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HISTORIA SOCIAL DE LA LITERATURA ESPAÑOLA ( XXIII )
Carlos Blanco Aguinaga,
Julio Rodríguez Puértolas,
Iris M. Zavala.
II
EDAD CONFLICTIVA
LA POESÍA GARCILASISTA: SONETOS, AMOR Y SOCIEDAD
En el año 1526 y en Granada, durante la visita de Carlos V a dicha ciudad, el embajador de Venecia Andrea Navaggero sostiene con el poeta catalán JUAN BOSCÁN una conversación literaria que hará historia en el desarrollo de la poesía española. El propio Boscán lo cuenta así:
Me dijo por qué no probaba en lengua castellana sonetos y otras artes de trovas usadas por los buenos autores de Italia, y no solamente me lo dijo así livianamente, mas aún me rogó que lo hiciese... Y así comencé a tentar este género de verso, en el cual al principio hallé alguna dificultad por ser muy artificioso y tener muchas particularidades diferentes del nuestro... Mas esto no bastara a hacerme pasar muy adelante si Garcilaso con su juicio... no me confirmara en esta mi demanda.
Es cierto que ya en el siglo XV el marqués de Santillana había experimentado sin mucho éxito con el soneto italianizante, empresa fracasada por la dificultad formal de adaptar las técnicas del endecasílabo al castellano y, a otro nivel, por un exceso de elementos librescos. Quien de nuevo lo intente será Boscán, autor tradicional primero y traductor de Il cortigiano,de Castiglione. Su obra poética fue publicada póstumamente por su esposa, en 1543, junto con la de su amigo íntimo Garcilaso de la Vega, el verdadero nacionalizador del petrarquismo.
Conviene hacer una digresión antes de tratar del propio Garcilaso, pues limitar la aparición de la nueva poesía en España a la anécdota de la conversación granadina de 1526 y a la captación de Boscán y de Garcilaso a la empresa es tan insatisfactorio como vulgar. Hay razones sin duda mucho más profundas y auténticas.
Es preciso comenzar por recordar brevemente que el soneto aparece en la corte de Federico II de Sicilia en el siglo XIII, en el contexto del trovadoresco amor cortés. Será Petrarca, en la Italia plenamente renacentista y burguesa del siglo XIV, quien fijará la nueva forma poética, la cual continuará con vigor hasta el siglo XVIII por lo menos. Es el soneto y en general el verso endecasílabo en sus varias combinaciones, con sus rimas y ritmo y con su temática amorosa, algo típico del Renacimiento, y habremos de preguntarnos por qué.
La situación de la mujer y la institución del matrimonio en la sociedad surgida como consecuencia de la aparición de la burguesía es muy semejante a la de la época feudal: el matrimonio entre los burgueses aristocratizantes se celebra de acuerdo con unos intereses económicos o políticos bien concretos. En la sociedad aristocrático-burguesa, la virtu o valer personal no puede, con todo, dominar a las varietas fortunae; es preciso sobrevivir y superar el cambio y el azar conservando el patrimonio familiar (recuérdese el caso de Pleberio en La Celestina). Por ello, el matrimonio por conveniencia y totalmente racionalizado es fundamental; el amor no cabe en tal esquema, y en caso de existir, suele funcionar como grave elemento de perturbación. La persona, a pesar del cantado individualismo burgués, queda así alienada, y sus destinos son controlados por la propiedad material y por la clase social. En este contexto, es claro que la castidad femenina es garantía de la continuidad no ya de la estirpe y del honor, sino del simple negocio familiar. Todo ello exige también su propia manifestación literaria: ya vimos previamente los problemas planteados en la novela sentimental y las polémicas acerca de la mujer en el siglo XV. Fue Petrarca quien articuló poéticamente el dilema básico entre pasión e institución, representado en su amor imposible por la inaccesible Laura. Pues no quedaban sino dos «soluciones»: o practicar la virtu institucional, social, o bien dejarse llevar por el sentimiento y la emoción personales, que, por otra parte, están dentro de las rígidas estructuras del amor cortés o de su nueva manifestación, el neoplatonismo. La sociedad exigía el matrimonio; el amante, para hallar la satisfacción sentimental y física tenía que desafiar a la sociedad (véanse algo más abajo las razones por las cuales fue desterrado Garcilaso por orden del emperador Carlos). El problema se planteaba no con la doncella, guardada y protegida -con mayor o menor éxito-, sino con la mujer casada, más visible. Se fijan las actitudes y los modos de vivir, que a su vez se petrifican en expresiones poéticas, que el neoplatonismo y el petrarquismo contribuyen decisivamente a establecer. Y así, esta poesía es la poesía de la frustración y de la inhibición, del deseo no satisfecho, forma artística tan erótica como neurótica -como lo era la novela sentimental- , todo lo cual se solidifica en unas formas tan rígidas como el contexto social que las produce. La antítesis pasión/ institución se traduce líricamente en antítesis del tipo fuego/hielo, día/noche, calma/tormenta, paz/guerra, etc.
Dentro del petrarquismo poético será el soneto la forma más representativa, mas no la única; intento, por otro lado, tan desesperado como, por lo general, inútil de seducción sexual. En esta literatura la Naturaleza tiene un papel primordial, pues, en efecto, se parte de la idea básica de que aquélla es armoniosa precisamente para el amor y por el amor, al tiempo que es éste, el amor, el camino para reintegrarse a un cosmos sentido todavía como orgánico y total, frente a las divisiones y los conflictos producidos por el sistema social como tal. La falacia patética será un corolario fundamental de tales creencias, y así, la Naturaleza se entristece, alegra o conmueve al unísono con el estado emocional del enamorado.
Podemos ya volver a Garcilaso, captado para la nueva escuela por Juan Boscán. GARCILASO DE LA VEGA, de noble familia toledana, cortesano, servidor y soldado de Carlos V, defensor de su causa en todo momento -incluso frente a los comuneros castellanos-, murió a los treinta y cinco años durante la invasión de Francia en 1536, como resultado de una acción militar en la Provenza. Tres fechas son importantes en su vida: se casa en 1525; conoce en 1526 a Isabel Freire, una de las damas portuguesas de la emperatriz y de la cual se enamora al parecer volcánicamente (la situación adquiere caracteres típicos al casarse Isabel en 1529); en 1532 es desterrado primero a una isla del Danubio y después a Nápoles por algo altamente revelador: haber sido cómplice en el matrimonio de un sobrino suyo, matrimonio no autorizado por el emperador.
La obra de Garcilaso es relativamente breve: cinco canciones, tres églogas, dos elegías, una epístola en verso a Boscán, treinta y ocho sonetos y algunas muestras de poesía tradicional. Garcilaso consigue una asimilación total tanto de los poetas italianos como de los clásicos, logrando crear un mundo estilizado y desrealizado -si bien de base absolutamente real-, una deliciosa fantasmagoría de musicalidad, delicadeza y patetismo, de atormentada sensualidad, con sus supuestos pastores, ninfas y damas inasequibles, y por lo general con referencia continua a su amor imposible por Isabel Freire. Imposible por dos razones bien diferentes: por el desdén de Isabel primero; debido después a su muerte (en 1534): el paralelismo con la historia de Petrarca es patente. Indiferencia de la dama y dolor del amante, oscilación entre esperanza y desesperanza, el secreto -indispensable en la cortesanía amorosa-: todo aparece en los poemas de Garcilaso, diversos estados de conciencia tratados con sinceridad y profundidad. Es en las églogas donde el drama pasional de Garcilaso se manifiesta de modo más coherente y poderoso. En la segunda, escrita in vita de Isabel, muestra el poeta su amor violento, el desprecio de la dama, la lucha interna entre «razón» y «deseo», es decir, entre la institución y las normas sociales y la pasión. La solución es típica: es preciso dominarse a sí mismo, desdeñar el amor carnal siguiendo las sabias indicaciones de los teóricos neoplatónicos -Pietro Bembo, Baltasar de Castiglione, León Ebreo- : el amor cortés, modificado, no anda muy lejos de todo esto. Elemento importante dentro del ambiente pastoril conscientemente falseado es el tema de la vida idílica campesina; lo que en fray Antonio de Guevara podía ser quizá poco más que un juego algo inconsciente, adquiere en Garcilaso unas connotaciones de seriedad vital en verdad impresionantes. He aquí, además y en conjunción con la «solución» neoplatónica, el ensueño campestre como vía de escape, renunciadora y frustrante, a las imposiciones y rigideces de una sociedad alienante, con recuerdos horacianos:
¡Cuán bienaventurado
aquel puede llamarse
que con la dulce soledad se abraza,
y vive descuidado,
y lejos de empacharse
en lo que al alma impide y embaraza!
No ve la llena plaza,
ni la soberbia puerta
de los grandes señores,
ni los aduladores
a quien la hambre del favor despierta;
no le será forzoso
rogar, fingir, temer y estar quejoso.
La Egloga I es posterior cronológicamente a la segunda: escrita después de la muerte de Isabel Freire, Garcilaso refleja en ella toda su historia amorosa -desdén, muerte- en el diálogo de dos pastores, Salido y Nemoroso. El primero, desdeñado por Galatea, se halla totalmente alienado, al faltarle el amor, de la Naturaleza y de la consiguiente y deseada armonía universal; el segundo, habiendo dejado Elisa este mundo, se hunde en un dolor y soledad, de los que emerge, por fin, con una resignación que no es precisamente cristiana sino paganizante y estoica. Las palabras de Nemoroso se aplican tanto a él como al propio Garcilaso, y pueden resumir, lírica, apretada y emocionalmente la situación del poeta y la fragmentación interior del hombre del Renacimiento:
No me podrán quitar el dolorido
sentir, si ya del todo
primero no me quitan el sentido.
El nuevo estilo es aceptado con entusiasmo por nobles, cortesanos y señores, por la clase dominante española, que pasa así sin transición del formalismo del amor cortés al petrarquismo neo- platónico y garcilasista; dos ediciones críticas de las obras de Garcilaso demuestran el interés que existía por su poesía: la del humanista Francisco Sánchez de las Brozas en 1574 y la del también poeta Fernando de Herrera en 1580. Una pléyade de seguidores contribuye al desarrollo de las nuevas técnicas: Diego Hurtado de Mendoza, amigo de Boscán (1503-1575); el portugués Francisco Sa de Miranda (1481-1558), que también cantó a Isabel Freire; el propio Camoens; Gutierre de Cetina, Gregorio Silvestre, Francisco de Aldana... Dos nombres destacan en todo catálogo que pueda hacerse, los de HERNANDO DE ACUÑA (1518-c. 1580) y Fernando de Herrera (1535-1597).
Acuña, vallisoletano y perteneciente a familia de soldados y poetas, recorrió Europa con los ejércitos imperiales, llegando a pelear todavía en la ya filipesca batalla de San Quintín. Fue garcilasista convencido, y como tal, trató de sus amores en ambientes pastoriles e idílicos; tales actitudes poéticas tienen su complemento en sus creencias imperialistas y mesiánicas, representadas magníficamente en un famoso soneto dedicado a Carlos I, verdadero compendio de fe política, cuyo lapidario verso octavo ha pasado a lema obligado de la época, al tiempo que recuerda trilogías de tiempos más modernos:
Ya se acerca, señor, o ya es llegada
la edad gloriosa en que promete el cielo
una grey y un pastor sólo en el suelo
por suerte a vuestros tiempos reservada.
Ya tan alto principio en tal jornada
os muestra el fin de vuestro santo celo,
y anuncia al mundo para más consuelo
un monarca, un imperio y una espada.
Ya el orbe de la tierra siente en parte
y espera en todo vuestra monarquía,
conquistada por vos en justa guerra,
que a quien ha dado Cristo su estandarte
dará el segundo más dichoso día
en que, vencido el mar, venza la tierra.
El garcilasismo no triunfó sin tener que enfrentarse con violentos oponentes, defensores de la tradición poética castellana. Ese tradicionalismo, que continuaba vivo no sólo en el ámbito cancioneril, sino también en villancicos, en la poesía chistosa y obscena, en la poesía religiosa y a lo divino) es el propugnado, entre otros -Baltasar del Alcázar, por ejemplo-, por CRISTÓBAL DE CASTILLEJO (c. 1485-1550), paje de los Reyes Católicos primero y secretario del archiduque Fernando de Austria después. Castillejo ejercitó su tradicionalismo en la práctica -una práctica que no desdeñaron ocasionalmente incluso los más fieles garcilasistas- y en la teoría. En su Reprensión contra los poetas españoles que escriben en verso italiano,llega a calificar de secta herética a los italianizantes y a considerarlos dignos -irónicamente, hay que suponer- de las hogueras inquisitoriales. Con total coherencia ideológica, Castillejo es también autor de dos tratados anti-femeninos,Sermón de amores y especialmente Diálogo de las mujeres, con lo que reaparece la misoginia literaria, en línea coincidente con la fobia antipetrarquista…
(continuará)
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