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14 DE JULIO
Éric Vuillard
(...)
Ciudadela
“He aquí el templo de Horus. Ocho torres. Unidas por un muro. Tres metros de espesor. El mutismo. La sordera. Pocas aberturas. Ciega. La ciudadela. Altísima. Construida en doce años. De puerta se convirtió en fortificación, flanqueando la ciudad. Falsa puerta, pues. Fortaleza, almacén, arsenal, caja de caudales, prisión.
Posee sus mazmorras, como todos los castillos de su tiempo, vientre muerto. Figura inexpresiva del antiguo Egipto. Dios de arena y de piedra. Masa enorme. Gran tasca. Tarasca. Bàou. No sabemos qué sentido darte, si fuiste la gran cosa oscura, Orión, Cocito, dios del silencio, alma muerta, petrificada. O si fuiste algo totalmente distinto, que ya ignoramos, Anat, disimulada la pureza de tus proporciones, unidas la ira y la miseria para derribarte.
Lo que sorprende, de entrada, es una desproporción. Entre el barrio de Saint-Antoine, las casitas, las chabolas, incluso los edificios, y la Bastilla. Domina el barrio. Lo cobija. Uno se pregunta qué hace ahí.
Nos anonada.
Durante toda la noche se habían formado grupos bajo las torres. Dentro de la ciudadela, los guardias estaban intranquilos. Habían sonado disparos de fusil en el vacío. Una multitud muda y recalcitrante erraba alrededor de las murallas. Sabían que en su interior estaba la pólvora, que el gobernador De Launay la había mandado transportar de noche del Arsenal a la fortaleza, y que había tomado otras precauciones, como aquellas carretillas de adoquines que se había visto cargar en lo alto de las torres. Los insurgentes del barrio de Saint-Antoine aumentaban por momentos. Unos niños jugaban en el arroyo, ladraban unos perros; había también grandes gaviotas. ¡Ah!, nunca podremos saber, nunca sabremos qué llamarada recorrió los corazones, qué júbilo; tal vez podamos arder con el mismo fuego, pero no ese mismo día, no en ese mismo momento; podremos preguntar minuciosamente a las memorias, echar mano de todos los testimonios, leer todos los relatos, los periódicos, escudriñar los atestados, no encontraremos nada. La auténtica piedra Rosetta, la que permitiría que nos sintiéramos en casa en cualquier época, no la hemos encontrado. La verdad atraviesa nuestras palabras, como la señal de nuestros secretos.
Desde la mañana, había aumentado el agolpamiento en torno a la Bastilla. Hubo perros que ladraban, una mula de la que tiraban hacia París, unos jóvenes borrachos. Sí, había ancianos muy pobres, comerciantes muy gordos y jovencitas muy guapas. Nicolas d’Arras llevaba desde las seis en el patio del Arsenal. Estaba con los dos Moreau, François, teniente, que tiene veintitrés años, y Philippe, capitán, que es el mayor y sólo tiene un año más. Hay también guardias franceses, hombrecillos de color azul-blanco-rojo. Se vislumbra un enjambre de tricornios y gorros de piel. Primero desperdigada, una multitud no es casi nada, corre aire por todas partes, la gente no tiene miedo, la excitación es aún muy pequeña. Luego las mallas van estrechándose imperceptiblemente, se diría que el agua sube, y de pronto los codos se tocan, el rumor es enorme. ¡Ah!, cómo crece, ¡y esos jóvenes despeinados, que se tronchan! ¡Y esa madre anciana que se suena con el delantal!
Cuán excitante debió de ser estar allí al alba, burlarse y reírse, jugar con el miedo. Nada hay tan hermoso y embriagador como el alba. Un viento frío alza los cabellos, hincha las camisas. Llegan gentes de todos los rincones de París, inquietas pero felices. Una multitud ya numerosa avanza hacia los barracones que flanquean la Bastilla. Vislumbran los fusiles que les apuntan desde lo alto de las torres. Ellos tan sólo tienen palos, adoquines, algunos fusiles, poquísima pólvora. Fraternizan con los guardias franceses y con los que se yerguen al pie de la fortaleza. Es un ambiente curioso, electrizante. Se sienten próximos sin conocerse. Intercambian unas palabras, se ríen; cuando de repente, desde la Bastilla, suenan disparos. Caen dos hombres, muertos. A un muchacho de quince años le atraviesan un brazo. La multitud se desperdiga por el camino sinuoso, a lo largo de las tiendas; se pegan a los muros del patio, se dispersa lanzando gritos.
Un tipo gesticula para reunir a la gente, aposta a lo largo de los cuarteles a algunos hombres, y éstos abren fuego de inmediato contra las torres; pero las balas rozan la piedra. Ese tipo es Fournier. Apenas dejó atrás la infancia, se hizo criado; luego se embarcó a la aventura, a los quince años, hacia Santo Domingo, de donde trajo un gran sobrenombre: el Americano. Carece de instrucción; estudió poco; apenas sabe escribir. Pero sabe liderar a la tropa. La vida se agrandó por sí sola a su alrededor, escuchó con oído indiscreto tras las puertas de los despachos, vivió en los bistrós.
Por un instante el barrio parece muerto. Los dos cadáveres permanecen tendidos en medio del patio, como paja después de la tormenta. Luego la multitud regresa lentamente, bordeando los muros. Un niño de doce años ha resultado herido. Está ahí solo, incapaz de incorporarse. Fournier le grita que no se mueva, que van a acudir en su ayuda. Al hombre le embarga una mezcla de ira y de compasión, que conforma el fondo ardiente de su carácter. De súbito, los guardias franceses salen de su retiro y disparan en dirección a la Bastilla. A Fournier se le acelera el corazón y se lanza a través del patio.
Asiéndolo por el hombro, arrastra al chico para ponerlo a salvo de las balas. Y de inmediato deciden trasladarlo al Ayuntamiento, la herida tiene mal aspecto, hay que partir al punto, no se le puede dejar morir. Lo alzan aprisa y corriendo sobre un trozo de tabla. Lo acarrean dando tumbos hasta la calle. Pero la rue Saint-Antoine se hace de pronto larguísima, la tabla raspa los dedos, el chico gime. Fournier también ha recibido un balazo; cojea. Amotina a toda la gente con la que se cruzan. Realiza tremendas proezas de lenguaje, vocifera que se necesitan armas y pólvora —habla como un corredor de comercio— para los postes, los muros, las empalizadas. Cuando le contestan que eso hay que ir a pedirlo al Ayuntamiento, explica, con la litera apoyada en la pierna, que ya han estado allí, que no les darán nada, que el alcalde de París es un mamarracho. Tras ellos, prosigue el fuego; pero una vez rebasado Saint-Paul, da la impresión de que todo se ha detenido, la fusilería hace un ruido intermitente y lejano. La gente se acerca con timidez. Preguntan qué le ha sucedido al chico. Fournier lo cuenta todo y de nuevo se encorajina. Una ráfaga de viento le barre la cara. Con él, la Revolución empieza en la calle. La multitud se aparta. Los hombres están baldados, unos desconocidos los ayudan. Hacen un alto junto a la fuente; depositan la camilla, titubeando. Fournier moja un pañuelo en el agua para enjugar la frente del herido.
Entre los porteadores, hay un tipo gigantesco; sostiene él solo un lado de la litera. Fournier lo mira. Es un negro. Fournier y el negro se miran. El muchacho delira y gime. Lo colocan junto a la fuente; Fournier y el negro se inclinan sobre él. Yo veo a los dos hombres y al muchacho, pero quizá estoy soñando. Son una alucinación, el hombre irascible, Fournier, el hombre pendenciero, el petimetre arruinado, convertido a la ira, y el negro, Delorme, los dos, frente a frente, al alba. Y si bien Fournier es un antiguo colono, si montó su fábrica de tafia a porrazos y lo perdió todo, el negro tampoco es un tipo cualquiera. Se llama Guillaume Delorme. Hace algún tiempo, durante una reunión de colonos en casa del abogado Joly, su presencia no pasó inadvertida; al pie de la libreta de quejas, para sulfurar a los demás, firmó «de Lorme»; un negro con partícula. Más adelante, mucho más adelante, cuando el torrente se lo hubo llevado todo, lo volvemos a encontrar el 2 de pradial, apuntando un cañón hacia la Asamblea Nacional; en las calles del barrio de Saint-Antoine, levanta la última barricada de la Revolución.
El sol sonrosa las fachadas del barrio del Marais. Los espejos retroceden. Un trapero recoge los sollozos. Fournier se restriega con la manga sin despegar la mirada del otro. Y me los imagino, a Fournier el Americano, cuya amargura corre parejas con el rencor político, y a Guillaume Delorme, el negro sans-culotte, uno blanco, el otro negro, cual dos cuerdas que se trenzan, examinándose, curiosos, repasándose, husmeándose tal vez, en algún lugar entre la iglesia de Saint-Paul y la Croix-Blanche. Me los imagino inclinados sobre un muchacho herido. Han cruzado el océano, uno, hijo de esclavo, entre barriles de azúcar, camino de Europa, el otro, pobretón, que parte a buscar fortuna en las Antillas. Sus vidas se han cruzado, impelidas por irremisibles contradicciones. Pero la vida rectifica en ocasiones la impronta de nuestras luchas; Fournier lo ha perdido todo y ha vuelto hacia atrás, echando pestes. Y ahora, helos aquí en torno a una litera, sosteniendo, el uno, un pañuelo húmedo, el otro, la mano fría del chico. Sobre ellos pasa el Atlántico en forma de nubes.
El herido tiene sed. El negro le da de beber. El niño sonríe y le acaricia el pelo crespo. El negro se ríe. Los ojos del chiquillo se cierran. Le tiemblan los labios. Delorme le rasga la camisa, la herida está muy roja; se la cura como puede. Sus manos negras están teñidas de sangre. Fournier habla suavemente y sostiene la cabeza del niño que llora. No va a morir, mal empezaría el día. Acude gente por doquier, se apretujan, conmovidos, a la luz del amanecer, preguntan qué sucede; los han despertado los disparos de fusil. «¡Matan a los niños!», responde Fournier.
En torno a las diez y media, los sublevados que vienen de los Inválidos irrumpen de todas las calles circundantes. Las plazas se llenan, las zonas aledañas a la prisión están atestadas. Se propala un rumor. Un chiquillo corre entre los grupos y grita que un batallón del rey se acerca por el norte. La gente habla en los umbrales de las puertas. Se llaman unos a otros. ¡Qué desastre! Un comerciante propone ir al Ayuntamiento; hay que avisar a la Asamblea, reclamar la ayuda de Lafayette. Pero de inmediato hay protestas, alguien grita que Lafayette es un mamarracho, que el preboste es un mamarracho, llegan a las manos. Entre discusiones de pequeños comerciantes y cháchara de pescaderas, un tipo gordo, barba negra y camisa entreabierta, consigue amotinar a varios hombres; y se van hacia la puerta Saint-Denis con el fin de detener a los soldados. Pero los que entran en París no son los ejércitos del rey, son hordas de desertores.
Dicen que aquel día se juntaron cerca de doscientas mil personas en torno al monstruo, lo que representa la mitad de la ciudad, sin contar a los recién nacidos, los ancianos y los enfermos; es decir, que está todo el mundo. Debe de ser un gentío fabuloso, una especie de totalidad. Lo nunca visto. La totalidad se nos escapa siempre. Pero allí, aquella mañana, aquel 14 de julio, hay hombres, mujeres, obreros, pequeños comerciantes, artesanos, incluso burgueses, estudiantes, pobres; y no faltarán numerosos rufianes de París, atraídos por el desorden y por la increíble ocasión, pero quizá también, como todo el mundo, por algo más difícil de expresar, más imposible de perderse, más gozoso.
En la fortaleza crece la inquietud. El gobernador sube a las torres. Oye bramar a la multitud allá abajo, la ve culebrear como una aguada hirviente. Se diría que París acaba de ser tocado por una inmensa varita mágica; es un continuo fluir, entre las paredes amarillentas, a través de los jardines y a lo largo de los fosos. Gente por doquier. Hay que imaginárselo. Hay que imaginarse por un instante al gobernador y a los soldados de la ciudadela echando una ojeada por las almenas. Hay que figurarse una multitud que es una ciudad, una ciudad que es el pueblo francés. Hay que imaginar su estupor. Hay que imaginar el cielo oscuro, tormentoso, el pesado viento del oeste, los cabellos que se pegan a los rostros, el polvo que enrojece los ojos, pero, sobre todo, la multitud, en el borde de los fosos, en las ventanas de las casas, subidos a los árboles, a los tejados, aquí y allá.
Durante su larga historia, la Bastilla había sido tomada en tres ocasiones. La primera, durante la jornada de las barricadas, el 13 de mayo de 1588. La segunda, a la entrada de Enrique IV en París; resistió unos días y al final cayó. La tercera, durante la Fronda. Pero el 14 de julio, la Bastilla no está sitiada por el duque de Guisa y un puñado de bribones, no está hostigada por los ejércitos del rey de Francia, ni por los del príncipe de Condé. No. La situación es totalmente nueva, sin precedente en los anales. El 14 de julio de 1789, la que sitia la Bastilla es París…”
[ Fragmento de: Éric Vuillard. “14 de julio” ]
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