miércoles, 28 de octubre de 2026

 

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HISTORIA SOCIAL DE LA LITERATURA ESPAÑOLA (XLII)

Blanco Aguinaga,

Julio Rodríguez Puértolas,

Iris M. Zavala.

 

 


DIEGO SAAVEDRA FAJARDO (1584-1648)

 

 

11.3E.

IDEÓLOGOS y ARBITRISTAS

 

(…) MONCADA, catedrático toledano, publicó en 1619 su Restauración política de España. La obra, dividida en ocho discursos, gozó de cierto éxito en su día; es un proyecto que propone el remedio general y global que resolvería la crisis económica. Según Moncada, «todo el remedio de España está en labrar sus mercaderías»; se preocupa de las materias primas y de los metales preciosos que contrasta con el empobrecimiento de España frente a la prosperidad de sus enemigos potenciales o reales. Su talón de Aquiles es la invasión de productos extranjeros de baja calidad y sin control de precios. Como solución para tantos males, analizados con minuciosidad, propone la industrialización, aunque ésta no dejará de tropezar con gigantescos obstáculos, como la inferioridad tecnológica del país, la escasez de materias primas, la disparidad de precios y la falta de mercado exterior.

 

España padece de una economía enferma y «está hoy tan haragana, ociosa, entumecida, y puedo decir que manca y baldada ... » Sus observaciones parten de una realidad inmediata -el estado del país a principios del año 1619- para aquilatar los daños temporales, que su vez son la pobreza y la falta de gente:

 

 

Los espirituales son infinitos, de ocio y resultas de él, todo vicio muy en su punto, que soliendo de los vicios graves ser insolencias por no solerse ver a menudo, hoy son solencias, por cuotidianas, y los jueces pesquisidores, justicias ordinarias, la agricultura desierta y el Reino en peligro, de que resulta un general desconsuelo, y tal que casi toda es desesperación de remedio.

 

 

A su juicio, las causas principales del daño general de España son la extensión del imperio, la esterilidad del suelo, la demasía de importaciones, el excesivo número de leyes, la mentalidad señorial que quita labor al comercio, a los oficios y la despoblación debida a la afluencia migratoria a la corte: «Lominillo tienen los reinos despoblados, y que tienen toda la sangre en la garganta», escribe con donaire. No falta el tópico del excesivo número de religiosos y también incluye una crítica de las universidades e insta a la enseñanza en lengua vulgar. Sancho de Moncada surge ante nuestros ojos como un novador entusiasta, cuyas apreciaciones distan mucho de huero verbalismo, porque el consejo práctico incita a ejecución inmediata.

 

 

El licenciado conquense CAJA DE LERUELA publicó en 1631 su Restauración de la abundancia de España, ardoroso alegato en defensa de la ganadería. Además de arbitrista es un experto en la Mesta; abogó por un ideal ganadero que le devolvería, estima, un lugar destacado a la agricultura. Se detiene en pormenores para explicar las desventuras del pastoreo y sugiere explicaciones jurídicas y políticas. El «vellocino de oro» representa para él la seguridad y la necesidad más inminente dentro del piélago de reformas:

 

Muéstrase la agricultura dividida en dos partes principales. En el pedernal, y vellón de oro, el pasto; y en el eslabón, la labor. Porque así como el eslabón tiene más de arte conviene a la labranza; y el pedernal, y el vellón más de lo natural, convienen al pasto. Y se han entre sí según Varrón, como la pierna derecha y la izquierda, altera incentiva, altera succentiva, que procediendo como de un tronco, la una y la otra se ayudan con oficios alternados y sucesivos.


Su diagnóstico es unir la labranza a la crianza en la casa de un padre de familia. Este ideal es tanto más noble debido a la pobreza

 

¡Oh miserable siglo en que la mayor pobreza, y desdicha mayor de un pobre es tener hijos, y en que los mismos,. que quisieran trabajar, están ociosos! Y la ociosidad de esta gente nacida para el trabajo es la pestilencia en la república mucho peor que la holgazanería de los poseedores de vínculos y mayorazgos.


Al final del texto, un sueño utópico de una monarquía patriarcal y pastoral. La vida pastoral es alegre y deliciosa, lícita y honesta, descansada y festiva. Las Geórgicas están muy presentes en este conquense, abogado defensor de la Mesta.

 

Finalmente, entre 1650-1660 escribió MARTÍNEZ DE MATA sus ocho discursos, dos memoriales y un epítome. El clérigo sevillano andaba por las calles de la ciudad andaluza predicando su doctrina y convirtiendo a los ignorantes. Escribe en favor de los pobres y de los vagabundos, «infierno flotante»; pero no sólo le impulsan motivos humanitarios y religiosos. Buen conocedor de la realidad, aspira a tocar la raíz del problema y darle solución práctica. Sostiene la postura poblacionista, así como ideas agraristas muy acentuadas, teñidas de una visión proteccionista. Lamenta la des- población y la decadencia de las manufacturas arruinadas por las importaciones. Escribe desde la perspectiva de un testigo fidedigno; la inundación de importaciones resultaba muy visible en Sevilla, centro del comercio con Indias y ciudad de mercaderes.

 

Mata presencia el proceso de decadencia y se indigna de que la Corona no ponga pronto remedio. Para el franciscano andaluz las manufacturas son más importantes que la agricultura en el desarrollo del país; esta óptica le induce a mirar con ojo crítico la economía señorial que redujo al plano mínimo de subsistencias la vida del campesino pobre, mientras las clases privilegiadas o de propietarios se favorecían con el alza de precios agrícolas. En su haz de quejas incorpora el tema de la deserción de la burguesía urbana, parásita de las clases señoriales, cuyas formas de vida intentaba emular. Lujo excesivo coches, trajes, costumbres, afeites, perfumes, tenían el propósito deliberado de confundir y mezclar las distintas clases, problema que no inquieta al sevillano, si no fuera porque la burguesía urbana pierde su utilidad, se convierte al ocio infecundo de la nobleza. Pero estas observaciones distan mucho de agotar el pensamiento de Mata. De todos sus discursos y memoriales tal vez la mejor síntesis se encuentre en el Memorial a razón de la despoblación y pobreza de España y su remedio (1650) y el Epítome (1659), ambos excelentes compendios de sus ideas económicas. El primero está enderezado al rey con la razón única de explicar las causas de la despoblación y de la pobreza; en agudo contrapunto pasa revista a todo el entramado, y airado, exclama:


¡Cuántas tierras yermas, ventas, cortijos, mesones, huertas, hornos, casas, tiendas, ciudades enteras se han acabado con la felicidad de sus interesados, que les pareció mejor y más barato lo extranjero!


El binomio pobreza-despoblación está, para él, estrechamente ligado a la falta de desarrollo industrial; sólo el ignorante puede sostener, dice, que la causa es el «ser los españoles vagamundos, holgazanes y enemigos del trabajo». Arremete con brío contra el manido tema de la indolencia hispánica con datos específicos: se ha enflaquecido y desusado la riqueza del país y los vasallos se ausentan, huyen, cuando no se dedican a mendigar por los caminos. Su cuadro no podría ser más acabado:

 

La inmensidad de vagamundos, que a la sombra de otros andan como camaleones arbitrando cómo sustentarse en el pan que otros tienen en la boca…

 

El mal proviene de la falta de dinero y de industria, no de falsas ideas que los supersticiosos lanzan. De no componerse estos descalabros, la nación perecerá sin remedio. Martínez de Mata emplea imágenes cabales para lanzar sus flechas; pocas más elocuentes que la siguiente para exponer la falta de vitalidad de España:


A todos les ha sucedido lo que al lastimado escorpión, que lamiendo con suavidad saca la sangre y corrompe el cuerpo, sin que se conozca de dónde ha venido tanto mal ...


En otros momentos, recoge las velas de la fantasía y presenta sus ideas en forma dialéctica, sobre todo en lo que se refiere a sus observaciones económicas. Así por ejemplo, con gracejo, explica que trabajo y valor son instrumentos de cambio y

por haberles quitado a los de las artes su modo de vivir, han perdido por eso su modo de comer.


La epidemia de arbitrismo se atemperó después de 1650. El polvo del tiempo se depositó sobre estos expedientes, avisos y memoriales. Aquella luz pasó a la sombra y hoy vuelven a surgir como elocuentes despertadores de su siglo. Sus meditaciones son un tesoro cristalino para el lector actual y sus palabras caen ahora como raudal leve de lluvia después de tan largo silencio. El mayor homenaje que se les puede hacer salió de la pluma de Campomanes:


Todos estos hombres ilustres, que pueden mirarse como lumbreras de la nación en el siglo pasado, apenas se hallaban en estado, mientras vivieron, de hacerse escuchar, por su limitación de medios y de fondos.


Algunos, escribe Campomanes, estaban «desnudos de miras personales». El ilustrado ministro aspira a compensar la suerte injusta que padecieron silenciados por sus contemporáneos. La falta de ciencia y la ignorancia llevaron a los españoles a


despreciar sin conocimiento, ahogando los trabajos útiles a los buenos patriotas y sumergiendo sus hallazgos entre el polvo.

 

No deja de ser cierto que el temor a las novedades sociales impidió que políticos y arbitristas tuvieran mucho eco. El mensaje de muchos permaneció inédito; otros fueron confiscados. Los proyectos y remedios planteados no se plasmaron siempre en realidades; los esfuerzos de estos hombres quedaron en quimeras. No obstante, sus ideas nutrieron la «España posible» que intentará surgir en tiempos de Carlos III. Al margen del arbitrismo y de las grandes figuras del Barroco, ha de mencionarse, para terminar este capítulo, a DIEGO SAAVEDRA FAJARDO (1584-1648), uno de los ideólogos más representativos de la primera mitad del siglo XVII. No es Saavedra Fajardo, desde luego, un escritor de gran originalidad. Inteligente y clara, su prosa participa de todas las características del conceptismo, pero, curiosamente, evita la afectación y los abusos estilísticos barrocos a la vez que su concisión es mucho menos epigramática y dura que, por ejemplo, la de Gracián. Situado entre el estilo de éste y el de Quevedo, el suyo -que pretende sea «levantado sin afectación y breve sin oscuridad»- revela el intento de domar los excesos barrocos desde una perspectiva lingüística afín a la de fray Luis (o incluso Juan de Valdés), pero sin renunciar al enriquecimiento que significó el conceptismo. Esta peculiaridad estilística expresa perfectamente su ideario. En Idea de un príncipe político cristiano (1640), por ejemplo, es central la voluntad de equilibrio: entre la vida privada y pública del príncipe (que vive para ser tal «desde la cuna hasta la muerte»), entre lo particular y lo general, entre la libertad y la necesidad. En todo momento, según la línea central del pensamiento político cristiano-español de la época, se rechaza la noción maquiavélica del poder, predominando la visión orgánica de la sociedad en la que el buen príncipe está siempre al servicio de su pueblo. Saavedra Fajardo escribió también una historia de los godos (Corona gótica, castellana y austríaca, 1646 ), así como una entretenida sátira de la República literaria (1655)…

 

(continuará)

 

 

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