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HISTORIA SOCIAL DE LA LITERATURA ESPAÑOLA (XLI)
Blanco Aguinaga,
Julio Rodríguez Puértolas,
Iris M. Zavala.
11.3E.
IDEÓLOGOS y ARBITRISTAS
Siglos áureos que desembocan en la «edad de bronce»: la materia económica transforma el sueño de oro en la realidad de cobre, según hemos indicado en la Nota Introductoria. El alza de precios, la bancarrota del Estado, los préstamos a genoveses, las epidemias, van despedazando aquella unidad del imperio. El gigante corpulento es por dentro de trapos y fajinas; las grandezas son aparentes y el metal no cae del cielo. Todo es vana ilusión y «fantásticas escorias eminentes». Si en 1532 la banca sevillana «abarcaba un mundo», en 1558 el contador Luis Ortiz percibía ya la gran quiebra futura de precios, y en 1600, según hemos visto, el desaliento invade la pluma del vallisoletano Martín González de Cellorigo, preocupado por la España hechizada.
El edificio arruinado es el punto de arranque de unas sirenas del ancho golfo español satirizadas y caricaturizadas por sus coetáneos, denominadas con desprecio humorístico arbitristas. Dialéctica, oposición que cobra vida: España es rica porque es pobre; sueño-realidad, individuo-sociedad. Los arbitristas, enjauladores de sueños, pero compenetrados con el mundo, dieron voz a los matices y contrastes enterrados en el subsuelo social.
En 1516, RODRIGO DE LUJÁN envió un memorial al cardenal Cisneros, que al año siguiente caería en desgracia, después de coronar a Carlos V. Este documento, desenterrado hace poco del olvido, aparece hoy como uno de los primeros memoriales arbitristas. Todo hace sospechar que el término arbitrista proviene de arbitrio (expediente financiero y jurídico que se deja al poder arbitrario del rey) y que se empleó por primera vez en este sentido preciso en las Cortes de 1558, acto seguido de la quiebra resonante. Con el tiempo el significado se ensancha y pasa a representar el expediente mismo y el contenido del documento; las cortes reunidas en 1588 dan pleno testimonio de ello. Surgen también personajes -los arbitristas- o individuos que proponen arbitrios y procuran que el rey o sus ministros adopten los remedios. Son consejeros espontáneos e interesados de situaciones a veces apremiantes, de un hic et nunc, ofreciendo medidas de emergencia. Conel tiempo el vocablo adquirió sentido peyorativo: Cervantes es el primero en emplearlo de manera burlesca en el Coloquio de los perros (1613); fija la figura y establece los rasgos caricaturales.
El nuevo personaje adquiere forma literaria y, a su vez, otros escritores de los siglos «dorados» -Lope, Tirso, Salas Barbadillo, Quevedo, Gracián- añadirán matices y variantes al caricaturizar a estos redactores de memoriales que ofrecían soluciones, a veces irrisorias, a los problemas desatados por la decadencia. Algunos memoriales pintaron un cuadro acabado y completo; otros veían sólo un aspecto, un envés, y aspiraban a remediar los males con un ungüento de Fierabrás o remedio único: canalizar el Ebro, aumentar la población, favorecer la Mesta, nuevas simientes, la rerustica: cada uno por sí solo débil consejo. Otros, en cambio, enlazaban las soluciones viendo el conjunto. Unos alimentaron la literatura caricaturesca; otros hicieron nacer la economía y la sociología. Estos últimos fueron los economistas y financieros preocupados por la salvación material de España, los «economistas primitivos». Tal vez la profusión de remedios impracticables diera pie a que se presentara al arbitrista como facedor de ensueños y quimeras. Nos interesa ahora redimir sus quejas ahogadas por el ridículo y extraer su verdadero registro.
Tengamos además en cuenta que «arbitrista» y «político» o «repúblico» se mezclan a menudo. Valga establecer que los primeros se ocupan, sobre todo, de las finanzas, y los segundos, de las desventuras políticas generales. A veces ambas vertientes se encuentran y trenzan en un mismo texto y a un mismo tiempo. Los alegatos de los arbitristas son fuentes insustituibles que nos permiten captar en qué medida algunos españoles tuvieron conciencia de los problemas económico-sociales. Los pensadores más lúcidos tuvieron en cuenta la tupida madeja de problemas, y los remedios que proponen son complejos análisis que tocan los puntos esenciales de la decadencia. Los tópicos fundamentales fueron la agricultura, el comercio, el lujo excesivo de los poderosos, la despoblación del campo, la profusión de limosnas de los conventos que amamantaba súbditos parasitarios, la economía dependiente de la exportación en menoscabo de los productos nacionales, el empobrecimiento de España debido al exceso de territorios y, finalmente, las anomalías fiscales y monetarias. Cada arbitrista examinaba los síntomas de la decadencia a partir de su zona geográfica. Los que provenían de las ciudades de gran tráfico se preocuparon por el gran comercio y eran, a su vez, poblacionistas: FRANCISCO MARTÍNEZ DE MATA, por ejemplo; los de ciudades artesanales e industriales eran mercantilistas, SANCHO DE MONEADA, entre otros; y los de zonas rurales a menudo eran agraristas, defensores de la Mesta, tal MIGUEL CAJA DE LERUELA.
La gran epidemia de arbitrismos corresponde a las fechas siguientes: 1558-1588 y 1598-1605. Entre 1614-1620, en particular de 1617 a 1620, el brote arbitrista se centra en las finanzas y la restauración económica del reino. Este aspecto decae hacia 1640-1650, y lo que preocupa entonces es la reforma monetaria, aunque no falten arbitristas tardíos durante el siglo de las luces. El arbitrismo tiene, a su vez, una especial forma literaria: adopta la forma de puntos, subdivisiones, objeciones, para presentar la idea de la decadencia en su conjunto. A veces la aparente aridez del tema toma el vuelo de la fantasía y la metáfora para seducir y convencer a los lectores. Uno de los intérpretes más representativos es el contador burgalés LUIS ORTIZ, cuyo memorial de 1558 tiene sentido claro de expediente. De 1562 a finales del siglo XVI la subida de precios y la llegada de cantidades masivas de plata impulsan obras de índole monetaria. Hasta finales del siglo XVII los testigos más clarividentes adquieren conciencia del declive económico y reaccionan frente a los mecanismos que determinan el alza de precios y la salida de metales preciosos.
El hambre y la desocupación producidos por la crisis de precios entre 1550-1562 hacen brotar una de las reflexiones más agudas sobre los problemas económicos y sociales que atravesaba España. El contador Luis Ortiz le envía su Memorial a Felipe II en 1558, preocupado por el desangre financiero surgido a raíz de la Armada Invencible. Con fino olfato, Ortiz relaciona pobreza y riqueza; su alegato es muy distinto de las protestas teológicas en favor de los pobres que cargaban la mano en el humanitarismo y la religiosidad bien entendidas. Ortíz asienta su meditación en hechos concretos: es un cruzado del desarrollo económico, así como del mercantilismo. En su pintura acabada aparece una España pobre -hidalgos, labradores, clérigos, padecen necesidades, sobre todo los labradores, «los más pobres y desventurados»-. Suya es la conocida frase de España «como las Indias del extranjero», precisa intuición de la inestabilidad económica española. Aunque el burgalés no se pregunta el porqué de los descalabros, no le faltó tino y perspicacia al estrechar relaciones entre oro y pobreza. Lo que Ortiz propone, en resumen, es una doctrina de balanza de pagos donde aboga en favor del trabajo y de la circulación de la moneda, posible capital productivo.
El alza de precios del 98 por 100 entre 1551-1600 incidió muy directamente en el ámbito rural. No sólo Ortíz alude a los pobres labradores e hidalgos lanzados a la aventura; al desmontarse las tierras, unos y otros debieron emigrar a las grandes ciudades. Con razón otro testigo coetáneo, el historiador Florián de Ocampo, recordaba que la expansión fue muy visible en la zona rural, «que todo se rompía en Castilla para labrar». Crepúsculo,oscuro para el labrador aquellas postrimerías del quinientos: las numerosas quiebras, el comercio languideciente debido al declive de las ferias y la frágil economía, sustraen otras lastimeras protestas. No era para menos: empeñado el reino con financieros extranjeros, se canalizó fuera de la Península el dinero proveniente de América y la población sufrió la carga de los intereses de la deuda. La inflación llegó a tales extremos que el Estado se declaró en bancarrota en tres ocasiones: 1557, 1575, 1596. El tema rebasó las fronteras del círculo de financieros, pues otro buen observador no arbitrista, el doctor Laguna, acoge también los registros de la malsonante lira imperial cuando dice en su Viaie de Turquía (c. 1557):
Antes no hay mayor vileza en el mundo que la pobreza, y que más viles haga a los hombres.
Dardo certero. Algo después denuncia la antropofagia con que los poderosos devoran a los pobres trabajadores del campo, al mismo tiempo que culpa a la maldición del oro de este daño, según escribe Pedro de Valencia hacía 1608. Pedro Simón Abril, el humanista traductor de Aristóteles, alude a los caídos en pobreza advirtiendo que son «demasiadamente atrevidos, como gente que no tiene que perder». Los rencores y descontentos populares del XVII se iban haciendo sentir: oro y pobreza se contraponen. Pobreza agrícola, pero también pobreza industrial. Preocupa la economía de mendicidad en los grandes sectores eclesiásticos provocada por la distribución de la limosna y la sopa boba de los conventos. El pobre vivía sin empleo,· ni oficio, ni beneficio, situación que dotaba a la Iglesia de un gran poder económico sobre un sector de la población potencialmente peligroso. No en balde el ilustrado del setecientos luchará contra estos males de la monarquía de Austrias y Habsburgos.
Entre 1559 y 1560 se había replanteado otro problema: el descenso demográfico ocasionado por las pestes despoblando ciudades y campos. La picaresca es un hecho real: estudiantes, vagabundos, mendigos, domésticos, hidalguillos, labradores recorren de uno a otro extremo el país. Así, y mientras éste es diezmado por las pestes, grupos sociales enteros son desperdiciados para la productividad. El texto más revelador de este complejo entramado es el memorial del arbitrista MARTÍN GONZÁLEZ DE CELLORIGO: De la política necesaria y útil restauración a la política de España (Valladolid, 1600). Lejos de inventarse quimeras y proponer soluciones frágiles, el vallisoletano presenta en hábil contrapunto todos los males de España: agricultura, economía, moneda, industria, desempleo, población, consumo. El suyo es un cuadro nítido de la decadencia de Castilla en el cual sorprende al lector actual su clara conciencia y la perspicacia con que percibe las contradicciones. Advierte que la falta de una burguesía hace que el reino oscile entre dos polos irreconciliables que desfavorecen el desarrollo:
A este modo ha venido nuestra república al extremo de ricos y de pobres: sin haber medio que los compase: y a ser los nuestros, o ricos que huelguen, o pobres que demanden: faltando los medianos, que ni por riqueza ni por pobreza dejan de acudir a la justa ocupación que la ley natural los obliga.
CELLORIGO habla con amargura y no es un observador desinteresado. Le impulsa el deseo de convertir a Valladolid en Corte; pero fueren los que fueren sus motivos, propone una estructuración más justa y eficaz de la propiedad del suelo, basada en la medianía de fortunas, «medio virtuoso». Coincide con otros arbitristas, algunos de los cuales estudiaremos a continuación, que aunque algo posteriores, tal vez conocieran el memorial del vallisoletano; al menos sí sabemos a ciencia cierta que CAJA DE LERUELA estaba familiarizado con él. Pero la nota especial de Cellorigo es su fina percepción para los contrastes; anota que el aumento de precios e impuestos empobrece al reino, y la riqueza monetaria en un país donde llega abundancia de oro y plata, está en el aire, es tesoro de duendes, letra de cambio:
[El mal] procede de menospreciar las leyes naturales, que nos enseñan a trabajar: y de poner la riqueza en el oro y la plata.
Justamente esta riqueza flotante es la causa de la desigualdad: «no hay cosa más perniciosa que la excesiva riqueza de unos, y la extrema pobreza de otros». Lo que capta su ojo es el exceso de oro y la falta de él, la riqueza y la pobreza, tesoros y aire, en metáfora poética de sus contemporáneos. Como si fuera poco, en España los que quieren trabajar no pueden y los que pueden no quieren; se aborrece el trabajo porque se pone la honra y la autoridad en huir de él. Todos están afectados de honra «y quieren más su estimación, que cuantos tesoros se les pueden dar». Hilos sutiles estos que podemos enhebrar a la madeja del teatro de estos «siglos dorados». Puntualicemos: Cellorigo rozó todos los problemas y captó con sensibilidad poco frecuente las contradicciones de su época, pero es dudoso que su memorial fuera muy conocido fuera de un estrecho círculo de economistas y hombres de estado.
Las meditaciones de los arbitristas saltan a la literatura. Los hechos históricos provocaron en el plano ideológico y poético una crítica que rebasó la situación individual para convertirse en problema de estado. El florecimiento del arbitrismo se da precisamente hacia 1618 y sobre todo con Felipe IV, época ya del Barroco. El motivo del oro no es el sólo tópico; los arbitristas elevan sus quejas y mencionan otras preocupaciones. Nos centraremos en tres de los más importantes, de tres zonas geográficas distintas y que plantean los temas esenciales del arbitrismo. Además, sus textos se han reeditado en fecha reciente y están al alcance de todo lector interesado: Sancho de Moneada, Miguel Caja de Leruela y Francisco Martínez de Mata…
(continuará)
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Largo y devastador es el rastro del baboso caracol que hasta nuestros días llega impulsado por su vetusta herencia.
ResponderEliminarSalud y comunismo
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“El hambre y la desocupación producidos por la crisis de precios entre 1550-1562 hacen brotar una de las reflexiones más agudas sobre los problemas económicos y sociales que atravesaba España…”
ResponderEliminar…de donde podemos deducir que Marx no andaba muy descaminado cuando, por cierto, coincidiendo con estos “literatos” españoles del siglo XVI señalaba que la política y su historia deben explicarse partiendo de las relaciones económicas y de su desarrollo, y no a la inversa. De ese modo, digamos ese entronque con el mundo material que los rodea, con la realidad realmente existente, les abre paso a otra interpretación de lo existente, a otra conciencia de las cosas (Marx: “La conciencia es un producto social, es , ante todo, conciencia del mundo inmediato y sensible que nos rodea y conciencia de los nexos limitados con otras personas y cosas…). Y siguiendo con Marx: “La conciencia no puede ser nunca otra cosa que el ser consciente, y el ser de los hombres y mujeres es su proceso de vida real (…) No es la consciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia”. De dónde se desprende que no debemos de perder de vista ni por un momento el proceso activo de vida, su desarrollo real y empíricamente registrable, lo que nada tiene que ver con las tan fantasiosas como “verosímiles historias” que se nos venden (Wikipedia, Netflix, IA…) llenas de “acciones imaginarias protagonizadas por sujetos imaginarios”. La primera premisa de toda existencia humana y también, por tanto, de toda historia, es que los hombres y mujeres se hallen, para ‘hacer historia’, en condiciones dignas de poder vivir. De ahí que Marx escribiera que la humanidad aún vive en su prehistoria, y que la verdadera historia de la humanidad sólo comenzará con la abolición del capitalismo y la consecuente construcción del socialismo…culminando en la sociedad sin estado ni clases, el comunismo.
“El hombre sólo se distingue del carnero por cuanto su conciencia sustituye al instinto o es el suyo un instinto consciente” (K. Marx y F. Engels: “La ideología alemana”)
Salud y comunismo
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