lunes, 29 de abril de 2024

 

[ 572 ]

 

HISTORIA SOCIAL DE LA LITERATURA ESPAÑOLA ( III )

 

Carlos Blanco Aguinaga,

Julio Rodríguez Puértolas,

Iris M. Zavala.

 

 

 

 

I

EDAD MEDIA

 

EL FEUDALISMO.

DESDE LOS ORÍGENES HASTA EL SIGLO XIII

 

(…)

 

 

ARISTOCRACIA, PROPAGANDA Y ALGO MÁS. LA ÉPICA

 

En el código legal de Las Siete Partidas se ordena que los juglares «non dixiessen ante [los caballeros] otros cantares sinon de gesta o que fablassen de fecho d'armas», pues así «les cresçian los corazones et esforzábanse faciendo bien». Alfonso el Sabio sigue la vieja tradición germánica ya descrita por historiadores romanos y puesta al día convenientemente por personajes de la categoría de Isidoro de Sevilla o Carlomagno. Todo ello indica ya, de entrada, que la épica puede definirse como el arte de propaganda de la clase dominante feudal, arte de origen germánico y desarrollado, precisamente, entre pueblos con tales raíces, como es el caso de Castilla. Es tan obvia la relación épica-propaganda-clase dominante-héroe, que el género ejemplifica de modo paradigmático el hecho de que las ideas dominantes en una época determinada sean las de la clase entonces dominante. La épica es un arte público, oral y juglaresco, y subsiste como tal mientras subsiste la sociedad a que pertenece, el mundo cerrado y orgánico del feudalismo, mientras no se produce la fragmentación de este sistema. La idea de totalidad, por lo tanto, es de especial importancia en la épica, y aparecerá encarnada en el oportuno y necesario héroe, el cual, a su vez, representará en sí mismo, en su personalidad, los valores reales o míticos de su comunidad. El héroe épico no es un individuo; su destino es el destino de esa comunidad a la que pertenece. Por otro lado, es evidente que en muchas ocasiones el claro intento propagandístico de los poemas épicos castellanos se une con las alabanzas a un cierto monasterio, a favor de los intereses económico-políticos del mismo, que aparecerá inextricablemente enlazado con la historia del país. A veces, como en el caso del Poema de Fernán González –que veremos poco después–, se llega a presentar una simple y escueta petición –en forma épica y mitificada– de ayuda económica y de protección oficial.

 

Es notoria la escasez de poemas épicos peninsulares frente a, por ejemplo, la abundancia de gestas francesas. Se conservan prosificaciones en las crónicas medievales que señalan la existencia de poemas hoy perdidos, como el Cantar de los Siete Infantes de Lara (o Salas), del que se han reconstruido unos 550 versos. Se sitúa éste en tiempos del segundo conde de Castilla, Garci Fernández, fue compuesto hacia el año 1000 y es básicamente legendario. En rigor, contamos con cuatro textos épicos, si bien uno de ellos, el Cantar de Roncesvalles (de finales del siglo XIII), no es sino un breve fragmento de cien versos. Los tres restantes son el Poema de Fernán González, las Mocedades de Rodrigo y el Poema de Mio Cid.

 

El primero fue compuesto por un monje del monasterio de San Pedro de Arlanza –tan importante en la vida castellana primitiva– y constituye en realidad una reelaboración por la cuaderna vía (véase más adelante) de otros textos hoy perdidos sobre los hechos del primer conde de Castilla, Fernán González, muerto en 970. Se trata de una habilidosa mezcla de elementos históricos, ficticios y folklóricos al servicio concreto del convento de Arlanza y de sus intereses económicos, que se ponen a la par de los de Castilla y de los del primer conde. Tras un espectacular elogio de la Península Ibérica –superior en todo al resto del mundo conocido– nos dice el poema:

 

Pero de toda España Castiella es mejor,

porque fue de los otros el comienço mayor,

guardando e temiendo siempre a su señor,

quiso acreçentarla assí el Criador.

Aun Castiella la Vieja, al mi entendimiento,

mejor es que lo ál, porque fue el cimiento,

ca conquirieron mucho, maguer poco conviento;

bien lo podedes ver en el acabamiento.

 

[ «Pero de toda España, lo mejor es Castilla, / porque fue muy superior a los otros países, /  por ser fiel y temer siempre a su señor, / Dios quiso así favorecerla. /  Y Castilla la Vieja, según yo pienso, / es mejor que todo lo otro, porque fue el cimiento, / porque conquistaron mucho, a pesar de ser poca gente; /  bien lo podéis ver al final de la historia.» ]

 

El humilde fraile que profetiza el esplendoroso futuro de Fernán González y de Castilla, exclama:

 

Mas ruégote, amigo, e pídotelo de grado,

que cuando hobieres tú el campo arrancado,

véngasete en miente deste convento lazrado,

e non se te olvide el pobre hospedado.

 

[ «Mas te ruego, amigo, y te lo pido por favor, /  que cuando hayas ganado la batalla /  te acuerdes de este convento miserable, /  y no te olvides del pobre hospedaje que te dimos.» ]

 

El conde promete construir una nueva iglesia, enterrarse en ella y hacer grandes y continuas mercedes al monasterio. El Poema de Fernán González es pieza de gran valor para observar cómo se unen los destinos de Castilla con los de un determinado y poderoso monasterio, como ocurrirá en cierto modo en el Poema de Mio Cid con San Pedro de Cardeña, y fuera ya de la épica en algunos poemas de Gonzalo de Berceo con San Millán de la Cogolla. Pues los monasterios no son solamente centros de cultura durante la Edad Media, sino también fuertes organismos económicos y sociales autónomos, y muy importantes en el sistema político de  fuerzas.

 

Dejando aparte las fabulosas Mocedades de Rodrigo, ya del siglo XIV y muestra de la degeneración de la épica, es preciso ocuparse ahora y con algún detenimiento del Poema De Mio Cid, la obra maestra de la épica castellana. El único texto conservado no es, en realidad, sino una versión del cantar, de hacia finales del siglo XII o comienzos del XIII; el autor es quizá un clérigo culto que no olvida en ningún momento ni sus intereses político-sociales ni el público a quien se dirige. La teoría de los dos autores –uno responsable de la parte «histórica» del poema y otro de la parte «novelesca»– no parece tener gran base de sustentación. Rodrigo Díaz, nacido en Vivar hacia 1043 y muerto en 1099 tras la conquista de Valencia es el héroe de este –por tantas razones– extraordinario poema, perfecto ejemplo de literatura propagandística. Pero la glorificación y mitificación de Rodrigo en su poema es correlato ineludible de la de Castilla y de lo castellano, dentro de un marco anti-nobiliario y realista claramente delimitado.

 

Es evidente que puede hablarse aquí de propaganda, como al tratar en conjunto de la épica medieval, pero será preciso anotar cuidadosamente qué tipo de propaganda y al servicio de qué encontramos en el Poema de Mio Cid. Si aceptamos que en un poema épico existe tradicionalmente un desarrollo en tres etapas de orden-desorden-orden, debemos aceptar también que se trata, a fin de cuentas, de la recuperación de un orden inicial perdido o alterado, recuperación que se lleva a cabo por medio de la intervención del héroe; ese orden supone, como es natural, la perpetuación del sistema establecido, el feudal. Mas en el Poema de Mio Cid el orden resultante no coincide con el del comienzo. Las actividades de Rodrigo y de sus mesnadas de extracción popular o baja indican que el mundo ya no es estático ni inmóvil. Se trata, en efecto, de un «nuevo orden» (siempre en el poema), en el que la alta nobleza ha perdido su prestigio y su papel representativo; en el que el rey lo es otra vez gracias al Campeador; en el que las aspiraciones castellanas se cumplen de modo inequívoco; en el que «los de abajo» y los primeros burgueses han hecho su aparición.

 

Se trata, en fin, de una propaganda que ya no está, en modo alguno, al servicio del feudalismo en sentido estricto, de una propaganda dirigida contra el sistema y la clase dominante.Tres niveles estructurales pueden apreciarse en el Poema de Mio Cid, que, entrelazados, producen un falseamiento de la Historia y una mitificación de Rodrigo y de Castilla. El primer nivel es el político: Castilla frente a León. Hay que recordar la tradición antileonesa de Castilla, abundantemente documentada, de una Castilla que pretende mantener sus raíces germánicas. Es preciso tener en cuenta que los enemigos del Cid en el poema, los que han conseguido su destierro, son grandes nobles y, en conjunto, de origen leonés; el rey mismo, Alfonso VI, es un intruso, monarca de Castilla tras el asesinato de Sancho II en 1072. El poema se destina, por otro lado, a un público básicamente burgalés, con la carga de connotaciones políticas que ello supone: Burgos, «capital» de Castilla, representante de «lo castellano»; es fundamental, además, el papel del monasterio de San Pedro de Cardeña, foco de castellanismo. Entre muchos datos aducibles, basta quizá mencionar el final del poema, el juicio de Dios en Toledo ante Alfonso VI, triunfo apoteósico de lo germano-castellano-cidiano ante lo romano-leonés, y que, significativamente, no se corresponde con la realidad histórica. En tal contexto hay que interpretar unos versos aparentemente sorprendentes, en que el rey quiere compartir su escaño con el Cid:

 

Venid acá seer comigo, Campeador,

en aqueste escaño quem diestes vos en don;

maguer que algunos pesa, mejor sodes que nos.

 

[«Ven a sentarte conmigo, Campeador, / en este escaño que tú me regalaste; / aunque a algunos les pesa, mejor eres tú que nosotros»]

 

La humillación de lo leonés es así total.

 

El segundo nivel es el socio-económico: pueblo frente a oligarquía aristocrática cortesana. Rodrigo Díaz pertenece a la clase de infanzones, pequeños nobles ligados todavía personalmente a la economía agraria. Es bien significativa la acusación hecha por los aristócratas contra Cid:

 

¡Fosse a río d'Ovirna los molinos picar

e prender maquilas commo lo suele far!

 

[ «¡Que se vaya al río Ovirna a trabajar en los molinos / y a hacer maquilas, como lo suele hacer!» ]

 


La hostilidad entre infanzones y aristócratas, tan obvia en el poema, se corresponde con la histórica: los primeros luchan por el ascenso social; los segundos defienden el coto cerrado de sus privilegios de clase. Se ha sugerido incluso que la expresión fijodalgo, hidalgo (literalmente, «hijo de lo que posee»), haya sido originalmente un calificativo despectivo inventado por los infanzones para desprestigiar a los grandes nobles, superiores en riqueza y poder, pero no en linaje. Por otro lado, no es arriesgado ver ya en el Poema de Mio Cid el brote de una nueva clase, la burguesía, que sería, por su apoyo al infanzón, lo que realmente daría al cantar su tono anti-aristocrático. El verso 17 es revelador a este respecto; cuando Rodrigo atraviesa la ciudad de Burgos camino del exilio, para verle partir, y con tristeza,

 

burgeses e burgesas, por las finiestras sone.

 

[ «Burgueses y burguesas, en las ventanas están.» ]

 

Burgeses, no burgaleses. De este modo, los intereses de la incipiente burguesía se unirían con los del infanzón, en ataque combinado contra la aristocracia. Y es preciso no olvidar que, en su mayoría, los soldados del Cid son gentes miserables, y tanto, que abundan los que no tienen ni espada. En el poema se insiste en el hecho de que lo que hace Rodrigo es «ganarse el pan», señalando así la diferencia básica entre la aristocracia, por un lado, y los infanzones, la burguesía y las masas populares por otro. Los grandes «traidores» del poema son los mestureros cortesanos que rodean a Alfonso VI y los infantes de Carrión, en quienes brillan por su ausencia los supuestos valores de su categoría social. El casamiento de los infantes con las hijas del Cid es ahistórico, pero esta ficción es imprescindible en el poema y en su intención anti-nobiliaria, así como para glorificar a Rodrigo. Lo mismo ocurre con el conde de Barcelona, otro personaje de la clase dominante contrapuesto al infanzón desterrado y malcalçado que es el Cid. Para lograr el rebajamiento social y moral de la alta nobleza se acude en especial a un procedimiento de los más degradantes y fáciles de captar por las masas populares: la ironía y el humor. Recordemos el episodio de la cobardía de los de Carrión ante el león del Cid, y la «huelga de hambre» del conde de Barcelona prisionero. Se trata, además, del germen de algo que será representativo de la literatura castiza de los Siglos de Oro: la ridiculización de todo aquello que no sea puramente castellano. Está claro que en el Poema de Mio Cid más importante que mantener un tono tradicional y estrictamente épico es el deseo de glorificar como sea a Rodrigo, a lo castellano y a los de abajo. Por otro lado, y todavía en el segundo nivel, las motivaciones económicas no pueden ser negadas. Como dice rotundamente el texto para explicar de manera realista las actividades del Cid,

 

mala cueta es, señores, aver mingua de pan.

 

[ «Mal asunto es, señores, tener falta de pan.» ]

 


O este comentario, tras una de las victorias cidianas:

 

a cavalleros e a peones fechos los ha ricos,

en todos los sos non fallariedes un mesquino.

Qui a buen señor sirve, siempre bive en deliçio.

 

[ «A caballeros y a peones los ha hecho ricos, / entre los suyos no encontraríais un solo miserable. / Quien sirve a buen señor, siempre vive regaladamente.» ]

 

El tratamiento que en el Poema de Mio Cid se da a una situación tópica de los cantares de gesta, la de las espadas conquistadas en el combate, pierde todo idealismo tradicional. Colada y Tizón, las dos espadas ganadas por el Cid, no son calificadas, como podría esperarse, con los grandes y retóricos elogios habituales, sino descarnadamente valoradas cada una en «mill marcos». Han desaparecido las referencias características de la épica europea a su valor espiritual o mítico, y se cotizan, sin más, en mil prosaicas pero atractivas monedas de oro.

 

El tercer nivel es el individual, el del héroe. Rodrigo Díaz, desterrado por el rey, se enfrenta con el gran problema de recuperar su honra perdida. A este respecto, el Cid actúa como un héroe épico arquetípico, sin olvidar, como ya hemos dicho, que su destino es el destino de su propia comunidad. Así deben entenderse los discutidos versos 17-20:

 

Burgeses e burgesas por las finiestras sone,

plorando de los ojos, tanto avíen el dolore.

De las sus bocas todos dizían vna razone:

-¡Dios, qué buen vassallo, si oviesse buen señore!

 

[ «Burgueses y burguesas, en las ventanas están, / llorando de los ojos, tanto dolor sentían. / Con sus bocas todos decían estas palabras: /  '¡Dios, qué buen vasallo, si tuviese un buen señor!'.» ]

 

Castilla, que había hallado ya su héroe primigenio en Fernán González, vuelve a hallarlo ahora en Rodrigo Díaz, en este momento en que un nuevo rey accede al trono desde León en circunstancias bien sospechosas, y en este momento en que frente al equipo dominante de los aristócratas surge la insatisfacción popular, la burguesía y todo lo demás que ha sido visto más arriba. Alfonso aparece como rey casi extranjero, y no como perfecto, sino injusto e invidente. Si bien no hay en el poema ataques directos contra el monarca, el tono es claramente anti-alfonsino. Elemento fundamental es el proceso de transformación de quien a lo largo del poema recupera lentamente su posición de monarca ideal; pero –y esto es básico– porque Rodrigo «devuelve» a Alfonso lo que éste había perdido. Se produce un fenómeno de importancia radical, y todo apunta, en efecto, a señalar la superioridad del Cid. Como ha dicho algún crítico, el mundo queda cidificado. El falseamiento y la distorsión de los hechos históricos se manejan cuidadosamente para lograr tal resultado…

 

(continuará)

 

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