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ENSAYOS
Michel de Montaigne
CAPÍTULO XXX
DE UNA CRIATURA MONSTRUOSA
Este capítulo va sin comentarios, pues dejo a los médicos la tarea de discurrir sobre el caso. Anteayer vi a una criatura, a quien llevaban dos hombres y una mujer que le servía de nodriza, los cuales dijeron ser su padre, su tío y su tía. La mostraban, por su rareza, para ganarse la vida, y era en todo aparentemente ordinaria (a diferencia de lo que diré luego): se sostenía sobre ambos pies, andaba y hacía gorgoritos casi como las demás criaturas de su edad. No se había nutrido aún de otro alimento que la leche de su nodriza, y lo que le pusieron en la boca en mi presencia lo mascó un poco y lo arrojó, sin tragarlo; sus gritos parecían tener algo de característico, y su edad era de catorce meses justos. Por debajo de las tetillas estaba cogida y pegada a otro muchacho sin cabeza, que tenía cerrado el conducto trasero; el resto del cuerpo era perfecto, pues si bien un brazo lo tenía más corto que el otro, la causa fue que se le había roto por accidente cuando nació. Los dos estaban unidos frente a frente, como si un niño pequeño quisiera abrazar a otro un poco más grandecito. El espacio y juntura por donde se sostenían era solo de cuatro dedos aproximadamente, de suerte que, levantando la criatura imperfecta, se hubiera visto el ombligo de la otra; la soldadura acababa en las tetillas. El ombligo del imperfecto no se podía ver, pero sí todo el resto de su vientre. Lo que no estaba pegado, como los brazos, los muslos, el trasero y las piernas, pendía y colgaba del otro y le llegaba como a media pierna. La nodriza nos dijo que orinaba por los dos conductos, de modo que los miembros de la criatura imperfecta se nutrían y vivían lo mismo que los de la otra, salvo que eran algo más pequeños y menudos. Este cuerpo doble y estos miembros diversos relacionados con una sola cabeza podrían procurar al rey un pronóstico favorable para mantener bajo la unión de sus leyes las diversas partes de nuestro Estado; pero temiendo lo que pudiera sobrevenir, vale más no parar mientes en él, pues no hay posibilidad de adivinar sino en circunstancias ya consumadas, «para que cuando los hechos tengan lugar puedan armonizarse con la profecía, mediante la interpretación que mejor convenga»; como se dice en Epiménides, que adivinaba las cosas pasadas.
En Médoc acabo de ver a un pastor de unos treinta años, que no presenta ninguna huella de órganos genitales: tiene solo tres agujeros por donde segrega la orina continuamente; es bien barbado, siente deseo y busca el contacto femenino.
Lo que nosotros llamamos monstruos no lo son a los ojos de Dios, quien ve en la inmensidad de su obra la infinidad de formas que comprendió en ella. Es de presumir que esta figura que nos sorprende se relacione y fundamente en alguna otra del mismo género desconocida para el hombre. De la infinita sabiduría divina nada emana que no sea bueno, natural y conforme al orden, pero nosotros no vemos la correspondencia y relación.
Lo que vemos a diario no nos admira aun cuando ignoremos por qué acontece; lo que nunca se ha visto, cuando por primera vez ocurre, parece maravilloso.
Llamamos contra natura lo que va contra la costumbre; nada subiste si está en armonía con lo natural, sea lo que sea. Que esta universal y natural razón desaloje de nosotros el error y la sorpresa que la novedad nos procura.
[ Fragmento de: Michel de Montaigne. “Ensayos” ]
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