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HISTORIA SOCIAL DE LA LITERATURA ESPAÑOLA (XXXVI)
Blanco Aguinaga,
Julio Rodríguez Puértolas,
Iris M. Zavala.
El burlador de Sevilla
(…) El gracioso, la mujer osada pero honesta, el amor y los celos, unido todo a la multifacética realidad del casticismo -en cuyo fondo se halla el concepto de la «voluntad imperativa de la persona»- constituyen elementos imprescindibles del teatro lopescu, junto al vitalismo y a la rápida y fácil expresividad. Entre esas características suele señalarse también el apresuramiento narrativo, la esquematización de los personajes y su escasa complejidad, todo ello no sin cierta inexactitud, pues hay excepciones fundamentales, como ocurre en El castigo sin venganza, por ejemplo. La selva teatral de Lope está formada, en primer lugar. por una serie de piezas cortas -loas, entremeses- y de autos sacramentales, en que la realidad cotidiana e ideológica de la España Imperial se transparenta incluso en los momentos más abstrusamente teológicos; para Lope, en verdad, los autos no son otra cosa que comedias a lo divino. Baste recordar el titulado La adúltera perdonada, en que el Esposo-Cristo quiere vengar su honor, manchado por la Esposa-Alma, y manifiesta sus dudas interiores exactamente como lo haría un marido castizo:
Sin esposa esta vez quedo,
perdió amor, faltóle fe.
¿Mataréla? Tengo miedo;
pero si adúltera fue,
la ley me dice que puedo.
Mas un divino temor,
precedido de mi amor,
casi en el brazo me tiene;
pero es justicia, y conviene
usar de aqueste rigor.
El inmenso grupo de comedias lopescas suele dividirse, no sin ciertos confusionismos, en religiosas; mitológicas; de historia clásica y extranjera; de historia española, en que Lope hace un magistral uso de crónicas y leyendas; pastoriles y caballerescas; de inspiración novelesca; de enredo y «capa y espada»; de conflictos sociales campesinos. Lope, el «monstruo de la Naturaleza» que dijera Cervantes, creó escuela; sus imitadores y discípulos formaron legión, Tirso de Molina como ejemplo máximo; no puede comprenderse al propio Calderón sin su antecedente necesario, el Fénix de los Ingenios.
En la nómina de seguidores más destacados de Lope figuran quienes adoptando la fórmula del maestro en mayor o menor grado, no dejan de tener por ello caracteres y personalidad propias.
GUILLÉN DE CASTRO (1569-1630) capitanea el llamado grupo valenciano. Es el comediógrafo del «costumbrismo matrimonial», no exento de crítica y de reflejo de experiencias personales (Los mal casados de Valencia); autor de obras heroico-populares típicamente lopescas (El conde Alarcos) e históricas, como las famosas Mocedades de Rodrigo, montada sobre los conocidos tópicos tradicionales del honor, el deber y el amor, y de otras, en fin, de inspiración cervantina (El curioso impertinente), en que Castro parece iniciar un despegue consciente de los convencionalismos ideológicos habituales; no es simple casualidad que él mismo hubiera cuestionado con sinceridad el rígido concepto del honor en, por ejemplo, El caballero bobo, comedia en que tras identificar ortodoxamente la honra como opinión y de explicar que se pierde con suma facilidad, mas que «Con morir o con matar / por ella, vuelve a cobralla», el héroe se rebela, exclamando: « ... Inhumano / es el que la hizo y entiende; / ¿es ley que a todos comprende?» La respuesta, con todo, es inevitable: «Desde el Rey hasta el villano».
En ANTONIO MIRA DE AMESCUA (1577-1644) es característico su teatro religioso-teológico, en la más pura línea deshumanizadora y alienante, antiintelectual e irracionalista, como ocurre como caso más notorio en El esclavo del demonio, cuyas conexiones Tirso de Molina y con El mágico prodigioso y La devoción de la Tirso de Molina y con El mágico prodigioso. Y La devoción de la Cruz de Calderón indican la importancia concedida a asuntos tales tanto por «los ángeles de la Contrarreforma» como por sus propagandistas teatrales.
LUIS VÉLEZ DE GUEVARA (1579-1644) continúa la tradición lopesca del drama histórico (Reinar después de morir) y campesino (La serrana de La Vera, La luna de la sierra); es también autor de una narración picaresca de gran fama, El diablo cojuelo, que anuncia la deformación y distorsión quevedesca de una realidad desagradable.
El entremesista LUIS QUIÑONES DE BENAVENTE (c. 1589-1651) representa el tono menor de la escena del momento, de intenciones claramente reveladas en el título mismo de su colección: Jocoseria. Burlasveras o reprensión moral y festiva de los desórdenes públicos.
Un joven amigo de Lope, JUAN PÉREZ DE MONTALBÁN (1602-1638), a un nivel inferior, continúa por la senda marcada; sus ideas tradicionales aparecen obvias en su obra sobre Felipe II, El gran Séneca de España.
Pero las figuras más importantes de la «escuela» lopesca son Juan Ruiz de Alarcón y fray Gabriel Téllez, Tirso de Molina.
El mexicano JUAN RUIZ DE ALARCÓN (1581-1639) muestra en su producción dramática una curiosa independencia de pensamiento y de criterio. En efecto, quien se había atrevido a calificar a su público de «bestia fiera», manejando hábilmente su capacidad de análisis psicológico -rasgo distintivo que comparte sólo con Tirso-, ofrece una galería de personajes y de obras en que encarna con escaso lirismo y mucha lógica ciertos elementos negativos del ser humano enmarcado en la sociedad de su época: la realidad y la apariencia en La verdad sospechosa, la murmuración y sus mecanismos en Las paredes oyen, la ingratitud en La prueba de las promesas, el honor problematizado en prácticamente todas sus comedias. Las angustias y dificultades de sus héroes son en verdad internalizaciones de obvias circunstancias y condicionamientos sociales, ideológicos, experimentados por Alarcón mismo, que además de ser un indiano, no era nada airoso físicamente; el mordaz comentario del intransigente y antisemita Quevedo habla por si solo:
Los apellidos de don Juan crecen como los hongos: ayer se llamaba Juan Ruiz; añadiósele el Alarcón, y hoy ajusta el Mendoza, que otros leen Mendacio. ¡Así creciese de cuerpo!, que es mucha carga para tan pequeña bestezuela. Yo aseguro que tiene las corcovas llenas de apellidos.
El escaso conformismo de Alarcón brilla de modo especial en No hay mal que por bien no venga, cuyo personaje central actúa y vive de acuerdo con sus propias normas personales y no con las impuestas a todos los niveles por el sistema: se toca con un sombrero extravagante que no coincide con la moda; come cuando siente hambre y no a horas establecidas; con objeto de no tener que «pasear la calle» de su enamorada, se instala en una casa vecina y, por otra parte, cede el paso de buen grado a un rival antes que batirse en duelo con él, pues, como comenta el interesado, mujeres hay muchas, mas vidas una sola. En cuanto al honor, tampoco tan extraño personaje se adapta a los esquemas: no acepta participar sino como espectador en un juego de cañas caballeresco, pues no siente el menor deseo de tener que arriesgar su vida para vengar las posibles heridas que el toro infligirá a su caballo. Pero, con todo, hay un límite: don Domingo de Blas no duda en poner al tablero lo que sea preciso en defensa directa de su rey, con lo que Alarcón muestra finalmente su intención: la crítica de los falsos valores de la nobleza ya degenerados y transformados en un juego fantasmal y siniestro de honor y de orgullo. Se trata de un ejemplo de la lucha contra lo establecido alienante, de una defensa de la autonomía de la persona frente a un ambiente asfixiante. Mas parece algo exagerado hablar, como se ha hecho, del «sentimiento democrático» del teatro de Ruiz de Alarcón.
Todavía se discute la posibilidad de que el fraile mercedario que popularizó su pseudónimo de TIRSO DE MOLINA (1583-1648) fuese un bastardo de la casa ducal de Osuna, lo que explicaría, al menos en parte, el agudo sentimiento antinobiliario que puede apreciarse en sus obras («La desvergüenza en España / se ha hecho caballería», se dice en El burlador de Sevilla). Tirso es desterrado de Madrid en 1625, al tiempo que se le prohibe seguir escribiendo comedias, oficialmente por el “escándalo” que supone la existencia de un fraile literato, mas sin duda por razones de tipo político y como consecuencia de lo que se ha llamado apropiadamente su «teatro de oposición»; parece claro que el poderoso conde-duque de Olivares no fue ajeno a tal castigo. Tirso es considerado como el representante máximo de la escuela teatral de Lope, a quien sigue incluso en fecundidad. Sin embargo, y siendo esto así, destaca con valores propios y muy específicos dentro del mundo escénico de la época. Sus comedias, en efecto, ofrecen unas notas muy distintivas de profundidad psicológica y de realismo, comparables a las de Ruiz de Alarcón, y muy superiores al por lo general esquemático, manierista incluso, teatro de la Edad Conflictiva, con un agudo sentido del humor Y con ocasionales pero significativos toques conceptistas. Quizá sea lo más característico de su teatro su especial tratamiento de la mujer, muy alejado de los tópicos convencionales: digna y superior al hombre en unos casos, osada en la defensa de sí misma y de sus intereses en otros.
En El castigo del Penséque, una dama se subleva ante la imposibilidad femenina de igualarse con el hombre en la defensa social del honor:
pero que en la ley de Dios
iguales vengan a ser
los delitos del marido
y la esposa, y que en el suelo
haya el vulgo establecido
venganza en leyes del duelo
para el esposo ofendido
y no para la mujer,
esa es terrible crueldad.
Y en La dama del olivar las cosas aparecen mucho más claras
todavía, con tonos tan radicales como modernos:
¿Y nosotras que sufrimos,
que hechas esclavas vivimos
aguándonos los placeres
vosotros; de hijos cargadas;
ya callando, ya meciendo,
mil dolores padeciendo
nueve meses de preñadas,
siempre con temor y susto
de que el parto nos asombre,
dejándonos cualquier hombre
la pena y llevando el gusto?
El tema del honor también suele diferir en Tirso de lo rutinario, humanizándolo con una sensibilidad crítica muy atractiva. Pero el mercedario, a pesar de todo, presenta sus propias contradicciones, como cuando en La prudencia en la mujer hace su aparición el antiintelectualismo unido al antisemitismo: los reyes precisan, por ejemplo, «médicos sabios» que sean hidalgos y cristianos viejos: «Hablo en esto de experiencia, / y sé en cualquier facultad / que suele la cristiandad / alcanzar más que la ciencia.» En esta obra, sin embargo, la figura de doña María de Molina aparece con fuerza y emotividad notables en medio del sórdido ambiente de las conspiraciones nobiliarias medievales. El vergonzoso en palacio, Marta la piadosa, Don Gil de las calzas verdes, La villana de Vallecas, son comedias en que también lucen sus mujeres atrevidas y complejas. Pero las obras más importantes de Tirso son, con mucho, El condenado por desconfiado y El burlador de Sevilla, muy diferentes entre sí y al mismo tiempo complementarias, pues, como se ha dicho, si la primera expresa precisamente lo que indica su título, la segunda podría llamarse «El condenado por demasiado confiado». En El condenado hallamos, más allá de un poderoso dramas del marido teológico sobre la libertad y la predestinación -dentro de la gran polémica de la época entre el dominico Báñez, fatalista en cierto modo, y el jesuita Molina, más optimista -una tragedia auténticamente humana: la del hombre y su destino. Tirso estructura la obra en torno a la pareja de signo contrario formada por Paulo y el bandido Enrico: será éste quien finalmente se salve y el primero quien se condene, en un sorprendente pero al mismo tiempo lógico desenlace, todo ello enmarcado en una tensa arquitectura teatral.
Es El burlador de Sevilla la obra por muchos conceptos cumbre de Tirso de Molina, creador con ella, como correctamente suele afirmarse, del mito de Don Juan de significación universal. Notas fundamentales de este drama son su carácter antiaristocrático, al insistir en las características de ese señorito andaluz que es don Juan Tenorio: rico, ocioso, desvergonzado, mentiroso y «burlador», que logra a las mujeres o por su dinero o por su astucia (« ... El mayor / gusto que en mí puede haber / es burlar una mujer /y dejarla sin honor»). No habrá perdón para él -al contrario que en la romántica e idealista versión de Zorrilla- y será precipitado en los infiernos en la sobrecogedora y aleccionadora escena final, que llega inexorablemente a pesar del donjuanesco «¡Qué largo me lo fiáis!» El personaje de Tirso es, con todo, fascinante, y en su arrebato y violencia ha podido ser definido como producto directo de la época imperial española, también exultante y también confiada. Mas no se olvide:
Don Juan es convenientemente castigado, el desorden se disuelve
en el orden, y la superficie de la estática laguna hispánica recupera
su calma habitual.
Tirso es también un fino prosista en sus dos colecciones, Cigarrales de Toledo y Deleitar aprovechando (de título tan significativo como característico); en la primera de estas misceláneas figura una importante defensa de los principios del Arte nuevo de hacer comedias…
(continuará)
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