domingo, 25 de junio de 2023

 

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Intervenciones de la CIA y del Ejército de los Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial / 02

 

WILLIAM BLUM

 

 

INTRODUCCIÓN

 

Breve historia de la Guerra Fría y el anticomunismo

 

 

(…) La palabra “comunista” (al igual que ““marxista”) ha sido de uso y abuso tan repetido por parte de los dirigentes norteamericanos y los medios de prensa que prácticamente ha agotado su significación (la izquierda ha hecho lo mismo con el vocablo “fascista”). Pero la sola existencia de una denominación para algo —ya sean brujas o platillos voladores— le confiere cierta credibilidad al fenómeno.

 

Al mismo tiempo, el público norteamericano, tal como hemos visto, ha sido ampliamente acondicionado para reaccionar según la teoría pavloviana ante el término: este representa, todavía, los peores excesos de Stalin, desde las purgas generalizadas hasta los campos de trabajo forzado en Siberia; representa, como ha observado Michel Parenti, que

 

“las predicciones clásicas marxista-leninistas [acerca de la revolución mundial] son tratadas como enunciados que dirigen intencionadamente todas las acciones comunistas en la actualidad”.

 

Esto significa “nosotros” contra “ellos”.

 

Y “ellos” puede significar un campesino de Filipinas, un pintor muralista en Nicaragua, un primer ministro legalmente elegido en Guayana Británica, o un intelectual europeo, un camboyano neutral, un nacionalista africano... todos forman parte de algún modo de la misma conspiración monolítica; cada uno constituye, de alguna manera, una amenaza al modo de vida americano; no hay tierra demasiado pequeña, o demasiado pobre, o demasiado lejana para que no pueda representar una “amenaza comunista”.

 

Los casos presentados en este libro demuestran que no tiene la menor relevancia si los objetos particulares de intervención —ya sean individuos, partidos políticos, movimientos o gobienos— se consideran “comunistas” o no. No ha importado mucho si se trataba de estudiosos del materialismo dialéctico o si nunca oyeron hablar de Karl Marx; si eran ateos o sacerdotes; si había en escena un Partido Comunista bien organizado e influyente o no; si el gobierno había llegado al poder por medio de una revolución violenta o en pacíficas elecciones... todos constituían enemigos, todos eran “comunistas”.

 

Menor importancia ha tenido incluso la participación o no de la KGB soviética. Con frecuencia se ha afirmado que la CIA lleva a cabo sus operaciones sucias como reacción ante operaciones “muchos peores” de la KGB. Esta es una mentira generalizada. Puede haber ocurrido un incidente aislado de este tipo en la trayectoria de la CIA, pero de ser así se le ha mantenido cuidadosamente oculto. La relación entre las dos siniestras agencias está marcada más por la fraternización y por el respeto entre profesionales del mismo ramo que en el combate cuerpo a cuerpo. El ex oficial de la CIA John Stockwell escribió:

 

En realidad, al menos en operaciones de rutina, los oficiales de caso temen en su mayoría a los embajadores norteamericanos y su personal, y luego, a las orientaciones restrictivas de los altos mandos, y a los vecinos curiosos y chismosos de la comunidad local, como amenazas potenciales para el desarrollo de las operaciones. A continuación habría que situar a la policía local y luego a la prensa. El último de la lista es la KGB —en mis doce años de trabajo como oficial de caso nunca vi o escuché una situación en la cual la KGB atacase u obstruyese una operación de la CIA.

 

Stockwell agrega que los diferentes servicios de inteligencia no desean que su mundo se ““complique” con peleas entre ellos.

 

Esto no se hace. Si a un oficial de caso de la CIA se le pincha una goma en medio de la noche en un camino abandonado, no vacilaría en aceptar que un oficial de la KGB lo lleve. —probablemente los dos se detengan en algún bar a compartir un trago. De hecho los oficiales de la CIA y la KGB con frecuencia se visitan en sus hogares. Los expedientes de la CIA están repletos de referencias a tal tipo de relación en casi cada una de las estaciones africanas.

 

Los que proponen “combatir el fuego con el fuego” se acercan a veces de manera peligrosa a plantear que si la KGB, por ejemplo, tuvo que ver con el derrocamiento del Gobierno checoeslovaco en 1968, está bien que la CIA haya tenido que ver con el derrocamiento del Gobierno chileno en 1973. Es como si la destrucción de la democracia por la KGB depositara fondos en una cuenta bancaria y la CIA estuviera entonces justificada para hacer retiros.

 

¿Qué hay en común entre los diferentes objetivos de intervención norteamericana que les ha atraído la ira y, con frecuencia, la agresión armada de la nación más poderosa de la Tierra? Prácticamente en cada caso que ha tenido lugar en el Tercer Mundo y que aparece descrito en estas páginas, hay, de una forma o de otra, una política de “autodeterminación”: el deseo, nacido de una necesidad evidente de la práctica de principios, de seguir una senda de desarrollo independiente de los objetivos de la política externa de Estados Unidos. De manera más común, esto se ha manifestado en:

 

a) la ambición de liberarse de la servidumbre económica y política a los Estados Unidos;

 

b) la negativa a minimizar las relaciones con el bloque socialista (cuando este existía) o a suprimir la izquierda nacional, o a dar la bienvenida a una instalación norteamericana en su territorio; en resumen, el rehusar convertirse en un peón de la Guerra Fría, y

 

c) el intento de cambiar o sustituir un gobierno que no esté interesado en ninguna de estas aspiraciones, lo que equivale a decir, un gobierno apoyado por Estados Unidos.

 

 

Nunca se repetirá bastante que tal política de independencia ha sido sostenida y expresada por numerosos líderes tercermundistas y por revolucionarios, no como una definición de antiamericanismo o pro comunismo, sino simplemente como una determinación de mantener una posición de neutralidad y no alineamiento ante las dos superpotencias (antes de la caída de la Unión Soviética). Una y otra vez, sin embargo, se verá que los Estados Unidos no estaban preparados para aceptar esta propuesta. Árbenz, en Guatemala; Mossadegh, en Irán; Sukarno, en Indonesia; Nkrtmah, en Ghana; Jagan, en Guayana Británica; Sihanouk, en Camboya... todos debían declararse alineados de forma inequívoca con “el Mundo Libre”, insistía el Tío Sam, o de lo contrario sufrir las consecuencias.

 

Nkrumah planteó la no alineación de la forma siguiente:

 

El experimento que intentamos en Ghana era en esencia el de desarrollar el país en cooperación con el mundo en su conjunto. La no alineación significa exactamente lo que dice. No éramos hostiles a los países del mundo socialista en la forma en que los gobiernos de los antiguos territorios coloniales lo eran.

 

Debe recordarse que mientras Gran Bretaña proseguía en casa la coexistencia con la Unión Soviética, no se permitió nunca que esto se extendiera a los territorios coloniales británicos. Libros sobre socialismo, que eran publicados y circulaban libremente en Gran Bretaña, eran prohibidos en el imperio colonial británico, y después de que Ghana fue independiente, se asumió en la comunidad internacional que debíamos continuar el mismo enfoque ideológico restringido. Cuando nos comportamos como lo hacen los británicos en sus relaciones con los países socialistas, somos acusados de ser pro rusos y de introducir las ideas más peligrosas en África.

 

Esto es uná reminiscencia del Sur norteamericano del siglo xix, cuando muchos sureños se sintieron gravemente ofendidos porque muchos de sus esclavos negros desertaron para unirse al Norte durante la Guerra de Secesión. Habían creído en verdad que los negros debían estar agradecidos por todo lo que sus amos blancos habían hecho por ellos, y qué estaban felices y satisfechos con su suerte. El destacado cirujano y sicólogo de Luisiana Dr. Samuel A. Cartwright argumentaba que muchos de los esclavos sufrían de una forma de enfermedad mental que llamó drapetomania, diagnosticada por la incontrolable urgencia de escapar de la esclavitud. En la segunda mitad del siglo xx, esta enfermedad, en el Tercer Mundo, ha sido comúnmente llamada “comunismo”.

 

Quizás el reflejo más profundamente entronizado de anticomunismo es. la creencia de que la Unión Soviética (o Cuba, o Vietnam, etc., actuando como agentes de Moscú) es una fuerza clandestina que acecha detrás de la fachada de la autodeterminación, agitando la hidra de la revolución, o simplemente de los problemas, aquí, allá, y en todas partes; es esta una nueva encarnación, aunque a una escala mucho mayor, del proverbial concepto del “agitador foráneo”, aquel que ha aparecido de manera regular a través de la historia: el rey Jorge culpaba a los franceses por incitar la revolución de las Trece Colonias... los desilusionados granjeros norteamericanos y veteranos que protestaban contra sus paupérrimas circunstancias económicas después de la revolución (lá rebelión de Shays) fueron acusados de ser agentes británicos que trataban de dar al traste con la nueva república... las huelgas a fines del siglo XIX en Estados Unidos eran achacadas a los “anarquistas” y “extranjeros”: durante la Primera Guerra Mundial, a los “agentes alemanes”, y después de la guerra, a los “bolcheviques”.

 

Y en la década de 1960, según afirmó la Comisión Nacional sobre las Causas y Prevención de la Violencia, J. Edgar Hoover

 

“ayudó a diseminar la idea entre los miembros de la policía de que cualquier tipo de protesta masiva se debía a una conspiración promulgada por agitadores, con frecuencia comunistas, “quienes descarriaban a personas que de otro modo hubieran estado satisfechas”.

 

 

Esta última frase es la clave, en ella se concentra la mentalidad de conspiración de los que detentaban el poder —la idea de que nadie, excepto aquellos que viven bajo el enemigo, podría sentirse tan miserable y descontento como para recurrir a la revolución o, siquiera, a la protesta; eso sólo podía ocurrir si un agitador foráneo los conducía por ese camino.

 

En concordancia con esto, si Ronald Reagan hubiese aceptado que las masas de El Salvador tenían buenas razones para levantarse contra su despiadada existencia. Esto habría cuestionado su acusación y el razonamiento en que se basó la intervención norteamericana de que los salvadoreños estaban instigados principalmente (o acaso de manera única) por la Unión Soviética y sus aliados cubanos y nicaragiienses: ese, al parecer, poder mágico de los comunistas, que pueden en cualquier parte, con un movimiento de su roja mano, transformar gentes pacíficas y felices en furiosos guerrilleros. La CIA sabe cuán difícil resulta esto. La Agencia, como veremos, trató de hacer estallar revueltas en China, Cuba, Unión Soviética, Albania y en todas partes en Europa del Este, con una curiosa falta de éxito. Los escribas de la Agencia han culpado de estos fracasos a la naturaleza “cerrada” de las sociedades en cuestión. Pero en los países no comunistas, la CIA ha tenido que acudir a golpes militares o a trampas ilegales para colocar a su gente en el poder. Nunca ha logrado encender la chispa de la revolución popular.

 

Para Washington conceder mérito y virtud a una insurgencia particular del Tercer Mundo provocaría además la pregunta: ¿Por qué Estados Unidos no toma el lado de los rebeldes si se siente obligado a intervenir? No sólo esto resultaría un mejor servicio para la causa de los derechos humanos y la justicia, sino que habría privado a los rusos de su supuesto papel. ¿Qué mejor modo de frustrar la conspiración comunista internacional? Pero esta es una pregunta que no se atrevería nunca a ser formulada en la Oficina Oval, una pregunta que es relevante para muchos de los casos explicados en este texto.

 

En lugar de eso, los Estados Unidos permanecen fieles a su ya demasiado conocida política de establecer o apoyar a las tiranías más viles del mundo, cuyos crímenes contra sus propios pueblos se reflejan a diario en las páginas de nuestros periódicos: masacres brutales, torturas sistemáticas y sofisticadas, golpizas públicas, disparos de soldados y policías contra las multitudes, escuadrones de la muerte apoyados por el gobierno, decenas de miles de desaparecidos, privaciones económicas extremas... una forma de vida que es virtualmente un monopolio de los aliados de Estados Uni- dos, desde Guatemala, Chile y El Salvador hasta Turquía, Pakistán e Indonesia, todos miembros en buena posición dentro de la Guerra Santa contra el Comunismo, todos miembros del Mundo Libre”, esa región de la cual oímos hablar tanto y vemos tan poco.

 

Las restricciones de las libertades civiles descubiertas en el bloque comunista, tengan la severidad que tengan, son pálidas en comparación con los Auschwitzes del “Mundo Libre” y, excepto en ese curioso paisaje mental habitado sólo por el Complejo Anticomunista, tienen muy poco o nada que ver con las diversas intervenciones norteamericanas que se hacen pretendidamente para la causa del bien más alto.

 

Es interesante advertir que tal como constituye un lugar común para los dirigentes norteamericanos hablar de libertad y democracia mientras apoyan a dictaduras, también los líderes rusos hablaron de guerras de liberación, antimperialismo y anticolonialismo pero hicieron muy poco por promover estas causas, a pesar de la propaganda norteamericana en sentido contrario. A los soviéticos les gustaba presentarse como los campeones del Tercer Mundo, pero se mantuvieron haciendo poco más que chasquear la lengua mientras movimientos y gobiernos progresistas, e incluso partidos comunistas, en Grecia, Guatemala, Guayana Británica, Chile, Indonesia, Filipina y otros lugares eran derribados con la complicidad de Estados Unidos.

 

A inicios de la década de 1950, la Agencia Central de Inteligencia instigó varias incursiones militares en China comunista. En 1960 aviones de la CIA, sin ninguna provocación previa, bombardearon la nación soberana de Guatemala. En 1973, la Agencia alentó una sangrienta revuelta contra el Gobierno de Iraq. En los medios de prensa norteamericanos del momento, y por tanto en la mente de los estadounidenses, estos hechos no tuvieron lugar.

 

“No sabíamos lo que pasaba”, se convirtió en un cliché utilizado para ridiculizar a los alemanes que alegaron ignorancia de lo que ocurría bajo el Gobierno nazi. Sin embargo, ¿era esta respuesta tan absurda como nos gustaría creer? Resulta conveniente reflexionar que en esta época de comunicación inmediata en todo el mundo, Estados Unidos ha sido capaz, en muchas ocasiones, de montar una operación militar a gran o pequeña escala, o de llevar a cabo otra forma de intervención, con igual atrevimiento, sin que el público norteamericano tenga conocimiento de ello hasta años después, si llega a saberlo. A menudo la única información de un hecho, o de la participación en él de los Estados Unidos, es una referencia casual a que un gobierno comunista ha levantado acusaciones al respecto —justo el tipo de noticias que el público está condicionado a desestimar, y luego la prensa no da seguimiento a esta noticia; de esa misma forma el pueblo alemán fue aleccionado en cuanto a que cualquier reporte de crímenes cometidos por los nazis que proviniese del extranjero no era más que propaganda comunista.

 

Con pocas excepciones, las intervenciones nunca figuran en los titulares o en las noticias vespertinas de la televisión. En algunos casos, partes y detalles de lo sucedido han aflorado aquí y allá, pero es muy raro que se logren integrar para constituir un conjunto inteligible; los fragmentos aparecen por lo general mucho después de lo ocurrido, sepultados convenientemente dentro de otras historias, y de igual forma convenientemente olvidados, resurgiendo a la superficie sólo cuando circunstancias extraordinarias obligan a ello, como en el caso de los iraníes que tomaron como rehenes al personal de la Embajada y a otros norteamericanos en Teherán en 1979, lo que provocó una serie de artículos acerca del papel desempeñado por Estados Unidos en el derrocamiento del Gobierno iraní en 1953. Era como si los editores hubiesen sido compulsados a preguntarse:

 

“¿Qué hicimos con exactitud en Irán que llevó a esta gente a odiarnos tanto?”

 

Un montón de casos como el de Irán han tenido lugar en el pasado reciente de los Estados Unidos, pero sin que el New York Daily News o Los Angeles Times se dediquen a agarrar al lector por el cuello y restregarle en la cara todas las implicaciones del asunto, y sin que la NBC lo transforme en imágenes de personas reales en sus receptores, la gran mayoría de los norteamericanos puede afirmar con toda honestidad:

 

“No sabíamos lo que estaba pasando”.

 

El antiguo premier chino Chou En-lai observó en cierta ocasión: “Una de las delicias acerca de los americanos es que carecen absolutamente de memoria histórica”. Probablemente es incluso peor que eso. Durante el accidente en la planta nuclear de Three Mile Island en Pennsylvania en 1979, un periodista japonés, Atsuo Kaneko, del Japanese Kyoto News Service, pasó varias horas entrevistando a las personas que habían sido albergadas temporalmente en una pista de hockey -——en su mayoría niños, mujeres embarazadas y madres jóvenes. Descubrió que ninguna de ellas había escuchado hablar sobre Hiroshima. Cuando les mencionaba el nombre no les sugería nada.

 

Y en 1982, un juez en Oakland, California, confesó haberse sentido consternado al comprobar durante el interrogatorio de cerca de cincuenta posibles jurados en proceso de selección para un juicio en el cual se pedía la pena de muerte, que “ninguno de ellos sabía quién fue Hitler”.

 

En lo que respecta a la oligarquía de la política externa en Washington, se trata de algo más que de una “delicia”, es un requisito indispensable esta falta de memoria histórica.

 

El registro completo de las intervenciones norteamericanas en otros países está tan soslayado que cuando, en 1975, se le solicitó al Servicio de Investigación de la Biblioteca del Congreso llevar a cabo un estudio de las actividades encubiertas de la CIA hasta ese momento, sólo le fue posible presentar una porción muy reducida de los incidentes en el extranjero en relación con los que exponemos en este libro para ese mismo periodo.

 

 

En cuanto a la información que, ha logrado abrirse paso en la conciencia del individuo común, o en los libros de texto, enciclopedias y otros materiales de referencia, resulta tan escasa que podría considerarse que ha regido una estricta censura.

 

El lector puede consultar las secciones relevantes de tres importantes enciclopedias: Americana, Britannica y Colliers. La imagen de las enciclopedias como: el depósito final y más abarcador del conocimiento objetivo resulta seriamente afectada. La causa más sobresaliente de esta ausencia de reconocimiento de las intervenciones norteamericanas, puede radicar en que estas estimables obras utilizan un criterio similar al de los funcionarios de Washington, tal como se refleja en los documentos del Pentágono. El New York Times resume este fenómeno de extraordinario interés de la siguiente forma:

 

La guerra clandestina contra Vietnam del Norte, por ejemplo, no es vista [.] "como violatoria de los Acuerdos de Ginebra de 1954, con los cuales se puso fin a la guerra franco-indochina, o como contradicción con los pronunciamientos políticos públicos de varias administraciones presidenciales. La guerra clandestina, dado que es encubierta, no existe en lo que concierne a tratados y postura pública. Más allá incluso, los compromisos secretos con otras naciones no se consideran infracciones de las legislaciones del Senado, por cuanto no son reconocidos públicamente.”

 

La censura de facto que deja a tantos norteamericanos en la más completa ignorancia acerca de la historia de las relaciones exteriores de Estados Unidos, puede ser mucho más efectiva porque no es en gran medida oficial, extremista o producto de una conspiración, y en cambio está entretejida con toda naturalidad dentro del sistema educacional y los medios. No se necesita de conspiración alguna. Los editores del Reader Digest y del U. S. News and World Report no tienen que entrevistarse entre bastidores con los representantes de la NBC y del FBI] en casas de seguridad para planificar lo que va a difundirse en las noticias y programas del mes siguiente, pues la simple realidad es que estos individuos no habrían llegado a las posiciones que ocupan: si ellos mismos no hubiesen atravesado el mismo túnel de historia camuflada, del cual emergieron con la misma memoria selectiva e idéntico saber convencional.

 

“El levantamiento en China es una revolución, y si la analizamos, veremos que fue promovida por las mismas razones que promovieron las revoluciones inglesa, francesa y norteamericana”.

 

Esta frase expresa un sentimiento generoso y cosmopolita de Dean Rusk, por entonces secretario asistente para el Extremo Oriente. y más tarde secretario de Estado. En el mismo momento en que Mr. Rusk dio a conocer este comentario en 1950, otras personas del Gobierno se ocupaban activamente de planear la caída del Gobierno chino. Esto es un fenómeno común, pues en muchos de los casos que se describen en las páginas siguientes, pueden encontrarse afirmaciones de funcionarios de alto nivel o de nivel medio en Washington que cuestionan la política de intervención, y expresan dudas basadas ya sea en principios (a veces lo más positivo del liberalismo nortéamericano) o en la preocupación de que la tal intervención no sea de utilidad para fines valederos, y pueda terminar incluso en un desastre. Le he conferido poca importancia a estas expresiones de discrepancia, pues lo mismo han hecho los estrategas de la política de Washington de quienes puede esperarse siempre que jueguen la carta del anticomunismo, si se suscita una controversia a la hora de tomar decisiones. Al presentar las intervenciones en esta forma, estoy asumiendo que la política exterior norteamericana es lo que la política exterior norteamericana hace…

 

(continuará)

 

 

[ Fragmento de: “INTERVENCIONES DE LA CIA…” / William Blum ]

 

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4 comentarios:

  1. "Libros sobre socialismo, que eran publicados y circulaban libremente en Gran Bretaña, eran prohibidos en el imperio colonial británico..."

    En las cocinas "democráticas" cabe cualquier ingrediente por extremo que sea, siempre y cuando enriquezca la olla del capital. La libertad de "decir", no importa qué, está garantizada e incluso generosamente premiada, la praxis... ay amigo, eso ya es otra cosa. Las colonias han de permanecer "analfabetas", vaya a ser que aprendan la verdadera relación del pan y el capital, y actúen en consecuencia.

    Salud y comunismo

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    1. Resulta muy significativo que un libro como este lo escribe un ex agente de la CIA, nadie mejor informado sobre las secretas tripas del monstruo imperialista, y que su traducción al español se haga precisamente en Cuba y no en ‘El Jardin’ de la arrogante potencia editorial UNA, GRANDE Y LIBRE.

      Porque puestos a sembrar ‘ignorancia’, ya escribió Michael Parenti sobre el analfabetismo vigente también en la metrópoli:

      “Los magnates de los negocios son tratados como héroes americanos. De hecho, ninguno de ellos fueron héroes, y muchos ni siquiera eran americanos. Los Venderbilts eran holandeses, el primer DuPont era francés, Carnegie nació en Escocia, el primer Guggenheim fue un judío suizo y el primer Astor nació en Alemania”.


      Salud y comunismo

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    2. Por cierto, abundando en lo de las "cocinas democráticas", esta significativa (y dolorosa) cita del prólogo de 'Miseria, grandeza y agonía del PCE', libro de Gregorio Morán que me enviaste hace poco y que estoy leyendo:

      "¿Y qué sucedió con el resto de los 8.000 ejemplares que según el responsable editorial se habían impreso? Los que no se vendieron en los primeros meses sospecho que fueron retirados al almacén central de Barcelona y, pasados varios años, se vendieron de saldo en grandes superficies. Me consta que una amplia remesa se liquidó en la librería de El Corte Inglés de la Plaza de Cataluña, en Barcelona, a 100 pesetas; hoy diríamos a medio euro. Últimamente –me refiero a 2017–, la obra alcanza precios escandalosos en el mercado editorial de libros antiguos. Burlas de la historia".

      Salud y comunismo

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    3. Abundo con un fragmento del libro de Fonsi Loaiza. “Florentino Pérez, el poder del palco”:

      «(…) Colaborador del diario Público y socio fundador del medio extinto “Cuarto Poder”, Escudier ha sido asesor del gabinete del Ministerio de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana de José Luis Ábalos, secretario de organización del PSOE, y estaba dentro del consejo de administración de la empresa pública con gestión privada Ineco (Ingeniería y Economía del Transporte, S. A.). Como casos singulares describe que Florentino fue la única persona que logró que los funcionarios municipales trabajaran los fines de semana, que campaba a sus anchas por el Ministerio de Industria o que fue el delegado de Gobierno más joven de la Transición con veintinueve años como delegado de Saneamiento y Medio Ambiente en el Ayuntamiento de Madrid en 1976. Esta obra valiente y crítica muestra los vericuetos de Florentino para relacionarse con contratistas de la administración y tejer redes de intereses. «Sus relaciones personales cultivadas en incontables comidas y veladas, el de ese amiguismo que ocupa un espacio difuso entre el legítimo interés y el tráfico de influencias», relata Escudier. Hay que mencionar que narra cómo Florentino expuso a Simancas que mandaba más en el PSOE que él, o su amor rotundo con Ferreras…

      El periodista Escudier aparecía por esas fechas como uno de los objetivos de espionaje en la lista del excomisario Villarejo. El editor Ramón Akal explicó a la periodista Rosa María Artal cómo enviaban a las grandes librerías ejemplares que desaparecían en diez minutos después de abrir. Todo ello, a pesar de que, parafraseando una frase atribuida a Manuel Azaña, en España muchas veces la mejor manera de guardar un secreto es escribir un libro. El muro que protege a Florentino Pérez ha sido infranqueable salvo en contadas excepciones…”

      (te envío el libro sobre el capo Florentino, crónica documentada que no tiene desperdicio sobre sus ‘negocios’ con Carmena, Esperanza Aguirre, Gallardón, Ayuso, Aznar…)


      Salud y comunismo

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