miércoles, 14 de junio de 2023

 

[ 406 ]

 

LA CIA Y LA GUERRA FRÍA CULTURAL

 

Frances Stonor Saunders

 

 [ 09 ]

 

 

 

 

El Deminform de la democracia

 

(…) El 27 de agosto de 1948, Crossman implicó a otro veterano de la guerra psicológica en el proyecto, al estadounidense C. D. Jackson.

 

«Le escribo para pedirle consejo. Cass Canfield, de [la editorjal] Harpers, y Hamish Hamilton, mi editor, pretenden publicar la próxima primavera un libro llamado Lost Illusions, que me he encargado de coordinar. Deberá consistir en una serie de esbozos autobiográficos de destacados intelectuales, en los que se describa cómo se hicieron comunistas o compañeros de viaje, qué les hizo pensar que el comunismo era la esperanza del mundo, y qué fue lo que les desilusionó».

 

El consejo de C. D. Jackson fue que se debería incluir al escritor Louis Fischer, ex comunista, para que representase las ilusiones perdidas en los Estados Unidos.

 

Crossman, luego, le habló del asunto a Melvin Lasky, ya por entonces el propagandista cultural oficioso de los Estados Unidos en Alemania, y uno de los primeros defensores de la resistencia intelectual organizada frente al comunismo. A medida que Crossman iba recibiendo cada una de las partes del libro, las enviaba inmediatamente a Lasky, que las hacía traducir en las oficinas de Der Monat. Según un Informe de Evaluación de la Alta Comisión Americanade 1950,

 

«todos los artículos excepto uno, de The God That Failed, fueron artículos originales publicados por Der Monat, o artículos para los cuales la revista poseía los derechos. Al llegar al número 25, Der Monat había terminado de publicar todos los ensayos».

 

Crossman editó la versión inglesa, que fue publicada en 1950 por el editor de Koestler, Hamish Hamilton. Cass Canfield (que luego sería editor de las obras de Allen Dulles), amigo íntimo de Crossman desde los tiempos de la Oficina de Información de Guerra, se encargó de la edición americana. Con estos antecedentes, se puede comprender que The God That Failed fuese más un producto de los servicios de inteligencia que de la inteligencia de sus autores.

 

Los autores fueron Ignazio Silone, André Gide, Richard Wright, Arthur Koestler, Louis Fischer y Stephen Spender.

 

«No estábamos en absoluto interesados en hinchar el globo de la propaganda anticomunista o en utilizar la oportunidad para hacer apologías personales»,

 

escribió Crossman en su introducción. Con todo y eso, el libro consiguió estos dos desmentidos objetivos. Aunque en conjunto afirmaban el fracaso de la utopía marxista, todos los ensayos fueron relatos muy personales, la apología pro política de unos individuos dispuestos a expresar su desencanto y su sensación de haber sido traicionados. Además de una especie de confesión colectiva, el libro era un acto de recusación, un rechazo del estalinismo en un momento en que, para muchos, eso aún era una herejía. Fue un nuevo libro de importancia trascendental en la posguerra, y aparecer en él sería pasaporte válido para el mundo oficial de la cultura durante los siguientes veinte años.

 

De los seis autores de The God That Failed, tres habían trabajado para Willi Munzenberg. Koestler, que había dicho en una ocasión que la fe era maravillosa, no sólo capaz de mover montañas «Sino de hacernos creer que un arenque es un caballo de carreras», había sido uno de los más devotos discípulos de Munzenberg. Durante los años treinta, cuando era tan conocido en Estados Unidos como en los años cincuenta lo sería Ed Murrow, el periodista Louis Fischer era un hombre cuya carrera también había sido conformada en buena medida por su experiencia comunista, trabajando para Munzenberg. Ignazio Silone había entrado en el Partido Comunista Italiano en 1921. Al igual que la de Koestler, la suya había sido una conversión sincera («El partido se convirtió en su familia, escuela, iglesia, cuartel»), y le hizo ascender por la escala de la Internacional Comunista, hasta llegar a los brazos de Munzenberg. Retirado, en silencio, de la actividad del partido, después de 1927, Silone mantuvo «el gusto amargo de una juventud desperdiciada». La ruptura definitiva se produjo en 1931, cuando el Partido Comunista le pidió que hiciera una declaración pública en condena de Trotsky. Se negó, y el partido le expulsó como un «caso clínico». Hablando a un grupo de antiguos comunistas alemanes, que vivían, como él, en un problemático exilio en Suiza durante la guerra, Silone dijo:

 

«El pasado, incluyendo todas las heridas que nos ha dejado, no debe ser causa de debilidad para nosotros. No nos podemos permitir desmoralizamos por los errores, faltas de tacto, por las estupideces dichas o escritas. Lo que hoy se nos exige es una voluntad tan pura que de lo peor de nosotros mismos pueda nacer una nueva fuerza: Etiam peccata».

 

Dentro de las cubiertas de The God That Failed, estos antiguos propagandistas de los soviéticos fueron reciclados, limpiados de la mancha del comunismo, protegidos por los estrategas del gobierno, que veían en sus conversión una oportunidad irrefrenable de sabotear la maquinaria de propaganda soviética que antaño se habían encargado de engrasar. «La banda de The God That Failed» fue a partir de ahora la nomenclatura utilizada por la CIA, para denotar lo que un agente llamó

 

«la comunidad de intelectuales que estaban desilusionados, que podrían llegar a desilusionarse, o que aún no habían adoptado una postura, y que, hasta cierto punto, podrían ser influidos por sus colegas a la hora de decidir».

 

The God That Failed fue distribuido por las agencias gubernamentales estadounidenses por toda Europa. En Alemania, en particular, se le hizo una promoción en toda regla. El Departamento de Investigación de la Información, también promovió el libro. Koestler estaba feliz. Sus planes de una respuesta estratégicamente organizada a la amenaza soviética se conjuntaban a las mil maravillas. Mientras el libro estaba saliendo de las prensas, tuvo una reunión con Melvin Lasky para tratar sobre algo más ambicioso, más permanente.

 

Si The God That Failed había demostrado que eran muy bien acogidos todos aquellos que quisiesen convertirse, también era cierto que no todo el mundo estaba dispuesto a comulgar en el altar del anticomunismo organizado. La Cominform pronto supo explotar esta reticencia. Tras la desastrosa experiencia en el Waldorf Astoria, puso especial cuidado en los preparativos de su siguiente reunión, el Congreso Mundial de la Paz, previsto para abril de 1949, en París. Un mensaje cifrado supersecreto del IRD, de marzo de aquel mismo año, predecía que

 

«La técnica que se piensa utilizar y la organización del Congreso indican que se hará todo lo posible para emplearlo simplemente como sello de caucho para todo lo que la Unión Soviética tenga en mente».

 

El argumento de la Cominform, aparentemente, habría de ser que «los Estados Unidos y las democracias occidentales son los fascistas y los que quieren la guerra, y el Kremlin y sus títeres, las democracias amantes de la paz». A todas las legaciones diplomáticas se les pedía que «investigaran todas las acciones posibles que pudiesen anular el valor propagandístico de este congreso».

Pero los «primos» americanos de la CIA ya se estaban ocupando del cónclave parisino. El día siguiente a la clausura de la conferencias del Waldorf, Carmel Offie, acólito de Frank Wisner, había preguntado al Departamento de Estado lo que pensaba hacer sobre la conferencia de paz de París. Offie era el ayudante especial de Wisner para asuntos laborales y de emigración, y se encargaba de supervisar personalmente el Comité Nacional para una Europa Libre, una de las más importantes tapaderas de la OPC, además de otras operaciones relacionadas con las organizaciones anticomunistas de Europa. Offie trataba con frecuencia con Irving Brown, representante europeo de la Federación Americana del Trabajo cuyo modesto título ocultaba un papel político de primer orden en la Europa de posguerra. Por medio de Brown, grandes sumas de los contribuyentes norteamericanos y fondos de «contrapartida» del plan Marshall, se desviaban a las operaciones encubiertas.

 

Offie, funcionario de carrera del Servicio Exterior, era según todos un personaje siniestro. Físicamente feo, provocaba a otros hombres con su homosexualidad, pellizcándoles los pezones en las reuniones de grupo. En una ocasión fue detenido por pulular alrededor de los aseos públicos en el parque Lafayette, un incidente que hizo que su nombre en clave en la CIA resultase cómicamente inapropiado: «Monje». Había sido expulsado del Servicio Exterior después de la guerra por usar la valija diplomática para hacer transferencias ilegales de dinero (también negociaba con diamantes, rubíes y, en una ocasión, con una carga de 300 langostas finlandesas). Sin embargo tenía amigos poderosos. Chip Bohlen y George Kennan lo conocían de la época de la embajada en Moscú, y había sido Bohlen el que había convencido a Wisner de que lo contratara. Mientras trabajaba para la OPC, se decía de Offie que era el último en revisar un papel antes de que pasase a Wisner, y el último en ver dos millones de dólares antes de que desaparecieran.

 

Offie y Wisner empezaron entonces a planificar una respuesta organizada a la conferencia de París, de la que el Departamento de Estado había predicho con pesimismo que «persuadiría [a los] inocentes a seguir la línea [del Kremlin]» y que se haría con el control de «este fingido movimiento por la paz». Wisner puso un cable a Averell Harriman, de la Administración de Cooperación Económica (los administradores del Plan Marshall), pidiendo cinco millones de francos (16.000 dólares aproximadamente) para financiar una contramanifestación. Harriman, decidido partidario de la guerra de propaganda y psicológica, fue uno de los primeros jerifaltes de la política norteamericana en comprender que Rusia había declarado una guerra ideológica contra Occidente, y en pensar formas de contrarrestar «el ataque de improperios que se lanzaba desde Moscú». Estaba más que feliz de proporcionar fondos del Plan Marshall —a los que Wisner llamaba «caramelos»—, para operaciones secretas.

 

A través de Irving Brown, la OPC estableció contacto con el socialista francés David Rousset, autor de varios libros sobre los campos de concentración (Les jours de notre mort, L’univers concentrationnarie), y sobre sus aliados en el periódico disidente de izquierda, Franc-Tireur. Rousset accedió a permitir que Franc-Tireur figurase como patrocinador del día de resistencia inspirado por la CIA.

 

A favor de los soviéticos, llya Ehrenburg y Alexander Fadeev aparecieron en la conferencia principal —«asunto de la Cominform de principio a fin»— junto con Paul Robeson, Howard Fast, Hewlett Johnson, el comisario francés de Energía Atómica, Frédéric Joliot-Curie, el escritor danés, Martin Andersen-Nexo, y el socialista italiano Pietro Nenni. Charlie Chaplin envió un mensaje de apoyo. Un sacerdote ortodoxo ruso bendijo la conferencia y Paul Robeson cantó Ol’ Man River. Fue aquí donde Picasso presentó su famosa paloma de la paz, que durante décadas sería el símbolo de prestigio del movimiento comunista por la «paz». Uno de los organizadores de la conferencia, el poeta y acérrimo comunista, Louis Aragon había encontrado una litografía de una paloma mientras hojeaba un cartapacio con sus obras más recientes, en el estudio de Picasso. Tenía unas plumas que parecían polainas blancas cubriéndole las patas. Aragon pensó que, con el permiso de Picasso, se convertiría en la famosa Paloma de la Paz. Pronto sería caricaturizada por el movimiento Paix et Liberté, apoyado por la CIA como «la paloma que hace bum». («La colombe que fait Boum!»), en un dibujo reproducido y distribuido por todo el mundo por las agencias del gobierno estadounidense, en panfletos, folletos y carteles.

 

La contraconferencia de Rousset, el Día Internacional de Resistencia a la Dictadura y a la Guerra, se celebró el 30 de abril de 1949, y fue refrendado con mensajes de apoyo de Eleanor Roosevelt, Upton Sinclair, John Dos Passos (que ya estaba en camino para convertirse en republicano convencido, y ya, según Dwight Macdonald, «neuróticamente asustado de Rusia y del comunismo»), Julian Huxley y Richard Crossman. Entre los delegados que asistieron a cuenta de la OPC podemos citar a Ignazio Silone, Carlo Levi, el ubicuo Sidney Hook, James T. Farrell, autor de Studs Lonigan, Franz Borkenau y Fenner Brockway. Pero, a pesar de su cuidadosa planificación, fue un fracaso.

 

«No escuchaba tantas banalidades y tanta retórica vacía desde que era niño, hace treinta años, cuando oía a los oradores callejeros de Madison Square», informó Sidney Hook.

 

En la reunión de la noche, unos anarquistas agarraron el micrófono y denunciaron la conferencia, lo que llevó a Hook a concluir que los locos habían salido del manicomio y que la conferencia había sido tomada por la «sala de psicópatas de izquierda».

 

La conferencia también supuso la primera baja estadounidense en la Kulturkampf en la persona de Richard Wright, que, según Hook, se sintió

 

«halagado por el uso que Sartre hace de él como una especie de garrote contra la cultura americana, análogo al uso que los comunistas hacen de Robeson».

 

Aunque había sido uno de los partícipes en The God That Failed, en círculos anticomunistas a Wright se le consideraba sospechoso, porque su ruptura con el estalinismo se había producido «más por motivos personales que políticos», y porque no parecía «entender su verdadera naturaleza». Wright fue el único miembro del grupo de The God That Failed que dejaría de pertenecer a ese grupo de apóstoles. Durante la década siguiente, su vida y sus actividades en París fueron controladas por la CIA y el FBI, hasta su muerte, en 1960, en extrañas circunstancias.

 

Wisner y sus aliados en el Departamento de Estado se sintieron defraudados con la contraconferencia de París. Aunque atrajo a destacados antiestalinistas y provocó los ataques del Partido Comunista Francés, su tono fue «demasiado radical y neutralista». Peor aún, por todas partes corrían vientos antiamericanos.

 

«La opinión pública francesa, en su mayor parte, es sorprendentemente ignorante de la vida y la cultura estadounidense —escribió Hook—. La idea que se han formado de los Estados Unidos es una mezcla de impresiones procedentes de la lectura de novelas de protesta y revuelta social (Las uvas de la ira de Steinbeck se considera como un relato fiel y realista), las novelas de la degeneración (Faulkner) y de la estupidez (Sinclair Lewis) americanas, de las películas americanas, y de la exposición a un incesante bombardeo comunista que se filtra a la prensa no comunista. En mi opinión, la tarea más importante y urgente de la política democrática americana en Francia es ‘La reeducación mediante la información del público francés’, objetivo hacia el cual no se ha hecho nada eficaz».

 

 

La idea que Hook tenía de que el antiamericanismo podía erosionarse limpiando de las mentes europeas las esclerotizadas imágenes de los principales novelistas americanos resulta extraordinaria. En efecto, lo que propugnaba era la purga de esas expresiones de la vida americana que según él estaban en conflicto con la «política democrática» del Gobierno en el extranjero. Era una monumental distorsión de los principios mismos de la libertad de expresión, irreconciliable con las pretensiones de democracia liberal bajo cuyos auspicios se proponía.

 

Pero Hook tenía razón en una cosa: recomponer el homme de bonne volonté del París de Sartre iba a ser una lucha ardua y difícil. Como Brecht, quien desde el confort de su vida de privilegio en Alemania Oriental, alababa a Stalin como «asesino justificado del pueblo», los intelectuales de la Rive Gauche no habían logrado comprender que ya no eran «buscadores de la verdad sino defensores de una ortodoxia atribulada y que se está desmoronando». Sartre siguió ensalzando a Rusia como guardiana de la libertad, mientras su «Santo», Jean Genet, negaba la existencia de los gulags. Ésta, dijo Arthur Koestler, es la capital mundial de los compañeros de viaje, de avispados arribistas de poco talento como Picasso, Camus y Anouilh, por los que sentían un respeto reverencial muchos intelectuales europeos a los que Koestler les diagnosticó una «gripe francesa». Desde París, dijo Koestler en broma, el Partido Comunista podía conquistar Francia “con una llamada de teléfono”.

 

Para Wisner quedó claro que aún no había encontrado el grupo adecuado para encabezar la campaña anticomunista en Francia. En palabras que muestran que ya estaba pensando en una base permanente para esta campaña, mostró su preocupación de que

 

«este tipo de liderazgo para una organización permanente haría que toda la idea (de crear una DEMINFORM en pequeño) degenerase en una chaladura de variopintas cabras y monos, cuyas payasadas habrían de desacreditar por completo el trabajo y las declaraciones de los liberales responsables. Deberíamos tener mucho cuidado en no apoyar tal espectáculo».

 

Preocupado del carácter inexpugnable de la fortaleza comunista, un grupo de intelectuales alemanes, que antaño habían formado parte del Trust de Munzenberg, se reunieron para trazar un plan. En agosto de 1949, Ruth Fischer y Franz Borkenau (ex historiador oficial de la Comintern) se vieron con Melvin Lasky en la habitación de un hotel de Francfort, y comenzaron a delinear su idea de una estructura permanente dedicada a la resistencia intelectual organizada. Fischer era hermana de Gerhart Eisler, agente soviético del que se había dicho en 1946 que era «el comunista número uno en los Estados Unidos» y condenado al año siguiente por haber falsificado una solicitud de visado. Gerhart, desde entone había ascendido y dirigía la oficina de propaganda germanooriental, y como tal habría de ser responsable de organizar la respuesta soviética a los plantes de Ruth. La propia Ruth había sido dirigente del Partido Comunista Alemán antes de que su facción fuese expulsada siguiendo órdenes de Moscú, lo que la hizo romper con Stalin (y con su hermano). De esta forma se expresaba en un escrito dirigido a un diplomático estadounidense:

 

«Creo que hablamos de este plan ya en mi último viaje a París, pero ahora tengo una idea mucho más concreta. Por supuesto, me refiero a la idea de organizar un gran Congreso Anti-Waldorf Astoria, en la propia Berlín. Debería ser una reunión de ex comunistas, así como un grupo representativo de los intelectuales antiestalinistas estadounidenses, ingleses y europeos, que declaren sus simpatías por Tito y Yugoslavia y por la oposición silenciosa de Rusia y de los países satélites, y que se las hagan pasar canutas al Politburó en sus propias narices. Todos mis amigos están de acuerdo que tendría un tremendo efecto que llegaría hasta Moscú, si se organiza bien».

 

¿Asistió Michael Josselson a la reunión de Francfort? Por supuesto, fue de los primeros en conocer el plan que pronto habría de comentar con Lawrence de Neufville, el cual envió por valija el borrador de la propuesta a Carmel Offie a mediados de septiembre.

 

«La idea procedía de Lasky, Josselson y Koestler —explicaría más tarde Neufville—, y yo conseguí que Washington le diese el apoyo que necesitaba. Informé del asunto a Frank Lindsay [subdirector de Wisner] y supongo que se lo presentaría a Wisner. Teníamos que implorar su aprobación. El Plan Marshall era de donde procedían los fondos de reptiles que en aquella época utilizaba la CIA, por lo que jamás escaseó el dinero. Lo único que había que conseguir era su aprobación».

 

Lo que luego sería conocido como «la propuesta de Josselson» llegó a la mesa de Wisner en enero de 1950. Lasky, mientras tanto, demasiado impaciente como para aguardar respuesta, ya había tirado hacia delante con el plan, reclutando a Ernst Reuter, alcalde de Berlín Occidental, y a varios destacados intelectuales alemanes que respaldaban la idea y que habían prometido su apoyo. Juntos, crearon un comité permanente y comenzaron a enviar invitaciones a intelectuales del «mundo libre» para que fuesen a Berlín a hacer públicos sus puntos de vista. No obstante, la iniciativa personal de Lasky no fue del todo positiva para la empresa.

 

«Como empleado del Gobierno de ocupación norteamericano, sus actividades en representación del Congreso sorprendieron a bastantes observadores como prueba de que el Gobierno de los Estados Unidos estaba detrás del acontecimiento».

 

Los mandos de la OPC siguieron adelante con el plan de Josselson, elaborando un esbozo oficial del proyecto, con un presupuesto de 50.000 dólares, que fue aprobado por Wisner el 7 de abril. Wisner añadió una condición: Lasky y James Burnham, que tenían lo que se podía calificar como interés profesional en el plan, deberían no aparecer en Berlín «por temor a que su presencia sólo daría munición a los críticos comunistas». Josselson defendió a Lasky cuando fue informado de las reservas de Wisner.

 

«Ninguna otra persona, por supuesto, ningún alemán, podía haber logrado un éxito semejante»,

 

escribió en un cable. Lasky en esta etapa ya era difícil de frenar. Públicamente había comunicado ser el secretario general del congreso, que habría de llamarse Congreso por la Libertad Cultural, y firmadas por él y por el alcalde Reuter, se habían mandado las invitaciones y organizado los programas. Para ayudar a Lasky en las relaciones públicas, se le asignó a Arnold Beichmann, que tan oportuna aparición había hecho en el Waldorf.

 

En Estados Unidos, James Burnham y Sidney Hook se ocupaban de organizar la delegación americana. Ambos eran conscientes de la participación de la OPC (aunque Hook no lo menciona en sus memorias, tal vez, pensando que no tuvo importancia). Los pasajes de los participantes estadounidenses fueron pagados por la OPC, que utilizó «varias organizaciones intermediarias» como agencias de viaje. El Departamento de Estado también intervino en la organización. El subsecretario del Departamento de Estado para Asuntos Públicos, Jesse MacKnight, se quedó tan impresionado de todo esto, que instó a la CIA a que apoyase al congreso de manera permanente incluso antes de que hubiese tenido lugar el cónclave de Berlín. Por una vez, este optimismo no carecía de justificación…

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: Frances Stonor Saunders. “La CIA y la guerra fría cultural” ]

 

*


No hay comentarios:

Publicar un comentario