martes, 13 de junio de 2023

 

[ 405 ]

 

LA CIA Y LA GUERRA FRÍA CULTURAL

 

Frances Stonor Saunders

 

 [ 08 ]

 

 

 

 

El Deminform de la democracia

 

 

Siempre que me convierto en caballero,

me aprieto fuerte la armadura;

y luego busco cosas,

como fugas y rescates,

y salvamentos de la guarida del dragón,

y lucho allí contra todos los dragones.

 

( A. A. MILNE, «Knight-in-Armour» )

 

 

La conferencia del Waldorf Astoria fue una humillación para los comunistas. Fue, según un observador, «una pesadilla de la propaganda, un fracaso que sería el último adiós a la idea de que los intereses ideológicos de la Rusia estalinista se podían injertar en las tradiciones progresistas de Estados Unidos». El Partido Comunista Americano estaba en retroceso, el número de afiliados en mínimos históricos, y su prestigio, irremisiblemente empañado. En el preciso momento en que empezaron a tomar cuerpo las acusaciones de una conspiración comunista, los estrategas de Stalin dieron por completo la espalda a Estados Unidos y se dedicaron a extender su influencia y a neutralizar a los enemigos en Europa.

 

La campaña de la Cominform para convencer a los hombres cultos de Europa de que el único triunfo que quería la URSS era el de la «paz», se vio seriamente socavada por dos importantes acontecimientos que tuvieron lugar en 1949. En primer lugar, el despiadado trato al que sometió a Tito, presidente de Yugoslavia, cuya negativa a sacrificar los intereses nacionales a favor de un afianzamiento de la hegemonía soviética en los Balcanes había abierto una agria polémica entre Moscú y Belgrado. Stalin había retirado de Yugoslavia a los consejeros económicos y militares como parte de una guerra de desgaste con el propósito de debilitar su posición de independencia. Tito, a su vez, había iniciado negociaciones con Occidente para recibir créditos del Plan Marshall y así revitalizar su dañada economía. La brutal interpretación que Stalin hacía del «Comunismo internacional» puso a prueba el apoyo de los compañeros de viaje europeos, que se agruparon en la defensa de Tito. En segundo lugar, los llamamientos de los soviéticos a la coexistencia pacífica se vieron aún más socavados por la detonación de la bomba atómica rusa en agosto de 1949.

 

La respuesta británica a las falsas afirmaciones de la propaganda soviética estaba tomando forma con retraso. El Departamento de Investigación de la Información (IRD), creado en febrero de 1948, por el gobierno de Clement Attlee, para atacar al comunismo, fue la sección del Foreign Office que más creció.

 

«No podemos pensar en repeler con éxito el comunismo desdeñándolo únicamente por cuestiones materiales —explicaba el arquitecto del IRD, Ernest Bevin, secretario del Foreign Office—, hemos de apelar de forma constructiva a los principios democráticos y cristianos, recordando la fuerza de la fe cristiana en Europa. Debemos oponer al comunismo una ideología que rivalice con él».

 

El desafío podía ponerse en los términos siguientes: los gobiernos occidentales no podían dedicarse simplemente a menospreciar el experimento soviético, sino que tenían el deber de ofrecer un futuro alternativo dentro de un sistema —la democracia capitalista— cuyos logros, muchas veces, no estaban a la altura de sus prédicas.

 

«Lo malo no es la fuerza del comunismo, que Stalin y compañía han pervertido hasta convertirlo en instrumento de la expansión eslava, en un modo que hubiese sorprendido a Lenin, sino la debilidad moral y espiritual del mundo no comunista», defendía el diplomático y espía Robert Bruce Lockhart.

 

 

Pasar por alto el papel del gobierno británico en la fabricación de una imagen positiva de Stalin durante la alianza durante la guerra, es desconocer uno de los hechos fundamentales de la guerra fría: la alianza entre el mundo libre y Rusia contra los nazis fue el momento en que la propia historia parecía estar en connivencia con la ilusión de que el comunismo era políticamente honesto. El problema al que se enfrentaba el gobierno británico tras la Segunda Guerra Mundial, era cómo desmontar las falsedades que sistemáticamente había construido o defendido los años anteriores.

 

«Durante la guerra, habíamos ensalzado a este hombre, aunque sabíamos que era terrible, porque era nuestro aliado —explicaba Adam Watson, un joven diplomático reclutado por el IRD, como segundo en la cadena de mando—. Ahora la cuestión era “¿Cómo nos deshacernos del mito del Buen Tío Joe, que construimos durante la guerra?”».

 

 

Muchos intelectuales y escritores británicos habían trabajado para el gobierno en sus departamentos de propaganda política durante la guerra: ahora se echaba mano de ellos para desengañar a los británicos de las mentiras que con tanta creatividad habían cultivado.

 

El Departamento de Investigación de la Información era, a pesar de su inocuo título, un secreto Ministerio de la Guerra Fría. Con su presupuesto procedente de los fondos reservados (para evitar cualquier tipo de control no deseado en las operaciones que requiriesen acciones encubiertas o semiencubiertas), su objetivo

 

«era producir, distribuir y hacer circular propaganda sin que se supiera su procedencia»,

 

según Christopher Monty Woodhouse, un espía adscrito al departamento en 1953. Guiándose en su trabajo por una teoría según la cual la información que se pasa a la cúspide de una organización finalmente pasa a los escalones inferiores, el IRD recopiló informes “objetivos” sobre todo tipo de temas para ser distribuidos entre los intelectuales británicos, de los que luego se suponía que habrían de reprocesar estos datos en su propio trabajo. En estas actividades, una característica distintiva y esencial era que no se supiese su verdadero origen, haciendo posible conciliar dos exigencias intrínsecamente contradictorias: que los materiales del IRD tuviesen la mayor circulación posible, y a la vez mantener en secreto la existencia de una campaña de propaganda anticomunista, oficialmente sancionada y financiada con fondos reservados, de la que el público nada sabía.

 

«Es importante que en Gran Bretaña, y en el extranjero, no se dé la impresión de que el Foreign Office está organizando una campaña anticomunista», escribió el primer director del IRD, Ralph Murray. «Pondría en un compromiso a una serie de personas que hoy están dispuestas a darnos su valioso apoyo, si se exponen a ser acusados de recibir instrucciones anticomunistas de alguna siniestra sección del Foreign Office dedicada a la fabricación de propaganda contra la Unión Soviética».

 

 

«Si la base de nuestro trabajo es proporcionar datos objetivos, eso es mucho más difícil de refutar que si simplemente se hace propaganda», explicaría más tarde Adam Watson. «Se trata de revelar aquellos aspectos de la verdad que nos sean más útiles».

 

En la práctica, esto implicaba que aunque el IRD pretendía atacar tanto «a los principios y a la práctica del comunismo, y también a la ineficacia, a la injusticia social y la debilidad moral del capitalismo sin control», no se permitía «atacar o que pareciese que se atacase a ningún miembro de la Commonwealth o de los Estados Unidos».

 

La idea de que pudiese someterse a la verdad a semejantes exigencias, hacía mucho que divertían a Noel Coward, quien, en su breve ocupación como oficial de inteligencia, se había dedicado lleno de gozo a poner un sello con las palabras «alta verdad» sobre otro que decía «alto secreto».

 

Uno de los primeros y más importantes consejeros del IRD fue el escritor nacido en Hungría, Arthur Koestler. Bajo su tutela, el departamento comprendió la utilidad de encontrar acomodo a aquellas personas e instituciones que, en la tradición de la política de izquierda, creyesen estar en posición de oposición al centro del poder. El objetivo de tal acomodo era doble: primero, lograr la proximidad a los grupos «progresistas» para controlar sus actividades; en segundo lugar, diluir el impacto de estos grupos, logrando influir en ellos desde dentro, o llevando a sus componentes a un foro paralelo y, sutilmente, menos radical.

 

El propio Koestler pronto habría de beneficiarse de las campañas de propaganda del IRD. El cero y el infinito, cuya descripción de la crueldad soviética había establecido su reputación de anticomunista, se hizo circular en Alemania bajo sus auspicios. Según un acuerdo logrado con Hamish Hamilton, director de la editorial homónima, y a su vez, estrechamente vinculado a las actividades de inteligencia, fueron adquiridos 50.000 ejemplares y distribuidos por el Foreign Office en 1948. Paradójicamente, al mismo tiempo,

 

«el Partido Comunista Francés tenía órdenes de comprar inmediatamente hasta el último ejemplar [del libro], cosa que estaban haciendo, no existiendo ninguna razón por la que se debiese de dejar de reimprimir, por lo que así, [Koestler] se estaba enriqueciendo infinitamente con los fondos del Partido Comunista».

 

 

Koestler no sólo era consejero de la campaña de propaganda del Foreign Office. En febrero de 1948, había emprendido una gira de conferencias por los Estados Unidos. En marzo se reunió con William Wild Bill Donovan, en la casa neoyorquina del general, en Sutton Place. Donovan, como director del servicio de inteligencia americano durante la guerra, y más recientemente, como uno de los principales arquitectos de la recién creada CIA, era miembro fundamental de la elite de la inteligencia estadounidense y de su política exterior. Toda su vida había sido anticomunista, siempre alerta hasta el momento de su muerte, en 1959, cuando informó de haber visto, desde su ventana, a las tropas rusas avanzando sobre Manhattan, por el puente de la calle 59. Koestler, antaño uno de los cerebros tras la red de organizaciones de tapadera de la Unión Soviética antes de la guerra (a la que se conocía como «Munzenberg Trust», por el nombre de su director, Willi Munzenberg), sabía mejor que nadie cómo funcionaba por dentro la maquinaria de propaganda soviética. Poco antes de partir hacia los Estados Unidos, Koestler se había reunido con André Malraux y Chip Bohlen, recién nombrado embajador en Francia, para analizar la mejor forma de contrarrestar la ofensiva de «paz» de la Cominform. A bordo del barco que le trasladaba a Estados Unidos, Koestler también conoció por casualidad a John Foster Dulles, hermano de Allen Dulles y futuro secretario de Estado, y ambos habían conversado sobre el mismo problema. Ahora, Koestler se había reunido con William Donovan para hablar sobre la forma de contrarrestar la propaganda soviética. «Hablamos de la necesidad de la guerra psicológica», anotó Koestler en su diario, añadiendo que Donovan poseía un «Cerebro de primera». No debemos subestimar la importancia que tuvo esta reunión.

 

Arthur Koestler había nacido en Budapest, en 1905, en el seno de una familia de clase media. Tras una especie de conversión paulina, entró en el Partido Comunista a comienzos de los años treinta. Luego escribiría que la lectura de Marx y Engels tenía «el efecto intoxicante de la súbita liberación». En 1932 fue a Rusia, donde escribió un libro de propaganda financiado por la Internacional Comunista, Of White Nights and Red Days. Allí, se enamoró perdidamente de una administrativa llamada Nadeshda Smirnova. Pasó una o dos semanas con ella, y luego la denunció a la policía secreta por una cuestión baladí. Nunca se volvió a oír hablar de ella. Tras el triunfo de Hitler en Alemania, se unió a los exiliados alemanes en París, donde trabajó con Willi Munzenberg. En 1936 viajó a España, probablemente como espía de Munzenberg. Fue arrestado por sus actividades políticas, pero se salvó gracias a la intervención del gobierno británico, tras las enérgicas acciones emprendidas por su primera mujer, Dorothy Ascher. En 1938 ya había dimitido del Partido Comunista, por las detenciones en masa y los juicios públicos de Stalin, pero aún seguía creyendo en la utopía bolchevique. Dejó de creer por completo cuando la esvástica fue izada en el aeropuerto de Moscú en honor de Ribbentrop, que había llegado para firmar el pacto Hitler-Stalin, y la banda del Ejército Rojo entonó el Horst Wessel Lied. Confinado en Francia durante la guerra, escribió Darkness at Noon [El cero y el infinito], una crónica de los abusos realizados en nombre de la ideología, que pronto se convertiría en unos de sus libros más influyentes de aquel período. Al ser puesto en libertad se dirigió a Inglaterra (a través de la Legión Extranjera francesa), donde, tras otro período de confinamiento, se alistó en el Pioneer Corps. Luego pasaría a trabajar para el Ministerio de Información, para realizar la propaganda antinazi, trabajo con el que logró la nacionalidad británica.

 

Con su gira de conferencias por los Estados Unidos, en 1948, se pretendía desengañar a los «Babbits de la izquierda» sobre las falacias y confusiones que aún predominaban en su forma de pensar. Exhortó a los intelectuales americanos a que abandonasen su radicalismo juvenil y madurasen y se dedicaran a cooperar con la estructura de poder:

 

«La tarea de los intelectuales progresistas de su país es ayudar al resto de la nación a enfrentarse a sus enormes responsabilidades. Ha quedado atrás la época de las luchas sectarias en la acogedora tierra de nadie del radicalismo abstracto. Es hora de que crezcan los radicales estadounidenses».

 

De esta forma Koestler abogaba por una nueva era de compromiso, en la que los intelectuales hicieran suya la tarea de justificar el esfuerzo nacional, evitando el privilegio, ya anacrónico, del distanciamiento o la imparcialidad.

 

 

 

«Como el escritor no tiene forma de escapar, queremos que se aferre con firmeza a la época en que vive: es su única posibilidad; está hecha para él y él para ella», habría de declarar poco tiempo después Jean-Paul Sartre. «Nuestra intención es trabajar juntos para lograr ciertos cambios en la sociedad que nos rodea».

 

La diferencia entre Sartre y Koestler no era la calidad del compromiso sino su objetivo. Mientras Sartre se oponía resueltamente a las instituciones del gobierno como mediadores de la verdad o la razón, Koestler trataba de convencer a sus colegas de que ayudasen a la elite en el poder en su misión de gobernar.

 

Poco después de su encuentro con Donovan en Nueva York, Koestler viajó a Washington, donde asistió a una serie de conferencias de prensa, almuerzos, cócteles y cenas. A través de James Burnham, un intelectual estadounidense que había hecho el viaje desde el radicalismo a las instituciones de poder con sorprendente velocidad, le presentaron a multitud de funcionarios del Departamento de Estado, asesores presidenciales, periodistas y dirigentes sindicales. La CIA en particular mostró su interés por Koestler. Era un hombre que les podía informar de ciertas cosas.

 

La Agencia llevaba tiempo dándole vueltas a una idea: ¿Quiénes mejor que los ex comunistas para luchar contra los comunistas? Después de hablar con Koestler, esta idea comenzó a tomar forma. La destrucción del mito comunista, decía, sólo se podría conseguir movilizando, en una campaña de persuasión, a aquellas figuras de la izquierda que no eran comunistas. Las personas de las que hablaba Koestler ya tenían su propio nombre —la izquierda no comunista— en el Departamento de Estado y en los círculos de los servicios de inteligencia. En lo que Arthur Schlesinger había calificado de «revolución silenciosa», las personas de la Administración cada vez comprendían mejor y apoyaban en mayor grado las ideas de los intelectuales que estaban desilusionados con el comunismo pero que aún tenían fe en los ideales del socialismo.

 

Por supuesto, para la CIA, la estrategia de promover a la izquierda no comunista habría de ser «el fundamento teórico de las operaciones políticas de la Agencia contra el comunismo durante las siguientes dos décadas».

 

La base ideológica de esta estrategia, en la que la CIA coincidía, o incluso se identificaba con los intelectuales de izquierda, fue expuesta por Schlesinger en The Vital Center; uno de los tres libros fundamentales que aparecieron en 1949 (los otros dos eran The God That Failed, y 1984 de Orwell). Schlesinger hacía un repaso del declive de la izquierda y de su posible paralización moral a la estela de la corrupción de la Revolución de 1917, trazando la evolución de la «izquierda no comunista» como «estandarte alrededor [del cual] se agruparían los grupos que luchaban para forjar una zona de libertad». Era dentro de este grupo donde tendría lugar «la restauración de la vitalidad radical», sin dejar «Una lámpara en la ventana para los comunistas». Esta nueva resistencia, según Schlesinger, exigía

 

«una base independiente desde la que operar. Requiere discreción, dinero, tiempo, periódicos, gasolina, libertad de expresión, libertad de reunión, la libertad que da el no tener miedo».

 

«La tesis que animaba toda esta [movilización de] la izquierda no comunista era fervientemente defendida por Chip Bohlen, Isaiah Berlin, Nicolas Nabokov, Averell Harriman y George Kennan —recordaría más tarde Schlesinger—. Todos pensábamos que el socialismo democrático era el baluarte más eficaz contra el totalitarismo. Esto se convirtió en argumento subyacente, o incluso encubierto, de la política exterior estadounidense, durante esta época».

 

La izquierda no comunista INC, en abreviatura, fue una denominación que pronto sería moneda corriente en el lenguaje de la burocracia de Washington. «Casi era un grupo con carné y todo», ha señalado una historiadora.

 

Este «grupo con carné» fue identificado por primera vez en The God That Failed, una colección de ensayos en los que se apuntalaba la idea del fracaso comunista. Tras este libro estaba Arthur Koestler, que había regresado de Londres en estado de gran excitación tras sus conversaciones con William Donovan y otros estrategas de la inteligencia norteamericana. La posterior historia de su publicación es un paradigma del acuerdo entre la izquierda no comunista y el «ángel tenebroso» del Gobierno de Estados Unidos. En el verano de 1948, Koestler ya había comentado la idea con Richard Crossman, director durante la guerra de la sección alemana del Ejecutivo de la Guerra Psicológica (PWE), un hombre que pensaba que «podía manipular a las masas» y que tenía «la necesaria capacidad de prestidigitación intelectual para ser el perfecto propagandista profesional». Como compañero de universidad de Isaiah Berlin (que también tuvo contactos con el PWE durante la guerra), en New College, Crossman fue calificado en una ocasión de «sin principios y muy ambicioso», alguien que «subiría a la cabeza de su madre con tal de estar más alto». En su libro Plato Today (1937), el narrador de Crossman se pregunta si la democracia parlamentaria no era en el fondo

 

«un falso cartelón publicitario de alegres colores tras el cual se mantienen ocultos el Gobierno y la maquinaria del Estado».

 

Lo mismo se podría decir de The God That Failed…

 

 

(continuará)

 

 

 

 

[ Fragmento de: Frances Stonor Saunders. “La CIA y la guerra fría cultural” ]

 

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