miércoles, 24 de abril de 2024

 

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EL MÉTODO YAKARTA

 

Vincent Bevins

 

(…)

 

 

05

Brasil, ida y vuelta

 

 

LA LEYENDA DE LA INTENTONA

 

El Partido Comunista Brasileño se fundó en 1922, en gran medida por inmigrantes y exanarquistas. Cuando de inmediato se incorporaron a la Internacional Comunista recién fundada por Lenin, Moscú no sabía muy bien qué hacer con ellos. La Comintern clasificó a Brasil como un gran país «semicolonial», en la misma categoría que China, y dejó la cuestión para más adelante. En aquel momento, la directriz que los brasileños recibieron de los soviéticos fue formar un frente único con la «burguesía» nacional, sin liderazgo comunista, contra el imperialismo; del mismo modo que Mao recibió órdenes de trabajar con Chiang Kai-shek, con resultados dispares.

 

En Brasil, el Partido Comunista estaba en gran medida comprometido con esta línea. Pero también actuaba en un país donde los complots militares eran rutinarios en cualquier tendencia política. Getúlio Vargas había tomado el poder inicialmente con un golpe militar en 1930. Después de que empezara a seguir el ejemplo de los movimientos fascistas de Italia y España, un hombre llamado Luis Carlos Prestes, carismático teniente comunista que en una ocasión había intentado sin éxito una revuelta populista de izquierdas, fundó la Aliança Nacional Libertadora (ANL). La ANL se oponía al fascismo y al «integralismo», que en Brasil tenía una variante propia, rabiosamente anticomunista y en cierto modo católica, del fascismo. La Aliança incluía a muchos partidarios moderados de Vargas, que querían que retrocediera en su impulso a la derecha, y consiguió también el apoyo del propio Partido Comunista.

 

Moscú no creó la ANL ni ordenó a la Aliança Nacional Libertadora que actuara; de hecho, a los soviéticos les preocupaba que los brasileños estuvieran siendo imprudentes y en exceso arriesgados. Sin embargo, cuando los líderes comunistas de Moscú entendieron que Prestes podía lanzar otra rebelión, no quisieron quedarse fuera. Enviaron un pequeño grupo asesor que incluía a un especialista alemán en explosivos y a Victor Allen Barron, un ciudadano estadounidense experto en comunicaciones que se encargó de la comunicación con los líderes comunistas en Rusia.

 

La mayoría de los civiles del Partido Comunista y de la ANL no sabían que se estaba preparando una rebelión. Y empezó por accidente, en Natal, en el pobre noreste de Brasil, después de que los soldados destinados allí se enfurecieran por la destitución de algunos compañeros. El Partido Comunista de la región pidió a los soldados que esperaran, pero de nada sirvió. Estalló la rebelión y los sublevados llegaron incluso a tomar el control de la ciudad por un tiempo, durante el que requisaron automóviles y asaltaron bancos. Cuando el levantamiento llegó a Recife, también en el noreste, la respuesta del Gobierno fue una carnicería: los militares sofocaron el levantamiento y ejecutaron a los rebeldes izquierdistas.

 

«¡Fue una represión brutal, tremenda! Mataban a izquierda y a derecha, de frente y de espaldas. La vida de un comunista no valía diez pedazos de miel cruda»,

 

relató el teniente Lamartine Coutinho utilizando una vieja expresión portuguesa. Entonces llegó el acto final, en una pequeña playa nada más pasar Copacabana, en Río de Janeiro. El ataque empezó a altas horas de la madrugada del 27 de noviembre de 1935. Las tropas militares lanzaron a los barracones una granada que estalló delante de una columna. Luego abrieron fuego. «¡Fue una batalla fea, espantosa!», diría uno de los soldados atacados aquella mañana. «¡Tiros por todas partes!». Sin embargo, solo dos soldados murieron en combate.

 

La ANL había sacrificado de manera temeraria vidas humanas, probablemente decenas en todo el país, y lo único que había conseguido había sido entregarse al Gobierno para que este pudiera utilizarla como le pareciera.

 

La historia de un golpe de Estado comunista fallido sirvió perfectamente a los intereses de las élites que en aquel momento presionaban para que se diera un giro a la derecha. El poderoso rotativo O Globo ya había publicado una crónica del todo falsa, firmada en junio por el propietario, Roberto Marinho, según la cual los comunistas habían recibido órdenes de tomar el país «disparando a todos los funcionarios no comunistas, preferiblemente a la puerta de sus casas o incluso después de entrar por la fuerza en ellas».

 

El Gobierno de Vargas utilizó el acontecimiento real, en adelante llamado de forma no del todo correcta «Intentona Comunista», para atacar a la izquierda y a sus críticos en general, y como excusa para consolidar sus poderes dictatoriales. Vargas declaró el estado de emergencia, creó la «Comisión Nacional de Represión al Comunismo», suspendió las libertades individuales y empezó a detener a los integrantes de la izquierda. Muchos de los líderes de la Intentona fueron ejecutados, aunque al popular Prestes lo mantuvieron encarcelado. Las autoridades prohibieron los libros de izquierdas.

 

La narrativa de la violenta subversión comunista sirvió a las necesidades de los grupos de derechas del Ejército y del Gobierno de manera tan efectiva que crearon otra. En 1937, un general «encontró» un documento que esbozaba el Plan Cohen, un complot judeocomunista (exprimiendo el antisemitismo de la derecha fascista) que incluía órdenes de invadir las casas de brasileños acaudalados y violarlos. Vargas utilizó este plan completamente inventado para autorizar un golpe de Estado militar más, promulgar una nueva constitución y tomar el control de una dictadura en toda regla.

 

La Intentona de 1935 sirvió de leyenda fundacional a las Fuerzas Armadas y al movimiento anticomunista, cada vez más virulento, que se hizo fuerte entre los militares y en la sociedad en general. Cada año, el 27 de noviembre, los militares se reunían delante de una estructura conmemorativa en Praia Vermelha [playa roja], para conmemorar la respuesta a la rebelión comunista. Y un poderoso mito adquirió forma. El Ejército terminó contando que el de noviembre de 1935 no fue un ataque convencional contra un acuartelamiento militar. El relato era que los comunistas se habían colado en las habitaciones de los oficiales y los habían apuñalado mientras dormían.

 

Esta parábola de maldad exclusivamente comunista se demostraría falsa muchas décadas más tarde gracias a detalladas investigaciones históricas. Como el historiador Rodrigo Patto Sá Motta afirma citando los informes de las autopsias: «Nadie murió a golpe de puñal en aquella madrugada. […] Sería curioso imaginar oficiales del Ejército —independientemente de las convicciones políticas, siempre sensibles a los bríos militares— alzados solo con puñales».

 

Los comunistas con cuchillos en la mano listos para apuñalarte mientras duermes se convirtieron en una imagen común en el voluminoso material anticomunista brasileño de las siguientes décadas. En la prensa se podían encontrar asimismo viñetas que mostraban que los comunistas eran insectos que únicamente podían ser «exterminados» mediante la libertad, la familia y la moralidad. El comunismo fue denominado plaga, virus o cáncer, términos que eran también arrojados a los comunistas del momento en la vecina Argentina. Con mucha frecuencia, el comunismo se asociaba con el mal absoluto o con la brujería, caracterizados con el uso de demonios o bestias satánicas como dragones, serpientes y cabras. A menudo se insinuaban, cuando no se representaban directamente, vínculos con la anormalidad y la perversión sexual.

 

Lanzar falsas acusaciones de comunismo podía ser también rentable. La policía, los soldados y los políticos de bajo rango «encontraban» pruebas de que un determinado ciudadano era comunista, lo que suponía más ingresos para su departamento o, con mucha frecuencia, conllevaba sobornos directos. El partido político fascista Ação Integralista Brasileira (AIB) utilizó, según consta, tácticas clásicas de extorsión con pequeños comercios, si bien con un giro anticomunista. Los miembros del partido cubrían en plena noche las paredes de tiendas y viviendas con pintadas en apariencia comunistas. Volvían unos días más tarde y pedían a los propietarios que hicieran donaciones a la AIB para demostrar a los preocupados ciudadanos del barrio que en realidad ellos no eran comunistas.

 

En los años cincuenta y principios de los sesenta, los militares brasileños fortalecieron sus vínculos con Washington. Estados Unidos llevó a cabo sus misiones de servicio más largas en Brasil, cuyos oficiales recibieron invitaciones extra para formarse en la escuela de mandos de Fort Leavenworth, junto a los soldados indonesios.

 

Para los muchos grupos derechistas de Brasil, especialmente los militares, toda la presidencia de Jango fue una equivocación. Sin embargo, en 1961, Goulart cometió un error que ofendió todavía más a los militares. El anuncio de que Brasil retomaría las relaciones diplomáticas con la Unión Soviética llegó días antes de la conmemoración anual de la Intentona y fue considerado una provocación. Poco después, uno de los grupos armados de extrema derecha del país, el Movimiento Anticomunista (MAC), cubría Río de Janeiro de pintadas con eslóganes como «Muerte a los traidores», «Fusilemos, brasileños, a los lacayos de Moscú» y «Guerra a muerte al PCB» (el partido comunista, todavía ilegal, de Brasil). Es creencia generalizada que el MAC recibía financiación de la CIA, y llevó a cabo varios atentados con bomba, así como un tiroteo en el Sindicato Nacional de Estudiantes.

 

Otro grupo anticomunista, la Sociedad para la Defensa de la Tradición, la Familia y la Propiedad (TFP), fundada en 1960 en São Paulo, pretendía contrarrestar la amenaza decadente del comunismo internacional obligando a sus jóvenes brigadas a cortarse el pelo a cepillo, llevar ropa recatada, evitar ver la televisión y aprender kárate. La TFP tenía una perspectiva internacional, y pronto estableció sedes a lo largo de América Latina, en Sudáfrica y en Estados Unidos.

 

En cuanto al Partido Comunista Brasileño en sí, se dividió en 1962. Con el liderazgo de Luis Carlos Prestes, todavía influyente décadas más tarde, el PCB se había adherido a la decisión de Jruschov de alejarse del estalinismo y mantenía su compromiso de trabajar pacíficamente dentro de las fronteras de la democracia brasileña. Un grupo disidente, más inspirado por Mao y convencido de la necesidad de la revolución total, rechazaba este «revisionismo» y formó el prácticamente homónimo Partido Comunista do Brasil (PCdoB). Durante el mandato de Jango, el PCB fue en realidad mucho más moderado que otros actores de la izquierda del momento, dado que ni siquiera apoyó modernizar la Constitución.

 

Todo este furibundo anticomunismo tenía la intención de hacer frente a un presidente que era, como mucho, un liberal reformista. Pero Jango y sus reformas eran populares. Si hubiera conseguido finalmente que más personas votaran, el país habría cambiado de forma muy perceptible para las élites. Y estos cambios eran apoyados por los pocos comunistas que había en el país, que sí existían realmente. Quien se oponía a cualquier cosa que aceptaran los comunistas y tenía pánico a las consecuencias que las reformas sociales tendrían en un país como Brasil, encontraba muchos motivos para oponerse a Jango. Quien aceptaba todos los principios del anticomunismo fanático tal y como J. Edgar Hoover los había expuesto en la década de 1940 —y así era en el caso de las élites brasileñas y del Gobierno estadounidense— encontraba que la oposición tenía sentido.

 

La asociación entre Jango y el comunismo clandestino no solo la proponía la oscura periferia derechista de la sociedad brasileña. Una viñeta publicada en enero de 1964 en O Globo, el rotativo del que sigue siendo el grupo de medios de comunicación más importante de Brasil, venía acompañada del siguiente pie: «La campaña de alfabetización», refiriéndose al plan de Jango de enseñar a más personas a leer y a escribir. A la derecha aparecía sentado un hombre sucio, con ropa andrajosa y un rostro que era la imagen misma de la ignorancia. A la izquierda, su maestro, que lo señalaba y se reía. Detrás del instructor, escapando del traje, se ve la larga cola del diablo, con una hoz y un martillo estampados en la punta…

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: Vincent Bevins. “El método Yakarta” ]

 

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