[ 417 ]
Intervenciones de la CIA y del Ejército de los Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial / y 03
WILLIAM BLUM
INTRODUCCIÓN
Breve historia de la Guerra Fría y el anticomunismo
(…) En 1993, tropecé con una reseña de un libro sobre personas que negaban que el Holocausto nazi hubiese tenido lugar realmente. Le escribí a la autora, una profesora universitaria, diciéndole que su libro me hacía dudar si ella sabía que había ocurrido un holocausto norteamericano y que negarlo era más vergonzoso que negar el de los nazis. Tan amplia y profundamente se ha negado el holocausto norteamericano, le dije, que quienes lo niegan no tienen siquiera conciencia de que existen victimas y reclamaciones del mismo. Sin embargo, algunos millones de personas murieron durante ese holocausto y muchas más se han visto condenadas a vidas de miseria y tortura como consecuencia de las intervenciones norteamericanas que van desde China y Grecia en la década de 1940 hasta Afganistán e Iraq en los noventa.
En mi carta, también le ofrecí intercambiar un ejemplar de una edición anterior de este libro por un ejemplar del de ella, pero me contestó que no estaba en posición de hacerlo. Y eso fue todo lo que dijo. No hizo comentario alguno acerca del resto de mi carta, ni siquiera para darse por enterada del asunto que le exponía. La ironía de que una estudiosa sobre la negación del Holocausto nazi resulte envuelta en la negación del holocausto norteamericano es algo clásico sin lugar a dudas. Lo que más me sorprendió fue que se molestara en darme alguna respuesta.
Es evidente que mi planteamiento podía recibir tal respuesta de una persona de este tipo, ya que tanto mi tesis como yo nos enfrentamos a una dura lucha por subir la cuesta de la verdad. En la década de 1930, y también después de la guerra en los años 40 y 50, los anticomunistas de distintas tendencias en los Estados Unidos hicie- ron su mayor esfuerzo por sacar a la luz los crímenes de la Unión Soviética, tales como las purgas y las matanzas. Pero algo extraño ocurrió. La verdad no parecía importar. Los comunistas norteamericanos y sus simpatizantes mantuvieron su apoyo al Kremlin. Incluso reconociendo el grado de exageración y desinformación que por lo general permeaba esta información y le restaba credibilidad, la continua ignorancia o negación de la misma por parte dela izquierda norteamericana es llamativa.
Al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando los victoriosos aliados descubrieron los campos de concentración alemanes, en algunos casos llevaron a los ciudadanos alemanes que vivían en sus inmediaciones a los campos para que presenciaran lo que había allí: los cadáveres apilados y los esqueléticos sobrevivientes; algunos de esos respetables ciudadanos burgueses fueron incluso forzados a cavar tumbas para enterrar a los muertos. ¿Cuál sería el efecto sobre la psiquis de los norteamericanos si los creyentes de la verdad y sus negadores fuesen obligados a presenciar de cerca las consecuencias del pasado medio siglo de política externa de Estados Unidos?
¿Qué ocurriría si todos los simpáticos, agradables, intachables jóvenes norteamericanos que han dejado caer toneladas de bombas en una docena de países sobre gente de la que no sabían nada —meros caracteres en un juego de video— tuvieran que bajar a tierra y contemplar y oler la carne quemada?
Ha sido convencionalmente aceptado que el colapso de la Unión Soviética y sus satélites fue ocasionado por la intransigente y dura política anticomunista de la administración Reagan, con su acelerada carrera armamentista. Los libros de historia norteamericanos ya pueden haber comenzando a grabar esta tesis en lápidas de mármol. Los Tories en Gran Bretaña sostienen que Margaret Thatcher y su política decidida contribuyó también a este milagro. Los alemanes orientales también lo creen. Cuando Ronald Reagan visitó Berlín oriental, la gente lo aclamó y le agradeció “por su papel en la liberación del Este”. Incluso muchos analistas de izquierda, en particular aquellos que tienden a ver en cada cosa una conspiración, lo creen.
Pero no se trata de un punto de vista universalmente aceptado, ni tiene por qué serlo. El destacado experto soviético sobre Estados Unidos, Georgi Arbatov, director del Instituto para el Estudio de Estados Unidos y Canadá, con sede en Moscú, escribió sus memorias en 1992, Robert Scheer resume una parte del libro en una reseña publicada en Los Angeles Times de la siguiente forma:
Arbatov entendió demasiado bien los fracasos del totalitarismo soviético en comparación con la economía y política de Occidente. De esta memoria matizada y cándida se desprende con claridad que el movimiento por el cambio se había estado desarrollando de una manera consistente en el seno de las más altas esferas de poder a partir de la muerte de Stalin. Arbatov no sólo ofrece considerables evidencias acerca del concepto controversial de que este cambio hubiera tenido lugar sin presión externa, sino que insiste en que el andamiaje militar estadounidense durante el periodo de Reagan en realidad obstaculizó este desarrollo.
George F. Keenan coincide con esto. El antiguo embajador de Estados Unidos en la Unión Soviética y padre de la teoría del “contenimiento” de dicho país, asegura que
“la idea de que alguna administración estadounidense tuvo el poder para influir en forma decisiva sobre el curso de un tremendo levantamiento político doméstico en otro gran país al otro lado del mundo es simplemente infantil”.
Él sostiene que la extrema militarización de la política norteamericana fortaleció la línea dura en la Unión Soviética.
“De modo que el efecto general del extremismo de la Guerra Fría fue más demorar que acelerar la gran transformación que se apoderó de la Unión Soviética”.
Aunque los gastos de la carrera armamentista sin duda dañaron la economía y la sociedad civil soviéticas mucho más que las estadounidenses, esto se había ido desarrollando por cerca de cuarenta años, cuando Mijaíl Gorbachov llegó al poder sin la más mínima señal de inminente desastre. El asesor más cercarno de Gorbachov, Alexander Yakovlev, al ser interrogado acerca de si la gran cantidad de dinero invertida por Reagan en gastos militares, combinada con su retórica sobre el “Imperio del Mal”, obligó a la Unión Soviética a adoptar una posición más conciliadora, respondió:
“Para nada. En lo absoluto. Puedo decirle eso con total responsabilidad. Gorbachov y yo estábamos listos para efectuar cambios en nuestra política independientemente de que el presidente norteamericano fuese Reagan o Kennedy o alguien incluso más liberal. Estaba claro que nuestros gastos militares eran demasiado altos y teníamos que reducirlos”.
Resulta comprensible que algunos rusos se resistan a aceptar que fueron forzados a realizar cambios radicales por su archienemigo, admitir que perdieron la Guerra Fría. Sin embargo, sobre esta cuestión no debemos depender de la opinión de un individuo en particular, sea ruso o norteamericano. Sólo tenemos que echar un vistazo a los hechos históricos.
Desde fines de 1940 hasta mediados de 1960, constituía un objetivo de la política norteamericana promover la caída del Gobierno soviético al igual que la de varios de los regímenes de la Europa del Este. Centenares de rusos exiliados fueron organizados, entrenados y equipados por la CIA e infiltrados en su patria para establecer redes de espionaje, organizar levantamientos armados y llevar a cabo asesinatos y actos de sabotaje, como descarrilamiento de trenes, derrumbe de puentes, explosiones en fábricas y plantas eléctricas, etc. El Gobierno soviético, que capturó a muchos de ellos, estaba por completo consciente de quién estaba detrás de todo esto.
Comparada con esta política, la de la administración Reagan puede ser calificada como una capitulación virtual. Sin embargo, ¿cuál fue el resultado de esta línea anticomunista ultradura? Confrontaciones reiteradas entre Estados Unidos y la Unión Soviética en Berlín, Cuba y otras partes; intervenciones soviéticas en Hungría y Checoeslovaquia; creación del Pacto de Varsovia como respuesta directa a la OTAN, ni glasnost, ni perestroika, sólo una atmósfera de sospecha, cinismo y hostilidad en ambos lados. Resultó que los rusos eran seres humanos después de todo —respondían a la dureza con dureza. Y como corolario: hubo por muchos años una asociación estrecha entre el grado de amistad de las relaciones Estados Unidos-Unión Soviética y el número de judíos a los que se les permitió emigrar de la URSS. La suavidad engendra suavidad.
Si deben atribuirse a alguien los cambios en la Unión Soviética y la Europa del Este, tanto los beneficiosos como los cuestionables, es sin duda a Mijaíl Gorbachov y los activistas que le siguieron. Debe recordarse que Reagan estuvo en el poder por más de cuatro años antes de que Gorbachov llegara al gobierno, y Margaret Thatcher llevaba ya seis como premier británica, pero en ese periodo anterior no ocurrió nada significativo en el camino de la reforma soviética, a pesar de la sostenida animosidad de Reagan y Thatcher hacia el Estado comunista.
Con frecuencia se argumenta que es fácil al analizar los hechos con posterioridad burlarse de la manía norteamericana durante la Guerra Fría de crear un estado de seguridad nacional —con toda su avanzada paranoia y absurdos, la OTAN como aparato militar supraestatal, sus sistemas de aviso anticipado y misiles, sus ojivas
19
nucleares y U-2—, pero que al finalizar la Segunda Guerra Mundial en Europa, la Unión Soviética realmente se presentaba como un gigante que amenazaba al mundo entero.
Este argumento se desvanece en cuanto uno se pregunta: ¿por qué habrían de querer los soviéticos invadir Europa occidental o bombardear los Estados Unidos? Es obvio que no tenían nada que ganar con tales acciones, excepto exponerse a la destrucción total de su país, el cual estaban reconstruyendo penosamente una vez más tras la devastación de la guerra.
En la década de 1980, el no haberse atrevido a formular esta pregunta, había conducido a un presupuesto militar de trescientos mil millones de dólares y a la Guerra de las Galaxias.
En realidad, están disponibles numerosos documentos internos del Departamento de Estado, el Departamento de Defensa y la CIA en el período postbélico, en los cuales un analista político tras otro dejan claro su escepticismo acerca de “la amenaza soviética” —bien sea por revelar las debilidades militares críticas de los rusos o por cuestionar sus supuestas intenciones agresivas—, mientras altos funcionarios, incluyendo al presidente, transmitían en público el mensaje opuesto.
El historiador Roger Morris, antiguo miembro del Consejo de Seguridad Nacional bajo los presidentes Johnson y Nixon, describió así este fenómeno:
Los arquitectos de la política de Estados Unidos tendrían que presentar su caso “más claro que la verdad” y “aporrear la mente colectiva de los altos niveles del gobierno”, como el secretario de Estado Dean Acheson [.] lo expresó. Y lo hacen. La nueva Agencia Central de Inteligencia comienza una sistemática sobreestimación de los gastos militares soviéticos. De forma mágica, la esclerótica economía soviética es obligada a crecer y revitalizarse en las oficinas gubernamentales de Estados Unidos. A la caballería de Stalin —completada con desvencijado equipamiento, carreteras destrozadas por la guerra y una moral deteriorada—, el Pentágono añade divisiones fantasmas y les atribuye luego a estas nuevas fuerzas escenarios de invasión de grandes proporciones.
Los funcionarios estadounidenses “exageran las capacidades e intenciones de los soviéticos en tal medida”, decía un estudio realizado a los archivos, “que resulta sorprendente que alguien los tome en serio”. Alimentados por los sombríos discursos del gobierno y el sostenido temor público, la prensa de Estados Unidos y el pueblo no tienen problema.
Sin embargo, el argumento insiste, hubo muchos funcionarios en posiciones clave que malinterpretaron de manera sincera las señales de los soviéticos. La URSS era, después de todo, una sociedad altamente represiva y secreta, en particular antes de la muerte de Stalin en 1953. A propósito de esto, Enoch Powell, antiguo miembro conservador del Parlamento Británico, observó en 1983:
La incomprensión internacional es casi por entero voluntaria: es esa contradicción en los términos, incomprensión intencional —una contradicción porque para no comprender deliberadamente, se debe al menos sospechar, si es que no se llega a entender en realidad, lo que se intenta no comprender... [La incomprensión estadounidense acerca de la URSS tuvo] la función de sostener un mito —el mito de los Estados Unidos como “la última y mejor esperanza de la humanidad”. San Jorge y el Dragón es un pobre espectáculo sin un dragón real, lo más grande y temible posible, ideal si tiene grandes llamas emergiendo de su boca. La incomprensión de la Rusia soviética se volvió indispensable para la autoestima de la nación norteamericana: no se contemplaría con benevolencia a aquel que busca, aunque sea sin éxito, despojarlos de ella.”
Puede argumentarse que la creencia de los nazis en el gran peligro que representaba la “conspiración judía internacional” es un atenuante a la hora de condenar a los perpetradores del Holocausto.
Tanto los norteamericanos como los alemanes creían en su propia propaganda, o pretendían hacerlo. Al leer Mein Kampf, uno se sobresalta ante el hecho de que una parte significativa de lo que Hitler escribió acerca de los judíos se parece mucho a los escritos norteamericanos anticomunistas: se comienza por la premisa de que los judíos (comunistas) son fuerzas del mal y quieren dominar al mundo; de ahí en adelante, cualquier comportamiento que parezca contradecir esto es presentado como maniobra para engañar a la gente y conseguir sus malvados fines; tales comportamientos son siempre parte de una conspiración y mucha gente se involucra en ella.
Hitler le atribuye a los judíos un poder extraordinario, casi místico, para manipular sociedades y economías. Los culpa por todos los males que se derivaron de la revolución industrial, entiéndase divisiones de clase y odios. Proclamó el carácter internacional de los judíos y su falta de patriotismo.
Hay porsupuesto guerreros de la Guerra Fría cuyo enfoque plantea que el Kremlin, para dominar el mundo, tenía el plan de invadir Europa occidental o bombardear Estados Unidos. El otro plan más sutil —podría decirse que diabólicamente astuto— era la subversión, desde adentro, país por país, a través de todo el Tercer Mundo, hasta llegar a rodear y estrangular el Primer Mundo, en fin, la auténtica conspiración internacional comunista, “una conspiración”, afirmaba el senador Joseph McCarthy,
“a una escala tan inmensa que convierte en enana cualquier otra empresa anterior en, la historia del hombre”.
Este es el centro de atención de este libro: las intervenciones de Estados Unidos en todo el mundo para combatir esta conspiración en cualquier momento y lugar que la misma alzara su horrible cabeza.
¿Existe realmente esta conspiración internacional comunista?
Si alguna vez existió, ¿por qué los guerreros de la CIA y otras agencias gubernamentales tuvieron que llegar a tales extremos de exageración? Si realmente creían en la existencia de una conspiración internacional comunista diabólica y monolítica, ¿por qué tuvieron que esforzarse tanto para convencer al pueblo norteamericano, al Congreso y al resto del mundo de:su malvada existencia? ¿Por qué tuvieron que escenificar, maniobrar, poner trampas, inventar historias, plantar evidencias, crear documentos falsos? Las páginas que siguen están llenas de numerosos ejemplos de las afirmaciones anticomunistas del Gobierno norteamericano y de las invenciones de los medios acerca de “la amenaza soviética”, “la amenaza china” y “la amenaza cubana”. Y durante todo ese mismo tiempo, se nos endilgaron historias terroríficas: en los años 50 se hablaba del “desbalance de bombas” entre Estados Unidos y la Unión Soviética, así como del “desbalance de la defensa civil”. Después vino el “desbalance de los misiles”, seguido por el “desbalance de los misiles antibalísticos”. En los años 80 fue el “desbalance de los gastos” y, finalmente, el “desbalance de las armas láser”. Y todas eran mentiras.
Conocemos cómo la CIA de Ronald Reagan y William Casey presentaba con regularidad “evaluaciones de inteligencia politizadas” para sostener el sesgo antisoviético de la administración, y suprimía informes, incluso de sus propios analistas, si entraban en contradicción con él. Ahora sabemos que la CIA y el Pentágono cada cierto tiempo hacían sobreestimaciones de la capacidad económica y militar de la Unión Soviética y exageraban la escala de las pruebas nucleares rusas, así como el número de “violaciones” a los tratados de prohibición de pruebas nucleares entonces existentes, para que Washington las presentara como acusaciones contra los rusos. Todo para crear un enemigo más grande y más ruin, conseguir un presupuesto de seguridad nacional mucho mayor y darle seguridad y significación a los propios empleos de sus guerreros.
Terminada la Guerra Fría, el tiempo del nuevo orden mundial parece prometedor para el complejo militar-industrial y de espionaje y para sus socios globales en el crimen: el FMI y el Banco Mundial. Han conseguido su Tratado de Libre Comercio de la América del Norte y su Organización del Comercio Mundial. Sus dictados rigen el desarrollo económico, político y social en todo el Tercer Mundo y Europa del Este. Las reacciones de Moscú no tienen ya peso suficiente para limitar nada. El Código de Conducta de las corporaciones transnacionales elaborado por Naciones Unidas en un proceso de quince años está definitivamente muerto. Todo lo que se muestra a la vista ha sido privatizado y liberalizado. El capital controla el globo con una libertad rampante de la que no disfrutó nunca desde la Primera Guerra Mundial; opera sin fricciones, sin gravedad alguna. El mundo se ha puesto a disposición de las corporaciones transnacionales.
¿Significará esto que las masas tendrán una vida mejor que en los tiempos de la Guerra Fría? ¿Hay ahora más consideración hacia la gente común que la existente en los siglos anteriores? “Por supuesto”, asegura el capital, y ofrece una versión recalentada de la teoría de la trampa, el principio de que los pobres, que deben sobrevivir con las sobras del banquete de los ricos, se beneficiarán si sirven a los ricos mayor cantidad de comida.
Los chicos del capital brindan también con sus martinis por la muerte del socialismo. La palabra ha sido eliminada de la conversación de sociedad. Y esperan que nadie advertirá que todo experimento socialista de significación en el siglo xx —sin excepción— ha sido aplastado, derrocado, invadido, corrompido, pervertido, subvertido o desestabilizado —en resumen, se le ha imposibilitado la existencia— por Estados Unidos. Ni a un solo gobierno o movimiento socialista —desde la Revolución rusa hasta los sandinistas en Nicaragua, de la China comunista al FMLN en El Salvador— se le ha permitido desarrollarse o caer por sus propios méritos; ninguno disfrutó de la seguridad suficiente como para despreocuparse de su todopoderoso enemigo extranjero y suavizar el control interno.
Es como si los primeros experimentos de los hermanos Wright con máquinas volantes hubiesen fracasado porque las empresas automovilísticas sabotearan cada prueba, y esto hiciera que las gentes buenas y temerosas de Dios en todo el mundo reflexionaran sobre el asunto, valoraran las consecuencias, asintieran colectivamente con aire sabio y declararan con toda solemnidad: El Hombre nunca deberá volar.
[ Fragmento de: “INTERVENCIONES DE LA CIA…” / William Blum ]
*
No hay comentarios:
Publicar un comentario