sábado, 6 de junio de 2026

 

 

 

[ 851 ]

 

 

 

CONTRAHISTORIA DEL LIBERALISMO

Domenico Losurdo

 

 

(…)

 

 

capítulo sexto

 

LA LUCHA POR EL RECONOCIMIENTO DE LOS INSTRUMENTOS DE TRABAJO EN LA METRÓPOLI Y LAS REACCIONES DE LA COMUNIDAD DE LOS LIBRES

 

 

 


 

 

«LEYES CIVILES» Y «LEYES POLÍTICAS»

 

  La restricción de la esfera política es tan radical que resulta paradójica. Al analizar el sistema penitenciario vigente en los Estados Unidos, Tocqueville llama la atención sobre una legislación que arroja a los pobres a la prisión incluso por débitos absolutamente insignificantes: en Pennsylvania, el número de los individuos anualmente encarcelados por deudas asciende a 7000; si a esta cifra se le agrega la de los condenados por delitos más graves, resulta que de cada 144 habitantes, casi uno al año termina en prisión. Pero no es ni siquiera este el aspecto más importante. El liberal francés se ve obligado a reconocer el peso no solo indirecto, sino también directo que la riqueza ejerce sobre la administración de la justicia. El «vagabundo» o aquel que es sospechoso de vagabundeo es encerrado en la cárcel sin haber cometido delito alguno. Peor, en espera del proceso, el testigo o el querellante pobre pierde la libertad, mientras que la conserva el ladrón capaz de pagar la fianza. Claramente resulta ridiculizado el principio mismo de igualdad ante la ley. Pero esta no es la conclusión de Tocqueville: «Entre todos los pueblos modernos, los ingleses son los que han concedido una mayor libertad a través de leyes políticas y los que han hecho un uso más frecuente de la prisión en sus leyes civiles»; los norteamericanos, por su parte, incluso habiendo modificado ampliamente las «leyes políticas», han «conservado la mayor parte de las leyes civiles» de Inglaterra.

 

  En esta distinción nos encontramos con una categoría fundamental: el autor liberal formula su juicio acerca de los países visitados por él a partir, exclusivamente, de las lois politiques, mientras que las lois civiles son consideradas, por definición, políticamente irrelevantes. No por casualidad en La Democracia en América hay pocas huellas de los datos recogidos en el curso de la encuesta sobre el sistema penitenciario de los Estados Unidos. Se podría decir que las páginas más interesantes de Tocqueville son las que no serán utilizadas posteriormente en la obra que más tarde consagrará su celebridad. Se explica en consecuencia la conclusión de alguna manera triunfal: en la república del otro lado del Atlántico la libertad se manifiesta en toda su plenitud y no constituye un privilegio. Al estar habituado a lois civiles bien distintas, el viajero proveniente de Francia expresa ante los Estados Unidos su disgusto por una legislación que le resulta «monstruosa»; pero «la masa de los hombres de leyes» norteamericanos no halla en ella nada para reírse ni la ve en contradicción con la «constitución democrática». Este es precisamente el punto de vista que Tocqueville termina por asumir, no sin percibir las contradicciones y sentir desconcierto. Veamos el primer aspecto dando de nuevo la palabra al liberal francés:

 

 

    «Hay que reconocer que el régimen de las penitenciarías norteamericanas es severo. Mientras que la sociedad de los Estados Unidos da el ejemplo de la mayor libertad, las prisiones del propio país ofrecen el espectáculo del más completo despotismo. Los ciudadanos sometidos a la ley son protegidos por ella; estos dejan de ser libres solo cuando se convierten en malvados».

 

 

  En realidad, el propio Tocqueville reconoce que también los vagabundos y los testigos pobres sufren un «severo» tratamiento en las cárceles o en las casas de trabajo semejantes a cárceles. Analicemos ahora su desconcierto. Ya sabemos de las protestas de los vagabundos encerrados en cárceles por una sociedad que no sabe resolver de otra manera el problema de la desocupación. ¿Cuál es la reacción de Tocqueville? Del mismo modo que no incluye entre sus «tareas» indagar sobre los eventuales remedios a la desocupación, tampoco incluye «ni siquiera indagar hasta qué punto es justa la sociedad que castiga al hombre que no trabaja y que no tiene trabajo, y de qué modo esta podría suministrarle medios de existencia sin meterlo en prisión». Queda, además, el hecho de que el ámbito de la política y de las «leyes políticas» está delimitado de manera tan estricta que excluye no solo las condiciones materiales de vida y las relaciones de dependencia en la fábrica, sino hasta la discriminación censal de la que está permeada la administración de la justicia en los Estados Unidos.

*

 

 

DESPOLITIZACIÓN Y NATURALIZACIÓN DE LAS RELACIONES ECONÓMICAS Y SOCIALES

 

  A los ojos de la tradición liberal, mucho más intolerable resulta toda expansión del ámbito político, por el hecho de que esta ataca relaciones que no solo son de carácter privado, sino que además poseen un carácter inmutable consagrado por la naturaleza o por la Providencia. A los ojos de Burke es, al mismo tiempo, una locura y una blasfemia considerar que entre las «tareas del gobierno» esté la de «garantizar a los pobres cuanto la Divina providencia ha querido momentáneamente negarles»; la miseria es el resultado del «descontento Divino», y eso en realidad no puede ser atenuado, poniendo en discusión «las leyes del comercio», que «son las leyes de la naturaleza y en consecuencia, las leyes de Dios». A la distancia de decenios Tocqueville no argumenta de manera muy distinta. En vísperas de la revolución del 48, él observa con preocupación el comportamiento de las «clases obreras»: parecerían tranquilas, ya no «atormentadas por las pasiones políticas»; por desgracia, «sus pasiones, de políticas, se han convertido en sociales»; sí, más que la composición de este o aquel ministerio, tienden a poner en discusión las propias relaciones de propiedad y, por tanto, el ordenamiento natural de la «sociedad», haciendo «pedazos las bases sobre las que aquella reposa». Ya desde febrero el liberal francés considera que la revolución que había estallado es socialista o está infectada de socialismo, por el hecho de que en ella están fuertemente presentes «las teorías económicas y políticas» que querrían hacer «creer que las miserias humanas son obra de las leyes y no de la Providencia y que se podría suprimir la pobreza cambiando el ordenamiento social». Al ir más allá de la esfera política, la «amenaza de cambio de la constitución social» se configura como un ataque a las «antiguas y santas leyes de la propiedad y de la familia, sobre las que reposa la civilización cristiana».

 

 

De esta manera, la economía política, por un lado, se funde con la teología; por el otro, tiende a ocupar el lugar de ella, en el sentido de que ahora esta es la «ciencia» llamada a sancionar y santificar las relaciones sociales existentes. Según Malthus es absolutamente necesario que la economía política se convierta en «un objeto de enseñanza popular»: gracias a eso los pueblos comprenderán que deben atribuir la causa de sus privaciones a la naturaleza cruel o a su imprevisión individual. Sí, «la economía política es la única ciencia de la que se puede decir que, de ignorarla, deben temerse no solo privaciones, sino males positivos y gravísimos». Pero esta es también la opinión del propio Tocqueville, quien considera necesario

 

 

    «difundir entre las clases obreras […] algunas nociones —entre las más elementales y más evidentes— de la economía política que les hagan comprender, por ejemplo, lo que de permanente y necesario hay en las leyes económicas que rigen la tasa de los salarios; porque tales leyes, que son en cierta manera de derecho divino —ya que surgen de la naturaleza del hombre y de la propia estructura de la sociedad— están fuera del alcance de las revoluciones».

 

 

Si bien para Burke lo que explica la miseria de las masas populares es el «descontento Divino», para Malthus es la inmoralidad de su comportamiento, la incontinencia sexual, que trae al mundo seres a los que no se les puede asegurar la subsistencia. Remitiéndose al «principio de población de Malthus», también Tocqueville acusa a «todos los excesos de la intemperancia» difundidos entre «las clases inferiores», su «imprevisión», o sea, su tendencia a vivir «como si cada día no tuviera un mañana», y sobre todo «estos matrimonios precoces e imprudentes, los cuales parecen no tener otro fin que el de multiplicar el número de los infelices en la tierra».

 

 

A pesar de los planteamientos radicales que gusta asumir, Bentham no llega a conclusiones muy distintas: «La pobreza no es obra de las leyes»; el pobre es como «el salvaje» que no ha logrado superar el estado natural. O sea, para decirlo con las palabras de un discípulo y colaborador francés del filósofo inglés: «La pobreza no es una consecuencia del ordenamiento social. ¿Por qué, entonces, reprochársela? Es una herencia del estado natural». En la polémica contra el iusnaturalismo el filósofo inglés ironiza sobre el hecho de recurrir a la naturaleza para fundamentar derechos que tienen sentido solo en el ámbito de la sociedad, pero ahora la naturaleza reaparece para quitarle la responsabilidad de la miseria al ordenamiento político-social.

 

 

Al fundamentar en la naturaleza —y en la naturaleza sancionada por la Providencia— las relaciones sociales existentes, los intentos por modificarlas no pueden ser otra cosa que una expresión de locura. Burke expresa todo su «horror» por esos revolucionarios o reformadores precipitados, que no vacilan en «cortar en pedazos el cuerpo de su viejo progenitor, para ponerlo en el caldero del mago con la esperanza de que hierbas venenosas y extraños encantamientos puedan devolverle salud y vigor». De manera análoga para Tocqueville, es la ilusión de que exista un «remedio [político] contra ese mal hereditario e incurable de la pobreza y del trabajo» lo que provoca las incesantes, desastrosas expérimentations que caracterizan el ciclo revolucionario francés, o sea «la gran revolución social» iniciada en 1789…

 

(continuará)

 

 

[ Fragmento: Domenico Losurdo. “Contrahistoria del liberalismo” ]

 

**

No hay comentarios:

Publicar un comentario