sábado, 17 de enero de 2026

 

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CONTRAHISTORIA DEL LIBERALISMO

Domenico Losurdo

 

 

(…)

 

capítulo quinto

 

LA REVOLUCIÓN EN FRANCIA Y EN SANTO DOMINGO, LA CRISIS DE LOS MODELOS INGLÉS Y NORTEAMERICANO Y LA FORMACIÓN DEL RADICALISMO EN LAS DOS RIBERAS DEL ATLÁNTICO

 

Víctor Hugo

 

 

EL REFLUJO LIBERAL DEL RADICALISMO CRISTIANO

 

  En los Estados Unidos el radicalismo se forma sobre una base cristiana. Pero la lectura según el punto de vista religioso del conflicto implica límites graves; se presta escasa atención a las humillaciones y a la opresión que sufren los negros también en el Norte: se trata de una condición que no asume la forma inmediatamente evidente de la esclavitud y del pecado. Al finalizar la guerra de Secesión el movimiento abolicionista se disgrega con rapidez y, como quiera que sea, no es capaz de oponer una resistencia teórica y mucho menos práctica al régimen terrorista de supremacía blanca, que se impone en el Sur a partir del compromiso (antinegro) de 1877 entre las dos secciones de la comunidad blanca. El peso del prejuicio racial es demasiado fuerte y solo una presencia masiva y prolongada de las tropas de la Unión habría podido garantizar a los negros el disfrute de los derechos políticos y el pleno reconocimiento de los derechos civiles. Pero todo eso habría implicado una violación demasiado grave del principio liberal del autogobierno. Entre los teóricos del abolicionismo, quizás el único que sea propenso a recorrer hasta el final el camino de la imposición, por la fuerza de las armas, del principio de igualdad racial es Wendell Phillips, pero, cuando en 1875 trata de exponer sus razones en una asamblea en Boston, lo hacen callar bruscamente. Ya el año anterior un senador del Sur había observado satisfecho: «El radicalismo se está disolviendo, se está haciendo pedazos». Cuando las tropas federales se retiran del Sur se reafirma el autogobierno local, pero al mismo tiempo desaparece la democracia radical y regresa el calvario de los negros.

 

 

Por añadidura, lo que estimula en el abolicionismo cristiano anglo-americano la condena del pecado esclavista es la simpatía por un pueblo ampliamente cristianizado, que ve en el cristianismo un instrumento con el cual superar la condición de total deshumanización y conseguir un mínimo de reconocimiento. Gracias a la abolición de la esclavitud, liberado de la obsesión del pecado y de la complicidad en el pecado, Parker considera que no hay solución política al persistente problema de las discriminaciones e injusticias sufridas por los negros: solo se puede esperar en la fusión matrimonial de las dos razas, o sea, en los efectos benéficos de insuflar la «poderosa sangre anglosajona» en las venas de los negros. Es una perspectiva en cierto modo radical, en clara contratendencia respecto a la ideología dominante. Y, sin embargo, ahora se trata, más que de organizar a los negros oprimidos, de que los opresores superen los prejuicios que consolidan barreras de raza y de casta: el radicalismo tiende así a ser reabsorbido por el liberalismo. Peor aún están las cosas en lo que respecta a los indios, considerados salvajes y paganos. Parker no vacila en justificar la política de «continua agresión, invasión y exterminio» llevada adelante por este pueblo indómito que son, precisamente, los anglosajones. En efecto, el fin de la guerra de Secesión infunde nuevo ímpetu a la marcha hacia el Far West. Y, una vez más, el peso de la cuestión colonial interviene para explicar la debilidad del radicalismo norteamericano.

 

 

 

LIBERALSOCIALISMO Y RADICALISMO

 

  Kant se acerca al radicalismo mucho más que Bentham. No es tan significativa la toma de posición clara en favor de la Francia revolucionaria. Más relevante es el hecho de que, al intervenir en 1795, a un año de distancia de la abolición de la esclavitud en las colonias francesas, con clara referencia crítica a Inglaterra, Por la paz perpetua identifica «las islas de la caña de azúcar» como los «lugares de la más cruel esclavitud que haya sido imaginada jamás». Pero otros dos elementos resultan decisivos: a semejanza de los radicales franceses —no olvidemos que la cuestión colonial pesa sobre Alemania menos que sobre Francia— Kant problematiza claramente el límite entre civilización y barbarie: es ya Inglaterra la que representa la causa de la «esclavitud y barbarie». En fin, de manera totalmente distinta respecto a los liberales, él no se limita a criticar a Pitt; agrega que el estadista inglés con razón «es odiado como un enemigo del género humano». Por otra parte, el radicalismo del filósofo alemán no escapa a sus contemporáneos: si bien Goethe considera poco «liberal» el comportamiento asumido por él frente a Inglaterra, Wilhelm von Humboldt se distancia claramente del «democratismo» presente en Por la paz perpetua.

 

  En lo que respecta a Inglaterra, más que Bentham, quien se acerca al radicalismo es, si acaso, John S. Mill, que identifica en la esclavitud «la más flagrante de las violaciones posibles» de los principios liberales y cataloga a aquellos que la defienden como las «fuerzas del Mal». En su Autobiografía, junto a la «noble multitud de los abolicionistas», Mill alaba también a John Brown, el protagonista del desafortunado intento por hacer que se rebelaran los esclavos del Sur de los Estados Unidos. En un texto de 1824 el filósofo inglés expresa su simpatía por la causa de los negros de Santo Domingo-Haití, que en vano la expedición napoleónica trata en parte de «exterminar», en parte de reducir de nuevo a condiciones de esclavitud. Mill no parece retroceder horrorizado ante la perspectiva de una revolución de los esclavos negros desde abajo, mostrando un claro alejamiento de la gran mayoría de sus contemporáneos. Y, sin embargo, por otra parte, él es el teórico de una nueva «esclavitud», de carácter temporáneo y pedagógico, en contra de los «salvajes».

 

  Por otro lado, el autor inglés afirma que la última etapa de su evolución está caracterizada, al mismo tiempo, por el acercamiento al «socialismo» y por una renovada desconfianza con respecto a la «democracia»: lo que la provocó y la justificó fueron «la ignorancia y, en especial, el egoísmo y la brutalidad de las masas». La democracia, ya problemática en la metrópoli, se revela decididamente peligrosa y desacertada con relación a las colonias y a los pueblos de origen colonial (comprendidos los afro-norteamericanos). Teórico del despotismo universal de Occidente, Mill parece igualmente lejano de la «democracia abolicionista» y radical.

 

  Y, por tanto, no hay que confundir el radicalismo con el socialismo. Aspiraciones socialistas pueden conjugarse bien con el colonialismo. Seguidores de Fourier y Saint-Simon piensan edificar comunidades de tipo más o menos socialistas en las tierras arrebatadas en Argelia a los árabes: al igual que la «democracia», también el «socialismo» puede ser pensado limitándolo al «pueblo de los señores» y en perjuicio de los pueblos coloniales o de origen colonial. En algunos momentos de su evolución Mill se acerca al liberalsocialismo, sin que por ello supere el umbral que lo separa del radicalismo.

 

  Con respecto al sionismo, Arendt ha llamado la atención sobre la presencia en este de una tendencia a primera vista singular: está caracterizada, de un lado, por el apoyo a los objetivos «chovinistas»; y del otro, por el empeño en llevar a cabo experimentos colectivistas y de una «rigurosa realización de la justicia social» dentro de la propia comunidad. Se delinea así un «conglomerado absolutamente paradójico de acercamiento radical y reformas sociales revolucionarias en política interior, y de métodos anticuados y del todo reaccionarios en política exterior», en el campo de las relaciones con los pueblos coloniales. Es decir, la «democracia para el pueblo de los señores» puede también ir más allá y configurarse como socialismo para el «pueblo de los señores», mientras que lo que define el radicalismo es, precisamente, la polémica contra la pretensión de un determinado grupo étnico o social de comportarse como «pueblo de los señores».

 

  Cuando en 1860, en el curso de la segunda guerra del opio, una expedición franco-británica devastó el Palacio de Verano, fue Víctor Hugo quien se reveló como el heredero del radicalismo, con su denuncia de la barbarie perpetrada por los pretendidos civilizadores, mientras que para Mill, como para la cultura liberal de la época, continúan existiendo pocas dudas sobre la perfecta identidad de Occidente y civilización…

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento: Domenico Losurdo. “Contrahistoria del liberalismo” ]

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