jueves, 1 de enero de 2026

 

[ 827 ]

 

CONTRAHISTORIA DEL LIBERALISMO

Domenico Losurdo

 

(…)

 

 

 

capítulo quinto

LA REVOLUCIÓN EN FRANCIA Y EN SANTO DOMINGO,

LA CRISIS DE LOS MODELOS INGLÉS Y NORTEAMERICANO

Y LA FORMACIÓN DEL RADICALISMO

EN LAS DOS RIBERAS DEL ATLÁNTICO

 

 

 

Jeremy Bentham

 

 

LA CUESTIÓN COLONIAL Y EL DESARROLLO DIFERENTE DEL RADICALISMO EN FRANCIA, INGLATERRA Y ESTADOS UNIDOS

 

  A propósito de Bentham y de su escuela en ocasiones se ha hablado de «radicalismo filosófico». El teórico del utilitarismo asume tonos que desacralizan la tradición política, jurídica e ideológica de su país. Él no duda en denunciar «la corrupción casi universal» que azota Inglaterra y el nefasto papel de una «aristocracia corrupta y corruptora». No deja exenta de críticas ni siquiera a la Revolución Gloriosa, a pesar del aura religiosa que la rodeaba habitualmente: «El pacto originario, entre el rey y el pueblo, era una leyenda. El pacto posterior, entre la Cámara de los Lores y la Cámara de los Comunes, fue también demasiado real» y sancionó el dominio de la oligarquía.

 

  Sin embargo, basta observar el modo en que Bentham se comporta con respecto a las cláusulas de exclusión de la tradición liberal para darse cuenta de que estamos bien lejos del radicalismo entendido en el sentido que ya he precisado. Ya hemos hablado de los residuos y del «material de desecho», y de los recluidos en las casas de trabajo. Ahora conviene ocuparse de la condición de los negros. Bentham inserta «la legitimación —no anulada todavía— de la esclavitud doméstica fundada en el color» entre las «imperfecciones de detalle» que se pueden descubrir hasta en el «sistema incomparablemente feliz» de los Estados Unidos. A partir de esta descripción tan eufemística de la institución de la esclavitud, el liberal inglés insiste en el hecho de que tiene que haber un proyecto de emancipación acorde al principio de una progresividad extrema y ser conducido exclusivamente desde arriba. En un texto de 1822 hallamos una declaración muy significativa:

 

«Los franceses ya han descubierto que el color negro de la piel no es un motivo para que un ser humano deba ser irremediablemente abandonado al capricho de su torturador».

 

Entonces, esto nos lleva a pensar en la abolición de la esclavitud en las colonias francesas; y, sin embargo, se hace referencia, como lo aclara una nota, ¡al Código negro de Luis XIV!

 

  En lo que respecta a la progresividad, esta es necesaria no solo con el fin de respetar «los derechos de la propiedad» (que debe ser indemnizada por la pérdida sufrida) sino también de educar al esclavo en la libertad. Bentham propone una «lotería» de la emancipación que podría tener lugar al momento de la transmisión hereditaria de esta peculiar propiedad, y de la que podría beneficiarse un décimo de los esclavos poseídos por el difunto. La apelación a los amos para que den prueba de ductilidad es la otra cara de la indignada condena a cualquier iniciativa desde abajo:

 

 

    «La injusticia y las calamidades que han acompañado intentos precipitados, constituyen la objeción más grave contra los proyectos de emancipación. Esta operación no necesita ser llevada a término por una revolución violenta que, sembrando el descontento en todos, destruyendo toda propiedad y colocando a todas las personas en una condición que no les resulta apropiada, puede producir males mil veces mayores que todos los beneficios que se pueden esperar de ello».

 

Sin duda es Francia el lugar privilegiado para la formación del radicalismo, en el sentido definido por mí. El asunto se comprende bien. El país está favorablemente dispuesto a aceptarlo tras la derrota de la guerra de los Siete años y la pérdida de gran parte de las colonias. Con posterioridad, la polémica que se desarrolla en ambas riberas del Atlántico con ocasión de la rebelión de las colonias inglesas, termina con el descrédito de ambas fracciones del partido liberal: si bien la revolución norteamericana —con el desarrollo de relaciones de igualdad dentro de la comunidad blanca y con el claro distanciamiento con respecto al mundo del privilegio feudal— estimula el incremento de la crítica al Antiguo Régimen y la crisis del modelo inglés en Francia, el desencanto por la permanencia de la esclavitud en los Estados Unidos y por el surgimiento de un Estado racial sin precedentes, pone en crisis también el modelo norteamericano. En estas dos crisis echa sus raíces el radicalismo francés.

 

Pero a su vez ¿qué influencia ejerce este del otro lado del canal de La Mancha y al otro lado del Atlántico? El problema también puede ser reformulado así: la Inglaterra liberal surgida de la Revolución Gloriosa y, sobre todo, la revolución norteamericana, contribuyen poderosamente a la preparación ideológica de la revolución francesa y, con posterioridad —a través de la crisis de los dos modelos—, a la formación del radicalismo; ¿por qué este último no parece arraigar de manera profunda en los dos países clásicos de la tradición liberal? Es obvio que el tormentoso curso de la revolución y el surgimiento del Terror dañan de inmediato la capacidad de atracción de Francia. También la represión desempeña un apreciable papel obstaculizando la difusión del radicalismo. En Inglaterra, en 1794, el habeas corpus queda suspendido durante ocho años; una nueva suspensión tiene lugar en 1817; mientras que dos años después se produce aquello que ha pasado a la historia como la masacre de Peterloo, o, para decirlo con las indignadas palabras de una revista inglesa de la época, «la inútil e injustificada carnicería de hombres, mujeres y niños indefensos». Los miembros de las asociaciones de trabajadores, de los clubes de orientación más o menos jacobina, los cartistas, comprometidos en la lucha por la extensión del sufragio, sufren la deportación a Australia y allí padecen una horrible suerte, y mueren a menudo bajo los golpes de fusta repartidos con profusión. No vamos a hablar de los «disidentes irlandeses» que «entre el siglo XVIII y el XIX tuvieron en Australia su Siberia oficial». En general, «entre 1800 y 1850 fueron deportados representantes de casi todos los movimientos radicales existentes en Gran Bretaña». Obviamente, la represión golpea también los círculos que consideran legítima, y hasta la invocan, la revolución violenta de los esclavos negros». Por su parte, de 1798 data la promulgación en los Estados Unidos de los Alien and Sedition Acts, que acarrean graves restricciones de las libertades constitucionales, confieren al presidente un margen muy amplio de discrecionalidad y golpean de manera particular a los seguidores de las ideas sospechosas de ser influenciadas por la revolución francesa. Por otra parte, ya conocemos de la violencia, sobre todo desde abajo, a la que son expuestos los abolicionistas.

 

  Y, sin embargo, ni el Terror en Francia, ni la represión en Inglaterra y en los Estados Unidos son suficientes para explicar la debilidad del radicalismo al otro lado del canal de la Mancha o del Atlántico. Es necesario profundizar el análisis. En Inglaterra, el estallido de la guerra permite a la clase dominante presentar como una obligación patriótica la lucha contra el fanatismo revolucionario que azota Francia y que amenaza con expandirse a Irlanda, lo que representa un riesgo mortal para el imperio británico. En lo que respecta a los Estados Unidos, es interesante observar el debate en el que —en vísperas de la guerra contra Inglaterra que estalló en 1812— se ven comprometidos dos prestigiosos representantes del Sur. El primero, Randolph, se declara contrario a la apertura de las hostilidades: preñada de peligros está la situación en el frente interno, donde los «infernales principios de la libertad francesa» corren el riesgo de provocar la revuelta de los esclavos; sí, «la revolución francesa los ha contaminado incluso a ellos». Calhoun, por su parte, no tiene estas preocupaciones: es cierto que hay que prestar atención al estado de opinión de los esclavos, pero por fortuna, «más de la mitad de ellos no ha oído hablar nunca de la revolución francesa».

 

  Es decir, el radicalismo, al reconocer el derecho de los esclavos negros o de los semiesclavos irlandeses a empuñar las armas contra sus amos, constituía una seria amenaza a la estabilidad de los Estados Unidos y a la integridad territorial del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda. El peso menor de la cuestión colonial o de las poblaciones de origen colonial es también lo que explica la mayor difusión del radicalismo en Francia. Cuando estalla la revolución negra en Santo Domingo, los ambientes radicales de París no tienen mayor dificultad en reconocer y legitimar el hecho consumado: aunque se corra el riesgo de perder las restantes colonias, como no se cansan de advertir los antiabolicionistas, no se trata de una tragedia irreparable. Distinta es la situación para Inglaterra y los Estados Unidos.

 

  La revolución negra de Santo Domingo suscita una oleada de indignación en ambos países. «Un Estado negro en el archipiélago occidental —escribe The Times— es radicalmente incompatible con todo el sistema de la colonización europea». Y, por tanto: «Obviamente, en esta zona, Europa recuperará la influencia y el dominio que justamente reivindica, en virtud de la sabiduría superior y de las dotes superiores de sus habitantes». Los Estados Unidos no solo se niegan a reconocer el país surgido de la revolución negra, sino que hacen todo lo posible por aislarlo, debilitarlo, demolerlo.

 

  En esta operación se distingue Jefferson. A primera vista parece ser el más próximo al radicalismo. En enero de 1793, sin dejarse impresionar por la acusación lanzada por su ex secretario privado contra los jacobinos (aquí se habla, con referencia a París, de «calles […] literalmente rojas de sangre»), continúa defendiendo con pasión la «causa» de la revolución francesa. «Con tal de no verla fallar, preferiría ver la mitad de la tierra desolada. Si quedara solo un Adán y una Eva en algún país, pero libres, eso sería mejor que cómo está ahora». Por añadidura, Jefferson contrapone positivamente Francia a los Estados Unidos, donde los anglófilos consideran la Constitución de 1787, con los amplísimos poderes conferidos al presidente y al ejecutivo, un primer paso hacia la instauración de la monarquía.

 

  Y sin embargo, el cuadro cambia claramente tras la revolución negra de Santo Domingo. Sabemos que Jefferson interpreta de manera radical el principio de igualdad, pero siempre en el ámbito de la comunidad blanca. Nunca ha creído en la posibilidad de una convivencia de blancos y negros sobre bases igualitarias: esta constituiría un desafío injustificable a las «distinciones reales instituidas por la naturaleza» y terminaría por desembocar «en el exterminio [extermination] de una u otra raza». Cuando en la isla del Caribe estalla el conflicto entre propietarios blancos y esclavos negros, la simpatía del estadista norteamericano se vuelve de inmediato hacia los primeros; profunda es ahora la angustia por «la tempestad revolucionaria que está arrasando el globo». De aquí, el apoyo al ejército invasor enviado por Napoleón, y este no cesa ni siquiera cuando recurren a prácticas repugnantes, como la introducción de perros adiestrados en destrozar a los negros y la organización de espectáculos masivos —al mismo tiempo emocionantes e instructivos— en torno a tal suceso…

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento: Domenico Losurdo. “Contrahistoria del liberalismo” ]

 

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