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EL ORIGEN DEL CAPITALISMO
Una mirada de largo plazo
Ellen Meiksins Wood
( 03 )
PRIMERA PARTE
HISTORIAS DE LA TRANSICIÓN
I.
EL MODELO MERCANTILISTA Y SU LEGADO
A partir del modelo mercantilista clásico
Han sido diversos los autores, desde Max Weber hasta Fernand Braudel, que han intentado mejorar el modelo mercantilista básico. Sin duda, Weber percibió que el pleno desarrollo del capitalismo solo se producía bajo condiciones históricas muy específicas. Estaba más que dispuesto a encontrar vestigios de capitalismo en etapas históricas tempranas, en la Antigüedad clásica, incluso. Pero acertó, no obstante, a diferenciar los procesos que acaecieron en Europa de los de otras partes del mundo y, por supuesto, resaltó la singularidad de la ciudad occidental y de la religión europea, sobre todo para intentar explicar el desarrollo característico del capitalismo occidental. Sin embargo, a la hora de analizar los factores que habían impedido el desarrollo del capitalismo en otros lugares –determinadas formas de parentesco, de dominación, las tradiciones religiosas, etc.–, daba por hecho que el crecimiento natural y libre de trabas de las ciudades y del comercio y la liberación de las ciudades y de las clases burgher eran, por definición, capitalistas. Es más, Weber comparte con muchos otros autores el supuesto de que el desarrollo del capitalismo fue un proceso transeuropeo (o de Europa occidental); no solo que en Europa se dieron una serie de condiciones generales que a su vez fueran condiciones necesarias para el desarrollo del capitalismo, sino que el conjunto de Europa, a pesar de toda su diversidad interna, seguía fundamentalmente una misma senda histórica.
Más recientemente, el modelo mercantilista ha recibido ataques muy directos, y en concreto la tesis de Pirenne, que en la actualidad carece de adeptos. Entre las críticas más recientes e influyentes hay que destacar las de los defensores del modelo demográfico, que atribuyen el desarrollo económico europeo a determinados ciclos de crecimiento y descenso de la población. Pero, por muy vehementes que hayan sido los ataques al viejo modelo, no está del todo claro que los presupuestos de los que parte la explicación demográfica estén tan alejados de las del modelo mercantilista como sus defensores afirman.
La premisa que subyace al modelo demográfico es que las leyes de la oferta y la demanda determinaron la transición al capitalismo.
Unas leyes cuyo funcionamiento es más complejo del que aportara el modelo mercantilista, puesto que podrían estar más vinculadas a los patrones cíclicos de crecimiento y descenso de la población, o a estancamientos de corte malthusiano, que a los procesos sociales detrás de la urbanización y de la creciente actividad mercantil. No obstante, el capitalismo sigue siendo desde esta perspectiva una respuesta a las leyes universales y transhistóricas del mercado, a las leyes de la oferta y la demanda. En realidad, nunca llega a cuestionarse del todo la naturaleza del mercado y de sus leyes.
El modelo demográfico, sin lugar a duda, supone un desafío a la explicación que consideraba la expansión del comercio como el elemento determinante para el desarrollo económico en Europa. Quizá no llegue a negar, por lo menos de una manera explícita, que el mercado capitalista sea cualitativamente distinto de los mercados de las sociedades no capitalistas, y no sencillamente más amplio en términos cuantitativos y más inclusivo. Pero tampoco desafía abiertamente dicha convención; de hecho, la da por sentada.
Otra explicación bastante influyente se ha relacionado en ocasiones con la teoría de los «sistemas-mundo», en particular, en su intersección con la teoría de la «dependencia», según la cual el desarrollo económico en una economía «mundo» está condicionado en gran medida por el intercambio desigual entre regiones, entre el «centro» y la «periferia» y, en particular, por la explotación colonial (y poscolonial) por parte de las potencias imperiales. Según algunos enfoques de esta teoría, el origen del capitalismo se produjo en el contexto de una economía «mundo», a principios de la Edad Moderna, por no decir antes, cuando una extensa variedad de redes de comercio recorría el mundo. En este caso, el tema central es que estos desequilibrios afectaban incluso a las civilizaciones más avanzadas del mundo no europeo, cuyo desarrollo mercantil y tecnológico superaba con creces al de Europa a las puertas de alcanzar la madurez capitalista. Mientras que las desigualdades en las formas de intercambio y explotación imperial impedían su acumulación de riqueza, los europeos que se beneficiaban de estas relaciones de desigualdad se enriquecían desproporcionadamente, lo que les permitió dar el gran salto hacia el capitalismo, en concreto en su vertiente industrial, mediante la inversión de esa riqueza acumulada.
Los principales defensores de la teoría del sistema-mundo han planteado la posibilidad de que Occidente contara con alguna que otra ventaja más. En concreto, una forma de Estado muy fragmentada, característica del feudalismo y los Estados-nación que lo siguieron, que permitió el desarrollo de una división del trabajo basada en el comercio y que, en definitiva, no supuso un lastre para la actividad mercantil y el proceso de acumulación. Por el contrario, los Estados imperiales de las grandes civilizaciones no europeas desperdiciaron la riqueza derivada del comercio e impidieron con ello la capacidad de reinversión.
Esta interpretación comparte muchos elementos con el antiguo modelo mercantilista. El nivel de desarrollo capitalista se mide por el grado de intercambio mercantil, que está determinado por el incremento de la actividad mercantil y de «acumulación originaria» que deriva de ella. Las economías evolucionan hacia el capitalismo en la medida en que la expansión del comercio y la acumulación mercantil estén libres de trabas. Igual que el anterior modelo consideraba que la emergencia de la «sociedad mercantil» formaba parte de un proceso más o menos natural, siempre y cuando no hubiera trabas, esta teoría del sistema-mundo comparte en buena medida el mismo enfoque, o sencillamente invierte los términos: si algunas economías bien desarrolladas no lograban generar un capitalismo maduro, se debía al cúmulo de obstáculos con los que se topaban en su camino.
Hay una variante del antiguo modelo mercantilista que atribuye la emergencia del capitalismo a un proceso gradual propiciado por un desplazamiento del eje del comercio por diferentes lugares del contexto europeo –desde las ciudades Estado italianas a las de los Países Bajos o las ciudades hanseáticas, y desde la expansión colonial española a otras formas de imperialismo, que culminan con el Imperio británico–, en un proceso en el cual cada uno se beneficiaba de los logros del anterior, y en el que se expandía el alcance del comercio europeo a la par que se refinaban sus herramientas, tales como las técnicas italianas de contabilidad de doble entrada y otras innovaciones financieras y mejoras de las técnicas productivas, en particular en los Países Bajos, y que culminan con la Revolución industrial en Inglaterra. Este «proceso de valor añadido» (con la ayuda quizá de las revoluciones burguesas) tuvo como resultado el capitalismo moderno.
De un modo u otro, por lo tanto, ya fuera mediante el proceso de urbanización y de incremento de la actividad mercantil, o a causa de los ciclos de crecimiento demográfico, todas estas explicaciones comparten que la transición al capitalismo se debe a la expansión cuantitativa de la actividad mercantil y a las leyes universales y transhistóricas del mercado. Huelga decir que la economía neoclásica no ha hecho nada por superar estos supuestos, en buena medida porque, por lo general, su interés por la historia es bastante limitado. En lo que respecta a los historiadores en la actualidad, los que se interesan por el longue durée tienden a pertenecer a la escuela demográfica, a no ser que se sientan más atraídos por la mentalité o los discursos que por los procesos económicos. Otros, sobre todo en el mundo anglófono, tienden a desconfiar de los procesos de largo plazo y se interesan más por la historia local o episódica y por causas que les resultan más cercanas. Más que enfrentarse a las teorías del desarrollo de largo plazo, se limitan a ignorarlas o evitarlas.
La nueva ola de la sociología histórica es diferente. Obviamente, se interesa fundamentalmente por los procesos de cambio social de largo plazo. Pero incluso en este caso tienden a la petitio principii de diversas maneras. Por ejemplo, Michael Mann, en una de sus obras recientes más importantes, adopta explícitamente lo que él mismo denomina como un «enfoque teleológico», según el cual el capitalismo industrial se prefiguró en la organización social de la Europa medieval. No resulta sorprendente que, a pesar de toda su complejidad, sitúe el motor del desarrollo europeo en «la aceleración de los poderes intensivos de la praxis económica» y en el «crecimiento extensivo de la circulación de mercancías», es decir, en el progreso tecnológico y la expansión del comercio. Una vez más, esta explicación depende de la ausencia de obstáculos: el capitalismo se desarrolló libremente en Europa fundamentalmente porque una organización social «acéfala» (el orden político descentralizado y fragmentado del feudalismo) dejaba a diversos actores (especialmente a los comerciantes), un grado importante de autonomía (con la ayuda del «racionalismo» y el orden normativo que aportaba el cristianismo). Es más, la propiedad privada pudo adquirir la forma de propiedad capitalista porque ninguna comunidad ni organización de clase monopolizaba los poderes. En breves palabras, que la explicación de la emergencia del capitalismo y su madurez final y aparentemente inevitable hasta adquirir su forma industrial, reside sobre todo en una serie de ausencias. Por lo tanto, aunque solo sea por defecto, prevalece el «modelo mercantilista» tradicional, ya sea tácita o explícitamente…
(continuará)
[ Fragmento de: EL ORIGEN DEL CAPITALISMO / Ellen Meiksins Wood ]
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