domingo, 11 de junio de 2023

 

 [ 403 ]

 

DE LA DECADENCIA DE LA POLÍTICA

 

Andrés Piqueras

 

 

 

 

 

Breves consideraciones

sobre el método dialéctico de Marx

 

Hay una manera de entender el mundo como un conjunto de elementos separados que hay que explicar independientemente y de forma más o menos estática, aunque puedan influirse y hacerse cambiar mutuamente. Son comprendidos, por tanto, como relaciones externas entre sí. En la sociedad tendríamos el campo de la economía, el de la política, el de la cultura, etc. Por el contrario, si concebimos que todo está relacionado internamente, tanto espacial como temporalmente (pasado, presente y futuro), la realidad consiste en una infinidad de procesos que se constituyen entre sí. Hablamos de una visión que prioriza las relaciones internas de los elementos, que les hacen inseparables unos de otros.

 

La ontología de la dialéctica marxiana radica en los procesos y las relaciones. Cuánto del todo podemos conocer a partir de un determinado punto de observación o de entrada al mundo (que permite a la teoría adentrarse en su particular formulación, en su propio proceso de construcción, así como en la elaboración de las condiciones y relaciones que comprende ese constructo que llamamos “realidad” –o totalidad social–, como manera de abordar con alguna coherencia lo que está infinitamente conectado y por tanto, resulta incomprensible, “incoherente” en sí mismo), y cuánto puede extenderse en tiempo y espacio (fenómenos y dimensiones de la realidad) la explicación a partir de ese punto. Dónde debemos situar, por tanto, la proyección de totalidad, o al menos el nivel mayor de generalidad que nos explique como sociedad y como individuos.

 

En el análisis de la realidad social presente, Marx eligió al capitalismo como tal totalidad. Como punto de entrada a esa “totalidad” buscó las relaciones de clase (que implican antagonismo, poder, subordinación, lucha, pero también cooperación, solidaridad, simbiosis, colaboración, relaciones de interés y de diferencia, de desigualdad y de reconocimiento, etc…) porque las entendió como las que tenían un mayor potencial explicativo del todo social.

 

La dialéctica marxiana supone combinar en el análisis distintos niveles de abstracción, tanto de escala como de las formas en que se manifiesta el todo (la “realidad” escogida). Marx procedió desde lo abstracto a lo concreto: de la mercancía-valor a las relaciones y personificaciones concretas que se expresan en la superficie de la realidad. No sólo porque el todo nos puede proporcionar un conocimiento más profundo de las partes que al revés, sino porque cada parte es una concreción del todo. La totalidad, en el sentido dialéctico-materialista, es el conjunto de procesos, de conexiones internas entre categorías que constituyen un fenómeno. La “realidad” es concebida, así, como una “totalidad concreta” que se convierte en estructura significativa para cada hecho o conjunto de hechos. Los hechos, a su vez, deben comprenderse como hechos de un todo dialéctico, interconectado, es decir, como partes de una estructura que se relaciona dialécticamente y no como átomos inmutables del conjunto.

 

En consecuencia, desde el punto de vista ontológico, la realidad posee su propia estructura, se desarrolla y se va auto-creando, es un todo estructurado y dialéctico. La totalidad se manifiesta en infinidad de cambiantes expresiones concretas (por eso la realidad es también cambiante e inabarcable), como los individuos, que no son sino partes de ella. Partes singulares, eso sí, en cuanto que a menudo cada quien ha interaccionado diferentemente con distintas fracciones de esa totalidad (por más que todos resulten afectados de una u otra forma por los mismos procesos institucionalizados e instituyentes de aquélla).

 

Pero la totalidad capitalista no es solamente el mundo de los fenómenos externos, de los objetos fijados: estructuras, instituciones, individuos, identidades, que en el caso del capitalismo se manifiestan como formas de la mercancía-valor. La totalidad, paradójicamente, es incompleta (es una forma de designación de lo que aspiramos a conocer, siempre parcialmente), es dialéctica y se puede dislocar, desorganizar, descomponer, desmoronar, reelaborar, rehacer.

 

Podemos renegar de nuestras identidades (Adorno y su identidad negativa), de nuestros “yo” forjados por el capital, para emprender la separación con lo que nos ha hecho sin valor, (con frecuencia) insignificantes mercancías, pues toda totalidad es inacabada, inestable, incompleta, reversible, transformable y, finalmente, perecible; pues siempre es sólo una parte de un todo mayor.

 

Por eso, a diferencia de lo que proclama la tan manida como estéril acusación de economicismo, lo que distingue en el fondo al marxismo de otras perspectivas y estrategias de investigación, no es la primacía de los factores económicos sino la constitución de un cuerpo teórico-práxico integrado de lo social como resultante de un conjunto infinito y cambiante pero estructurado y sucesivamente jerarquizado de factores. Es decir, se trata de una integral comprensión y actuación de y sobre el mundo, de la totalidad de los factores que constituyen la vida social, donde la teoría y la acción están inter-penetradas y se modifican entre sí tanto como al propio mundo sobre el que inciden y del que se reconocen una de sus partes cambiantes.

 

La condición clave es no entender más las partes de la sociedad de manera separada; de ahí que a Marx nunca se le ocurrió desarrollar una teoría política ni una teoría económica, por ejemplo, sino que lo que hizo fue elaborar una penetrante crítica de la “economía política” dada, a la que opuso el análisis dialéctico del todo y sus partes. Análisis de la totalidad, el capitalismo, que a su vez no es sino una totalidad dentro de otra: la de la especie humana, que a su vez es una totalidad dentro de otra, la de la Vida, que a su vez es una totalidad dentro de otra, el Cosmos…

 

Aquí la grandeza de Engels en su Dialéctica con tres movimientos:

 

1/ Observación directa del mundo;

 

2/ Análisis o descomposición del mundo en sus partes;

 

3/ Síntesis o recomposición del mundo en virtud de elementos teóricos inducido-deducidos.

 

Ve la Filosofía como ciencia del pensamiento teórico. Ha de estar, por tanto, arraigada al mundo material y no existir como mera gnoseología. Lo material acompaña a lo dialéctico en cuanto que la materia precede a la idea, el organismo a la conciencia, la formación orgánico-química de la vida a la especiación y al “homo sapiens-sapiens”, los procesos para conseguir energía a los ratos para dedicar al arte y a la filosofía... Pero una vez que esos procesos cobran existencia, la idea, la conciencia, la filosofía, entran también en relación dialéctica con el todo. Sólo que se explica más desde el otro comienzo que al revés. “La materia no existe como algo opuesto a la idea, sino que ambas son una misma cosa, intrincada, conectada. De este modo, el objeto del pensar no es ya la materia como opuesta a la idea, sino la unidad dialéctica de materia e idea en la forma de procesos de una totalidad compleja, estructurada y contradictoria”.

 

Entonces la dialéctica permite apreciar la interpenetración de, y al mismo tiempo distinguir entre, la apariencia y la esencia, la identidad y la diferencia, la cualidad y la cantidad, la negación y la negación de la negación, la contradicción inserta en todo lo existente.

 

La investigación social adquiere, así, diferentes grados de concatenación explicativa:

 

a) la palanca más importante que mueve a la sociedad capitalista: la mercancía-valor-capital;

 

b) los procesos de producción, reproducción, distribución, intercambio y consumo. De esta manera entendemos cómo el valor adquiere forma en mercancías, dinero, capital y beneficio, pero también en ideas y representaciones del mundo, en relaciones sociales.

 

De ahí a las concreciones del análisis sistémico (del todo) que ha de proceder por pasos concretos:

 

1) establecer los rasgos primordiales del capitalismo actual (análisis de fase);

 

2) encontrar qué ha ocurrido en el pasado que explique el actual estado de cosas (análisis histórico);

 

3) hacer la re-abstracción de la totalidad para entender el proceso completo del devenir del todo (secuenciación diacrónica);

 

4) proyectar esa comprensión integral hacia el futuro, a partir del despliegue de las contradicciones y posibilidades emergentes que arrastra su evolución actual (predicción);

 

5) mirar desde el (proyectado) futuro de nuevo al presente, para entender mejor su juego de tensiones y potencialidades (comprensión holística de la totalidad social concreta).

 

A partir de aquí ya tenemos el procedimiento para revisar nuestra comprensión de la imbricación de la totalidad y sus partes o manifestaciones concretas-históricas, entre las cuales situamos a nuestra propia teoría, sus explicaciones históricas y sus probables evoluciones. También tenemos una inmejorable manera de contrastar nuestros resultados con los de quienes aplican versiones interesadas, morales (desde su propia ideología) o parciales y “externas” a la realidad, sobre el pasado, el presente y el futuro (que desean o que quieren inculcar).

 

“La filosofía de la praxis (como el comunista italiano Antonio Gramsci denominaba al marxismo en sus 'Cuadernos de la cárcel') entiende el pensamiento conectado con la realidad de manera indisoluble. No hay un pensamiento sin influjo sobre la realidad, ni una realidad que no determine el pensamiento”.

 

El propio Gramsci, como incluso antes que él, Labriola, llegaron a considerar la praxis como la totalidad de la actividad generada por la comunidad.

 

Marx siempre analizó el capitalismo como una combinación de su pasado fáctico, su presente real y su probable (o cuanto menos posible) futuro. No hay determinaciones inmutables en la dialéctica, pero tampoco arbitrariedades. El materialismo “determina” pero no insalvablemente, tampoco mecánicamente. En la ciencia física se admite perfectamente la determinación de unos procesos sobre otros (si alguien se tira al vacío desde un décimo piso es prácticamente seguro que se mata), ¿por qué eso mismo en la ciencia social se entiende como “determinismo”? ¿precisamente para que no pueda haber una explicación comprehensiva, coherente, integrada, del conjunto de procesos sociales?

 

La dialéctica le da una dimensión abierta a lo material, mientras que el prisma materialista encauza la infinidad de posibilidades dialécticas y prende una luz en el camino por el que tienen más probabilidades de decantarse hacia unas u otras coagulaciones de la realidad. Sin esta combinación dialéctico-materialista estamos a oscuras en el mundo. Todo sería igual de posible y nunca daríamos con lo que determina más las posibilidades de unas u otras realidades, decursos de acción y procesos sociales en cada momento. Más o menos en la situación en que se encuentra hoy buena parte de la “ciencia social” dominante.

 

En este punto hay que destacar el esfuerzo de algunos autores, que como Edgar Morin han querido abrir paso a un pensamiento complejo. Morin hablaba de tres principios sustentadores del mismo:

 

1) dialógico [lo individual y lo transindividual pueden ser complementarios pero también antagonistas, y tienen todo un conjunto de posibilidades intermedias que no se anulan entre sí];

 

2) de recursividad organizacional [lo producido puede ser también productor-reproductor de lo que lo produce, pero también destructor; el efecto puede hacerse causa de su causa, que se transforma en efecto, con la potencialidad de modificarse mutuamente en el transcurso…];

 

3) hologramático [el todo está en cada parte, que a su vez refleja o es una concreción del todo, pero no la única posible].

 

El pensamiento complejo estuvo vinculado a la Teoría de Sistemas y la Cibernética (Bertalan y, Wiener, Von Foester, Boulding, …), y ha ido dando paso a las que hoy empiezan a conocerse como “Ciencias de la Complejidad”. El problema de la mayor parte de estos adalides del pensamiento complejo, no obstante, es que terminarían por desligarlo de una proyección política acorde, “compleja” [y que en su complejidad incorporara precisamente la transformación sistémica, para retroalimentarse congruentemente con tal pensamiento]. Lo que solieron hacer, más bien, fue empotrarlo en el propio devenir del capitalismo, como si este último fuera un modo de producción susceptible de ser razonable (y justo), sólo por efecto del propio pensamiento [por ejemplo, en el caso de Morin, como si el capitalismo pudiera proporcionar una “democracia cognitiva”, cuando todo su entramado de poderes se basa precisamente en la fetichización, mistificación y, en última instancia, desconocimiento de la realidad por parte de los/as subordinados/as]. Y es que cuando se desliga uno de los polos, el material, del entendimiento del mundo, se vuelve al idealismo en su versión más inofensiva, por mucho que vaya disfrazada de “compleja”.

 

 

 

 

[ Fragmento de: Andrés Piqueras “De la decadencia de la política” ]

 

 

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