miércoles, 28 de junio de 2023

 

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Diarios:  A RATOS PERDIDOS /  3 y 4

 

Rafael Chirbes

 

(y 02)

 

 

19 de abril de 2005

 

En el Metropolitan Museum de Nueva York.

 

 

 

(…) Ayer, recorriendo el MoMA, viendo las fotografías de corte clásico tomadas en los años veinte, treinta, cuarenta y cincuenta, me emocioné. Como si iluminaran ciertas claves, y me ofrecieran sentido. Sé qué es lo que está haciendo esa gente, tanto la gente que capturó esas imágenes, como la que aparece representada. Guardo ese código. Lo domino. Casi puedo imaginar la canción que canta Kiki en ese local de Montparnasse, o de Montmartre, en el que aparece fotografiada.

 

Hay un famoso cuadro de Robert Ryman (un pintor que nació en 1930) que se titula Twin. Es una superficie en blanco. Pienso en lo triste que debe ser pasar a la historia de la humanidad por ese cuadro, estar aquí a la vista de los millones de personas que cada año visitan el MoMA y consideran como representación de algo tu blanca tela. La madre de todos los monocromos. Que te pongan en la historia de la pintura en la misma estela que Miguel Ángel, que Rafael, que Cézanne y Picasso, por un cuadro en blanco. No puedo librarme de esa sensación de estafa, o, aún más patético, de impotencia, me digan lo que me digan los defensores del cuadro: ya pueden hablarme del gran avance de los monocromos. Los azules inigualables de Klein. Antes el arte era una habilidad para hacer esto o aquello, ahora es una forma de ingenio, la historia de una cadena de ocurrencias. No nos seduce la obra a simple vista. No pone en marcha nuestro mecanismo de comprensión. Primero tenemos que participar del código (pero ¿eso no ha ocurrido siempre?, ¿no ocurre siempre y necesariamente así?, ¿qué entendemos ante la estatua griega si no sabemos que representa a Venus y lo que la diosa significa en la mitología?). El artista contemporáneo es más que nada un retórico. La artesanía ha pasado de moda. El artista primero, y ante todo, formula, luego intenta expresar su fórmula, y finalmente te explica la obra. Sin un cargamento de teoría, no puedes tener acceso a ella. Lo grave es que la mayor parte de las veces tienes la impresión de que vale más la palabra que el acto, la explicación más que la obra: en principio era el Verbo. Y, por lo que se ve, también al final. En cambio, en los pintores clásicos tienes la impresión de que, por mucho que despliegues tus dotes verbales, nunca le llegas a la suela de los zapatos a la obra. Acabas diciéndole al exégeta: cállate y déjame mirar.

 

Cuando una obra contemporánea nos seduce a primera vista, al margen de que conozcamos la idea sobre la que se sostiene, lo hace del modo más primitivo: por su color, por sus formas, nos devuelve a un espacio infantil, que debería ser de una insoportable ingenuidad para nuestro mundo moderno. Me da igual si luego envolvemos la experiencia con complicadas teorías.

 

La zona reservada al arte pop en el museo: Liechtenstein, Warhol, Oldenburg: aquí el ruido no está dentro de la obra, sino en torno a ella, uno la contempla rodeado por un gran griterío. Veo las intensas letras amarillas OOF sobre fondo azul que Ruscha pintó, llamativo, chillón, anuncio de neón reclamando una mirada en la confusión de formas y luces de la gran ciudad. Formas. En la sala Estée Lauder, cuelgan cuadros de Max Beckmann, Otto Dix, George Grosz, Siqueiros, Diego Rivera y doce pequeñas estampas de Jacob Lawrence, contando escenas de la vida de los emigrantes mexicanos. No puedo evitar un pensamiento sectario: cosmética social. Pero en realidad el pop art cumple lo que le pedía a la literatura Walter Benjamin, dejar la altivez del libro para apropiarse de cualquier cosa del exterior. Pero no sé por qué sospecho que en este caso le sale el tiro por la culata.

 

En Manhattan, permanece siempre un oscuro ruido de fondo, tanto de día como de noche. Nunca dejas de oírlo. De vez en cuando, a ese mugido se sobreponen otros sonidos más secos, agudos o roncos, penetrantes intrusiones sonoras que se levantan sobre el rumor perpetuo: hay metales que chocan; alguien que martillea; bufidos de frenos de alguno de los enormes camiones que circulan por la ciudad; cláxones, sirenas de policías o de ambulancias; el rugido de un vehículo pesado que acelera, crujidos que parecen emerger del fondo de la tierra. Todo eso se enreda y crece por encima de la interminable respiración sonora de la ciudad, el fondo sordo y continuo: respiración de dragón insomne. A cualquier hora puede cruzar las calles de Manhattan un camión de una veintena de metros de longitud cargado de hierros, vigas de madera, elementos constructivos o tremendas máquinas-herramienta, dejando a su paso un conjunto de complicados y potentes ruidos. Acaba de frenar ante un semáforo, dando soplidos como si fuera un dinosaurio asmático: se trata de vehículos enormes que parecen construidos hace ya unas cuantas décadas (en los años cuarenta y cincuenta) y transmiten la sensación de que esta ciudad no jubila nada antes de tiempo, lo utiliza todo hasta apurarlo (la misma sensación comunican las decrépitas estaciones de metro, los viejos vagones: el servicio, sin embargo, es excelente, gracias a la buena frecuencia con que pasan los convoyes y a la velocidad que alcanzan, sobre todo esos trenes que llaman express).

 

La mugre ocupa la base de buena parte de los edificios, como si subiera desde las aceras, o aún desde más abajo, desde los sucios túneles del metro, desde las carboneras y sótanos, y la ciudad tuviera que esforzarse por mantenerla a raya. Uno imagina siniestros y mugrientos esos mundos subterráneos incluso en los edificios más lujosos, da por supuesto que son extensiones de la mugre del metro que corre a la misma profundidad: hollín y chafarrinones de óxido que descienden y se extienden desde las vigas del techo del ferrocarril subterráneo, y manchan los marchitos azulejos que, hace muchos años, fueron blancos. Los túneles, en algunas estaciones sostenidos por decrépitas vigas metálicas que forman tristes salas hipóstilas, parecen conducir directamente al infierno. Sí, me digo, todo destartalado, pero útil. Los trenes se suceden sin interrupción. El servicio es rápido y eficiente. A uno no le queda más remedio que comparar ese funcionamiento de los transportes con el de algunas ciudades españolas, donde se empieza por hacer estaciones diseñadas por una firma prestigiosa (Foster, Calatrava, pongamos por caso) y luego parece que el dinero no llega ni para adquirir el parque móvil: lo que menos importa es que pasen o no pasen los trenes. Lo importante es que, de momento, ya tenemos una línea de metro que es la envidia de otras ciudades y se inaugura en vísperas de la campaña electoral.

 

Salgo a fumar a la puerta del hotel. Del otro lado de la calle, un hombre de raza negra, vestido con un traje azul oscuro, hace lo mismo que yo, fuma. Su cuerpo es sólido, ancho. Es también muy alto: ocupa casi todo el hueco del portal. La cabeza le llega prácticamente al dintel metálico de la puerta ante la que está detenido: un animal fuerte, hermoso y triste en su soledad de fumador. Yo, a él, debo de parecerle un animalito frágil, envejecido y poco saludable. Este fumar en la calle y en solitario le pone un punto de erotismo al vicio. Uno ve esos tipos fuertes, con frecuencia ejecutivos bien vestidos, esas mujeres bellas y elegantes, fumando a solas en la calle, quietos, a la puerta de algún rascacielos en el que tiene la sede su empresa, y descubre en ellos una herida, fragilidad bajo su aspecto acorazado, algo que los aísla del grupo al que pertenecen, y los deja solos, particulares, en su vida propia. Son fumadores. La marginación los convierte en amables, en deseables. Uno quiere llenar parte de ese hueco humano y ese vacío social que expresa el tabaco. En el origen de todos los amores desgraciados está el afán de redención. Se descubre a primera vista la herida del otro, lo que te parece que le hace sufrir y te abalanzas como el tigre hambriento sobre una gacela. Pero eso que te atrae es lo que, en realidad, te hará sufrir a ti, la grieta por la que entrarás en tu propia desgracia.

 

Oigo hablar en inglés a mi alrededor; un espeso túnel formado por el ruido de las conversaciones, que apenas entiendo porque la gente -como es lógico- habla muy deprisa; las voces forman un nido (nest) en el que me siento aislado, a gusto. Me ocurre siempre que acudo a un país cuya lengua no entiendo (el inglés puedo leerlo; pero cuando lo hablan deprisa no alcanzo a descifrar el significado de las frases, solo palabras sueltas, alguna expresión coloquial; además, soy duro de oído). Estoy bien así, aislado; metido en mis cosas: pensando en que me duele un poco la cabeza (también estar levemente enfermo pone un puntito de grato ensimismamiento); digo que me duele un poco la cabeza, seguramente porque duermo mal, debido al jet lag.

 

Por la noche sudo, paso momentos febriles (estoy algo resfriado, el aire del avión tiene la culpa) y, por si fuera poco, me ha salido un forúnculo que me tortura (acabo de comprarme una crema). Pero todas esas molestias no llegan a distraerme, refuerzan mi sensación de lejanía, la idea de que todo conocimiento -como todo placer- exige una entrega, un sacrificio, incluso una dosis de dolor: en eso pensaba cuando estos días pasados seguía caminando por la ciudad a pesar de que tenía los pies a punto de reventar; la espalda dolorida. Sufre, amigo Chirbes, pensaba mientras arrastraba tres gigantescas bolsas de libros adquiridas en el MoMA (libros para mí, y para regalo). A nadie se le ha entregado un gramo de belleza ni de sabiduría sin una dosis de sufrimiento. La idea de conocer disfrutando es muy propia de la sociedad contemporánea, de los folletos de turismo actuales. Viajar resulta siempre incómodo, y cuando alguien se encarga por nosotros de que se vuelva cómodo, quiere decir que el viaje nos enseña poco, nos sirve para poco, porque el término «comodidad» implica no salirte de tus parámetros, de tu forma de vida: reproducir tu mundo vayas donde vayas.

 

En ese caso, te ocurre lo que antes he escrito que alguien le recriminaba a Kipling: puedes llegar a viajar tanto que no te dé tiempo a conocer nada.

 

Esta madrugada, insomne, hojeaba uno de los libros que ayer compré: hermosas vistas de los rascacielos de principios de siglo, edificios neogóticos, neorrenacentistas, art déco. Qué felicidad estar así, tumbado en la cama, en la habitación de un hotel, repasando las hojas del libro que me muestran lo que está alrededor, lo que he visto, lo que puedo ver con solo salir a la calle y pasear un poco, qué más da el dolor de piernas, de cabeza, de espalda, el forúnculo. Esa infantil complacencia de sentir que estás en un lugar tan interesante que hasta los libros se ocupan de él es la base del turismo. Haber visto siete maravillas del mundo y que aún te queden dos por ver. «Vedere Napoli e dopo morire.» Pienso en la vejez que se acerca. No me conservo bien, demasiados excesos aún hoy día, excesos que a esta edad no están a la altura de las abandonadas Sodoma y Gomorra, aunque un poquito de Sodoma también sigue habiendo, como se verá. Excesos a mi edad es dormir poco, comer sin cálculo, fumar como un carretero y beber como lo que soy, un taciturno alcohólico social, que cuando deja de hacer lo que esté haciendo solo encuentra consuelo en algún lugar en el que sirvan copas y donde vea gente a su alrededor, o que solo sabe divertirse en la barra de un bar, mejor solo que acompañado, pero viendo gente que va y viene. En la nueva etapa, irá creciendo el índice de dolor que invierta por cada gramo de belleza o de simple satisfacción obtenidos. Es uno de los axiomas de la vejez, que llega a ratos sigilosa, y en otros momentos, impúdica: diciendo altiva que ya está aquí, dándole golpes y patadas a tu puerta para que se la abras cuanto antes, como si su retaguardia -la dama de la guadaña- tuviera prisa por hacer su trabajo. Si no tengo más que cincuenta y seis años, un niño según los cánones contemporáneos: pero arrugas y manchas en la piel aparecen de un día para otro. Últimamente reclaman mi atención (nunca había hecho caso de esas cosas, me miro poco en el espejo, me afeito y peino en un pispás). La piel cambia deprisa. Aunque procuro no fijarme, el espejo me muestra el deterioro, añadiéndolo a las aprensiones que nuestra época nos entrega a cualquier edad, miedo al cáncer, a la hipertensión, al colesterol, al azúcar, a la sal: han aparecido unas manchas negras en la mejilla izquierda y una parte de dicha mejilla se ha oscurecido, amenazante: como si, dentro de poco, la sombra fuera a ocupar buena parte del rostro y a oscurecerse aún más. Pienso en un cáncer de piel, en el sida, aunque seguramente no son más que rasgos que regala generosamente la vejez que tanta prisa tiene. Finjo que no lo noto, pero lo noto, y aquí escribo que lo noto. Los solitarios (sería mejor decir los solterones), además, pensamos que todas esas cosas nos apartan de los contactos sentimentales o simplemente sexuales. Cada vez menos posibilidades de gustar a nadie, y los que vivimos solos únicamente gustando a alguien podemos gozar de esas compañías esporádicas que se suponen necesarias para el equilibrio. Entras en algún local de ligue y descubres que nadie te mira o que, si alguien cruza por azar la mirada contigo, la aparta con precipitación. Le diriges a alguien la palabra y te dice: no, es que estoy cansado, o casado, o tengo prisa; esos son los signos que anuncian que lo peor está empezando a llegar. Aún hay más. Demasiadas veces te invade la sensación de que ni siquiera tienes acceso. Es decir, que ves a alguien que te gusta y ni siquiera te atreves a pensar en dirigirle la palabra, porque constatas que es de otra época, de otro tiempo, que está en el escaparate de un local al que no tienes acceso; piensas que tu tiempo con él ya ha pasado. No sé cómo ni desde cuándo, pero esa sensación es cada vez más frecuente. La sensación de estar cerca de algo hermoso que no es para ti, ya no. Te da vergüenza mancharlo hasta con la mirada.

 

Contradiciendo lo que acabo de escribir. El cuerpo oscuro de Anthony (de ébano, dirían antes) reflejado en el espejo de la habitación del hotel. Una escultura rotunda, sólida, la perfección del cuerpo: como si el cuerpo no estuviera formado por partes, sino que estuviera -como lo está- hecho de una sola vez, contundente. Termina la función erótica y dice: «Very exciting, very sexy», y la vejez parece desvanecerse por unas horas.

 

Tantas vidas a la deriva en esta ciudad. El mexicano al que han mandado a hacer un recado (lleva una cesta que me da la impresión de que contiene carne), al oírme hablar en español por el teléfono móvil, se dirige a mí y me enseña un papel en el que aparece escrita la dirección a la que tiene que encaminar sus pasos: algún lugar de la cercana calle Cuarenta y dos. Estamos en la esquina de Lexington con la Cuarenta y siete, así que no me resulta difícil ofrecerle las indicaciones que pide. Tiene que caminar en línea recta cinco calles y luego torcer a la derecha. Le dices: ¿Ve usted?, señalándole el rótulo de la esquina en el que aparece el número. En cada esquina encontrará usted indicado el número, así que es muy fácil. Cinco cuadras más abajo verá el 42. Escucha como si no entendiera, aturdido, confuso. Y observo que, nada más cruzar la calle, se acerca a otra persona, vuelve a mostrarle el mismo papel que me mostró a mí y a escuchar sus explicaciones. Entonces me doy cuenta de que lo que le ocurre es que no sabe leer, ni contar, ni reconoce los números. Por lo que parece, tampoco sabe ni una palabra de inglés. ¿Cuántos días hará que ha llegado a Nueva York? Me angustio por él, pienso que yo podría ser él. ¿Conseguirá mantener su puesto de trabajo? Porque, a este paso, va a tardar una eternidad en encontrar la dirección que busca y, seguramente, cuando regrese -si es que sabe volver- al sitio del que ha salido con el encargo, recibirá una bronca. Quizá el despido. Sí, es absurdo, pero siento angustia por él. ¿Conocerán sus carencias los empleadores? Esta ciudad se ha construido con gente parecida a él. Piensas en ti mismo, en situaciones del pasado en las que tuviste que ocultar un cúmulo de carencias para mantener un trabajo miserable, pero que te permitía subsistir; en las carencias que te ves obligado a ocultar, y que siempre te hacen ver como un impostor, tan torpe. Piensas en tu primer viaje a París hace ya casi cuarenta años, en el desconcierto que marcaba cada uno de tus actos. Piensas sobre todo en las carencias de hoy, que la madurez vuelve flagrantes. Cuando temes por ese hombre, temes por ti, te pones en su lugar y piensas que no está muy lejos del tuyo. La mayoría de la gente caminamos sobre quebradizas placas de hielo. Pueden llegarnos situaciones imprevistas que quiebren el suelo, nos hundan en el agua helada, o nos claven al barro. La compasión por ese hombre es compasión por mi propio destino, compasión hacia alguien -yo mismo- que puede vivir cosas que no es capaz de superar, situaciones que no puede solventar. El hombre que busca la calle Cuarenta y dos con una cesta cubierta por un plástico y que lleva un papel en la mano no es un adolescente, un joven que tiene la vida por delante, sino alguien que ha superado ya la cuarentena. Da tanta pereza aprender cosas nuevas a partir de cierta edad, está uno tan poco cualificado para hacerlo. Produce espanto que alguien así se vea obligado a cambiar de vida tan tarde. Son esas historias que no ocupan ni una línea en los libros. O que proporcionan páginas de retórica beata, chorros de pegajosa bondad. Este hombre tiene poco tiempo para aprenderse Nueva York, y, sobre todo, pocas armas. Me pregunto dónde y con quién vive. Seguramente con algún familiar en alguno de esos barrios del norte de Manhattan que visité anteayer: subí en el metro hasta la calle Ciento sesenta y tantos, donde te das de bruces con lo que parece un suburbio bogotano, aunque algo menos colorista, o de colores un poco menos chillones, y se diría que más triste, aunque supongamos, y es posible que eso no se advierta a simple vista, que algo más esperanzado: uno imagina que aquí, en Nueva York, un colombiano pobre puede llegar a algo, a lo que sea, quizá solo a ver la luz del sol unas cuantas mañanas más de las que puede llegar a verlo en Medellín, en Cali. Pienso en las novelas de Fernando Vallejo, con todos esos jovencitos de piel morena y ojos verdes que no verán salir el sol de mañana, cuerpos mutilados arrojados en una cuneta. Recuerdo eso que dice La Celestina de que no hay nadie tan viejo que no pueda vivir un día más, ni tan joven que no pueda morir mañana. En Medellín, en Cali, se muere más deprisa, se muere antes: es una simple cuestión de estadística. Salir fuera es escapar de la estadística.

 

Alguien me había dicho: Vete a ver Banana Village (así llaman a ese barrio hispano que se extiende por las calles Ciento sesenta y tanto). Hay color, un estallido de color, me habían dicho. No me lo pareció. Está la estética de las clases populares latinoamericanas, gusto por lo chillón, por colores vivos como el rosa, el verde manzana, el azul cielo, pero lo que me pareció que hay, sobre todo, es pobreza; y también algo más espeso, más difícil de definir: como la prolongación de una herida infectada que se extiende por esos barrios altos, también por Harlem, por la Ciento veinticinco y adyacentes. ¿Vio usted el Apolo? El teatro en el que todos los artistas estaban obligados a triunfar para ser considerados de verdad grandes, me pregunta el chófer del Instituto Cervantes que me lleva al aeropuerto. Lo vi, respondo. Esta ciudad parece que es capaz de contenerlo y combinarlo todo, pero sin mezclarlo: es más un cocido de varios vuelcos que un puré. Uno se trae de su país, pegado a la piel, lo peor de sí mismo.

 

Los gordos de Nueva York. Sobre todo, los gordos negros (las negras). A mí, que siempre he preferido la carne -el pecado bíblico- al hueso -mensajero de la muerte-, de pronto llega un momento, después de varios días dando vueltas por la ciudad, en el que me angustian los gordos. Son tantos y tan descomunales. Me produce vértigo imaginar que me hubiera correspondido vivir en uno de esos cuerpos, arrastrar alguno de esos cuerpos jadeantes en los que los muslos se rozan, las nalgas y las barrigas se bambolean irregulares y temblonas; cumplir con los ritos corporales, asomarse a y limpiar en los huecos de esos cuerpos; ser dueño, o esclavo, de esa masa temible. Incluso a mí que me gusta -ya lo he dicho- la gente carnal, viendo a esos gordos de volumen cósmico, me espanta la idea de convivir con alguien que posea un cuerpo así. ¿Y si fuera yo mismo el portador de toda esa carne? Siento rechazo, miedo, una sensación de asfixia.

 

Casi siempre en las calles de Manhattan hay abundancia de taxis, los llamativos vehículos de color amarillo. En pocas ciudades del mundo es tan fácil obtener un taxi como en Nueva York (y creo que en ninguna es más fácil moverse sin necesidad de recurrir a taxis). Hay momentos (sobre todo en sitios del Midtown, como Park Avenue, la Quinta, o Madison Avenue) en los que la práctica totalidad de los vehículos que ocupan la calzada son taxis: la calle se convierte en un suntuoso río amarillo. Impresiona contemplar ese espeso ofidio de metal que avanza lentamente como un colorista dragón chino.

 

El concepto de Europa (lo que quieren que cuente en dos folios los del PEN): refugiarse en un acorazado poderoso, porque USA es eso, un amenazador acorazado con los cañones apuntando a los cuatro puntos cardinales; y porque China empieza a serlo (y Japón y la India y Brasil). Refugiarse de las amenazas exteriores, qué se le va a hacer, pero ese concepto acorazado de la existencia no parece el más gratificante como ideal de vida, de convivencia humana, para un escritor, para un pensador. Eso deben construirlo los políticos, que organizan ejércitos y trazan fronteras; los empresarios que buscan la competitividad económica y todas esas cosas. De ahí a que se nos pida a los escritores que formemos parte de la tripulación de ese acorazado, que engrasemos los cañones, y lancemos las gorras al aire, hay un trecho. La historia del mundo -y muy especialmente la de Europa- nos enseña en qué acaban todas esas retóricas, y también que cuando se construye un acorazado acaba utilizándose. El ser humano tiene, seguramente por genética, un ajustado sentido de la economía: se humanizó y se separó de sus compañeros del mundo animal precisamente porque fue capaz de llevar a cabo cálculos económicos, construyó instrumentos para matar y para desollar y almacenar los cadáveres que conseguía y almacenar los alimentos. Cualquier objeto que construye o inventa acaba utilizándolo. Aparte de que, por muy laborable que sea su oficio, el escritor casi nunca forma parte de la activa marinería, sino que tiende a instalarse cómodamente entre el pasaje y, a ser posible, a ocupar camarotes de lujo y a sentarse en la mesa del capitán a la hora de la cena. Los mismos que critican a los escritores de entreguerras porque, por sus ideas comunistas, pusieron su arte al servicio de intereses políticos, claman ahora para que el escritor muestre su europeidad. Pero ¿no hemos quedado en que eso era espantoso?, ¿en que eso era lo que les pedía Stalin a los escritores? ¡Defender opciones políticas! Yo diría que el escritor tiene que vigilar a los políticos, meterse en los engranajes, entender, o intentar entender, cómo funciona la maquinaria de las cosas, procurar contarla, pero entendido así se trata de un oficio que, por fuerza, a los políticos y a los que se llaman gente de bien, no ha de hacerles ninguna gracia. Me gusta el modelo de los artesanos también para el arte. A quienes se dejan tentar por la obra como contrafuerte del edificio del poder, me da igual el que sea, les recomiendo que se lean La muerte de Virgilio, de Hermann Broch.

 

Los escritores debemos hablar menos y escribir más, y cuando nos pregunten nuestra opinión en la radio, en la televisión o en el periódico, pedir a quien nos la pregunta que se lea nuestros libros: ese es exactamente nuestro pensamiento, ahí están nuestras opiniones. Traducirlos al lenguaje de las revistas, de los periódicos o del cine es reconocer el fracaso de la literatura, la inutilidad de la narrativa. La literatura no puede aspirar a sustituir a las organizaciones benéficas, ser una sucursal de las sociedades no gubernamentales y caritativas. No es una fábrica de consuelos. Ni el Lazarillo, ni la Celestina, ni el Quijote consuelan de nada. Desnudan. Ponen al descubierto los engranajes de su tiempo: más bien, desconsuelan. Pero ni siquiera quieren que consolemos (o solo muy en segundo plano). Lo que nos piden es que nos pongamos el casco y, como Mambrú, nos vayamos a la guerra.

 

Últimos días de abril de 2005

(Escrito a la vuelta del viaje neoyorquino.)

 

 

 

[ Fragmento de: Rafael Chirbes. “Diarios: A ratos perdidos 3 y 4” ]

 

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