lunes, 19 de febrero de 2024

 

[ 535 ]

 

EL MÉTODO YAKARTA

 

Vincent Bevins

 

(…)

 

 

03

Apretar las tuercas,

bombardear las islas

 

 

BOMBAS EN AMBON

 

Con la izquierda indonesia cada vez más segura de que Washington estaba en cierto modo detrás de la creciente guerra civil, la aldea de Sakono recibió una copia del Harian Rakyat con una viñeta en portada. El titular que coronaba la ilustración decía: «Dos sistemas: dos morales». A la izquierda, la Unión Soviética lanzaba algo al cielo: el Sputnik, el primer satélite puesto en órbita por la humanidad, que había sido una herramienta propagandística fabulosa para el comunismo mundial durante todo el año. A la derecha, Estados Unidos arrojaba algo desde el cielo: bombas. Sobre Indonesia.

 

Howard Jones estaba de vuelta, trabajando en Washington, mientras todo esto sucedía, hasta que sintió una metafórica mano en el hombro. El presidente Eisenhower le pidió que regresara a Indonesia. Esta vez sería el embajador de Estados Unidos. En cuanto volvió a pisar las islas, tuvo que hacer frente a un Gobierno que cada vez sospechaba más de Estados Unidos.

 

Apenas días después de que «Sonrisas» Jones presentara sus credenciales, en marzo de 1958, el ministro de Exteriores de Sukarno le pidió hablar con él. Subandrio, un diplomático delgado, con gafas y meditabundo que había intentado recabar apoyos internacionales desde Londres durante la lucha por la independencia de Indonesia, pidió al nuevo embajador estadounidense, con la mayor educación posible, que justificara el lanzamiento en paracaídas de un alijo de armas para los rebeldes. Había ametralladoras, subfusiles Sten y bazucas, y las armas llevaban la marca de un fabricante de Plymouth (Michigan).

 

Jones dijo no saber nada de aquello, y señaló que las armas estadounidenses se podían adquirir en el mercado libre por todo el mundo.

 

Subandrio dio un paso atrás y subrayó que no quería dar a entender que Washington estuviera armando a los que pretendían romper Indonesia. Con cuidado y midiendo sus palabras, no obstante, volvería a referirse a la cuestión varias veces. Subandrio estaba siendo extremadamente cauteloso para no enfrentarse ni ofender al nuevo embajador. Esta es la forma javanesa estereotipada de abordar temas sensibles: se bailotea alrededor de la cuestión de manera sugerente, incluso con amigos cercanos, y aquel era un representante de la nación más poderosa de la tierra. Poco a poco, Jones entendió que el ministro de Exteriores estaba convencido de que los rebeldes recibían apoyo externo, aunque no lo expresara abiertamente. Pero terminó por hacerlo. Subandrio adujo que su Gobierno consideraba que alguien estaba detrás de la rebelión, pero no llevó la acusación más allá. Jones sabía que sus jefes simpatizaban con la rebelión —todos ellos—, pero no tenía nada que admitir y la reunión se dio por concluida.

 

Poco después, Jones se encontró con Hatta, el revolucionario indonesio más importante después de Sukarno. Al igual que Subandrio, Hatta llevaba gafas y el peci, el tradicional sombrero plano, la versión indonesia del fez (una estética muy popular entre los primeros revolucionarios de Indonesia). Los dos hombres charlaron sobre la logística de la rebelión y Hatta dejó claro que compartía el compromiso de Washington de combatir el comunismo. Sin embargo, afirmaba, esta rebelión era una cuestión completamente diferente y la consideraba una amenaza a la propia Indonesia. Concluyeron la reunión. Sin embargo, cuando Jones daba media vuelta para marcharse, Hatta le ofreció al nuevo embajador una información dirigida directamente a sus preocupaciones.

 

—Desde el punto de vista de Estados Unidos, no podrían tener un hombre mejor de jefe de Estado Mayor en el Ejército indonesio —dijo Hatta, refiriéndose al general Nasution—. Desde su punto de vista, Nasution está bien.

 

—¿Qué quiere decir, doctor Hatta? —replicó Jones.

 

—Los comunistas me llaman enemigo número uno. A Nasution lo llaman enemigo número dos.

 

Jones tuvo una revelación: «Entonces lo que ha sucedido en Indonesia es que […] los anticomunistas están luchando contra anticomunistas. El comunismo no es una cuestión importante en la disputa».

 

Tenía razón. El Ejército era quizá la fuerza más anticomunista del país, sin contar a los islamistas más radicales. Unos cuantos de sus generales de mayor rango incluso habían estudiado en Estados Unidos.

 

Conforme la rebelión se prolongaba, empezaron a reunirse manifestantes delante de la mansión del embajador Jones, convencidos de que Estados Unidos estaba detrás de los rebeldes. The New York Times le cubría las espaldas a Washington, arremetiendo contra Sukarno y su Gobierno en un editorial del 9 de mayo por dudar del compromiso estadounidense de no intervenir nunca en el conflicto. Jones abordó las manifestaciones lo mejor que pudo. Pero la rebelión no tenía lugar en la capital, donde la situación, en términos generales, era cómoda. Los combates sucedían en el oeste, en la enorme isla de Sumatra, y en las más pequeñas del noreste.

 

Más importante era que había aviones que sobrevolaban Ambon (la isla de la que era originaria la familia de Francisca) y dejaban caer la muerte sobre sus residentes de forma despiadada. Un día tras otro, las bombas hacían blanco en los barcos militares y mercantes. Entonces, el 15 de mayo, las explosiones alcanzaron un mercado, donde murieron tanto los compradores matutinos como cristianos amboneses que acudían a misa.

 

El 18 de mayo de 1958, los indonesios consiguieron derribar uno de los aviones y un único hombre cayó lentamente hacia una plantación de cocoteros. El paracaídas blanco quedó enganchado en las ramas de una alta palmera, donde el piloto permaneció un instante. Luego cayó al suelo y se rompió la cadera. Lo encontraron y lo detuvieron de inmediato soldados indonesios, que probablemente lo salvaron de que lo matara allí mismo la enfurecida población local.

 

Se llamaba Allen Lawrence Pope, era de Miami y agente de la CIA. Howard Jones lo desconocía, pero los chicos de Frank Wisner llevaban apoyando de forma activa a los rebeldes desde 1957.Los dos hombres —y sus diferentes enfoques en el combate contra el comunismo— habían entrado en conflicto abierto.

 

Una vez que Wiz se reincorporó tras una baja por enfermedad en 1957, advirtió a los hermanos Dulles de que una rebelión sería un asunto impredecible y potencialmente explosivo. Ignoraron sus recelos y concedieron a Wisner permiso para gastar diez millones de dólares para apoyar una revolución en Indonesia. Los pilotos de la CIA despegaron de Singapur, un aliado emergente en la Guerra Fría, con el objetivo de destruir el Gobierno de Indonesia o romper el país en pedazos. Decidieron no informar de la acción encubierta al predecesor de Howard Jones en la embajada, John Moore Allison, porque, según las propias palabras de Wisner, el plan «podía suscitar una reacción adversa del embajador». En lugar de eso, lo trasladaron a Checoslovaquia y lo sustituyeron por Jones, que nada sabía.

 

Mandaron de vuelta a Jones para que pudiera seguir sonriendo a los indonesios mientras otra rama de su propio Gobierno dejaba caer toneladas de explosivos y metal en pequeñas islas tropicales. Jones reparó en que el periódico indonesio Bintang Timur (Estrella de Oriente) había publicado una elaborada viñeta para ilustrar la situación. Dibujaba a John Foster Dulles en un cuadrilátero de boxeo. En uno de los guantes se podía leer: «Jones el Bienintencionado»; en el otro: «Pope el Asesino».

 

A lo largo de la historia de la CIA, esta dinámica se repetiría con frecuencia. La agencia actuaba a espaldas de los diplomáticos y de los expertos del Departamento de Estado. Si la CIA tenía éxito, el Departamento de Estado se veía obligado a defender las nuevas circunstancias que la agencia había creado. Si los agentes secretos fracasaban, simplemente pasaban a otra cosa y dejaban a los avergonzados diplomáticos limpiar el desastre.

 

Es lo que sucedió con Jones. Por motivos que todavía no comprendemos, Allen Pope llevaba documentos identificativos cuando fue capturado. Sometido a juicio, se convirtió en un símbolo formidable de la implicación de Estados Unidos en las rebeliones, además de una prueba clara de que los indonesios —especialmente la izquierda— llevaban razón desde el principio. Aun así, el embajador Jones recibió órdenes de negar categóricamente que Estados Unidos hubiera controlado ninguna misión que afectara a la soberanía de Indonesia, incluida la de Pope.

 

Poco después, el embajador recibió autorización para ofrecer al primer ministro de Indonesia treinta y cinco mil toneladas de arroz si el Gobierno «daba verdaderos pasos para frenar la expansión comunista en el país». Vista en su conjunto, se trataba de la estrategia del palo y la zanahoria, pero con el palo muy torpemente escondido.

 

La operación de 1958 en Indonesia fue una de las más amplias en la historia de la CIA y se diseñó a imitación del golpe de Estado de Guatemala; en otras palabras: sucedió justo lo que temían los periodistas del Diario del Pueblo como Zain cuatro años antes, cuando informaban cuidadosamente de los acontecimientos en América Central.

 

En esta ocasión, no obstante, la operación fracasó. El Ejército indonesio aplacó las rebeliones, a consecuencia de lo cual incrementó enormemente su poder dentro del país, y no se descubrieron nuevas misiones militares estadounidenses.

 

Sukarno, por supuesto, se sentía profundamente traicionado. Lo manifestó en términos muy personales: «Quiero a los Estados Unidos, pero soy un amante decepcionado».

 

Jones no disfrutaba lo más mínimo con la posición en la que lo dejaban las operaciones de la CIA de Wisner. Reflexionando más tarde sobre el trágico y absurdo fracaso de la operación, aludiría a la naturaleza de su país para encontrar una explicación:

 

«Los políticos de Washington no estaban al tanto de todos los detalles ni comprendían realmente el significado profundo de la situación, sino que habían procedido asumiendo que el comunismo era la cuestión central —escribió—. Se trataba de ese punto débil tan habitual en los estadounidenses: ver el conflicto en términos de blanco y negro; una herencia, sin duda, de nuestros antepasados puritanos. No había grises en el panorama internacional. Solo existía el bien o el mal, lo correcto o lo incorrecto, el héroe o el villano».

 

Jones subraya en sus memorias que los indonesios solo se dirigieron al bloque comunista para solicitar ayuda económica y militar después de haber agotado sus intentos de recibir el mismo tipo de ayuda de Estados Unidos. En 1955, la Unión Soviética había ofrecido una ayuda sustancial, pero Indonesia, defendiendo su posición estrictamente neutral, respondió que no aceptaría más de lo que ofrecieran los estadounidenses. Incluso con esos términos titubeó el Gobierno, que dudaba si aceptar nada en absoluto de la Unión Soviética. Hasta 1958, el año en el que Allen Pope y otros agentes de la CIA quemaron vivos a ciudadanos indonesios. Entonces la aceptaron.

 

El manual que el equipo de Wisner había puesto en práctica en Irán y en Centroamérica había fracasado estrepitosamente en un país mucho más grande, un país que estaba desempeñando un papel fundamental en la escena internacional. De la forma más evidente posible, Washington había quedado al descubierto en Asia como agresor de uno de los líderes neutrales del mundo. Poco de esto apareció en las noticias en Estados Unidos, pero la población del tercer mundo lo sabía.

 

Frank Wisner empezó a comportarse de manera cada vez más errática a finales de 1958. A veces aparecía más alterado de la cuenta, hablando demasiado rápido. A veces los ojos se le quedaban vidriosos. De vuelta en Georgetown, acudió a un psiquiatra que le prescribió generosas dosis de psicoanálisis y lo sometió a terapia de choque.

 

Jones, conjuntamente con el agregado militar de Estados Unidos en Indonesia, siguió el consejo de Hatta. Enfatizó a Washington que debería apoyar al Ejército indonesio en una estrategia anticomunista más efectiva y a largo plazo. Indonesia no podía simplemente ser dividida en pedazos para ralentizar el avance del socialismo internacional; Estados Unidos debía trabajar a partir de las condiciones existentes. El cambio estratégico comenzaría pronto y demostraría ser muy fructífero.

 

Entre bambalinas, sin embargo, los chicos de la CIA soñaban con proyectos de otra índole. En el lado amable, una tapadera de la CIA denominada Congreso por la Libertad de la Cultura, que financiaba revistas literarias y obras de arte por todo el planeta, publicaba y distribuía libros en Indonesia, entre ellos Rebelión en la granja, de George Orwell, y la famosa colección de ensayos anticomunistas El Dios que fracasó. En el extremo contrario, la CIA valoraba sencillamente asesinar a Sukarno. La agencia llegó al punto de identificar al «recurso» que lo mataría, según Richard M. Bissell, sucesor de Wisner en la subdirección de planificación. En lugar de eso, la CIA contrató a actores pornográficos, incluido un doble bastante burdo de Sukarno, y produjo una película en un peculiar intento de destruir su reputación.

 

Los chicos de la agencia sabían que Sukarno tenía de manera rutinaria aventuras extramatrimoniales. Pero todo el mundo lo sabía en Indonesia. Las élites indonesias no se espantaban con las actividades de Sukarno, así que no era necesario que los corresponsales lo protegieran como hacían con donjuanes como John Fitzgerald Kennedy. Algunos de los partidarios de Sukarno veían en su promiscuidad una muestra de su poder y de su masculinidad. Otros, como Sumiyati y las integrantes del movimiento de mujeres Gerwani, lo consideraban un defecto vergonzoso. Pero la CIA pensaba que era su gran oportunidad de desenmascararlo. Así que reclutaron a un equipo de Hollywood.

 

Querían difundir el rumor de que Sukarno se había acostado con una hermosa azafata de vuelo rubia que trabajaba para el KGB, por lo que el presidente era inmoral y había comprometido al país. Para el papel del presidente, los cineastas (Bing Crosby y su hermano Larry) contrataron a un actor «de aspecto hispano» y le pusieron mucho maquillaje para que pareciera un poco más indonesio. También querían que fuera calvo, lo que expondría a Sukarno —que siempre llevaba sombrero— a una humillación todavía mayor. La idea era destruir el verdadero afecto que el joven Sakono, Francisca y millones de indonesios sentían por el padre fundador de su patria.

 

La cinta nunca llegó a proyectarse, no porque fuera inmoral o una mala idea, sino porque el equipo no fue capaz de ensamblar una cinta lo bastante convincente…

 

(continuará)

 

 

 

[ Fragmento de: Vincent Bevins. “El método Yakarta” ]

 

*

No hay comentarios:

Publicar un comentario