viernes, 16 de junio de 2023

 

[ 408 ]

 

LA LUCHA DE LA CULTURA

Michael Parenti

 

( 04 )        

 

 

 

LA PSIQUIATRÍA COMO ARMA DE CONTROL

 

 

 

La ciencia ocupa un lugar inusual en la sociedad, porque sus métodos pueden trascender los confines de la cultura. Los científicos de diferentes disciplinas en todo el mundo son capaces de entender y desarrollar el trabajo de cada uno (al menos dentro de sus respectivas disciplinas). No obstante el empeño científico lo pueden distorsionar los intereses de otro tipo o el clima ideológico dominante. Lo que se subvenciona y se divulga puede tener poco que ver con la información desinteresada. Las compañías de tabaco producen estudios científicos que prueban que los cigarrillos no hacen daño, las petroleras promocionan a un puñado de científicos que aseguran que el calentamiento global es una quimera, la industria química lleva a cabo investigaciones que demuestran la naturaleza supuestamente benigna de los pesticidas y los herbicidas y las compañías farmacéuticas subvencionan pruebas que demuestran que diversos medicamentos son perfectamente seguros, cuando de hecho a veces producen efectos dañinos y deberían ser retirados del mercado inmediatamente.

 

Durante siglos los científicos innovadores han pagado caro el mantener puntos de vista que iban contra los preceptos más ortodoxos. Sus opresores a menu- do han sido otros científicos que trabajaban al unísono con las autoridades del estado, o que estaban en posiciones dominantes dentro de sus profesiones. Una y otra vez los intereses creados se han apropiado del campo del discurso, dejando sin subvención o negando la publicación de perspectivas alternativas, despidiendo investigadores disidentes, permitiendo que cuestiones científicas importantes se establezcan por decreto más que por un examen riguroso. Muchas opiniones científicas establecidas han sido poco más que creencias embellecidas enmascaradas de hallazgos objetivos. Y algunas controversias científicas son poco más que Kulturkampf vestida con traje de laboratorio. Esto parece especialmente cierto en lo referente a las ciencias médicas y psiquiátricas.

 

Durante siglos, al servicio de la supremacía masculina y la dominación colonial, hombres doctos de la sociedad occidental produjeron exégesis científicas sobre la inferioridad natural de las mujeres y las deficiencias morales y mentales de las “razas oscuras” y las “clases bajas”, estas últimas también denominadas “clases peligrosas”. Los practicantes de la medicina y la psiquiatría trataron las enfermedades castigando a los pacientes. En la antigüedad las personas con serios problemas físicos fueron sangradas, escaldadas, sometidas a la ingesta de brebajes perniciosos, quemadas con mercurio, se les serraron los miembros fracturados o fueron sometidas a toda clase de procedimientos quirúrgicos dañinos, a menudo con resultados fatales. Los doctores frecuentemente expandían enfermedades letales al permanecer indiferentes a las más mínimas prácticas higiénicas.

 

Durante gran parte del siglo XX cuando las amígdalas se inflamaban como muestra de la resistencia del cuerpo a una infección, los doctores resolvían el problema de forma rutinaria extirpándolas, como si este órgano estuviera ofendiendo más que defendiendo al organismo. A mediados de siglo las histerectomías hicieron furor: siempre que había un fibroma (tumor benigno) en el útero, se extirpaba el útero. Hoy día la vesícula biliar se extirpa de forma rutinaria por hacer su trabajo de formar piedras debido a las impurezas que acumula el cuerpo. En la segunda mitad del siglo al cáncer se le ha tratado con la estrategia de la cuchilla, la quemadura y el veneno (cirugía, radiación, quimioterapia), que es la única designada para destruir las células del cuerpo que han sucumbido al cancer. Mientras tanto los tratamientos alternativos continúan suprimidos por la industria del cáncer y sus aliados de la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) en los Estados Unidos. Recientemente algunas mujeres se han cortado los pechos para evitar la posibilidad de desarrollar cáncer de mama, una terrible aplicación de la medicina preventiva. Una íntima amiga mía ha sido aconsejada recientemente por su médico de cuchillo fácil para que se extirpara los ovarios perfectamente sanos, porque había “un cinco por ciento de posibilidades de que pudieran desarrollar un cáncer”.

 

Las personas que han sido diagnosticadas como mentalmente trastornadas han sufrido un acoso similar: encarceladas (a menudo de por vida), golpeadas, heridas, amordazadas, aisladas y drogadas. Entre las enfermedades tratadas durante el siglo XIX y principios del XX estaban la “ninfomanía”, la “demencia masturbatoria” y el comportamiento destructivo de casi cualquier clase. Los psiquiatras y médicos creyeron durante mucho tiempo que la histeria era una enfermedad causada por alteraciones en el útero, y por tanto una enfermedad exclusiva de la mujer. Un médico eminente del siglo XIX, William Goodell, sugirió que lo mejor era “detener la enfermedad extirpando los ovarios de la mujer enferma”.

 

Benjamín Rush, conocido por muchos como el “padre de la psiquiatría americana”, definió la sordera como la práctica de “hábitos regulares” y “una aptitud para juzgar las cosas como los demás hombres”, mientras que la demencia era “lo contrario de esto”. Rush mantenía, y muchos de sus colegas estaban de acuerdo, que la locura podía curarse tratando a la víctima con duras sesiones de “terror” y “flagelación”, utilizando el “miedo acompañado de dolor y el sentimiento de vergüenza”. La inmovilización total y el confinamiento “de todas las partes del cuerpo” produce efectos tan tranquilizantes en el paciente que “realmente me han producido deleite”, dijo Rush extasiado.

 

Durante los días anteriores a la guerra en los Estados Unidos, algunas autoridades médicas pusieron seria atención a la condición mental que supuestamente afligía a los esclavos. Se la llamó drapetomanía, el impulso loco que hacía que aquellos que eran esclavos “huyeran del servicio”. Se entendía que los esclavos, que abandonaban los felices confines de la servidumbre y el cuidado solícito de sus amos, persiguiendo la libertad incierta en lugares extraños, debían de sufrir un desorden serio. En 1851, en su “Informe sobre enfermedades y peculiaridades psíquicas de la raza negra”, el doctor Samuel Cartwright llega a la conclusión de que la drapetomanía, que induce al esclavo a huir de la esclavitud, “es un desarreglo de la mente como cualquier otra alienación mental, y mucho más curable, como regla general”. La cura consistía en aplicaciones feroces de latigazos y, para los reincidentes, grilletes, hierro candente, corte de orejas y en algunos casos, castración.

 

Más recientemente a los enfermos mentales se les trataba con dosis fuertes de medicamentos, electroshock o lobotomía. Al cerebro enfermo se le trata como un cerebro molesto, como si las víctimas fueran el problema más que la enfermedad. Una aplastante mayo- ría de los pacientes tratados de este modo en los asilos públicos provienen de las clases bajas, los elementos de la sociedad presumiblemente más recalcitrantes. “Los médicos de todas las épocas”, concluye R.D. Laing, “han hecho fortunas matando a sus pacientes por medio de sus curas. La diferencia en la psiquiatría es que supone la muerte del alma”.

 

He aquí algunos ejemplos de cómo la falsa ciencia ha servido al paradigma dominante: En 1952 la Asociación Americana de Psiquiatría (APA) añadió la homosexualidad a su lista oficial de enfermedades emocionales en su Manual de Diagnóstico y Estadística de Enfermedades Mentales, etiquetando a los homosexuales como inadaptados mentales. Esta inclusión le dio el respaldo científico a la discriminación anti-gay en la vivienda, el empleo, la formación profesional y a las leyes que trataban los enlaces gays y sus reuniones públicas como crímenes.

 

Lo que faltaba en el manual era cualquier explicación sobre los medios científicos a través de los que la psiquiatría había llegado a esa conclusión. ¿Dónde estaba la evidencia que apoyara la idea de que la homosexualidad era una enfermedad mental? ¿Y en qué consistía específicamente esa evidencia ? Los psiquiatras podían haber señalado un siglo de práctica en el cual los homosexuales habían buscado —o se habían visto obligados a hacerlo— tratamiento para su inversión (un término psiquiátrico que era el favorito en el siglo XIX   y que más tarde se reemplazó por perversión). Este tratamiento incluía análisis, confinamiento institucional, medicaciones, programas de modificación del comportamiento, terapia de choque e incluso cirugía del cerebro. En sus varios intentos de tratar a la gente infeliz que resultaba ser gay, los psiquiatras confirmaron la evidencia de que la homosexualidad era una patología seria y difícil de erradicar.

 

Algunos homosexuales mantenían que ellos no estaban enfermos; que a los gays se les había enseñado a odiarte a sí mismos por serlo a causa de una cultura homofóbica. No era su homosexualidad lo que les afectaba, sino la animadversión de los demás, incluyendo sus padres y familiares, junto con las prácticas punitivas de la psiquiatría y de las leyes.

 

En la década de 1960 y principios de la de 1970, los hombres y mujeres homosexuales empezaron a manifestarse abiertamente por sus derechos, insistiendo en que su orientación sexual no suponía una patología. En la convención de la Asociación Americana de Psiquiatría de 1971 en Washington D.C., los activistas gays se enfrentaron a los psiquiatras. Como señaló un escritor: “Los psiquiatras no están acostumbrados a oír de los homosexuales que se sienten sanos y normales”. Los defensores de los gays fueron entonces invitados a participar en la convención del año siguiente. Después de diversas protestas y debates el consejo de gobierno de la APA votó para eliminar la homosexualidad de la lista de enfermedades mentales, declarando que “los homosexuales deben tener todas las protecciones y garantías como el resto de los ciudadanos”. Los miembros de la asociación ratificaron esta decisión en abril de 1974.

 

 

Nota bene, ni la inclusión de la homosexualidad en la lista de enfermedades mentales ni su exclusión de esa lista estaban basadas en criterios científicos. La lista de 1952 fue la respuesta a una cultura homofóbica y a una larga práctica dentro de la propia psiquiatría. Y la decisión de 1974 de quitarla de la lista fue la respuesta a la lucha política llevada a cabo por los gays contra esa cultura homofóbica. Ambas decisiones demuestran a) cómo los sesgos culturales penetran en los sistemas de creencias, incluyendo los sistemas científicos que presumen de estar libres de sesgos cultura- les, y b) cómo la cultura no siempre es un concepto fijo e inmutable, sino que a veces la puede cambiar una agitación consciente organizada".

 

 

 

La demanda de la cultura libre y la objetividad científica  también  se puede cuestionar  si nos fijamos en las prácticas médicas  trans-culturales. Consideremos cómo los médicos británicos y americanos administran antidepresivos a los niños. Ajustando  el  tamaño de la población de ambos países, nos encontramos que los doctores americanos están cinco veces más dispuestos que sus colegas británicos a recetar antidepresivos a menores. La forma en que están regulados los antidepresivos en los dos países es un  factor. Después de extensos ensayos clínicos con más de 2.300 jóvenes, los  reguladores  británicos  recomendaron  fuertemente a los médicos que no usaran determinados medicamentos para la depresión infantil. En los  Estados Unidos, conociendo los mismos datos, la FDA todavía tiene que publicar sus avisos de seguridad, y los médicos continúan recetando antidepresivos a los niños en grandes cantidades.

 

La distribución en el mercado en ambos países también  es un factor. En los Estados Unidos, cuando las empresas farmacéuticas empiezan a encontrar difícil que los médicos prescriban sus caras medicinas, las comercializan directamente a los pacientes. De ahí los anuncios en televisión urgiendo a los pacientes potenciales a que pidan las medicinas a sus médicos. Esta publicidad del medicamento está prohibida en Gran Bretaña.

 

Las compañías farmacéuticas en los Estados Unidos tienden  a vender la  propia enfermedad  mental y no solo las píldoras para tratarla. Las nuevas enfermedades mentales las diseñan a menudo las propias compañías, especialmente en las áreas de la ansiedad y la depresión. La lista de desarreglos mentales en el Manual de Diagnóstico y Estadística de la APA creció de 106 en 1952 a 357 en 1994. Promulgando nuevas categorías de desarreglo mental, la industria crea nuevos mercados para sus nuevas medicinas.

 

En 2004 la erróneamente llamada Comisión de la Nueva Libertad Sobre Salud Mental del presidente G. Bush, lanzó un plan para imponer de forma mandatoria un reconocimiento de la salud mental de toda la población de los Estados Unidos. El objetivo era determinar quiénes necesitaban “tratamiento y apoyo”. El reconocimiento de adultos estaba previsto que se hiciera durante los exámenes físicos rutinarios, mientras que el de la población joven se haría dentro del sistema escolar. Los niños de pre-escolar tendrían “reconocimientos de desarrollo” periódicos. Según los críticos este reconocimiento masivo era un plan de la industria farmacéutica para captar clientes y extender las ventas de sus nuevos y más caros medicamentos psiquiátricos. El programa tenía más que ver con el mercado que con la medicina. El reconocimiento de toda la población daría también a las autoridades la oportunidad de medicar a gran número de ciudadanos privados y posiblemente conseguir un nuevo nivel de control sobre los personajes políticamente preocupantes.

 

Los críticos avisaron de que el plan de la Nueva Libertad de Bush supondría el control por parte del estado de las vidas privadas y el incremento masivo del consumo de drogas psiquiátricas. De acuerdo con el psicólogo Dr. Daniel Burston, “cualquier número de cosas que son, o podrían ser, respuestas perfectamente naturales en un entorno determinado, pueden ser consideradas como una señal de desorden mental”. El plan de Bush ponía énfasis en la importancia de los “medicamentos adecuados” sin ningún aviso de que algunos eran de dudoso beneficio y a veces perjudiciales. Ciertos antidepresivos aparecen ligados a comportamientos homicidas en algunos adultos. Un comité de la FDA advirtió severamente que los antidepresivos debían tener la etiqueta de “atención más estricta”, porque podían ser causa de comportamiento suicida en los jóvenes.

 

La proclama de la Comisión de la Nueva Libertad sobre que la seguridad de los medicamentos radica en prácticas “basadas en la evidencia”, no está confirmada por estudios recientes, que indican que las compañías farmacéuticas manipulan lo que se supone deberían ser evaluaciones independientes de los medicamentos. Un artículo de la publicación médica británica kancet (24 de abril de 2004) ponía sobre aviso de lo que parece ser la práctica común y continua de distorsionar los resultados a favor de la industria del medicamento. De acuerdo con los críticos la industria utiliza regularmente su dinero y su poder para manipular a los grupos de profesionales. Las organizaciones sin ánimo de lucro Alianza Nacional de la Enfermedad Mental y Asociación Americana de Psiquiatría han hecho frente a tales críticas y ambas apoyan la Nueva Libertad.

 

Podríamos continuar hablando sobre la forma en que una ciencia supuestamente libre de cualquier sesgo es utilizada por intereses que pretendiendo ayudar a los demás sólo se ayudan a sí mismos. Lo que hemos presentado aquí es sólo un pequeño ejemplo…

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: “La lucha de la cultura / Michael Parenti ]

 

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