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HISTORIA SOCIAL DE LA LITERATURA ESPAÑOLA ( XXXIV)
Carlos Blanco Aguinaga,
Julio Rodríguez Puértolas,
Iris M. Zavala.
II.3A.
CERVANTES y MATEO ALEMÁN:
DIGNIDAD E INDIGNIDAD DEL SER HUMANO
(…) Léanse, si no, estas palabras de nuestro pícaro novelista, eco del Eclesiastés:
Este camino corre el mundo, no comienza de nuevo, que de atrás le viene al garbanzo el pico. No tiene medio ni remedio, y así lo hallamos, así lo dejaremos y no se espere mejor tiempo ni se espere que lo fue el pasado. Todo ha sido, es y será una misma cosa. El primer padre fue alevoso [como el de Guzmán]. La primera madre mentirosa [como la de Guzmán]. El primer hijo ladrón [como el pícaro] y fratricida. ¿Qué hay ahora que no hubo? ¿O qué se espera del porvenir?
El pecado original se cometió en función del libre albedrío y, desde entonces, los seres humanos en cuanto generalidad caen inevitablemente en el pecado, determinados por aquel acto libre. El mundo que los hombres hacen es, por ello, siempre igual a sí mismo en su maldad y engaño. Lo cual no quita que algunos, como Guzmán mismo, tras el pecado, se salven. La salvación es, pues, estrictamente individual y posterior al pecado determinado. Y son los que se salvan los que, puesto que no pueden cambiar la manera de ser el mundo, nos dicen en sus «discursos» que así es, que no cambia, y que la manera de salvarse es rechazarlo. No podía darse una más clara versión de la ortodoxia católica y del inmovilismo de la España del mal llamado «segundo Renacimiento», y bien clara está en ella la aparente paradoja. Dentro de esta ortodoxia, Guzmán es sólo uno más de la secuencia: concebido libremente en pecado por un padre alevoso y una madre mentirosa, está determinado a una vida que, por su mismo origen, tiene que ser como es y llevarlo, incluso, al latrocinio. Y así, del determinismo original, surge inevitablemente en la historia del pícaro el determinismo ambiental. Como por su origen el mundo es pecado, como Guzmán nació en nueva versión del pecado original, y como su motor va a ser el «hambre» en un mundo hostil, la vida de Guzmán tiene que ser como es en la novela, es decir, en el mundo del pecado anterior a la salvación.
Pero este simbolismo es del autor; el personaje, en cuanto niño, no sabe de esto en sus principios; y creyendo que la vida que le ofrece el mundo, por ser la única que conoce, es buena, se lanza a ella para gozarla. No tarda· sin embargo en llegar al desengaño y, a partir de él, a la experiencia del mundo y su rechazo. Ello ocurre desde la primera aventura. El descubrimiento del verdadero sentido del mundo y su rechazo es en esta primera situación puramente físico y sirve de símbolo para lo que, después, en la mente del niño-pícaro (a la larga novelista), será un rechazo intelectual consciente. El desengaño y rechazo le llegan por medio de una comida. La situación es la siguiente: llega Guzmán a la primera de las muchas ventas en que parará a lo largo de su vida y pide de comer. Le dicen que sólo hay huevos. Le hacen sentar- se en un banquillo cojo, le ponen un mantel sucio, le dan un pan más negro que el mantel y le sirven «una tortilla de huevos que pudiera mejor llamarse emplastre de huevos», tan asquerosa que «sentía crujir entre los dientes los tiernecillos huesos de los sin ventura pollos». Come por necesidad -tiene hambre-, y al salir de la venta, de tanto pensar en «el aceite negro, que parecía de suelos de candiles, la sartén puerca y la ventera legañosa», siente que, «como a mujer preñada», le «iban y venían erutaciones del estómago a la boca, hasta que de todo punto no [le] quedó cosa en el cuerpo». Este «trocar a trascantón» es ya, desde el principio de la vida pícara de Guzmán, el símbolo de la doctrina que predica Alemán en su «discurso»: la asquerosidad y engaño del mundo tiene el hombre que arrojarlos fuera de sí como Guzmán arroja fuera de sí, por falsa y asquerosa, la tortilla que le ha dado la ventera. Presentación del mundo y rechazo, pues, desde el principio. Guzmán, el «habito», ha comenzado a aprender la lección. En la siguiente venta le dan mulo recién nacido por ternera: «Engañóme», dice del ventero. Ya el secreto del mundo queda intelectualmente reconocido, y de aquí en adelante Guzmán, el personaje, toma la postura desde la cual narra el novelista. Poco a poco el pícaro se siente ir entrando en «otro mundo, y que a otra jornada no había de entender la lengua». Pero no sólo llega a entenderla, sino que se hace dueño de ella -necesidad ambiental- y la va manejando hasta llegar al fondo del abismo social y moral desde cuya experiencia nace a la madurez de su pensamiento religioso en el cual, con toda claridad intelectual, rechaza el mundo. De «habito» pasa a pícaro y, a la vez, en el polo contrario, de la meditación libre el bobito pasa a ser un «discreto» que desde su sabiduría dogmática (desde su «atalaya» ya) penetra, sin sombra alguna de duda, la corteza del mundo en que vive: «Todo es fingido y vano. ¿Quiéreslo ver? Pues oye ... » Y el personaje-novelista, con su doble experiencia y control de la situación, va deslindando contrarios, polarizándolos, aceptando los unos y rechazando los otros; y eliminando al escoger toda tensión real, toda ambigüedad, toda visión positiva de la existencia.
Así, en acuerdo con el dogma católico, libertad y necesidad son los dos polos antagónicos en cuya lucha se mueve la obra. Como, además, el libre albedrío y la gracia divina sí han llevado a Guzmán a la salvación y a otra vida desde la cual, purificado, juzga su vida de pecador, encontramos que, en un plano, se nos dan las aventuras, la historia de Guzmán determinada por el pecado, y, en otro plano contrario a éste, pero íntimamente dependiente de él, como hemos visto, las meditaciones sobre la historia y el modo como se desarrolla; meditaciones con que, desde su atalaya, el autor, conocedor absoluto de su pasado en cuanto personaje, interviene, induce, deduce, juzga y predica el rechazo de la misma historia que narra. Aventura y sermón son así, aunque unidos en el centro de la experiencia necesaria y la libertad, los dos polos contrarios y últimos de esta novela de contrarios. Estos dos polos son el origen de todas las parejas de contrarios que, según veremos, forman en su presentación antitética la tensión de la novela: bueno-malo, verdad-mentira, limpieza-suciedad, engaño-desengaño. La relación entre estos contrarios es de lucha a muerte.
«La vida del hombre -explica Guzmán con una vieja fórmula-milicia es sobre la tierra.» En la lucha la victoria será siempre del mal, a menos que el ser humano abrace los principios de la religión dogmática que explican, precisamente, que la vida es todo maldad, mentira, etc.
El autor de la España contrarreformista -pícaro-novelista,dramaturgo-teólogo,satírico-, sabe siempre desde la experiencia que le ha llevado a su atalaya dogmática que en esta lucha hay que escoger, y escoge siempre didácticamente para desengañar al lector. El escritor de la Contrarreforma, como el predicador, des-engaña, des-entraña, des-cubre la realidad que se esconde bajo las apariencias: la superficie y el fondo son los dos polos contrarios de esta visión del mundo. Por ello, en su discurso sobre los «trabajos» del hombre, Guzmán habla de joyas cubiertas, de des-cubrir y hallar lo que encierran; de píldoras doradas, de piedras debajo de las cuales hay alacranes. El procedimiento de des-cubrimiento de la realidad es uno con el de adentramiento en ella, y en él radica el proceso de adquisición de sabiduría. Así, para decirnos que, por ser niño e ignorante. se dejaba engañar al principio de sus aventuras, Guzmán recurre a la idea de fondo y superficie:
«Era muchacho, no ahondaba ni veía más de la superficie».
El sistema es típico del XVII y lo encontramos, naturalmente, en Quevedo (El mundo por de dentro). Aparece también como motivo inicial del Diablo cojuelo; se encuentra en Calderón: en El mágico prodigioso el diablo trae a Justina a la presencia de Cipriano, que quiere poseerla; corre Cipriano a abrazarla, la desnuda, y, como el diablo le ha engañado, se encuentra con un esqueleto que le dice: «Así, Cipriano, son / todas las glorias del mundo». Tanto en El mágico como en La vida es sueño, El gran teatro del mundo o el Guzmán, es ésta una visión de la realidad temporal nacida de la contemplación desde la atalaya de otro mundo; vida contemplada desde y para la muerte. En la picaresca misma tenemos una ilustración perfecta: la portada de la primera edición de La pícara Justina (1605) representa una barca («la nave de la vida pícara») llevada por la Ociosidad, que arriba al «Puerto del Desengaño», figurado por la Muerte. El catolicismo español de la Contrarreforma necesita rechazar el mundo para pasar, libre de todo lastre, a la contemplación de la vida de la muerte. «Aborrecí, por tanto, la vida -parece decirnos, como el Eclesiastés (2:17)-, porque la obra que se hace debajo del sol me hastía, por cuanto todo es vanidad y aflicción de espíritu.»
Mas para rechazar el mundo antes hay que haberse adentrado en él, en su pecado y engaño; hay que conocerlo a fondo para poder hablar con autoridad. Esta es la función didáctica del pícaro, de la picaresca toda y, muy especialmente, del Guzmán. Por ello es tan importante la forma biográfica: el novelista puede juzgar y decidir porque en cuanto personaje, en cuanto pícaro, lo que conoce es, precisamente, el más bajo fondo de la vida. Nadie como el pícaro sabe que las apariencias de verdad y hermosura del mundo esconden sólo suciedad y podredumbre.
No cabe duda de que la forma autobiográfica es esencial a la picaresca: ello permite que la vida narrada, naturalmente a posteriori, esté concebida a priori como ejemplo de desengaño. En cuanto técnica de novelar, esto es lo más significativo de la picaresca. Ya hemos visto cómo la historia no puede empezar sin más, cómo necesita su prehistoria y ésta su preámbulo en el cual el autor nos advierte, de antemano, que ha cerrado todo portillo. Así es, en efecto: todo lo sabido a trasmano nos está dado de antemano, y éste es, desde el punto de vista formal, el determinismo radical de la picaresca. Porque no sólo nos da el autor un símbolo clave y un preámbulo, sino que en cada uno de los detalles de la estructura interna de la novela el concepto (la definición) precede al hecho (lo definido):
1) Todo es fingido y vano.
2) ¿Quiéreslo ver?
3) Pues oye ... ,
a lo que sigue una aventura ejemplar que concluye con un «Ves ya» que todo lo resuelve. Cada experiencia de Guzmán, aunque en su vida se haya dado antes de la meditación, es concebida por el novelista como ejemplo de un concepto anterior a la historia que narra, una especie de determinante superior a la que su personaje no puede escapar, y que ha sido, al fin, comprendida por él al haberse liberado de la mala vida fuera de la novela. La unidad personaje-novelista es, pues, lo que hace que el autor domine absolutamente toda situación y, en cuanto novelista, se juzgue en cuanto personaje y al juzgarse juzgue al mundo. Esta unidad es la base formal del realismo dogmático de desengaño.
Así, por su determinismo simbólico y formal la novela picaresca se nos presenta en el Guzmán perfectamente cerrada de principio a fin. Las últimas palabras, como lo anunciaban las primeras, acaban por cerrarlo todo:
Aquí di punto y fin a estas desgracias y rematé la cuenta con mi mala vida. La que después gasté todo el restante de ella verás en la tercera y última parte, si el cielo me la diere antes de la eterna que todos esperamos.
Se remata, pues, la vida del pícaro, y con ella esta historia. Este gran teatro, como el de Calderón, tiene así su fin exacto, definición a la cual ha llegado el autor desde lo definido; un fin que, como su principio y todo el largo recorrido que a él nos lleva, ha sido preconcebido por un autor que, desde su atalaya, lo conoce todo, todo lo juzga y lo resuelve para que no quede ningún portillo por el cual pueda entrar la duda. Así, pues, en el Guzmán, la novela picaresca por excelencia, se nos presenta la realidad del mundo desde un solo punto de vista; se la presenta en su engaño y su pecado y se la rechaza.
Y porque la novela está concebida a priori, por arte de los símbolos de la historia misma, de su prehistoria, de los preámbulos y de la intervención continua y directa del autor, la posibilidad de incomprensión es mínima, nula casi. El novelista, dios omnipotente y activo en su creación, al darle una forma inequívoca, correctora y justiciera, ha cerrado toda posibilidad de interpretación (y a punto estuvo de matar el arte de novelar). Si «conceptos representables» eran para Calderón sus obras, concepto novelado,es el Guzmán de Alfarache, cima y resumen de todo lo que la picaresca, desde el Lazarillo, llevaba implícito como visión del mundo y doctrina. El Guzmán es, temática y formalmente, una novela cerrada, didáctica; una novela ejemplar en su realismo dogmático. En suma: mundo contrario al de realismo abierto y humanista de Cervantes.
Desde perspectivas críticas progresistas ha solido verse la novela picaresca, tanto el Lazarillo como el Guzmán, como fundamentalmente crítica de los valores establecidos de las clases dominantes del «Siglo de Oro»: el que el pícaro vea la sociedad toda desde su posición lumpen, desde abajo, seria así la clave de su realismo desmitificador. Lo que haya de verdad en ello no excluye que la ideología dominante en el Guzmán sea un rechazo de la vida toda; su «realismo», por tanto, coincide con lo más cerril y dogmático de una ideología que luchaba ferozmente contra todo cambio. Lázaro termina su autobiografía arrimándose «a los buenos», que son los que mandan; en el Guzmán, con absoluta claridad, la ideología antihumanista y degradante emana toda ya desde el poder mismo de «los buenos»…
(continuará)
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