jueves, 7 de diciembre de 2023

 

[ 503 ]

 

CONVERSACIONES CON BUÑUEL

 

Max Aub

 

 

PRIMERA

 

(…)

 

 

Nace en Calanda (provincia de Teruel) el 22 de febrero de 1900, en la calle Mayor, frente a la placeta de Mañero. Su padre se llamaba Leonardo; su madre, María Portolés. Su padrino fue Gaspar Homs, mallorquín, que vivía en La Habana, amigo y compañero de negocios de su padre, vendedor de esponjas; y su madrina, Panchita Homs, legítima esposa de Gaspar. El bautizo se efectuó el día 9 de marzo.

Hizo su primer viaje precisamente a casa de sus padrinos, a Palma de Mallorca, donde estuvo un mes y medio, pasando por Barcelona, en 1907.

Por entonces tuvo su primera «novia»: Pilarín Urazandi.

Tomó la primera comunión el 17 de abril de 1910 en el Colegio del Salvador, en Zaragoza.

Se emborrachó por primera vez a los trece años, en una tasca de Zaragoza, con Martín Sante y los tres hermanos Barazas. La tasca se llamaba «El Velódromo». Era jueves. Decidieron no ir a la escuela. Eran las siete y media de la mañana. En el cafetucho había obreros que iban al trabajo.

 

 

—Pedimos chorizo y aguardiente. Debí de tomarme como un cuarto de litro de aguardiente. Allí estaba Mantecón, que entonces gastaba melena. Me puse malísimo. Arrojé todo lo que había que arrojar y me desperté en la enfermería, con unas monjas dándome fricciones. Tan mal estaba, que ni mi padre me dijo nada.

 

—Ignoraba lo del largo pelo de Mantecón.

 

—La melena rubia de Mantecón… Me acordaré siempre. Cuando quiero hacerle rabiar le recuerdo cómo el padre Marcelo lo tenía sentado en las rodillas —tan mono— mordiéndole la orejita. Pero nada malo, ¿eh? Los jesuitas en eso eran de lo más ojo alerta. Que yo recuerde, nada de nada, entre nadie, durante los años que estuve con ellos. Siempre había algún hermano que nos vigilaba, estuviéramos donde estuviésemos. Pasábamos del punto de vista de uno al punto de vista de otro. Un dedo al aire para lo menor, dos dedos para lo mayor, a menos que nos llevaran a todos juntos: una campanada para lo menor, dos campanadas para lo mayor.

 

—Según me dice Mantecón, no estuviste más que cuatro años con los jesuitas.

 

—No, hombre, no. Estuve siete años. Desde los seis.

 

—Bueno, ambos tenéis razón, porque él se refería a los años de bachillerato.

 

—Sí, efectivamente, acabé el bachillerato en el Instituto.

 

—Entonces, ¿las fechas exactas?

 

—En los corazonistas de Zaragoza, de mil novecientos seis a mil novecientos ocho; en el Colegio del Salvador, de los jesuitas, en Zaragoza, de mil novecientos ocho a mil novecientos quince, y los dos últimos cursos del bachillerato: mil novecientos quince a mil novecientos dieciséis, y de mil novecientos dieciséis a mil novecientos diecisiete —mayo de mil novecientos diecisiete—, en el Instituto de Segunda Enseñanza, de Zaragoza; y en el otoño de mil novecientos diecisiete, a Madrid, con mi madre, a buscarme una casa de huéspedes.

 

—Hay muchos libros sobre ti llenos de verdades y mentiras, lo que enreda mucho más las cosas. Hay quien dice que fuiste a Madrid a estudiar pintura.

 

—Nunca.

 

—También dicen que la iniciación de tu ateísmo se debe a la lectura de “El origen de las especies”.

 

—Sí. A los dieciséis años, Morquecho, un chico de Logroño, que estudiaba primero de Derecho, me dio a leer los tres tomos de la Editorial Sempere, y a Spencer y a Haeckel. Hasta los catorce años yo era católico practicante: misas, rosarios, confesiones; comulgaba muy frecuentemente. Como todos los de mi familia, menos mi padre.

 

—Tu padre…

 

—Mi padre era un liberal del siglo XIX. Iba a misa para dar ejemplo, porque lo consideraba necesario, y decía que se acercaba «a los sacramentos del altar» una vez al año. Quién sabe.

 

—¿Tu madre era muy católica?

 

—Muy católica.

 

—Y hasta los catorce años ibais de vacaciones a Calanda.

 

—Sí, y luego a San Sebastián. Yo era muy joven cuando fuimos a vivir a Zaragoza. La casa ya ha desaparecido. Era en Independencia, diecinueve, en la antigua Capitanía General; hacía esquina, tenía dos pisos y muchos balcones a las dos calles. Si me pusiera a contarlos, me acordaría de cuántos había. El propietario se llamaba Rafael Pamplona.

 

—Es curioso cómo se acuerda uno de algunas cosas. ¿Y cómo perdiste la fe?

 

—Supongo que de la manera más corriente y vulgar. Es decir, como la mayoría, de los quince a los diecisiete años. A los diecisiete años, yo ya no creía nada. Primero fue una duda, una subyacente desconfianza hacia la existencia del infierno. Los jesuitas insistían mucho sobre el infierno. Acerca de los castigos eternos debidos a los pecados que sobre todo tuvieran que ver con el sexo. Mi gran amigo era Tomás Pelayo (el padre del que hoy es gobernador de Barcelona). Yo andaba continuamente con él, hablábamos. Alguna parte del verano lo solía pasar en Vega de Pas, en Santander, donde el doctor Madrazo, que era una especie de Marañón de la Montaña, tenía un gran sanatorio para tuberculosos. Era de la familia. Familia de don Marcelino. Dormíamos juntos, es decir en el mismo cuarto, Tomás y yo, y hablábamos y hablábamos, y yo le hacía partícipe de mi desconfianza de la existencia del infierno, y más por los ligeros pecados sexuales que cometíamos, porque evidentemente, como todos los jóvenes de nuestra edad en España, nos masturbábamos. ¿Cómo era posible que por algo tan insignificante tuviéramos que pasar toda la eternidad metidos en el infierno sufriendo penas inacabables? Por ahí empezó la cosa. Hacia los catorce o quince años. El proceso fue largo. Creo que perdí totalmente la fe cuando cumplí los diecisiete, sin contar que ya había empezado a leer los libros que me pasaba Morquecho, el cual ya estudiaba entonces primero o segundo de Derecho, y de allí a Darwin y Nietzsche.

 

—De hecho, la culpa la tuvo Blasco Ibáñez.

 

—Pues sí. La colección Prometeo. Porque, como todos nosotros, yo me puse a leer primero a los sociólogos y a los filósofos, y no literatura. Hacia el año quince y dieciséis o diecisiete ya nos apasionaba el hecho mismo de la sociedad, cómo estaba hecha. Hoy día, cuando hablo de eso con dominicos o jesuitas, están de acuerdo conmigo en que efectivamente la pérdida de la fe en la juventud cristiana se debe ante todo a esa hinchazón del infierno de la que rezumaban los colegios de sus órdenes. Todo eso coincide con la pérdida de la virginidad de la manera más normal en aquellos tiempos. ¡Qué miedo pasábamos!

 

—De hecho hemos sido la última generación a la que el miedo a las enfermedades venéreas no dejaba dormir.

 

—Pues sí. No deja de ser un consuelo.

 

—¿Y tu afición a la liturgia?

 

—Es una fijación artística, lo mismo que la música, el órgano. Siempre me gustó extraordinariamente.

 

—Arturo Sáinz de la Calzada me decía de su estupefacción ante lo que podías saber de teología…

 

—¡Bah! Son cosas que leí estos últimos años para hacer el Simón. De todas maneras, siempre me gustó leer vidas de santos, el Año Cristiano, aunque todas las vidas de santos se parecen mucho.

 

—¿Tuviste algún director espiritual de primer orden?

 

—No. Un tío de mi madre era cura, el tío Santos. Fue mi profesor de latín, lo que me sirvió mucho, después, cuando estudié letras. Era el administrador de mi padre en Calanda.

 

—Ya me dijiste no haber leído a Lautréamont sino hasta el año veintinueve. ¿Pero crees que corresponde al hombre ser responsable del bien o del mal?

 

—Ya te he dicho que el dios creado por el hombre es el espíritu del mal.

 

—¿Te impresionaba la idea de la muerte desde niño?

 

—Sí.

 

—¿Cuál fue tu primera imagen de la muerte?

 

—La putrefacción. Tenía yo ocho años, en Calanda. Iba de paseo con mi padre. Vimos ahí un mulo muerto. Un «carnuzo», como llaman allá a los animales muertos.

 

—¿Tienen algo que ver con los burros putrefactos de “Un perro andaluz”?

 

—Desde luego.

 

—Dicen que es una idea de Dalí.

 

—De ninguna manera. Es una idea mía que tenía en la cabeza desde el año veintitrés. Y, además, las campanas. Las campanas de Calanda. Que tocan todo el día, ¿quién muere? Campanas, campanas a misa, al rosario, el toque de agonía. Iba mucho por el cementerio. Los huesos. De eso hay mucho en “El ángel exterminador”. Los carneros. Una visión de muerte continua y el sentido del pecado. ¡Figúrate, a mí! Pero no lo puedo impedir, no lo puedo separar. Para mí —instintivamente— el coito es algo infernal.

 

—Tu padre tenía gran sensibilidad hacia el arte, ¿no?

 

—Mi padre había pagado un paso para la procesión del Milagro, en Calanda, del mejor estilo sansulpiciano. Precioso. Con dos ángeles de tamaño natural, la Virgen y Pellicer… Lo llevaban trabajadores de las fincas, vestidos de blanco y con cíngulos rojos… Las «hordas rojas» lo destruyeron en mil novecientos treinta y seis. Es una lástima.

 

—Lo puedes remediar.

[No me oye].

 

—Mi afición por las armas se la debo a mi padre. Ya te he contado que en La Habana vendía de todo, para los barcos. Una ferretería. Y armas. Por lo visto, vendía bastante, y la casa Smith y Wesson, de cuando en cuando, le regalaba algún revólver, con las cachas de nácar y sus iniciales.

 

Cuando yo estaba malo, a veces, mi padre entraba en mi habitación a verme y me prestaba o me regalaba alguna. Era yo un niño. Cuando murió mi padre tuve aquella sensación de liberación y me bebí dos copas de coñac.

 

—Y te pusiste sus zapatos.

 

 

—Sí, es otra historia. Sentí una liberación. Me fui a dormir con la Smith bajo el almohadón. Tuve dos apariciones terribles, venían de la pared. De un lado venían los aparceros; por otra parte, un primo mío…

 

—Vamos a hablar un poco de la muerte de tu padre. ¿Dónde estabas?

 

—Fue a finales de abril del año veintitrés. Mi padre murió el tres de mayo. Yo había ido a la Universidad Central. Me examinaba por libre, los exámenes eran en junio y la matrícula creo que terminaba hacia el treinta de abril, y fui a matricularme. Y estando en la cola frente a la ventanilla de matriculación…

 

—Con Chabás, ¿no?

 

—Chabás estaba allí también, sí. Él había terminado la carrera. No sé por qué estaba allí. Se iba a examinar de otra cosa. A lo mejor era la ampliación de latín, no sé. Y entonces había recibido un telegrama de mi padre, por la mañana. No, recuerdo mal. Creo que me matriculé y fui a la Residencia, y al llegar allí me encontré un telegrama diciendo que mi padre estaba muy grave. Que debía ir a Zaragoza inmediatamente. Pues aquella misma tarde me marché. Tomé el expreso y me fui a Zaragoza. Y llegué cuando mi padre estaba, pues, no en el coma todavía, pero muy grave. Perdía el conocimiento, volvía a recobrarlo. Vivió todavía dos días. Entonces me acuerdo que en momentos de lucidez, mi padre me decía: «Me voy a marchar para siempre, tal. Cuida bien a tu madre, pórtate bien con ella», etcétera. Perdía el conocimiento. Entonces me impresionó bastante. Yo quería a mi padre, aunque había una cierta rivalidad, sobre todo cuando tenía dieciocho o diecinueve años. Pero últimamente comprendí que lo quería, que lo estimaba mucho. Entonces comencé a beber para… Nervioso y tal, comencé a beber coñac, los dos días que duró, hasta que murió, y hasta que lo enterramos, bebiendo bastante, no sé, bebería, por ejemplo, en total, dos botellas de coñac en dos días, o una cosa así. Y murió al día siguiente de llegar yo. Yo lo amortajé, lo cuidé por la noche porque mi madre no aparecía por allá. Estaba en la cama. Mis hermanas tampoco aparecieron, y estuve toda la noche velándole. Tenía un Cristo en el pecho y lo veía respirar. Yo decía: «Bueno, esto es una alucinación». Pero veía muy bien levantarse el Cristo. Entonces, al día siguiente, a las once de la mañana (murió por la noche), lo enterramos. Y aquel día habíamos puesto un telegrama a un primo mío a Barcelona, que se llamaba el doctor Amorós. Era profesor de Numismática, de la Universidad de Barcelona. Casó con una prima hermana mía. Yo tenía que irlo a esperar a la estación a las dos de la mañana. Era mayo, estaba el balcón abierto, era una temperatura muy tibia y yo estaba sentado en un sillón, esto sería a las once de la noche, dando cabezadas para…, cabeceando un poco para conciliar el sueño antes de ir a la estación. Y en eso oí en el comedor, que era la habitación contigua, un ruido de sillas, como alguien que pasa rápidamente entre una multitud de sillas. Y me asusté un poco: «¿Quién anda por ahí?». Y de pronto apareció mi padre en la puerta del comedor, mirándome de una manera muy agresiva, los ojos saltones, las manos como garras dirigidas hacia mi cara. Y me llevé un susto tremendo. Me levanté y me fui al salón donde habían puesto un colchón, porque en la casa había mucha gente, donde dormían el jardinero y un cochero que había venido del pueblo. Dos empleados, dos campesinos, y tal. Y les dije: «Tuve una alucinación, se me ha aparecido mi padre, sé que es el coñac y que me encuentro tal, pero tengo miedo». Y me acosté en el colchón, entre los dos. Entonces, al llegar las dos, me llevaron a la estación. Tomé a mi primo Pepe Amorós. Volvimos a casa. Se acostó y yo me acosté en el cuarto, al lado del cuarto donde había muerto mi padre. Serían ya las tres de la mañana. Y volvió. Se abre la puerta y oigo un ruido. La puerta se abre, y otra vez mi padre, de la misma manera agresiva, se lanzó contra mí. Di un grito, y entonces vinieron a mi cuarto: «¿Qué pasó?». Digo: «Otra alucinación. Déjenme, váyanse y déjenme solo». Me dormí. Y al día siguiente estaba muy preocupado porque había tenido miedo de esa aparición. Entonces decidí dormir en la misma cama donde había muerto mi padre. Y aquella misma noche dormí en la misma cama donde había muerto mi padre. Y de una manera… Una cosa completamente absurda, tomé un revólver que tenía de mi padre, un Smith muy bueno, que tenía sus iniciales grabadas en nácar, en la culata. Y dormí con el revólver bajo la almohada. Digo: «Si vuelve a hacer la aparición le disparo un tiro, a ver qué le pasa a la aparición». Yo tenía confianza. No apareció nadie, y tal. Todo pasó normalmente, hasta ahora. A mí las armas me dan confianza…

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: Max Aub. “Conversaciones con Buñuel” ]

 

*

 

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