[ 032 ]
la hospitalaria taza del váter
Los tarados, a los que no hace tanto tiempo considerábamos ilusoriamente como una especie en extinción, han dejado de ser – y si al menos hubiéramos estado atento a la banda sonora, está clarísimo que la cosa se oía venir– una minoría también entre nosotros, la plebe, la tropa, la chusma enfadosa. Sí, digo bien, porque no se debe confundir –¡coño, hay que fijarse un poquín!– al tarado de los sentidos anulados con el ignorante que simplemente no sabe pero, muy al fondo de la barra, conserva sus mañas. Si no medimos las palabras pasa que se nos desdibujan y escurren las ideas y se enturbian los conceptos. No es una buena noticia. Para entonces ya no hay dios que pueda distinguir el grano puntualmente ignorante de la paja irremediablemente tarada. Todo por no estar despiertos, por no fijarse ni escuchar. Nos lo ponen muy difícil y, con nuestra perezosa deserción (¡que se fijen y escuchen ellos! ¡nosotros tan ricamente ciegos, sordos y mudos!), nos lo ponemos más difícil aún. ¿Más doloroso? Aunque escueza, calla y no te quejes. A la larga no es saludable, pero a la corta mugen los mugidores realmente mugientes, quita el miedo. Aguantar con la cabeza metida en la taza del váter es sólo cuestión de disciplina. Luego te olvidas porque la costumbre se encarga de perfumarlo todo. Y nadie se presta a ser testigo de sus propias mierdas. Esas cosas no hacen tilín. Métete esa idea en la cabeza, esa misma que se hospeda en la taza del váter (¡La concha de caracol!).
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