continuará)
[ Fragmento de: “INTERVENCIONES DE LA CIA…” / William Blum ]
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