lunes, 19 de junio de 2023

 

[ 411 ]

 

EL ORDEN DEL DÍA

Éric Vuillard

 

 

(…)

 

Las máscaras

 

“Podríamos acercarnos a cada uno de los veinticuatro caballeros, uno tras otro, mientras entran en el palacio, podríamos rozar su ancho cuello duro, el nudo corredizo de su corbata, perdernos un instante en el mordisqueo de sus bigotes, soñar entre las listas atigradas de sus chaquetas, abismarnos en sus ojos tristes, y allí, en el fondo de la flor de árnica amarilla y picante, encontraríamos la misma puertecita: tiraríamos del cordón de la campanilla y nos remontaríamos de nuevo en el tiempo, lo que nos permitiría presenciar una misma sucesión de maniobras, de ventajosos matrimonios, de operaciones sospechosas: el monótono relato de sus hazañas.

 

Ese 20 de febrero, Wilhelm von Opel, el hijo de Adam, se ha cepillado definitivamente la grasa sucia incrustada en sus uñas, ha guardado su velocípedo, olvidado su máquina de coser, y ostenta en su apellido una partícula nobiliaria donde se resume toda la saga de su familia. Con la autoridad que le confieren sus sesenta y dos años, carraspea mientras consulta su reloj. Frunce los labios y echa un vistazo a su alrededor. Hjalmar Schacht ha trabajado duro: no tardarán en nombrarlo director del Reichsbank y ministro de Economía. En torno a la mesa se hallan reunidos Gustav Krupp, Albert Vögler, Günther Quandt, Friedrich Flick, Ernst Tengelmann, Fritz Springorum, August Rosterg, Ernst Brandi, Karl Büren, Günther Heubel, Georg von Schnitzler, Hugo Stinnes Jr., Eduard Schulte, Ludwig von Winterfeld, Wolf-Dietrich von Witzleben, Wolfgang Reuter, August Diehn, Erich Fickler, Hans von Loewenstein zu Loewenstein, Ludwig Grauert, Kurt Schmitt, August von Finck y el doctor Stein. Nos hallamos en el nirvana de la industria y las finanzas. Ahora se les ve muy silenciosos, muy tranquilos, un tanto ofuscados tras esos casi veinte minutos de espera; el humo de los grandes habanos les escuece en los ojos.

 

Con una suerte de recogimiento, algunas sombras se detienen ante un espejo y se retocan el nudo de la corbata; se sienten a sus anchas en el saloncito. En algún lugar, en uno de sus cuatro libros sobre arquitectura, Palladio definió bastante vagamente el salón como una pieza de recepción, un escenario donde se desarrollan los vodeviles de nuestra existencia; y en la famosa villa Godi Malinverni, tras cruzar la sala del Olimpo, donde los dioses desnudos retozan entre aparentes ruinas, y la sala de Venus, donde un niño y un paje escapan por una falsa puerta pintada, se accede al salón central, donde encontramos en un marco de madera, encima de la entrada, el final de una oración: «Mas líbranos del mal». Pero en el palacio del presidente del Parlamento, donde se celebraba nuestra pequeña recepción, en vano se habría buscado tal inscripción; no estaba en el orden del día.

 

Transcurrieron lentamente varios minutos bajo el alto techo. Se intercambiaron sonrisas. Se abrieron carteras de cuero. Schacht se quitaba de vez en cuando las finas gafas y se frotaba la nariz, la lengua asomando entre los labios. Los invitados seguían plácidamente sentados, apuntando hacia la puerta sus ojillos de cangrejo.

 

Susurraban entre dos estornudos. Algunos desplegaban un pañuelo, las narices trompeteaban en medio del silencio; luego se recomponían, aguardando pacientemente que comenzara la reunión. Eran duchos en reuniones, todos acumulaban consejos de administración o de supervisión, todos pertenecían a alguna asociación patronal. Por no hablar de las siniestras reuniones familiares de aquel patriarcado austero y tedioso.

 

Gustav Krupp, sentado en primera fila, se pasa el guante por el rostro rubicundo, gargajea religiosamente en el moquero, está acatarrado. Con la edad, sus finos labios comienzan a dibujar una fea medialuna invertida. Parece triste e inquieto; da vueltas maquinalmente entre sus dedos a un bonito anillo, perdido en la bruma de sus anhelos y cálculos —y puede que estas palabras posean para él un solo significado, como si hubieran ido imantándose lentamente la una hacia la otra.

 

De súbito, las puertas rechinan, el parqué cruje; alguien conversa en la antesala. Los veinticuatro lagartos se alzan sobre las patas traseras y se mantienen bien erguidos. Hjalmar Schacht traga saliva, Gustav se ajusta el monóculo. Tras los batientes de la puerta se oyen voces ahogadas y después un silbido. Por fin, el presidente del Reichstag entra sonriendo en la estancia: es Hermann Göring. Y eso, muy lejos de despertar sorpresa entre nosotros, en el fondo no es más que un acontecimiento bastante trivial, pura rutina. En el mundo de los negocios, las luchas partidistas son poca cosa. Políticos e industriales están habituados a codearse.

 

Göring rodea la mesa, dedicando unas palabras a cada uno y estrechando manos bonachonamente. Pero el presidente del Reichstag no ha venido solamente a recibirlos; tras mascullar unas palabras de bienvenida, evoca de inmediato las cercanas elecciones, las del 5 de marzo. Las veinticuatro esfinges le escuchan con atención. La campaña electoral que se avecina es determinante, declara el presidente del Parlamento, urge acabar con la inestabilidad del régimen; la actividad económica requiere calma y firmeza. Los veinticuatro caballeros asienten religiosamente. Las velas eléctricas de la araña parpadean, el gran sol pintado en el techo brilla más que hace unos instantes. Y si el partido nazi alcanza la mayoría, añade Göring, estas elecciones serán las últimas durante los próximos diez años; e incluso —añade con una sonrisa— durante los próximos cien años.

 

Un gesto de aprobación recorrió la hilera de hombres. En ese preciso instante se oyó un rumor de puertas, y el nuevo canciller entró por fin en el salón. Quienes no lo conocían sentían curiosidad por verlo. Hitler estaba sonriente, relajado, en absoluto como lo imaginaban, afable, sí, e incluso amable, mucho más amable de lo que auguraban. Tuvo para cada uno unas palabras de agradecimiento y un tónico apretón de manos. Una vez hechas las presentaciones, todos volvieron a ocupar sus confortables butacas. Krupp se hallaba en primera fila, atusándose con un dedo nervioso el diminuto bigote; justo detrás de él, dos dirigentes de IG Farben, pero también Von Finck, Quandt y otros, cruzaron doctamente las piernas. Se oyó una tos cavernosa, el capuchón de una estilográfica emitió un minúsculo chasquido. Silencio.

 

Escucharon. El meollo del asunto se resumía en lo siguiente: había que acabar con un régimen débil, alejar la amenaza comunista, suprimir los sindicatos y permitir a cada patrono ser un Führer en su empresa. El discurso duró media hora. Cuando Hitler concluyó, Gustav se levantó y, en nombre de todos los invitados presentes, agradeció que se clarificase por fin la situación política. El canciller dio un rápido rodeo antes de marcharse. Lo felicitaron, se mostraron corteses. Los viejos industriales parecían aliviados. Una vez que se hubo retirado, tomó la palabra Göring, que reformuló enérgicamente algunas ideas antes de rememorar de nuevo las elecciones del 5 de marzo. Era una ocasión única para salir del estancamiento en que se hallaban. Pero para hacer campaña se necesitaba dinero; el partido nazi no tenía un chavo, y se echaba encima la campaña electoral. En ese instante, Hjalmar Schacht se levantó, sonrió a los presentes y dejó caer:

 

«Ahora, caballeros, ¡a pasar por caja!».

 

Tal invitación, un tanto descarada, no les pillaba de nuevas a esos hombres; estaban acostumbrados a las comisiones y a los pagos bajo cuerda. La corrupción es una carga ineludible del presupuesto de las grandes empresas; recibe distintos nombres: lobbying, gratificación, financiación de partidos. Así pues, la mayoría de los invitados desembolsó de inmediato unos centenares de miles de marcos, Gustav Krupp donó un millón, Georg von Schnitzler cuatrocientos mil, con lo que se recogió una suma considerable. Esa reunión del 20 de febrero de 1933, que cabría calificar de momento único en la historia patronal, de compromiso inaudito con los nazis, para los Krupp, los Opel o los Siemens no es más que un episodio bastante habitual en el mundo de los negocios, una trivial recaudación de fondos. Todos ellos sobrevivirán al régimen y financiarán en el futuro a numerosos partidos a tenor de sus beneficios.

 

Pero para comprender mejor lo que representa la reunión del 20 de febrero, para captar hasta qué punto es eterna su esencia, en lo sucesivo deberemos llamar a esos hombres por su nombre. No son ya Günther Quandt, Wilhelm von Opel, Gustav Krupp, August von Finck quienes están allí ese atardecer del 20 de febrero de 1933, en el palacio del presidente del Reichstag; deben pronunciarse otros nombres. Porque Günther Quandt es un criptónimo, oculta algo distinto del grueso sujeto que se retoca el bigote sentado con toda formalidad en su sillón, en torno a la mesa de honor. Tras él, justo detrás, se yergue una silueta harto más imponente, sombra tutelar, fría e impenetrable cual estatua de piedra. Sí, dominando con toda su potencia, feroz, anónima, la cara de Quandt, confiriéndole esa rigidez de máscara, una máscara que encajaría más con el rostro que su propia piel, se adivina, sobrevolando por encima de él, Accumulatoren-Fabrik AG, la futura Varta, una compañía a la que sí conocemos, pues las personas jurídicas poseen sus avatares, al igual que las divinidades antiguas cobraban distintas formas y, con el paso del tiempo, se sumaban al resto de los dioses.

 

Tal es, pues, el nombre auténtico de los Quandt, su nombre de demiurgo, porque él, Günther, no es más que un montoncito de carne y huesos, como ustedes y como yo, y porque, después de él, sus hijos y los hijos de sus hijos se sentarán en el trono. Pero el trono, por su parte, permanece cuando el montoncito de carne y de huesos se corrompe bajo tierra. Y así, los veinticuatro no se llaman ni Schnitzler, ni Witzleben, ni Schmitt, ni Finck, ni Rosterg, ni Heubel, como nos mueve a creer el registro civil. Se llaman BASF, Bayer, Agfa, Opel, IG Farben, Siemens, Allianz, Telefunken. Con esos nombres sí los conocemos. Es más, los conocemos muy bien. Están ahí, entre nosotros. Son nuestros coches, nuestras lavadoras, nuestros artículos de limpieza, nuestras radios despertadores, el seguro de nuestra casa, la pila de nuestro reloj. Están ahí, en todas partes, bajo la forma de cosas. Nuestra vida cotidiana es la suya. Cuidan de nosotros, nos visten, nos iluminan, nos transportan por las carreteras del mundo, nos arrullan. Y los veinticuatro sujetos presentes en el palacio del presidente del Reichstag, ese 20 de febrero, no son sino sus mandatarios, el clero de la gran industria; son los sacerdotes de Ptah. Y se mantienen allí impasibles, como veinticuatro calculadoras en las puertas del Infierno...”

 

 

 

[ Fragmento de: Éric Vuillard. “El orden del día” ]

 

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